Tag Archives: literatura

Dinero negro en la novela negra

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

Todo escritor de novela negra sueña con ser Raymond Chandler. Y el que diga lo contrario, miente. Pero Raymond Chandler sólo hay uno o, todo lo más, dos, si ponemos casi a su altura a Dashiel Hammett.

No busquen más. Hay muchos otros escritores de gran calidad en este género, incluidos unos cuantos en la incesante avalancha nórdica y no pocos españoles. Pero si quieren beber de las fuentes originales, deleitarse con los auténticos clásicos aún insuperables, comiencen por Raymond Chandler. Si, además, pueden conseguir la magnífica edición de toda, repito, toda, su obra en español (“Todo Marlowe”, un auténtico alarde editorial de RBA), tendrán garantizado disfrutar sin parar de sus 1.391 páginas… que se hacen cortas, porque es un delirio leer una tras otra y sin respiro las siete monumentales novelas de Chandler (desde la primera, “El sueño eterno”, de 1939, hasta la última, “Playback”, de 1959) y, de propina, sus dos relatos cortos (“El confidente” y “El lápiz”). Es uno de los libros con que más he gozado en la vida… y eso que la lista de mis preferidos es tan larga que necesitaría un buen velero para llevármelos todos a una isla desierta.

Llevo demasiado tiempo escribiendo, así que es momento de pasar la palabra al maestro Chandler y a algunas de las más contundentes ideas escritas sobre algo tan oscuro como sus novelas: el dinero negro.

Para comenzar, ya en “El sueño eterno”, su primera novela, Chandler nos dice algo que forma parte de los propios genes de esta bitácora digital. El detective por excelencia, el mismísimo Philip Marlowe, afirma sobre una historia que acaban de contarle:

“Poseía la austera sencillez de la ficción en lugar de la retorcida complejidad de la realidad”.

 Tras esta declaración de intenciones –con la ficción se puede contar mejor la realidad–, las novelas de Chandler nos sorprenden con auténticas perlas… negras, por supuesto. Veamos una selección tomada de una de sus obras más incisivas al desvelar ese lado negro de la economía: “El largo adiós”. En ella, un magnate de la prensa le explica a Marlowe cómo funciona el sistema:

 “El pueblo elige, pero la maquinaria del partido nomina, y las maquinarias de partido, para ser eficaces, necesitan mucho dinero. Alguien se lo tiene que dar, y ese alguien, ya sea individuo, grupo financiero, sindicato o cualquier otra cosa espera cierta consideración a cambio”.

 ¿A qué les suena esta crítica justo ahora, cuando en España asistimos al espectáculo de partidos financiados sin transparencia, a golpe de sobre y gestionados con “contabilidad B”? Pero sigamos oyendo al personaje de la novela:

“Hay algo muy peculiar acerca del dinero (…). En grandes cantidades tiende a adquirir vida propia, incluso conciencia propia. El poder del dinero resulta muy difícil de controlar (…). El crecimiento de las poblaciones, el enorme costo de las guerras, las presiones incesantes de una fiscalidad insoportable… Todas esas cosas hacen al hombre más y más venal. El hombre corriente está cansado y asustado y un hombre cansado y asustado no está en condiciones de permitirse ideales. Necesita comprar alimentos para su familia.”

Toda una definición del sistema económico, del pasado, pero también del presente y del futuro. El mismo magnate prosigue así su relato:

“En esta época nuestra hemos visto un deterioro escandaloso tanto de la moral pública como de la privada. De personas cuya vida está constantemente sujeta a la falta de calidad, no cabe esperar calidad. No se puede tener calidad con producción en masa. No se la desea porque dura demasiado. De manera que se echa mano del diseño, que es una estafa comercial destinada a producir una obsolescencia artificial.”

La novela que incluye estas líneas fue publicada en 1953. Está claro que las cosas no han cambiado demasiado desde entonces. Y, si lo han hecho, quizás ha sido a peor. Y eso que el escenario ya era bastante malo entonces, como relata el propio Marlowe en la misma novela:

“Tenemos mafias y sindicatos del crimen y asesinos a sueldo porque tenemos políticos corruptos y a sus secuaces en el ayuntamiento y en la asamblea legislativa. El delito no es una enfermedad, es un síntoma (…). Somos un pueblo grande, primitivo, rico y desenfrenado y la delincuencia organizada es el precio que pagamos por la organización. Vamos a tenerla mucho tiempo. La delincuencia organizada no es más que el lado sucio del poder adquisitivo del dólar.”

Demoledor, actual… ¿Qué más se puede decir? Quizás buscar referencias mucho más atrás en la historia. Y las encontramos en el otro clásico citado. Dashiell Hammett nos retrata en su primera novela, “Cosecha roja” (publicada en 1929), al típico magnate norteamericano, fundador de ciudades y absolutista controlador de su economía y su política, que se confunden en una misma cosa. La novela transcurre en una ciudad minera de Montana, Personville, a quienes las malas lenguas llaman Poisonville (ciudad ponzoñosa):

“Durante cuarenta años, Elihu Willson, el Viejo, padre del que había muerto aquella noche, fue el dueño de Personville, el corazón, alma, piel y entrañas. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y copropietario al menos de todas las demás empresas de alguna importancia. Aparte de estos bienes, era propietario de un senador de Estados Unidos, de un par de diputados, del gobernador, del alcalde y de la mayor parte de los diputados del Estado. Elihu Willsson era Personville y casi todo el Estado”.

¿A que les sigue sonando? Este estadio primitivo del capitalismo salvaje, el abono (no el único, pero sí el más maloliente) sobre el que se construyeron los Estados Unidos, es ahora bastante frecuente en economías que apenas comenzaron a saborear las formas más tóxicas de ese mismo capitalismo hace muy pocos años, concretamente desde que en 1989 se desplomó el Muro de Berlín y todo el bloque soviético se desmembró, al tiempo que los antiguos caciques políticos se reconvertían aceleradamente en caciques económicos y acumulaban todo el poder empresarial… Lo vemos también en economías emergentes asiáticas y latinoamericanas, e incluso en algunas otras democracias recientes, como la nuestra (con apenas un cuarto de siglo de vida, frente a los doscientos años de la norteamericana). No es tan rato encontrar en nuestro país casos similares a los del viejo Elihu Willsson, sobre todo si escarbamos en algunas Comunidades Autónomas en las que ciertos fulanos han ejercido poderes omnipotentes en la esfera pública, a base de mezclarla peligrosamente con la privada… Al menos hasta que la crisis ha hecho bajar la liquidez y ha ocurrido lo mismo que sucede cuando se seca un pantano: que aparecen las ruinas de los pueblos… o, como en casos muy recientes y cercanos, de los aeropuertos abandonados y sin aviones.

Ruinas negras, dinero negro, novela negra.

—————-

Títulos comentados:

-Todo Marlowe. Raymond Chandler (recoge toda su obra, publicada entre 1939 y 1959). RBA, Barcelona, 2010 (segunda edición).

-Cosecha roja. Dashiell Hammett (1929). El País/Serie Negra, Barcelona, 2004.

—————-

 

 

1 Comment

Filed under Uncategorized

Para despertar del sueño americano, viajemos a Marte

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“La polución acortaba el horizonte, pero se podían ver los tejados (…). Casas pintadas de colores pastel, antenas de televisión que desfiguraban la silueta de los edificios. Con frecuencia aparecía un relámpago azul celeste, una piscina. El horizonte era plano, salvo por algunas construcciones apiñadas en torno a un centro comercial. Aquella era la meca del sueño americano, lo que todo el mundo quería. Un mundo de mujeres jóvenes y esbeltas –a base de dietas–, con pantalones cortos y camisetas de tirantes con la espalda descubierta, que conducían vehículos familiares de 400 caballos, rumbo a supermercados con aire acondicionado y música ambiental. Un mundo de canguros y cultura condensada en clubes de lectura de `los mejores libros de la historia´. Una vida de barbacoas junto a la piscina y cines al aire libre abiertos todo el año. Aquello no era para mí. A la mierda los seguros de salud y de vida. Querían vivir sin salir del útero. A mí me hacía sentir más vivo jugar sin reglas, contra la sociedad, y estaba dispuesto a jugar hasta el final”.

Esta visión del “sueño americano” la escribió un inquietante sujeto que se pasó gran parte de su vida entrando y saliendo de la cárcel y que incluso llegó a figurar en la lista de los diez fugitivos más buscados por el FBI. Edward Bunker (1933-2005) fue sin duda un escritor atípico, autor de seis novelas, guionista de cine (candidato a los Oscar por su guión de El tren del infierno) y actor ocasional (¿se acuerdan del Señor Azul, Mr. Blue, de Reservoir Dogs?).

El párrafo que acaban de leer describe una panorámica del valle de San Fernando, en Los Ángeles (ciudad natal de Bunker), desde la autopista que lo atraviesa. Pertenece a la primera novela de este autor, “No hay bestia tan feroz” (1973), que narra el duro retorno a la sociedad de un hombre que se ha pasado ocho años en la cárcel. Está considerada una de las grandes novelas americanas sobre el mundo criminal, así que no busquen en ella más economía que esa brillante y gráfica descripción de “la meca del sueño americano, lo que todo el mundo quería”… y que ahora quieren también los nuevos ricos chinos, rusos o brasileños, atraídos por mundo en el que “el horizonte era plano” y todos “querían vivir sin salir del útero”. Aunque tal vez haya en este libro alguna lección económica más, como la que subyace en toda la novela, la permanente pugna entre manos fuertes y manos débiles, como dicen en los mercados, aunque Bunker recurre a un símil más biológico:

“La compasión era algo poco común en mí [nos dice el protagonista]. Sólo la sentía por los más allegados. Normalmente buscaba en los demás sus debilidades, los contemplaba como presas, como enemigos, aunque no necesariamente con odio. El león no odia a la gacela; le es indiferente”.

¿Cómo superar este mundo sin compasión, de pugna permanente entre leones y gacelas, de búsqueda continua del superficial goce de centro comercial, “cultura condensada” y “vehículos familiares de 400 caballos”? ¿Qué solución le damos a esta encrucijada consumista que nos ha llevado hasta donde nos ha llevado y que, a la vista de la escasez de ideas imperante, nos puede llevar todavía más atrás de donde partimos?

La solución, no sólo económica sino también cultural, quizás no esté en la Tierra. Así que, para encontrarla, viajemos a Marte…

“–¿Por qué lo hizo? [le pregunta el capitán de una nave terrícola invasora a uno de sus tripulantes, Spender, que se ha pasado el bando de los marcianos].

Tranquilamente Spender dejó el arma en el suelo.

–Porque he visto que los marcianos tenían algo que nosotros nunca soñamos tener. Se detuvieron donde nosotros debíamos habernos detenido hace un siglo. He paseado por sus ciudades y comprendo a esta gente y me gustaría llamarlos mis antepasados”.

Demasiado tarde. Esta historia fue escrita en los años cuarenta del siglo pasado, pero, como toda ciencia ficción que se precie, está ambientada en un mundo futuro: junio de 2001. ¿Deberíamos, como dice el rebelde Spender, “habernos detenido hace un siglo”, a principios de ese siglo XX que nos trajo dos guerras mundiales, la bomba atómica, la globalización, la autodestrucción del capitalismo, las máquinas futuristas que ni siquiera soñó el autor de esta historia? ¿Quizás hubiéramos podido parar, de haber conocido antes cómo eran nuestros “antepasados” marcianos? O podríamos habernos detenido justo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando un escritor visionario nos contó cómo eran esos marcianos a los que deberíamos parecernos: en 1949, Ray Bradbury llegó a Nueva York con una colección de relatos que narran la colonización futura, entre 1999 y 2006, del planeta Marte, invadido por una humanidad que huye de la Tierra arrasada. Acabó publicándolos unidos, con el título “Crónicas Marcianas”, una de las cumbres de la ciencia ficción y, por qué no decirlo, de la poesía. “¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima?”, escribió Jorge Luis Borges en el prólogo de la primera edición en español, en 1954. Estas fantasías tocaron al escritor argentino y a millones de lectores más porque son poesía, como lo demuestra el siguiente texto, resumen de la filosofía marciana, tan alejada de la terrícola:

“Los marcianos sabían cómo unir el arte y la vida. El arte fue siempre algo extraño entre nosotros. Lo guardamos en el cuarto del loco de la familia, o lo tomamos en dosis dominicales, tal vez mezclado con religión. Bueno, estos marcianos tenían arte, y religión y todo”.

Un modo de vida amenazado por la implacable colonización de los terrícolas, siempre en busca de nuevos recursos tras la invasión:

“–Luego vendrán los otros grandes intereses. Los hombres de las minas, los hombres del turismo –continuó Spender– (…) Estoy solo contra todos los granujas codiciosos y opresores que habitan la Tierra. Vendrán a arrojar aquí sus cochinas bombas atómicas, en busca de bases para nuevas guerras. ¿No les basta haber arruinado un planeta y tienen que arruinar otro más? (…) Esos fatuos charlatanes”.

La (mala) suerte está echada y Marte parece condenado, igual que su civilización, que sí había sabido encontrar el camino del desarrollo sostenible, como nos sigue explicando este rebelde:

“–Sabían cómo vivir con la naturaleza, y cómo entenderla. No trataron de ser sólo hombres y no animales (…).

Los marcianos descubrieron el secreto de la vida entre los animales. El animal no discute la vida, vive. No tiene otra razón de vivir que la vida (…).

Me parece que los marcianos eran bastante ingenuos [le dice el capitán].

Sólo cuando les convenía. Renunciaron a empeñarse en destruirlo todo, humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues en verdad la ciencia no es más que la investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro. No permitieron que la ciencia aplastara la belleza.

Ya casi al final de sus “Crónicas marcianas”, Ray Bradbury nos obsequia con otra magnífica premonición, que pone en boca de un desengañado colonizador de Marte:

– (…) La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra.

Podía ser el principio del guión de la película Terminator; o también, si cambiamos el concepto “maraña mecánica” por el de “word wide web”  y si sustituimos “artefactos, helicópteros, cohetes” por “smartphones, tabletas e interfaces cerebro-ordenador”, la descripción de un mundo en el que la tecnología ciertamente genera crecimiento económico, pero de un modo caótico, mal repartido y, a la postre, incontrolable. Las personas de mi generación sobrevivimos cuarenta años sin Internet, pero, como todo el mundo, ahora nos horrorizamos cuando un gurú tecnológico prevé que, antes o después, la Red se desplomará, y caerá sobre nosotros, atrapándonos como pececillos desorientados, y después no habrá más que un retorno a un pasado remoto del que nos costará décadas salir, sobre todo a quienes no sean leones, sino gacelas. O eso, o volar a Marte, no en busca de sus riquezas, sino de su filosofía marciana.

—————-

Títulos comentados:

-No hay bestia tan feroz. Edward Bunker, 1973. Sajalín Editores, Barcelona, 2009.

-Crónicas Marcianas. Ray Bradbury, 1949. Ediciones Minotauro, Barcelona, 2008.

—————-

2 Comments

Filed under Uncategorized