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El desmoronamiento que arrastró al mundo

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Básicamente, Wall Street (o ‘Gotham ­–como él lo llamaba–, el ano, el agujero negro del país que absorbe todo el dinero, el ojo de apocalipsis’) había fragmentado y reagrupado las hipotecadas tantas veces a través de la titulización y los bancos se habían saltado tantos procedimientos tratando de recuperar los préstamos tóxicos que no había institución capaz de determinar fidedignamente quién ostentaba los derechos sobre las viviendas”.

Espectacular descripción de la crisis de las hipotecas basuras (subprime en el lenguaje políticamente correcto) que estalló en Estados Unidos en 2007 y desencadenó el desmoronamiento del que todos, aún hoy día, somos víctimas. La descripción es de un abogado especializado en pleitos inmobiliarios, uno de los muchos personajes reales (algunos famosos, otros simples ciudadanos de a pie) que pueblan el libro ganador del National Book Award de 2013 (y de un montón de premios norteamericanos más):“El Desmoronamiento”, escrito por el periodista y escritor George Packer.

Aunque la norma de esta bitácora es bucear en la economía que esconden las grandes novelas y obras literarias, voy a saltármela (para eso están las normas) porque merece la pena hablar de una obra de no ficción, pero escrita con un vigor literario capaz de competir con algunas de las grandes novelas norteamericanas, como “Las uvas de la ira” de Steinbeck… que, por cierto, el propio Packer cita y que ya ha sido comentada en este blog (http://economiaenlaliteratura.com/la-gran-novela-de-la-gran-crisis/).

“El Desmoronamiento” es una impresionante obra coral que recorre, como reza su subtítulo, “Treinta años de declive americano”. Comienza en 1978, con las crisis industriales que convirtieron el “Cinturón del Acero” en el “Cinturón del Óxido” de la América profunda, y termina en 2012, cuando la crisis financiera seguía arrasándolo todo a su paso. El libro está protagonizado, entre otros muchos, por simples supervivientes como la familia Hartzell, que en Tampa, Florida –arquetipo de la ciudad machacada aún en 2012 por la crisis inmobiliaria–, se afanan por salir adelante como sea:

“Era el antepenúltimo día de agosto. Mientras los republicanos clausuraban su convención de 123 millones de dólares, a quince minutos de allí, a los Hartzell, tras haber pagado todas las facturas, les quedaban cinco dólares hasta septiembre.”

Pero por las páginas de este libro desfilan también visionarios millonarios de Silicon Valley, como Peter Thiel, raperos famosos como Jay-Z, políticos como el ultraconservador Newt Gingrich, asesores de la Casa Blanca como Jeff Connaughton, emprendedores que buscan una nueva economía verde, como Dean Price, activistas obreras como Tammy Thomas o incluso personajes tan populares como Oprah Winfrey, el general Colin Powell, el que fuera secretario del Tesoro Robert Rubin, o el multimillonario forjador de un imperio comercial, Sam Walton, quien…

“Era tan tacaño que redujo el nombre todo lo que pudo para que tuviera las menores letras posibles: la nueva tienda se llamó Wal-Mart. Prometía ‘precios bajos todos los días’”.

LA JERGA OPACA DE WALL STREET
En sus espectaculares semblanzas de los grandes protagonistas de la historia reciente de los Estados Unidos o de esa multitud de supervivientes –los auténticos protagonistas– que se afana a pie de calle, George Packer realiza un impresionante viaje literario sobre la cruda realidad que metió a este país –con su crisis industrial y de valores, unida a  su liberalización financiera, semilla y síntoma a la vez de la crisis subprime– en ese desmoronamiento. Estamos, y es bueno repetirlo, ante una obra de ficción escrita como una brillante novela que atrapa al lector y nos cuenta cómo comenzó todo lo que ahora, de un rincón a otro del planeta, seguimos padeciendo. Y muchos testimonios recogidos en esta obra ilustran que todo se inició con la derogación de la famosa Ley Glass-Steagall (se derribaron así las barreras entre banca comercial y banca de inversión) y continuó con la falta de valores que se instauró en el mercado financiero. Una crisis ética narrada a través de la experiencia de un alto ejecutivo de un banco estadounidense (uno de los pocos personajes del libro que prefiere mantener el anonimato… ¡por algo será!):

“… Kevin [nombre ficticio] se dio cuenta muy pronto de que la banca no era un asunto tan complicado. Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños, pero para tener éxito solo había que controlar un mínimo de matemáticas y saber mentir. Lo primero para las compraventas, lo segundo para negociar. Para alcanzar la cumbre tenías que ser un auténtico hijo de puta y acuchillar a unos cincuenta y siete compañeros: eso era lo único que los separaba de los diez siguientes puestos del escalafón”.

Con esta falta de normas (tanto legales como éticas), el estallido de la burbuja inmobiliaria se convierte en el epicentro de un terremoto de sobra conocido y analizado, pero al que este libro dedica páginas brillantes. Después de que, en diciembre de 2005, el precio medio por unidad habitacional tocara el techo de 322.000 dólares en uno de los mercados más sobrecalentados (Forida)…

“… En algún momento de finales de 2005 o principios de 2006, el mercado inmobiliario alcanzaba máximos vertiginosos, pero los especuladores perdieron la fe de un día para el otro. La confianza que mantenía Florida a flote se evaporó y la economía, suspendida e inmóvil en el aire, como el Coyote de los dibujos animados, miró hacia abajo y cayó en picado. Los precios hicieron lo que prestatarios, prestamistas, banqueros asiáticos en busca de beneficios del 8 por ciento, tertulianos histriónicos de la CNBC y Alan Greenspan [por entonces presidente de la Reserva Federal] creían imposible: comenzaron a bajar”.

FE EN EL PERIODISMO
Aunque no todo son tertulianos histriónicos e informadores interesados. También hubo algunos periodistas, como Mike Van Sickler, que lo vieron venir e investigaron a fondo la cadena especulativa, la especie de pirámide de Ponci en que se había convertido el sobrecalentado mercado inmobiliario. Este informador, pese a todas las dificultades que encontró en sus investigaciones, mantiene su fe en el periodismo de calidad y en su vital importancia para la sociedad:

“Hay que creer en algo (…). Yo no creo en Dios. Creo en esto. Creo en la posibilidad de que el hombre sea mejor cada día, de que como sociedad civilizada seamos mejores cada día. Y el periodismo es el engranaje de esa sociedad que nos ayuda a estar seguros de que las cosas funcionan”.

Porque, como se señala en el siguiente párrafo…

“Durante la mayor parte del siglo XX en Estados Unidos, las cosas habían funcionado como nunca antes en la historia de la humanidad. Aunque ya no fuera así y la mayoría de los estadounidenses no confiaran en los periodistas como él, ¿qué alternativa quedaba? ¿Quién si no iba a ganarse los oídos y la mirada del público? Los blogs políticos (…) no iban a los ayuntamientos, y Google y Facebook no hacían política en los gobiernos condales”.

LAS BURBUJAS Y EL HECHIZO DE LOS APARATITOS
Esta crítica al papel de las redes sociales se extiende a otros ámbitos tecnológicos y quien mejor la expresa es otro gran protagonista de esta obra: Peter Thiel, millonario de Silicon Valley que se hizo rico apostando por Facebook, Paypal y otros grandes nombres del sector. Thiel analiza así el periodo vivido entre 1982 (el fin de la recesión del gobierno Reagan) y el crak hipotecario de 2007:

“También se podía estudiar este tiempo como una sucesión de burbujas: la de los bonos, la tecnológica, la de la Bolsa, la de los mercados emergentes, la inmobiliaria… Una tras otra habían reventado, lo que demostraba que se trataba de soluciones temporales para problemas a largo plazo, quizás una manera de ocultar esos problemas, distracciones. Tanta burbuja y tanta gente persiguiendo burbujas efímeras al mismo tiempo dejaba claro que había algo fundamentalmente erróneo en cómo funcionaban las cosas”.

De hecho, al propio Thiel le parece que ese Silicon Valley que le ha hecho multimillonario supone, en realidad, un “parón tecnológico”:

“En comparación con el programa espacial Apolo o el avión supersónico, el teléfono inteligente parecía algo menor. En los cuarenta años anteriores a 1973 se produjeron gigantescos avances tecnológicos y los salarios se sextuplicaron. Desde entonces, los estadounidenses habían caído bajo el hechizo de los aparatitos, olvidando lo lejos que podía llegar el progreso”.

Porque, en opinión de Thiel, estas nuevas tecnologías no habían servido para lograr la utopía que se esperaba de ellas:

“Los coches, trenes y aviones no eran muchos mejores que en 1973. El precio cada vez más alto del petróleo y de los alimentos era un reflejo del total fracaso de las tecnologías energética y agrícola. Los ordenadores no habían creado puestos de trabajo suficientes para sostener a la clase media, no habían implicado avances revolucionarios en la fabricación ni en la productividad, no habían elevado el nivel de vida de todas la clases (…). Apple era ‘más que nada, innovación en diseño’. Twitter daría trabajo a quinientas personas durante la siguiente década, ‘pero ¿cuánto valor creará para la economía global?’ (…) Todas las empresas en las que había invertido [incluida Facebook] empleaban algo menos de mil quinientas personas en total”.

El resultado de todo ello es que…

“…la creación de mundos virtuales había sustituido a los avances en el mundo real. ‘Podría decirse que internet es, entre otras cosas, una herramienta de evasión –afirmaba Thiel– (…). Tenemos ante nosotros un mundo real en el que todo es complicado o ha dejado de funcionar, la política es una locura, es difícil elegir para los cargos a las personas apropiadas, el sistema no funciona. Y luego tenemos los mundos alternativos, en los que no hay cosas: solo ceros y unos en un ordenador que puedes reprogramar…”.

Una frase del propio inversor tecnológico resume esta frustración:

“Queríamos coches voladores y lo que hemos conseguido han sido ciento cuarenta caracteres”.

Y el desmoronamiento del mundo real nos ha llevado al punto en el que estamos, desde el que quizás tardemos décadas en recuperarnos… si es que lo conseguimos. A no ser que nos beneficiemos de lo que el entonces presidente de Google, Eric Schmidt, dijo en un congreso tecnológico celebrado en verano de 2012 y al que asistía Thiel. Según Schmidt…

“… la Ley de Moore, según la cual la potencia de los ordenadores se dobla cada dos años, seguiría siendo aplicable al menos otra década”.

La respuesta de Thiel fue contundente:

“Esa es la forma de ver las cosas de Google (…). Si pensamos en dentro de cuarenta años, la Ley de Moore será buena si uno es un ordenador. Pero la pregunta es: ¿hasta qué punto será buena para los seres humanos, cómo se traducirá en progreso económico para los seres humanos?”.

Si alguien que no sea un ordenador tiene la respuesta, por favor que no dude en ponerse en contacto conmigo para que lo cuente en esta bitácora digital.

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Título comentado:

-El Desmoronamiento.George Packer, 2013. Debate/Penguin Rancom House, Barcelona, 2014.

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Los robot que mueven los mercados… y nos mueven a nosotros

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

 “Antes imaginábamos que los ordenadores, los robots, se encargarían de realizar los trabajos de baja categoría de nuestras vidas, que se pondrían delantales y se pasearían por ahí y serían nuestras sirvientas (…). De hecho lo que está ocurriendo es todo lo contrario. Tenemos gran cantidad de material humano sobrante, poco inteligente, apto para realizar esos trabajos sencillos de baja categoría, muchas veces con horarios muy prolongados y salarios muy bajos. En cambio, los humanos a los que están sustituyendo los ordenadores pertenecen a las clases instruidas: traductores, técnicos médicos, técnicos jurídicos, contables, operadores financieros”.

Son palabras del doctor Alex Hoffmann, una leyenda de la ciencia que ha creado un software avanzadísimo, el Vixal-4, capaz de detectar lo que de verdad mueve los mercados: el miedo. Basado en un potentísimo algoritmo, este auténtico robot de los mercados opera en ellos con tal agilidad y rapidez que permite al fondo de inversión creado por Hoffmann lograr espectaculares beneficios.

¿Ficción o realidad? Ambas cosas.

La ficción está en que Hoffmann es el protagonista de la novela “El índice del miedo”, del escritor británico Robert Harris (1957). Y su Vixal-4, capaz de ganar dinero con el miedo de los inversores, comienza a ser su pesadilla porque, de algún modo, adquiere vida propia. Harris construye una inteligentísima obra de intriga, Y lo hace, además, con todos los ingredientes que debe reunir una novela de éxito comercial. Estamos ante un auténtico súper ventas, pero de gran calidad narrativa y espléndidamente documentado.

La realidad radica en que, pese a que Harris nos cuenta una ficción, lo cierto es que estos robots que operan en los mercados existen de verdad. Hay quien los llama sistemas automáticos de trading, es decir, del tipo de operativa que más ágilmente responde a cualquier movimiento de los mercados, o incluso a cualquier información que pueda influir en los precios de los activos cotizados. Estos robots ya habitan entre nosotros desde hace mucho tiempo. Y mueven miles de millones del capital más ágil y agresivo. Casi siempre ganan y el pequeño inversor sólo puede aspirar a subirse a tiempo a una tendencia (e intentar aprovecharla) que los robots han detectado antes que nadie, o que incluso en la mayoría de los casos han desencadenado al disparar miles de órdenes de compra y/o de venta que mueven con brusquedad los precios.

De hecho, Harris demuestra un gran conocimiento de los mercados en su novela. Incluso el nombre de su peculiar Frankenstein tecnológico, Vixal-4, remite al índice Vix, utilizado para medir la volatilidad de las cotizaciones. Y la volatilidad, por decirlo de un modo sencillo, no es más que un modo de medir el miedo. El título de la novela lo dice todo.

Al margen de su atractiva trama, lo más brillante de esta obra lo constituyen sus reflexiones sobre la naturaleza humana y sus relaciones con las nuevas tecnologías. Y en estas relaciones, la novela otorga un papel central a la materia prima más codiciada por los inversores: la información. Volvemos a las reflexiones de Hoffmann:

“Los humanos todavía leemos a la misma velocidad a la que leía Aristóteles. El estudiante universitario medio norteamericano lee cuatrocientas cincuenta palabras por minuto. Los más inteligentes pueden llegar a las ochocientas. Eso equivale a unas dos páginas por minuto. Pero el año pasado IBM anunció que está construyendo un nuevo ordenador para el gobierno de Estados Unidos que puede realizar 20.000 billones de cálculos por segundo. La cantidad de información que nosotros, como especie, podemos absorber tiene un límite físico. Hemos llegado al tope. Pero la cantidad de información que puede absorber un ordenador no tiene límite”.

LENGUAJE, IMAGINACIÓN, PÁNICO…

Y esto nos lleva a otro tema. ¿Cómo manejamos los humanos la información? Con algo que, en opinión de este científico de ficción (compartida por muchos otros en la vida real), constituye uno de nuestros grandes logros pero también se convierte en una de nuestras mayores limitaciones: el lenguaje. Nos lo explica el propio Hoffmann:

“Y el lenguaje, la sustitución de objetos por palabras, plantea otro gran inconveniente a los humanos. El filósofo griego Epicteto lo reconoció hace dos mil años cuando escribió: `Lo que alerta y alarma al hombre no son las cosas, sino sus opiniones y fantasías sobre las cosas´. El lenguaje desató el poder de la imaginación, y con él llegaron el rumor, el pánico, el miedo. En cambio, los algoritmos no tienen imaginación. No les entra pánico. Y por eso son tan perfectamente apropiados para operar en los mercados financieros”.

Absolutamente cierto. De hecho, los expertos en trading insisten mucho en este tema: quien se inicie en este tipo de operativa lo primero que debe hacer es controlar sus emociones, dejarse guiar por una metodología y un sistema que, del modo más objetivo posible, le indique cuándo comprar o cuándo vender un activo. Dejarse arrastrar por las emociones, o por el miedo, eleva extraordinariamente el riesgo. Volvamos de nuevo a las palabras del científico protagonista de la novela:

“El miedo es, históricamente, la emoción más potente en la economía. ¿Recuerdan a Roosevelt durante la Gran Depresión? Es la cita más famosa de la historia de las finanzas: `Lo único que debemos temer es al miedo mismo´”.

Este poder del miedo como mecanismo que mueve los mercados y la economía se ha incrementado en los últimos tiempos, desde el 11-S, cuando los mercados volvieron a llenarse de mensajes de alarma, pánico, terror… Y ha convertido a un concepto económico como la “prima de riesgo” en algo absolutamente normal en cualquier conversación en un bar, en un taxi o en casa a la hora de la cena.

Esa mayor conciencia del riesgo (el miedo a un atentado, a una crisis financiera, a una epidemia mortal, a cualquier cosa…) ha aumentado la volatilidad en muchos momentos, hasta niveles nunca visto antes en los mercados. Pero a ese aumento de la volatilidad, a esa mayor sensación de riesgo, también ha contribuido la tecnología:

“El aumento de la volatilidad del mercado (…) es una función de la digitalización, que está exagerando los cambios de humor de los humanos mediante una difusión de información sin precedentes a través de internet”.

A este aumento de la volatilidad generado por la tecnología, se añade el riesgo que se materializa en este novela: que la propia tecnología adquiera vida propia y se convierta en el principal riesgo, como advierte un ingeniero de software y profesor de zoología de la Universidad de Oklahoma, Thomas S. Ray, un científico de verdad, no de ficción, citado por Hoffmann en la novela:

“(…) las entidades artificiales autónomas de desarrollo libre deberían ser consideradas potencialmente peligrosas para la vida orgánica, y deberían permanecer confinadas en algún tipo de instalación de contención, como mínimo hasta que lleguemos a comprender plenamente su verdadero potencial (…). La evolución sigue siendo un proceso interesado, y los intereses de organismos digitales confinados podrían entrar en conflicto con los nuestros”.

Y eso es precisamente lo que le ocurre a ese robot, a ese sistema operativo, Vixal-4, que, como el monstruo del doctor Frankenstein, se rebela contra su creador. Una rebelión materializada en el inquietante mensaje que aparece como salvapantallas de ese software inteligente:

“LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ EMPLEADOS
LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ DIRECTIVOS
LA EMPRESA DEL FUTURO SERÁ UNA ENTIDAD DIGITAL
LA EMPRESA DEL FUTURO ESTARÁ VIVA”

Alarmante. Como el hecho de pensar que hasta un simple teléfono móvil pueda parecer más inteligente que su propio usuario. Y lo es desde el momento en que le obliga a seguir unas pautas de comportamiento (en clara dependencia con el aluvión de aplicaciones para casi todo) que antes no seguía, a hacer cosas que antes no hacía porque no le aportaban nada. ¿Se lo aportan ahora? ¿Por qué nos hemos hecho tan dependientes de ciertas tecnologías? Evidentemente, para enriquecer a esas empresas del futuro. ¿Se resistirán pronto esas mismas empresas a tener empleados? ¿Lo fabricarán todo los robots? ¿Y podrán esas empresas prescindir de sus directivos, tomar decisiones en función de sistemas de análisis de mercado tan inteligentes, y peligrosos, como Vixal-4? De momento, esas mismas empresas (ya saben, Amazon, Google, Twitter, etc., etc.) ya han conseguido prescindir de algo que les estorba: el Estado y los impuestos. Les estorba a ellas, pero nos protege a los ciudadanos, ya que esos impuestos que esas “empresas del futuro” se están ahorrando, nos está convirtiendo a nosotros en “ciudadanos del pasado”, de antes del Estado del Bienestar, de antes de los derechos sociales… y en algunos sitios, incluso de antes de los Derechos Humanos. Pero, eso sí, perfecta y absolutamente digitalizados.

Hay que decirlo claro: nos están digitalizando para anularnos como especie pensante y libre. Y en muchos casos lo están consiguiendo (además de quedarse con nuestros impuestos). El índice del miedo se dispara a medida que el ser humano se convierte en mero consumidor de aplicaciones y chismes que dirigen su vida. Habrá que tomar medidas. A lo mejor, haciendo algo tan fácil como desconectar muchas cosas sin las que el hombre, como especie, ha sobrevivido desde hace miles de años. No queremos empresas del futuro. Queremos empresas del hombre… y para el hombre.

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Título comentado:

-El índice del miedo. Robert Harris, 2011. Grijalbo, Barcelona, 2012.

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