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El primer rescate bancario de la historia

Fotografía: © M.M.Capa

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“Las grandes acumulaciones de oro y plata hechas por Tiberio, que permanecían ociosas en el Tesoro, habían sido las responsables de la elevación de los tipos de interés, y se produjo un pánico financiero y los valores de la tierra cayeron a menos que nada. Eventualmente Tiberio se vio obligado a aliviar la situación prestando a los banqueros un millón de piezas de oro del dinero público, sin intereses, para pagar a los que solicitaban préstamos con la garantía de tierras.”.

En uno de sus frecuentes momentos de eso que ahora llaman posverdad y que antes llamábamos simplemente mentira, Rajoy afirmó en el Congreso que el rescate de bancos y cajas no nos iba a costar un solo euro a los españoles. Durante mucho tiempo, sus corifeos repitieron la misma trola. Como ya todo el mundo sabe, era efectivamente una posverdad que dilataría al máximo la nariz de Pinocho, una mentira quizás comparable a las muchas falacias que en estos tiempos tan absurdos sueltan especímenes como el Trump descendiente de inmigrantes, la Le Pen hija de su padre o los del Brexit hijos de la Gran Bretaña menguante.

Desvelado por fin el engaño y el milmillonario coste de rescatar cajas y bancos, es buen momento para recordar el que quizás fuera el primer rescate bancario de la historia. Y que se hizo como los más recientes: a costa del dinero público y sin cobrar intereses a los banqueros. Nos lo cuenta el gran Robert Graves (1895-1985) en su novela más popular, entre otras cosas a causa de una también magnífica serie de televisión: “Yo, Claudio”.  Precisamente gracias a este éxito de la BBC, muchos descubrimos cuánto se parece nuestro mundo al de los césares. La teleserie (que aún se puede conseguir en DVD) refleja muy bien la novela de la que procede, por no hablar de su calidad y de las brillantes interpretaciones de gente como Derek Jacobi (Claudio) o de ese inmenso actor que nos dejó el pasado 25 de enero, John Hurt (Calígula). Con tales ingredientes, está producción de 1976 sentó las bases de cómo había que hacer una gran serie televisiva de calidad.

TIPOS DE INTERÉS ABUSIVOS

El rescate bancario de Tiberio fue provocado precisamente por las malas prácticas de los propios rescatados. ¿Les suena? Robert Graves nos cuenta, a través de Claudio, cómo se desencadenó todo:

“Por esa época los delatores empezaron a acusar a los hombres de dinero de cobrar un interés superior al legal sobre los préstamos; lo único que se les permitía cobrar era el uno y medio por ciento. El reglamento respectivo había caído en desuso hacía tiempo, y muy pocos senadores eran inocentes de su violación. Pero Tiberio confirmó su validez”.

Sí, efectivamente, lo de las puertas giratorias no es un invento reciente: el Senado romano estaba lleno de banqueros y prestamistas que ni siquiera disimulaban su condición. Pero, claro, al ser acusados de cobrar intereses muy superiores al legal del uno y medio por ciento –un tipo, por cierto, bastante razonable y que indica que ya los romanos tenían muy claro cuál podía ser el precio real del dinero–, los banqueros se pusieron nerviosos. E hicieron lo primero que suelen hacer los banqueros cuando se ponen nerviosos: pedir al Gobierno de turno que cambie las leyes. Como entonces el gobierno era el emperador en persona, acudieron a él. Ya que Tiberio había confirmado que el tipo legal no podía superar el citado uno y medio por ciento…

“Una delegación (…) le rogó que se le concediese a todo el mundo un año y medio para adoptar sus finanzas personales de modo que concordasen con la letra de la ley, y Tiberio, como un gran favor, concedió el pedido”.

Hecha la ley, hecha la trampa. ¡Qué prácticos eran estos romanos! Pero los más prácticos de todos eran los banqueros. Por supuesto, no pensaban utilizar ese año y medio de moratoria para bajar sus tipos de interés hasta el uno y medio por ciento del tipo legal del dinero. No. Fueron mucho más expeditivos:

“El resultado fue que todas las deudas fueron reclamadas en el acto, cosa que provocó una gran escasez de dinero en efectivo. Las grandes acumulaciones de oro y plata hechas por Tiberio, que permanecían ociosas en el Tesoro, habían sido las responsables de la elevación de los tipos de interés, y se produjo un pánico financiero y los valores de la tierra cayeron a menos que nada. Eventualmente Tiberio se vio obligado a aliviar la situación prestando a los banqueros un millón de piezas de oro del dinero público, sin intereses, para pagar a los que solicitaban préstamos con la garantía de tierras.”

La mala gestión del dinero público (que el emperador tendía a considerar más bien privado, es decir, suyo) fue también responsable de esta crisis. Así que Tiberio no tuvo más remedio que aflojar la bolsa, pero para darles un millón de piezas de oro a los prestamistas, a los banqueros, pese a que las había rapiñado a todo romano que fuera susceptible de ser gravado con abundantes tasas e impuestos. Ese millón de piezas de oro era el único modo de que los prestamistas recuperaran su dinero, ya que el precio de las tierras (hipotecadas con esos tipos de interés abusivos) se hundió cuando todo el mundo intentó venderlas para devolver los préstamos. ¿Les suena? Un auténtico escándalo subprime a la romana.

DINERO PARA PAGAR A 22 LEGIONES

¿Era mucho un millón de piezas de oro? Debía serlo, pues el propio Graves, en una nota que abre la novela, aclara que…

“La `pieza de oro´ que se emplea aquí como unidad monetaria regular es el aureus latino, una moneda que vale 100 sestertii o veinticinco denarii de plata (`piezas de plata´). Se la puede comparar, aproximadamente, con una libra esterlina o cinco dólares norteamericanos de preguerra”.

Sería complejo calcular la cotización actual del áureo, los sestercios o los denarios, así como deflactar la inflación desde la época de los Césares para afinar más aún el resultado. Así que recurramos a un sistema más simple: saber lo que valían las cosas en aquella época. Tomemos un ejemplo de la propia novela “Yo Claudio”: ¿cuánto cobraba el funcionario del Estado más abundante en el Imperio, es decir, el legionario romano? Graves nos da este importante dato al recordar que el propio Augusto (antecesor de Tiberio) donó en su testamento “apenas cuatro meses de paga, tres piezas de oro por hombre” a sus abnegados legionarios. A partir de esta información, unas cuantas multiplicaciones nos permitirán deducir que con un millón de monedas de oro se podrían pagar durante un año los salarios de veintidós legiones de 5.000 o 6.000 hombres cada una (no tenían una cantidad fija de legionarios). Y el ejército imperial formado por Augusto en el año 30 A.C. –y heredado por su avaro y ambicioso sucesor– tenía veintiocho legiones. Así que sí, definitivamente, el rescate bancario realizado por Tiberio con el dinero público fue bastante caro.

Como los de ahora. Y hubo que esperar dos mil años para que alguien nos contara la verdad… en una novela.

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Título comentado:

-Yo, Claudio. Robert Graves, 1934. Biblioteca El Mundo, 2002.

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Juego de Tronos (y 3): El Banco de Hierro que cambia de príncipes… cuando no pagan sus deudas

Fotografía: © M.M.Capa

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“…El Banco de Hierro de Braavos tenía una reputación terrible a la hora de reclamar deudas. Cada una de las Nueve Ciudades Libres tenía su propio banco; algunas contaban con varios, que luchaban por cada moneda como perros por un hueso, pero el Banco de Hierro era más rico y poderoso que todos los demás juntos. Cuando los príncipes dejaban de pagar a los bancos menores, los banqueros arruinados vendían a sus esposas e hijos como esclavos y se cortaban las venas. Cuando dejaban de pagar al Banco de Hierro, nuevos príncipes aparecían de la nada y ocupaban su trono”.

Es la reflexión de John Snow, ya Lord del Muro, tras recibir la visita de un representante del Banco de Hierro y saber que los Lannister habían dejado de pagar sus deudas a tan poderosa entidad.

“Sin duda, los Lannister tenían sus razones para no saldar las deudas del rey Robert –sigue reflexionando Snow–, pero aun así era una estupidez”.

Las mejores referencias a esa especie de súper banco global, capaz de destronar a los príncipes que no pagaban (más o menos lo que pasa ahora con los Gobiernos díscolos), aparece en la quinta y, por ahora, última novela de la saga novelística  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). En ella aparecen las reflexiones más serias sobre algo tan importante como la deuda, que ya vimos en los dos artículos anteriores sobre estas grandes novelas fantásticas. Unas obras que destacan en su género porque, además de hablar de dragones, caballeros, princesas y batallas, nunca olvidan la economía que está detrás: de qué vive la gente, cómo se financian los reinos, de dónde sale el dinero, cómo se genera la inflación… qué pasa cuando no pagas tus deudas.

Ya hemos escrito sobre un destacado protagonista de esta saga, Petyr Baelish, alias Meñique (consejero de la moneda del reino), especie de superministro de Economía, al analizar la primera novela (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-1-inversion-en-burdeles-y-crisis-de-deuda/) y la segunda (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-2-como-fabricar-dinero-para-pagar-la-deuda-publica/) de las cinco que componen esta “Canción…”. Unas obras popularizadas por la brillante serie televisiva “Juego de Tronos” (que es en realidad el título de la primera novela), ganadora de un Globo de Oro y de 26 Premios Emmy (a los 14 que ya acumulaba se unieron otros 12 en la edición celebrada el 11 de septiembre de 2015).

Mientras ya se está en marcha la producción de la sexta temporada de la serie, el autor de la saga literaria, George R.R. Martín, se ha quedado, de momento, en cinco novelas. Él mismo reconoce que las últimas le han costado bastante más esfuerzo. Y se nota. Aunque en ningún momento pierde el pulso narrativo, lo cierto es que se percibe ya cierto cansancio del autor, sobre todo en la cuarta y la quinta entregas, aunque en ellas resurgen los temas económicos, que prácticamente habían desaparecido en la tercera. De ahí que resumamos en este artículo lo más financiero estas tres últimas novelas de la saga.

EL BANCO SIEMPRE GANA
La economía y las finanzas reaparecen cuando se descubre –tras abandonar Meñique su puesto de responsable de las finanzas de Desembarco del Rey– uno de los grandes errores de los Lannister, y sobre todo de la prepotente y odiosa reina Cersei: dejar de pagar las masivas deudas con el omnipotente Banco de Hierro. Es algo que comienza a percibir el Gnomo Tyrion, el listísimo enano que por un breve periodo (antes de caer en desgracia por ser falsamente acusado del envenenamiento de su sobrino, el estúpido y malvado rey Joffrey) ocupa el puesto de Meñique. De hecho, hay un diálogo –en el tercer capítulo de la tercera temporada de la serie televisiva, no en el libro– que refleja la preocupación de Tyrion ante el enorme endeudamiento que ha heredado de Meñique. El enano está revisando los libros de cuentas, en presencia de su guardaespaldas, el inquietante mercenario Bronn. El diálogo, para quien no tenga el DVD, se puede encontrar, en inglés, en el siguiente enlace de Youtube:  https://www.youtube.com/watch?v=02QgSGH5mQA. Lo reproducimos íntegro, ya que no tiene desperdicio y es una lección resumida sobre cómo funcionan los mercados de deuda:

Tyrion: Durante años he oído que el tal Meñique es un mago. Cuando la Corona necesita dinero, se frota las manos y… ¡puf!… montañas de oro.
Bronn: Deja que lo adivine: no es un mago.
T: No.
B: ¿Lo roba?
T: Peor: Lo pide prestado.
B: ¿Qué tiene de malo?
T: No podemos permitirnos devolverlo, eso tiene de malo. La Corona debe millones a mi padre…
B: Dado que es el culo de su nieto el que se sienta en el trono, supongo que condonará la deuda.
T: ¿Condonar la deuda? ¿Mi padre? Para ser un hombre de mundo, eres curiosamente ingenuo.
B: Nunca he pedido un préstamo, no tengo claras las reglas.
T: Bueno… El principio básico es: yo te presto dinero y, al cabo del tiempo acordado, me lo devuelves… con intereses.
B: ¿Y qué pasa si no lo hago?
T: Bueno, debes hacerlo.
B: ¿Y si no lo hago?
T: Por eso nunca te presto dinero. En cualquier caso, no es mi padre lo que me inquieta. Es el Banco de Hierro de Braavos. Les debemos decenas de millones. Si no logramos pagar los préstamos, el banco financiará a nuestros enemigos. De un modo u otro, ellos siempre recuperan su oro.

La charla termina cuando Bronn y Tyrion se sientan con el joven escudero del enano, que regresa satisfecho de la orgía a la que acababa de invitarle a su señor. Una orgía que, por cierto, le ha salido gratis (el escudero le devuelve a Tyrion la bolsa de monedas con que debía remunerar a las meretrices) merced a sus hasta entonces ignotas habilidades para satisfacer al sexo femenino.

Aunque Bronn, Tyrion y su escudero se sientan en torno a una jarra de vino para escuchar las hazañas sexuales del muchacho, lo cierto es que el Gnomo parece que bebe para olvidar las masivas deudas que acaba de encontrar en la contabilidad de Meñique. Igual que les gustaría emborracharse para olvidar a los ciudadanos de países tan endeudados como Grecia (o como España), tras asistir al efecto que están causando en sus vidas las masivas deudas contraídas por gobernantes irresponsables. Porque endeudarse, en algunos casos y salvando las distancias, sin duda puede parece mucho peor que robar, sobre todo cuando quien endeuda a su país es un político irresponsable, inepto y a menudo corrupto, pero quien tiene que pagar las deudas es el pueblo soberano… y robado, de facto, por ese mismo político aficionado a pedir prestado para financiar burbujas de crecimiento, espejismos de solvencia económica, que le permitan mantenerse en el poder (y en bastantes casos llevarse, de paso, unos cuantos sobres o unos cuantos “tres por cientos” para remunerar su corrupción).

Antes o después, las deudas hay que pagarlas. Sobre todo si se han contraído con ese omnipotente Banco de Hierro, auténtica metáfora de eso que se ha dado en llamar “los mercados”, implacables con las economías que se resisten a devolver lo que deben. Más pronto que tarde, el país que no paga tiene que cambiar, de príncipe como en “Juego de Tronos”, o de política económica, como hemos visto en la “Canción de hielo y… deuda” entonada por doquier desde que estalló la crisis financiera de 2007.

“Juego de Tronos” culmina con este tema de la deuda ese contenido económico tan magnífico como inquietante que impregna las cinco novelas… y que se podría resumir en el lema de Casa Stark que, además, da título al primer capítulo de la serie televisiva: “Winter is coming”. Es muy cierto que “se acerca el invierno”, no sólo en el calendario, sino también en la economía, porque la crisis aún nos mantendrá muy fríos durante bastante tiempo… entre otras cosas porque tenemos al frente gobernantes tan incompetentes, arrogantes y, a menudo, corruptos como la reina Cersei. Y algunos, incluso, sueñan independizarse, amenazan con dejar de pagar sus deudas (aunque pretenden que el Estado del que quieren irse siga pagando las pensiones de sus jubilados) e incluso desearían formar su propio Banco de Hierro… aunque fuera más bien platanero, por aquello de que lo que de verdad quieren es su particular paraíso fiscal (viajar a Andorra ya está muy mal visto y además te suelen pillar).

UN LECTOR VIVE MIL VIDAS
Pero como aún estamos en otoño y no quiero terminar esta serie de artículos dejando en el aire ese mensaje económico tan invernal, también romperé una lanza (nunca mejor dicho, aunque no sea envenenada como la del príncipe Oberyn) por los valores literarios que contienen estas cinco novelas. Unos valores que se resumen en un diálogo entre Jojen Reed y el joven y paralítico Bran Stark mientras avanzan hacia ese ignoto y helado norte “más allá del Muro”:

–“¿Te gustan los libros? –replicó Jojen.
–Algunos. Me gustan las historias de batallas. A mi hermana Sansa le gustan las de besos, pero a mí me parecen una bobada.
–Un lector vive mil vidas antes de morir –dijo Jojen–. Aquel que nunca lee vive solo una.”

 Tomemos nota y sigamos viviendo miles de vidas, como las que nos han hecho vivir las más de 4.900 páginas de estas cinco apasionantes novelas de la “Canción de hielo y fuego”.

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Títulos comentados (*):

-Tormenta de Espadas. Canción de Hielo y Fuego/3.George R.R. Martin, 2000. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Tercera edición, enero del 2014.
-Festín de Cuervos. Canción de Hielo y Fuego/4.George R.R. Martin, 2005. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Cuarta reimpresión, febrero del 2014.
-Danza de Dragones. Canción de Hielo y Fuego/5.George R.R. Martin, 2011. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2012. Segunda Reimpresión, noviembre del 2014.

(*) Tercera, cuarta y quinta novelas de la saga conocida por popularmente como “Juego de Tronos” (que es el título de la primera novela y de la serie televisiva de HBO que estrenó en abril de 2015 su quinta temporada).

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Noviembre con Moby Dick

Fotografía: © M.M.Capa

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“… Yo siempre me hago a la mar como marinero porque se empeñan en pagarme por la molestia; mientras, que yo sepa, jamás pagan un solo penique a los pasajeros. Al contrario, los propios pasajeros tienen que pagar. Y entre pagar y que le paguen a uno, hay la mayor diferencia de este mundo. El acto de pagar es quizá la aflicción más incómoda que nos legaron aquellos dos ladrones del frutal”.

 Con esta alusión a Adán y Eva nos describe Herman Melville “la mayor diferencia de este mundo”: pagar o que te paguen. Es una de las selectas pero llamativas referencias económicas que aparecen en “Moby Dick”. Una novela que, en cualquier caso, es una de esas brújulas que todo el mundo debería consultar con frecuencia, quizás hasta un par de veces al año. Y deberíamos hacerlo, sobre todo en estos tiempos de incertidumbre y en estos noviembres de lluvia y corrupción, por los mismos motivos que su protagonista (“Llamadme Ismael”) se lanza de cuando en cuando navegar:

“Es un modo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombreo a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala”.

Hagámonos a la mar con este libro una vez más en este noviembre lloviznoso. Y sigamos el consejo de Ismael. Aunque, lo mejor sería hacerlo cobrando por ello, aun a costa de parecer que nos convertimos en esclavos. Porque, como dice Melville:

“¿Quién no es esclavo? Decídmelo. Bueno, entonces, por más que el viejo capitán me dé órdenes; por más que me den porrazos y puñetazos, tengo la satisfacción de saber que todo está bien; que todos los demás, de un modo u otro, reciben algo parecido, esto es, desde un punto de vista físico o metafísico; y así el porrazo universal pasa de uno a otro (…).

El colmo de la felicidad: que te paguen por hacer lo que te gusta. Qué pocos lo consiguen. Pero todos aceptamos de buen grado que alguien nos pague por algo (aunque, como es habitual en estos tiempos, sea con un miserable contrato a tiempo parcial, sin ningún tipo de seguridad y por hacer cosas que detestamos). Tras despotricar contra el acto de pagar, Melville subraya:

“Pero que le paguen a uno, ¿qué se puede comparar con esto? Es realmente maravillosa la cortés premura con que un hombre recibe dinero, si se considera que creemos en serio que el dinero es la raíz de todos los males terrenales, y que de ningún modo puede entrar en el Cielo un hombre adinerado. ¡Ah, qué alegremente nos entregamos a la perdición!”

El autor de “Moby Dick” se burla así de esa doble moral que mueve la economía, aunque convenientemente olvida que si alguien cobra, es porque también paga… en este caso con su trabajo, aunque sea una faena tan agradable para Ismael como hacerse a la mar.

En esta grandísima novela encontraremos, además, detalladas descripciones del negocio ballenero de mediados del siglo XIX:

“Resultó ser el capitán Bildad, que, junto con el capitán Peleg, era uno de los principales propietarios del barco, mientras que las demás partes, como a veces ocurre en esos puestos, las tenían multitud de viejos rentistas, viudas, niños sin padre y tutores judiciales, cada cual dueño de cerca del valor de una cabeza de cuaderna, un pie de tabla, o un clavo o dos del barco. La gente de Nantucket invierte el dinero en barcos balleneros, del mismo modo que vosotros invertís el vuestro en títulos del Estado que producen buenos intereses”.

El mismo principio que se sigue en un moderno fondo de inversión, o en una sociedad repartida en acciones. Todas las alusiones económicas como la anterior, las adereza el autor con frecuentes chanzas sobre cómo la moral (particularmente en aquellas tierras de cuáqueros) no debe interferir con los beneficios, porque…

“…aunque el hombre ame a su semejante, el hombre, sin embargo, es un animal que hace dinero, propensión que a menudo interfiere con su benevolencia”.

Nada más. Y nada menos. Y poco tengo que añadir, salvo recomendar a todo el mundo que vuelva a leer esta novela, o que la descubra, para descubrir en ella eso que llamamos la vida, y eso que conocemos como el mar, dos conceptos que nos ayudarán a mirar todo (incluso la economía) con nuevos ojos, quizá con la mirada limpia del marino que otea el horizonte en busca de la ballena blanca.

Por supuesto, vuelvan también a ver la indispensable versión cinematográfica de “Moby Dick”, rodada en 1956 por el maestro John Huston y protagonizada por el inmenso Gregory Peck, que encarna al Capitán Ahab en uno de los mejores papeles de su carrera. El guión, digna réplica de la novela y de comparable calidad literaria, lo escribieron el propio Huston y otro viejo conocido de esta bitácora, Ray Bradbury (http://economiaenlaliteratura.com/para-despertar-del-sueno-americano-viajemos-a-marte/).

Como despedida, igual que en un artículo reciente recogía uno de los más hermosos comienzos de novela que he leído (http://economiaenlaliteratura.com/caravana-es-mi-patria/), les dejo ahora uno de los más bellos finales, las líneas con las que concluye “Moby Dick”:

“Entonces, pequeñas aves volaron gritando sobre el abismo aún entreabierto; una tétrica rompiente blanca chocó contra sus bordes abruptos; después, todo se desplomó, y el gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía hace cinco mil años”.

En realidad, estoy haciendo trampa, pues, tras este final, Herman Melville escribió un aún más bello epílogo. Pero no quiero desvelarlo aquí, por respeto a quién no haya leído aún estas páginas imprescindibles para navegar en la vida.

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Título comentado:

-Moby Dick. Herman Melville, 1851. Austral, Barcelona, 2010.

Nota: recomiendo particularmente esta cuidadísima y rigurosa edición, con introducción, traducción y notas (todas ellas magníficas) de José María Valverde. También aconsejo huir de las abundantes ediciones infantiles y/o juveniles (aunque no duden en regalarle alguna a los más pequeños de la casa, así como de advertirles, cuando crezcan, que lean una versión completa y de calidad). Rechacen también las versiones mal resumidas, cuyo propósito es atrapar a la ballena blanca en una de esas colecciones de libros que se solían vender por los metros de estantería que ocupaban o por los colores de sus lujosas encuadernaciones.

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Un catalán como vosotros…

Fotografía: © M.M.Capa

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“La perderé, no puede ser, no es para mí, la perderé antes de que me deis tiempo a ser un catalán como vosotros ¡cabrones!”.

Es la agria reflexión de Manolo, un pobre inmigrante, xarnego o murciano (dos apelativos sinónimos aplicado a todos los que llegaban a Cataluña desde otras partes de España), cuando contempla a esa hermosa Teresa, hija ideal de la burguesía barcelonesa, a quien quiere conquistar. Su historia la escribió uno de los mayores novelistas españoles vivos, el maestro catalán y español (mal que les pese a muchos… de ambos bandos nacionalistas) Juan Marsé. Su “Últimas tardes con Teresa” es (junto a su especie de continuación “La oscura historia de la prima Montse”) una pieza indispensable de la literatura contemporánea en castellano. Una obra que nos cuenta el crisol social y económico de esa Cataluña de postguerra y desarrollismo. Una novela que merece la pena releer ahora, cuando sólo quieren votar sobre esa Cataluña los nacidos a un lado de una raya, sin que a los demás se nos deje opinar, aunque muchos sintamos, como Juan Marsé, que Barcelona es tan nuestra (como París, Londres o Nueva York) como de quienes se consideran “catalanes pata negra” por sus genes o, más frecuentemente, por su dinero y condición social.

Porque el decimonónico y trasnochado independentismo/nacionalismo (germen de los mayores desastres de la historia reciente: cuando faltan ideas lo más fácil es sacar las banderas… y tras ellas los uniformes, para uniformar a todos los individuos y conseguir eso que se llama “identidad nacional”) no es, en el fondo, más que una manipulación pilotada por las clases dirigentes en busca de su particular paraíso que –como no puede ser de modo en estos tiempos– es sobre todo un paraíso fiscal. Y esto no es aplicable sólo a Cataluña, sino prácticamente a todos los que en estos tiempos, en que deberíamos seguir soñando en la vieja utopía de en un mundo sin fronteras, continúan empeñados en trazarlas por todas partes, apoyadas en distinciones genéticas, raciales, culturales, económicas o incluso las más tontas: las históricas. ¿Qué tengo que ver yo, ciudadano del mundo del siglo XXI, con una guerra dinástica de 1714, con un golpe de Estado fascista, con un bombardeo nazi o con quejas de que éste o aquel gobierno perjudican a una u a otra comunidad autónoma? Lo que tengo que hacer es implicarme en la mejora de la sociedad, de toda, no sólo de la atrapada por una frontera más o menos artificial. Y, para ello, entre otras muchas cosas, intentaré elegir buenos gobernantes, los menos posibles (¿de verdad necesita un país diecisiete parlamentos y el planeta Tierra casi 200 Estados que se creen “independientes”?), para exigirles que se dediquen a gobernar, no a desfilar.

Tras empeñarme en hacer amigos nacionalistas con esta digresión personalísima y alejada un poco del propósito de esta bitácora digital, volvamos a las bellas e ilustrativas páginas de “Últimas tardes con Teresa”. Veamos cómo describen no sólo la diferencia, básicamente económica y social, entre xarnegos y catalanes, sino también el nacimiento de esa clase progresista, ilustrada y, por supuesto, catalanista, que está en el germen de quienes ahora se han dejado arrastrar por el independentismo:

“Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayunos con natillas; esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino, sombras tabernarias presumiblemente puteadas por el Régimen a causa de su pasado progresista”.

FARSANTES, VÍCTIMAS, IMBÉCILES…

¡Pobres señoritos ricos, que quieren enfrentarse al franquismo rampante! ¡Cuánto tuvieron que sufrir! Lo cual no evitó que recibieran luego, no sólo un lugar privilegiado en la naciente democracia, sino también, por supuesto, una buena herencia paterna… de esas que en treinta años no da tiempo a declarar al fisco y que además se confunde de mala manera con otros extraños ingresos familiares. Pero la historia sigue su curso y pone a cada cual en su sitio:

“Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda”.

Duras palabras de Juan Marsé para definir a toda una clase social, esa que –no sólo en Cataluña– al final lo único que quiere es defender sus privilegios, ganar otra vez las elecciones, ya sea paseándose con aire despistado por la Gran Muralla china, ya sea montando una campaña político-propagandística para una votación que todo el mundo sabía que no se celebraría y que era sólo un truco para conseguir más de lo mismo: más poder, más dinero y, sobre todo, más paraíso fiscal… para algunos. Pero, como medita la burguesita y universitaria Tesera, a quien desea el murciano Manolo, hay gente con otros problemas, con problemas de verdad:

“¿Debería recordarles [a sus amigos catalanes, burgueses y estudiantes] que el chico era un obrero, es decir, una persona que no está para alardes dialécticos, un hombre con otros problemas”.

Son problemas de subsistencia, de integración, que sufren las personas como Manolo, mientras a su alrededor florece la riqueza, que Juan Marsé disecciona en dos tipos, la que se ve y la que no se ve:

“Pero lo que más abunda son turistas: éstos son los ricos que se ven, piensa él [el xarnego, mientras va a la playa sobre una moto robada para encontrarse con Teresa], los que a veces incluso pueden tocarse (…); los que aún permiten, no sin fastidio por su parte, que los arrebatados indígenas llegados en bandadas [a las playas] los fines de semana, en trenes y motos, envuelvan con miserables miradas de perros callejeros sus nobles cuerpos soleados y su envidiable suerte en la vida”.

Nada que ver con los otros ricos, con los autóctonos, los padres de donde surge esa futura élite política de “señoritos de mierda”:

“Pero hay otros aún más ricos, los que apenas se dejan ver, los verdaderamente inaccesibles. De ellos se podría decir que no existen si no fuese porque algunas veces han sido vistos en lugares públicos. En sus raras visitas al pueblo sonríen con desinterés mirando a las parejas: se ve que están habituados a la felicidad, que sus pasiones están en otra parte (…): Entre ellos, ciertos hombres maduros impresionan muy particularmente al borrascoso motorista. No son ni turistas ni indígenas: viven en Villas de recreo, que tampoco apenas se ven, rodeados de jardines y pinares, entre silencios y rumorosas frondosidades de ocio, nos miran sin vernos, sus ojos están podridos de dinero y su poderosa mente marcada con viejas cicatrices de raudos negocios. Igual que gánsteres retirados, reposan impunemente al borde de piscinas muy particulares (…), junto a campos de tenis donde juegan muchachas que podrían ser sus hijas…”

De este modo captaba Manolo, cada verano…

“…el áureo prestigio del dinero que se esparce por las parcelas más privadas de la costa mediterránea como una miel dorada (…), un abandono corporal y una ternura desapasionada que ya no expresaban –felices ellos, los ricos– ninguna pena por todo aquello que nunca ha de alcanzarse en esta vida, por todo aquello que nunca ha de realizarse”.

RICATÓLICOS

Son los mismos, “felices ellos, los ricos”, que se arropan de un modo tan conveniente en la religión, la misma que ha estado en los genes fundacionales de muchos partidos nacionalistas, catalanes, como Convergencia i Unio, o españoles, como el PP, los mismos que ahora no saben qué hacer para salir del lío en que se han metido. Marsé describe a los “ricatólicos” de la burguesía catalana (que podría ser también la burguesía de cualquier otro lugar de España) al hablar de los Claramunt, los padres de la protagonista de “La oscura historia de la prima Montse”:

“Tanto ella como su marido, pese a estar llenos de buena voluntad, carecen totalmente del verdadero sentido del mal, cosa nada extraña, por paradójico que parezca, en esta clase de ricatólicos. Los Claramunt siempre han tenido una idea mítica del mal y una rara habilidad para actualizar esa idea: como en ciertos curas afables, su blanda percepción se tuerce y termina allí donde el verdadero mal tiene instaladas sus poderosas raíces”.

El “verdadero mal”, quizás ese que la madre de Montse, devota católica volcada en la presidencia de una junta diocesana desde la que, poco a poco, descubre lo que de verdad pasa más allá de los muros de la parroquia:

“… esa admirable mujer para quien la caridad hasta ahora sólo había sido un medio de satisfacer una santa indignación o una nerviosa inconsciencia, y así poder penetrar un poco en eso que su mente sencilla comienza a comprender y a temer: los problemas sociales, las podridas raíces de este frondoso árbol de la vida nacional, los jornales del hambre, el desempleo, etc. Se entretiene consultando un importante trabajo exhaustivo realizado por parroquias y que revela (…) que sólo en nuestra ciudad hay miles y miles de familias que viven en condiciones infrahumanas”.

Pese a estar escrito en 1970, hace 44 años, suena muy actual esto de “los jornales del hambre, el desempleo…”. Sin olvidar tampoco las duras condiciones de esa inmensa clase social, alejada de las preocupaciones burguesas, y que Marsé describe, de nuevo, en ese sitio más allá de las piscinas de los ricos y al que todo el mundo acude: la playa.

“Es un mundo chillón y superpoblado que se cuece al sol. Son los detritos industriales del emprendedor `seny´ condal, la servidumbre tranviaria y fabril y el peonaje foráneo que impone su fea desnudez en una reducida zona libre de sucia arena y turbias olas donde flotan residuos de comidas y de coitos degradados, un mundo abigarrado y violento y feísimo que ella [Montse] había rehuido hasta hoy y dentro del cual no es fácil mantenerse limpio ni guardar una postura digna durante mucho rato. Imposible no embrutecerse aquí –pensaría Montse–, hay una amenaza de contagio”.

¿Qué hacer para evitar ese contagio? ¿Cómo negarse a afrontar los “auténticos problemas” de quienes no han tenido la suerte de nacer “señoritos de mierda”? Pues con el truco de siempre: sacando las banderas para que eso llamado “pueblo” se ponga a desfilar, disciplinadamente, tras ellas, con el reclamo de ir a votar por algo que nadie les ha explicado de verdad.

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Títulos comentados:

-Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé, 1966. Debolsillo, Barcelona, 2005.

-La oscura historia de la prima Montse. Juan Marsé, 1970. Lumen, Barcelona, 2009.

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¿Contrabandistas o emprendedores?

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Un día [el maestro] preguntó qué profesión queríamos tener de mayores, y a mí me salió del alma: `¡Contrabandista!´. Y entonces él retrucó: `Mejor que digas emprendedor, hijo. ¡Emprendedor!´”.

Galicia asolada por la crisis del naval, con retraso en las comunicaciones (diez o doce horas para llegar desde Madrid a Vigo o a La Coruña), lastrada por el caciquismo, con una agricultura minifundista y un sector pesquero asediado por las cuotas y la fuerte competencia de las flotas extranjeras. Galicia forzada a lanzar a miles de sus jóvenes a la emigración, o a unos cuantos a las planeadoras. En ese entorno, ser contrabandista no estaba tan mal visto. Era uno de los escasos sectores con salida rápida para los emprendedores. Al menos hasta que llegó el gran cambio, el que además del negocio trajo consigo la muerte y dejó diezmada a una generación en los años ochenta y noventa. Esta transformación del negocio nos la cuenta Manuel Rivas en su espléndida “Todo es silencio”, una novela ambientada en la Costa de la Muerte… que en aquellos años hizo valer en exceso su apellido. Lo había ganado por lo abrupto de sus acantilados y la furia de su mar, pero lo reforzó (como el resto de la costa gallega) por lo que ese mismo mar traía sobre rápidas planeadoras, cuando los simples contrabandistas de tabaco comenzaron a convertirse en una especie más letal:

“Habían pasado a esconder las lanchas rápidas más valiosas en cobertizos o naves industriales (…), a veces muy tierra adentro, en distancias que se medían en kilómetros nocturnos y por pistas secundarias. Ese viaje hacia lo secreto era parte del mayor cambio en la historia del contrabando.

Del rubio de batea a la farlopa.

Del tabaco a la coca.

No, no había vallas publicitarias que anunciasen semejante mudanza histórica”.

Fue el cambio mortal. Un momento en el que al contrabandista se le dejó de considerar un simple emprendedor. Aunque, en la estela de los narcos internacionales, los gallegos también montaron su estructura empresarial, representada en esa novela por Mariscal, el típico capo que se asocia a otros emprendedores italianos y portugueses:

“Macro Gamboa (…) había trabajado durante mucho tiempo como `transportista´, por mar y por tierra, y había pasado por méritos propios a la condición de `empresario´”.

Exactamente el mismo esquema que, como analizábamos en el artículo anterior (http://economiaenlaliteratura.com/por-que-se-paga-tanto-por-algo-que-crece-en-los-arboles/) habían montado los narcos del otro lado del charco, los mexicanos. Y, igual que los capos del país azteca descubrieron que su mejor materia prima no era la droga en sí, sino su inmensa frontera con Estados Unidos, sus colegas gallegos descartaron el tabaco al darse cuenta de que su mejor materia prima era la costa, como afirma Mariscal:

“Tenemos los mejores argumentos para este negocio. Una costa formidable, infinita, llena de escondrijos. Un mar secreto, que nos protege. Y estamos cerca de los puertos madre. Del suministro. Así que lo tenemos todo. Tenemos la costa, tenemos los depósitos, tenemos los barcos, tenemos los hombres. Y lo más importante todavía. ¡Tenemos huevos!”.

Sin duda, uno de los principales activos que se juega siempre cualquier emprendedor. Pero incluso tenían más: ese cierto reconocimiento social de que el contrabando no era algo tan dañino, salvo para las arcas públicas. Y además generaba más dinero que ningún otro negocio: a un chaval protagonista de la novela le pagan mil pesetas por sumarse a la cadena que, desde la playa, ayuda a desembarcar un cargamento de tabaco. Y su padre, marinero, exclama indignado:

“¡Hay que joderse! Más de lo que puede ganar uno peleando con el mar una puta semana”.

Pero eso era en los sesenta, cuando, como nos cuenta el novelista, ponían la serie “El Fugitivo” en la televisión. La irrupción de la droga disparó las cifras exponencialmente, como explica Fins Malpica, el chaval que cobró las mil pesetas pero que, pasados los años volvió a su tierra como inspector de policía, decidido a combatir el narcotráfico:

“–Estamos hablando de toneladas, señor –dijo Malpica–. De miles de kilos de cocaína en cada alijo. Y de miles de millones de beneficios. Perico, farlopa… Quieren hacer de esta costa la punta de desembarco para toda Europa. Tal vez ya lo es.

Y Mara Doval [otra policía] añadió:

–Comprarán las voluntades de la gente, el territorio… Comprarán todo. ¡Un auténtico capitalismo mágico!”

Y lo compraron. Los sobornos fluyeron. “La boca es para callar”, afirma el narco Mariscal, deseoso de que en su mundo se imponga lo que dice el título de la novela: “Todo es silencio”. Porque, como marcan las dos reglas de uno de sus colegas:

“Primero: El poder necesita sombra. Y segundo: No hay mejor sombra que el poder”.

Una zona de sombra, con paraísos fiscales, cuentas off-shore, sobornos… que las fuerzas del orden no pueden desentrañar. Y, en buena medida, por ese dogma de que “todo es silencio”, de que el narco se asentó sobre la aceptación social del contrabando, cuyos capos se cubren hasta de un aurea de economía liberal. Lo argumenta el propio Mariscal durante una entrevista con un periódico local:

“Los políticos son unos comemierda, unos carroñeros. ¿Escribió esto? Pues no lo escriba. Esto sí: soy apolítico”.

Y prosigue con sus argumentos de anarco-liberal, que sin duda suscribirían algunos seguidores actuales del “pensamiento único económico”, los mismos que no quieren ver aparecer nunca al Estado… salvo para rescatar al sistema financiero:

“¡Amo la libertad! Mucho más que esas sanguijuelas que chupan a su cuenta. Libertad, sí, para crear riqueza. Libertad para que nos dejen ganar la vida con nuestras propias manos. Como siempre hemos hecho”.

Lástima que al pasar del rubio de batea a la droga, se ganaran también la muerte, no para ellos, sino para miles de jóvenes a los que arrolló este narco-liberalismo. Y es ese el único punto en el que la novela se me queda corta: Manuel Rivas escribe una obra brillante que, por momentos, parece un auténtico poema en prosa. Cuenta como nadie ese mundo y ese entorno, pero se detiene demasiado pronto. Nada dice de las víctimas… y de los supervivientes, que también los hay.

LOS SUPERVIVIENTES

Sobre esos supervivientes trata otra novela, de una autora también gallega, como Rivas. En “Es pecado tirar el amor”, Esclavitud Rodríguez Barcia escribe una novela rosa que no es una novela rosa (como Cervantes escribió una novela de caballería que no era una novela de caballería). Un libro que habla de amor, pero también de comunicación, de política y de supervivencia. De esa que permitió a muchos jóvenes gallegos escapar a esa red de “capitalismo mágico” que enriqueció a unos pocos pero dejó la costa sembrada de cadáveres:

“Apenas tenía dos años cuando la enterraron [a la tía de la protagonista]. A la tía la mató una sobredosis de heroína. Le tocó ser una de las primeras víctimas del Gran Estrago, de la Peste, de la marea de Drogadicción y Dolor que en los años ochenta asoló las rías gallegas”.

La marea de Dolor a cuya estructura empresarial también alude “Es pecado tirar el amor”. La explica Ubaldo, el hijo de un pequeño camello, Mario, que acabó huyendo de allí tras introducir a muchos jóvenes en la drogadicción y en el tráfico a pequeña escala:

“Ubaldo no consiguió que su padre volviera, pese a que no había ninguna familia que lo atara a su tierra de acogida. Mario temía no a los camellos mayores, a quienes traicionó al huir, sino la mirada de todos aquellos a los que una vez había tratado como a una máquina expendedora de billetes, como simple mercancía”.

Meter a los jóvenes en la droga era convertirlos en “máquinas expendedoras de billetes”. Aunque algunos se salvaron y también prefieren un silencio que no les recuerde su trágico pasado:

“No es fácil para nadie, ni siquiera para la gente que no estuvo metida. El olvido es una caridad para todos”.

Caridad para los supervivientes. La caridad de olvidar lo que fueron. Pero no puede haber caridad ni olvido para esos supuestos “emprendedores”, ni para su dinero negro manchado de sangre.

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Títulos comentados:

-Todo es silencio. Manuel Rivas. Alfaguara, Madrid, 2010.

-Es pecado tirar el amor. Esclavitud Rodríguez Barcia. Amazon, 2014. http://www.amazon.com/dp/B00KDCRMQU

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¿Por qué se paga tanto por algo que crece en los árboles?

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Sin ellos [los norteamericanos], cualquier bobo con un camión viejo o una barca agujereada con motor fueraborda podría transportar drogas al norte. Y entonces el precio no compensaría el esfuerzo. Pero tal como están las cosas, hacen falta millones de dólares para mover las drogas, y en consonancia los precios son altísimos. Los norteamericanos se apoderan de un producto que crece literalmente en los árboles y lo transforman en una mercancía valiosa. Sin ellos, la cocaína y la marihuana serían como naranjas, y en lugar de ganar millones pasándolas de contrabando, yo ganaría unos pocos centavos trabajando como un negro en algún campo de California, recogiéndolas”. 

Pura ley de la oferta y la demanda, que además está en la raíz de la resistencia política a legalizar las drogas. La explica un narco mexicano, Adán Barrera, jefe del clan cuya historia nos cuenta “El poder del perro”. Considerada por la crítica el equivalente narco-mex de “El Padrino”, estamos ante la gran novela americana sobre el narcotráfico. Gracias a ésta y a otras obras de éxito, su autor, Don Winslow (Nueva York, 1953), vive ahora de la literatura, tras haber pasado por diversos trabajos en cine y televisión y ejercer oficios tan dispares como detective privado, repartidor de alimentos o guía de safaris.

Su novela no sólo es una joya del género negro –con una trama apasionante y con momentos de espeluznante violencia que hacen que las películas de Sam Peckinpah parezcan episodios de Bob Esponja–, sino sobre todo una espectacular y documentadísima descripción del recorrido que ha llevado al narcotráfico a convertirse en un enorme negocio. Un camino que comienza, como hemos visto al principio, en los árboles, pero que los grandes cárteles mexicanos supieron reconducir con habilidad. Dejaron de cultivar droga, pasaron de que las operaciones policiales quemaran sus campos de amapolas, el día que descubrieron que su gran activo no era el producto, sino otra materia prima de 3.185 kilómetros de longitud e imposible de quemar: su frontera con Estados Unidos, ese país cuyos habitantes pagan millones por algo que crece en los árboles, pero no en México, sino en Colombia y en muchos otros países de América del Sur. Los narcos se situaron así donde siempre se gana más dinero con menos riesgo: haciendo de intermediario entre la oferta y la demanda. Se limitan a tomar la droga de los productores, a pasarla por la frontera y a devolvérsela, ya en el mercado de destino, para que vuelvan a ser los colombianos los encargados de la distribución.

UN MÁSTER DE NEGOCIOS

“El poder del perro” desmenuza todo el proceso con la precisión de un máster de negocios. No falta casi nada en la descripción de esta imbatible estructura empresarial:

“–Queremos empresarios, no empleados –explicó Adán a Raúl–. Los empleados cuestan dinero, los empresarios ganan dinero.”

 La teoría se ilustra con los detalles prácticos y cuantitativos, como el esquema de comisiones:

“La nueva estructura creó un creciente grupo de hombres de negocios independientes, bien recompensados y muy motivados, que pagaban el doce por ciento de sus ganancias a los Barrera, y de buena gana. (…) Y dirigías tu propio negocio, corrías tus propios peligros, recibías tus propias recompensas”.

Ni más ni menos que en la mejor franquicia. Y todo, en buena parte, gracias a que los narcos mexicanos aprendieron muy bien las lecciones económicas que les llegaban de sus vecinos del norte:

“–El doce por ciento de muchos –había explicado Adán a Raún cuando propuso la drástica reducción de impuestos– sumará más que el treinta por ciento de unos pocos.

Había tenido en cuenta las lecciones de la Revolución Reagan. Podrían ganar más dinero bajando impuestos que elevándolos, porque los impuestos menores permitían que más empresarios se interesaran en el negocio, ganaran más dinero y pagaran más impuestos”.

Ni Milton Friedman lo hubiera explicado mejor. Pero la estructura del negocio va más allá de los “estímulos fiscales” al más puro estilo monetarista. Llega hasta los servicios financieros integrales, como los típicos en la mejor oferta de la banca de negocios:

“Los Barrera también ofrecían servicios financieros. Adán quería facilitar a la mayor cantidad de gente posible la incorporación al negocio, de modo que nunca había que adelantar el doce por ciento. No tenías que pagarlo hasta después de haber vendido la mercancía. Pero los Barrera daban un paso más: te ayudaban a blanquear el dinero (…). La tasa vigente por blanqueo de dinero era del 6,5 por ciento, pero los banqueros sobornados cedían a los Barrera un rapel del 5 por ciento más de cada dólar de cada cliente (…). Todo lo que ingresabas en sucio, te lo devolvían en limpio, al cabo de tres días laborables, menos el 6,5 por ciento”.

Y todo ello, por supuesto, con la ayuda de las últimas tecnologías:

“Todas sus comunicaciones [Adán] las realiza a través de la red, codificadas con una tecnología que ni siquiera los norteamericanos son capaces de descifrar. Envía órdenes a través de la red, consulta sus cuentas a través de la red, vende su producto a través de la red y le pagan a través de la red. Mueve su dinero en un abrir y cerrar de ojos electrónico, lo blanquea a una velocidad superior a la del sonido, literalmente, sin siquiera tocar un dólar o un peso. Puede, y lo hace, matar a través de la red. Teclea un mensaje y lo envía, y alguien abandona el mundo de los vivos”.

CÓMO COMPRAR Y VENDER UN PAÍS

Los políticos mexicanos entendieron perfectamente esta estructura de negocio y, a cambio de percibir su particular “impuesto” en forma de sobornos de los narcos, ¿qué hicieron?:

“Lo que hicieron, en los términos más sencillos posibles: vendieron el país a los narcotraficantes”.

Quienes hasta se beneficiaron del gran acuerdo comercial entre México y Estados Unidos, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN):

“La droga va al norte y el dinero al sur. Y ambas partes de este viaje de ida y vuelta son mucho más fáciles porque el TLCAN ha relajado la seguridad fronteriza, lo cual facilita, entre otras cosas, un flujo ininterrumpido de tráfico entre México y Estados Unidos. Y con él, un flujo ininterrumpido de droga”.

Y un flujo ininterrumpido de poder para los narcos, que no sólo imponen con violencia su ley (resumida por esta novela en dos palabras: “Plata o plomo”), sino que hasta son capaces de forzar una devaluación:

“El nuevo presidente mexicano juró su cargo el primero de diciembre de 1994. Aquel mismo día, dos agencias de corredores de bolsa controlados por la Federación [los narcos] empezaron a comprar `tesobonos´, bonos del gobierno. A la semana siguiente, los cárteles de la droga retiraron su capital del banco nacional mexicano, lo cual obligó al nuevo presidente a devaluar el peso en un cincuenta por ciento. Después, la Federación cobró sus `tesobonos´ y colapsó la economía mexicana.”

Tras provocar el caos en el mercado de deuda, los narcos actuaron como hubiera hecho cualquier inversor: refugiándose en el inmobiliario.

“Como autorregalo de Navidad, la Federación compró propiedades, negocios, bienes raíces y pesos, los enterró bajo un árbol y esperó.

El gobierno mexicano no tenía dinero para pagar los `tesobonos´ pendientes. De hecho, tenía una deuda de 50.000 millones de dólares. El capital huía del país más deprisa que los predicadores de una casa de putas asaltada por la policía.”

Ya conocemos que pasa siempre en estos casos:

“Faltaban días para que el país anunciara la bancarrota, cuando la caballería norteamericana acudió con 50.000 millones de dólares en préstamos para apuntalar la economía mexicana (…). El nuevo presidente mexicano tuvo que invitar, literalmente, a los señores de la droga a regresar al país con sus millones de narcodólares, con el fin de revitalizar la economía y poder pagar el préstamo. Y los narcos tenían ahora más miles de millones de dólares que antes de la `crisis del peso´, porque en el periodo de tiempo transcurrido entre el canje de los pesos por dólares y la llegada de la ayuda norteamericana, utilizaron los dólares para comprar pesos devaluados, que a su vez volvieron a subir cuando los mercados entregaron el enorme préstamo (…).”

¿A que suena muy actual? Ni el mejor tiburón de las finanzas internacionales lo haría mejor. Es una operación de manual, con un resultado de manual:

“Lo que, en síntesis, hizo la Federación fue comprar el país, volver a venderlo a un precio alto, comprarlo de nuevo a un precio bajo, reinvertir en él y ver crecer las inversiones”.

Pregunta para nota: ¿Cuántos países, sobre todo del sur (incluso del sur de Europa), se han comprado y vendido así? ¿Cuántas economías al borde la bancarrota han sufrido operaciones de rescate que, en definitiva, las ha hecho cambiar de amo? El poder del perro, de ese perro que muerde con fuerza y no suelta la presa. Y todo, por una porquería que crece en los árboles, pero que acaba manchándolo todo, incluso a nuestros hijos, a una generación diezmada por el poder del narco, que se ha introducido también con fuerza –y con la facilidad de llegar planeando sobre las olas– en nuestra economía. Pero eso lo veremos en el próximo artículo, donde todo es silencio…

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Título comentado:

-El poder del perro.Don Winslow, 2005. Random House Mondadori/Roja&Negra, Barcelona, 2009.

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Sexo y revolución industrial… o mexicana

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Fotografía: © M.M.Capa

“Sintió su pene elevándose contra ella con una fuerza silenciosa, deslumbrante y potente, y se entregó a él. Cedió con un estremecimiento como de agonía y se abrió por completo a él”.

Tranquilos, no han entrado por error en un blog erótico. Lo que acaban de leer es sólo uno de los muchos párrafos de un clásico de la literatura… Iba a escribir “erótica”. Pero no es correcto: “El amante de Lady Chatterley” es mucho más. La novela de David Herbert Lawrence (1885-1930) fue prohibida en la timorata Gran Bretaña de su época y vio la luz por primera vez en Florencia, en 1928. No se editaría en el Reino Unido hasta 1959, casi treinta años después de la muerte de su autor, un hombre de potente personalidad, crítico con el sistema y en continua búsqueda de otros mundos y otros modos, lo que le llevó a una especie de exilio voluntario que él mismo definió como su “peregrinación salvaje”: Australia, Italia, Ceilán, Estados Unidos, México, sur de Francia (donde falleció)… Lawrence apenas volvió a pisar Inglaterra salvo un par de veces.

Que era un escritor diferente, difícil de encajar en su época, se aprecia en pasajes como el que acaban de leer, que nos describen los encuentros entre Lady Chatterley (cuyo marido volvió parapléjico de la guerra) y su fogoso guardabosques. Los párrafos cargados de erotismo agitan toda la novela del mismo modo que, ante las arremetidas de su amante, la aristócrata sentía que “las profundidades se agitaban y removían en oleadas amplias e interminables”.

Pero esta extraordinaria novela está cargada también de economía. Igual que nos narra cómo una aristócrata cede a sus impulsos, nos relata cómo la vieja economía de la vieja Inglaterra se ha transformado ante los impulsos de la revolución industrial. El capítulo XI, por ejemplo, está repleto de agudas referencias a esta transformación:

“¡La Inglaterra de Shakespeare! No, era la Inglaterra de hoy (…). Aquella Inglaterra estaba produciendo una nueva raza humana, supersensitiva al dinero, a lo social y a lo político (…). Una Inglaterra eliminado a la otra. Las minas habían llevado la riqueza a los palacios. Ahora estaba acabando con ellos como antes habían acabado con las casas de campo. La Inglaterra industrial acaba con la Inglaterra agrícola (…). Y la continuidad no es orgánica, sino mecánica”.

Poco más adelante, en el mismo capítulo, un caballero amigo de la protagonista lanza una afirmación que podría ilustrar el eterno debate sobre el desarrollo sostenible:

“Quizás los mineros no sean tan decorativos como los ciervos, pero son mucho más productivos”.

La ruda transformación del país y de sus habitantes incluso se hace carne en una novela tan carnal como la de D.H. Lawrence:

“El hierro y el carbón habían carcomido profundamente los cuerpos y las almas de los hombres. ¡La fealdad hecha carne y además viva! [Los mineros eran]… Criaturas de otro mundo, partículas elementales de los elementos del carbón, como los metalúrgicos eran partículas elementales de los elementos del hierro. Hombres que no eran hombres, sino ánimas de carbón, hierro y arcilla (…) ¡El alma de la desintegración mineral!”

Antes de narrarnos la revolución industrial, el autor nos habla (en el capítulo VI) del auténtico nuevo elemento que la mueve, no sólo a ella, sino a todo lo demás. No es ni el carbón ni el acero, sino algo mucho más líquido:

“Dinero se necesita siempre. Dinero, éxito, la diosa bastarda…”

“¡La diosa bastarda! ¡Bien, si había que prostituirse, mejor hacerlo a una diosa sin vergüenza! Uno podía siempre despreciarla incluso en el acto de prostituirse a ella, y eso era bueno”.

“Simplemente para que el asunto siguiera funcionando mecánicamente hacía falta dinero (…). Hay que tener dinero. Realmente no hace falta ninguna otra cosa. ¡Así es la vida!”

 “¡Hacer dinero! ¡Hacerlo! De la nada. ¡Sacándolo del aire! ¡La última hazaña de la que podía uno enorgullecerse.”

¿No les suena esto a lo que ahora llamamos apalancamiento financiero, es decir, hacer dinero de la nada?

Aunque, para ver surgir algo de la nada, hay que acudir a otra obra de Lawrence, también capaz de describirnos como nadie otra revolución: la mexicana. Y lo hace sin renunciar a profundas dosis de sensualidad, encarnada en su protagonista:

“Para él Kate no era sino la respuesta a su llamada, la vaina para su espada, la nube para sus rayos, la tierra para su lluvia, el combustible para su fuego”.

Kate Leslei, viuda irlandesa de viaje por México, se encuentra atrapada entre dos hombres, un general postrevolucionario e indio, y un terrateniente de origen español. Ambos quieren resucitar a “La serpiente emplumada” (así se titula la novela de Lawrence), a los viejos dioses aztecas, para dar respuesta a lo que no ha podido responder la revolución. La protagonista acaba casada con el general y atrapada en un país y en una sensualidad que no entiende, aunque al final de la obra llega a pensar:

“Todo es sexo (…). ¡Y qué bello es el sexo cuando un hombre lo guarda sagrado y fuerte como llenando con él el mundo!”.

Está en el México de los años veinte, más de una década después la fuga del presidente Porfirio Díaz. Un país que busca una salida económica y social a la oleada de revoluciones. Fallidos intentos cuyo resultado nos resume un joven profesor universitario:

“Siendo mejicano hay que ser más mejicano que humano (…). En Méjico hay que odiar al capitalista porque si no no se puede vivir. Es imposible ser humano. Hay que ser socialista mejicano o capitalista mejicano, y por lo tanto odiar. No hay otra solución. Odiamos al capitalista porque arruina al país y al pueblo. Tenemos que odiarle a la fuerza”.

En ese odio y esa desesperanza…

“Los habitantes del pueblo vivían en continua zozobra temiendo sobre todo a los bandidos y a los bolcheviques. Los bandidos son ni más ni menos que individuos de pueblos perdidos que, sin dinero, sin trabajo y sin esperanza, se dedican a robar y algunas veces a matar, pero no por oficio (…). Los bolcheviques parece que nacen en los ferrocarriles. En dondequiera que se tienda la vía férrea y comienzan a pasar convoyes con compartimentos de primera y de segunda, nace el espíritu de animosidad y de rebelión que da origen a la protesta y al bolchevismo”.

Capitalismo, industrialización, bandidos, bolcheviques, desarrollismo…

“Así como antiguamente todo individuo soñaba con ser dueño de un caballo y de una espada, ahora aspiraban todos a tener un auto. Como antes las mujeres deseaban una casa y un palco en el teatro, ahora soñaban con una `máquina´. Y los pobres seguían el ejemplo de la clase media”.

 Pero todo en la novela remite al fatalismo impreso en los símbolos de los antiguos dioses, idéntico al que atrapa a Kate, “lo mismo que un pájaro que se siente enroscado con una serpiente”. Porque, como afirma Don Ramón, el cacique que sueña con convertirse en el dios Quetzalcóalt:

“Méjico libre es una utopía (…). El bolchevismo es también una utopía, y el capitalismo igual, y la libertad un cambio de cadenas”.

Casi un siglo después, tras incontables revoluciones, dictaduras, crisis económicas y décadas perdidas, la auténtica libertad para la Latinoamérica emergente ya no parece una utopía. ¿O sí? A lo mejor hay que preguntarles a los mejicanos que se alzan contra el poder de los cárteles de la droga, o a los brasileños que protestan contra los fastos del Mundial de Fútbol.

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Títulos comentados:

-El amante de Lady Chatterley. David Herbert Lawrence, 1928. Ediciones Orbis y RBA, Barcelona, 1982.

-La serpiente emplumada. David Herbert Lawrence, 1926. Editorial Losada, Buenos Aires, 1958.

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La Mafia, hija del sistema económico

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

¡Ma fia, ma fia! (¡mi hija, mi hija!), clamaba una desconsolada madre por las calles de Palermo el lunes de Pascua de 1282. Un soldado francés acababa de violar a su hija el mismo día en que la doncella se iba a casar. Bandas de sicilianos se lanzaron a la caza del gabacho. Miles de soldados franceses fueron masacrados en pocos días. Fue el primer gran suceso sangriento protagonizado por lo que, desde poco después, se conocería como Mafia.

Pero no era éste el objetivo de sus precursores, los llamados amici (amigos) o uomini rispettati (hombres respetables), que en realidad querían generar un Estado dentro del Estado, una estructura que el propio sistema económico podría llamar ma fia, mi hija.

“Los amici no eran reformistas. Ellos no buscaban derrocar al sistema (…). Habían aprendido a trabajar dentro del sistema, a explotarlo mientras el sistema explotaba a su vez al país”.

Nos lo explica Gay Talese en “Honrarás a tu padre”, un reportaje tan enorme (tanto por su grandeza como por sus más de 600 páginas) que acaba convirtiéndose en una novela real como la vida misma. ¿O acaso no es eso el llamado Nuevo Periodismo? Cuya fundación, por cierto, se atribuye a dos monstruos de la escritura norteamericana: el propio Gay Talese y su colega Tom Wolfe.

“Honrarás a tu padre” es la novela definitiva sobre la Mafia, porque es la historia definitiva sobre la Mafia. Una historia real, en la que Talese nos narra la vida y obras de un capo real, Bill Bonanno, último eslabón de una de las familias mafiosas más importantes de Estados Unidos. Con todos los respetos a la otra gran obra sobre la Mafia, “El Padrino”, de Mario Puzo (de quien hablaremos más adelante), el inmenso reportaje de Talese, escrito con el vigor y el estilo de la mejor novela, tiene la ventaja de que todo lo que se cuenta en él está arropado por el rigor del mejor periodismo, del que investiga en profundidad, acude a las fuentes directas, entrevista a los auténticos protagonistas, analiza los orígenes, documenta todos los datos… Es decir, de ese periodismo que, en esta acelerada era de medios on-line sin recursos y pilotados por eternos becarios, ya está amenazado de extinción.

La obra de Talese, publicada en 1971, fue llevada a la televisión en miniseries de la CBS y más tarde serviría de inspiración a la memorable “Los Soprano”. Porque nunca antes se había contado así, con tal rigor y profundidad, el funcionamiento de esa auténtica maquinaria económica que es la Mafia desde sus mismos orígenes en Sicilia:

“Durante siglos, la pobreza y las desgracias de su región fueron ignoradas por el gobierno de Sicilia, por el parlamento de Roma y por docenas de gobernantes extranjeros; así que finalmente [los Bonanno y los Magaddino, dos familias fundadoras de lo que después se conocería como Mafia] tomaron la ley en sus propias manos y la acomodaron a sus intereses, tal como habían visto que hacían los aristócratas”.

Fue el resultado inevitable de más de dos mil años de tumultuosa historia, que estos amici decidieron reconducir a su manera:

“No creían en la igualdad ante la ley; las leyes las redactaban los conquistadores. (…) La isla había sido gobernada por la ley griega, la ley romana, la ley musulmana, las leyes de los godos, los normandos, la Casa de Anjou, la Corona de Aragón; cada nueva flota de conquistadores traía nuevas leyes a la tierra, pero, sin importar quién fuera el autor de la ley, ésta siempre parecía favorecer al rico por encima del pobre (…). El gobierno oficial era con frecuencia el enemigo, los criminales solían ser héroes y los clanes familiares (…) eran reverenciados por sus conciudadanos. Aunque algunos de estos líderes eran vengativos y corruptos, se identificaban con la difícil situación de los pobres y a menudo compartían lo que les habían robado a los ricos…”.

Y, además, eran más fiables que las cambiantes y despóticas instituciones públicas:

“Su palabra casi siempre era de fiar y no traicionaban la confianza puesta en ellos”.

EL NEGOCIO MÁS LUCRATIVO DE ESTADOS UNIDOS

Con el tiempo, saltaron el gran charco y llegaron a Estados Unidos, donde los mafiosos seguían inspirados por los mismos principios que sus fundadores:

“…no querían que el sistema se derrumbara, porque de ser así, ellos caerían con él. Aunque reconocían que el gobierno tenía defectos y era hipócrita y poco democrático, y que la mayoría de los políticos y la policía participaban en la corrupción hasta cierto punto, la corrupción al menos era algo que se podía entender y con lo cual se podía tratar. Lo que más temían estos hombres y aquello de lo cual varios siglos de historia siciliana les había enseñado a desconfiar eran los reformistas y los cruzados”.

¿Les suena? Quien se asienta en la corrupción y en el reparto sistemático de sobres, lo que menos quiere es reformas, cambios en el sistema. Porque se enriquece con él hasta niveles difíciles de estimar:

“Según Nixon, los ingresos anuales [de la Mafia] por cuenta del juego ilegal estaban entre los veinte y los cincuenta mil millones de dólares –cifra que impresionó a Bill Bonanno, sobre todo por su falta de precisión–…”

Y eso sólo era una parte de sus negocios, en los años sesenta y setenta:

“Aunque el gobierno sostenía que el crimen organizado era el negocio más lucrativo de Estados Unidos, los expertos (…) no se podían poner de acuerdo (…). Sus cálculos iban desde los diez mil hasta los cuarenta mil millones de dólares anuales e incluso los informes más conservadores aceptaban que el crimen organizado producía más ganancias cada año que la suma de los ingresos de las compañías Unites States Stell, AT&T, General Motors, Estándar Oil of New Jersey, General Electric, Ford, IBM, Chrysler y RCA”.

Todo, a partir de familias sicilianas que se organizaron contra conquistadores cambiantes, corruptos y opresores. Aunque lo que Mario Puzo llama “la primera gran familia del crimen” no surgió en Sicilia, sino en Roma, y unos doscientos años después de ese trágico lunes de Pascua de 1282. El autor italiano nos lo cuenta en “Los Borgia”, su obra póstuma (publicada en 2001, dos años después de su fallecimiento):

“La Iglesia católica era una inmensa maquinaria que requería de innumerables engranajes para mantenerse en movimiento (…). La cámara apostólica, dirigida por el camarlengo, debía asumir el pago y el cobro de miles de facturas en ducados, florines y otras muchas monedas. El personal de la curia, que todos los años aumentaba en número, debía recibir un salario y había todo tipo de valiosos cargos eclesiásticos que vender e intercambiar, tanto de forma legítima como ilegítima”.

Este era el sistema en el que el Rodrigo Borgia (elegido papa en 1492, con el nombre de Alejandro VI) y su familia asentaron su particular estructura mafiosa, con gran protagonismo de sus dos famosos hijos: César y Lucrecia.

Por si alguien no se acuerda, Borgia es la italianización del apellido Borja, pues el célebre papa nació en una región española que en los últimos tiempos ha asistido a innumerables casos de caciquismo y corrupción… ligados incluso a una visita papal que dejó un reguero de millones entre determinadas “familias”. Nada nuevo bajo el sol:

“La Tierra se está degenerando en estos tiempos. Hay señales de que la civilización está llegando a su fin. El soborno y la corrupción abundan. Hay violencia por todas partes”.

Esta cita, recogida por cierto en “Honrarás a tu padre”, es absolutamente actual. El problema es que Gay Talese la toma de una inscripción asiria de 3.000 años antes de Cristo, 4.200 años antes de la Mafia y 4.500 años antes de los Borgia.

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Títulos comentados:

-Honrarás a tu padre. Gay Talese, 1971. Alfaguara, Madrid, 2011.

-Los Borgia. La primera gran familia del crimen. Mario Puzo (con la colaboración de Carol Gino), 2001. Planeta, Barcelona, 2001.

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La gran novela de la gran crisis

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Fotografía: © M.M.Capa

Crisis he visto muchas. Del petróleo (varias), de la deuda latinoamericana, de la libra, del Sistema Monetario Europeo, industriales, bancarias, asiáticas, rusas, subprime, del euro (las dos últimas encadenadas y que aún sufrimos)… Pero si alguien dice la Gran Crisis, o la Gran Depresión, todas las miradas se vuelven a la de 1929… que en tantas cosas se parece a la actual.

Novelas también he leído muchas. Y de autores norteamericanos, muchísimas. Si alguien convocara una votación para elegir La Gran Novela Norteamericana, la competencia sería muy dura. Pero seguro que entre las más votadas estaría una novela en concreto, la misma a la que yo votaría.

Novelas que hablan de la Gran Depresión, de la crisis del 29, también hay muchas. Sobre todo, por razones obvias, de autores estadounidenses. Pero si hubiera que elegir La Gran Novela Norteamericana sobre la Gran Depresión, casi seguro que la ganadora sería la misma de antes, esa a la que yo votaría entre mis favoritas al premio a La Gran Novela Norteamericana.

¿Necesitan más pistas? Aquí va la definitiva:

“La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia”.

 Estremecedor. Y actual. Dolorosamente actual.

John Steinbeck (1902-1968) tenía 27 años cuando se hundió Wall Street en 1929. Una década después recibió el Premio Pulitzer por “Las uvas de la ira”, una novela escrita en 1939 y que completaba su trilogía sobre la Gran Depresión (con “En dudosa batalla”, de 1936, y “De ratones y hombres”, de 1937). “Las uvas de la ira” lleva décadas en la listas de libros más vendidos de Estados Unidos y seguro que pesó mucho a la hora de otorgar a su autor el Premio Nobel de Literatura en 1962. En 1940, el gran John Ford ganó dos Oscar al llevar al celuloide esta novela, que merecería ser estudiada hasta la última línea no sólo en las facultades de Literatura, sino también, por supuesto, en las de Economía. De hecho, pocas novelas habrán provocado tantos análisis económicos como ésta.

Así que, mejor, bajemos a la tierra y disfrutemos (o más bien suframos) al leer cómo Steinbeck describe el éxodo de millones de norteamericanos desplazados del campo tras el estallido de una burbuja: la de los precios agrícolas que se infló tras la Primera Guerra Mundial. Los agricultores habían sembrado de trigo los pastizales, para responder a la gran demanda procedente de la Europa en guerra. Pero tras la contienda, la demanda se hundió y apareció uno de los peores monstruos para cualquier escenario económico: la deflación (eso que ahora parece no preocupar a Angela Merkel). Además, grandes tormentas de polvo (en 1934 y 1935) terminaron de arruinar el campo. Los campesinos se enfrentaron de pronto a tres enemigos: la citada deflación… a la que siguieron, cómo no, los bancos deseosos de cobrarse sus préstamos, y la mecanización traída por las grandes compañías que acabaron quedándose con las tierras.

Steinbeck nos cuenta en su novela la historia de una de las miles de familias forzadas a emigrar a California, donde esperaban sumarse a la vendimia y a otras labores agrícolas estacionales. Una migración en la que “los ojos de los hambrientos” que acumulan “una ira creciente” asisten, entre otras desgracias, a la destrucción de excedentes agrícolas para mantener los precios y la estabilidad del sistema financiero (que, como nos repiten desde Europa y desde el FMI, es lo primero y principal que hay que salvar cuando llega una gran crisis, faltaría más).

Pero eso, destruir excedentes, fue al final. Como hemos dicho, todo comenzó antes, con  la deflación. Y tras ella llegó el tractor, traído por las corporaciones que van quedándose con las tierras de agricultores arruinados:

“El sistema de arrendamiento ya no funciona. Un hombre con un tractor puede sustituir a doce o a catorce familias. Se le paga un sueldo y se queda uno con la cosecha [lo explica el agente enviado por una compañía para desahuciar a unos campesinos]. Lo tenemos que hacer. No nos gusta, pero el monstruo está enfermo. Algo le ha sucedido al monstruo”.

¿Cuál es ese “monstruo enfermo”? Precisamente, el tercero que citábamos junto a la deflación y la mecanización: la banca.

“Un hombre puede conservar la tierra si consigue comer y pagar la renta (…).

Sí, puede hacerlo hasta que un día pierde la cosecha y se ve obligado a pedir dinero prestado al banco.

Pero, entiendes, un banco o una compañía no lo pueden hacer porque esos bichos no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto, mueren (…).

El banco, el monstruo, necesita obtener beneficios continuamente. No puede esperar, morirá. No, la renta debe pagarse. El monstruo muere cuando deja de crecer. No puede dejar de crecer”.

¿Les suena? ¿Bancos –o cajas de ahorro– convertidos en monstruos enfermos porque ya no pueden alimentarse de los intereses del dinero, de esas rentas que los hipotecados ciudadanos o los híper-endeudados Estados ya no pueden pagar?

¿Qué ocurre después?: adiós a la libertad.

“Bueno, intente comprar la libertad. Por aquí decimos que un tipo tiene tanta libertad como su dinero le permite comprar”.

Pero es difícil ganar dinero cuando hay miles de personas peleando por conseguir trabajo en la vendimia de California o en cualquier otra tarea. Y más difícil aún cuando hay que competir con esclavos:

“La explotación de una finca pasó a ser industrial y los propietarios imitaron a Roma, aunque sin ser conscientes. Importaron esclavos, aunque no les dieron ese nombre: chinos, japoneses, mejicanos, filipinos. Se alimentan de arroz y judías, dijeron los hombres de negocios. No necesitan demasiado (…). Y si empiezan a espabilar, se les deporta”.

Resultado: la ira.

“Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar”.

Lo que decía al principio: Estremecedor. Doloroso. Actual.

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Título comentado:

-Las uvas de la ira. John Steinbeck, 1939. Cátedra. Madrid, 2013.

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La reforma laboral del Imperio Romano

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Dudo que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre. Soy capaz de imaginar formas de servidumbre peores que las nuestras, por más insidiosas, (…) que se logre transformar a los hombres en máquinas estúpidas y satisfechas, creídas de su libertad en pleno sometimiento…”.

¿Le hemos cambiado el nombre a la esclavitud que practicaban los romanos? ¿Ha adoptado ahora la trágica forma de esas macro-factorías inhumanas, como la que hace un año se hundió en Bangladés para convertirse en tumba de 1.127 personas? ¿O se manifiesta en esos secuestros de centenares de niñas nigerianas que parecen un episodio de otra estúpida –como todas– guerra de religiones, pero no son más que parte de dos negocios siniestros, la trata de personas y el tráfico de órganos? ¿O no parecen esclavos de las miserias del siglo XXI los africanos que se ahogan frente a Lampedusa o se quedan colgados de la valla de Melilla? ¿O, sin irnos tan “lejos”, no abundan los hombres convertidos en “máquinas estúpidas y satisfechas, creídas en su libertar en pleno sometimiento…”?Sometimiento –esa es la palabra clave–, pero no a un amo, sino a una precariedad laboral que, a medida que se extiende, nos aleja de la auténtica libertad.

Parece que sí. Que la esclavitud simplemente ha cambiado de nombre, como nos anticipó quién fue emperador romano entre 117 y 138 d.C.. No consta, por supuesto, que las palabras que abren este artículo fueran del gran Adriano, aunque las pone en su boca su no menos grande biógrafa. La escritora belga Marguerite Yourcenar (1903-1987), la primera mujer elegida miembro de la Academia Francesa, nos regaló en sus “Memorias de Adriano” no sólo una extraordinaria novela histórica, sino también una joya literaria que nos demuestra hasta qué punto ciencias como la historia, la política y, por supuesto, la economía pueden adoptar formas de auténtica poesía. ¿O no es poesía oír al emperador decirnos, ya enfermo, “aún no estoy tan débil como ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza”?

Las reflexiones que Yourcenar pone en boca de Adriano bien pudieron ser pronunciadas por el emperador si analizamos sus esfuerzos por regular la esclavitud. Fue, en cierto modo, la primera gran reforma laboral de la historia, pues en aquellos tiempos la mano de obra “pesada” o “intensiva” estaba formada básicamente por esclavos sin derechos. Hasta que Adriano comprendió que también la clase social más desfavorecida necesitaba cierta protección.

Nos lo cuenta otro clásico, esta vez de la historia, pero cuya obra lleva más de doscientos años alojada también en el Olimpo de la gran literatura:

“A través de los edictos de Adriano y los Antoninos, la protección de las leyes se amplió al sector más despreciable de la humanidad. La jurisdicción sobre la vida y la muerte de los esclavos, poder ejercido y abusado (…) durante mucho tiempo, fue arrebatada de las manos privadas y reservada únicamente a los magistrados (…). En virtud de una demanda justa por un trato intolerable, el esclavo ofendido obtenía su liberación o un amo menos cruel”.

Esta “desprivatización” de la esclavitud, esta gran reforma que supuso poner su regulación en manos de los magistrados, la relata el más importante historiador británico: Edward Gibbon (1737-1794), intelectual, erudito, parlamentario y autor de ese monumento de la historia y de la literatura titulado “Decadencia y caída del Imperio Romano”. Una obra cuya calidad literaria deslumbró a Borges, que tiene capítulos premonitorios de lo que ocurriría después a otros imperios, y que incluso fue puesta por la Iglesia Católica en el índice de libros prohibidos (sobre todo por contar el carácter sectario de ese primer cristianismo, frente a la tolerancia romana a todas las religiones).

Gibbon nos recuerda que durante el mandato de Adriano y sus sucesores, los Antoninos, en un largo periodo de 43 años de paz, “la justicia regulaba sus conductas”. De ahí que entre las principales reformas de Adriano estuviera regular ese primer mercado común europeo en el que, precisamente, una de las mercancías más comerciadas eran los esclavos.

Pero esa no fue la única reforma laboral de Adriano y sus sucesores, que apostaron también por un sector que, aún hoy día, está entre los líderes mundiales pese a la crisis económica:

“…el lujo –nos cuenta Gibbon– (…) parece ser el único medio que puede corregir la desigualdad distribución de la propiedad. El menestral diligente y el artista diestro, que no han obtenido ningún reparto en la división de la tierra, reciben una tasa voluntaria de los terratenientes (…). Las provincias [del Imperio] pronto habrían agotado sus riquezas si las manufacturas y el comercio del lujo no les hubiera devuelto poco a poco a los súbditos diligentes las cantidades que se les exigían por las armas y la autoridad de Roma”.

Adriano no fue sólo un liberalizador, a su manera, del comercio, sino que también supo intervenir, con todo su poder imperial, donde la economía necesitaba sus correcciones. Y, en este punto, recurrimos de nuevo a la extrema destreza literaria de Marguerite Yourcenar, quien pone en boca del emperador alguno de sus logros:

“Se necesitan leyes más rigurosas para reducir el número de los intermediarios que pululan en nuestras ciudades (…). Una distribución juiciosa de los graneros del Estado ayuda a contener la escandalosa inflación de los precios en épocas de carestía, pero yo contaba sobre todo con la organización de los productores mismos (…). Uno de mis días más hermosos fue aquel en que convencí a un grupo de marineros del Archipiélago de que se asociaran formando una corporación y que trataran directamente con los vendedores de las ciudades. Jamás me sentí más útil como príncipe”.

Nos encontramos nada menos que con el primer impulso a las pymes y a los autónomos, esos pescadores a quienes el propio emperador anima a organizarse para no estar sometidos a intermediarios y especuladores.

¿No añoramos ahora príncipes, responsables de la gestión pública, alimentados por ese mismo impulso de sentirse útiles, en vez de por la lamentable combinación de mala gestión y prácticas depredadoras tan habitual en los últimos tiempos?

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Títulos comentados:

-Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar, 1974. Salvat Editores, Barcelona, 1994.

-Decadencia y caída del Imperio Romano. Volumen I. Edward Gibbon, 1776. Ediciones Atalanta, Gerona, 2012.

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