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El primer rescate bancario de la historia

Fotografía: © M.M.Capa

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“Las grandes acumulaciones de oro y plata hechas por Tiberio, que permanecían ociosas en el Tesoro, habían sido las responsables de la elevación de los tipos de interés, y se produjo un pánico financiero y los valores de la tierra cayeron a menos que nada. Eventualmente Tiberio se vio obligado a aliviar la situación prestando a los banqueros un millón de piezas de oro del dinero público, sin intereses, para pagar a los que solicitaban préstamos con la garantía de tierras.”.

En uno de sus frecuentes momentos de eso que ahora llaman posverdad y que antes llamábamos simplemente mentira, Rajoy afirmó en el Congreso que el rescate de bancos y cajas no nos iba a costar un solo euro a los españoles. Durante mucho tiempo, sus corifeos repitieron la misma trola. Como ya todo el mundo sabe, era efectivamente una posverdad que dilataría al máximo la nariz de Pinocho, una mentira quizás comparable a las muchas falacias que en estos tiempos tan absurdos sueltan especímenes como el Trump descendiente de inmigrantes, la Le Pen hija de su padre o los del Brexit hijos de la Gran Bretaña menguante.

Desvelado por fin el engaño y el milmillonario coste de rescatar cajas y bancos, es buen momento para recordar el que quizás fuera el primer rescate bancario de la historia. Y que se hizo como los más recientes: a costa del dinero público y sin cobrar intereses a los banqueros. Nos lo cuenta el gran Robert Graves (1895-1985) en su novela más popular, entre otras cosas a causa de una también magnífica serie de televisión: “Yo, Claudio”.  Precisamente gracias a este éxito de la BBC, muchos descubrimos cuánto se parece nuestro mundo al de los césares. La teleserie (que aún se puede conseguir en DVD) refleja muy bien la novela de la que procede, por no hablar de su calidad y de las brillantes interpretaciones de gente como Derek Jacobi (Claudio) o de ese inmenso actor que nos dejó el pasado 25 de enero, John Hurt (Calígula). Con tales ingredientes, está producción de 1976 sentó las bases de cómo había que hacer una gran serie televisiva de calidad.

TIPOS DE INTERÉS ABUSIVOS

El rescate bancario de Tiberio fue provocado precisamente por las malas prácticas de los propios rescatados. ¿Les suena? Robert Graves nos cuenta, a través de Claudio, cómo se desencadenó todo:

“Por esa época los delatores empezaron a acusar a los hombres de dinero de cobrar un interés superior al legal sobre los préstamos; lo único que se les permitía cobrar era el uno y medio por ciento. El reglamento respectivo había caído en desuso hacía tiempo, y muy pocos senadores eran inocentes de su violación. Pero Tiberio confirmó su validez”.

Sí, efectivamente, lo de las puertas giratorias no es un invento reciente: el Senado romano estaba lleno de banqueros y prestamistas que ni siquiera disimulaban su condición. Pero, claro, al ser acusados de cobrar intereses muy superiores al legal del uno y medio por ciento –un tipo, por cierto, bastante razonable y que indica que ya los romanos tenían muy claro cuál podía ser el precio real del dinero–, los banqueros se pusieron nerviosos. E hicieron lo primero que suelen hacer los banqueros cuando se ponen nerviosos: pedir al Gobierno de turno que cambie las leyes. Como entonces el gobierno era el emperador en persona, acudieron a él. Ya que Tiberio había confirmado que el tipo legal no podía superar el citado uno y medio por ciento…

“Una delegación (…) le rogó que se le concediese a todo el mundo un año y medio para adoptar sus finanzas personales de modo que concordasen con la letra de la ley, y Tiberio, como un gran favor, concedió el pedido”.

Hecha la ley, hecha la trampa. ¡Qué prácticos eran estos romanos! Pero los más prácticos de todos eran los banqueros. Por supuesto, no pensaban utilizar ese año y medio de moratoria para bajar sus tipos de interés hasta el uno y medio por ciento del tipo legal del dinero. No. Fueron mucho más expeditivos:

“El resultado fue que todas las deudas fueron reclamadas en el acto, cosa que provocó una gran escasez de dinero en efectivo. Las grandes acumulaciones de oro y plata hechas por Tiberio, que permanecían ociosas en el Tesoro, habían sido las responsables de la elevación de los tipos de interés, y se produjo un pánico financiero y los valores de la tierra cayeron a menos que nada. Eventualmente Tiberio se vio obligado a aliviar la situación prestando a los banqueros un millón de piezas de oro del dinero público, sin intereses, para pagar a los que solicitaban préstamos con la garantía de tierras.”

La mala gestión del dinero público (que el emperador tendía a considerar más bien privado, es decir, suyo) fue también responsable de esta crisis. Así que Tiberio no tuvo más remedio que aflojar la bolsa, pero para darles un millón de piezas de oro a los prestamistas, a los banqueros, pese a que las había rapiñado a todo romano que fuera susceptible de ser gravado con abundantes tasas e impuestos. Ese millón de piezas de oro era el único modo de que los prestamistas recuperaran su dinero, ya que el precio de las tierras (hipotecadas con esos tipos de interés abusivos) se hundió cuando todo el mundo intentó venderlas para devolver los préstamos. ¿Les suena? Un auténtico escándalo subprime a la romana.

DINERO PARA PAGAR A 22 LEGIONES

¿Era mucho un millón de piezas de oro? Debía serlo, pues el propio Graves, en una nota que abre la novela, aclara que…

“La `pieza de oro´ que se emplea aquí como unidad monetaria regular es el aureus latino, una moneda que vale 100 sestertii o veinticinco denarii de plata (`piezas de plata´). Se la puede comparar, aproximadamente, con una libra esterlina o cinco dólares norteamericanos de preguerra”.

Sería complejo calcular la cotización actual del áureo, los sestercios o los denarios, así como deflactar la inflación desde la época de los Césares para afinar más aún el resultado. Así que recurramos a un sistema más simple: saber lo que valían las cosas en aquella época. Tomemos un ejemplo de la propia novela “Yo Claudio”: ¿cuánto cobraba el funcionario del Estado más abundante en el Imperio, es decir, el legionario romano? Graves nos da este importante dato al recordar que el propio Augusto (antecesor de Tiberio) donó en su testamento “apenas cuatro meses de paga, tres piezas de oro por hombre” a sus abnegados legionarios. A partir de esta información, unas cuantas multiplicaciones nos permitirán deducir que con un millón de monedas de oro se podrían pagar durante un año los salarios de veintidós legiones de 5.000 o 6.000 hombres cada una (no tenían una cantidad fija de legionarios). Y el ejército imperial formado por Augusto en el año 30 A.C. –y heredado por su avaro y ambicioso sucesor– tenía veintiocho legiones. Así que sí, definitivamente, el rescate bancario realizado por Tiberio con el dinero público fue bastante caro.

Como los de ahora. Y hubo que esperar dos mil años para que alguien nos contara la verdad… en una novela.

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Título comentado:

-Yo, Claudio. Robert Graves, 1934. Biblioteca El Mundo, 2002.

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El desmoronamiento que arrastró al mundo

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Básicamente, Wall Street (o ‘Gotham ­–como él lo llamaba–, el ano, el agujero negro del país que absorbe todo el dinero, el ojo de apocalipsis’) había fragmentado y reagrupado las hipotecadas tantas veces a través de la titulización y los bancos se habían saltado tantos procedimientos tratando de recuperar los préstamos tóxicos que no había institución capaz de determinar fidedignamente quién ostentaba los derechos sobre las viviendas”.

Espectacular descripción de la crisis de las hipotecas basuras (subprime en el lenguaje políticamente correcto) que estalló en Estados Unidos en 2007 y desencadenó el desmoronamiento del que todos, aún hoy día, somos víctimas. La descripción es de un abogado especializado en pleitos inmobiliarios, uno de los muchos personajes reales (algunos famosos, otros simples ciudadanos de a pie) que pueblan el libro ganador del National Book Award de 2013 (y de un montón de premios norteamericanos más):“El Desmoronamiento”, escrito por el periodista y escritor George Packer.

Aunque la norma de esta bitácora es bucear en la economía que esconden las grandes novelas y obras literarias, voy a saltármela (para eso están las normas) porque merece la pena hablar de una obra de no ficción, pero escrita con un vigor literario capaz de competir con algunas de las grandes novelas norteamericanas, como “Las uvas de la ira” de Steinbeck… que, por cierto, el propio Packer cita y que ya ha sido comentada en este blog (http://economiaenlaliteratura.com/la-gran-novela-de-la-gran-crisis/).

“El Desmoronamiento” es una impresionante obra coral que recorre, como reza su subtítulo, “Treinta años de declive americano”. Comienza en 1978, con las crisis industriales que convirtieron el “Cinturón del Acero” en el “Cinturón del Óxido” de la América profunda, y termina en 2012, cuando la crisis financiera seguía arrasándolo todo a su paso. El libro está protagonizado, entre otros muchos, por simples supervivientes como la familia Hartzell, que en Tampa, Florida –arquetipo de la ciudad machacada aún en 2012 por la crisis inmobiliaria–, se afanan por salir adelante como sea:

“Era el antepenúltimo día de agosto. Mientras los republicanos clausuraban su convención de 123 millones de dólares, a quince minutos de allí, a los Hartzell, tras haber pagado todas las facturas, les quedaban cinco dólares hasta septiembre.”

Pero por las páginas de este libro desfilan también visionarios millonarios de Silicon Valley, como Peter Thiel, raperos famosos como Jay-Z, políticos como el ultraconservador Newt Gingrich, asesores de la Casa Blanca como Jeff Connaughton, emprendedores que buscan una nueva economía verde, como Dean Price, activistas obreras como Tammy Thomas o incluso personajes tan populares como Oprah Winfrey, el general Colin Powell, el que fuera secretario del Tesoro Robert Rubin, o el multimillonario forjador de un imperio comercial, Sam Walton, quien…

“Era tan tacaño que redujo el nombre todo lo que pudo para que tuviera las menores letras posibles: la nueva tienda se llamó Wal-Mart. Prometía ‘precios bajos todos los días’”.

LA JERGA OPACA DE WALL STREET
En sus espectaculares semblanzas de los grandes protagonistas de la historia reciente de los Estados Unidos o de esa multitud de supervivientes –los auténticos protagonistas– que se afana a pie de calle, George Packer realiza un impresionante viaje literario sobre la cruda realidad que metió a este país –con su crisis industrial y de valores, unida a  su liberalización financiera, semilla y síntoma a la vez de la crisis subprime– en ese desmoronamiento. Estamos, y es bueno repetirlo, ante una obra de ficción escrita como una brillante novela que atrapa al lector y nos cuenta cómo comenzó todo lo que ahora, de un rincón a otro del planeta, seguimos padeciendo. Y muchos testimonios recogidos en esta obra ilustran que todo se inició con la derogación de la famosa Ley Glass-Steagall (se derribaron así las barreras entre banca comercial y banca de inversión) y continuó con la falta de valores que se instauró en el mercado financiero. Una crisis ética narrada a través de la experiencia de un alto ejecutivo de un banco estadounidense (uno de los pocos personajes del libro que prefiere mantener el anonimato… ¡por algo será!):

“… Kevin [nombre ficticio] se dio cuenta muy pronto de que la banca no era un asunto tan complicado. Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños, pero para tener éxito solo había que controlar un mínimo de matemáticas y saber mentir. Lo primero para las compraventas, lo segundo para negociar. Para alcanzar la cumbre tenías que ser un auténtico hijo de puta y acuchillar a unos cincuenta y siete compañeros: eso era lo único que los separaba de los diez siguientes puestos del escalafón”.

Con esta falta de normas (tanto legales como éticas), el estallido de la burbuja inmobiliaria se convierte en el epicentro de un terremoto de sobra conocido y analizado, pero al que este libro dedica páginas brillantes. Después de que, en diciembre de 2005, el precio medio por unidad habitacional tocara el techo de 322.000 dólares en uno de los mercados más sobrecalentados (Forida)…

“… En algún momento de finales de 2005 o principios de 2006, el mercado inmobiliario alcanzaba máximos vertiginosos, pero los especuladores perdieron la fe de un día para el otro. La confianza que mantenía Florida a flote se evaporó y la economía, suspendida e inmóvil en el aire, como el Coyote de los dibujos animados, miró hacia abajo y cayó en picado. Los precios hicieron lo que prestatarios, prestamistas, banqueros asiáticos en busca de beneficios del 8 por ciento, tertulianos histriónicos de la CNBC y Alan Greenspan [por entonces presidente de la Reserva Federal] creían imposible: comenzaron a bajar”.

FE EN EL PERIODISMO
Aunque no todo son tertulianos histriónicos e informadores interesados. También hubo algunos periodistas, como Mike Van Sickler, que lo vieron venir e investigaron a fondo la cadena especulativa, la especie de pirámide de Ponci en que se había convertido el sobrecalentado mercado inmobiliario. Este informador, pese a todas las dificultades que encontró en sus investigaciones, mantiene su fe en el periodismo de calidad y en su vital importancia para la sociedad:

“Hay que creer en algo (…). Yo no creo en Dios. Creo en esto. Creo en la posibilidad de que el hombre sea mejor cada día, de que como sociedad civilizada seamos mejores cada día. Y el periodismo es el engranaje de esa sociedad que nos ayuda a estar seguros de que las cosas funcionan”.

Porque, como se señala en el siguiente párrafo…

“Durante la mayor parte del siglo XX en Estados Unidos, las cosas habían funcionado como nunca antes en la historia de la humanidad. Aunque ya no fuera así y la mayoría de los estadounidenses no confiaran en los periodistas como él, ¿qué alternativa quedaba? ¿Quién si no iba a ganarse los oídos y la mirada del público? Los blogs políticos (…) no iban a los ayuntamientos, y Google y Facebook no hacían política en los gobiernos condales”.

LAS BURBUJAS Y EL HECHIZO DE LOS APARATITOS
Esta crítica al papel de las redes sociales se extiende a otros ámbitos tecnológicos y quien mejor la expresa es otro gran protagonista de esta obra: Peter Thiel, millonario de Silicon Valley que se hizo rico apostando por Facebook, Paypal y otros grandes nombres del sector. Thiel analiza así el periodo vivido entre 1982 (el fin de la recesión del gobierno Reagan) y el crak hipotecario de 2007:

“También se podía estudiar este tiempo como una sucesión de burbujas: la de los bonos, la tecnológica, la de la Bolsa, la de los mercados emergentes, la inmobiliaria… Una tras otra habían reventado, lo que demostraba que se trataba de soluciones temporales para problemas a largo plazo, quizás una manera de ocultar esos problemas, distracciones. Tanta burbuja y tanta gente persiguiendo burbujas efímeras al mismo tiempo dejaba claro que había algo fundamentalmente erróneo en cómo funcionaban las cosas”.

De hecho, al propio Thiel le parece que ese Silicon Valley que le ha hecho multimillonario supone, en realidad, un “parón tecnológico”:

“En comparación con el programa espacial Apolo o el avión supersónico, el teléfono inteligente parecía algo menor. En los cuarenta años anteriores a 1973 se produjeron gigantescos avances tecnológicos y los salarios se sextuplicaron. Desde entonces, los estadounidenses habían caído bajo el hechizo de los aparatitos, olvidando lo lejos que podía llegar el progreso”.

Porque, en opinión de Thiel, estas nuevas tecnologías no habían servido para lograr la utopía que se esperaba de ellas:

“Los coches, trenes y aviones no eran muchos mejores que en 1973. El precio cada vez más alto del petróleo y de los alimentos era un reflejo del total fracaso de las tecnologías energética y agrícola. Los ordenadores no habían creado puestos de trabajo suficientes para sostener a la clase media, no habían implicado avances revolucionarios en la fabricación ni en la productividad, no habían elevado el nivel de vida de todas la clases (…). Apple era ‘más que nada, innovación en diseño’. Twitter daría trabajo a quinientas personas durante la siguiente década, ‘pero ¿cuánto valor creará para la economía global?’ (…) Todas las empresas en las que había invertido [incluida Facebook] empleaban algo menos de mil quinientas personas en total”.

El resultado de todo ello es que…

“…la creación de mundos virtuales había sustituido a los avances en el mundo real. ‘Podría decirse que internet es, entre otras cosas, una herramienta de evasión –afirmaba Thiel– (…). Tenemos ante nosotros un mundo real en el que todo es complicado o ha dejado de funcionar, la política es una locura, es difícil elegir para los cargos a las personas apropiadas, el sistema no funciona. Y luego tenemos los mundos alternativos, en los que no hay cosas: solo ceros y unos en un ordenador que puedes reprogramar…”.

Una frase del propio inversor tecnológico resume esta frustración:

“Queríamos coches voladores y lo que hemos conseguido han sido ciento cuarenta caracteres”.

Y el desmoronamiento del mundo real nos ha llevado al punto en el que estamos, desde el que quizás tardemos décadas en recuperarnos… si es que lo conseguimos. A no ser que nos beneficiemos de lo que el entonces presidente de Google, Eric Schmidt, dijo en un congreso tecnológico celebrado en verano de 2012 y al que asistía Thiel. Según Schmidt…

“… la Ley de Moore, según la cual la potencia de los ordenadores se dobla cada dos años, seguiría siendo aplicable al menos otra década”.

La respuesta de Thiel fue contundente:

“Esa es la forma de ver las cosas de Google (…). Si pensamos en dentro de cuarenta años, la Ley de Moore será buena si uno es un ordenador. Pero la pregunta es: ¿hasta qué punto será buena para los seres humanos, cómo se traducirá en progreso económico para los seres humanos?”.

Si alguien que no sea un ordenador tiene la respuesta, por favor que no dude en ponerse en contacto conmigo para que lo cuente en esta bitácora digital.

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Título comentado:

-El Desmoronamiento.George Packer, 2013. Debate/Penguin Rancom House, Barcelona, 2014.

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Cómo el mundo cayó en la red

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“–¿Ves, esto, problemas en camino?

–Sólo esta extraña sensación sobre internet, que se ha acabado, no me refiero a la burbuja tecnológica ni al 11 de septiembre, sino a algo fatal en su propia historia. Que ha estado ahí desde el principio. (…) Piénsalo bien, cada día hay más pringados pasivos y menos usuarios informados; los teclados y las pantallas se han convertido en puertas a sitios web donde sólo hay aquello que les interesa a los Administradores, para hacernos adictos: compras, juegos, guarradas para hacerte pajas, basura inacabable en ‘stream’…”.

 Se lo dice un experto en internet a Maxine, una investigadora neoyorquina especializada en pequeños delitos económicos y que se dedica a perseguir a estafadores de medio pelo. Es la protagonista de “Al límite”, la última novela del también neoyorquino Thomas Pynchon, considerado por algunos críticos el mejor novelista contemporáneo de los Estados Unidos (aunque en mi modesta opinión ese título correspondería a Richard Ford o a Paul Auster).

“Al límite” es una magnífica novela de intriga, cargada además de economía. La investigadora Maxine Tarnow, la típica judía progresista del Upper West Side, indaga en las cuentas de una curiosa empresa “puntocom”, superviviente al reciente estallido de la burbuja. Pero sus pesquisas se complican cuando comienzan a aparecer extraños personajes, desde mafiosos rusos a sicarios de organizaciones neoliberales, pasando por una gran variedad de blogueros y piratas informáticos. Maxine percibe que los movimientos financieros de esa empresa responden a una trama siniestra. Y en esto, la acción, que comienza en la primavera de 2001, llega hasta el 11-S de ese mismo año, cuando Estados Unidos sufrió los salvajes atentados.

UNA ECONOMÍA SIN PRINCIPIOS

Al margen de la compleja trama (que no voy a destripar), lo más atractivo de esta novela lo constituyen sus reflexiones sobre las empresas de internet y la multitud de corruptelas económicas que florecieron en su entorno, ligadas además a una nueva economía sin principios (la misma cuyos dañinos efectos aún estamos sufriendo):

“Cuando comencé en la profesión, ‘ser republicano’ no implicaba más que una codicia con principios. Organizabas todo para que tú y tus amigos salierais bien parados, te comportabas con profesionalidad y, sobre todo, ponías el trabajo y te llevabas el dinero después de haberlo ganado bien. Bien, pues me temo que el partido ha caído en una época oscura. Esta nueva generación…, es algo casi religioso. El milenio, los últimos días, ya no hace falta ser responsable con el futuro. Les han quitado un peso de encima. El niño Jesús maneja la cartera de valores de los asuntos terrenales y nadie le echa en cara su participación en la cuenta…”.

Se lo dice a Maxine el socio derechista de un destacado bufete de valores de la Sexta Avenida, un personaje tan original como todos los que pueblan esta novela y que disfrutarán mejor los lectores conocedores del escenario: esa ciudad de Nueva York y, sobre todo, esa Gran Manzana en la que, como se queja la protagonista, el famoso ex fiscal de Wall Street y en esos momentos alcalde, Rudolph Giuliani…

“…sus amigos urbanistas y las fuerzas de la corrección pequeñoburguesa han barrido la zona, disneyficándola y esterilizándola”.

NEGOCIOS CON EL 11-S

Maxine se refiere a un barrio concreto, pero lo que afirma es aplicable a todo la Gran Manzana, donde en aquellos tiempos no había aún masas de turistas haciéndose fotos con los policías en Times Square. Claro que tampoco había llegado aún el 11-S. Aunque estaba a punto. Y la novela no sólo cuenta el impacto de aquella brutalidad, sino que analiza también algunos curiosos movimientos previos en los mercados de valores: se los explica el marido de Maxine a sus hijos justo el domingo antes del trágico martes 11 de septiembre:

“–Esta es la Bolsa de Chicago, hacia finales de la semana pasada, ¿veis?, hubo un repentino y anormal aumento de opciones de venta de United Airlines. Miles de opciones de venta, pero muy pocas de compra. Pues bien, hoy sucede lo mismo con American Airlines.

–Una opción –dice Ziggy– ¿es como vender en corto?

–Sí, es cuando esperas que baje el precio de la acción. Y el volumen negociado se ha disparado, mucho, sextuplica el normal.

–¿Y sólo en esas dos líneas aéreas?

–Ajá. Raro. ¿Verdad?

–Información privilegiada –le parece a Ziggy.”

 Y en efecto la hubo. Ciertos grandes inversores, quizás incluso el propio Bin Laden y algunos de sus amigos, tomaron posiciones bajistas en el mercado de derivados, a la espera de que las acciones de las compañías aéreas se hundieran tras los atentados del 11-S. Como es lógico, acertaron y se forraron. Y no sólo con las líneas aéreas:

“–El jueves y el viernes [anterior al 11-S, como vuelve a explicar el marido de Maxine] también hubo ratios distorsionados de opciones de compraventa para Morgan Stanley, Merrill Lynch y un par más como ellas, todas inquilinas del Trade Center. Como investigadora de fraudes, ¿qué te sugiere? (…).

–Jugadores misteriosos que sabían qué iba a pasar. ¿Extranjeros, quizá?, ¿de los emiratos, por decir algo?”

La protagonista alude a un posible dinero de los Emiratos no por casualidad, sino porque sus investigaciones sobre las cuentas de la “puntocom” han descubierto las prácticas “hawala”, el informal sistema de transferencias de dinero usado tradicionalmente en el mundo árabe. Su funcionamiento se lo explican a Maxine de este modo:

“…es una forma de mover dinero por el mundo sin el código SWIFT ni tasas bancarias ni ninguno de los obstáculos que te ponen el Chase y los demás. Cien por cien fiable, tarda ocho horas como máximo. Sin rastro documental, sin regulaciones, sin vigilancia”.

Precisamente la “puntocom”, denominada hashslinggrz (así, con minúscula inicial, siguiendo las estúpidas reglas ortográficas de moda en internet), utiliza un “hawala”…

–(…) para sacar dinero del país.

–Y mandarlo al Golfo, mira tú. Ese ‘hawala’ en concreto tiene su sede en Dubái. Además (…) para llegar al lugar [de las bases de datos de la empresa] en que se ocultan los libros de hashslingrz, te hacen pasar por rutinas muy complejas escritas en ese, cómo llamarlo, ese extraño árabe (…). Todo está convirtiéndose en una película del desierto.”

PITUFEAR OPERACIONES

Y es sólo uno de los muchos procedimientos irregulares que Maxine va desvelando, como lo de hacer falsas facturas con empresas inexistentes, llevar contabilidades paralelas o dispersar las operaciones:

“Las operaciones se ‘pitufean’, que en nuestro argot quiere decir que se fraccionan y dispersan por todo el mundo a través de cuentas de transferencias radicadas en Nigeria, Yugoslavia y Azerbaiyán, hasta que el dinero acaba finalmente en un banco tenedor en los Emiratos, una sociedad instrumental registrada en la Zona Franca de Jebel Ali. Como la Aldea de los Pitufos, pero más mona”.

Es sólo una de las irregularidades financieras que aparecen en la novela, muchas de las cuales han sido también muy frecuentes en España (que se lo digan a los implicados en las tramas Gürtel y Púnica). En “Al Límite” se cuenta también el famoso escándalo Madoff, cuyas inversiones arrojaban un “bonito rendimiento medio, ¿dónde está el problema?”, pregunta un inversor y mafioso ruso a Maxine, quien responde:

“–Que no es medio. Es el mismo todos los meses (…).

–¿Le parece un poco anormal?

–¿En esta economía? Piénselo bien…, y más aún el año pasado, cuando el mercado tecnológico se hundió. No, tiene que ser una típica estafa Ponzi [el famoso timo piramidal, en el que se remunera a los primeros inversores no con los rendimientos de las inversiones, sino con el dinero que ponen los siguientes primos, como hicieron Maddoff o, en España, entidades como Afinsa] (…) Cualquier idiota, no se lo tome personalmente, lo vería. ¿Por qué no interviene la Comisión de Valores, o el fiscal del distrito o quien sea?”

Pero nadie lo vio ni intervino. O nadie quiso verlo ni intervenir hasta que no fue demasiado tarde. Era sólo el principio del cúmulo de irregularidades financieras que florecieron a comienzos de este siglo y cuyas consecuencias brutales se destaparon con la llamada “crisis subprime” de 2007, cuyos efectos aún estamos padeciendo. Es la otra gran lección económica de esta novela: igual que caímos en esa red de internet que nos tiene atrapados, nos dejamos enganchar en la gran estafa financiero global que desencadenó esta gran crisis económica de la que aún tardaremos mucho en salir.

Así que, tomen nota de lo que significa estar “Al límite”: entrar en una red, en cualquiera (social, cibernética, financiera…), implica el serio riesgo de que, antes o después, te pesquen como a un besugo.

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Título comentado:

-Al Límite. Thomas Pynchon, 2013. Tusquets Editores, Barcelona, 2014.

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