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Las tecnológicas y el Síndrome del Falso Yogur Adictivo

Fotografía: © M.M.Capa

Imagínense una compañía alimentaria cuyo yogur lo consumen 2.200 millones de personas, un tercio de la población mundial. El producto es casi gratis (o al menos lo parece) y cada consumidor lo recibe con su sabor favorito. No pasaría nada si esa empresa pagara impuestos acordes con la dimensión de sus ventas y sus beneficios, contratara cada año a miles de personas para seguir creciendo y, además, su yogur fuera nutritivo y de calidad. Pero de pronto se descubre que esto no es así, sino que un tercio de los habitantes del planeta está bajo el Síndrome del Falso Yogur Adictivo, provocado por las llamadas BAADD.

 

La sigla BAADD la acuñó, en enero de 2018, la revista “The Economist”. En su opinión, los titanes tecnológicos Facebook, Google y Amazon son empresas BAADD, es decir “big, anti-competitive, addictive and destructive to democracy” (malas, anti-competitivas, adictivas y destructivas para la democracia).

Si las compañías componentes de este triunvirato económica y socialmente dictatorial se han ganado tan malsonante calificación de BAADD –que podríamos traducir libremente al castellano como “MAALAAS”– es por la plaga tóxica que, de un modo sigiloso pero implacable, han extendido sobre el planeta. Y esa plaga es la que acabo de bautizar como el Síndrome del Falso Yogur Adictivo.

Para ilustrar las causas y efectos de tal Síndrome, volvamos a la alegoría del yogur: una empresa gigante, más o menos del tamaño de Facebook, lleva su producto a unos 2.200 millones de seres humanos, aproximadamente un tercio de la población del planeta Tierra. Imaginemos que ese producto es un yogur que, en apariencia, no cuesta nada a los consumidores, quienes además en cada momento consumen el que les apetece, con gran variedad (también aparente) de sabores y texturas; el yogur gusta tanto que se hace imprescindible en cualquier dieta… Hasta aquí, todo correcto, salvo la incomodidad que a muchos supone depender de un cuasi monopolio de escala prácticamente planetaria. Pero ninguna autoridad de la competencia parece preocuparse.

Sin embargo, después de muchos años de crecimiento imparable, llegó para este titán del yogur un año decisivo: 2018. Es el ejercicio que, casualmente, califiqué hace ahora casi un año como “El Año Cero después de la Posverdad” (véase el número 34 de HISPATRADING, de abril-junio 2018).

OCHO DESCUBRIMIENTOS… O CONSTATACIONES

¿Qué ocurrió en este Año Cero para este y otros gigantes monopolísticos, los mismos que “The Economist” califica como BAADD? Pues que salieron a la luz varios descubrimientos o síntomas que antes sólo sospechábamos o, si los conocíamos, pocos nos atrevíamos a plantear abiertamente. Veámoslos uno a uno:

El primer descubrimiento (o más bien constatación) es que la citada empresa ni siquiera produce ese yogur, sino que sólo distribuye, bajo la forma de yogur, multitud de productos que no siempre son nutritivos ni alimenticios.

El segundo es que ese supuesto yogur en realidad lo fabrican los propios consumidores, quienes lo depositan gratis (o eso creen ellos) en la inmensa red (tan inmensa que se cita siempre con mayúsculas: La Red) para su consumo aparentemente gratis (o casi) por otros consumidores.

El tercero es que muchos de esos fabricantes que meten el supuesto yogur en la inmensa red cuasi monopolística ni siquiera son consumidores, sino otras empresas o intereses que además se valen de ignotos robots para producir tal sustancia en cantidades industriales (tan industriales que, cuando les viene bien, saturan con ella determinados mercados, hasta el punto de moverlos arriba o abajo, a izquierda o derecha, según les conviene a esos fabricantes robotizados y agitadores de tendencias).

El cuarto descubrimiento es que, en muchísimos casos, sobre todo en los de masivos efectos sobre el censo electoral (ese mismo que se puede mover de izquierda a derecha, etcétera), el yogur ni siquiera es yogur, sino un producto adictivo y tóxico que sirve para que los consumidores/votantes hagan cosas que generan para la empresa distribuidora ingentes beneficios, de los que se llevan una gran tajada (en forma muchas veces de réditos políticos) otras empresas, poderes o intereses que ni siquiera deberían dedicarse al negocio del yogur. Un negocio que, por cierto, el año pasado fue bautizado con esa horrible palabrota de posverdad (antes llamada simplemente mentira).

El quinto descubrimiento (o también constatación, porque todos los Ministerios de Hacienda lo saben aunque ninguno se atreva aún a combatirlo) es que ese supuesto fabricante de supuestos yogures que llegan a un tercio de la población mundial prácticamente no paga impuestos. O, si los paga, es dónde le apetece (y no en todas partes donde vende su yogur, lo que sería lo correcto), y además en un porcentaje ínfimo en comparación con sus ventas y beneficios de dimensión planetaria.

El sexto descubrimiento es que hay al menos otros dos fabricantes de cosas parecidas al falso yogur, que hacen más o menos lo mismo, aunque a otra estala y con otros productos igual de adictivos.

El séptimo es que este triunvirato monopolístico –y varios de sus congéneres–acumula ya tanto poder económico y político, que va a ser muy difícil controlarlo, por más que sus máximos responsables sean llamados a declarar en las más importantes sedes parlamentarias y decidan (como hizo Mark Zuckerberg, presidente de Facebook) que declaran sólo dónde y cómo les dé la gana, mientras sus corifeos hablan de que “no se puede poner puertas al campo” (quizás para que los lobos puedan circular con libertad entre las ovejas).

El octavo –y quizás más grave– descubrimiento es que ya se están constatando, en millones de consumidores, los efectos nocivos del Síndrome del Falso Yogur Adictivo. Esos efectos se identifican incluso con términos muy sencillos, pese a ser gravísimos entre las poblaciones afectadas: Brexit, Trump, el “procés”, Putin, los rohinyás… Como los cuatro primeros efectos del Síndrome han sido de sobra comentados, dedicaremos unas líneas sólo al último, al que afectó a la desdichada población musulmana habitante del oeste de Myanmar (antes Birmania). Los birmanos, que por supuesto apenas leen periódicos, tienen acceso masivo, pese a su extrema pobreza (o precisamente por ella), a Facebook, ya saben, uno de los fabricantes de yogur. De hecho, Facebook es su principal (y casi único) medio de comunicación en internet. Es decir, sólo se alimentan del yogur de nuestra historia. Esto tiene su lógica: para consumirlo, sólo les hace falta un teléfono móvil, que además usan para muchas más cosas. No tienen que comprar un periódico cada día, ni adquirir a plazos un televisor de plasma, ni dedicar mucho tiempo a la lectura y la reflexión. Los agitadores del racismo, como por ejemplo ciertos monjes radicales budistas, saben eso e inundaron Facebook de mensajes de odio contra los 1,2 millones de musulmanes rohinyás que vivían en Myanmar. Resultado: una auténtica limpieza étnica que provocó en 2018 el éxodo de 700.000 rohinyás a campos de refugiados de la vecina y pobrísima Bangladesh. Al referirse a este caso de tintes genocidas (más de 9.400 rohinyás han muerto, la mayoría de ellos asesinados), una investigadora de la ONU declaró en marzo de ese año que “Facebook se ha convertido en una bestia”. Y lo dijo mientras Zuckerberg declaraba (tras el escándalo de fuga de datos de casi noventa millones de usuarios de su red social) que Facebook tenía mecanismos eficaces para detectar y eliminar los mensajes de odio.

¿Y también las estupideces? Por volver a otro efecto del Síndrome del Yogur, hablemos de lo ocurrido en la menguante Gran Bretaña: “El Brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”. Lo dijo Christopher Wylie (véase “El País” de 27 de marzo de 2018), arrepentido ex cíber-cerebro de la firma inglesa, famosa por haber usado en sus campañas de manipulación los datos de casi noventa millones de usuarios de Facebook. Unas campañas que no sólo sirvieron para impulsar el Brexit, sino también el tramposo triunfo de Trump (uno de cuyos principales donantes electorales es, por cierto, socio de Cambridge).

Podríamos enumerar más descubrimientos, no sólo aparecidos hasta ahora, sino también algunos de los que pronto surgirán. Pero, de momento, los ocho citados parecen suficientes para ilustrar este Síndrome del Falso Yogur Adictivo.

¿LLEGARÁ A TIEMPO LA VACUNA?

Precisamente el caso de Cambridge Analytica (que tuvo que declararse en quiebra apenas dos meses después que estallara el escándalo del uso masivo de los datos de los usuarios de Facebook) fue el que hizo saltar las alarmas y provocó que todo el mundo descubriera el Síndrome. La gran pregunta ahora es: ¿llegará a tiempo una vacuna? O, mejor: ¿disponemos las democracias y las economías occidentales de recursos para elaborar esa vacuna? Me gustaría responder que sí, pero, por ahora, sólo me atrevo a enumerar algunos de estos anticuerpos, sin saber si serán suficientes.

El primer recurso está en el propio concepto de democracia. ¿Podemos permitir nuevos casos como el Brexit, Trump o el “procés”, en los que se condicione el voto de millones de ciudadanos, cuyos datos han sido fraudulentamente utilizados para provocar en ellos una intoxicación masiva con falso yogur adictivo? Ese yogur –ya saben, producido por gentes tan poco fiables como Putin y otros amigos de Trump y del Brexit– que acaba convertido en un enemigo de la propia democracia. “Libertad de expresión, no poner puertas al campo” y proclamas similares sueltan los corifeos de las BAADD. Pero no es cierto: claro que es posible limitar el alcance del yogur adictivo, de la posverdad ¿Acaso no han conseguido regímenes como el chino capar la potencia de las redes sociales en sus territorios? Cierto: ellos sí lo han hecho como arma de control político y atentando contra la libertad de expresión, pero las democracias también deberíamos hacerlo como instrumento de control democrático. ¿Cómo? Con tecnología. La misma que identifica tus gustos y tus preferencias en la Red para luego bombardearte con publicidad, o la que evita que se cuelguen de cualquier manera contenidos porno, puede usarse para detectar mensajes de odio o mentiras. Para ello, recurramos también a herramientas básicas del periodismo: una cosa es opinar (y aquí la libertad de expresión sí debe ser un valor intocable), pero otra cosa es difundir falsa información, eso que se llama ahora fake news o posverdad. Y eso es lo que provoca el odio: decir mentiras como que el otro (sea rohinyá, mejicano, judío, musulmán o español) te roba. Cierto que los medios tradicionales también mienten y manipulan, pero están sometidos a mayor control que las BAADD: primero, el de otros medios contrapuestos; segundo, el de las leyes, las constituciones y, en última instancia, los tribunales de justicia; tercero, el de los propios profesionales de los medios, que debemos actuar con ética y profesionalidad, conscientes de que somos parte del llamado Cuarto Poder de la democracia. ¿Podemos pretender que los titanes de la Red filtren la información falsa? Que se gasten dinero y recursos en hacerlo, igual que se los gastan los medios tradicionales, obligados a contratar periodistas que contrasten las informaciones antes de publicarlas. Pero, claro, eso es caro. Y ellas, las grandes tecnológicas, se declaran depositarias de un futuro económico construido a base de mayor productividad, bajos costes, casi nulas regulaciones y libertad de expresión (y de falsa información) aparentemente gratis para todos…

Por lo mismo, las BAADD se resisten a pagar los mismos impuestos que el resto de compañías. Así pueden competir mejor. Como compiten contra los hoteles las plataformas de alquiler de viviendas turísticas, o contra los taxistas las plataformas de coches de alquiler con conductor (por cierto, mi barrio está lleno de carísimos Teslas de estas plataformas… ¿Alguien me explica cuántos viajeros hay que transportar cada día para amortizar un coche que cuesta entre 86.000 y 149.000 euros?).  Menos costes, menos regulaciones y menos impuestos aumentan la competitividad, mientras la economía tradicional se fastidia y paga impuestos como la ley manda y se somete a todas las normas legales existentes. Este, meter a las BAADD en el mismo marco fiscal y regulatorio que el resto de empresas (que ya es bastante relajado en muchos casos), puede ser el otro gran anticuerpo para fabricar la vacuna: a nivel europeo ya se mueve la idea de una nueva fiscalidad sobre los gigantes tecnológicas, una fiscalidad real, sobre sus ventas y beneficios reales, abonada en cada territorio donde se generen, en vez de en el paraíso fiscal más conveniente. Hasta Trump por una vez ha dicho algo aceptable al afirmar que Amazon debe pagar más impuestos.

En democracia, las constituciones y las leyes están hechas para proteger a los ciudadanos de la temida ley del más fuerte, desastrosa tanto en lo político como en lo económico. Es la ley del más fuerte la que permite a Amazon explotar a sus empleados (que sólo hace poco han comenzado a alzar la voz) y competir con armas inalcanzables para el comercio tradicional; la que permite a Facebook usar indebidamente los datos de sus usuarios y además dejar que cualquier falsa noticia infecte a millones de personas; la que permite a Google decidir qué es o no es trascendente; la que permite a las grandes plataformas de falsa economía cooperativa actuar como auténticas multinacionales alérgicas a los impuestos, a las regulaciones y a los derechos de consumidores y trabajadores… Podríamos seguir así y casi ninguna gran tecnológica se libraría… ni siquiera esas cuyos empleados, sorprendentemente, conducen prohibitivos Teslas (y yo no he visto nunca un taxi tradicional de esta marca).

Se alegará que estas vacunas son aún más difíciles de aplicar fuera de los espacios democráticos. Correcto. ¿Cómo controlar falsas noticias vomitadas desde países sin control jurídico alguno? De nuevo, la solución es tecnológica: si no eres capaz, por ejemplo, de identificar a tus usuarios (igual que lo hace una compañía eléctrica o telefónica), no dejes que esos usuarios anónimos –posiblemente robots manipulados por radicales en un país sin Estado o en un Estado sin democracia– envíen nada fuera de sus fronteras. Y eso sí es posible. Sólo hay que invertir en ello, como se ha invertido en programas antivirus, por ejemplo. ¿Por qué los robots de Putin o de otros grandes manipuladores intervienen en la mayor parte de las campañas electorales europeas para favorecer posiciones ultranacionalistas, xenófobas o supremacistas? Porque los grandes de la Red no identifican bien a sus usuarios. No quieren ponerle puertas al campo… ni a los depredadores que lo recorren con libertad. ¿Por qué hay casos de cíber acoso sexual incluso a menores? Por lo mismo: porque un menor sí puede acceder de cualquier modo a la Red (y, por supuesto, caer en ella). ¿Qué pasaría si tuviera idénticas facilidades para conseguir un carnet de conducir, una licencia de caza mayor o incluso una ametralladora?

Las vacunas se llaman Democracia y Estado de Derecho. Usémoslas antes de que el falso yogur adictivo las destruya del todo.

 

Nota: Versión del artículo que publiqué en el número 35 de la revista trimestral digital HISPATRADING MAGAZINE (julio/septiembre 2018) http://www.hispatrading.com/es/

 

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El desmoronamiento que arrastró al mundo

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Básicamente, Wall Street (o ‘Gotham ­–como él lo llamaba–, el ano, el agujero negro del país que absorbe todo el dinero, el ojo de apocalipsis’) había fragmentado y reagrupado las hipotecadas tantas veces a través de la titulización y los bancos se habían saltado tantos procedimientos tratando de recuperar los préstamos tóxicos que no había institución capaz de determinar fidedignamente quién ostentaba los derechos sobre las viviendas”.

Espectacular descripción de la crisis de las hipotecas basuras (subprime en el lenguaje políticamente correcto) que estalló en Estados Unidos en 2007 y desencadenó el desmoronamiento del que todos, aún hoy día, somos víctimas. La descripción es de un abogado especializado en pleitos inmobiliarios, uno de los muchos personajes reales (algunos famosos, otros simples ciudadanos de a pie) que pueblan el libro ganador del National Book Award de 2013 (y de un montón de premios norteamericanos más):“El Desmoronamiento”, escrito por el periodista y escritor George Packer.

Aunque la norma de esta bitácora es bucear en la economía que esconden las grandes novelas y obras literarias, voy a saltármela (para eso están las normas) porque merece la pena hablar de una obra de no ficción, pero escrita con un vigor literario capaz de competir con algunas de las grandes novelas norteamericanas, como “Las uvas de la ira” de Steinbeck… que, por cierto, el propio Packer cita y que ya ha sido comentada en este blog (http://economiaenlaliteratura.com/la-gran-novela-de-la-gran-crisis/).

“El Desmoronamiento” es una impresionante obra coral que recorre, como reza su subtítulo, “Treinta años de declive americano”. Comienza en 1978, con las crisis industriales que convirtieron el “Cinturón del Acero” en el “Cinturón del Óxido” de la América profunda, y termina en 2012, cuando la crisis financiera seguía arrasándolo todo a su paso. El libro está protagonizado, entre otros muchos, por simples supervivientes como la familia Hartzell, que en Tampa, Florida –arquetipo de la ciudad machacada aún en 2012 por la crisis inmobiliaria–, se afanan por salir adelante como sea:

“Era el antepenúltimo día de agosto. Mientras los republicanos clausuraban su convención de 123 millones de dólares, a quince minutos de allí, a los Hartzell, tras haber pagado todas las facturas, les quedaban cinco dólares hasta septiembre.”

Pero por las páginas de este libro desfilan también visionarios millonarios de Silicon Valley, como Peter Thiel, raperos famosos como Jay-Z, políticos como el ultraconservador Newt Gingrich, asesores de la Casa Blanca como Jeff Connaughton, emprendedores que buscan una nueva economía verde, como Dean Price, activistas obreras como Tammy Thomas o incluso personajes tan populares como Oprah Winfrey, el general Colin Powell, el que fuera secretario del Tesoro Robert Rubin, o el multimillonario forjador de un imperio comercial, Sam Walton, quien…

“Era tan tacaño que redujo el nombre todo lo que pudo para que tuviera las menores letras posibles: la nueva tienda se llamó Wal-Mart. Prometía ‘precios bajos todos los días’”.

LA JERGA OPACA DE WALL STREET
En sus espectaculares semblanzas de los grandes protagonistas de la historia reciente de los Estados Unidos o de esa multitud de supervivientes –los auténticos protagonistas– que se afana a pie de calle, George Packer realiza un impresionante viaje literario sobre la cruda realidad que metió a este país –con su crisis industrial y de valores, unida a  su liberalización financiera, semilla y síntoma a la vez de la crisis subprime– en ese desmoronamiento. Estamos, y es bueno repetirlo, ante una obra de ficción escrita como una brillante novela que atrapa al lector y nos cuenta cómo comenzó todo lo que ahora, de un rincón a otro del planeta, seguimos padeciendo. Y muchos testimonios recogidos en esta obra ilustran que todo se inició con la derogación de la famosa Ley Glass-Steagall (se derribaron así las barreras entre banca comercial y banca de inversión) y continuó con la falta de valores que se instauró en el mercado financiero. Una crisis ética narrada a través de la experiencia de un alto ejecutivo de un banco estadounidense (uno de los pocos personajes del libro que prefiere mantener el anonimato… ¡por algo será!):

“… Kevin [nombre ficticio] se dio cuenta muy pronto de que la banca no era un asunto tan complicado. Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños, pero para tener éxito solo había que controlar un mínimo de matemáticas y saber mentir. Lo primero para las compraventas, lo segundo para negociar. Para alcanzar la cumbre tenías que ser un auténtico hijo de puta y acuchillar a unos cincuenta y siete compañeros: eso era lo único que los separaba de los diez siguientes puestos del escalafón”.

Con esta falta de normas (tanto legales como éticas), el estallido de la burbuja inmobiliaria se convierte en el epicentro de un terremoto de sobra conocido y analizado, pero al que este libro dedica páginas brillantes. Después de que, en diciembre de 2005, el precio medio por unidad habitacional tocara el techo de 322.000 dólares en uno de los mercados más sobrecalentados (Forida)…

“… En algún momento de finales de 2005 o principios de 2006, el mercado inmobiliario alcanzaba máximos vertiginosos, pero los especuladores perdieron la fe de un día para el otro. La confianza que mantenía Florida a flote se evaporó y la economía, suspendida e inmóvil en el aire, como el Coyote de los dibujos animados, miró hacia abajo y cayó en picado. Los precios hicieron lo que prestatarios, prestamistas, banqueros asiáticos en busca de beneficios del 8 por ciento, tertulianos histriónicos de la CNBC y Alan Greenspan [por entonces presidente de la Reserva Federal] creían imposible: comenzaron a bajar”.

FE EN EL PERIODISMO
Aunque no todo son tertulianos histriónicos e informadores interesados. También hubo algunos periodistas, como Mike Van Sickler, que lo vieron venir e investigaron a fondo la cadena especulativa, la especie de pirámide de Ponci en que se había convertido el sobrecalentado mercado inmobiliario. Este informador, pese a todas las dificultades que encontró en sus investigaciones, mantiene su fe en el periodismo de calidad y en su vital importancia para la sociedad:

“Hay que creer en algo (…). Yo no creo en Dios. Creo en esto. Creo en la posibilidad de que el hombre sea mejor cada día, de que como sociedad civilizada seamos mejores cada día. Y el periodismo es el engranaje de esa sociedad que nos ayuda a estar seguros de que las cosas funcionan”.

Porque, como se señala en el siguiente párrafo…

“Durante la mayor parte del siglo XX en Estados Unidos, las cosas habían funcionado como nunca antes en la historia de la humanidad. Aunque ya no fuera así y la mayoría de los estadounidenses no confiaran en los periodistas como él, ¿qué alternativa quedaba? ¿Quién si no iba a ganarse los oídos y la mirada del público? Los blogs políticos (…) no iban a los ayuntamientos, y Google y Facebook no hacían política en los gobiernos condales”.

LAS BURBUJAS Y EL HECHIZO DE LOS APARATITOS
Esta crítica al papel de las redes sociales se extiende a otros ámbitos tecnológicos y quien mejor la expresa es otro gran protagonista de esta obra: Peter Thiel, millonario de Silicon Valley que se hizo rico apostando por Facebook, Paypal y otros grandes nombres del sector. Thiel analiza así el periodo vivido entre 1982 (el fin de la recesión del gobierno Reagan) y el crak hipotecario de 2007:

“También se podía estudiar este tiempo como una sucesión de burbujas: la de los bonos, la tecnológica, la de la Bolsa, la de los mercados emergentes, la inmobiliaria… Una tras otra habían reventado, lo que demostraba que se trataba de soluciones temporales para problemas a largo plazo, quizás una manera de ocultar esos problemas, distracciones. Tanta burbuja y tanta gente persiguiendo burbujas efímeras al mismo tiempo dejaba claro que había algo fundamentalmente erróneo en cómo funcionaban las cosas”.

De hecho, al propio Thiel le parece que ese Silicon Valley que le ha hecho multimillonario supone, en realidad, un “parón tecnológico”:

“En comparación con el programa espacial Apolo o el avión supersónico, el teléfono inteligente parecía algo menor. En los cuarenta años anteriores a 1973 se produjeron gigantescos avances tecnológicos y los salarios se sextuplicaron. Desde entonces, los estadounidenses habían caído bajo el hechizo de los aparatitos, olvidando lo lejos que podía llegar el progreso”.

Porque, en opinión de Thiel, estas nuevas tecnologías no habían servido para lograr la utopía que se esperaba de ellas:

“Los coches, trenes y aviones no eran muchos mejores que en 1973. El precio cada vez más alto del petróleo y de los alimentos era un reflejo del total fracaso de las tecnologías energética y agrícola. Los ordenadores no habían creado puestos de trabajo suficientes para sostener a la clase media, no habían implicado avances revolucionarios en la fabricación ni en la productividad, no habían elevado el nivel de vida de todas la clases (…). Apple era ‘más que nada, innovación en diseño’. Twitter daría trabajo a quinientas personas durante la siguiente década, ‘pero ¿cuánto valor creará para la economía global?’ (…) Todas las empresas en las que había invertido [incluida Facebook] empleaban algo menos de mil quinientas personas en total”.

El resultado de todo ello es que…

“…la creación de mundos virtuales había sustituido a los avances en el mundo real. ‘Podría decirse que internet es, entre otras cosas, una herramienta de evasión –afirmaba Thiel– (…). Tenemos ante nosotros un mundo real en el que todo es complicado o ha dejado de funcionar, la política es una locura, es difícil elegir para los cargos a las personas apropiadas, el sistema no funciona. Y luego tenemos los mundos alternativos, en los que no hay cosas: solo ceros y unos en un ordenador que puedes reprogramar…”.

Una frase del propio inversor tecnológico resume esta frustración:

“Queríamos coches voladores y lo que hemos conseguido han sido ciento cuarenta caracteres”.

Y el desmoronamiento del mundo real nos ha llevado al punto en el que estamos, desde el que quizás tardemos décadas en recuperarnos… si es que lo conseguimos. A no ser que nos beneficiemos de lo que el entonces presidente de Google, Eric Schmidt, dijo en un congreso tecnológico celebrado en verano de 2012 y al que asistía Thiel. Según Schmidt…

“… la Ley de Moore, según la cual la potencia de los ordenadores se dobla cada dos años, seguiría siendo aplicable al menos otra década”.

La respuesta de Thiel fue contundente:

“Esa es la forma de ver las cosas de Google (…). Si pensamos en dentro de cuarenta años, la Ley de Moore será buena si uno es un ordenador. Pero la pregunta es: ¿hasta qué punto será buena para los seres humanos, cómo se traducirá en progreso económico para los seres humanos?”.

Si alguien que no sea un ordenador tiene la respuesta, por favor que no dude en ponerse en contacto conmigo para que lo cuente en esta bitácora digital.

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Título comentado:

-El Desmoronamiento.George Packer, 2013. Debate/Penguin Rancom House, Barcelona, 2014.

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