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A ochenta francos el muerto…

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa


“A ochenta francos el muerto y con un precio real de coste de unos veinticinco, Pradelle esperaba un beneficio neto de dos millones y medio. Y si además el ministerio hacía algunos encargos bajo cuerda, descontando los sobornos, se acercaría a los cinco millones. El pelotazo del siglo. Incluso después de acabada, la guerra ofrece grandes oportunidades para los negocios”.

Mientras conmemoramos el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, es pertinente recordar que todas las guerras se convierten en negocio. Unos ponen la sangre, pero otros se llevan el oro (sobre todo, durante el último siglo, el oro negro). Esto es así desde que, hace más de 3.250 años, los aqueos asaltaron Troya no para salvar el honor de un príncipe cornudo, sino para controlar el tráfico comercial procedente de Asia.

El fragmento que inicia este artículo está tomado de “Nos vemos allá arriba”, de Pierre Lemaitre. Con más de medio millón de ejemplares vendidos en el país vecino, Lemaitre no sólo ganó el Premio Goncour de 2013 (equivalente galo del Planeta), sino otros cuatro importantes premios literarios franceses el año pasado. Nos encontramos, por tanto, ante el típico producto súper ventas y súper comercial (no es un secreto para nadie cómo se “reparten” los premios literarios). Aunque no de gran calidad literaria, “Nos vemos allá arriba” resulta una novela entretenida y que, sobre todo, cuenta muy bien de qué modo se pueden hacer grandes negocios con las guerras (¿se acuerdan de cuando los contratistas privados norteamericanos y también europeos “invadieron” Irak tras la caída de Sadam Hussein, atraídos por la promesa de espectaculares beneficios?).

La Primera Guerra Mundial no fue una excepción. El principal negocio lo hicieron, como de costumbre, los contratistas de armamento y también los países neutrales, como España, cuyo superávit comercial se disparó, pues exportó masivamente hacia los dos bandos. El Banco de España se convirtió en aquellos años en el cuarto mundial por sus reservas de oro, mientras que la peseta se revalorizaba hasta niveles nunca vistos (ni antes ni después). El lado negativo fue que la inflación media anual superó el 20 por ciento (tasas tampoco conocidas hasta entonces, aunque sí después) y creció el descontento social por lo mal que se estaban repartiendo los beneficios de la contienda, hasta el punto de que en 1917 España se paralizó por la primera huelga general de su historia. Un incauto ministro de Hacienda quiso establecer un impuesto extraordinario sobre los beneficios de la guerra, pero los poderes fácticos (los de siempre) lo impidieron y el ministro dimitió. ¡Sí, increíble: un ministro puede dimitir cuando algo no sale como él quiere! (a ver si aprenden los actuales).

Al margen de los habituales negocios bélicos, el que recrea la novela de Pierre Lemaitre es sin duda el más siniestro de todos. Y se basa en un hecho real, el llamado “Escándalo de las exhumaciones militares”, que estalló en 1922. Todo comenzó con un impulso humanitario… pero mal privatizado, como nos cuenta el novelista francés:

“Hacía unos meses, el Estado se había decidido a confiar a empresas privadas la tarea de exhumar los restos de los soldados enterrados en el frente. El proyecto era reagruparlos en grandes necrópolis militares (…). Y es que había cadáveres de soldados por todas partes. En cementerios improvisados a unos kilómetros, incluso a cientos de metros de la línea del frente. En tierras que ahora había que devolver a la agricultura. Hacía años (…) que las familias exigían poder rezar ante las tumbas de sus muertos”.

Hasta ahora, todo perfecto. Pero había que pasar a la práctica: construir miles de ataúdes, realizar “cientos de miles de exhumaciones a golpe de pala (…), otros tantos traslados en camionetas de los restos (…) y otras tantas reinhumaciones en los cementerios de destino”. Y aquí fue donde aparecieron los buitres, aunque tal calificativo no lo aplicamos a esos fondos de inversión tan de moda, sino a empresarios como uno de los protagonistas de la novela, Henri d´Aulnay-Pradellle, un aristócrata venido a menos y ansioso de reconstruir su fortuna haciendo dinero con los muertos:

“Si Pradelle se hacía con una parte de ese negocio, a unos céntimos el cuerpo, sus chinos desenterrarían miles de cadáveres, sus vehículos transportarían miles de restos en descomposición, sus senegaleses inhumarían los ataúdes en tumbas bien alineadas con una preciosa cruz vendida a precio de oro…”

El avispado sujeto, valiéndose de sus contactos políticos, consigue la contrata. Y se dispone a rebajar al máximo los costes, comenzando no sólo por la mano de obra barata de chinos y senegaleses, sino también por el precio de los ataúdes. Son delirantes las páginas de la novela que narran la negociación, a cara de perro, entre el empresario buitre y el responsable de la serrería y carpintería contratada para hacer las cajas: tras fabricar “el magnífico ejemplar de ataúd destinado al Servicio de Sepulturas, una espléndida caja de roble de primera calidad valorada en sesenta francos” que cumple a la perfección “su cometido de cebo ante la Comisión de Adjudicación”, Pradelle quiere que le suministren un producto mucho más barato. De los sesenta francos, se pasa a los treinta, pero el carpintero le advierte sobre estos ataúdes:

“Son de chopo. Poco resistentes. Se doblarán, partirán y hasta desfondarán, porque no están pensados para tanto ajetreo. Como mínimo, tienen que ser de haya. Cuarenta francos”.

EL ATAÚD LOW COST

Pero Pradelle pregunta por modelos que ve por allí: de abedul, treinta y seis francos; de contrachapado de pinto, treinta y tres francos… Y luego toca hablar de la medida:

“Las adjudicaciones variaban según los tamaños, desde ataúdes de un metro noventa (…) y ochenta (…), hasta los de metro setenta, la altura media, que formaban la mayoría de las remesas. Algunos lotes eran de ataúdes aún más pequeños…”.

Y en ese punto insiste Pradelle, hasta conseguir el auténtico ataúd low cost: a veintiocho francos la unidad y de… ¡metro cincuenta! Solución al problema del tamaño: trocear los cuerpos o plegarlos. Para que se hagan una idea de lo que suponían veintiocho francos, la misma novela recoge que, en aquellos años, unos zapatos baratos costaban treinta y dos francos y que un modesto funcionario (como el que acaba descubriendo el escándalo) cobraba “mil cuarenta y cuatro francos al mes, doce mil al año”. Es decir: el franco de entonces gozaba de un poder adquisitivo similar al euro actual.

Todo estalla cuando ese funcionario incorruptible (a quien hoy día consideraríamos mileurista) comienza a inspeccionar los cementerios, descubre huesos desparramados que incluso son pasto de los perros y, encima, averigua el pequeño detalle de que las identificaciones de los fallecidos son casi siempre aleatorias, por una cuestión idiomática: los chinos no hablan francés y muchos senegales no son capaces ni de leerlo, así que las familias de los caídos en el frente se pueden encontrar con que, en las nuevas necrópolis, están rezando y poniendo flores a un soldado desconocido y, en muchos casos, incluso a un enemigo.

La novela tiene momentos cómicos fruto de este impulso privatizador de la muerte. Y cuenta también otro escándalo, en este caso inventado: dos excombatientes, un mutilado de guerra y su amigo, que elaboran un vistoso catálogo de monumentos a los caídos, lo envían a cientos de ayuntamientos (todos quieren dedicar un monumento a los héroes de la guerra) y cobran por adelantado, para escapar después con el dinero sin fabricar una sola de las estatuas comprometidas.

EL VERDADERO NEGOCIO

Al margen de esta entretenida novela, quien quiera descubrir textos realmente brillantes sobre la Primera Guerra Mundial tiene la ocasión de leer los escritos por los auténticos protagonistas de la contienda: “La belleza y el dolor de la batalla” es quizás la obra más originales de las centenares escritas sobre esa guerra iniciada hace ahora un siglo. Se trata de una maravillosa pieza coral, en la que el historiador Peter Englund (desde 2002 miembro de la Academia Sueca y desde junio de 2009 secretario permanente de la misma) ha recogido 227 fragmentos escritos por veinte personas reales que vivieron en distintos escenarios de la guerra: desde un soldado alemán de origen danés a una enfermera inglesa que sirvió en el ejército ruso, pasando por un artillero neozelandés o un aventurero venezolano que se alista como oficial de la caballería turca. De esos veinte personajes, Englund recopila cartas, diarios, anotaciones sueltas… multitud de páginas que llegan donde nunca podría llegar un historiador. Son testimonios escritos al píe de las trincheras, en los hospitales de campaña o en las ciudades que sufren los efectos del conflicto.

Quizás por este carácter coral y por la espontaneidad de sus verdaderos autores, “La belleza y el dolor de la batalla” tiene, además, una impresionante y conmovedora calidad literaria, inalcanzable por muchos de los novelistas que han escrito sobre este conflicto. Y también, cómo no, en algunos fragmentos nos cuenta algunas de las raíces económicas de la guerra:

“Una abrumadora mayoría de los ciudadanos de Tours quieren de verdad que la guerra continúe, debido a los elevados salarios que les ha proporcionado a los trabajadores y al aumento de los beneficios que ha supuesto para los comerciantes. La burguesía, que se nutre mentalmente de los periódicos reaccionarios, está enteramente subyugada por la idea de la guerra sin fin. En resumidas cuentas, declara, solo en el frente hay pacifistas”.

El comentario, de un comerciante de telas de Tours, lo recoge uno de los veinte personajes cuyos textos aparecen en esta obra. Se trata de Michel Corday, funcionario francés de 45 años. Es estremecedor cómo, en tan pocas líneas, se resume la esencia económica de cualquier guerra: un aumento de la demanda de todo tipo de bienes que genera grandes beneficios empresariales y subidas salariales, todo ello alimentado por medios reaccionarios de los que “se nutre mentalmente” la burguesía, cómodamente asentada en sus negocios mientras los jóvenes mueren a miles en el frente. Sin olvidar el siniestro comentario de que esa burguesía está “subyugada por la idea de la guerra sin fin”.

“La guerra sin fin”. La que no dejamos de sufrir desde las dos contiendas mundiales del siglo pasado y cuyos últimos episodios (Gaza, Ucrania, Siria, Irak…) siguen estando tan cerca, algunos de ellos en los restos del mismo Imperio Otomano que se desmoronó con la Primera Guerra Mundial y cuyo absurdo reparto colonial dio lugar el puzle de países árabes imposibles de estabilizar por su diversidad religiosa y tribal. Un factor despreciado por los europeos que trazaron las fronteras actuales de Oriente Medio.

La obra de Englund toca también el tema del petróleo, uno de los determinantes al trazar esas fronteras y tan vital (o más bien mortal) en todos los conflictos posteriores en la zona. Pero de eso hablaré en el próximo artículo, en el que tomaremos prestadas algunas de las más vibrantes páginas escritas sobre la sangrienta lucha en las arenas de Oriente Medio que comenzó con la Primera Guerra Mundial y que aún no ha terminado. Esas páginas las escribió uno de los personajes más peculiares del siglo pasado: nada menos que Lawrence de Arabia. Así que, por favor, no se pierdan el próximo capítulo.

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Títulos comentados:

-Nos vemos allá arriba. Pierre Lemaitre, 2013. Ediciones Salamandra, Barcelona, 2014.

-La belleza y el dolor de la batalla. La Primera Guerra Mundial en 227 fragmentos. Peter Englund, 2011. Roca Editorial, Barcelona, 2011.

 

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