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Un catalán como vosotros…

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“La perderé, no puede ser, no es para mí, la perderé antes de que me deis tiempo a ser un catalán como vosotros ¡cabrones!”.

Es la agria reflexión de Manolo, un pobre inmigrante, xarnego o murciano (dos apelativos sinónimos aplicado a todos los que llegaban a Cataluña desde otras partes de España), cuando contempla a esa hermosa Teresa, hija ideal de la burguesía barcelonesa, a quien quiere conquistar. Su historia la escribió uno de los mayores novelistas españoles vivos, el maestro catalán y español (mal que les pese a muchos… de ambos bandos nacionalistas) Juan Marsé. Su “Últimas tardes con Teresa” es (junto a su especie de continuación “La oscura historia de la prima Montse”) una pieza indispensable de la literatura contemporánea en castellano. Una obra que nos cuenta el crisol social y económico de esa Cataluña de postguerra y desarrollismo. Una novela que merece la pena releer ahora, cuando sólo quieren votar sobre esa Cataluña los nacidos a un lado de una raya, sin que a los demás se nos deje opinar, aunque muchos sintamos, como Juan Marsé, que Barcelona es tan nuestra (como París, Londres o Nueva York) como de quienes se consideran “catalanes pata negra” por sus genes o, más frecuentemente, por su dinero y condición social.

Porque el decimonónico y trasnochado independentismo/nacionalismo (germen de los mayores desastres de la historia reciente: cuando faltan ideas lo más fácil es sacar las banderas… y tras ellas los uniformes, para uniformar a todos los individuos y conseguir eso que se llama “identidad nacional”) no es, en el fondo, más que una manipulación pilotada por las clases dirigentes en busca de su particular paraíso que –como no puede ser de modo en estos tiempos– es sobre todo un paraíso fiscal. Y esto no es aplicable sólo a Cataluña, sino prácticamente a todos los que en estos tiempos, en que deberíamos seguir soñando en la vieja utopía de en un mundo sin fronteras, continúan empeñados en trazarlas por todas partes, apoyadas en distinciones genéticas, raciales, culturales, económicas o incluso las más tontas: las históricas. ¿Qué tengo que ver yo, ciudadano del mundo del siglo XXI, con una guerra dinástica de 1714, con un golpe de Estado fascista, con un bombardeo nazi o con quejas de que éste o aquel gobierno perjudican a una u a otra comunidad autónoma? Lo que tengo que hacer es implicarme en la mejora de la sociedad, de toda, no sólo de la atrapada por una frontera más o menos artificial. Y, para ello, entre otras muchas cosas, intentaré elegir buenos gobernantes, los menos posibles (¿de verdad necesita un país diecisiete parlamentos y el planeta Tierra casi 200 Estados que se creen “independientes”?), para exigirles que se dediquen a gobernar, no a desfilar.

Tras empeñarme en hacer amigos nacionalistas con esta digresión personalísima y alejada un poco del propósito de esta bitácora digital, volvamos a las bellas e ilustrativas páginas de “Últimas tardes con Teresa”. Veamos cómo describen no sólo la diferencia, básicamente económica y social, entre xarnegos y catalanes, sino también el nacimiento de esa clase progresista, ilustrada y, por supuesto, catalanista, que está en el germen de quienes ahora se han dejado arrastrar por el independentismo:

“Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayunos con natillas; esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino, sombras tabernarias presumiblemente puteadas por el Régimen a causa de su pasado progresista”.

FARSANTES, VÍCTIMAS, IMBÉCILES…

¡Pobres señoritos ricos, que quieren enfrentarse al franquismo rampante! ¡Cuánto tuvieron que sufrir! Lo cual no evitó que recibieran luego, no sólo un lugar privilegiado en la naciente democracia, sino también, por supuesto, una buena herencia paterna… de esas que en treinta años no da tiempo a declarar al fisco y que además se confunde de mala manera con otros extraños ingresos familiares. Pero la historia sigue su curso y pone a cada cual en su sitio:

“Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda”.

Duras palabras de Juan Marsé para definir a toda una clase social, esa que –no sólo en Cataluña– al final lo único que quiere es defender sus privilegios, ganar otra vez las elecciones, ya sea paseándose con aire despistado por la Gran Muralla china, ya sea montando una campaña político-propagandística para una votación que todo el mundo sabía que no se celebraría y que era sólo un truco para conseguir más de lo mismo: más poder, más dinero y, sobre todo, más paraíso fiscal… para algunos. Pero, como medita la burguesita y universitaria Tesera, a quien desea el murciano Manolo, hay gente con otros problemas, con problemas de verdad:

“¿Debería recordarles [a sus amigos catalanes, burgueses y estudiantes] que el chico era un obrero, es decir, una persona que no está para alardes dialécticos, un hombre con otros problemas”.

Son problemas de subsistencia, de integración, que sufren las personas como Manolo, mientras a su alrededor florece la riqueza, que Juan Marsé disecciona en dos tipos, la que se ve y la que no se ve:

“Pero lo que más abunda son turistas: éstos son los ricos que se ven, piensa él [el xarnego, mientras va a la playa sobre una moto robada para encontrarse con Teresa], los que a veces incluso pueden tocarse (…); los que aún permiten, no sin fastidio por su parte, que los arrebatados indígenas llegados en bandadas [a las playas] los fines de semana, en trenes y motos, envuelvan con miserables miradas de perros callejeros sus nobles cuerpos soleados y su envidiable suerte en la vida”.

Nada que ver con los otros ricos, con los autóctonos, los padres de donde surge esa futura élite política de “señoritos de mierda”:

“Pero hay otros aún más ricos, los que apenas se dejan ver, los verdaderamente inaccesibles. De ellos se podría decir que no existen si no fuese porque algunas veces han sido vistos en lugares públicos. En sus raras visitas al pueblo sonríen con desinterés mirando a las parejas: se ve que están habituados a la felicidad, que sus pasiones están en otra parte (…): Entre ellos, ciertos hombres maduros impresionan muy particularmente al borrascoso motorista. No son ni turistas ni indígenas: viven en Villas de recreo, que tampoco apenas se ven, rodeados de jardines y pinares, entre silencios y rumorosas frondosidades de ocio, nos miran sin vernos, sus ojos están podridos de dinero y su poderosa mente marcada con viejas cicatrices de raudos negocios. Igual que gánsteres retirados, reposan impunemente al borde de piscinas muy particulares (…), junto a campos de tenis donde juegan muchachas que podrían ser sus hijas…”

De este modo captaba Manolo, cada verano…

“…el áureo prestigio del dinero que se esparce por las parcelas más privadas de la costa mediterránea como una miel dorada (…), un abandono corporal y una ternura desapasionada que ya no expresaban –felices ellos, los ricos– ninguna pena por todo aquello que nunca ha de alcanzarse en esta vida, por todo aquello que nunca ha de realizarse”.

RICATÓLICOS

Son los mismos, “felices ellos, los ricos”, que se arropan de un modo tan conveniente en la religión, la misma que ha estado en los genes fundacionales de muchos partidos nacionalistas, catalanes, como Convergencia i Unio, o españoles, como el PP, los mismos que ahora no saben qué hacer para salir del lío en que se han metido. Marsé describe a los “ricatólicos” de la burguesía catalana (que podría ser también la burguesía de cualquier otro lugar de España) al hablar de los Claramunt, los padres de la protagonista de “La oscura historia de la prima Montse”:

“Tanto ella como su marido, pese a estar llenos de buena voluntad, carecen totalmente del verdadero sentido del mal, cosa nada extraña, por paradójico que parezca, en esta clase de ricatólicos. Los Claramunt siempre han tenido una idea mítica del mal y una rara habilidad para actualizar esa idea: como en ciertos curas afables, su blanda percepción se tuerce y termina allí donde el verdadero mal tiene instaladas sus poderosas raíces”.

El “verdadero mal”, quizás ese que la madre de Montse, devota católica volcada en la presidencia de una junta diocesana desde la que, poco a poco, descubre lo que de verdad pasa más allá de los muros de la parroquia:

“… esa admirable mujer para quien la caridad hasta ahora sólo había sido un medio de satisfacer una santa indignación o una nerviosa inconsciencia, y así poder penetrar un poco en eso que su mente sencilla comienza a comprender y a temer: los problemas sociales, las podridas raíces de este frondoso árbol de la vida nacional, los jornales del hambre, el desempleo, etc. Se entretiene consultando un importante trabajo exhaustivo realizado por parroquias y que revela (…) que sólo en nuestra ciudad hay miles y miles de familias que viven en condiciones infrahumanas”.

Pese a estar escrito en 1970, hace 44 años, suena muy actual esto de “los jornales del hambre, el desempleo…”. Sin olvidar tampoco las duras condiciones de esa inmensa clase social, alejada de las preocupaciones burguesas, y que Marsé describe, de nuevo, en ese sitio más allá de las piscinas de los ricos y al que todo el mundo acude: la playa.

“Es un mundo chillón y superpoblado que se cuece al sol. Son los detritos industriales del emprendedor `seny´ condal, la servidumbre tranviaria y fabril y el peonaje foráneo que impone su fea desnudez en una reducida zona libre de sucia arena y turbias olas donde flotan residuos de comidas y de coitos degradados, un mundo abigarrado y violento y feísimo que ella [Montse] había rehuido hasta hoy y dentro del cual no es fácil mantenerse limpio ni guardar una postura digna durante mucho rato. Imposible no embrutecerse aquí –pensaría Montse–, hay una amenaza de contagio”.

¿Qué hacer para evitar ese contagio? ¿Cómo negarse a afrontar los “auténticos problemas” de quienes no han tenido la suerte de nacer “señoritos de mierda”? Pues con el truco de siempre: sacando las banderas para que eso llamado “pueblo” se ponga a desfilar, disciplinadamente, tras ellas, con el reclamo de ir a votar por algo que nadie les ha explicado de verdad.

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Títulos comentados:

-Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé, 1966. Debolsillo, Barcelona, 2005.

-La oscura historia de la prima Montse. Juan Marsé, 1970. Lumen, Barcelona, 2009.

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