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Los humanos ya no son necesarios

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“–¿Y qué, te gusta trabajar de noche? –le preguntó.
–Esto funciona solo, yo simplemente lo vigilo. No se necesita a nadie.
–¿Qué fabrican aquí?
–Robots. Robots fabricados por robots. ¿Lo ves? Las personas no son necesarias.”

¿No les inquieta esta conversación? Ahora que tanto se habla de inteligencia artificial, del imparable desarrollo de los robots y de que incluso deberían pagar impuestos, no se pierdan el diálogo completo sobre el tema. No está en ningún ensayo o gran reportaje, sino en una magnífica novela, Bajo los montes de Kolima, del británico Lionel Davidson (1922-2009), considerado por muchos uno de los maestros del suspense (eso que por ahí llaman thriller). Publicada en 1994 pero editada por primera vez en castellano en septiembre de 2016, esta novela es una magnífica representante de su género. Sus más de 530 páginas se leen de un tirón y gustarán sobre todo a los amantes no sólo del suspense, sino también de las historias de acción y espionaje internacional.

Bajo los montes de Kolima narra las peripecias de un agente occidental, nacido en una tribu del norte de Canadá, que debe infiltrarse entre sus primos del norte de Siberia para investigar unos curiosos experimentos científicos, llevados tan en secreto que ni siquiera los desvelaré aquí. Si leen la novela, descubrirán que estos experimentos tienen también un componente económico y tecnológico de gran actualidad, pero no quiero comentar nada más sobre ellos para no destripar el desenlace de esta historia.

Además de sus grandes dosis de acción, espionaje y aventura, Bajo los montes de Kolima incluye unos cuantos temas de interés económico, como el funcionamiento de las rutas de transporte naval entre los puertos del sureste asiático, China, Japón y Siberia, la organización del trabajo y del transporte de mercancías en esos territorios del norte tan hostiles para el hombre y, lo que más me ha interesado, el magnífico diálogo sobre el futuro de un mundo en el que los humanos no son necesarios. Hablan el protagonista y un indígena siberiano, trabajador de una peculiar factoría:

¿FÁBRICA O VIDEOJUEGO?

“Igual que si estuviera viéndola a través de unas gafas de visión nocturna, ante él apareció la fábrica entera, profusamente iluminada e inmersa en una actividad frenética. Como si aquello fuera un videojuego, había un centenar de cosas moviéndose a la vez. Carretillas que recorrían los pasillos, avanzaban, se detenían y volvían a avanzar. Se movían siguiendo unas luces que había en el suelo. Unos brazos robóticos surgían de unas plataformas que había a los lados y con sus dedos robóticos subían y bajaban gesticulando en el aire. Cogían pernos, tornillos, brocas; tocaban, palpaban, volvían atrás para coger más, de vez en cuando lanzaban virutas y chispas”.

Esta descripción no sorprenderá mucho a quien trabaje, por ejemplo, en una cadena de montaje de automóviles. Con la única diferencia de que, al menos, estará ahí para sorprenderse, mientras que en la fábrica de la novela quien se sorprende es un observador externo, pues en la cadena no hay ni rastro de personas. El escenario lo describe el diálogo siguiente entre Porter, el protagonista, e Ichiko, el vigilante de la factoría, su único trabajador humano:

“–Ichiko, ¿qué es esto?
–El nuevo mundo, sin seres humanos. Los seres humanos ya no son necesarios.
–Me han dicho que estabas aquí. He ido al restaurante de Hanita.
–Hanita ha muerto. Ya no se la necesitaba. No se necesita a nadie (…).
–¿Y qué, te gusta trabajar de noche? –le preguntó.
–Esto funciona solo, yo simplemente lo vigilo. No se necesita a nadie.
–¿Qué fabrican aquí?
–Robots. Robots fabricados por robots. ¿Lo ves? Las personas no son necesarias (…).
Porter advirtió que las carretillas se habían detenido de pronto y que unas bombillas de la consola estaban parpadeando (…).
–Ichiko, ahí abajo ha pasado algo. ¿No tendrías que ir a ver?
–Ya se encargan los robots. Se ha roto un taladro y van a cambiarlo por otro. Se cuidan, se hacen de médicos. Son más inteligentes que nosotros (…).
–¿Es que no hay ningún operario?
–Unos pocos en el turno de día. Se dedican a afilar piezas y a retirar lo que ya se ha fabricado. Por la noche estamos los robots y yo solos”.

Una factoría que funciona veinticuatro horas al día, sin obreros, sólo con robots que fabrican robots y que hasta “se cuidan, se hacen de médicos”. Y, sobre todo, que “son más inteligentes que nosotros”.

La primera gran pregunta es: ¿Algún día esos robots serán tan inteligentes que saldrán a la calle a comprar las mismas cosas que ellos fabrican, a contratar hipotecas o incluso a votar? Lo cual lleva a otra pregunta aún más inquietante: ¿Por quién votarán? Sean cuales sean las respuestas, dan mucho miedo.

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Título comentado:
-Bajo los montes de Kolima. Lionel Davidson, 1994. Ediciones Salamandra, Barcelona, 2016 (tercera edición, febrero 2017).

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