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La Guerra Fría económica

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Los ‘mullahs’ están oliendo a herejía (…). La mayoría de estos tipos actúan sobre la base de un margen de seguridad. Eso significa aumentar los gastos militares y desarrollar cualquier nuevo sistema, por absurdo que sea, que traiga paz y prosperidad a la industria armamentística durante los próximos cincuenta años. Si no se acuestan con los fabricantes, sí es seguro que están comiendo con ellos. El ‘Pájaro Azul’ les está contando una historia muy mala”.

 Así nos narra el gran John le Carré, en su novela “La Casa Rusia” (1989), cómo se inquietan los fundamentalistas, los “mullahs” de la política estadounidense. Les preocupa lo que el llamado “Pájaro Azul”, un científico soviético disidente, les está contando: que los misiles balísticos de la URSS no tienen sistemas precisos de puntería. Es decir, que pueden caer en cualquier sitio… o incluso ni siquiera funcionar. Ahí está la herejía: si los soviéticos no pueden disparar con precisión sus misiles con cabezas nucleares, ¿cómo justifica Estados Unidos sus grandes inversiones en armamento?

Esta magnífica novela de espionaje nos da las claves económicas de aquella Guerra Fría que, curiosamente, en estos tiempos parece resurgir (ahí están la crisis de Ucrania, la búsqueda de submarinos fantasma rusos por el Báltico…). John le Carré, un autor que no necesita presentación, nos sitúa en los tiempos de la glasnost y de la perestroika, cuando la Unión Soviética comenzaba su deshielo, pero también cuando desde el otro lado Reagan impulsaba “la Guerra de las Galaxias” y cuando Gran Bretaña, como dice un personaje de la novela, es “un país gobernado por dos feroces mujeres” (la Reina Isabel y la auténticamente feroz de las dos: Margaret Thatcher).

Toda la trama de la novela (cuyo sorprenden resultado no conviene revelar) gira en torno a un manuscrito que recibe un arruinado editor británico, habitual de las ferias del libro moscovitas. Se trata, en realidad, de unas páginas en las que un destacado físico, relacionado con la industria armamentística soviética, explica que los sistemas de guiado de misiles son una de las muchas chapuzas de la temida amenaza nuclear. Durante toda la novela, los espías británicos de la llamada “Casa Rusia” y los norteamericanos de la CIA se debaten entre la gran duda: ¿es verdad lo que dice el científico, lo cual sentará fatal al entramado militar/industrial occidental? ¿O es una maniobra de despiste, información manipulada para que el enemigo se confíe y relaje sus defensas y, por tanto, reduzca sus masivas inversiones en armamento?

Porque esta fue una de las claves de la Guerra Fría y también la bomba de relojería que hizo estallar, desde dentro, a la economía soviética. Y nos lo cuenta el protagonista, Barley Blair, borracho, saxofonista y editor arruinado, uno de los mejores personajes del género de espías de todos los tiempos. Cuando ya ha sido captado por la “Casa Rusia” para hacer de espía en Moscú y averiguar si el manuscrito es creíble o no, él mismo cuenta lo que dijo durante una reunión de intelectuales soviéticos, precisamente en la misma que el físico disidente se fijó en él y decidió hacerle llegar su escrito:

“Dije que creía en Gorbachov (…). Dije que el gran pecado de Occidente era creer que podíamos hundir en la bancarrota el sistema soviético aumentando la apuesta en la carrera de armamentos, porque de esa manera estábamos jugando con el destino de la Humanidad. Dije que, con el agitar de nuestros sables, Occidente había dado a los dirigentes soviéticos la excusa para mantener sus puertas cerradas y regir un Estado carcelario”.

En la misma línea se expresa, muy gráficamente para ser un espía británico, Walter, un miembro de la “Casa Rusia” prematuramente apartado del caso por expresar opiniones como la siguiente:

“El imperio del mal de rodillas, ¡oh sí! Su economía es un desastre, su ideología titubea y su patio trasero está saltando en pedazos ante sus rostros. No me diga que esa es una razón para desmontar nuestros cañones (…). Es una razón para espiarles a fondo veinticinco horas al día y darles una patada en los huevos cada vez que intenten sacar los pies del tiesto”.

Y ese es el debate, a la vista de lo que comenta otra protagonista de novela, la hermosa Katya (utilizada por el científico para hacer llegar el texto al editor):

“El manuscrito (…) pinta un cuadro de corrupción e incompetencia en todos los campos del complejo industrial de defensa. Y también de despilfarro criminal y deficiencias éticas”.

Es el mismísimo germen de la decadencia soviética, justo cuando se intentan las grandes reformas de la perestroika y la glasnost:

“¿Qué creen que están reestructurando, cuando nunca hubo una estructura? ¿Cómo se reestructura un cadáver?”.

La novela de John le Carré está repleta de referencias a esta economía cadáver soviética, con informaciones captadas a pie de calle, desde la experiencia de cualquier occidental que, en aquellos años, visitara la URSS. Barley escucha, por ejemplo, cómo intelectuales soviéticos debaten sobre…

“… si la ‘perestroika’ estaba ejerciendo algún efecto positivo en las vidas de las personas corrientes, y cómo, si realmente quería uno saber qué era lo que marchaba mal en la Unión Soviética, la mejor forma de averiguarlo era tratar de enviar un frigorífico desde Novosibirsk hasta Leningrado”.

LOS RUSOS SE HARÁN AMERICANOS

Son esos años en los que la economía de la URSS realmente ya no funciona, mientras el propio país no sabe hacia dónde se encamina, aunque John le Carré acierta en su pronóstico y lo pone en boca del científico disidente, tal y como lo cuenta Blair:

“Dice [el disidente] que la desdicha de los rusos es que anhelan ser europeos, pero que su destino es hacerse americanos, y que los americanos han envenenado el mundo con lógica materialista. Si mi vecino tiene un coche, yo debo tener dos coches (…). Si mi vecino tiene una bomba, yo debo tener una bomba más grande y en mayor número, sin que importe que no puedan llegar hasta sus objetivos. Así que todo lo que tengo que hacer es imaginar el cañón de mi vecino y duplicarlo y tengo la justificación para cualquier cosa que quiera fabricar”.

 Veinticinco años después de que se escribiera esta novela (en 1989, el año de la caída del Muro de Berlín), se ha cumplido este pronóstico y los rusos están haciéndose cada vez más americanos, igual que su economía, aunque los desmanes de Putin, la corrupción y la ley del más fuerte hagan que, por ahora, Rusia se parezca todavía a la primaria economía americana de la era del Far West. Unos síntomas que ya se sentían en los tiempos de descomposición soviética y corrupción de la clase dominante que nos narra “La Casa Rusia”:

“Según un proverbio muy popular por aquí, si robas, roba un millón; si jodes, jode con una reina”.

Lo dice un taxista moscovita, para reflejar lo que más tarde Barley Blair contempla en un lujoso restaurante abierto en Leningrado “en régimen de cooperativa, siendo este el eufemismo a la sazón utilizado para designar un negocio privado”. En ese novedoso negocio, el espía/editor y sus acompañantes consiguen una buena mesa:

“Y en torno a ellos se sentaba la Rusia que Barley siempre había odiado pero que nunca había visto: los no tan secretos zares del capitalismo, los advenedizos industriales y consumidores ostentosos, los ricachones y especuladores del Partido, sus enjoyadas mujeres que apestaban a perfumes occidentales y a desodorante ruso…”

 Los cachorros de la era Putin comenzaba a tomar posiciones, como reflejo de lo que, según Katya, opinaba su padre:

“Los zares rojos harían exactamente lo que les diera la gana, dijo [el padre de Katya, durante una discusión sobre si los tanques soviéticos entrarían en Checoslovaquia], como lo habían hecho los zares blancos. Vencería el sistema porque el sistema siempre vencía y el sistema era nuestra maldición”.

Lamentablemente, el padre de la protagonista acertó: los tanques rusos aplastaron la llamada “Primavera de Praga” y el “sistema” siguió siendo la maldición soviética, entre otras cosas porque el otro sistema, el económico, tampoco funcionaba, como le dice a Barley Blair el consejero de Economía de la embajada británica en Moscú:

“Aquí todo es apariencia, ya sabe. Rara vez, pero rara vez, se llega a una transacción real. La idea del beneficio como motivo impulsor, la posibilidad de algo parecido a la diligencia, son cosas totalmente desconocidas para ellos. Todo es remolonear y rascarse unos a otros los ya sabe qué. La imposible combinación, digo yo siempre, de ociosidad incurable unida a visiones inalcanzables (…). No se concede crédito, ni nadie lo pide. ¿Cómo consiguen dominar, pregunto yo, una economía edificada sobre la pereza, el tribalismo y el paro latente? Respuesta: ¡No lo consiguen!”.

En un sistema en el que aún perviven detritus de una economía que, a falta de otros recursos, tiene hasta “fábricas para los muertos”, como la que el científico disidente había descrito a Katya:

“Recordó cómo le había hablado él de visitar un depósito de cadáveres en Siberia, una fábrica para los muertos, situada en una de las ciudades fantasma en que trabajaba. Cómo los cadáveres salían por una rampa y eran pasados por una plataforma giratoria, hombres y mujeres mezclados, para ser rociados con mangueras de agua y rotulados y despojados de su oro por las viejas mujeres de la noche.”

 Todo un símbolo de una economía cadáver rematada por la ruinosa carrera de armamentos y el auge de la corrupción.

LA DESCOMPOSICIÓN DEL IMPERIO

Quien quiera completar lo leído en esta novela con informaciones más periodísticas, auténticamente tomadas sobre el terreno, puede hacerlo con otro libro: igual que una obra literaria como “La Casa Rusia” nos ilustra sobre la realidad, una gran obra de no ficción nos la cuenta también con enorme calidad literaria, la que siempre tienen los grandes reportajes. Porque un gran reportaje es “El Imperio”, escrito en 1993 por el maestro de periodistas Ryszard Kapuscinski. En este inmenso (por lo largo, pero también por lo profundo) reportaje de más de 350 páginas, el magnífico periodista polaco nos narra el largo viaje que realizó entre 1989 y 1991 por la Unión Soviética ya en proceso de derrumbe, tras la caída del Muro de Berlín (precisamente ahora hace 25 años, el 9 de noviembre de 1989). “El Imperio” recoge también algunas de las primeras visitas de Kapuscinski a la URSS, entre 1939 y 1967. Y nos cuenta la descomposición del monstruo desde su mismo interior. Un proceso que culmina en la era de la perestroika:

“Para mí, la ‘perestroika’ fue el resultado de la convergencia de dos grandes procesos a los que se sometió a la sociedad del Imperio:
-un tratamiento masivo de dexintoxicación del miedo, y
-un viaje colectivo al mundo de la información”.

Pese a todo este proceso de reforma (perestroika), acompañado por el de la glasnost (transparencia), Kapuscinski nos narra lo que, en 1993, aún queda en Rusia del viejo sistema soviético:

“-La vieja ‘nomenklatura’, que continúa en el poder. Se trata de una burocracia que domina la administración del Estado, la economía, el ejército y la policía. Suma en total (…) unos dieciocho millones de personas (…).
-Quedan dos ejércitos inmensos: el ruso (que antes llevaba el nombre de Rojo) y la policía militar (…).
-Queda el poderosos KGB [de donde, para quien no se acuerde, surgió Putin] y la policía.
-Continúa en manos del Estado toda la industria pesada y mediana [incluida una industria militar que empleaba a dieciséis millones de personas] (…).
-El Estado sigue siendo propietario de la tierra”.

De algunos de estos lastres de la era soviética aún se están librando la Rusia moderna y algunas de las ex repúblicas de la desaparecida URSS. Y a todas ellas les aquejan las mismas gravísimas enfermedades, idénticas a las que afectan al resto del planeta:

“Al mundo lo amenazan tres plagas, tres pestes.
La primera es la plaga del nacionalismo.
La segunda es la plaga del racismo.
Y la tercera es la plaga del fundamentalismo religioso.
Las tres tienen un mismo rango, un denominador común: la irracionalidad, una irracionalidad agresiva, todopoderosa, total. No hay manera de llegar a una mente tocada por cualquier de estas plagas (…). Una mente tocada por semejante peste es una mente cerrada, unidimensional, monotemática y sólo gira en torno a un tema: el enemigo”.

 Nacionalismo. Racismo. Fundamentalismo religioso. Las plagas de que Ryszard Kapuscinski nos avisó hace ahora más de dos décadas, se manifiestan ahora con toda su crudeza y están en el germen de la mayor parte de las crisis sociales, políticas y, por supuesto, económicas que nos atenazan.

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Títulos comentados:

-La Casa Rusia. John le Carré, 1989. Penguin Random House, Barcelona, 2014.

-El Imperio. Ryszard Kapuscinski, 1993. Editorial Anagrama, Barcelona, 2007.

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Caravana es mi patria…

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía”.

Ya lo sé: lo que acaban de leer no parece en absoluto un texto con referencias económicas. Pero me da lo mismo. Es uno de los más bellos comienzos de un libro que he leído nunca. Y pertenece a una de las novelas más hermosas que he leído nunca: “León el Africano”. La publicó, en francés, en 1986 (el año en que España entró en Europa), el escritor libanés Amin Maalouf. Sería su salto a la fama y el primero de uno de sus magníficos y brillantes libros, sobre los que volveremos a menudo en esta bitácora digital.

Si me he decidido a comenzar por este vibrante primer párrafo es, sobre todo, por su belleza. Pero también porque es toda una declaración de intenciones que deberíamos no olvidar en estos tiempos de nuevas guerras de religión (que, como ya hemos comentado en este mismo espacio, no son tales, sino sucias guerras por el poder, el oro y el petróleo). Y, aunque no lo parezca, ese hermoso texto que abre “León el Africano” nos demuestra cómo deberíamos considerar nuestra vida (y también nuestras economías) en este mundo empeñado en levantar nuevas fronteras, sea en el brutal y terrorífico Califato Islámico, sea en esta innecesariamente compleja España con diecisiete parlamentos y gobiernos autónomos, sea en esta absurdamente paralizada Unión Europea que se resiste a convertirse en lo que debería ser de una vez: los Estados Unidos de Europa… Norte de África y Oriente Próximo. ¿Les parece raro? ¿Soñar es gratis, no? Y este es un maravilloso sueño… del que podemos disfrutar en esta gran novela.

“Caravana es mi patria [y ahí sí encontramos un concepto económico y comercial, el de esa caravana en continuo movimiento] y mi vida la más inesperada travesía”, nos dice este León, quien, como nos subraya en los párrafos siguientes, no pertenece a ningún país, aunque todas las lenguas y todas las plegarias le pertenecen:

“Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de la seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios.

“Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Mas yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano.”

La globalización en estado puro. La libertad. El internacionalismo. Todo ello lo encontraremos en este libro, que además nos ayudará a descubrir la historia y la profundidad de un Islam que no es, en absoluto, esa brutal falsa religión retrógrada que predican los ignorantes yihadistas y los enloquecidos y codiciosos líderes del Estado Islámico, cuyo único afán es controlar lo de siempre: el petróleo.

Pero como de oro negro ya hemos hablado en esta bitácora (véase el artículo “La eterna guerra del petróleo”, de 16 de septiembre: http://economiaenlaliteratura.com/la-eterna-guerra-del-petroleo/) volvamos a “León el Africano”, donde disfrutaremos no sólo de esencias históricas, religiosas y culturales, sino también económicas y políticas:

“Del mismo modo que en el pescado lo primero que se pudre es la cabeza, en las comunidades humanas la podredumbre se propaga de arriba abajo”.

En los últimos tiempos de los árabes en Granada, el padre del protagonista lanza esta advertencia contra la corrupción, a la que culpa del declive musulmán, en el que también intervienen otros factores que aún hoy día nos suenan actuales. El primero, olvidarse de las necesidades del pueblo:

“Cuando se es rico, en oro o en sabiduría, hay que tener miramientos con la indigencia de los demás”.

El segundo, el silencio:

“Los musulmanes no han flaqueado sino cuando el silencio, el miedo, la conformidad han oscurecido sus mentes”.

Mentes oscurecidas, al contrario de lo que ocurría cuando…

“… en los primeros siglos del Islam (…) eran incontables en Oriente los tratados de filosofía, de matemáticas, de medicina o de astronomía (…). En Andalucía también florecía el pensamiento y sus frutos eran libros que, pacientemente copiados, circulaban entre los hombres sabios desde la China hasta el extremo occidente. Y luego se les secó la mente y la pluma”. 

Y así, tras haber abierto a Europa las puertas del Renacimiento, comenzaba el declive musulmán: por el silencio que secó las mentes y las plumas. Un silencio que sigue atronando ahora en esos califatos del terror.

Pero nuestro protagonista, que va de Granada a África y luego a Europa, encuentra decadencia, moral y económica, en todas partes, particularmente en esa Roma del papa León X que le acoge al final de su vida:

“¡El tren de vida de los prelados de Roma cuesta sumas considerables y en esta ciudad de clérigos no se produce nada! Todo se compra en Florencia, en Venecia, en Milán (…). Para financiar las locuras de esta ciudad, los papas se han puesto a vender las dignidades eclesiásticas: a diez mil, a veinte mil, a treinta mil ducados el cardenal. ¡Aquí todo se vende, hasta el cargo de camarlengo! ¡Y como seguía sin alcanzar, se han puesto a venderles indulgencias a los desdichados alemanes! ¡Si pagáis, se os perdonan los pecados! En resumen, lo que el Santo Padre intenta vender es el paraíso. Así ha comenzado la disputa con Lutero”.

Una lección de cómo hasta las grandes disputas religiosas suelen ocultar siempre factores económicos, miles de ducados que lo compran todo. No sorprende que, en un mundo que nos recuerda tanto al actual, esta novela recupere el consejo que…

“… la madre de un sultán de los tiempos antiguos dijo al nacer su hijo: No te deseo que tengas inteligencia, pues tendrás que ponerla al servicio de los poderosos; te deseo que tengas suerte, para que la gente inteligente esté a tu servicio”.

Más de un director de recursos humanos debería tomar buena nota. Así como más de un director de comunicación podría anotarse este otro comentario:

“Un hombre no es nunca pobre del todo mientras tiene lengua en la boca. Cierto es que me vendieron como esclavo, pero en la lengua no tenía cadenas. Me compró un negociante al que serví con lealtad, prodigándole consejo tras consejo, haciendo que aprovechara mi experiencia del Mediterráneo. Ganó tanto dinero de esta forma que al cabo del primer año me dio la libertad y me asoció a su comercio”.

Y añade otra referencia a la globalización que creemos tan moderna, pero que ha existido desde siempre, sobre todo para el dinero, para el capital, lo único que de verdad siempre se ha movido como ha querido por todo el mundo:

“Cuando ha podido uno hacerse rico en un país, le resulta fácil volver a ser rico en cualquier otra parte”.

Lo que, después de gozar de esta novela, nos da pie para comentar, de propina, otra: un librito (por lo breve y poco pretencioso) particularmente agradable por el modo en el que no sólo nos enseña las claves de ese Islam desconocido aún hoy día, sino también por cómo nos cuenta esa gran actividad comercial que agitaba el Mediterráneo a finales del siglo XVI.

¿PIRATERÍA O EXPORT-IMPORT?

El hispanista francés Bartolomé Bennassar es experto en el Siglo de Oro español y, en general, en la historia de los siglos XVI y XVII. Con semejante bagaje académico, escribió una breve novela histórica, “El galeote de Argel” (cuyo título original en francés era “Les tribulations de Mustafa de Six-Fours”), en la que nos narra la vida de un francés originario de Six-Fours, capturado por piratas argelinos a la edad de 14 años, esclavo en galeras berberiscas y convertido finalmente en próspero pirata, tras hacerse musulmán. Un hombre que al final de su vida se reconvierte en mercader, vuelve al seno de la cristiandad y escribe sus memorias. Y realmente parece que las escribe él mismo, ya que Bennassar logra impregnar toda la novela de un hermoso estilo arcaizante que parece salido de una pluma del siglo XVI.

Esta novela podría titularse hoy día algo así como “Guía del Islam –y del comercio internacional– para no iniciados”, porque de un modo tan sencillo como riguroso nos da muchas claves sobre la religión y las costumbres musulmanas. Pero también nos habla de cómo muchos de esos llamados “piratas de Berbería” eran, a su modo, pioneros en lo que hoy día llamamos negocios de “export-import”… que han hecho rico a más de un “pirata” moderno.

“Comerciaba con mil cosas [un mercader renegado veneciano, establecido en Argel, que compra como esclavo al protagonista]: telas y damascos, cristalería y jabón blanco que recibía de Venecia o compraba a los piratas; terciopelos y satenes florentinos y valencianos; sedas de Nápoles y de Granada; porcelana de Alemania; drogas y especias de toda la Berbería y de Oriente: pimienta, canela, clavo de especia, jengibre…”.

Cuando, pasados los años, el protagonista se ha enriquecido con la piratería, decide hacer lo que hoy llamaríamos “blanquear” su negocio y se pasa al comercio tradicional:

“Debéis saber que el botín de las correrías que los rais [los capitanes piratas, con barcos propios y esclavos y soldados a su servicio] traen a Argel es tan considerable que no podría ser consumido por entero en esta ciudad y el país que la rodea. Así, concebí el proyecto de comprar a bajo precio ciertas mercancías de las que podría sacar buen provecho en el Gran Cairo, en Esmirna, Bursa o Constantinopla, artículos como cristalerías, sábanas, telas de lino de de cáñamo, cordajes, quincallería, papel e incluso ciertas armas”.

También habla de comerciar con “lanas finas de Castilla” o “madera de Brasil” comprada en Marsella. Y no faltan las referencias a otras riquezas, ya que…

“… venían de las Indias Occidentales grandes cantidades de oro y sobre todo de plata, más de lo que había venido jamás, y la mayor parte procedía del Perú, donde los españoles habían descubierto una montaña entera de plata, que llamaban Potosí, y por una nueva industria, una gran hilera de molinos y el uso del mercurio, sirviéndose del trabajo y el sudor de una multitud de pobres indios, mandaban cada año a través del Océano no sé cuantos miles de quintales de plata (…). Esta plata llega a Sevilla y la quinta parte es para el rey, mientras que el resto es propiedad de los mercaderes y otros particulares. Pero el rey de España tiene prohibido bajo grandes penas hacer salir esta plata del reino, pues se asegura que la riqueza de las naciones está en proporción a las cantidades de oro y plata que circulan en el país”.

Una descripción de lo que, siglos más tarde, constituiría la base del sistema monetario internacional hasta que se abandonara el llamado “patrón oro” después de la Primera Guerra Mundial. Pero en aquellos tiempos en los que el oro y la plata españoles aún no habían “emigrado” masivamente a los países del norte de Europa, el sistema monetario mediterráneo giraba en torno a las divisas hispanas. De modo que, para rescindir su contrato como “soldado a porcentaje” en un barco pirata, transcurridos tres años de servicio nuestro protagonista debe pagar a su “rais” una indemnización de “seiscientos ducados de España, o veintidós mil reales de plata, pues es sabido que el ducado vale treinta y seis o treinta y siete reales”.

Más adelante, cuando está pensando volver a tierras cristiana, afirma que “las buenas monedas de España son muy apreciadas en el reino de Francia, como en los de Aragón o Castilla y en todas las Italias”.

Queda claro que el euro de entonces, la unidad monetaria no sólo europea, sino también americana y norteafricana, eran los reales y ducados españoles. En economía, casi todo está inventado hace mucho tiempo.

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Títulos comentados:

-León el Africano. Amin Maalouf, 1986. Alianza Cuatro, Madrid, 1990.

-El Galeote de Argel. Bartolomé Bennasar, 1995. El País, Novela Histórica, Madrid, 2005.

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¿Contrabandistas o emprendedores?

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Un día [el maestro] preguntó qué profesión queríamos tener de mayores, y a mí me salió del alma: `¡Contrabandista!´. Y entonces él retrucó: `Mejor que digas emprendedor, hijo. ¡Emprendedor!´”.

Galicia asolada por la crisis del naval, con retraso en las comunicaciones (diez o doce horas para llegar desde Madrid a Vigo o a La Coruña), lastrada por el caciquismo, con una agricultura minifundista y un sector pesquero asediado por las cuotas y la fuerte competencia de las flotas extranjeras. Galicia forzada a lanzar a miles de sus jóvenes a la emigración, o a unos cuantos a las planeadoras. En ese entorno, ser contrabandista no estaba tan mal visto. Era uno de los escasos sectores con salida rápida para los emprendedores. Al menos hasta que llegó el gran cambio, el que además del negocio trajo consigo la muerte y dejó diezmada a una generación en los años ochenta y noventa. Esta transformación del negocio nos la cuenta Manuel Rivas en su espléndida “Todo es silencio”, una novela ambientada en la Costa de la Muerte… que en aquellos años hizo valer en exceso su apellido. Lo había ganado por lo abrupto de sus acantilados y la furia de su mar, pero lo reforzó (como el resto de la costa gallega) por lo que ese mismo mar traía sobre rápidas planeadoras, cuando los simples contrabandistas de tabaco comenzaron a convertirse en una especie más letal:

“Habían pasado a esconder las lanchas rápidas más valiosas en cobertizos o naves industriales (…), a veces muy tierra adentro, en distancias que se medían en kilómetros nocturnos y por pistas secundarias. Ese viaje hacia lo secreto era parte del mayor cambio en la historia del contrabando.

Del rubio de batea a la farlopa.

Del tabaco a la coca.

No, no había vallas publicitarias que anunciasen semejante mudanza histórica”.

Fue el cambio mortal. Un momento en el que al contrabandista se le dejó de considerar un simple emprendedor. Aunque, en la estela de los narcos internacionales, los gallegos también montaron su estructura empresarial, representada en esa novela por Mariscal, el típico capo que se asocia a otros emprendedores italianos y portugueses:

“Macro Gamboa (…) había trabajado durante mucho tiempo como `transportista´, por mar y por tierra, y había pasado por méritos propios a la condición de `empresario´”.

Exactamente el mismo esquema que, como analizábamos en el artículo anterior (http://economiaenlaliteratura.com/por-que-se-paga-tanto-por-algo-que-crece-en-los-arboles/) habían montado los narcos del otro lado del charco, los mexicanos. Y, igual que los capos del país azteca descubrieron que su mejor materia prima no era la droga en sí, sino su inmensa frontera con Estados Unidos, sus colegas gallegos descartaron el tabaco al darse cuenta de que su mejor materia prima era la costa, como afirma Mariscal:

“Tenemos los mejores argumentos para este negocio. Una costa formidable, infinita, llena de escondrijos. Un mar secreto, que nos protege. Y estamos cerca de los puertos madre. Del suministro. Así que lo tenemos todo. Tenemos la costa, tenemos los depósitos, tenemos los barcos, tenemos los hombres. Y lo más importante todavía. ¡Tenemos huevos!”.

Sin duda, uno de los principales activos que se juega siempre cualquier emprendedor. Pero incluso tenían más: ese cierto reconocimiento social de que el contrabando no era algo tan dañino, salvo para las arcas públicas. Y además generaba más dinero que ningún otro negocio: a un chaval protagonista de la novela le pagan mil pesetas por sumarse a la cadena que, desde la playa, ayuda a desembarcar un cargamento de tabaco. Y su padre, marinero, exclama indignado:

“¡Hay que joderse! Más de lo que puede ganar uno peleando con el mar una puta semana”.

Pero eso era en los sesenta, cuando, como nos cuenta el novelista, ponían la serie “El Fugitivo” en la televisión. La irrupción de la droga disparó las cifras exponencialmente, como explica Fins Malpica, el chaval que cobró las mil pesetas pero que, pasados los años volvió a su tierra como inspector de policía, decidido a combatir el narcotráfico:

“–Estamos hablando de toneladas, señor –dijo Malpica–. De miles de kilos de cocaína en cada alijo. Y de miles de millones de beneficios. Perico, farlopa… Quieren hacer de esta costa la punta de desembarco para toda Europa. Tal vez ya lo es.

Y Mara Doval [otra policía] añadió:

–Comprarán las voluntades de la gente, el territorio… Comprarán todo. ¡Un auténtico capitalismo mágico!”

Y lo compraron. Los sobornos fluyeron. “La boca es para callar”, afirma el narco Mariscal, deseoso de que en su mundo se imponga lo que dice el título de la novela: “Todo es silencio”. Porque, como marcan las dos reglas de uno de sus colegas:

“Primero: El poder necesita sombra. Y segundo: No hay mejor sombra que el poder”.

Una zona de sombra, con paraísos fiscales, cuentas off-shore, sobornos… que las fuerzas del orden no pueden desentrañar. Y, en buena medida, por ese dogma de que “todo es silencio”, de que el narco se asentó sobre la aceptación social del contrabando, cuyos capos se cubren hasta de un aurea de economía liberal. Lo argumenta el propio Mariscal durante una entrevista con un periódico local:

“Los políticos son unos comemierda, unos carroñeros. ¿Escribió esto? Pues no lo escriba. Esto sí: soy apolítico”.

Y prosigue con sus argumentos de anarco-liberal, que sin duda suscribirían algunos seguidores actuales del “pensamiento único económico”, los mismos que no quieren ver aparecer nunca al Estado… salvo para rescatar al sistema financiero:

“¡Amo la libertad! Mucho más que esas sanguijuelas que chupan a su cuenta. Libertad, sí, para crear riqueza. Libertad para que nos dejen ganar la vida con nuestras propias manos. Como siempre hemos hecho”.

Lástima que al pasar del rubio de batea a la droga, se ganaran también la muerte, no para ellos, sino para miles de jóvenes a los que arrolló este narco-liberalismo. Y es ese el único punto en el que la novela se me queda corta: Manuel Rivas escribe una obra brillante que, por momentos, parece un auténtico poema en prosa. Cuenta como nadie ese mundo y ese entorno, pero se detiene demasiado pronto. Nada dice de las víctimas… y de los supervivientes, que también los hay.

LOS SUPERVIVIENTES

Sobre esos supervivientes trata otra novela, de una autora también gallega, como Rivas. En “Es pecado tirar el amor”, Esclavitud Rodríguez Barcia escribe una novela rosa que no es una novela rosa (como Cervantes escribió una novela de caballería que no era una novela de caballería). Un libro que habla de amor, pero también de comunicación, de política y de supervivencia. De esa que permitió a muchos jóvenes gallegos escapar a esa red de “capitalismo mágico” que enriqueció a unos pocos pero dejó la costa sembrada de cadáveres:

“Apenas tenía dos años cuando la enterraron [a la tía de la protagonista]. A la tía la mató una sobredosis de heroína. Le tocó ser una de las primeras víctimas del Gran Estrago, de la Peste, de la marea de Drogadicción y Dolor que en los años ochenta asoló las rías gallegas”.

La marea de Dolor a cuya estructura empresarial también alude “Es pecado tirar el amor”. La explica Ubaldo, el hijo de un pequeño camello, Mario, que acabó huyendo de allí tras introducir a muchos jóvenes en la drogadicción y en el tráfico a pequeña escala:

“Ubaldo no consiguió que su padre volviera, pese a que no había ninguna familia que lo atara a su tierra de acogida. Mario temía no a los camellos mayores, a quienes traicionó al huir, sino la mirada de todos aquellos a los que una vez había tratado como a una máquina expendedora de billetes, como simple mercancía”.

Meter a los jóvenes en la droga era convertirlos en “máquinas expendedoras de billetes”. Aunque algunos se salvaron y también prefieren un silencio que no les recuerde su trágico pasado:

“No es fácil para nadie, ni siquiera para la gente que no estuvo metida. El olvido es una caridad para todos”.

Caridad para los supervivientes. La caridad de olvidar lo que fueron. Pero no puede haber caridad ni olvido para esos supuestos “emprendedores”, ni para su dinero negro manchado de sangre.

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Títulos comentados:

-Todo es silencio. Manuel Rivas. Alfaguara, Madrid, 2010.

-Es pecado tirar el amor. Esclavitud Rodríguez Barcia. Amazon, 2014. http://www.amazon.com/dp/B00KDCRMQU

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La Mafia, hija del sistema económico

Fotografía: © M.M.Capa

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¡Ma fia, ma fia! (¡mi hija, mi hija!), clamaba una desconsolada madre por las calles de Palermo el lunes de Pascua de 1282. Un soldado francés acababa de violar a su hija el mismo día en que la doncella se iba a casar. Bandas de sicilianos se lanzaron a la caza del gabacho. Miles de soldados franceses fueron masacrados en pocos días. Fue el primer gran suceso sangriento protagonizado por lo que, desde poco después, se conocería como Mafia.

Pero no era éste el objetivo de sus precursores, los llamados amici (amigos) o uomini rispettati (hombres respetables), que en realidad querían generar un Estado dentro del Estado, una estructura que el propio sistema económico podría llamar ma fia, mi hija.

“Los amici no eran reformistas. Ellos no buscaban derrocar al sistema (…). Habían aprendido a trabajar dentro del sistema, a explotarlo mientras el sistema explotaba a su vez al país”.

Nos lo explica Gay Talese en “Honrarás a tu padre”, un reportaje tan enorme (tanto por su grandeza como por sus más de 600 páginas) que acaba convirtiéndose en una novela real como la vida misma. ¿O acaso no es eso el llamado Nuevo Periodismo? Cuya fundación, por cierto, se atribuye a dos monstruos de la escritura norteamericana: el propio Gay Talese y su colega Tom Wolfe.

“Honrarás a tu padre” es la novela definitiva sobre la Mafia, porque es la historia definitiva sobre la Mafia. Una historia real, en la que Talese nos narra la vida y obras de un capo real, Bill Bonanno, último eslabón de una de las familias mafiosas más importantes de Estados Unidos. Con todos los respetos a la otra gran obra sobre la Mafia, “El Padrino”, de Mario Puzo (de quien hablaremos más adelante), el inmenso reportaje de Talese, escrito con el vigor y el estilo de la mejor novela, tiene la ventaja de que todo lo que se cuenta en él está arropado por el rigor del mejor periodismo, del que investiga en profundidad, acude a las fuentes directas, entrevista a los auténticos protagonistas, analiza los orígenes, documenta todos los datos… Es decir, de ese periodismo que, en esta acelerada era de medios on-line sin recursos y pilotados por eternos becarios, ya está amenazado de extinción.

La obra de Talese, publicada en 1971, fue llevada a la televisión en miniseries de la CBS y más tarde serviría de inspiración a la memorable “Los Soprano”. Porque nunca antes se había contado así, con tal rigor y profundidad, el funcionamiento de esa auténtica maquinaria económica que es la Mafia desde sus mismos orígenes en Sicilia:

“Durante siglos, la pobreza y las desgracias de su región fueron ignoradas por el gobierno de Sicilia, por el parlamento de Roma y por docenas de gobernantes extranjeros; así que finalmente [los Bonanno y los Magaddino, dos familias fundadoras de lo que después se conocería como Mafia] tomaron la ley en sus propias manos y la acomodaron a sus intereses, tal como habían visto que hacían los aristócratas”.

Fue el resultado inevitable de más de dos mil años de tumultuosa historia, que estos amici decidieron reconducir a su manera:

“No creían en la igualdad ante la ley; las leyes las redactaban los conquistadores. (…) La isla había sido gobernada por la ley griega, la ley romana, la ley musulmana, las leyes de los godos, los normandos, la Casa de Anjou, la Corona de Aragón; cada nueva flota de conquistadores traía nuevas leyes a la tierra, pero, sin importar quién fuera el autor de la ley, ésta siempre parecía favorecer al rico por encima del pobre (…). El gobierno oficial era con frecuencia el enemigo, los criminales solían ser héroes y los clanes familiares (…) eran reverenciados por sus conciudadanos. Aunque algunos de estos líderes eran vengativos y corruptos, se identificaban con la difícil situación de los pobres y a menudo compartían lo que les habían robado a los ricos…”.

Y, además, eran más fiables que las cambiantes y despóticas instituciones públicas:

“Su palabra casi siempre era de fiar y no traicionaban la confianza puesta en ellos”.

EL NEGOCIO MÁS LUCRATIVO DE ESTADOS UNIDOS

Con el tiempo, saltaron el gran charco y llegaron a Estados Unidos, donde los mafiosos seguían inspirados por los mismos principios que sus fundadores:

“…no querían que el sistema se derrumbara, porque de ser así, ellos caerían con él. Aunque reconocían que el gobierno tenía defectos y era hipócrita y poco democrático, y que la mayoría de los políticos y la policía participaban en la corrupción hasta cierto punto, la corrupción al menos era algo que se podía entender y con lo cual se podía tratar. Lo que más temían estos hombres y aquello de lo cual varios siglos de historia siciliana les había enseñado a desconfiar eran los reformistas y los cruzados”.

¿Les suena? Quien se asienta en la corrupción y en el reparto sistemático de sobres, lo que menos quiere es reformas, cambios en el sistema. Porque se enriquece con él hasta niveles difíciles de estimar:

“Según Nixon, los ingresos anuales [de la Mafia] por cuenta del juego ilegal estaban entre los veinte y los cincuenta mil millones de dólares –cifra que impresionó a Bill Bonanno, sobre todo por su falta de precisión–…”

Y eso sólo era una parte de sus negocios, en los años sesenta y setenta:

“Aunque el gobierno sostenía que el crimen organizado era el negocio más lucrativo de Estados Unidos, los expertos (…) no se podían poner de acuerdo (…). Sus cálculos iban desde los diez mil hasta los cuarenta mil millones de dólares anuales e incluso los informes más conservadores aceptaban que el crimen organizado producía más ganancias cada año que la suma de los ingresos de las compañías Unites States Stell, AT&T, General Motors, Estándar Oil of New Jersey, General Electric, Ford, IBM, Chrysler y RCA”.

Todo, a partir de familias sicilianas que se organizaron contra conquistadores cambiantes, corruptos y opresores. Aunque lo que Mario Puzo llama “la primera gran familia del crimen” no surgió en Sicilia, sino en Roma, y unos doscientos años después de ese trágico lunes de Pascua de 1282. El autor italiano nos lo cuenta en “Los Borgia”, su obra póstuma (publicada en 2001, dos años después de su fallecimiento):

“La Iglesia católica era una inmensa maquinaria que requería de innumerables engranajes para mantenerse en movimiento (…). La cámara apostólica, dirigida por el camarlengo, debía asumir el pago y el cobro de miles de facturas en ducados, florines y otras muchas monedas. El personal de la curia, que todos los años aumentaba en número, debía recibir un salario y había todo tipo de valiosos cargos eclesiásticos que vender e intercambiar, tanto de forma legítima como ilegítima”.

Este era el sistema en el que el Rodrigo Borgia (elegido papa en 1492, con el nombre de Alejandro VI) y su familia asentaron su particular estructura mafiosa, con gran protagonismo de sus dos famosos hijos: César y Lucrecia.

Por si alguien no se acuerda, Borgia es la italianización del apellido Borja, pues el célebre papa nació en una región española que en los últimos tiempos ha asistido a innumerables casos de caciquismo y corrupción… ligados incluso a una visita papal que dejó un reguero de millones entre determinadas “familias”. Nada nuevo bajo el sol:

“La Tierra se está degenerando en estos tiempos. Hay señales de que la civilización está llegando a su fin. El soborno y la corrupción abundan. Hay violencia por todas partes”.

Esta cita, recogida por cierto en “Honrarás a tu padre”, es absolutamente actual. El problema es que Gay Talese la toma de una inscripción asiria de 3.000 años antes de Cristo, 4.200 años antes de la Mafia y 4.500 años antes de los Borgia.

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Títulos comentados:

-Honrarás a tu padre. Gay Talese, 1971. Alfaguara, Madrid, 2011.

-Los Borgia. La primera gran familia del crimen. Mario Puzo (con la colaboración de Carol Gino), 2001. Planeta, Barcelona, 2001.

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Dinero negro en la novela negra

Fotografía: © M.M.Capa

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Todo escritor de novela negra sueña con ser Raymond Chandler. Y el que diga lo contrario, miente. Pero Raymond Chandler sólo hay uno o, todo lo más, dos, si ponemos casi a su altura a Dashiel Hammett.

No busquen más. Hay muchos otros escritores de gran calidad en este género, incluidos unos cuantos en la incesante avalancha nórdica y no pocos españoles. Pero si quieren beber de las fuentes originales, deleitarse con los auténticos clásicos aún insuperables, comiencen por Raymond Chandler. Si, además, pueden conseguir la magnífica edición de toda, repito, toda, su obra en español (“Todo Marlowe”, un auténtico alarde editorial de RBA), tendrán garantizado disfrutar sin parar de sus 1.391 páginas… que se hacen cortas, porque es un delirio leer una tras otra y sin respiro las siete monumentales novelas de Chandler (desde la primera, “El sueño eterno”, de 1939, hasta la última, “Playback”, de 1959) y, de propina, sus dos relatos cortos (“El confidente” y “El lápiz”). Es uno de los libros con que más he gozado en la vida… y eso que la lista de mis preferidos es tan larga que necesitaría un buen velero para llevármelos todos a una isla desierta.

Llevo demasiado tiempo escribiendo, así que es momento de pasar la palabra al maestro Chandler y a algunas de las más contundentes ideas escritas sobre algo tan oscuro como sus novelas: el dinero negro.

Para comenzar, ya en “El sueño eterno”, su primera novela, Chandler nos dice algo que forma parte de los propios genes de esta bitácora digital. El detective por excelencia, el mismísimo Philip Marlowe, afirma sobre una historia que acaban de contarle:

“Poseía la austera sencillez de la ficción en lugar de la retorcida complejidad de la realidad”.

 Tras esta declaración de intenciones –con la ficción se puede contar mejor la realidad–, las novelas de Chandler nos sorprenden con auténticas perlas… negras, por supuesto. Veamos una selección tomada de una de sus obras más incisivas al desvelar ese lado negro de la economía: “El largo adiós”. En ella, un magnate de la prensa le explica a Marlowe cómo funciona el sistema:

 “El pueblo elige, pero la maquinaria del partido nomina, y las maquinarias de partido, para ser eficaces, necesitan mucho dinero. Alguien se lo tiene que dar, y ese alguien, ya sea individuo, grupo financiero, sindicato o cualquier otra cosa espera cierta consideración a cambio”.

 ¿A qué les suena esta crítica justo ahora, cuando en España asistimos al espectáculo de partidos financiados sin transparencia, a golpe de sobre y gestionados con “contabilidad B”? Pero sigamos oyendo al personaje de la novela:

“Hay algo muy peculiar acerca del dinero (…). En grandes cantidades tiende a adquirir vida propia, incluso conciencia propia. El poder del dinero resulta muy difícil de controlar (…). El crecimiento de las poblaciones, el enorme costo de las guerras, las presiones incesantes de una fiscalidad insoportable… Todas esas cosas hacen al hombre más y más venal. El hombre corriente está cansado y asustado y un hombre cansado y asustado no está en condiciones de permitirse ideales. Necesita comprar alimentos para su familia.”

Toda una definición del sistema económico, del pasado, pero también del presente y del futuro. El mismo magnate prosigue así su relato:

“En esta época nuestra hemos visto un deterioro escandaloso tanto de la moral pública como de la privada. De personas cuya vida está constantemente sujeta a la falta de calidad, no cabe esperar calidad. No se puede tener calidad con producción en masa. No se la desea porque dura demasiado. De manera que se echa mano del diseño, que es una estafa comercial destinada a producir una obsolescencia artificial.”

La novela que incluye estas líneas fue publicada en 1953. Está claro que las cosas no han cambiado demasiado desde entonces. Y, si lo han hecho, quizás ha sido a peor. Y eso que el escenario ya era bastante malo entonces, como relata el propio Marlowe en la misma novela:

“Tenemos mafias y sindicatos del crimen y asesinos a sueldo porque tenemos políticos corruptos y a sus secuaces en el ayuntamiento y en la asamblea legislativa. El delito no es una enfermedad, es un síntoma (…). Somos un pueblo grande, primitivo, rico y desenfrenado y la delincuencia organizada es el precio que pagamos por la organización. Vamos a tenerla mucho tiempo. La delincuencia organizada no es más que el lado sucio del poder adquisitivo del dólar.”

Demoledor, actual… ¿Qué más se puede decir? Quizás buscar referencias mucho más atrás en la historia. Y las encontramos en el otro clásico citado. Dashiell Hammett nos retrata en su primera novela, “Cosecha roja” (publicada en 1929), al típico magnate norteamericano, fundador de ciudades y absolutista controlador de su economía y su política, que se confunden en una misma cosa. La novela transcurre en una ciudad minera de Montana, Personville, a quienes las malas lenguas llaman Poisonville (ciudad ponzoñosa):

“Durante cuarenta años, Elihu Willson, el Viejo, padre del que había muerto aquella noche, fue el dueño de Personville, el corazón, alma, piel y entrañas. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y copropietario al menos de todas las demás empresas de alguna importancia. Aparte de estos bienes, era propietario de un senador de Estados Unidos, de un par de diputados, del gobernador, del alcalde y de la mayor parte de los diputados del Estado. Elihu Willsson era Personville y casi todo el Estado”.

¿A que les sigue sonando? Este estadio primitivo del capitalismo salvaje, el abono (no el único, pero sí el más maloliente) sobre el que se construyeron los Estados Unidos, es ahora bastante frecuente en economías que apenas comenzaron a saborear las formas más tóxicas de ese mismo capitalismo hace muy pocos años, concretamente desde que en 1989 se desplomó el Muro de Berlín y todo el bloque soviético se desmembró, al tiempo que los antiguos caciques políticos se reconvertían aceleradamente en caciques económicos y acumulaban todo el poder empresarial… Lo vemos también en economías emergentes asiáticas y latinoamericanas, e incluso en algunas otras democracias recientes, como la nuestra (con apenas un cuarto de siglo de vida, frente a los doscientos años de la norteamericana). No es tan rato encontrar en nuestro país casos similares a los del viejo Elihu Willsson, sobre todo si escarbamos en algunas Comunidades Autónomas en las que ciertos fulanos han ejercido poderes omnipotentes en la esfera pública, a base de mezclarla peligrosamente con la privada… Al menos hasta que la crisis ha hecho bajar la liquidez y ha ocurrido lo mismo que sucede cuando se seca un pantano: que aparecen las ruinas de los pueblos… o, como en casos muy recientes y cercanos, de los aeropuertos abandonados y sin aviones.

Ruinas negras, dinero negro, novela negra.

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Títulos comentados:

-Todo Marlowe. Raymond Chandler (recoge toda su obra, publicada entre 1939 y 1959). RBA, Barcelona, 2010 (segunda edición).

-Cosecha roja. Dashiell Hammett (1929). El País/Serie Negra, Barcelona, 2004.

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