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Economía y religión (1): Cómo reclutar herejes entre los excluidos

Fotografía: © M.M.Capa

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“Las herejías son siempre expresión del hecho concreto de que existen excluidos. Si rascas un poco la superficie de la herejía, siempre aparecerá el leproso. Y lo único que se busca al luchar contra la herejía es asegurarse de que el leproso siga siendo tal. En cuanto a los leprosos, ¿qué quieres pedirles? ¿Que sean capaces de distinguir lo correcto y lo incorrecto que pueda haber en el dogma (…)? Estos son juegos para nosotros, que somos hombres de doctrina. Los simples tienen otros problemas. Y fíjate que nunca consiguen resolverlos. Por eso se convierten en herejes”.

Un término económico de tan rabiosa actualidad como “excluidos” aparece en la misma línea que “herejía”, un concepto ligado a la religión. Y ambos los relaciona un monje del siglo XIV, tiempo de abundantes herejías e incluso de un doble papado (en Roma y en Aviñón). Quien explica cómo los leprosos, los simples y los excluidos suelen ser tachados de herejes, porque son la carne de cañón de cualquier supuesto líder religioso que en realidad busque poder político y económico, es Guillermo de Baskerville: el franciscano-detective protagonista de “El nombre de la rosa”, la mejor novela de Umberto Eco.

Leí “El nombre de la rosa” hace más de treinta años, al principio de la mili y mientras intentaban, en vano, que aprendiera a desfilar bajo una bandera. El reciente fallecimiento de Umberto Eco, el 19 de febrero de 2016, me llevó a buscar de nuevo la obra, ya bastante amarillenta, en mi biblioteca. Su lectura volvió a atraparme como la primera vez. Y en esto, el 22 de marzo, estallaron las bombas yihadistas en Bruselas. Economía, religión y violencia volvían a formar esa trágica trinidad que, junto con la reivindicación de la risa y del conocimiento, es la auténtica protagonista de esta fabulosa novela. Una obra más actual que nunca en este siglo XXI cuyas convulsiones no envidian a las de hace setecientos años. Es el momento, pues, de iniciar una serie de artículos sobre economía y religión en la literatura.

“El nombre de la rosa” es un compendio de sabiduría sobre los libros, el conocimiento, las pasiones humanas y –lo que más nos interesa en esta bitácora digital– las perversiones económicas que ocultan todas las religiones. Ya saben lo que opino –y lo dije tras los atentados en París– de quien esgrime la guerra santa como un medio de movilizar fuerzas que en realidad no luchan por la fe, sino por sustancias mucho más oscuras, como el petróleo. Es algo parecido a lo que Umberto Eco expresó a través de su monje franciscano:

“Una guerra santa sigue siendo una guerra. Quizás por eso no deberían existir guerras santas”.

Y menos aún cuando, lejos de ser santas, en realidad son económicas, y llaman a combatir supuestas herejías, o a sumarse a ellas, por motivos nada santos:

“Y digo que muchas de esas herejías, independientemente de las doctrinas que defienden, tienen éxito entre los simples porque les sugieren la posibilidad de una vida distinta. Digo que en general los simples no saben mucho de doctrina (…). La vida de los simples (…) no está iluminada por el saber (…). Además, es una vida obsesionada por la enfermedad y la pobreza, y por la ignorancia (…). A menudo, para muchos de ellos, la adhesión a un grupo herético es sólo una manera como cualquier otra de gritar su desesperación. La casa del cardenal puede quemarse porque se desea perfeccionar la vida del clero, o bien porque se considera inexistente el infierno que éste predica. Pero siempre se quema porque existe el infierno en este mundo”. 

El infierno que existe en este mundo se llama exclusión. Es el centro de reclutamiento más fructífero para atrapar esos simples que, de nuevo según fray Guillermo, “son carne de matadero: se los utiliza cuando sirven para debilitar al poder enemigo, y se los sacrifica cuando no sirven”.

¿Dónde reclutan los del Daesh a sus fanáticos suicidas? ¿En Pozuelo de Alarcón, la ciudad española con mayor renta per cápita? No. Es más fácil hacerlo en los infiernos de la exclusión. En Ceuta, en Melilla, en Molenbeek o en esa Banlieu parisina que, como tantos otros guetos occidentales, nos hemos dejado en el furgón de cola del tren de la democracia, el desarrollo y la cultura en nuestra imperfecta Unión Europea… Ahí están los simples, los económicamente excluidos, los leprosos de nuestra economía unidireccional y de pensamiento único. Por eso ahí, los otros, también adictos a su propio pensamiento económico único, les engañan para combatir a la herejía del cristiano o infiel. O para sumarse a su particular herejía que pervierte el islam y en la que las cosas no suceden porque Alá lo quiere, sino porque lo quieren los nuevos señores feudales del petróleo. Que son exactamente iguales que los de antes y no muy diferentes de quienes estimulaban guerras de religiones en los tiempos de Guillermo de Baskerbille.

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Título comentado:

-El nombre de la rosa. Umberto Eco, 1980. Lumen, Barcelona, novena edición, octubre de 1984.

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Caravana es mi patria…

Fotografía: © M.M.Capa

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“A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía”.

Ya lo sé: lo que acaban de leer no parece en absoluto un texto con referencias económicas. Pero me da lo mismo. Es uno de los más bellos comienzos de un libro que he leído nunca. Y pertenece a una de las novelas más hermosas que he leído nunca: “León el Africano”. La publicó, en francés, en 1986 (el año en que España entró en Europa), el escritor libanés Amin Maalouf. Sería su salto a la fama y el primero de uno de sus magníficos y brillantes libros, sobre los que volveremos a menudo en esta bitácora digital.

Si me he decidido a comenzar por este vibrante primer párrafo es, sobre todo, por su belleza. Pero también porque es toda una declaración de intenciones que deberíamos no olvidar en estos tiempos de nuevas guerras de religión (que, como ya hemos comentado en este mismo espacio, no son tales, sino sucias guerras por el poder, el oro y el petróleo). Y, aunque no lo parezca, ese hermoso texto que abre “León el Africano” nos demuestra cómo deberíamos considerar nuestra vida (y también nuestras economías) en este mundo empeñado en levantar nuevas fronteras, sea en el brutal y terrorífico Califato Islámico, sea en esta innecesariamente compleja España con diecisiete parlamentos y gobiernos autónomos, sea en esta absurdamente paralizada Unión Europea que se resiste a convertirse en lo que debería ser de una vez: los Estados Unidos de Europa… Norte de África y Oriente Próximo. ¿Les parece raro? ¿Soñar es gratis, no? Y este es un maravilloso sueño… del que podemos disfrutar en esta gran novela.

“Caravana es mi patria [y ahí sí encontramos un concepto económico y comercial, el de esa caravana en continuo movimiento] y mi vida la más inesperada travesía”, nos dice este León, quien, como nos subraya en los párrafos siguientes, no pertenece a ningún país, aunque todas las lenguas y todas las plegarias le pertenecen:

“Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios.

“Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano.”

La globalización en estado puro. La libertad. El internacionalismo. Todo ello lo encontraremos en este libro, que además nos ayudará a descubrir la historia y la profundidad de un Islam que no es, en absoluto, esa brutal falsa religión retrógrada que predican los ignorantes yihadistas y los enloquecidos y codiciosos líderes del Estado Islámico, cuyo único afán es controlar lo de siempre: el petróleo.

Pero como de oro negro ya hemos hablado en esta bitácora (véase el artículo “La eterna guerra del petróleo”, de 16 de septiembre: http://economiaenlaliteratura.com/la-eterna-guerra-del-petroleo/) volvamos a “León el Africano”, donde disfrutaremos no sólo de esencias históricas, religiosas y culturales, sino también económicas y políticas:

“Del mismo modo que en el pescado lo primero que se pudre es la cabeza, en las comunidades humanas la podredumbre se propaga de arriba abajo”.

En los últimos tiempos de los árabes en Granada, el padre del protagonista lanza esta advertencia contra la corrupción, a la que culpa del declive musulmán, en el que también intervienen otros factores que aún hoy día nos suenan actuales. El primero, olvidarse de las necesidades del pueblo:

“Cuando se es rico, en oro o en sabiduría, hay que tener miramientos con la indigencia de los demás”.

El segundo, el silencio:

“Los musulmanes no han flaqueado sino cuando el silencio, el miedo, la conformidad han oscurecido sus mentes”.

Mentes oscurecidas, al contrario de lo que ocurría cuando…

“… en los primeros siglos del Islam (…) eran incontables en Oriente los tratados de filosofía, de matemáticas, de medicina o de astronomía (…). En Andalucía también florecía el pensamiento y sus frutos eran libros que, pacientemente copiados, circulaban entre los hombres sabios desde la China hasta el extremo occidente. Y luego se les secó la mente y la pluma”. 

Y así, tras haber abierto a Europa las puertas del Renacimiento, comenzaba el declive musulmán: por el silencio que secó las mentes y las plumas. Un silencio que sigue atronando ahora en esos califatos del terror.

Pero nuestro protagonista, que va de Granada a África y luego a Europa, encuentra decadencia, moral y económica, en todas partes, particularmente en esa Roma del papa León X que le acoge al final de su vida:

“¡El tren de vida de los prelados de Roma cuesta sumas considerables y en esta ciudad de clérigos no se produce nada! Todo se compra en Florencia, en Venecia, en Milán (…). Para financiar las locuras de esta ciudad, los papas se han puesto a vender las dignidades eclesiásticas: a diez mil, a veinte mil, a treinta mil ducados el cardenal. ¡Aquí todo se vende, hasta el cargo de camarlengo! ¡Y como seguía sin alcanzar, se han puesto a venderles indulgencias a los desdichados alemanes! ¡Si pagáis, se os perdonan los pecados! En resumen, lo que el Santo Padre intenta vender es el paraíso. Así ha comenzado la disputa con Lutero”.

Una lección de cómo hasta las grandes disputas religiosas suelen ocultar siempre factores económicos, miles de ducados que lo compran todo. No sorprende que, en un mundo que nos recuerda tanto al actual, esta novela recupere el consejo que…

“… la madre de un sultán de los tiempos antiguos dijo al nacer su hijo: No te deseo que tengas inteligencia, pues tendrás que ponerla al servicio de los poderosos; te deseo que tengas suerte, para que la gente inteligente esté a tu servicio”.

Más de un director de recursos humanos debería tomar buena nota. Así como más de un director de comunicación podría anotarse este otro comentario:

“Un hombre no es nunca pobre del todo mientras tiene lengua en la boca. Cierto es que me vendieron como esclavo, pero en la lengua no tenía cadenas. Me compró un negociante al que serví con lealtad, prodigándole consejo tras consejo, haciendo que aprovechara mi experiencia del Mediterráneo. Ganó tanto dinero de esta forma que al cabo del primer año me dio la libertad y me asoció a su comercio”.

Y añade otra referencia a la globalización que creemos tan moderna, pero que ha existido desde siempre, sobre todo para el dinero, para el capital, lo único que de verdad siempre se ha movido como ha querido por todo el mundo:

“Cuando ha podido uno hacerse rico en un país, le resulta fácil volver a ser rico en cualquier otra parte”.

Lo que, después de gozar de esta novela, nos da pie para comentar, de propina, otra: un librito (por lo breve y poco pretencioso) particularmente agradable por el modo en el que no sólo nos enseña las claves de ese Islam desconocido aún hoy día, sino también por cómo nos cuenta esa gran actividad comercial que agitaba el Mediterráneo a finales del siglo XVI.

¿PIRATERÍA O EXPORT-IMPORT?

El hispanista francés Bartolomé Bennassar es experto en el Siglo de Oro español y, en general, en la historia de los siglos XVI y XVII. Con semejante bagaje académico, escribió una breve novela histórica, “El galeote de Argel” (cuyo título original en francés era “Les tribulations de Mustafa de Six-Fours”), en la que nos narra la vida de un francés originario de Six-Fours, capturado por piratas argelinos a la edad de 14 años, esclavo en galeras berberiscas y convertido finalmente en próspero pirata, tras hacerse musulmán. Un hombre que al final de su vida se reconvierte en mercader, vuelve al seno de la cristiandad y escribe sus memorias. Y realmente parece que las escribe él mismo, ya que Bennassar logra impregnar toda la novela de un hermoso estilo arcaizante que parece salido de una pluma del siglo XVI.

Esta novela podría titularse hoy día algo así como “Guía del Islam –y del comercio internacional– para no iniciados”, porque de un modo tan sencillo como riguroso nos da muchas claves sobre la religión y las costumbres musulmanas. Pero también nos habla de cómo muchos de esos llamados “piratas de Berbería” eran, a su modo, pioneros en lo que hoy día llamamos negocios de “export-import”… que han hecho rico a más de un “pirata” moderno.

“Comerciaba con mil cosas [un mercader renegado veneciano, establecido en Argel, que compra como esclavo al protagonista]: telas y damascos, cristalería y jabón blanco que recibía de Venecia o compraba a los piratas; terciopelos y satenes florentinos y valencianos; sedas de Nápoles y de Granada; porcelana de Alemania; drogas y especias de toda la Berbería y de Oriente: pimienta, canela, clavo de especia, jengibre…”.

Cuando, pasados los años, el protagonista se ha enriquecido con la piratería, decide hacer lo que hoy llamaríamos “blanquear” su negocio y se pasa al comercio tradicional:

“Debéis saber que el botín de las correrías que los rais [los capitanes piratas, con barcos propios y esclavos y soldados a su servicio] traen a Argel es tan considerable que no podría ser consumido por entero en esta ciudad y el país que la rodea. Así, concebí el proyecto de comprar a bajo precio ciertas mercancías de las que podría sacar buen provecho en el Gran Cairo, en Esmirna, Bursa o Constantinopla, artículos como cristalerías, sábanas, telas de lino de de cáñamo, cordajes, quincallería, papel e incluso ciertas armas”.

También habla de comerciar con “lanas finas de Castilla” o “madera de Brasil” comprada en Marsella. Y no faltan las referencias a otras riquezas, ya que…

“… venían de las Indias Occidentales grandes cantidades de oro y sobre todo de plata, más de lo que había venido jamás, y la mayor parte procedía del Perú, donde los españoles habían descubierto una montaña entera de plata, que llamaban Potosí, y por una nueva industria, una gran hilera de molinos y el uso del mercurio, sirviéndose del trabajo y el sudor de una multitud de pobres indios, mandaban cada año a través del Océano no sé cuantos miles de quintales de plata (…). Esta plata llega a Sevilla y la quinta parte es para el rey, mientras que el resto es propiedad de los mercaderes y otros particulares. Pero el rey de España tiene prohibido bajo grandes penas hacer salir esta plata del reino, pues se asegura que la riqueza de las naciones está en proporción a las cantidades de oro y plata que circulan en el país”.

Una descripción de lo que, siglos más tarde, constituiría la base del sistema monetario internacional hasta que se abandonara el llamado “patrón oro” después de la Primera Guerra Mundial. Pero en aquellos tiempos en los que el oro y la plata españoles aún no habían “emigrado” masivamente a los países del norte de Europa, el sistema monetario mediterráneo giraba en torno a las divisas hispanas. De modo que, para rescindir su contrato como “soldado a porcentaje” en un barco pirata, transcurridos tres años de servicio nuestro protagonista debe pagar a su “rais” una indemnización de “seiscientos ducados de España, o veintidós mil reales de plata, pues es sabido que el ducado vale treinta y seis o treinta y siete reales”.

Más adelante, cuando está pensando volver a tierras cristiana, afirma que “las buenas monedas de España son muy apreciadas en el reino de Francia, como en los de Aragón o Castilla y en todas las Italias”.

Queda claro que el euro de entonces, la unidad monetaria no sólo europea, sino también americana y norteafricana, eran los reales y ducados españoles. En economía, casi todo está inventado hace mucho tiempo.

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Títulos comentados:

-León el Africano. Amin Maalouf, 1986. Alianza Cuatro, Madrid, 1990.

-El Galeote de Argel. Bartolomé Bennasar, 1995. El País, Novela Histórica, Madrid, 2005.

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