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Los robot que mueven los mercados… y nos mueven a nosotros

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

 “Antes imaginábamos que los ordenadores, los robots, se encargarían de realizar los trabajos de baja categoría de nuestras vidas, que se pondrían delantales y se pasearían por ahí y serían nuestras sirvientas (…). De hecho lo que está ocurriendo es todo lo contrario. Tenemos gran cantidad de material humano sobrante, poco inteligente, apto para realizar esos trabajos sencillos de baja categoría, muchas veces con horarios muy prolongados y salarios muy bajos. En cambio, los humanos a los que están sustituyendo los ordenadores pertenecen a las clases instruidas: traductores, técnicos médicos, técnicos jurídicos, contables, operadores financieros”.

Son palabras del doctor Alex Hoffmann, una leyenda de la ciencia que ha creado un software avanzadísimo, el Vixal-4, capaz de detectar lo que de verdad mueve los mercados: el miedo. Basado en un potentísimo algoritmo, este auténtico robot de los mercados opera en ellos con tal agilidad y rapidez que permite al fondo de inversión creado por Hoffmann lograr espectaculares beneficios.

¿Ficción o realidad? Ambas cosas.

La ficción está en que Hoffmann es el protagonista de la novela “El índice del miedo”, del escritor británico Robert Harris (1957). Y su Vixal-4, capaz de ganar dinero con el miedo de los inversores, comienza a ser su pesadilla porque, de algún modo, adquiere vida propia. Harris construye una inteligentísima obra de intriga, Y lo hace, además, con todos los ingredientes que debe reunir una novela de éxito comercial. Estamos ante un auténtico súper ventas, pero de gran calidad narrativa y espléndidamente documentado.

La realidad radica en que, pese a que Harris nos cuenta una ficción, lo cierto es que estos robots que operan en los mercados existen de verdad. Hay quien los llama sistemas automáticos de trading, es decir, del tipo de operativa que más ágilmente responde a cualquier movimiento de los mercados, o incluso a cualquier información que pueda influir en los precios de los activos cotizados. Estos robots ya habitan entre nosotros desde hace mucho tiempo. Y mueven miles de millones del capital más ágil y agresivo. Casi siempre ganan y el pequeño inversor sólo puede aspirar a subirse a tiempo a una tendencia (e intentar aprovecharla) que los robots han detectado antes que nadie, o que incluso en la mayoría de los casos han desencadenado al disparar miles de órdenes de compra y/o de venta que mueven con brusquedad los precios.

De hecho, Harris demuestra un gran conocimiento de los mercados en su novela. Incluso el nombre de su peculiar Frankenstein tecnológico, Vixal-4, remite al índice Vix, utilizado para medir la volatilidad de las cotizaciones. Y la volatilidad, por decirlo de un modo sencillo, no es más que un modo de medir el miedo. El título de la novela lo dice todo.

Al margen de su atractiva trama, lo más brillante de esta obra lo constituyen sus reflexiones sobre la naturaleza humana y sus relaciones con las nuevas tecnologías. Y en estas relaciones, la novela otorga un papel central a la materia prima más codiciada por los inversores: la información. Volvemos a las reflexiones de Hoffmann:

“Los humanos todavía leemos a la misma velocidad a la que leía Aristóteles. El estudiante universitario medio norteamericano lee cuatrocientas cincuenta palabras por minuto. Los más inteligentes pueden llegar a las ochocientas. Eso equivale a unas dos páginas por minuto. Pero el año pasado IBM anunció que está construyendo un nuevo ordenador para el gobierno de Estados Unidos que puede realizar 20.000 billones de cálculos por segundo. La cantidad de información que nosotros, como especie, podemos absorber tiene un límite físico. Hemos llegado al tope. Pero la cantidad de información que puede absorber un ordenador no tiene límite”.

LENGUAJE, IMAGINACIÓN, PÁNICO…

Y esto nos lleva a otro tema. ¿Cómo manejamos los humanos la información? Con algo que, en opinión de este científico de ficción (compartida por muchos otros en la vida real), constituye uno de nuestros grandes logros pero también se convierte en una de nuestras mayores limitaciones: el lenguaje. Nos lo explica el propio Hoffmann:

“Y el lenguaje, la sustitución de objetos por palabras, plantea otro gran inconveniente a los humanos. El filósofo griego Epicteto lo reconoció hace dos mil años cuando escribió: `Lo que alerta y alarma al hombre no son las cosas, sino sus opiniones y fantasías sobre las cosas´. El lenguaje desató el poder de la imaginación, y con él llegaron el rumor, el pánico, el miedo. En cambio, los algoritmos no tienen imaginación. No les entra pánico. Y por eso son tan perfectamente apropiados para operar en los mercados financieros”.

Absolutamente cierto. De hecho, los expertos en trading insisten mucho en este tema: quien se inicie en este tipo de operativa lo primero que debe hacer es controlar sus emociones, dejarse guiar por una metodología y un sistema que, del modo más objetivo posible, le indique cuándo comprar o cuándo vender un activo. Dejarse arrastrar por las emociones, o por el miedo, eleva extraordinariamente el riesgo. Volvamos de nuevo a las palabras del científico protagonista de la novela:

“El miedo es, históricamente, la emoción más potente en la economía. ¿Recuerdan a Roosevelt durante la Gran Depresión? Es la cita más famosa de la historia de las finanzas: `Lo único que debemos temer es al miedo mismo´”.

Este poder del miedo como mecanismo que mueve los mercados y la economía se ha incrementado en los últimos tiempos, desde el 11-S, cuando los mercados volvieron a llenarse de mensajes de alarma, pánico, terror… Y ha convertido a un concepto económico como la “prima de riesgo” en algo absolutamente normal en cualquier conversación en un bar, en un taxi o en casa a la hora de la cena.

Esa mayor conciencia del riesgo (el miedo a un atentado, a una crisis financiera, a una epidemia mortal, a cualquier cosa…) ha aumentado la volatilidad en muchos momentos, hasta niveles nunca visto antes en los mercados. Pero a ese aumento de la volatilidad, a esa mayor sensación de riesgo, también ha contribuido la tecnología:

“El aumento de la volatilidad del mercado (…) es una función de la digitalización, que está exagerando los cambios de humor de los humanos mediante una difusión de información sin precedentes a través de internet”.

A este aumento de la volatilidad generado por la tecnología, se añade el riesgo que se materializa en este novela: que la propia tecnología adquiera vida propia y se convierta en el principal riesgo, como advierte un ingeniero de software y profesor de zoología de la Universidad de Oklahoma, Thomas S. Ray, un científico de verdad, no de ficción, citado por Hoffmann en la novela:

“(…) las entidades artificiales autónomas de desarrollo libre deberían ser consideradas potencialmente peligrosas para la vida orgánica, y deberían permanecer confinadas en algún tipo de instalación de contención, como mínimo hasta que lleguemos a comprender plenamente su verdadero potencial (…). La evolución sigue siendo un proceso interesado, y los intereses de organismos digitales confinados podrían entrar en conflicto con los nuestros”.

Y eso es precisamente lo que le ocurre a ese robot, a ese sistema operativo, Vixal-4, que, como el monstruo del doctor Frankenstein, se rebela contra su creador. Una rebelión materializada en el inquietante mensaje que aparece como salvapantallas de ese software inteligente:

“LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ EMPLEADOS
LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ DIRECTIVOS
LA EMPRESA DEL FUTURO SERÁ UNA ENTIDAD DIGITAL
LA EMPRESA DEL FUTURO ESTARÁ VIVA”

Alarmante. Como el hecho de pensar que hasta un simple teléfono móvil pueda parecer más inteligente que su propio usuario. Y lo es desde el momento en que le obliga a seguir unas pautas de comportamiento (en clara dependencia con el aluvión de aplicaciones para casi todo) que antes no seguía, a hacer cosas que antes no hacía porque no le aportaban nada. ¿Se lo aportan ahora? ¿Por qué nos hemos hecho tan dependientes de ciertas tecnologías? Evidentemente, para enriquecer a esas empresas del futuro. ¿Se resistirán pronto esas mismas empresas a tener empleados? ¿Lo fabricarán todo los robots? ¿Y podrán esas empresas prescindir de sus directivos, tomar decisiones en función de sistemas de análisis de mercado tan inteligentes, y peligrosos, como Vixal-4? De momento, esas mismas empresas (ya saben, Amazon, Google, Twitter, etc., etc.) ya han conseguido prescindir de algo que les estorba: el Estado y los impuestos. Les estorba a ellas, pero nos protege a los ciudadanos, ya que esos impuestos que esas “empresas del futuro” se están ahorrando, nos está convirtiendo a nosotros en “ciudadanos del pasado”, de antes del Estado del Bienestar, de antes de los derechos sociales… y en algunos sitios, incluso de antes de los Derechos Humanos. Pero, eso sí, perfecta y absolutamente digitalizados.

Hay que decirlo claro: nos están digitalizando para anularnos como especie pensante y libre. Y en muchos casos lo están consiguiendo (además de quedarse con nuestros impuestos). El índice del miedo se dispara a medida que el ser humano se convierte en mero consumidor de aplicaciones y chismes que dirigen su vida. Habrá que tomar medidas. A lo mejor, haciendo algo tan fácil como desconectar muchas cosas sin las que el hombre, como especie, ha sobrevivido desde hace miles de años. No queremos empresas del futuro. Queremos empresas del hombre… y para el hombre.

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Título comentado:

-El índice del miedo. Robert Harris, 2011. Grijalbo, Barcelona, 2012.

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