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La gran novela de la gran crisis

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Fotografía: © M.M.Capa

Crisis he visto muchas. Del petróleo (varias), de la deuda latinoamericana, de la libra, del Sistema Monetario Europeo, industriales, bancarias, asiáticas, rusas, subprime, del euro (las dos últimas encadenadas y que aún sufrimos)… Pero si alguien dice la Gran Crisis, o la Gran Depresión, todas las miradas se vuelven a la de 1929… que en tantas cosas se parece a la actual.

Novelas también he leído muchas. Y de autores norteamericanos, muchísimas. Si alguien convocara una votación para elegir La Gran Novela Norteamericana, la competencia sería muy dura. Pero seguro que entre las más votadas estaría una novela en concreto, la misma a la que yo votaría.

Novelas que hablan de la Gran Depresión, de la crisis del 29, también hay muchas. Sobre todo, por razones obvias, de autores estadounidenses. Pero si hubiera que elegir La Gran Novela Norteamericana sobre la Gran Depresión, casi seguro que la ganadora sería la misma de antes, esa a la que yo votaría entre mis favoritas al premio a La Gran Novela Norteamericana.

¿Necesitan más pistas? Aquí va la definitiva:

“La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia”.

 Estremecedor. Y actual. Dolorosamente actual.

John Steinbeck (1902-1968) tenía 27 años cuando se hundió Wall Street en 1929. Una década después recibió el Premio Pulitzer por “Las uvas de la ira”, una novela escrita en 1939 y que completaba su trilogía sobre la Gran Depresión (con “En dudosa batalla”, de 1936, y “De ratones y hombres”, de 1937). “Las uvas de la ira” lleva décadas en la listas de libros más vendidos de Estados Unidos y seguro que pesó mucho a la hora de otorgar a su autor el Premio Nobel de Literatura en 1962. En 1940, el gran John Ford ganó dos Oscar al llevar al celuloide esta novela, que merecería ser estudiada hasta la última línea no sólo en las facultades de Literatura, sino también, por supuesto, en las de Economía. De hecho, pocas novelas habrán provocado tantos análisis económicos como ésta.

Así que, mejor, bajemos a la tierra y disfrutemos (o más bien suframos) al leer cómo Steinbeck describe el éxodo de millones de norteamericanos desplazados del campo tras el estallido de una burbuja: la de los precios agrícolas que se infló tras la Primera Guerra Mundial. Los agricultores habían sembrado de trigo los pastizales, para responder a la gran demanda procedente de la Europa en guerra. Pero tras la contienda, la demanda se hundió y apareció uno de los peores monstruos para cualquier escenario económico: la deflación (eso que ahora parece no preocupar a Angela Merkel). Además, grandes tormentas de polvo (en 1934 y 1935) terminaron de arruinar el campo. Los campesinos se enfrentaron de pronto a tres enemigos: la citada deflación… a la que siguieron, cómo no, los bancos deseosos de cobrarse sus préstamos, y la mecanización traída por las grandes compañías que acabaron quedándose con las tierras.

Steinbeck nos cuenta en su novela la historia de una de las miles de familias forzadas a emigrar a California, donde esperaban sumarse a la vendimia y a otras labores agrícolas estacionales. Una migración en la que “los ojos de los hambrientos” que acumulan “una ira creciente” asisten, entre otras desgracias, a la destrucción de excedentes agrícolas para mantener los precios y la estabilidad del sistema financiero (que, como nos repiten desde Europa y desde el FMI, es lo primero y principal que hay que salvar cuando llega una gran crisis, faltaría más).

Pero eso, destruir excedentes, fue al final. Como hemos dicho, todo comenzó antes, con  la deflación. Y tras ella llegó el tractor, traído por las corporaciones que van quedándose con las tierras de agricultores arruinados:

“El sistema de arrendamiento ya no funciona. Un hombre con un tractor puede sustituir a doce o a catorce familias. Se le paga un sueldo y se queda uno con la cosecha [lo explica el agente enviado por una compañía para desahuciar a unos campesinos]. Lo tenemos que hacer. No nos gusta, pero el monstruo está enfermo. Algo le ha sucedido al monstruo”.

¿Cuál es ese “monstruo enfermo”? Precisamente, el tercero que citábamos junto a la deflación y la mecanización: la banca.

“Un hombre puede conservar la tierra si consigue comer y pagar la renta (…).

Sí, puede hacerlo hasta que un día pierde la cosecha y se ve obligado a pedir dinero prestado al banco.

Pero, entiendes, un banco o una compañía no lo pueden hacer porque esos bichos no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto, mueren (…).

El banco, el monstruo, necesita obtener beneficios continuamente. No puede esperar, morirá. No, la renta debe pagarse. El monstruo muere cuando deja de crecer. No puede dejar de crecer”.

¿Les suena? ¿Bancos –o cajas de ahorro– convertidos en monstruos enfermos porque ya no pueden alimentarse de los intereses del dinero, de esas rentas que los hipotecados ciudadanos o los híper-endeudados Estados ya no pueden pagar?

¿Qué ocurre después?: adiós a la libertad.

“Bueno, intente comprar la libertad. Por aquí decimos que un tipo tiene tanta libertad como su dinero le permite comprar”.

Pero es difícil ganar dinero cuando hay miles de personas peleando por conseguir trabajo en la vendimia de California o en cualquier otra tarea. Y más difícil aún cuando hay que competir con esclavos:

“La explotación de una finca pasó a ser industrial y los propietarios imitaron a Roma, aunque sin ser conscientes. Importaron esclavos, aunque no les dieron ese nombre: chinos, japoneses, mejicanos, filipinos. Se alimentan de arroz y judías, dijeron los hombres de negocios. No necesitan demasiado (…). Y si empiezan a espabilar, se les deporta”.

Resultado: la ira.

“Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar”.

Lo que decía al principio: Estremecedor. Doloroso. Actual.

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Título comentado:

-Las uvas de la ira. John Steinbeck, 1939. Cátedra. Madrid, 2013.

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