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Escritor, una profesión sin jefe

Fotografía: © M.M.Capa

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“Cuando se me planteó el problema de tener que escoger una manera de vivir, pensé: yo tengo que buscar una profesión sin jefe. Y me costaba trabajo. Pensaba en ser militar, y se me aparecían los generales déspotas, dándome órdenes estúpidas. Pensaba en ser cura, y enseguida surgían el obispo y el Papa. Si alguna vez pensé en ser funcionario, la idea del director me preocupaba… Sin jefe sólo existe el escritor”.

La cita es de Valle-Inclán, pero la tomo de “Aquí viven leones”, un maravilloso libro escrito por Fernando Savater y su mujer, Sara Torres (por desgracia, fallecida poco antes de la edición de esta obra). Un ensayo que se lee como una novela y que además es, como reza su subtítulo, un “Viaje a la guarida de los grandes escritores”.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un ensayo. Quizás me ha gustado mucho porque habla de literatura. Y porque es gozoso que te cuenten, con una prosa tan limpia, fluida y transparente, cómo vivían algunos de los grandes escritores. Y también, de qué vivían (y por eso este libro se gana un espacio en esta bitácora de economía y literatura).

Por si alguien no lo sabía, “Aquí viven leones” deja claro que la literatura no suele ser una actividad económicamente muy rentable. Entre los grandes literatos de que nos habla Savater, los menos vivían de sus obras; otros, los más, de fuentes diversas (de rentas familiares, de inversiones, del periodismo….); y no pocos, como el propio Valle-Inclán, en realidad malvivían. Porque tiene sus inconvenientes eso de que “sin jefe sólo existe el escritor”…

“Supongo que más adelante la experiencia de la vida ganada acumulando cuartillas le ayudó a relativizar esta afirmación tan optimista”.

Savater matiza el idealismo valleinclanesco, mientras nos recuerda cómo precisamente el genio gallego se las vio y se las deseó para vivir medio decentemente “sin jefe” pero también sin ingresos sólidos ganados a golpe de pluma.

EL QUE MANDA ES EL LECTOR

Bajo el romántico planteamiento de Valle-Inclán, la realidad del oficio de escritor es que tiene innumerables jefes: comenzando por su agente y su editor, figuras imprescindibles para llegar al mercado. Y cuyo papel hay que reivindicar en estos tiempos de la autoedición, en los que parece que el escenario se ha abierto a que todo el mundo publique lo que quiera y como quiera. Porque bajo ese impulso supuestamente democratizador de tan antiguo oficio, se oculta en ocasiones un “todo vale” que degenera en una ebullición de “cosas” difícilmente calificables como literatura.

El escritor compite así en un mundo en el que cualquiera se siente capaz de serlo. Hace poco el presidente de una importante organización incluso me dijo que a escribir se podía aprender consultando Google. Debería preguntarse si él iría a un médico que hubiera aprendido en la red todo lo relativo a las funciones del páncreas. Cierto: no matas a nadie si escribes mal, pero puedes hacer más feliz a mucha gente si lo haces bien.

En cualquier caso, por ser la escritura un oficio tan a menudo denostado, cualquiera se siente con autoridad sobre el pobre escritor, aunque en realidad sus principales jefes sean otros: los miles de lectores necesarios para que pueda comer de sus páginas. Algo que, como nos cuenta Savater en su ensayo, muy pocos consiguen.

ESFUERZO GANAPÁN

Valle-Inclán es quizás el prototipo de genio de la pluma que apenas fue capaz de vivir de ella, como demuestran las penurias que sufrió a lo largo de su vida. Pero no es el único. El mexicano Alfonso Reyes, que durante algunos años vivió de sus funciones como diplomático, también tuvo dificultades para rentabilizar su genio literario. Le ocurrió, como nos cuenta “Aquí viven leones”, cuando se instaló con su familia en un modesto piso madrileño:

“Adquirir los pocos muebles necesarios acaba con sus ahorros, y no tiene más remedio que ponerse a escribir no por placer artístico o impulso poético, sino como ganapán. Aunque no siempre esos apremios de la necesidad son desfavorables, pues a veces sirven para conseguir a la fuerza oficio y soltura, lo que nunca viene mal; hablo por experiencia propia. Alfonso traduce y colabora a salto de mata en diversas publicaciones de Europa y América. Aunque en lo material vive precariamente, goza de libertad y va conociendo gente y haciendo amistades entre la intelectualidad madrileña”.

El socorrido recurso al periodismo, a cobrar por modestas colaboraciones, ha constituido desde siempre una vía para que los escritores se ganen la vida. Y, además, como dice Savater, sirve para “conseguir a la fuerza oficio y soltura”. Una opinión que no compartía Valle-Inclán:

“La prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético”.

Así le responde, “altanero pero convencido”, a su amigo Manuel Bueno, quien consciente de que el genial gallego vive en la penuria con la renta de “quince duros mensuales que le llegan de Galicia, y no siempre”, intenta convencer a Valle-Inclán “de que debe dedicarse de verdad al periodismo”. 

Esa ha sido la salida para muchos escritores, aunque en estos tiempos se complique debido a las miserias que se pagan por las colaboraciones periodísticas (cuando se pagan). Otro malsano efecto provocado no sólo por la crisis de los medios, sino también por la ebullición de morralla on-line de escasa calidad.

EL SHAKESPEARE INVERSOR

Otros escritores, sin embargo, si lograron vivir de su genio. El paradigma es Shakespeare, quien no sólo era capaz de hacer rimar economía con poesía (http://wp.me/p4F59e-3W) o de obligarnos a reflexionar sobre temas económicos como las deudas (en “El mercader de Venecia”) o las herencias (en “El Rey Lear”, http://wp.me/p4F59e-5n).

El gran dramaturgo, prototipo de inglés práctico, sí fue muy capaz de rentabilizar su arte, como nos cuenta “Aquí viven leones”:

“A diferencia de otras compañías cuyos miembros son pagados por un patrón que así les obliga a fidelidad, los Comediantes de Lord Chambelán se organizan en forma de cooperativa: seis actores principales, entre los que están Shakespeare, William Kempe y Richard Burbage, se asocian como accionistas para financiar y repartirse los beneficios de las obras que montan. Sólo tienen que pagar un alquiler a James Burbage por el uso de su sala, y por lo demás son totalmente independientes y gozan de la mayor libertad artística posible en la época”.

Shakespeare lograba así el sueño de todo autor: no sólo vivir de su trabajo, sino gozar de suficiente independencia económica para escribir con absoluta independencia creativa:

“Esta forma de organizarse fue un buen negocio y Will ya no cambiará nunca de compañía, algo bastante raro por entonces. Para reforzar su posición en el grupo no bastaban sus dotes de actor, que al parecer eran mediocres, y se comprometió a escribir dos obras dramáticas por año (…). Así, se convierte en el dramaturgo más buscado de su época y también en el de mejores resultados comerciales, algo que, según parece no le era ni mucho menos independiente”.

Está claro que el genio de Stratford-upon-Avon no sólo escribía por impulso artístico, sino también para ganar dinero. Un dinero que, por cierto, invertía después con buen criterio, como señala Savater:

“Está documentado que Shakespeare tenía un indudable afán de riqueza, centrado en invertir en bienes inmobiliarios y en terrenos. No era complaciente con sus vecinos, con los que pleiteaba a menudo, y se mostraba implacable con sus deudores. Sabía rentabilizar económicamente su poesía (el conde de Southampton el pagó mil libras por los poemas que le dedicó) pero sobre todo su actividad teatral, lo que le permitió comprar tierras y casas en su localidad natal, Stratford, de donde veinticinco años antes salió pobre y casi huyendo para regresar convertido en una de las mayores fortunas de la villa”.

LA QUIEBRA DE FLAUBERT

No tuvieron tanto tino o suerte con sus inversiones otros autores de los que nos habla este libro, como Gustave Flaubert, quien cuando, después de mucho tiempo trabajando y reflexionando sobre ella, se dispone a iniciar la escritura propiamente dicha de su obra “Bouvard y Pécuchet”

“… recibe un inesperado golpe financiero. El marido de su sobrina incurre en una quiebra escandalosa, que arrastra consigo al desastre las inversiones que Flaubert había hecho en la empresa familiar para ayudarles. Tiene que vender su propiedad en Deauville, pero ni siquiera eso basta para enjugar el déficit”.

Semejante contratiempo financiero condiciona la actividad del autor francés:

“Hasta entonces el escritor había podido vivir modesta pero confortablemente de sus rentas, pero ahora se encuentra a la intemperie. Este revés le deja temporalmente demasiado abatido para continuar una obra de tan ambiciosa envergadura como `Bouvard y Pécuchet´, pero no tanto como para dejar de escribir, que sería en su caso como renunciar a respirar o a vivir”.

Es el consuelo que nos queda a quienes intentamos vivir de la pluma. Aunque sea difícil, seguimos escribiendo para continuar respirando. Porque, como dice el autor de “Aquí viven leones”…

“Escritores (…), los hay de muchas clases. Porque se puede escribir para conseguir la fama o para ganar dinero, para apaciguar fantasmas interiores (…) o para propagarlos (…), para denunciar abusos políticos, o para corregir defectos morales (…). Pero hay un tipo de escritor, quizás el más raro y sugestivo de todos, para el que escribir no es un medio de conseguir algo sino un fin en sí mismo, la finalidad irremediable y única de la vida (…). Nada en la vida le sirve para justificar su escritura, sino que es ésta la que justifica su vida, convertida en simple requisito para poder escribir”.

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Título comentado:

-Aquí viven leones. Fernando Savater & Sara Torres, 2015. Debate (Penguin Random House), Barcelona, 2015.

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El rey Lear: Shakespeare aconseja no repartir la herencia antes de tiempo

 

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Ingratitud, demonio con corazón de mármol,
más horrendo que el monstruo marino,
cuando te manifiestas en los hijos”.

Así se lamenta del desdichado rey Lear de su gran error: repartir su herencia en vida entre dos hijas que, nada más encontrarse en posesión de tan gran patrimonio, se revuelven contra su padre. En una de las grandes tragedias de Shakespeare –¿y cuál no lo es?–, el genial dramaturgo demuestra una vez más que, como buen inglés dotado de un innegable sentido práctico, los temas económicos carecen de secretos para él.

Ya vimos en esta bitácora que incluso los maravillosos sonetos amorosos de William Shakespeare están cargados de metáforas económicas y financieras, muchas de ellas tan precisas que bien valdrían para enriquecer los pobres discursos de algún ministro del ramo (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

Igual que es capaz de rimar economía con poesía y contarnos en verso la cotización del amor, Shakespeare se adentra, con “El rey Lear”, en un tema económico universal: los dramas familiares por las herencias repartidas antes de tiempo, es decir, donadas en vida. Desde la “Biblia” hasta los más recientes culebrones de la prensa salmón, esta cuestión ha generado mucha literatura.

AMENAZA FISCAL
Ahora que, en plena campaña electoral, los políticos se llenan la boca de propuestas económicas que no entienden, conviene repasar la trágica experiencia de este rey Lear que cae en la miseria y en la locura tras repartir, prematuramente, la herencia entre dos de sus hijas.

Algunos candidatos vuelven a hablar de recuperar los Impuestos de Patrimonio y de Sucesiones, esos que, si vuelven, nunca pagarán los ricos, los que mueven de verdad enormes patrimonios de verdad y jugosas herencias, sino sólo los de siempre, las clases medias. Ante tal amenaza tributaria, quizás alguien sienta la tentación de anticiparse y piense que conviene donar ahora, en vida, aprovechando que en muchas comunidades el Impuesto de Sucesiones y Donaciones todavía es casi cero para los herederos más cercanos.

¡Cuidado! Aunque alguien crea que, al final de su vida, ya puede repartir tranquilamente sus bienes entre sus amados hijos, nadie sabe lo que nos deparará el mañana. El del rey Lear no es el único caso de alguien que creía firmemente en el amor y fidelidad de sus descendientes, pero demasiado tarde comprende que se ha equivocado: al donar su herencia antes de morir descubre lo egoístas que, de verdad, eran sus hijas, quienes, cuando se sienten ricas y poderosas al heredar, primero marginan a su anciano padre y después incluso se alzan en armas contra sus pretensiones de recuperar el trono. De ahí que las lamentaciones de un Lear enloquecido por su gran error no tengan fin a lo largo de toda la tragedia:

“El usurero cuelga al que es ratero.
A través de las telas harapientas se ven los grandes vicios;
las togas y ropajes de piel todo lo ocultan. El pecado con oro se recubre,
y la fuerte lanza de la justicia se rompe inofensiva.
Vestidlo con harapos y el dardo de un pigmeo lo atravesará”.

Más claro, y actual, imposible: las riquezas impiden que la justicia actúe contra el usurero, contra el delincuente financiero. Pero claro, si un pobre vestido de harapos roba una gallina, como su “pecado” no lo recubren el oro, las togas y los ropajes de piel, está perdido. “El usurero cuelga al que es ratero” podría ser el lema sobre las puertas de las prisiones, tan poco frecuentadas por los financieros usureros que nos llevaron a la crisis, pero tan repletas de rateros harapientos.

Pero todo esto es aún más trágico cuando, como en el caso de Lear (y de algunas otras dinastías modernas habituales en la prensa rosa y en la salmón), son tus propios descendientes quienes, aprovechando las riquezas que les has donado antes de morir, se alzan contra ti, te humillan y te arrinconan.

De las tres hijas de Lear, son las dos mayores, Gonerill y Regan, quienes reciben la herencia en vida de su monarca y padre. Y lo consiguen poniendo en valor (“más, muchísimo más…”) el amor que procesan a su progenitor. Dice Gonerill:

“Señor, os amo más de lo que las palabras pueden expresar
Y más que a vista, espacio, libertad,
más, muchísimo más que lo estimado, lo precioso, lo raro (…);
os amo más allá de la forma de decir ‘muchísimo’”.

Y Regan, tan artera como su hermana, se suma a esta cuantificación del amor:

“Estoy hecha con los mismos metales que mi hermana
y en su medida me valoro. Mi corazón veraz
siente cómo ella expresa mi contrato de amor…”

“Contrato de amor”. Cómo si el amor se pudiera contratar y medir. Ante semejante alarde de codiciosa alabanza, la tercera hija, Cordelia, no se atreve a cuantificar su amor:

“Infeliz como soy, no consigo elevar
mi corazón hasta mis labios. Conforme a nuestro vínculo
os amo, Majestad, no más, no menos”.

“No más, no menos”. Cordelia no cuantifica, no pone medida a algo, por definición, inmensurable. Pero su padre monta en cólera frente a lo que, tras las exhibiciones verbales de las Regan y Gonerill, considera frialdad y desapego en su tercera hija. Y toma la decisión de desheredarla, en este diálogo implacable:

“LEAR: ¿Tan joven y tan dura?
CORDELIA: Tan joven, mi señor, y tan sincera.
LEAR: ¡Que la sinceridad sea, pues, vuestra dote (…),
renuncio a todo parentesco, afinidad
de sangre o cualquier otra paterna obligación
y os tendré siempre como extraña
para mi corazón y para mí”.

Y acto seguido, les da todo a sus otras dos hijas y a sus respectivos cónyuges, Albany y Cornwall:

“…unid a la dote de mis hijas mayores la de la tercera.
Que la case el orgullo que ella llama franqueza.
A ambos os invisto de mi autoridad,
de mi poder y de todos aquellos atributos
propios de la realeza. Nos, cada treinta días,
reservándonos a vuestro cargo un centenar de caballeros,
residiremos con vosotros, alternativamente.
Tan sólo retendremos el nombre y todo aquello
que comporta el ser rey; las rentas, el poder
y el gobierno de todo lo demás
sean vuestros, hijos míos; y, para confirmarlo,
dividid esta corona entre los dos”.

Cuánto se parece este reparto al que hoy día hacen muchos padres, que se conforman con retener lo mínimo e incluso se muestran dispuestos a vivir, por turnos, con cada uno de sus hijos y dependiendo de ellos. Y aquí es cuando comienzan muchos problemas: cuando ese padre amado se vuelve dependiente, no por necesidad, sino por decisión propia. Pronto, alguno de los hijos, que ya ha pillado su parte de la herencia, comienza a ver a su progenitor como un estorbo. Es justo lo que le pasa a Lear, a quienes sus hijas mayores arrinconan y hasta maltratan. Pero no desvelaré más de la trama, porque merece la pena ir descubriéndola poco a poco.

SENTENCIA EJEMPLAR
El error que, en ocasiones, supone donar en vida está de actualidad. Tanto, que acaba de merecer titulares de prensa como éste:

“El Supremo anula la donación a una hija por maltratar a sus padres”.

Y el subtítulo aclara aún más la cuestión:

“El tribunal permite retirar lo entregado a la mujer alegando ‘ingratitud’”

La noticia (tomada del “El País” de 23 de octubre de 2015) recuerda al drama del rey Lear: en 2005, unos padres donaron a su hija, ante notario, dos escrituras de propiedad y 309.000 euros. Pero tuvieron que acudir a los tribunales cuando, tiempo después, esa misma hija comenzó a maltratar, física y psicológicamente, a sus progenitores. A quienes no sólo debía la vida, sino también una generosa donación.

Como la vida ni se la podían ni se la querían quitar, los padres recurrieron a los tribunales para quitarle el dinero y los bienes que habían donado a la desagradecida. Y el Supremo considera probado que, a partir de 2008, tres años después de heredar antes de tiempo, se produjeron continuos episodios de “trato despectivo y humillante” de la hija hacia sus padres. Bofetones e injurias graves elevaron aún más el tono dramático de la disputa.

El Código Civil no permite revocar una donación por causa de maltrato, pero el Supremo ha interpretado que “el maltrato de obra o psicológico del destinatario, como conducta socialmente reprobable, reviste caracteres delictivos que resultan necesariamente ofensivos para el donante”.

Magnífica sentencia. Al conocerla, igual que al repasar “El rey Lear”, muchos potenciales donantes quizás se lo piensen. Y las desagradecidas Regan y Gonerill que hay en este mundo tal vez también entiendan que no han que morder la mano de quien es generoso contigo, máxime cuando es la misma persona que te ha dado la vida. Porque entonces, la Justicia pondrá las cosas (y las donaciones) en su sitio y, además, los vástagos infames no tendrán que oír de sus maltratados padres reproches como estos que Lear dirige a sus hijas por su codiciosa lujuria:

“Ni la puta, ni el fogoso caballo van a ello
con apetito más desenfrenado.
De cintura para abajo son centauros,
aunque mujeres por arriba.”

CUIDADO CON LOS USUREROS
Para terminar, un tema colateral en este drama, pero también de actualidad. La usura, cuestión presente en muchas otras obras de Shakespeare y tema central de alguna, como “El mercader de Venecia”, se merece aquí también serias invectivas. No sólo la ya citada (“el usurero cuelga al que es ratero”), sino esta otra, reflejada en un consejo que da Gloucester, un noble fiel a Lear:

“No pongas pie en burdeles, ni tu mano en la enagua, ni tu nombre en libro de usureros. Y desafía al demonio”.

“No hay trato con la trata” es el eslogan de la vigente campaña policial contra esa lacra del tráfico de seres humanos como objetos sexuales. Pero igual podría ser “no pongas pie en burdeles”.
No te endeudes más de la cuenta, nos aconsejará cualquier asesor financiero. Porque poner nuestro “nombre en libro de usureros” equivale a quedar a su merced.
Aunque el mejor consejo de todos es el último: desafiar al demonio, es decir, no callar ante injusticia o maldad alguna.
Que así sea.

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Título comentado:

-El rey Lear. William Shakespeare, 1608. Cátedra, Madrid, décima edición, 2010.

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Juego de Tronos (2): Cómo fabricar dinero para pagar la deuda pública

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“En la actualidad, los ingresos de la corona eran diez veces más elevados que en tiempos de su agobiado predecesor… aunque las deudas de la corona también se habían incrementado. Petyr Baelish era un malabarista de primera.
Y también era muy inteligente. No se limitaba a recaudar el oro y dejarlo en la cámara del tesoro, oh, no. Pagaba las deudas del rey con promesas, y ponía el oro del rey a que rindiera. Compraba carromatos, tiendas, naves, casas… Compraba cereales cuando había cosechas abundantes, y vendía pan cuando comenzaba a escasear. Compraba lana en el norte, lino en el sur y encajes en Lys. Almacenaba telas, las movía, las teñía y las vendía. Los dragones de oro se apareaban y se multiplicaban. Meñique los prestaba y los recuperaba junto con sus crías”.

Un breve curso de finanzas en un solo párrafo, en el que vemos cómo mueve el dinero Petyr Baelish, alias Meñique (consejero de la moneda del reino). Una operativa idéntica a la de cualquier ministro de Economía actual: se endeuda, pide prestado y “paga las deudas con promesas”, mientras pone el oro del tesoro público en inversiones rentables. De ese modo, Baelish era…

“…capaz de frotar dos dragones de oro para que parieran un tercero”.

Es decir, consigue que el dinero (esos dragones de oro que ahora podrían ser euros o dólares) genere más dinero. Finanzas en estado puro, que no aprendemos en un sesudo manual, sino en la segunda entrega de la gran saga novelística  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948).

Ya hablamos de Meñique, esta especie de superministro de Economía, al analizar la primera de las seis novelas de esta “Canción…”, la titulada precisamente “Juego de Tronos” (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-1-inversion-en-burdeles-y-crisis-de-deuda/). Esa primera novela dio nombre a la brillante serie televisiva que todo el mundo conoce (ganadora de un Globo de Oro y de 14 Premios Emmy). Pero en la segunda entrega de la “Canción de hielo y fuego”, en la novela titulada “Choque de Reyes” –más de 900 páginas que se leen de un tirón– se profundiza en algunos de los temas económicos que tanto realismo dan a esta inmensa historia de aventuras de tono medieval. Un auténtico aluvión narrativo que nos recuerda a Tolkien, a las historias del rey Arturo y a los dramas familiares y dinásticos de Shakespeare, ese genio que fue capaz de utilizar metáforas económicas hasta en sus sonetos de amor (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

En su línea de describirnos siempre el contexto económico de estas apasionantes aventuras de guerreros, reyes, princesas, dragones y muertos vivientes, George R.R. Martin insiste en su segunda novela, “Choque de Reyes”, en el tema de las finanzas públicas. Si en la primera entrega, “Juego de Tronos”, nos cuenta cómo Meñique, este peculiar superministro de Economía, ayuda a generar una auténtica burbuja de la deuda en el reino de Desembarco del Rey, en esta segunda obra nos cuenta cómo llegó Baelish a encumbrarse tan alto. El curriculum vitae de Meñique –que haría las delicias de los más agresivos caza-talentos actuales– se parece al de algunos de los recientes “genios de las finanzas” que, a la vista de la crisis que nos liaron, no eran tan geniales. Una trayectoria profesional que, como tantas otras, reales o imaginarias, Petyr Baelish comenzó en puestos donde había que recaudar dinero para el Tesoro… y de paso para los fondos propios del recaudador:

“Hacía diez años, Jon Arryn [la mano del rey, especie de primer ministro] le había otorgado una sinecura menor en las aduanas, donde lord Petyr pronto se distinguió al conseguir recaudar tres veces más que cualquier otro recaudador del rey. Robert [el monarca] gastaba a manos llenas. Un hombre como Petyr Baelish, capaz de frotar dos dragones de oro para que parieran un tercero, resultaba de un valor inmenso para la mano del rey. A los tres años de llegar a la corte, ya era consejero de la moneda y miembro del Consejo Privado”.

SALIDO  DE LAS PÁGINAS DEL “FINANCIAL TIMES”
Pero cualquier hombre como este, capaz de hacer que las monedas de oro se reproduzcan, sabe bien lo importante que es rodearse de un equipo de fieles incondicionales, a quienes situar en los puestos claves (ya se sabe, presidencias de cajas de ahorros, de empresas públicas y/o privatizadas, etc.). Y Baelish se rodea de esos estómagos agradecidos, como narra la novela en un párrafo que podría estar en un capítulo de la historia del ascenso social de la nueva burguesía frente a la cada vez más incapaz nobleza:

“Y, mientras tanto, también fue situando a hombres que le eran leales. Los cuatro Guardianes de las Llaves [del Tesoro] eran suyos. Él mismo había nombrado al Contador Real y al Balanza Real, y también a los oficiales al mando de las tres cecas [controlar la acuñación de moneda es indispensable para tener autonomía en las decisiones económicas]. Nueve de cada diez capitanes de puerto, recaudadores de impuestos, agentes de aduanas, agentes textiles, cobradores, fabricantes de vinos… eran leales a Meñique. Se trataba de hombres en su mayoría de extracción popular: hijos de comerciantes, de señores menores, a veces incluso extranjeros… Pero, a juzgar por los resultados que obtenían, mucho más capacitados que sus predecesores de alta cuna”.

Un ejemplo de cómo un poder absoluto (igual que una mayoría absoluta de esas que tardaremos mucho tiempo en volver a ver en España tras las elecciones del 24 de mayo de 2015) puede concentrar en sus manos todos los puestos clave… del poder económico, claro, que es el que importa. Lo que no parecía importar –como analizábamos en el artículo anterior– era que toda esta concentración de poder económico en las manos de un solo hombre, y de su extensa red clientelar, estuviera ayudando a generar una burbuja financiera que, como veremos en próximos capítulos, acaba explotando. ¿Les suena? Parece que George R.R. Martin, periodista al fin y al cabo, se ha inspirado más en el “Financial Times” o en el “Wall Street Journal” que en las tradicionales novelas de caballeros andantes, princesas y dragones.

GUERRA E INFLACIÓN: ¿QUÉ ES MÁS CARO, UN POLLO O UN NOBLE?
Además de a la figura y a las prácticas financieras de Meñique, esta segunda entrega de la “Canción de hielo y fuego” dedica especial atención al tema de la inflación y otros problemas económicos generados por una guerra. Desembarco del Rey, la capital a punto de ser atacada por ejército enemigo, sufre los males típicos de cualquier asedio y su consecuente bloqueo comercial:

“Los mercados estaban llenos de hombres desastrados que vendían sus propiedades a cualquier precio… Pero no había granjeros que pregonaran sus productos. El precio de los pocos alimentos que vio [el enano Tyrion Lannister, en esos momentos mano del rey] era el triple que el año anterior”.

Una inflación anual del 300 por cien no está nada mal y recuerda a las altísimas tasas registradas en las peores crisis del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Una escalada de precios inevitablemente unida a un desabastecimiento de estilo casi “boliviarano” (sólo habría que cambiar a Meñique por Maduro para no notar la diferencia). Sigamos viendo los mercados a través de los ojos de Tyrion:

“–¡Ratas frescas! –anunciaba a gritos un vendedor ambulante que ofrecía ratas asadas en un espetón– ¡Ratas frescas!

Sin duda eran mejores que las ratas viejas y medio podridas. Pero lo más aterrador era que las ratas asadas tenían un aspecto más apetitoso que la mercancía que vendían los carniceros. En la calle de la Harina [una referencia clara del autor a la antigua organización de las ciudades en función de los gremios] vio guardias ante una de cada dos tiendas. Pensó que, en tiempos de escasez, hasta a los panaderos les resultaban más baratos los mercenarios que el pan”.

El negocio de la seguridad, ya se sabe, es uno de los que suele florecer cuando la crisis económica desemboca en una grave agitación social. Una seguridad que busca también el rey, que no duda en “comprar” la fidelidad de los señores feudales, como ilustra este diálogo entre Meñique y Tyrion, sin duda el personaje más sagaz e inteligente de toda la saga. El enano le pregunta a lord Petyr qué razones podrían dar a los nobles para que apoyaran al joven, estúpido y sanguinario rey Jeoffrey (sucesor de Robert). La respuesta de Meñique no podía ser otra:

–Razones de oro (…)
–Mi querido amigo Petyr, no me puedo cree que estéis proponiendo que compremos a estos poderosos señores y a estos nobles caballeros como si fueran pollos en venta del mercado.
–Se nota que no habéis visitado nuestros mercados últimamente (…). Estoy seguro de que os sería más fácil comprar un señor que un pollo”.

Otra lección de historia económica. Repartir castillos, honores y tierras siempre fue un recurso tradicional de los monarcas para comprar lealtades, procedimiento que en tiempos más recientes ha sido sustituido por el reparto de altos cargos, de puestos en consejos de administración y, por supuesto, de comisiones ilegales y de sobres con dinero negro. Lo cual –y volvemos a uno de los temas económicos centrales de esta saga– no hace más que inflar, inflar e inflar la gigantesca burbuja de la deuda. No se pierdan su estallido en el próximo artículo de esta serie.

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Título comentado:

-Choque de Reyes. Canción de Hielo y Fuego/2(*).George R.R. Martin, 1998. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Cuarta Reimpresión, febrero del 2014.
(*) Segunda novela de la saga conocida por popularmente como “Juego de Tronos” (que es el título de la primera novela y de la serie televisiva de HBO que estrenó en abril de 2015 su quinta temporada).

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Juego de Tronos (1): Inversión en burdeles y crisis de deuda

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Hoy en día, los burdeles son una inversión mucho más segura que los barcos. Las putas no suelen hundirse, y si las abordan los piratas, es previo pago de dinero contante y sonante”.

Este consejo para inversores, digno del mejor gestor de fondos, es sólo una de las muchas y acertadas referencias económicas que aparecen en la espectacular saga  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). La recomendación la hace una especie de “superministro” de Economía –implicado además en provocar una gran burbuja de deuda– que aparece en la primera de las seis novelas de esta “Canción…”, la titulada precisamente “Juego de Tronos”.

El título de esta primera obra lo conocen millones de personas de todo el mundo, pues sirvió también para la espectacular serie televisiva de la HBO, sin duda a la altura de esta monumental novela río de tono medieval. Sus seis grandes tomos (en torno a 800 páginas cada uno) nos recuerdan a las historias artúricas, a Tolkien e incluso a los intensos dramas familiares y dinásticos del mismísimo William Shakespeare.

Pero las seis brillantes piezas de la “Canción de hielo y fuego” introducen un factor que apenas aparece ni en las crónicas del Rey Arturo ni en las más de mil quinientas páginas de “El Señor de los Anillos”. Con Tolkien no sabemos de dónde sale el dinero, quién paga a los soldados o siquiera qué comen los protagonistas (salvo ese pan élfico que parece no acabarse nunca). Sin embargo, aunque en “Juego de Tronos” tampoco faltan los elementos míticos, los dioses “antiguos y nuevos”, la magia, los lobos “huargos”, los dragones y hasta los muertos vivientes, es permanente la preocupación del autor por el contexto económico en que se desarrollan las aventuras.

Buena parte del éxito tanto de la serie televisiva como de las novelas de George R.R. Martin radica en su realismo: desterrados de su lenguaje los nocivos efectos de lo “políticamente correcto”, no se escatiman ni la sangre, ni el sexo, ni la suciedad, ni los sentimientos, ni, por supuesto, el oro, las deudas, los precios de los alimentos o de los mercenarios, el coste de mantener un castillo o un trono, o de contratar una flota de barcos para que Daenerys –esa bella princesa Targaryen, madre de dragones y liberadora de esclavos que ha enamorado a medio mundo–, resuelva su principal problema: tiene dragones, sí, pero no dinero para fletar barcos que crucen el mar Angosto camino de los Siete Reinos de Poniente.

GEOGRAFÍA ECONÓMICA
Esta constante presencia de la economía y las finanzas se aprecia hasta en la peculiar geografía de la “Canción de Hielo y Fuego”: el norte frío y desolado (¿Invernalia es Escocia o incluso Rusia?); los reinos centrales ricos (¿el refinado Altojardín es Francia o Italia? ¿Desembarco del Rey es Inglaterra o Alemania?); el sur exótico y soleado (¿Dorne es España y quizás por eso la quinta temporada, en la que ese reino gana protagonismo, se rodó en Andalucía?); las aún más exóticas ciudades libres y también ricas de Oriente y del mar de Jade (¿Arabia y, más allá, China y el sureste asiático?)… Por no hablar de las referencias históricas al mundo clásico perdido (¿Valyria es Roma?), algunas de ellas tan directas como ese Muro que separa los siete reinos del norte salvaje y helado, igual que el Muro de Adriano marcó la frontera británica entre el Imperio Romano y las inconquistables tierras norteñas de los pictos…

Es imposible no sentirse atrapado por el vigor de esta narración, entre otras cosas por ese realismo que nos hace tan próximos unos protagonistas que sufren, aman, odian, follan y cortan cabezas, manos y hasta pollas… Pero también gastan, se endeudan, mendigan, desfalcan y consumen. Y en eso esta saga literaria vuelve a recordarnos a Shakespeare, que sí metió economía en muchas de sus tragedias, como pronto veremos en este blog, e incluso en su poesía (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

Precisamente en la obra del inglés aparecen también los barcos, una de las inversiones más clásicas desde la antigüedad. Esos buques necesarios para transportar ejércitos, pero sobre todo mercancías, siempre sometidos a los riesgos de la piratería y de las tempestades. Los barcos son el tema económico central de una tragedia de Shakespeare que incluso lleva el comercio en su título: “El mercader de Venecia”. Ese comerciante e inversor que “tiene toda su fortuna en el mar”, lo cual le hace caer en las garras del usurero judío que también pretende amputar algo, pues quiere cobrarse su deuda en carne.

LA “CALDERILLA” DE LA DEUDA PÚBLICA
Quien en “Juego de Tronos” –insisto, la primera novela de la serie– desaconseja invertir en barcos es sin duda el personaje más económico de toda la saga: Lord Petyr Baelish, apodado Meñique, consejero de la moneda de la casa Baratheon y de su capital, Desembarco del Rey. Este Meñique que prefiere invertir en burdeles antes que en navíos, actúa como un auténtico ministro de Economía que siempre consigue dinero para financiar las extravagancias y las continuas guerras de sus reyes.

Unos monarcas que, por supuesto, apenas se preocupan de dónde salen los fondos, la “calderilla” que financia su continuo juego de tronos:

“Te lo juro [le dice el rey Robert a su amigo Eddard Stark], sentarse en un trono es mil veces más duro que conquistarlo. La ley es un asunto tedioso, y contar calderilla, aún más”.

Eso le tocará al propio Stark cuando, una vez nombrado mano del rey (algo así como primer ministro), se enfrenta a los enormes gastos de un torneo con el que el monarca quiere festejar tal nombramiento. El adusto norteño se horroriza cuando lee, pormenorizados, los dispendios del torneo en dragones de oro, cuyo valor (por cómo lo usa el autor) podríamos comparar con el ducado de oro español del siglo XV, que valía 375 maravedís, frente a los 34 del real de plata. Contabilizados en lo que parece el dólar de la saga, los costes del torneo llegan a superar los 90.000 dragones de oro sólo en premios para los ganadores, a los que se suman los gastos en “cocineros, carpinteros, doncellas, juglares, malabaristas, bufones…”. El diálogo que sigue podría haberse desarrollado entre el presidente del Eurogrupo y el ministro griego de Economía:

“–¿Podrá cargar el tesoro con los gastos? –preguntó el gran maestre Pycelle [uno de los consejeros del Rey] a Meñique.
–¿A qué tesoro os referís? –replicó Meñique con una mueca–. No digáis tonterías, maestre. Sabéis tan bien como yo que las arcas llevan años vacías. Tendré que pedir prestado el dinero. Los Lannister serán generosos, no me cabe duda. Ya le debemos a lord Tywin más de tres millones de dragones; no importa que sean cien mil más.
–¿Estáis insinuando que la corona tiene deudas por valor de tres millones de piezas de oro –Ned [Stark] estaba atónito.
–La corona tiene deudas por más de seis millones, lord Stark. Los Lannister [¿por qué no los banqueros germanos?] son los principales acreedores, pero también hemos pedido crédito a los Tyrell [de la rica y afrancesada Altojardín], al Banco de Hierro de Braavos y a varias compañías financieras de Tyrosh [¿quizás equivalentes a ciertos bancos de inversión y fondos buitre norteamericanos?]”.

Los apuros financieros de Meñique son tales, que incluso pide dinero al clero:

“Últimamente he tenido que dirigirme a la Fe [una especie de Vaticano]. El septón supremo [equivalente al Papá o, mejor, al director del banco vaticano] regatea mejor que un pescadero de Dorne.
–Aerys Targaryen [el rey depuesto por Robert] dejó las arcas repletas. –Ned no daba crédito a sus oídos–. ¿Cómo habéis permitido que se llegara a esta situación?
–El consejero de la moneda consigue el dinero –replicó Meñique, encogiéndose de hombros–. El rey y la mano lo gastan”.

Una respuesta similar debieron dar muchos ministros de Economía cuando se descubrió, en la reciente crisis de la deuda europea, que sus Estados se habían endeudado muy por encima de sus posibilidades. Toda una lección de realismo que demuestra cómo todos los juegos, sobre todo los de tronos (léase los electorales), siempre cuestan dinero. Eddard Stark tiene que enfrentarse a ese endeudamiento cuyo coste final podría ser todo un reino:

“Robert y su Consejo de cobardes y aduladores dejarían el reino en la ruina si [Stark] no hacía nada. O peor aún, se lo venderían a los Lannister para pagar deudas”.

Una deuda hinchada por personajes como Meñique –muy habituales no sólo en las páginas de esta novela, sino también en las de la prensa económica–. Pero de cómo se convirtió lord Baelish en el auténtico brujo de las finanzas, en el gestor de una crisis que recuerda tanto a las actuales, hablaremos más extensamente en el próximo artículo. El tema merece mucha más atención porque las habilidades financieras de Meñique son muy parecidas a las demostradas por quienes inflaron la burbuja, se forraron con ella, nos arruinaron a todos y, pese a ello, siguen coleando por ahí, aunque quizás deberían haber sido desterrados al Muro (a dónde en “Juego de Tronos” envían a ladrones, asesinos, violadores y malos pagadores) o incluso condenados a que su cabeza decorara (siquiera simbólicamente) una pica enhiesta sobre alguna ruina inmobiliaria.

No se pierdan, pues, el próximo capítulo sobre “Juego de Tronos” en este blog. Porque –como se repite en la saga cada vez que aparece el lema de los Stark– …“winter is coming”. Aunque en nuestras economías, después de siete años de crisis, el invierno aún no se ha ido del todo, y podría volver.

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Título comentado:

-Juego de Tronos. Canción de Hielo y Fuego/1.George R.R. Martin, 1996. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Quinta Reimpresión, enero del 2014.

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La cotización del amor en Shakespeare… o cómo rimar economía con poesía

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

Después de estos más de siete años de bíblicas vacas flacas, quien crea imposible que economía rime con poesía hará bien en deleitarse con este soneto:

“¡Adiós! Eres muy caro para poseerte;
tú tus cotizaciones bien al justo cuidas,
y tu cartera de valores te hace fuerte;
mis letras contra ti todas están vencidas.

Pues ¿cómo fuiste mío sino por tu aserto?
Y para esa riqueza mis méritos ¿dónde?
A ese don de hermosura nada en mí responde,
y así otra vez mi cuenta queda en descubierto.

Tú te me diste o sin saber aún tu tasa
o de mi precio, a quien lo dabas, confundido;
así aquel gran dispendio, por error salido,
hecho mejor balance, vuelve ya a la casa.”

 

¿Cotizaciones? ¿Cartera de valores? ¿Letras vencidas? ¿Caro para poseerte? ¿Tasa, precio y dispendio? ¿Balance?… ¿Estamos ante un poema de amor o ante la queja de un inversor por su opa fallida sobre una compañía de exagerado valor bursátil? ¿Quieren mejor prueba de cómo el lenguaje económico es capaz de penetrar también en la poesía, incluso en la amorosa, y hasta puede enriquecerla –nunca mejor dicho– al dotarla de imágenes de enorme fuerza expresiva? Recurrir a las metáforas económicas para hablar de un amor que sale caro parece fácil para el autor de este soneto… No en vano era un tal William Shakespeare (1564-1616).

El maestro de la literatura universal, el mismo que regaló al mundo obras de teatro con un contenido tan económico como “El mercader de Venecia”, también demostró en su poesía que, además de un genio de la pluma, era un hombre de su tiempo, buen conocedor de los temas financieros, contables y societarios. Como buen inglés, tendría un indudable sentido práctico. Sin olvidar que vivió en una época en la que Inglaterra ya comenzaba a extender su poder mercantil por todo el orbe.

El soneto citado tiene el número LXXXVII de la magnífica edición bilingüe de los “Sonetos de amor” de Shakespeare realizada por Agustín García Calvo para Anagrama. Y es, sin duda, uno de los poemas que mejor ilustra la capacidad del bardo de Stratford-upon-Avon para manejar el lenguaje económico con igual soltura que el amoroso, el trágico o el cómico. El propio García Calvo lo señala en el prólogo de su gran edición y traducción de estos hermosos sonetos:

“No dejará de hacerle meditar al discreto lector el notar que muchos de los momentos líricos más felices de los Sonetos (tómese, por ejemplo, el LXXXVII) se dan justamente allí donde el Amor se mezcla con las alusiones a la posesión, el trato comercial, los litigios, las leyes y las instituciones del Estado”.

Porque, en definitiva, todo amor tiene un coste… en ocasiones tan excesivo que descuadra cualquier balance vital. En el mismo prólogo, García Calvo subraya que entre las muchas contradicciones que Shakespeare refleja en sus sonetos amorosos (tiempo/amor, hombre/mujer, negrura/belleza, odio/piedad…), no podía faltar la económica y social:

“Ni tampoco esta pasión carnal de la contradicción metafísica del Amor ha cegado al poeta a la visión de la otra cara, digamos la social, económica o real, con que el Amor se instituye en nuestro mundo; (…) y, en efecto, abundan en los Sonetos los términos de comparación con los ámbitos comerciales y jurídicos…”

LA CONTABILIDAD DEL AMOR
García Calvo enumera los versos en los que, por ejemplo, aparecen términos de contabilidad, entre los que destacamos ­–además del soneto que encabeza este artículo–  el siguiente, extraído del número XXX:

“…y aun de pasados tuertos sé sentir afrenta
y con pesar de duelo en duelo calcular
de los llorados llantos la penosa cuenta,
que, como no pagada, vuélvola a pagar.”

 

O estos otros, del soneto número XLIV, en que insiste en los conceptos de saldos y cuentas amorosas:

“Contra ese tiempo (si ese tiempo se presenta)
en que mis faltas te he de ver fruncir el cejo,
cuando tu amor cerrado habrá su última cuenta,
viniendo el saldo a hacer por pericial consejo…”

 

Algunas de estas cuentas terminan en la inevitable bancarrota (como sucede en más de un divorcio ruinoso):

¿Y el vivir hoy que está Natura en bancarrota,
cuando el rubor mendiga de él sangre que fluya?
Pues Ella no otra hacienda tiene que la suya,
y ufana de mil rentas, vive de su cuota.

 

Aunque, para evitar estas quiebras, en ocasiones el amante hace una oferta “barata” y sin pedir más que un simple trueque amoroso, como en el soneto número CXXV:

“¿No he visto constructores sobre honor augusto
perderlo todo, y más, de tanto pagar rentas,
por guisos raros desdeñando el simple gusto,
tristes logreros, consumidos en sus cuentas?

No: déjame en tu corazón que sea atento,
y acepta tú mi ofrenda, libre aunque barata,
no envuelta con segundas, y sin más talento
que un mutuo ‘Yo por ti’ por todo trueque y trata.

 

AMANTE USURERO
Pero también hay amantes a quienes se tacha de usureros, por su incapacidad de compartir sus rentas con los demás, es decir, por encerrarse en sí mismos y despechar a sus pretendientes. Este tema de la usura es uno de los más repetidos en los sonetos, como por ejemplo en el IV:

“Pródiga gentileza, ¿a qué en tu sola fiesta
gastas todo el legado de tu cuerpo hermoso?
La manda de Natura nada da, que presta;
y, liberal, le presta a aquél que es generoso.

Así que, hermoso avaro, di, ¿por qué defraudas
la graciosa largueza que te da a que des?
Vano usurero, ¿a qué la suma que recaudas
usas, si ni aun vivir puedes del interés?”

 

Los reproches son aún mayores para quienes aparentan riqueza exterior pero por dentro se consumen ante la falta de amor, también por su avaricia para prodigarlo. Lo encontramos en el soneto número CXLVI, que sin duda permite incluso otras lecturas por lo hiriente de sus quejas:

“Pobre alma, centro de mi pecadora arcilla,
Ramera a quien rebeldes genios visten galas,
¿por qué por dentro mustia y de hambre tú amarilla,
mientras tu muro de tan claro lustre encalas?

¿Por qué, tan corto siendo el alquiler, tan grande
gasto haces enluciendo casa que se arruina?
¿Gusanos, herederos de este lujo, habrán de
tragar tu renta? ¿Ahí tu cuerpo se termina?

Vive pués, alma, a costa de tu siervo, y que éste
trajine por colmarte el almacén; aplica
horas viles vendiendo a rédito celeste;
hártate dentro, y no por fuera seas rica…”

 

Todo un canto a no encerrarse, a dejar que el amante “colme tu almacén”, te llene de amor, en vez de limitarte a aparentar una huera riqueza exterior. En la misma línea, otros versos (del soneto IX) reprochan al ser amado desperdiciar lo que ahora llamaríamos el “coste de oportunidad”, que se pierde por no usarlo:

“Ya ves: lo que en el mundo gasta un manirroto
sólo de sitio cambia: el mundo aún lo goza;
pero el derroche de hermosura tiene un coto:
que, con no usarlo, el usuario lo destroza.”

 

LA CRISIS DE LA DEUDA
Como ocurre en la economía real, las mayores crisis amorosas acaban con graves deudas pendientes, sin dudas necesitadas de rescate si queremos evitar la ruina del ser amado. Este tema aparece al menos en media docena de los sonetos amorosos de Shakespeare, aunque en uno de ellos, el CXVII, encontramos la descripción más brillante de las malas consecuencias que –también  aquí y no sólo en la gestión presupuestaria– se derivan de un excesivo endeudamiento:

“Acúsame de que he hecho desfalco en las rentas
de donde tu gran deuda liquidar debía;
que olvide convocar tu caro amor a cuentas,
a quien me obligan tantas letras día a día;

Que con extrañas almas tuve tratamientos
y di al tiempo derechos que caros compraste,
o que he izado las velas a todos los vientos
que iban, lejos de ti, a dar conmigo al traste.

En cuenta cárgame intenciones y descuido,
y sobre lo probado acumula sospecha;
a tiro pónme ya de tu ceño fruncido;
más no dispares contra mí tu airada flecha:

que mi apelación reza que cuanto hice fue
por probar la constancia de tu amor y fe”.

 

Mucho me temo que a este amante, pese a su disculpa y “apelación” final, acumular deudas por “izar los velas a todos los vientos” le supondría una dura cura de austeridad (o, como se dice coloquialmente, “dormir en el sofá”), pues seguro que su acreedora, quizás tan implacable como la mismísima Angela Merkel, le cobraría muy caro haberle puesto los cuernos. Una prueba más de que poesía, amor y economía no son conceptos tan irreconciliables como a priori pudiera parecer.

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Título comentado:

-Sonetos de amor. William Shakespeare. Edición y traducción de Agustín García Calvo. Compactos Anagrama, Sexta edición, Barcelona, 2002.

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