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Los primeros espaldas mojadas de los Estados Unidos

Fotografía: © M.M.Capa

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“Ella, todos los años, regresaba a su pueblo en Iowa a conmemorar el Día de Acción de Gracias, ese ‘Thanksgiving’ que sólo los gringos celebran (…). Evocan el año cumplido por los fundadores puritanos de la colonia de Massachusetts, llegados a la roca de Plymouth en 1620, huyendo de la intolerancia religiosa de Inglaterra. Yo los llamo, para hilaridad de algunos amigos, los primeros espaldas mojadas de los Estados Unidos. ¿Dónde estaban sus visas, sus tarjetas verdes? Los puritanos eran trabajadores inmigrantes, igualito que los mexicanos que hoy cruzan la frontera sur de los Estados Unidos en busca de trabajo y son recibidos, a veces, a palos y a balazos.”

El inminente racista, populista y fascistoide nuevo presidente de Estados Unidos, que justo estos días aciagos “okupará” la Casa Blanca, no parece capaz de leer más de 140 caracteres seguidos. Ya lo hemos comentado en esta bitácora (http://wp.me/p4F59e-6U). Y sin duda rechazará leer cualquier cosa que venga de esa raza compuesta básicamente, según él, por criminales, narcos y violadores. Así que me apuesto lo que quieran a que ni sabe quién fue Carlos Fuentes (1928-2012), ni conoce la existencia de los dos libros aquí comentados: “Diana o la cazadora solitaria” y “Gringo Viejo”.

            El genio de la literatura mexicana nos cuenta su romance con la actriz norteamericana Diana Soren en la novela que titula con el nombre de su fugaz amante. Un choque de personalidades, de formas de amar y, también, de culturas. Porque con el pretexto de sus amores apasionados con Diana, Carlos Fuentes reflexiona sobre los Estados Unidos de América y su compleja relación de amor-odio con esos otros Estados Unidos de México con los que comparte más de 3.000 kilómetros de frontera.

Si en vez de ser un multimillonario heredero de un inmigrante alemán (su abuelo) que hizo su fortuna con los burdeles y sentó así las bases del futuro emporio inmobiliario de su padre, heredado y ampliado después por el rubiteñido magnate, ¿se imaginan que Trump fuera el caudillo de una tribu india que, en 1620, viera desembarcar en sus tierras a los puritanos? ¿Qué hubiera hecho el gran jefe “Flequillo Dorado”? ¿Quizás construir un muro para que los fundadores de la futura patria no pasaran, invadieran los bosques de los indios, se comieran a sus búfalos y exterminaran civilizaciones ancestrales en su alocada carrera desde la costa atlántica a la pacífica?

Como nos recuerda Carlos Fuentes, aquellos fundadores a quienes los estadounidenses idolatran fueron los primeros “espaldas mojadas”, sin visas ni tarjetas verdes, que pisaron esa tierra…

            “…igualito que los mexicanos que hoy cruzan la frontera sur de los Estados Unidos en busca de trabajo y son recibidos, a veces, a palos y a balazos. ¿Por qué? Porque invaden con su lengua, su comida, su religión, sus brazos, sus sexos, un espacio reservado para la civilización blanca. Son los salvajes que regresan.”

Así, como salvajes, ve Trump a los mexicanos y al resto de inmigrantes (salvo a las modelos rubias eslavas con las que le gusta casarse, o a quienes como su abuelo vengan desde Europa a montar burdeles y a especular en inmuebles). Por eso no sorprende que, como dice Fuentes, al contrario que “los salvajes que regresan”, los puritanos parezcan otro tipo de inmigrante:

            “Los puritanos gozan de la buena conciencia del civilizador. Roban tierras, asesinan indios, decretan la separación sexual, impiden el mestizaje, imponen una intolerancia peor que la que dejaron atrás, cazan brujas imaginarias y son, sin embargo, los símbolos de la inocencia y de la abundancia. Un gran pavo relleno de manzanas, nueces, especias y rociado de salsa espesa confirma a los Estados Unidos, cada mes de noviembre [durante la fiesta de Acción de Gracias], en la certidumbre de su destino doble: la Inocencia y la Abundancia”.

Ya vemos que Trump va sobrado de abundancia, aunque en vez de mostrar inocencia haga alardes de ignorancia. Y de ese racismo que ve a sus vecinos del sur como los indios salvajes que vuelven y a quienes hay que frenar con un muro en la frontera.

MÁS QUE FRONTERA, CICATRIZ

Claro que lo de Trump no es nuevo. Lo vemos en otra novela de Carlos Fuentes que junta a los Estados Unidos del norte con los del sur. En “Gringo Viejo”, nos cuenta la historia de un viejo  periodista norteamericano que se alista en el ejército de Pancho Villa para, literalmente, “hacerse matar”. Y en ese viaje hacia la eternidad conoce a una joven, la señorita Harriet, huérfana de un militar de los EE.UU., y a multitud de personajes que hablan de la Revolución Mexicana y, cómo no, de las siempre complejas relaciones con el poderoso vecino al norte de la frontera. Recordemos esta escena entre Harriet y uno de los revolucionarios, llamado Inocencio Mansalvo:

            “Harriet miró a Mansalvo por primera vez (…). Lo vio inmóvil e impenetrable, cortado en dos desde la barba, y supo que se quedaría vigilando la larga frontera norte de México; para los mexicanos la única causa de la guerra eran siempre los gringos.

            Mansalvo miró sin querer la frontera del lado norteamericano.

            –El gringo viejo decía que ya no hay frontera pa los gringos, ni pal este ni pal oeste ni pal norte, sólo pal sur, siempre pal sur (…).

            –Siempre pal sur –repitió Inocencio Mansalvo–. Qué lástima. Con razón ésta no es frontera, sino que es cicatriz”.

De las consecuencias de Revolución Mexicana y sus raíces económicas ya hemos hablado en esta bitácora al comentar “La serpiente emplumada”, de D.H. Lawrence (http://wp.me/p4F59e-1x). Pero Carlos Fuentes nos recuerda muy bien los orígenes de esta revolución y de qué modo es parte también de la eterna pugna de los mexicanos con sus vecinos del norte, y con muchos otros que entraron en el país azteca atraídos siempre por lo mismo: sus riquezas. Una historia de invasiones que Arroyo, un general de Pancho Villa, resume a Harriet:

“Él contestó retomando su hilo y diciendo que primero los hombres blancos y luego los mestizos que pronto poblaron esta tierra, también ellos sufrieron como los indios; ellos también perdieron sus pequeñas propiedades en beneficio de las haciendas invasoras, las grandes propiedades pagadas desde el extranjero o desde la ciudad de México, convirtiendo en señorones de la noche a la mañana a los que tenía dinero para comprar las tierras en subasta cuando las tierras dejaron de pertenecer a los curas; y los pequeños propietarios, como su propia gente, se encontraron de vuelta arrumbados: lárgate al monte, Arroyito, vive con los indios y conviértete en un soplo de fuego, o arrástrate por el desierto durante el día, como una lagartija, escondida a la sobra del cacto gigante, o asalta de noche como un lobo, corriendo a lo largo del océano seco y huérfano, o conviértete en trabajador aquí en la hacienda…”

La misma historia de todas las explotaciones y colonizaciones: el control de la tierra. Pagado a veces con dinero extranjero, como esas haciendas de otro país latinoamericano, Cuba, que Fidel Castro nacionalizó. Como, casualmente, eran propiedad de grandes empresas norteamericanas, los estadounidenses le colgaron al líder cubano el calificativo de “comunista”… que acabó pesándole tanto que arruinó algunos de los mejores frutos de la revolución.

MENTIRAS QUE SE REPITEN

Y vemos que la historia se repite ahora de otra manera. El mentiroso Trump –quien, por cierto, invierte donde le da la gana, a través de cientos de empresas distribuidas por decenas de países– amenaza a los fabricantes de choches (no sólo a los estadounidense, sino incluso a los japoneses y a los alemanes) con impuestos extraordinarios si osan invertir al otro lado de esa cicatriz que él mismo ha reabierto con México. No quiere que el dinero riegue el desierto de la economía mexicana. Un burdo proteccionismo que se convierte en el mayor estímulo para que cada vez más mejicanos estén dispuestos a saltar la frontera, por más que sean recibidos, como dice Carlos Fuentes, “a palos y a balazos”, por más que se empeñe en construir muros quien promete ser el presidente más estúpido de la historia de los Estados Unidos… y esperemos que también el más breve, porque si sigue metiendo la pata desde el Despacho Oval, no sorprendería mucho que el propio Partido Republicano impulsara un impeachment que devuelva a este personaje a las cloacas de las especulación inmobiliaria que nunca debió abandonar. Si a Clinton le hicieron el impeachment por mentir sobre las felaciones de una becaria, (subrayo, por mentir, no por el asunto en sí)… ¿cuántas mentiras más debe decir Trump, quien además miente sobre temas mucho más transcendentes y, sobre todo, para seguir enriqueciéndose desde la Casa Blanca? ¿Cuánta más postverdad –como dicen ahora los modernos– debe vomitar, con ayuda de sus amigos Putin, Le Pen o Farage, para ganarse la reprobación de los congresistas y senadores de los Estados Unidos?

Aunque, en mi opinión, el nieto del inmigrante alemán y aficionado a casarse con inmigrantes eslavas ha cometido un delito mucho mayor que mentir: ha levantado ya muros y fronteras en la cabeza y en el corazón de millones de norteamericanos:

“ ‘¿Y la frontera de aquí adentro?’, había dicho la gringa tocándose la cabeza: ‘¿Y la frontera de acá adentro?’, había dicho el general Arroyo tocándose el corazón. ‘Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche –había dicho el gringo viejo–: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos’”.

            Nunca dejen que en su corazón y en su cabeza se alcen fronteras como las que cita Carlos Fuentes, fronteras contra “nuestras diferencias con los demás”, contra los otros, contra los inmigrantes. Son las fronteras más difíciles de superar y siempre acaban convirtiéndose en cicatrices, heridas abiertas por las que perderán mucho más –no sólo “inocencia”, sino también “abundancia”– de lo que creen ganar al levantarlas.

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Títulos comentados:

-Diana o la cazadora solitaria. Carlos Fuentes, 1994. Alfaguara Hispanica, Madrid, 1994.

-Gringo Viejo. Carlos Fuentes, 1958. Unidad Editorial/El Mundo, Madrid, 1999.

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¿Por qué se paga tanto por algo que crece en los árboles?

Fotografía: © M.M.Capa

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“Sin ellos [los norteamericanos], cualquier bobo con un camión viejo o una barca agujereada con motor fueraborda podría transportar drogas al norte. Y entonces el precio no compensaría el esfuerzo. Pero tal como están las cosas, hacen falta millones de dólares para mover las drogas, y en consonancia los precios son altísimos. Los norteamericanos se apoderan de un producto que crece literalmente en los árboles y lo transforman en una mercancía valiosa. Sin ellos, la cocaína y la marihuana serían como naranjas, y en lugar de ganar millones pasándolas de contrabando, yo ganaría unos pocos centavos trabajando como un negro en algún campo de California, recogiéndolas”. 

Pura ley de la oferta y la demanda, que además está en la raíz de la resistencia política a legalizar las drogas. La explica un narco mexicano, Adán Barrera, jefe del clan cuya historia nos cuenta “El poder del perro”. Considerada por la crítica el equivalente narco-mex de “El Padrino”, estamos ante la gran novela americana sobre el narcotráfico. Gracias a ésta y a otras obras de éxito, su autor, Don Winslow (Nueva York, 1953), vive ahora de la literatura, tras haber pasado por diversos trabajos en cine y televisión y ejercer oficios tan dispares como detective privado, repartidor de alimentos o guía de safaris.

Su novela no sólo es una joya del género negro –con una trama apasionante y con momentos de espeluznante violencia que hacen que las películas de Sam Peckinpah parezcan episodios de Bob Esponja–, sino sobre todo una espectacular y documentadísima descripción del recorrido que ha llevado al narcotráfico a convertirse en un enorme negocio. Un camino que comienza, como hemos visto al principio, en los árboles, pero que los grandes cárteles mexicanos supieron reconducir con habilidad. Dejaron de cultivar droga, pasaron de que las operaciones policiales quemaran sus campos de amapolas, el día que descubrieron que su gran activo no era el producto, sino otra materia prima de 3.185 kilómetros de longitud e imposible de quemar: su frontera con Estados Unidos, ese país cuyos habitantes pagan millones por algo que crece en los árboles, pero no en México, sino en Colombia y en muchos otros países de América del Sur. Los narcos se situaron así donde siempre se gana más dinero con menos riesgo: haciendo de intermediario entre la oferta y la demanda. Se limitan a tomar la droga de los productores, a pasarla por la frontera y a devolvérsela, ya en el mercado de destino, para que vuelvan a ser los colombianos los encargados de la distribución.

UN MÁSTER DE NEGOCIOS

“El poder del perro” desmenuza todo el proceso con la precisión de un máster de negocios. No falta casi nada en la descripción de esta imbatible estructura empresarial:

“–Queremos empresarios, no empleados –explicó Adán a Raúl–. Los empleados cuestan dinero, los empresarios ganan dinero.”

 La teoría se ilustra con los detalles prácticos y cuantitativos, como el esquema de comisiones:

“La nueva estructura creó un creciente grupo de hombres de negocios independientes, bien recompensados y muy motivados, que pagaban el doce por ciento de sus ganancias a los Barrera, y de buena gana. (…) Y dirigías tu propio negocio, corrías tus propios peligros, recibías tus propias recompensas”.

Ni más ni menos que en la mejor franquicia. Y todo, en buena parte, gracias a que los narcos mexicanos aprendieron muy bien las lecciones económicas que les llegaban de sus vecinos del norte:

“–El doce por ciento de muchos –había explicado Adán a Raún cuando propuso la drástica reducción de impuestos– sumará más que el treinta por ciento de unos pocos.

Había tenido en cuenta las lecciones de la Revolución Reagan. Podrían ganar más dinero bajando impuestos que elevándolos, porque los impuestos menores permitían que más empresarios se interesaran en el negocio, ganaran más dinero y pagaran más impuestos”.

Ni Milton Friedman lo hubiera explicado mejor. Pero la estructura del negocio va más allá de los “estímulos fiscales” al más puro estilo monetarista. Llega hasta los servicios financieros integrales, como los típicos en la mejor oferta de la banca de negocios:

“Los Barrera también ofrecían servicios financieros. Adán quería facilitar a la mayor cantidad de gente posible la incorporación al negocio, de modo que nunca había que adelantar el doce por ciento. No tenías que pagarlo hasta después de haber vendido la mercancía. Pero los Barrera daban un paso más: te ayudaban a blanquear el dinero (…). La tasa vigente por blanqueo de dinero era del 6,5 por ciento, pero los banqueros sobornados cedían a los Barrera un rapel del 5 por ciento más de cada dólar de cada cliente (…). Todo lo que ingresabas en sucio, te lo devolvían en limpio, al cabo de tres días laborables, menos el 6,5 por ciento”.

Y todo ello, por supuesto, con la ayuda de las últimas tecnologías:

“Todas sus comunicaciones [Adán] las realiza a través de la red, codificadas con una tecnología que ni siquiera los norteamericanos son capaces de descifrar. Envía órdenes a través de la red, consulta sus cuentas a través de la red, vende su producto a través de la red y le pagan a través de la red. Mueve su dinero en un abrir y cerrar de ojos electrónico, lo blanquea a una velocidad superior a la del sonido, literalmente, sin siquiera tocar un dólar o un peso. Puede, y lo hace, matar a través de la red. Teclea un mensaje y lo envía, y alguien abandona el mundo de los vivos”.

CÓMO COMPRAR Y VENDER UN PAÍS

Los políticos mexicanos entendieron perfectamente esta estructura de negocio y, a cambio de percibir su particular “impuesto” en forma de sobornos de los narcos, ¿qué hicieron?:

“Lo que hicieron, en los términos más sencillos posibles: vendieron el país a los narcotraficantes”.

Quienes hasta se beneficiaron del gran acuerdo comercial entre México y Estados Unidos, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN):

“La droga va al norte y el dinero al sur. Y ambas partes de este viaje de ida y vuelta son mucho más fáciles porque el TLCAN ha relajado la seguridad fronteriza, lo cual facilita, entre otras cosas, un flujo ininterrumpido de tráfico entre México y Estados Unidos. Y con él, un flujo ininterrumpido de droga”.

Y un flujo ininterrumpido de poder para los narcos, que no sólo imponen con violencia su ley (resumida por esta novela en dos palabras: “Plata o plomo”), sino que hasta son capaces de forzar una devaluación:

“El nuevo presidente mexicano juró su cargo el primero de diciembre de 1994. Aquel mismo día, dos agencias de corredores de bolsa controlados por la Federación [los narcos] empezaron a comprar `tesobonos´, bonos del gobierno. A la semana siguiente, los cárteles de la droga retiraron su capital del banco nacional mexicano, lo cual obligó al nuevo presidente a devaluar el peso en un cincuenta por ciento. Después, la Federación cobró sus `tesobonos´ y colapsó la economía mexicana.”

Tras provocar el caos en el mercado de deuda, los narcos actuaron como hubiera hecho cualquier inversor: refugiándose en el inmobiliario.

“Como autorregalo de Navidad, la Federación compró propiedades, negocios, bienes raíces y pesos, los enterró bajo un árbol y esperó.

El gobierno mexicano no tenía dinero para pagar los `tesobonos´ pendientes. De hecho, tenía una deuda de 50.000 millones de dólares. El capital huía del país más deprisa que los predicadores de una casa de putas asaltada por la policía.”

Ya conocemos que pasa siempre en estos casos:

“Faltaban días para que el país anunciara la bancarrota, cuando la caballería norteamericana acudió con 50.000 millones de dólares en préstamos para apuntalar la economía mexicana (…). El nuevo presidente mexicano tuvo que invitar, literalmente, a los señores de la droga a regresar al país con sus millones de narcodólares, con el fin de revitalizar la economía y poder pagar el préstamo. Y los narcos tenían ahora más miles de millones de dólares que antes de la `crisis del peso´, porque en el periodo de tiempo transcurrido entre el canje de los pesos por dólares y la llegada de la ayuda norteamericana, utilizaron los dólares para comprar pesos devaluados, que a su vez volvieron a subir cuando los mercados entregaron el enorme préstamo (…).”

¿A que suena muy actual? Ni el mejor tiburón de las finanzas internacionales lo haría mejor. Es una operación de manual, con un resultado de manual:

“Lo que, en síntesis, hizo la Federación fue comprar el país, volver a venderlo a un precio alto, comprarlo de nuevo a un precio bajo, reinvertir en él y ver crecer las inversiones”.

Pregunta para nota: ¿Cuántos países, sobre todo del sur (incluso del sur de Europa), se han comprado y vendido así? ¿Cuántas economías al borde la bancarrota han sufrido operaciones de rescate que, en definitiva, las ha hecho cambiar de amo? El poder del perro, de ese perro que muerde con fuerza y no suelta la presa. Y todo, por una porquería que crece en los árboles, pero que acaba manchándolo todo, incluso a nuestros hijos, a una generación diezmada por el poder del narco, que se ha introducido también con fuerza –y con la facilidad de llegar planeando sobre las olas– en nuestra economía. Pero eso lo veremos en el próximo artículo, donde todo es silencio…

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Título comentado:

-El poder del perro.Don Winslow, 2005. Random House Mondadori/Roja&Negra, Barcelona, 2009.

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Sexo y revolución industrial… o mexicana

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Fotografía: © M.M.Capa

“Sintió su pene elevándose contra ella con una fuerza silenciosa, deslumbrante y potente, y se entregó a él. Cedió con un estremecimiento como de agonía y se abrió por completo a él”.

Tranquilos, no han entrado por error en un blog erótico. Lo que acaban de leer es sólo uno de los muchos párrafos de un clásico de la literatura… Iba a escribir “erótica”. Pero no es correcto: “El amante de Lady Chatterley” es mucho más. La novela de David Herbert Lawrence (1885-1930) fue prohibida en la timorata Gran Bretaña de su época y vio la luz por primera vez en Florencia, en 1928. No se editaría en el Reino Unido hasta 1959, casi treinta años después de la muerte de su autor, un hombre de potente personalidad, crítico con el sistema y en continua búsqueda de otros mundos y otros modos, lo que le llevó a una especie de exilio voluntario que él mismo definió como su “peregrinación salvaje”: Australia, Italia, Ceilán, Estados Unidos, México, sur de Francia (donde falleció)… Lawrence apenas volvió a pisar Inglaterra salvo un par de veces.

Que era un escritor diferente, difícil de encajar en su época, se aprecia en pasajes como el que acaban de leer, que nos describen los encuentros entre Lady Chatterley (cuyo marido volvió parapléjico de la guerra) y su fogoso guardabosques. Los párrafos cargados de erotismo agitan toda la novela del mismo modo que, ante las arremetidas de su amante, la aristócrata sentía que “las profundidades se agitaban y removían en oleadas amplias e interminables”.

Pero esta extraordinaria novela está cargada también de economía. Igual que nos narra cómo una aristócrata cede a sus impulsos, nos relata cómo la vieja economía de la vieja Inglaterra se ha transformado ante los impulsos de la revolución industrial. El capítulo XI, por ejemplo, está repleto de agudas referencias a esta transformación:

“¡La Inglaterra de Shakespeare! No, era la Inglaterra de hoy (…). Aquella Inglaterra estaba produciendo una nueva raza humana, supersensitiva al dinero, a lo social y a lo político (…). Una Inglaterra eliminado a la otra. Las minas habían llevado la riqueza a los palacios. Ahora estaba acabando con ellos como antes habían acabado con las casas de campo. La Inglaterra industrial acaba con la Inglaterra agrícola (…). Y la continuidad no es orgánica, sino mecánica”.

Poco más adelante, en el mismo capítulo, un caballero amigo de la protagonista lanza una afirmación que podría ilustrar el eterno debate sobre el desarrollo sostenible:

“Quizás los mineros no sean tan decorativos como los ciervos, pero son mucho más productivos”.

La ruda transformación del país y de sus habitantes incluso se hace carne en una novela tan carnal como la de D.H. Lawrence:

“El hierro y el carbón habían carcomido profundamente los cuerpos y las almas de los hombres. ¡La fealdad hecha carne y además viva! [Los mineros eran]… Criaturas de otro mundo, partículas elementales de los elementos del carbón, como los metalúrgicos eran partículas elementales de los elementos del hierro. Hombres que no eran hombres, sino ánimas de carbón, hierro y arcilla (…) ¡El alma de la desintegración mineral!”

Antes de narrarnos la revolución industrial, el autor nos habla (en el capítulo VI) del auténtico nuevo elemento que la mueve, no sólo a ella, sino a todo lo demás. No es ni el carbón ni el acero, sino algo mucho más líquido:

“Dinero se necesita siempre. Dinero, éxito, la diosa bastarda…”

“¡La diosa bastarda! ¡Bien, si había que prostituirse, mejor hacerlo a una diosa sin vergüenza! Uno podía siempre despreciarla incluso en el acto de prostituirse a ella, y eso era bueno”.

“Simplemente para que el asunto siguiera funcionando mecánicamente hacía falta dinero (…). Hay que tener dinero. Realmente no hace falta ninguna otra cosa. ¡Así es la vida!”

 “¡Hacer dinero! ¡Hacerlo! De la nada. ¡Sacándolo del aire! ¡La última hazaña de la que podía uno enorgullecerse.”

¿No les suena esto a lo que ahora llamamos apalancamiento financiero, es decir, hacer dinero de la nada?

Aunque, para ver surgir algo de la nada, hay que acudir a otra obra de Lawrence, también capaz de describirnos como nadie otra revolución: la mexicana. Y lo hace sin renunciar a profundas dosis de sensualidad, encarnada en su protagonista:

“Para él Kate no era sino la respuesta a su llamada, la vaina para su espada, la nube para sus rayos, la tierra para su lluvia, el combustible para su fuego”.

Kate Leslei, viuda irlandesa de viaje por México, se encuentra atrapada entre dos hombres, un general postrevolucionario e indio, y un terrateniente de origen español. Ambos quieren resucitar a “La serpiente emplumada” (así se titula la novela de Lawrence), a los viejos dioses aztecas, para dar respuesta a lo que no ha podido responder la revolución. La protagonista acaba casada con el general y atrapada en un país y en una sensualidad que no entiende, aunque al final de la obra llega a pensar:

“Todo es sexo (…). ¡Y qué bello es el sexo cuando un hombre lo guarda sagrado y fuerte como llenando con él el mundo!”.

Está en el México de los años veinte, más de una década después la fuga del presidente Porfirio Díaz. Un país que busca una salida económica y social a la oleada de revoluciones. Fallidos intentos cuyo resultado nos resume un joven profesor universitario:

“Siendo mejicano hay que ser más mejicano que humano (…). En Méjico hay que odiar al capitalista porque si no no se puede vivir. Es imposible ser humano. Hay que ser socialista mejicano o capitalista mejicano, y por lo tanto odiar. No hay otra solución. Odiamos al capitalista porque arruina al país y al pueblo. Tenemos que odiarle a la fuerza”.

En ese odio y esa desesperanza…

“Los habitantes del pueblo vivían en continua zozobra temiendo sobre todo a los bandidos y a los bolcheviques. Los bandidos son ni más ni menos que individuos de pueblos perdidos que, sin dinero, sin trabajo y sin esperanza, se dedican a robar y algunas veces a matar, pero no por oficio (…). Los bolcheviques parece que nacen en los ferrocarriles. En dondequiera que se tienda la vía férrea y comienzan a pasar convoyes con compartimentos de primera y de segunda, nace el espíritu de animosidad y de rebelión que da origen a la protesta y al bolchevismo”.

Capitalismo, industrialización, bandidos, bolcheviques, desarrollismo…

“Así como antiguamente todo individuo soñaba con ser dueño de un caballo y de una espada, ahora aspiraban todos a tener un auto. Como antes las mujeres deseaban una casa y un palco en el teatro, ahora soñaban con una `máquina´. Y los pobres seguían el ejemplo de la clase media”.

 Pero todo en la novela remite al fatalismo impreso en los símbolos de los antiguos dioses, idéntico al que atrapa a Kate, “lo mismo que un pájaro que se siente enroscado con una serpiente”. Porque, como afirma Don Ramón, el cacique que sueña con convertirse en el dios Quetzalcóalt:

“Méjico libre es una utopía (…). El bolchevismo es también una utopía, y el capitalismo igual, y la libertad un cambio de cadenas”.

Casi un siglo después, tras incontables revoluciones, dictaduras, crisis económicas y décadas perdidas, la auténtica libertad para la Latinoamérica emergente ya no parece una utopía. ¿O sí? A lo mejor hay que preguntarles a los mejicanos que se alzan contra el poder de los cárteles de la droga, o a los brasileños que protestan contra los fastos del Mundial de Fútbol.

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Títulos comentados:

-El amante de Lady Chatterley. David Herbert Lawrence, 1928. Ediciones Orbis y RBA, Barcelona, 1982.

-La serpiente emplumada. David Herbert Lawrence, 1926. Editorial Losada, Buenos Aires, 1958.

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