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La Rusia de los amigos de Putin (y 2): el asalto mafioso a la economía

Fotografía: © M.M.Capa

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“En una sociedad donde la combinación de burocracia esclerótica e incompetencia pura y dura ha hecho que se atasquen todos los engranajes, el mercado negro es el único lubricante. La URSS funcionó con ese lubricante a lo largo de toda su historia y dependió totalmente de él en los últimos diez años. A partir de 1991, la mafia, que ya controlaba el mercado negro, lo único que hizo fue salir del escondrijo para expandirse. Y desde luego que lo hizo, pasando rápidamente de las áreas de fraude organizado normales –alcohol, drogas, protección, prostitución– a todas las facetas de la vida. Lo más impresionante fue la rapidez y crueldad con que se llevó a cabo el virtual asalto de la economía”.

 “El grupo criminal en el círculo de Putin ha aprendido a manipularle”. Lo dice Mijaíl Jodorkovsky, magnate ruso exiliado en Gran Bretaña, en una entrevista publicada por el “EL PAÍS” el 21 de marzo. Esto fue sólo tres días después de que Vladímir Putin arrasara en las elecciones presidenciales y se asegurara que seguirá en el poder hasta 2024 (acumulará así sólo cinco años menos que los 29 que estuvo Stalin al frente de la URSS). Y todo ello, mientras arrecia la guerra diplomática occidental contra Moscú por el envenenamiento de un ex espía ruso y su hija en territorio británico. Y mientras vuelven a volar los misiles occidentales sobre el dictatorial régimen sirio que, con el apoyo de Putin, sigue gaseando y bombardeando a sus propios ciudadanos.

Que la mafia y otros círculos criminales sobrevuelen el poder político no es noticia. Pasa en casi todas partes. En el libro que acaba de publicar sobre Donald Trump, el ex director del FBI James Comey afirma que “estar con él me traía recuerdos de cuando era fiscal antimafia”. Pero en Rusia, esta simbiosis entre mafiosos y gobernantes es especialmente intensa y viene de antiguo. Lo comentamos en el anterior artículo de esta bitácora (http://wp.me/p4F59e-8r), dedicado a una interesante obra de Frederick Forsyth: “El Manifiesto Negro”. Escrita en 1996, la novela hace un ejercicio de política ficción y se ambienta en 1999 para narrar la historia de un xenófobo, racista y mafioso candidato a las presidenciales rusas del año siguiente. Las primeras que, por cierto, ganó Putin tras la dimisión de Boris Yeltsin.

En la novela no se cita a Putin en ningún momento, quizás porque en 1996 aún no era muy conocido, pese a su pasado en el KGB, que prolongó en el organismo que lo sucedió, el Servicio Federal de Seguridad, del que fue nombrado director en 1998. Pero sí aparecen en el libro de Forsyth otros inquietantes altos cargos de ambos servicios, por no hablar del aún más inquietante líder político populista: Igor Komároz, un sujeto que se presenta a las elecciones respaldado por ingentes capitales de origen mafioso y con un programa oculto nazi y supremacista (ese “Manifiesto Negro” que da título a la novela) que podrían firmar los mismísimos Adolf Hitler o Joseph Stalin.

Tras describir cómo la mafia se infiltró en la economía soviética durante los últimos años de la URSS (véase artículo anterior de este blog), “El Manifiesto Negro” cuenta cómo esa infiltración fue aún más intensa con el nacimiento de la nueva Rusia tras la caída del Muro de Berlín.

CONQUISTA EN TRES FASES

Ese “asalto de la economía” al que aludíamos al principio de este artículo, fue posible para la mafia gracias a tres factores muy bien descritos en la novela:

“El primero fue la capacidad para una violencia brutal e inmediata que la mafia rusa exhibía cuando sus planes se veían obstaculizados de alguna manera, una violencia que habría dejado en pañales a la Cosa Nostra norteamericana (…). El segundo fue la impotencia de la policía. Escasa de dinero y de plantilla, sin experiencia (…), la milicia no daba abasto. El tercero fue la endémica tradición rusa de corrupción”.

Y este último factor, el de la corrupción, fue alentado a su vez por un componente puramente económico:

“A ello contribuyó la inflación galopante que se desató en 1991 para consolidarse alrededor de 1995. Bajo el comunismo el tipo de cambio estaba en dos dólares americanos por rublo, cosa ridícula y artificial en términos de poder adquisitivo, pero vigente dentro de la URSS, donde el problema no era la falta de dinero sino de bienes. La inflación acabó con los ahorros y dejó en la pobreza a los trabajadores con salario fijo. Cuando la semanada de un policía urbano vale menos que los calcetines que lleva es difícil persuadirle de que no acepte un billete metido dentro de un carnet de conducir evidentemente falso”.

Con todo esto jugando a su favor, la mafia rusa penetró con rapidez en los negocios legítimos, hasta el punto de hacerse con el control del 40 por ciento del producto interior bruto:

“La Cosa Nostra americana tardó una generación en comprender que los negocios legítimos, conseguidos con las ganancias del chantaje, servían para incrementar las ganancias y blanquear el dinero. Los rusos lo comprendieron en sólo cinco años y en 1995 controlaban el 40 por ciento de la economía nacional (…). El problema era que se habían excedido. Hacia 1988, la codicia había resquebrajado la economía de la que vivían. En 1996 una parte de la riqueza rusa por valor de 50.000 millones de dólares, principalmente en oro, diamantes, metales preciosos, petróleo, gas y madera, estaba siendo robada y exportada ilegalmente. Las mercancías se compraban con rublos prácticamente desvalorizados, e incluso así a precios de liquidación, por los burócratas que controlaban los órganos del Estado, y se vendían en el extranjero a cambo de dólares. Algunos de estos dólares eran después reconvertidos en millones de rublos al objeto de seguir financiando sobornos y crímenes. El resto quedaba a buen recaudo en el extranjero”.

Frederick Forsyth dedica también páginas brillantes a narrar la penetración mafiosa en la banca: cómo se pasó del único banco de la época comunismo, el Narodny o Banco del Pueblo, hasta los más de 8.000 surgidos con la ebullición capitalista; cómo muchos de estos quebraron o simplemente se esfumaron con el dinero de los depositantes, hasta que a finales de los noventa no quedaron más que “unos cuatrocientos bancos más o menos fiables”; o cómo lograba mandar en ellos la mafia:

“La banca no era una ocupación segura. En diez años más de cuatrocientos banqueros habían sido asesinados, normalmente por no ceder por completo a las exigencias de los gánsteres de préstamos sin aval y otras formas de cooperación ilegal”.

LA POSVERDAD ANTES DE PUTIN

Y para dejar bien claro que no hay nada nuevo bajo el Sol, “El Manifiesto Negro” se ocupa detenidamente de eso que antes llamábamos mentira y que ahora se llama posverdad. Y demuestra que no hay que esperar a uno de sus principales impulsores recientes, el nuevo zar Putin, para encontrarla mucho antes en la política rusa. Boris Kuznetsov, el jefe de propaganda del partido ultraderechista de Komároz, sabe bien cómo manejar esa posverdad:

“Durante su estancia en Estados Unidos Kuznetsov había estudiado y quedado impresionado de cómo unas relaciones públicas llevadas con habilidad y competencia podían generar el apoyo de las masas incluso a las más estrepitosas tonterías (…). Kuznetsov veneraba el poder de la oratoria para persuadir, disuadir, convencer y por último vencer toda oposición. Que el mensaje fuera mentira era irrelevante. Como los políticos y los abogados, él era un hombre de palabras, convencido de que no existía problema que éstas no pudieran resolver”.

Se puede generar el apoyo de las masas a “las más estrepitosas tonterías” y es irrelevante que el mensaje sea mentira. ¿Les suena? Pues pueden leer más sobre esto en una novela como “El Manifiesto Negro”, escrita dos décadas antes del Brexit, de la llegada de Trump a la Casa Blanca, del nuevo zarismo rampante de Putin y de las fantasías carlistas que sueñan con una república burguesa independiente con capital itinerante (de Bruselas a Berlín, pasando por Soto del Real y Extremera).

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Título comentado:

-El Manifiesto Negro. Frederick Forsyth, 1996. Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1998.

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La Rusia de los amigos de Putin (1): ¿Quién dijo ‘tres per cent’? ¡Donde esté un 50 por ciento!

Fotografía: © M.M.Capa

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“Es el representante de la mafia moscovita. Fíjese en el trato que me ofreció: él y los suyos se llevan el cincuenta por ciento de todo. A cambio compran o falsifican todas las licencias, franquicias y papeles que yo pueda necesitar. Solucionan los problemas burocráticos a golpe de teléfono, garantizan que las entregas se hagan en el plazo previsto y no haya problemas con los obreros”.

Casi 100.000 millones de euros, muchos de ellos en manos de oligarcas rusos, se blanquean cada año en el Reino Unido, según datos de la Agencia Nacional contra el Crimen británica. Lo leo en “EL PAÍS” del 18 de marzo. Desde días antes se investiga el sospechoso envenenamiento de un ex espía ruso en ese Londres que hace tiempo llaman Londongrado, por el gran poder e influencia del dinero venido del Este. El envenenamiento, por supuesto, no ha provocado medida alguna contra estos capitales de origen oscuro, sino, por ahora, sólo una mini crisis estilo Guerra Fría (con expulsión mutua de diplomáticos por parte de Londres y Moscú).

Los británicos –cuyos equipos de fútbol, medios de comunicación y otras empresas reciben masivas inversiones de magnates rusos, por no hablar de las donaciones al Partido Conservador– no se atreven a ir más allá de estas tibias medidas diplomáticas, aunque consideran que quien está cazando ex espías es precisamente el gobierno de Londongrado, es decir, al de Vladímir Putin. El mismo Vladímir Putin que ese mismo domingo 18 de marzo arrasó en las elecciones presidenciales con un 76,5 por ciento de los votos. Un espectacular resultado del nuevo zar, después de inhabilitar al único opositor que podía hacerle sombra y en medio de acusaciones de pucherazo y multitud de irregularidades (de las que han advertido los organismos internacionales). Hasta se han visto en televisión imágenes de personas introduciendo un voto detrás de otro en las urnas, o al mismo individuo votando en varios colegios sucesivamente. ¡Así volvería a ganar aquí incluso Rajoy!

Tras la victoria por aplastamiento de Putin, casi ningún líder occidental (salvo su colega Trump) ha felicitado al hombre más longevo en el poder ruso después de Stalin: el dictador comunista estuvo 29 años al frente de la URSS, de 1924 a 1953; el nuevo zar de la posverdad llegó al poder en el año 2000 y, gracias a las elecciones del 18 de marzo, lo ocupará hasta 2024 (no hay que restar a esos 24 años los cuatro, entre 2008 y 2012 , en que el jefe de Estado fue su marioneta, Dmtri Medvedev, nombrado a dedo por el propio Putin).

Así es Rusia. Nada de porcentajes irrisorios. ¿Quién se conformaría con ganar las elecciones por lo justo, o incluso por menos y obligado a formar gobiernos de coalición, como la Merkel? Putin, desde luego, no. Y la corrupción rampante que se ha apoderado desde hace décadas de la economía rusa, mucho menos. ¿Qué es esa porquería del tres per cent de los catalanes convergentes (o como se llamen ahora)? Mejor un cincuenta por ciento y no hay más que hablar, como se relata en el primer párrafo de este artículo. Un párrafo que se escribió nada menos que en 1996 y en un libro en el que, mucho antes de que se hubiera inventado el término, ya se habla de la posverdad. Se trata de “El Manifiesto Negro”, una entretenidísima y muy bien documenta novela de espionaje (como casi todas las suyas) firmada por Frederick Forsyth.

UNAS ELECCIONES DE NOVELA

La obra está ambientada en la Rusia de 1999, cuando están a punto de celebrarse elecciones presidenciales. Se espera una arrolladora victoria de cierto líder populista. Pero, por casualidad, cae en manos occidentales un texto escrito, de su puño y letra, por ese mismo líder. En ese programa oculto, llamado el “Manifiesto Negro”, el político imparable (y respaldado por las poderosas mafias rusas) deja muy claras sus intenciones dictatoriales, ultra nacionalistas, xenófobas e incluso supremacistas, pues piensa hacer con minorías como los judíos barbaridades parecidas a las que hizo Hitler… o el propio Stalin. En torno a este “Manifiesto Negro” y a los intentos occidentales de desactivar políticamente a su autor, la novela desarrolla una trama muy bien narrada y, lo que más nos interesa aquí, muy bien documentada en sus aspectos no sólo políticos, sino también sociales y económicos.

Por cierto, por si aún no han caído en la coincidencia: la novela de Frederick Forsyth está ambientada en la Rusia de 1999 que tiene la vista puesta en las elecciones de enero del año siguiente. No voy a destripar el desenlace ni a descubrirles si el nazi populista, racista y mafioso de la novela llegó a triunfar o no en las urnas. Pero ya saben quién ganó, de verdad, las elecciones rusas del año 2000.

Y ahora vayamos a los fundamentos económicos de estas historias (de la real y de la novelada).

UNA MAFIA QUE FUNCIONA

El párrafo con que se inicia este artículo es lo que le dice, en un hotel de Moscú, un empresario canadiense a un espía occidental que se hace pasar por hombre de negocios. Al escuchar la comisión del 50 por ciento, el espía le dice al canadiense:

“–Supongo que le envió a hacer gárgaras [al representante de la mafia moscovita].

–De eso nada. No soy tan tonto. A la protección que ofrecen la llaman tener un ‘techo’. Sin techo no se va a ninguna parte. Básicamente porque si les dices que no, te dejan sin piernas. Te las cortan y listo”.

Para aclarar este peculiar escenario, Frederick Forsyth ofrece a continuación una historia abreviada de la mafia rusa:

“Desde hace siglos en Rusia ha existido un hampa criminal muy desarrollada. A diferencia de la mafia siciliana, no tenía una jerarquía unificada y jamás se exportaba fuera del país. Pero existía una gran hermandad entre sus cabecillas regionales y locales, y entre sus miembros, cuya lealtad quedaba simbolizada mediante tatuajes.”

Una estructura muy asentada con la que no pudo acabar ni el comunismo soviético:

“Stalin trató de acabar con el hampa mandado a millares de sus miembros a los campos de trabajo, pero sólo consiguió que los ‘zoks’ acabaran dirigiendo prácticamente los campos con la connivencia de sus guardianes, que preferían vivir en paz a que sus familias fueran perseguidas. En muchos casos los ‘vory v zakone’ (‘ladrones por derecho’, equivalentes a los padrinos de la mafia) llegaban a dirigir sus empresas desde los barracones del campo de trabajo”.

La simbiosis entre soviéticos y mafiosos pronto desbordó el ámbito de los campos de trabajo:

“Una de las ironías de la guerra fría es que el comunismo podría haberse derrumbado diez años antes de no ser por el hampa. Hasta los jefes de partido tuvieron que acabar pactando secretamente con ella. Por una razón muy simple: era lo único que funcionaba en la URSS con cierto grado de eficacia. Un director de fábrica que elaborara un producto vital podía encontrarse con que su maquinaria se paraba debido al fallo de una simple válvula. Si pasaba por los canales burocráticos podía estar de seis a doce meses sin una válvula nueva mientras toda la planta de producción permanecía inactiva. O podía contárselo a su cuñado que conocía a un hombre bien relacionado. La válvula llegaría en una semana. Luego el director de fábrica haría la vista gorda a la desaparición de un envío de chapa de acero, que iría a parar a otra fábrica cuya chapa de acero tardaba en llegar. Y como colofón los directores de las respectivas fábricas trucarían los libros para hacer ver que habían cumplido las ‘normas’”.

¿Qué ocurrió tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el consiguiente desmoronamiento del bloque soviético y de la propia URSS? Pues que la mafia fue aún más allá en la ocupación de las estructuras políticas y económicas de la nueva Rusia. Pero eso lo veremos en la siguiente entrega de esta bitácora. Lamento extenderme, pero no hay más remedio: Rusia, con sus más de 17 millones de kilómetros cuadrados (apenas un millón menos que Estados Unidos y Canadá juntos), es el país más extenso del mundo, sus líderes tienen una cierta tendencia a extender también más que ningunos otros sus periodos en el poder y, en consecuencia, lo que las mafias suponen para la economía rusa –y que también cuenta esta novela de Frederick Forsyth– tiene un alcance y unas dimensiones tales que necesitarán al menos otro artículo para terminar siquiera de esbozarlo.

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Título comentado:

-El Manifiesto Negro. Frederick Forsyth, 1996. Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1998.

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Fiscales de élite contra las ranas que infectan el Canal

Fotografía: © M.M.Capa

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“Nosotros enjuiciábamos a los culpables y a los ricos por sobornos y fraude”, dice un fiscal norteamericano miembro de “un cuerpo de élite”. ¡Qué envidia! ¡Un cuerpo de fiscales de élite para combatir la corrupción…! En España también lo tenemos. Lástima que al frente de la Fiscalía Anticorrupción el Gobierno haya nombrado a un amiguete afín al PP: un supuesto súper-fiscal sin experiencia alguna en el tema y que, además, acaba poner trabas a la investigación sobre las ranas que han infectado el Canal de Isabel II.

Lo cenagoso del tema, entre lo económico y lo jurídico, nos permite recurrir a “Presunto Inocente”, magnífica novela negra del subgénero judicial publicada en 1987. Fue un éxito de ventas no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Su autor, Scott Turow, sabía de lo que escribía, pues trabajó durante más de ocho años como fiscal federal y como ayudante del fiscal general de Chicago, para ser luego fichado por un prestigioso bufete de abogados. Sobre este libro y con idéntico título, Alan J. Pakula dirigió en 1990 una notable película protagonizada nada menos que por Harrison Ford.

“Presunto Inocente” encierra, en realidad, dos novelas en una: un apasionante thriller judicial y una profunda historia de amor. Las páginas de este segundo plano –el que describe las relaciones del fiscal protagonista con su mujer y con su amante, asesinada supuestamente por él mismo– son las más brillantes desde un punto de vista literario. Hay capítulos que podrían competir con las mejores novelas de amor de la historia. Pero aquí nos centraremos en la parte judicial.

Independientemente de la trama, lo que más atrae es la descripción del sistema fiscal americano, basado en dos puntales: el fiscal jefe es elegido por votación popular entre candidatos que avalen gran experiencia y formación, y el equipo a sus órdenes lo forma el propio fiscal jefe con los mejores profesionales posibles. Nada de que el Gobierno elija a un fiscal jefe afín, para que éste, a su vez, ponga al frente de la Fiscalía Anticorrupción a un jurista sin experiencia alguna en el tema.

Scott Turow describe la pugna entre dos destacados fiscales que optan por la jefatura. Uno de ellos, Raymond, el jefe del protagonista, muy experimentado sobre todo en los grandes delitos de corrupción, fraude, etc. El otro, Nico, sólo se ha dedicado a los delitos comunes. Al hablar de Raymond, el fiscal protagonista de la novela afirma:

“En la oficina del fiscal, ha habido siempre una especie de división cultural. Una barrera que acabó provocando la ruptura definitiva con Nico. Raymond escogió un cuerpo de élite; una serie de jóvenes abogados, con buenos expedientes de universidades que le gustaban. Y, tras un periodo de aprendizaje, los puso a trabajar en investigaciones especiales”.

Aquí ven el primer paso: abogados jóvenes con los mejores expedientes y a los que luego se forma en la propia fiscalía para afrontar los temas más complejos. ¿Cuál es el resultado? Nos lo cuenta el protagonista, ayudante de Raymond y, por tanto, al frente de ese equipo especial de fiscales:

“Nosotros enjuiciábamos a los culpables y a los ricos por soborno y fraude; nos embarcábamos en investigaciones largas y complejas; aprendimos a salir del paso en actuaciones contra abogados (…) capaces de discutir la interpretación de la ley con los propios jueces y matizar sus indicaciones a los jurados”.

Este equipo de élite es capaz de afrontar cualquier caso, sin que ningún poder, político o económico, se interponga. Y, por supuesto, combaten el crimen organizado, como el de la llamada banda de los Santos y su líder, un tal Harukan, que reinvertía sabiamente los beneficios de todas sus actividades ilícitas:

“Harukan tenía lo que, por carecer de un término más adecuado, debe denominarse la visión de reconocer los principios de la empresa capitalista y los beneficios que iban obteniendo se reinvertían, generalmente, en la adquisición de edificios casi en ruinas del North End en subastas municipales. Con el tiempo, los Santos llegaron a poseer manzanas enteras”.

Mafias del crimen organizado, inversiones y reinversiones inmobiliarias… ¡Qué actual suena todo! Salvo el hecho de que, aquí, el equipo de fiscales de élite esté pilotado por alguien que no parece interesado en hacer saltar más ranas. Con el resultado de que algunos políticos se encuentran frente al mismo dilema que se convierte en la clave de esta gran novela:

“¿Qué es peor? ¿Saber la verdad o encontrarla, decirla o ser creído?”

Pero en nuestra particular charca de corrupción, más de un líder (y más de una lideresa) se niega desde hace años a ver la verdad, aunque sepa bien dónde encontrarla. Y, claro, ya no nos creemos nada de lo que nos diga… pues sospechamos que también él (y ella) son habitantes de la ciénaga.

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Título comentado:

-Presunto Inocente. Scott Turow, 1987. Círculo de Lectores/Mondadori, Barcelona, 1990.

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Desahucios, corrupción… y asesinato

Fotografía: © M.M.Capa

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“Este caso en realidad tiene que ver con el dinero. Con la oleada de desahucios que está teniendo lugar por todo el país. No estamos hablando de un simple acto de venganza. Estamos hablando del asesinato frío y premeditado de un hombre que amenazaba con revelar la corrupción existente entre los bancos y los agentes encargados de llevar a cabo sus desahucios. Todo lo que rodea este caso tiene que ver directamente con el dinero, con los que tienen el dinero y no están dispuestos a perderlo por nada del mundo… Aunque tengan que llegar al asesinato”.

Es el vibrante alegato de Mickey Haller, abogado defensor de una ciudadana acusada de asesinar a martillazos a un directivo del banco que había decidido su desahucio. El juicio constituye la trama de “El quinto testigo”, de Michael Connelly (Filadelfia, 1956). Es la última obra publicada en España por un autor de éxito en el género de la novela negra: Connelly ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo y sus libros han sido traducidos a cuarenta idiomas. Seguro que él ya no tiene hipotecas pendientes.

“El quinto testigo” presenta, sobre todo al principio, un claro fundamento económico: relata la crisis inmobiliaria y sus devastadores efectos sobre millones de ciudadanos desahuciados en Estados Unidos, merced a un sistema con más sombras que luces.

Por lo demás, la novela es básicamente la típica y entretenida trama judicial con los ingredientes habituales de asesinato poco claro, abogado defensor brillante, fiscal implacable, juez duro e imparcial, jurados más o menos manipulables, testigos fiables o contradictorios, pruebas confusas y un aluvión de sorpresas durante la investigación (sin olvidar la gran sorpresa final que, obviamente, no les desvelaré). Una muestra más de los relatos, novelados, cinematográficos o televisivos, que tantas veces nos han hecho envidiar el rápido y expeditivo sistema procesal norteamericano.

BANQUERO MUERTO A MARTILLAZOS

Haller, abogado especialista precisamente en frenar desahucios ilegales, debe volver a su antiguo oficio de penalista para defender a una de sus clientas, que estaba a punto de ser desahuciada. Una ciudadana que además se había convertido en una especie de Ada Colau, en una destacada activista contra los bancos y contra todo el entramado (muchas veces al borde de la legalidad) montado para quedarse con las viviendas de personas con problemas económicos.

El abogado defensor se esfuerza en buscar pruebas y testigos, mientras recurre a artimañas no demasiado éticas. Todo con el objetivo de que su clienta se libre de la acusación de matar a martillazos a un alto ejecutivo de un banco. Casualmente, el mismo directivo responsable de decidir el desahucio de la combativa ciudadana.

Antes de tener que volver a este caso penal, Haller se ganaba bien la vida defendiendo a los acosados por los bancos:

“Calculé que si lograba [que una clienta amenazada de desahucio] siquiera viviendo en la casa un año más, me sacaría un total de cuatro mil pavos (…). Lo más seguro era que no volviese a ver jamás a la señora Pena [la clienta]. Denunciaría en el juzgado la ejecución hipotecaria y daría todas las largas posibles al asunto. Seguramente no tendría ni que comparecer ante el juez”.

Y todo porque “el banco había jugado sucio” al no comprobar que la señora había recibido las pertinentes notificaciones:

“Aquel no era un barrio en el que los agentes judiciales pudieran campar a sus anchas. Lo que yo sospechaba era que las notificaciones habían acabado en la basura y que el agente de turno había mentido al respecto”.

Esta solía ser una línea habitual de defensa. Al parecer en Estados Unidos no funciona tan bien como en España lo más práctico cuando quieres asegurarte de que alguien recibe una notificación: un burofax con acuse de recibo. No lo duden: utilícenlo siempre que quieran asegurarse de que el destinatario recibe cualquier carta o notificación que le envíen. Se ahorrarán problemas legales por no notificar con certeza:

“Esa sería mi línea de defensa (…). Que el banco se había aprovechado de ella y había puesto en marcha la ejecución hipotecaria sin darle la oportunidad de abonar los pagos pendientes, y que el tribunal tenía que fallar en su contra por haber procedido de esta forma”.

DE LOS CRÍMENES, A LA BURBUJA INMOBILIARIA

La crisis económica culpable de estos desahucios poco claros es la misma que había llevado a Haller a dejar la rama penalista, para volcarse en la defensa de los acosados por los bancos:

“Los abogados penalistas casi no encontraban trabajo con la economía en horas bajas. La criminalidad, sin embargo, no tocaba fondo. En Los Ángeles, el crimen avanzaba siempre viento en popa fuera cual fuera la situación económica. Pero los clientes dispuestos a pagar eran cada vez más escasos (…). El único sector en expansión en el campo de la abogacía era la defensa contra las ejecuciones hipotecarias”.

El abogado siente además que está defendiendo a clientes que, en la mayoría de los casos…

“…no eran sino víctimas por partida doble: primero engatusados con el sueño americano de tener una casa en propiedad y alentados a firmar unas hipotecas que ni remotamente iban a poder pagar, y convertidos luego en víctimas de nuevo tras el estallido de la burbuja, cuando los prestamistas poco escrupulosos fueron a por ellos en el subsiguiente frenesí de ejecuciones hipotecarias. La mayoría de estos antaño orgullosos propietarios no tenían la menor oportunidad bajo la draconiana regulación de California. Un banco ni siquiera necesitaba una aprobación judicial para arrebatarle la casa a alguien. Los grandes genios de la economía consideraban que era lo mejor. Que la máquina tenía que seguir girando. Que cuanto antes tocara fondo la crisis, antes comenzaría la recuperación”.

Seguro que les suena. El estallido de la burbuja hipotecaria (generada por los propios bancos) y la receta para resolverla (que la paguen los ciudadanos) son muy parecidas en todas partes. La diferencia es que en Estados Unidos –para mayor indefensión de esas “víctimas por partida doble”– buena parte de la maquinaria de los desahucios ha sido privatizada. Esto permite que los bancos utilicen a empresas –en ocasiones de dudosa legalidad– que se encargan de todos los trámites en el acoso y derribo de las víctimas de la rapacidad bancaria. En el caso de asesinato, Haller centra su defensa en las oscuras relaciones entre el banquero muerto a martillazo y una de estas empresas buitres, llamada ALOFT:

“ALOFT era una especie de trituradora industrial, una compañía que presentaba y seguía todos los documentos requeridos a lo largo de un proceso de desahucio. Se trataba de una intermediaria que permitía que los banqueros y otros prestamistas no se mancharan las manos en el sucio negocio de arrebatarle su hogar a la gente. Las empresas como ALOFT hacían el trabajo sin necesidad de que el banco tuviera que mandar una sola carta al cliente que iba a ser desahuciado”.

Esta actividad de acosar a los potenciales desahuciados es aún más lucrativa que la de actuar en su defensa, como explica el protagonista a los miembros de su equipo:

“¿Tenéis idea de la cantidad de dinero que está ganando ALOFT? –pregunté–. Diría que esta compañía interviene en cerca de la tercera parte de nuestros casos. Sé que no es muy científico, pero si hacemos una extrapolación y suponemos que ALOFT lleva la tercera parte de todos los casos en el condado de Los Ángeles, estamos hablando de millones y millones en beneficios. Dicen que solo en California habrá tres millones de desahucios durante los próximos cinco años”.

            Espero sinceramente que, pese a todo este latrocinio organizado, no caigan en la tentación de resolver sus hipotecas a martillazos. La violencia no ayuda, sino todo lo contrario. Esta novela se lo dejará muy claro.

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-El quinto testigo. Michael Connelly, 2011. RBA, Barcelona, 2015.

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El derrumbe inmobiliario y la recesión de Bush que se achaca a Obama

Fotografía: © M.M.Capa

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“Un Edward Medley [un viejo amigo a quien el autor intenta localizar] seguía residiendo en el número 28 de Hoving Road, cuatro puertas más abajo y en la acera de enfrente de mi antigua casa familiar estilo Tudor –demolida tiempo atrás para hacer sitio a la suntuosa mansión de algún ricacho–, que entonces abundaban en el paisaje urbano de Haddam, aunque ahora menos con el derrumbe del mercado inmobiliario y la recesión de Bush cuya culpa está cargando Obama”.

¿No suena familiar? Los radicales republicanos, el racista pijo listo Trump y los tontos de la Fiesta del Té (en español suena más claro lo inconsistentes que son) no dejan de achacar a Obama la culpabilidad de una crisis que él no sembró. Algo parecido nos pasa  en España, donde llevamos bastantes años escuchando lo de la “herencia recibida”. Pero, ¿quién infló el mercado inmobiliario como una burbuja, siguiendo la estela económica, entre otros, de su admirado colega tejano? ¿Quién fue el brillante gestor del “milagro español” que demasiado tarde descubrimos que habíamos pagado a plazos, carísimo y mientras los mismos que nos lo vendían henchían sus cajas B para seguir imperando en la política, corromper el país y, por supuesto, amasar dinero en paraísos fiscales mientras eran vicepresidentes económicos todopoderosos u honorables presidentes de la Generalidad (que nadie se queje de que lo pongo así, porque también escribo La Casa Blanca y no The White House)?

Tras el inevitable calentón (es que nos han vacilado mucho, ya lo saben), centrémonos en el texto que abre este artículo: es una de las selectas perlas económicas de la última novela de Richard Ford, en mi opinión quizás el mejor escritor americano vivo, en dura competencia con Paul Auster. En “Francamente, Frank”, Ford (Jackson, Missisippi, 1944) continúa su inmensa y corrosiva trilogía sobre la historia estadounidense desde mediados del siglo pasado. “El periodista deportivo” (1986), “El Día de la Independencia” (1995) y “Acción de Gracias” (2006) destripan la sociedad americana a través de los ojos del alter ego del autor: Frank Bascombe, novelista frustrado, periodista deportivo, agente inmobiliario, casado dos veces, con dos hijos y un tercero fallecido a la edad de nueve años, superviviente a un cáncer y permanentemente crítico frente a todo lo que ve a su alrededor.

En “Francamente, Frank”, el protagonista tiene ya sesenta y ocho años y vive relativamente feliz con su segunda esposa, mientras visita de cuando en cuando a la primera, enferma de Parkinson, asiste a la paulatina desaparición de algunos de sus conocidos y analiza los efectos de la crisis del ladrillo (está jubilado de su último oficio: agente inmobiliario). Un derrumbe acentuado en Nueva Jersey, donde reside, por los demoledores efectos del huracán Sandy, que en 2012 segó más de 150 vidas en la costa Este de EE.UU.,  arrancó de cuajo cientos de residencias de la costa y, con ellas, miles de ilusiones de sus propietarios.

EL ERROR DE LA SEGUNDA RESIDENCIA

Bascombe, que, por supuesto, vota a los demócratas, enmarca todo ello en la recesión de Bush heredada por Obama. Y le pone cifras microeconómicas: él, que ahora vive en el interior del estado, vendió su casa en primera línea de playa por más de dos millones de dólares; antes del huracán, al actual propietario le ofrecían tres millones, pero después de que el edificio saliera volando y acabara boca abajo sobre la arena, un especulador le ofrece por el solar 500.000 dólares con estos argumentos:

“Le compramos el terreno y nos llevamos las ruinas, pagando nosotros el transporte. Le extendemos un cheque en el acto. Porque usted va a seguir pagando impuestos por esta cabronada, con casa o sin ella. El seguro no va a pagar. Si vuelve a construir, la póliza se le pondrá por las nubes; suponiendo que alguna compañía quiera asegurarle. Y una vez que los putos lacayos de Obama publiquen una nueva cartografía de zonas inundables [donde, por cierto, dejaron construir los lacayos de Bush o, en España, los del tándem Aznar-Rato que, para su milagro económico, permitieron arrasar con ladrillos no sólo la costa], se encontrará en un sitio donde está prohibido construir. Si es que no se ha inundado otra vez. Aparte de que la jodida cosa tendrá que construirse sobre unos puñeteros pilotes. ¿Y a quién le gustaría esa especie de bodrio africano? Primera línea de playa. Vaya negocio de los cojones”.

La verdad es que, incluso antes del huracán, el estallido de la burbuja inmobiliaria impactó de lleno sobre todo en esa residencia costera construida con tanta alegría, tan pocos escrúpulos (tanto medioambientales como financieros) y, particularmente en España, con tanta corrupción cuyos efectos vemos todavía, un día sí y otro también, cada vez que otro político se suma a la lista de imputados o encarcelados. Y esto también lo explica, francamente, el agente inmobiliario jubilado Frank Bascombe cuando se refiere al “hecho de adquirir una segunda residencia”:

“La gente sabe que va a lamentar ese día incluso antes de firmar los papeles, pero lo hace de todos modos”.

Adquirir una segunda residencia ha sido un gran error para muchos, sobre todo si, para ello, tuvieron que endeudarse. Ahora que los precios se han hundido (incluso donde no han golpeado los huracanes), muchos se encuentran con una deuda tan grande como el montón de ladrillos invendible.

Pero lo peor es que, tiempo después del huracán, el protagonista de esta novela vuelve a detectar preocupantes síntomas de recalentamiento inmobiliario (algo que también les sonará a los españoles que comienzan a leer noticias de que los precios se reaniman, crecen el número de hipotecas, etc.). Bascombe lo tiene claro y lanza una severa advertencia:

“En Nueva Jersey ya casi hemos agotado los últimos dos millones y medio de hectáreas de terreno remotamente urbanizable. Estamos en camino de construirlos todos hacia mediados de siglo. Los impuestos sobre la propiedad tienen un tope, pero nadie quiere vender porque nadie quiere comprar. Todo lo cual hace que los precios se mantengan altos pero los valores bajos.”

Es decir, que el huracán Sandy pasó, pero no la amenaza de un nuevo derrumbe inmobiliario. Porque, además, como advierte nuestro protagonista, la historia se repite y el pensamiento único de que las políticas de austeridad lo arreglarán todo no se sostiene:

“La construcción de casas adosadas –famosa mala señal– continúa a ritmo acelerado frente al cementerio donde mi hijo Ralph Bascombe yace enterrado debajo de un tilo, recién arrancado por el huracán (…). Pero los ciudadanos de Haddam con quienes he hablado –no muchos, es cierto– parecen apuntarse al carro de la nueva austeridad, aunque prometa poner punto final a lo que una vez fue nuestra realidad. Con `pasar estrecheces´ y `apretarse un poco el cinturón´ parece que nos sintamos en armonía con el resto del bajón económico, que sabemos grave, aunque no tanto, aún no, aquí no (…). Está claro, sin embargo, que alguna herida ha dejado marcada nuestra psique. Y es un misterio cómo se borrará antes de que se asfalte la última hectárea urbanizable y no quede sitio adonde ir salvo muy lejos y hacia abajo.”

Cualquiera que haya leído antes a Richard Ford se tomará muy en serio estos comentarios. Porque no sólo es un brillante novelista, sino también un analista capaz de diseccionar con precisión la realidad de su país. No necesita para ello, como otros autores, grandes planteamientos corales o multitud de puntos de vista. Adopta uno, el de este protagonista que podría ser cualquiera de nosotros, con sus frustraciones y sus problemas, con una vida nada especial. Un hombre que, sin embargo, siempre se ha dirigido al lector francamente, no sólo en esta novela, sino desde aquella estremecedora titulada “El periodista deportivo” con la que Ford comenzó a sorprendernos allá por 1986. ¿Se acuerdan? Fue el año que España entró en lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea. Son muchos años de experiencia los que recogen las últimas palabras de Frank Bascombe/Richard Ford. Y son muchos años de saber narrar bien esa experiencia.

¿PARA QUÉ SIRVE TODO LO QUE SABEMOS?

Y en este tema, el de la narración, el de cómo nos cuentan lo que está pasando, el viejo Frank suelta una breve andanada contra las nuevas tecnologías que no tiene desperdicio, pues destapa cómo han colaborado al caos que ahora nos rodea:

Hay muchas cosas, en verdad, que me pasan en la vida y en la cabeza y que podría estar inclinado a `compartir´ con un amigo de las que no tengo nada que decir. Toda la información que recabamos y almacenamos sin cesar en el cerebro y en cuya futura utilidad confiamos…, ¿qué tenemos que ver con ella yo o cualquiera de nosotros? (…) Ni idea. Podría ponerlo en Facebook o en Twitter. Aunque, como dice Eddie Medley [un viejo conocido a quien va a visitar al saber que está sentenciado por el cáncer], todo el mundo lo sabe todo pero nadie sabe qué hacer con ello. No estoy en Facebook, por supuesto. Aunque sí lo están mis dos esposas”.

Todos lo sabemos todo… pero no sabemos qué hacer con ello. Hemos caído en la red (en sentido tanto literal como figurado) de pensar que la abundancia de información genera, por sí sola, conocimiento. Pero es mentira. Igual que Frank, se lo digo francamente.

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Título comentado:

-Francamente, Frank. Richard Ford, 2014. Editorial Anagrama, Barcelona, primera edición: noviembre 2015.

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Juego de Tronos (y 3): El Banco de Hierro que cambia de príncipes… cuando no pagan sus deudas

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“…El Banco de Hierro de Braavos tenía una reputación terrible a la hora de reclamar deudas. Cada una de las Nueve Ciudades Libres tenía su propio banco; algunas contaban con varios, que luchaban por cada moneda como perros por un hueso, pero el Banco de Hierro era más rico y poderoso que todos los demás juntos. Cuando los príncipes dejaban de pagar a los bancos menores, los banqueros arruinados vendían a sus esposas e hijos como esclavos y se cortaban las venas. Cuando dejaban de pagar al Banco de Hierro, nuevos príncipes aparecían de la nada y ocupaban su trono”.

Es la reflexión de John Snow, ya Lord del Muro, tras recibir la visita de un representante del Banco de Hierro y saber que los Lannister habían dejado de pagar sus deudas a tan poderosa entidad.

“Sin duda, los Lannister tenían sus razones para no saldar las deudas del rey Robert –sigue reflexionando Snow–, pero aun así era una estupidez”.

Las mejores referencias a esa especie de súper banco global, capaz de destronar a los príncipes que no pagaban (más o menos lo que pasa ahora con los Gobiernos díscolos), aparece en la quinta y, por ahora, última novela de la saga novelística  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). En ella aparecen las reflexiones más serias sobre algo tan importante como la deuda, que ya vimos en los dos artículos anteriores sobre estas grandes novelas fantásticas. Unas obras que destacan en su género porque, además de hablar de dragones, caballeros, princesas y batallas, nunca olvidan la economía que está detrás: de qué vive la gente, cómo se financian los reinos, de dónde sale el dinero, cómo se genera la inflación… qué pasa cuando no pagas tus deudas.

Ya hemos escrito sobre un destacado protagonista de esta saga, Petyr Baelish, alias Meñique (consejero de la moneda del reino), especie de superministro de Economía, al analizar la primera novela (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-1-inversion-en-burdeles-y-crisis-de-deuda/) y la segunda (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-2-como-fabricar-dinero-para-pagar-la-deuda-publica/) de las cinco que componen esta “Canción…”. Unas obras popularizadas por la brillante serie televisiva “Juego de Tronos” (que es en realidad el título de la primera novela), ganadora de un Globo de Oro y de 26 Premios Emmy (a los 14 que ya acumulaba se unieron otros 12 en la edición celebrada el 11 de septiembre de 2015).

Mientras ya se está en marcha la producción de la sexta temporada de la serie, el autor de la saga literaria, George R.R. Martín, se ha quedado, de momento, en cinco novelas. Él mismo reconoce que las últimas le han costado bastante más esfuerzo. Y se nota. Aunque en ningún momento pierde el pulso narrativo, lo cierto es que se percibe ya cierto cansancio del autor, sobre todo en la cuarta y la quinta entregas, aunque en ellas resurgen los temas económicos, que prácticamente habían desaparecido en la tercera. De ahí que resumamos en este artículo lo más financiero estas tres últimas novelas de la saga.

EL BANCO SIEMPRE GANA
La economía y las finanzas reaparecen cuando se descubre –tras abandonar Meñique su puesto de responsable de las finanzas de Desembarco del Rey– uno de los grandes errores de los Lannister, y sobre todo de la prepotente y odiosa reina Cersei: dejar de pagar las masivas deudas con el omnipotente Banco de Hierro. Es algo que comienza a percibir el Gnomo Tyrion, el listísimo enano que por un breve periodo (antes de caer en desgracia por ser falsamente acusado del envenenamiento de su sobrino, el estúpido y malvado rey Joffrey) ocupa el puesto de Meñique. De hecho, hay un diálogo –en el tercer capítulo de la tercera temporada de la serie televisiva, no en el libro– que refleja la preocupación de Tyrion ante el enorme endeudamiento que ha heredado de Meñique. El enano está revisando los libros de cuentas, en presencia de su guardaespaldas, el inquietante mercenario Bronn. El diálogo, para quien no tenga el DVD, se puede encontrar, en inglés, en el siguiente enlace de Youtube:  https://www.youtube.com/watch?v=02QgSGH5mQA. Lo reproducimos íntegro, ya que no tiene desperdicio y es una lección resumida sobre cómo funcionan los mercados de deuda:

Tyrion: Durante años he oído que el tal Meñique es un mago. Cuando la Corona necesita dinero, se frota las manos y… ¡puf!… montañas de oro.
Bronn: Deja que lo adivine: no es un mago.
T: No.
B: ¿Lo roba?
T: Peor: Lo pide prestado.
B: ¿Qué tiene de malo?
T: No podemos permitirnos devolverlo, eso tiene de malo. La Corona debe millones a mi padre…
B: Dado que es el culo de su nieto el que se sienta en el trono, supongo que condonará la deuda.
T: ¿Condonar la deuda? ¿Mi padre? Para ser un hombre de mundo, eres curiosamente ingenuo.
B: Nunca he pedido un préstamo, no tengo claras las reglas.
T: Bueno… El principio básico es: yo te presto dinero y, al cabo del tiempo acordado, me lo devuelves… con intereses.
B: ¿Y qué pasa si no lo hago?
T: Bueno, debes hacerlo.
B: ¿Y si no lo hago?
T: Por eso nunca te presto dinero. En cualquier caso, no es mi padre lo que me inquieta. Es el Banco de Hierro de Braavos. Les debemos decenas de millones. Si no logramos pagar los préstamos, el banco financiará a nuestros enemigos. De un modo u otro, ellos siempre recuperan su oro.

La charla termina cuando Bronn y Tyrion se sientan con el joven escudero del enano, que regresa satisfecho de la orgía a la que acababa de invitarle a su señor. Una orgía que, por cierto, le ha salido gratis (el escudero le devuelve a Tyrion la bolsa de monedas con que debía remunerar a las meretrices) merced a sus hasta entonces ignotas habilidades para satisfacer al sexo femenino.

Aunque Bronn, Tyrion y su escudero se sientan en torno a una jarra de vino para escuchar las hazañas sexuales del muchacho, lo cierto es que el Gnomo parece que bebe para olvidar las masivas deudas que acaba de encontrar en la contabilidad de Meñique. Igual que les gustaría emborracharse para olvidar a los ciudadanos de países tan endeudados como Grecia (o como España), tras asistir al efecto que están causando en sus vidas las masivas deudas contraídas por gobernantes irresponsables. Porque endeudarse, en algunos casos y salvando las distancias, sin duda puede parece mucho peor que robar, sobre todo cuando quien endeuda a su país es un político irresponsable, inepto y a menudo corrupto, pero quien tiene que pagar las deudas es el pueblo soberano… y robado, de facto, por ese mismo político aficionado a pedir prestado para financiar burbujas de crecimiento, espejismos de solvencia económica, que le permitan mantenerse en el poder (y en bastantes casos llevarse, de paso, unos cuantos sobres o unos cuantos “tres por cientos” para remunerar su corrupción).

Antes o después, las deudas hay que pagarlas. Sobre todo si se han contraído con ese omnipotente Banco de Hierro, auténtica metáfora de eso que se ha dado en llamar “los mercados”, implacables con las economías que se resisten a devolver lo que deben. Más pronto que tarde, el país que no paga tiene que cambiar, de príncipe como en “Juego de Tronos”, o de política económica, como hemos visto en la “Canción de hielo y… deuda” entonada por doquier desde que estalló la crisis financiera de 2007.

“Juego de Tronos” culmina con este tema de la deuda ese contenido económico tan magnífico como inquietante que impregna las cinco novelas… y que se podría resumir en el lema de Casa Stark que, además, da título al primer capítulo de la serie televisiva: “Winter is coming”. Es muy cierto que “se acerca el invierno”, no sólo en el calendario, sino también en la economía, porque la crisis aún nos mantendrá muy fríos durante bastante tiempo… entre otras cosas porque tenemos al frente gobernantes tan incompetentes, arrogantes y, a menudo, corruptos como la reina Cersei. Y algunos, incluso, sueñan independizarse, amenazan con dejar de pagar sus deudas (aunque pretenden que el Estado del que quieren irse siga pagando las pensiones de sus jubilados) e incluso desearían formar su propio Banco de Hierro… aunque fuera más bien platanero, por aquello de que lo que de verdad quieren es su particular paraíso fiscal (viajar a Andorra ya está muy mal visto y además te suelen pillar).

UN LECTOR VIVE MIL VIDAS
Pero como aún estamos en otoño y no quiero terminar esta serie de artículos dejando en el aire ese mensaje económico tan invernal, también romperé una lanza (nunca mejor dicho, aunque no sea envenenada como la del príncipe Oberyn) por los valores literarios que contienen estas cinco novelas. Unos valores que se resumen en un diálogo entre Jojen Reed y el joven y paralítico Bran Stark mientras avanzan hacia ese ignoto y helado norte “más allá del Muro”:

–“¿Te gustan los libros? –replicó Jojen.
–Algunos. Me gustan las historias de batallas. A mi hermana Sansa le gustan las de besos, pero a mí me parecen una bobada.
–Un lector vive mil vidas antes de morir –dijo Jojen–. Aquel que nunca lee vive solo una.”

 Tomemos nota y sigamos viviendo miles de vidas, como las que nos han hecho vivir las más de 4.900 páginas de estas cinco apasionantes novelas de la “Canción de hielo y fuego”.

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Títulos comentados (*):

-Tormenta de Espadas. Canción de Hielo y Fuego/3.George R.R. Martin, 2000. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Tercera edición, enero del 2014.
-Festín de Cuervos. Canción de Hielo y Fuego/4.George R.R. Martin, 2005. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Cuarta reimpresión, febrero del 2014.
-Danza de Dragones. Canción de Hielo y Fuego/5.George R.R. Martin, 2011. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2012. Segunda Reimpresión, noviembre del 2014.

(*) Tercera, cuarta y quinta novelas de la saga conocida por popularmente como “Juego de Tronos” (que es el título de la primera novela y de la serie televisiva de HBO que estrenó en abril de 2015 su quinta temporada).

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Corrupción para engrasar la maquinaria… y para conservar el poder

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Más dinero para sobornos y corrupción, argumentaba siempre la oposición a voz en grito. `Sin duda´, decía el Jefe sin tomárselo demasiado a pecho, `sin duda hay sobornos y corrupción. Pero sólo en la medida necesaria para que los engranajes giren sin chirriar. Y recordad esto: ninguna máquina inventada por el hombre ha funcionado nunca sin desperdiciar energía´”. 

El “Jefe” que alardea de una visión de la política a la que muchos de nuestros cargos electos se han acostumbrado durante demasiado tiempo, no es un presidente del Gobierno que mira hacia otro lado al descubrirse cómo se financia su partido (¡qué mala suerte, durante casi dos décadas todos los tesoreros han sido unos golfos y el líder sin enterarse!); tampoco es un ex presidente (o ex presidenta) de comunidad autónoma que afirma que no sabía nada, que ignoraba estar rodeado (o rodeada) de mangantes, los de los ERE, los de la “Gürtel” o los de la “Púnica”. Casos todos ellos en los que el de arriba (o la de arriba) se escudan en el “yo no lo sabía”, lo cual, por cierto, sería suficiente motivo para dimitir, porque un jefe que reconoce no enterarse de nada, o es tonto o es incompetente… o las dos cosas y, por tanto, cómplice del choriceo.

Por el contrario, este “Jefe” de nuestra cita sí se entera, pero tiene claro que el sistema funciona así. Una ausencia de hipocresía que sería de agradecer si no fuera porque muestra también una total falta de escrúpulos. Algo, en definitiva, muy actual, aunque el párrafo que encabeza este artículo fuera escrito nada menos que en 1946. El “Jefe” es el protagonista de “Todos los hombres del rey”, una gran novela norteamericana escrita por Robert Penn Warren (1905-1989) y ganadora del Premio Pulitzer. Una obra magistral, inmensa y que muchos recordarán porque ha inspirado dos películas también magníficas: la primera, titulada “El Político”, la dirigió Robert Rossen en 1949 y ganó tres Oscar un año después; la segunda, que mantiene el título de la novela, la rodó Steven Zaillin en 2006 con un impresionante elenco de actores: Jude Law, Kate Winslet, James Gandolfini y Anthoni Hopkins acompañaban a Sean Pean en uno de los mejores papeles de su carrera, el de Willie Talos, protagonista de la obra e inspirado en la figura de Huey Long, quien fuera un famoso, controvertido y populista gobernador de Louisiana.

Talos es ese “Jefe”, un político de pura raza, sólo interesado en el poder, que mantiene recurriendo a las armas de la corrupción y el chantaje. Pero es también un gran orador, un supuesto líder de los oprimidos, un demagogo… Un personaje que merece la pena recordar en este año 2015 cargado de citas electorales.

“Sin duda me rodean muchos mangantes [afirma Talos sin rubor]. Pero son demasiado cobardes para exponerse a mangar descaradamente. Porque no les quito ojo de encima. Y le entrego algo al estado. Claro que lo hago”.

Justo lo contrario de lo que ha pasado aquí: los mangantes han robado lo que han querido, nadie ha vigilado lo que hacían y el Estado no ha recibido nada a cambio, salvo agujeros presupuestarios y mala gestión. No se cumple lo que, el narrador de la novela, un colaborador del gobernador, define como…

“… la teoría de los costes históricos, por así decirlo. Todo cambio tiene un precio. Y hay que restar los costes de las ganancias. Era posible que en nuestro estado los cambios sólo pudieran hacerse de la manera como se hacían, y era innegable que el proceso aportaba algunos cambios. La teoría de la neutralidad moral de la historia, por así decirlo. El procedimiento, en cuanto tal, no es, moralmente, ni bueno ni malo. Podemos juzgar los resultados, pero no los procedimientos (…). Es posible que un hombre tenga que vender su alma para conseguir el poder de hacer el bien”.

Maquiavelismo puro y duro. Aunque ya vemos dónde nos ha llevado cuando muchos han vendido su alma pero no para conseguir “el poder de hacer el bien”, sino simplemente para llenar sus cuentas (y las de sus cómplices electos) en Suiza. Y quien aún no lo crea, que esté atento a la inminente (quieran o no) filtración de la famosa “lista de los 715”…, donde seguro que aparecen bastantes políticos más interesados en el dinero negro que en los ciudadanos.

Pero el protagonista de esta novela es de otra pasta. Le interesan otras cosas, como se ilustra en este diálogo, que sostiene con su madre un colaborador de Willie Talos:

“– (…) Hijo mío, no te dejes meter en ningún caso de corrupción… (…)
–He dicho que, si me interesara el dinero, sólo tendría que alargar la mano y coger diez mil dólares. Y no necesitaría corromperme. Únicamente, facilitar información. La información es dinero. Pero, como te he dicho, no me interesa el dinero (…). A Willie tampoco le interesa (…).
–¿Qué le interesa, pues?
–Le interesa Willie. Lisa y llanamente, Willie. Y cuando a alguien sólo le interesa, lisa y llanamente, su propia persona (…), todo el mundo dice de él que es un genio. Sólo a los tontainas como el señor Patton les interesa el dinero. A los grandes empresarios, los que consiguen amasar enormes fortunas, no les interesa el dinero. A Henry Ford no le interesa el dinero. A Henry Ford sólo le interesa Henry Ford. Por eso es un genio.”

DESENTERRAR LOS GATOS MUERTOS
Y ese genio, a quien sólo le interesa el poder, sí tiene claro que la corrupción, a la que él mismo recurre, puede ser utilizada para descabalgar a un opositor. Por eso le encarga a su colaborador que investigue los trapos sucios de otros políticos, en concreto de un juez que le hace frente. Y, dos veces a lo largo de la novela (páginas 97 y 275), Talos utiliza el mismo argumento:

“–Quizás no haya nada contra el Juez.
–El hombre es concebido en pecado y nace en medio de la corrupción, y pasa del pestazo de los pañales al hedor del sudario. Siempre hay algo.
Y me encargó que lo sacara a la luz, que desenterrara el cadáver del gato muerto…”

¿Les suena? ¿Cuántos políticos hay ahora mismo queriendo sacar a la luz los gatos muertos de los demás… aunque sean de su propio partido? ¿O, cambiando de tema, haciendo promesas demagógicas en plena campaña? Como esta, que un colaborador le aconseja proclamar al “Jefe”:

“–Les das demasiadas explicaciones. Diles solamente que vas a exprimir a los ricos, y olvídate del resto de tu programa de impuestos.
–Pero es que necesitamos un programa de impuestos equilibrado (…)
–Pero eso les importa un pito (…). ¡Joder, hazles reír, hazles llorar, hazles creer que eres tan débil como ellos y que también te equivocas, convéncelos de que eres Dios Todopoderoso! (…) Tu misión es ofrecerles algo que los saque de su marasmo y les haga recuperar las ganas de vivir”.

Toda una lección de comunicación política elevada a la máxima potencia de la demagogia. Es decir, algo que podemos encontrarnos cada día en los telediarios. Sobre todo en este año electoral, el mejor para volver a leer “Todos los hombres del rey”.

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Título comentado:

-Todos los hombres del rey. Robert Penn Warren, 1946. Segunda edición, restaurada, Editorial Anagrama, Barcelona, 2006.

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Una economía sin niños no es economía

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

La historia, que interpreta el pasado para entender el futuro, es la disciplina menos gratificante para una especie moribunda”.

Y si la historia deja de tener sentido porque ya no hay futuro, menos sentido tiene aún la economía. La escritora británica Phyllis Dorothy James (1920/2014), conocida como P.D. James, nos narra en su novela “Hijos de hombres” un escenario demográfico de ficción pero que estremece, sobre todo mientras en algunos países, como el nuestro, se reduce la población: ¿Se imaginan un mundo en el que, de pronto, dejaran de nacer niños? ¿Cómo cambiarían la sociedad, la cultura, la política y, por supuesto, la economía?

Demografía y economía son dos disciplinas interrelacionadas. Todo el mundo está de acuerdo en que un excesivo crecimiento de la población es un serio problema económico para un país (que se lo digan a China y su polémica política del “hijo único”). Pero también es evidente lo contrario: un retroceso demográfico dificulta, e incluso puede llegar a frenar, el desarrollo económico.

Los últimos datos nos dicen que en España ya nace cada año menos gente de la que fallece. A esto se suma que el flujo migratorio se ha invertido (no sólo vienen menos inmigrantes, sino que muchos de ellos retornan a sus países de origen, al tiempo que cada vez más españoles, sobre todo jóvenes, emigran como en los años sesenta). El resultado es un retroceso demográfico que, aunque alivie la presión sobre el desempleo, reduce la demanda interna y puede convertirse en un lastre para la ya lenta recuperación económica.

Pero imaginen este factor llevado al extremo. Es lo que nos cuenta esta extraordinaria novela, escrita en 1992 y que tuvo en 2006 una versión cinematográfica bastante libre pero muy interesante, dirigida por Alfonso Cuarón y protagonizada por Clive Owen, Julianne Moore y Michael Caine. Todo comienza por lo que parece una simple crisis demográfica, quizás similar a la que ahora vivimos en algunos países:

Hubiéramos debido darnos por advertidos a comienzos de los años noventa. Ya en 1991, un informe de la Comunidad Europea señalaba un notable descenso en el número de niños nacidos en Europa: 8,2 millones en 1990, con disminuciones particularmente pronunciadas en los países católicos. Creíamos saber las razones, que el descenso era deliberado, consecuencia de actitudes más liberales respecto al control de natalidad y el aborto, el aplazamiento del embarazo por parte de las profesionales dedicadas a sus carreras, el deseo de un nivel de vida superior por parte de las familias”.

¿Les suena? La acción comienza el 1 de enero de 2021, justo al día en que fallece, a causa de una pelea en un bar, el último ser humano nacido en la Tierra. Muere a los 25 años, pues había nacido en 1995… el último año en que se registraron nacimientos en nuestro planeta. Como consecuencia de una inexplicable epidemia de esterilidad masculina cuyo fundamento científico es imposible de encontrar, no hay nacimientos desde 1995, bautizado como el año Omega. Por tanto, lo previsible es que la raza humana se haya extinguido, como mucho, en apenas un siglo, cuando ya hayan muerto todos los nacidos en 1995. Un profesor británico de historia (esa ciencia que deja de tener sentido), un hombre solitario en la cincuentena y que atropelló en un trágico accidente a su propia hija, nos narra cómo ha cambiado ese mundo que, sin hijos, pierde también la esperanza y el sentido de casi todo, incluida, por supuesto, la economía.

Después de Omega, cuando el país se sumió en la apatía, sin que nadie quisiera trabajar, con los servicios casi interrumpidos, la delincuencia incontrolable, toda esperanza y ambición perdidas para siempre, Inglaterra se convirtió en una fruta madura para que él la recogiera”.

Y ese “él” es un dictador, Xan, convertido en el “Guardián de Inglaterra”, que toma el control y ofrece a la población lo único que necesita:

Viven sin esperanza en un planeta moribundo. Lo único que quieren es seguridad, comodidad y placer. El Guardián de Inglaterra puede prometerles las dos primeras cosas, que ya es más de lo que la mayoría de los gobiernos extranjeros consigue hacer”.

Seguridad, comodidad y placer. Un trío poderoso, convincente y… peligroso. Porque en definitiva supone renunciar a lo que un protagonista de la novela define como lo que debería hacer un “gobierno solvente”:

–¿Qué entiende por un gobierno solvente? –preguntó Julian.
–Buen orden público, ausencia de corrupción entre los altos cargos, ausencia de miedo a la guerra y el crimen, una distribución razonablemente equitativa de la riqueza y los recursos, preocupación por la vida del individuo.
–En tal caso no tenemos un gobierno solvente –opinó Luke.
–Tal vez tengamos el mejor gobierno posible en las actuales circunstancias…”.

Seguro que todos votaríamos, en esta España electoral de 2015, a quién nos garantizara este programa de gobierno solvente, en el que además se cita expresamente que haya “ausencia de corrupción entre los altos cargos”. Pero quizás algunos votantes actuales quieran limitarse a aceptar seguridad y comodidad, a cambio de renunciar a todo lo demás. O sueñen incluso con otro concepto más económico de gobierno que aparece en esta novela: un “gobierno generoso”:

La generosidad [afirma el dictador Xan cuando le reprochan haber restringido la inmigración] es una virtud propia de los individuos, no de los gobiernos. Cuando los gobiernos son generosos, es siempre con el dinero de otros, la seguridad de otros, el futuro de otros”.

…Y generando el déficit y las deudas que tendremos que pagar otros, podríamos añadir para completar la reflexión. Seguridad y comodidad, pero nada de generosidad en un mundo sin esperanza.

IMPORTACIÓN DE JÓVENES
Porque no hay nada de generosidad en facilitar la inmigración, pues esa Inglaterra moribunda lo hace sólo para cubrir necesidades económicas básicas de una población cada vez más envejecida. Y para dejarlo más claro, se habla incluso de “importación de jóvenes”:

–¿Le parece justo que haya un edicto que prohíba emigrar a nuestros omegas [se llama así a los últimos nacidos, la generación de 1995]. Pero importamos omegas y jóvenes de los países más pobres para que hagan los trabajos sucios, limpien las alcantarillas, cuiden a los incontinentes y a los ancianos.
–Están ávidos por venir, supongo que porque encuentran una mayor calidad de vida (…).
–Vienen a comer (…). Luego, cuando se hacen viejos, el límite de edad son los sesenta años, ¿verdad?, los envían de vuelta tanto si quieren como si no”.

Esto también suena bastante actual. Sobre todo cuando, después de “importar” masivamente inmigrantes, ahora estamos “exportando” población que se marcha ante la falta de expectativas económicas. Pero el límite de edad no está ya en esos sesenta años en los que se supone que entras en la vejez (lo que multiplica los gastos públicos en pensiones y en esa sanidad cada vez más restrictiva para los inmigrantes), sino que ha bajado a menos de la mitad: son nuestros jóvenes los que se van, “tanto si quieren como si no”… huyendo del paro.

Quedarse sin jóvenes con capacidad de trabajar es el primer efecto económico evidente de una interrupción súbita de los nacimientos. Pero hay muchos otros. ¿Qué pasaría, por ejemplo, con el mercado inmobiliario? Directamente, desaparecería. El protagonista, que habita en solitario una gran casa de Oxford, lo explica así:

Esta estrecha casa de cinco pisos es demasiado grande para mí, naturalmente, pero con el actual descenso de la población no es muy probable que me critiquen por no compartir lo que me sobra. No hay estudiantes que reclamen a gritos una habitación de alquiler, ni jóvenes familias sin hogar que remuerdan la conciencia social de los más privilegiados”.

Además, el campo poco a poco se desertiza, ya que las autoridades animan a que la decreciente población se concentre en núcleos urbanos, donde es más fácil suministrar, con recursos cada vez más escasos, las necesidades básicas, pues…

…el Guardián había prometido mantener el suministro de luz y energía, a ser posible hasta el final”.

Entre esas necesidades básicas destaca una: la seguridad. Lo explica uno de los consejeros del Guardián de Inglaterra, para justificar la existencia de la Colonia Penal de Man, la isla donde se abandona a los delincuentes a su suerte, sin ningún tipo de sistema penitenciario, entre otras cosas porque no hay recursos ni personal para mantenerlo:

–En cuanto a lo de emplear un gobernador o funcionarios de prisiones que impongan el orden… ¿Dónde piensa encontrarlos? (…) El pueblo ya está harto de delincuentes y delincuencia (…) Se ha intentado de todo para curar la criminalidad del hombre (…). Ahora, desde Omega, el pueblo nos ha dicho ‘basta’. Sacerdotes, psiquiatras, criminólogos… Ninguno ha encontrado respuesta. Lo que nosotros garantizamos es la desaparición del miedo, de la escasez, del aburrimiento. Las restantes libertades carecen de sentido cuando no se está libre del miedo”.

UNA INDUSTRIA MONTADA EN TORNO AL DELINCUENTE
¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, se ha recurrido al miedo para recortar libertades? Simplificar el sistema penal, aislar a los delincuentes en una isla donde deben matarse entre ellos para subsistir, es una receta fácil y, además, barata, económica, como explica el propio Xan en este mismo diálogo:

Sin embargo, el antiguo sistema no estaba completamente desprovisto de ventajas, ¿verdad? La policía estaba bien pagada. Y a las clases medias les iba muy bien así: educadores, asistentes sociales, magistrados, jueces, funcionarios de justicia… Toda una provechosa industria montada en torno al delincuente. Tu profesión, Felicia, [se dirige a una consejera antigua jurista] era de las que más se beneficiaba, ejerciendo sus costosas funciones legales para conseguir que la gente fuese condenada de modo que sus colegas pudieran tener la satisfacción de trastocar el veredicto en los tribunales de apelación. En la actualidad, fomentar la delincuencia es un lujo que no podemos permitirnos, ni siquiera para proporcionar un confortable medio de vida a los liberales de clase media”.

La justicia, como tantos otros servicios públicos, convertida en un “lujo”. Otra de las estremecedoras paradojas de un mundo moribundo. Pero no la única. Desaparecen sectores productivos enteros (entre ellos, uno de los primeros, por razones obvias, el del juguete), es el fin de la ecología y de los esfuerzos por proteger la naturaleza (“¿Por qué conservar lo que iban a tener en abundancia?”) y, por supuesto, se termina la protección social para los ancianos dependientes: el gobierno fomenta suicidios colectivos –en apariencia voluntarios pero en realidad organizados por las fuerzas del orden– para eliminar a la población que ya no puede valerse por sí misma.

Este escenario social, política y económicamente apocalíptico, sufre un inesperado giro final, que no desvelaré. Y, sobre todo, nos hace reflexionar sobre la importancia de un adecuado equilibrio demográfico que no adelante en la historia del hombre la cita bíblica tomada para justificar el título de esta impresionante novela:

Señor, Tú has sido nuestro refugio, de una generación a otra. Antes de que existieran las montañas o fueran creados la tierra y el mundo: Tú eres Dios de lo perdurable y mundo sin fin. Tú vuelves al hombre a la destrucción; de nuevo dices: Venid de nuevo a mí, hijos de hombres. Pues un millar de años a tus ojos son como ayer, pues ves lo pasado como un vigía de la noche”.

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Título comentado:

-Hijos de hombres. P. D. James, 1992. Ediciones B, Barcelona, 1994.

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A falta de pan se derrochaban palabras

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

A decir verdad, la situación del país en aquel año de 1919 era la peor que habíamos atravesado jamás. Las fábricas cerraban, el paro aumentaba y los inmigrantes (…) fluían en negras oleadas a una ciudad que apenas podía dar de comer a sus hijos (…). Y, naturalmente, los sindicatos y las sociedades de resistencia habían vuelto a desencadenar una trágica marea de huelgas y atentados (…). Pero los políticos, si estaban intranquilos, lo disimulaban. Inflando el globo de la demagogia intentaban atraerse a los desgraciados a su campo con promesas tanto más sangrantes cuanto más generosas. A falta de pan se derrochaban palabras y las pobres gentes, sin otra cosa que hacer, se alimentaban de vanas esperanzas”.

Es la Barcelona de las huelgas revolucionarias y la crisis coincidente con el fin de la Primera Guerra Mundial. El marco en el que se desenvuelve la empresa Savolta, dedicada a la fabricación de armamento, cuyo desarrollo está trufado de corrupción, evasión fiscal, gansterismo empresarial… Leer su historia es como abrir cualquier periódico de hoy mismo. Aunque lo que más nos suena, lo que nos resulta más actual, es esa actitud demagógica de los políticos que “a falta de pan derrochaban palabras” con sus promesas “sangrantes” y “generosas”.

En este 2015 multi-electoral y aún en plena crisis económica (por más que algunos se afanen en vender optimismo), cobra especial relevancia la primera novela de Eduardo Mendoza, “La verdad sobre el caso Savolta”. Publicada en 1975 (el año en que murió Franco), está considerada un hito de la literatura española de la Transición. Aunque, como su autor reconocía recientemente, cuando la escribió… “¡claro que yo no sabía que estaba escribiendo novela de la Transición! Entre otras cosas ¡porque no sabía que iba a haber una Transición! Eso en 1971 no estaba ni en los sueños” (entrevista a Eduardo Mendoza realizada por Juan Cruz,“El País”, suplemento “Babelia” nº 1.207, de 10 de enero de 2015).

En cualquier caso, esta novela supuso un gran cambio para la narrativa española, que en aquellos años parecía arrinconada por el ensayo. Y lo supuso por muchas cosas, como sus continuos saltos en el tiempo, el recurso a intercalar la narración con supuestos documentos oficiales, artículos periodísticos, interrogatorios judiciales… Pero, además, su contenido económico es muy notable, tanto por las descripción que hace de la crisis de aquellos años –particularmente dura en una ciudad como Barcelona–, como por toda la trama en torno al auge y decadencia de una empresa fabricante de armamento que, por métodos corruptos e ilegales (que no desvelaré aquí para no destripar la historia), se sube al carro de la Primera Guerra Mundial.

EL SUBMUNDO DE LOS NEGOCIOS
El contenido económico y empresarial que Eduardo Mendoza incluye en su novela deriva de su propia experiencia profesional. Como señala en la entrevista ya citada, el azar le lleva a trabajar en el caso de Barcelona Traction, que en los años sesenta se ve en el Tribunal de la Haya. La empresa tiene que ver con la revolución industrial catalana de principios del XIX y Mendoza trabaja en el caso porque es abogado “y porque tengo el francés y el inglés bien sabidos. Y entonces tengo que entrar en los archivos de esa compañía. Así que tengo acceso a una historia del submundo de los negocios, de los trapicheos y el politiqueo de los primeros años del siglo XX en Cataluña; y eso pasa por la Primera Guerra Mundial, por el espionaje”.

Con una materia prima tomada directamente de la realidad, Mendoza construye ese “caso Savolta” mezcla de novela negra, historia empresarial y descarnada crónica política y social de una época de crisis. Nos la cuenta uno de los protagonistas de la novela, el periodista Domingo Pajarito de Soto:

Pues ¿qué sucedió sino que la prosperidad inmerecida de los logreros, los traficantes, los acaparadores, los falsificadores de mercaderías, los plutócratas en suma, produjeron un previsible y siempre mal recibido aumento de los precios que no se vio compensado con una justa y necesaria elevación de los salarios? Y así ocurrió lo que viene aconteciendo desde tiempo inmemorial: que los ricos fueron cada vez más ricos, y los pobres, más pobres y miserables cada vez.

Ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más pobres. ¿Les suena? En este ambiente, las críticas del cronista contra el grupo Savolta son tan agrias como la siguiente, en la que denuncia…

…la conducta incalificable y canallesca de cierto sector de nuestra industria; concretamente, de cierta empresa de renombre internacional que, lejos de ser semilla de los tiempos nuevos y colmena donde se forja el provenir del trabajo, el orden y la justicia, es tierra de cultivo para rufianes y caciques, los cuales, no contentos con explotar a los obreros por los medios más inhumanos e insólitos, rebajan su dignidad y los convierten en atemorizados títeres de sus caprichos tiránicos y feudales”.

Para acallar estas denuncias, publicadas en el periódico “La Voz de la Justicia”, la empresa recurre a un truco utilizado muchas veces, incluso en tiempos recientes: contratar al periodista crítico para que realice un informe sobre la compañía. No hace muchos años, en la Asociación de Periodistas de Información Económica (a la que pertenezco) se desarrolló una campaña contra los llamados “sobrecogedores”, es decir, informadores que escribían al dictado de intereses empresariales. Pese a esa campaña impulsada por los profesionales que queríamos mantener a toda costa la independencia y el prestigio, me temo que la práctica de coger sobres (tan de moda recientemente gracias a Bárcenas y sus amigos) nunca fue extirpada del todo. Pero el periodista de “La verdad sobre el caso Savolta” no se deja comprar y su relación con la empresa acaba de un modo que no desvelaré aquí. Como hacerlo sería destripar la novela, tampoco detallaré las delictivas prácticas a las que recurre la compañía. Sí les adelanto que son todo un manual de corrupción, fraude y supercherías varias.

LA BANCA SE PONE DE CULO
La banca tampoco se libra de críticas por su papel en momentos de crisis. Durante una divertida escena, en una fiesta de la alta sociedad catalana, industriales y banqueros se enfrentan en un diálogo cargado de mala leche:

Los industriales habían acorralado a un obeso y risueño banquero y descargaban sus iras en él.
–¡No me diga usted que los bancos no se han puesto de culo! –exclamaba uno de los industriales señalando al banquero con la punta de su cigarro.
–Actuamos con cautela, señor mío, con exquisita cautela –replicaba el banquero sin perder la sonrisa–. Tenga usted en cuenta que no manejamos dinero propio, sino ahorros ajenos, y que lo que en ustedes es valentía en nosotros sería fraudulenta temeridad.

Como la que, por cierto, desarrollaron muchas entidades financieras durante la reciente burbuja inmobiliaria, sin ir más lejos. Pero ante este argumento del banquero, técnicamente irreprochable, los industriales no se arrugan y vuelven a la carga:

–¡Puñetas! –bramaba el otro industrial, cuyo rostro se tornaba rojo y blanco con pasmosa prontitud–. Cuando las cosas van bien, ustedes se hinchan a ganar…
–¡Y a estrujar! –terció su compañero.
–… y cuando van torcidas, se vuelven de espaldas…
–¡De culo, de culo!
–… y se hacen los sordos. Arruinarán al país y aún pretenderán haberse comportado como buenos negociantes.
–Yo, señores, tengo mi sueldo, que no varía de mes en mes –respondió el banquero–. Si actuamos como lo hacemos no es por lucro personal. Administramos el dinero que nos han confiado.
–¡Puñetas! Especulan con la crisis.
–También sufrimos nuestras derrotas, no lo olviden ni me obliguen a recordar casos dramáticos.

Toda una lección, escrita en 1971 y publicada en 1975, que ilustra las complejas relaciones entre banca e industria. Algo que –como algunas de las malas prácticas de empresarios corruptos y políticos demagogos descritas por esta novela– no ha cambiado demasiado cuatro décadas y varias crisis después.

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Título comentado:

-La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza, 1975. Seix Barral, Barcelona, Duodécima impresión, junio 2014.

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Un monopolio amoral que cuesta vidas humanas

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Las píldoras de este recipiente cuestan veinte dólares americanos cada una en Nairobi, seis en Nueva York y dieciocho en Manila. Cualquier día de éstos, la India empezará a fabricar la versión genérica y la misma píldora costará sesenta centavos. No me hables de los costes de investigación y desarrollo. Los chicos de las farmacéuticas los amortizaron hace diez años y para empezar una gran parte de su dinero viene de los gobiernos, así que todo eso que dicen son chorradas. Lo que tenemos aquí es un monopolio amoral que cada día cuesta vidas humanas”.

En medio de la polémica sobre el coste de los medicamentos contra la hepatitis C, de la incapacidad del Gobierno español para utilizarlos para salvar miles de vidas, y mientras de cuando en cuando aparecen en los medios noticias escandalosas sobre el tráfico ilegal de fármacos, conviene releer “El jardinero fiel”, escrita en 2001 por el maestro John le Carré. Como otras obras de este gran autor comentadas en esta bitácora (http://economiaenlaliteratura.com/la-guerra-fria-economica/), esta novela narra una apasionante intriga que sirve de marco para describir las prácticas de lo que uno de sus protagonistas considera el sector empresarial al que pertenece…

“… la pandilla de sinvergüenzas más herméticos, taimados, falsos e hipócritas que he tenido el dudoso placer de echarme a la cara”.

La novela narra el asesinato de una mujer inglesa y de un médico africano que, desde una ONG, investigan un escándalo con medicamentos en África. Justin, el marido de la fallecida y amante de la jardinería (de ahí el título), se empeña en investigar el caso y en desenmascarar a los culpables: “la pandilla de sinvergüenzas” del sector farmacéutico y un buen grupo de corruptos que se mueven a su alrededor.

La novela llegó al cine dos años después de su publicación, en una magnífica película del mismo título dirigida por Fernando Meirelles y protagonizada por Ralph Fiennes y Rachel Weisz. La versión cinematográfica sigue puntualmente la novela y refleja a la perfección todas las malas prácticas de ciertas farmacéuticas en el continente negro, un mercado que describe así otro protagonista:

“Todo el mundo sabe que África es el cubo de la basura al que van a parar los fármacos de Occidente”.

Y lo ratifica un “arrepentido” que trabajó en una farmacéutica:

“En su confesión, Lorbeer asegura que mientras trabajaba par KVH obtuvo la validación de la Dypraxa por medio de halagos y sobornos. Describe cómo compró a funcionarios de Sanidad, aceleró ensayos clínicos, compró registros de medicamentos y licencias de importación, untó todas las manos burocráticas de la cadena de gobierno”.

Precisamente es ese medicamente el que está causando víctimas entre la población africana que lo consume porque la empresa fabricante lo ha introducido saltándose algunos requisitos. Otro protagonista cita al arrepentido:

“La industria farmacéutica moderna sólo tiene setenta y cinco años de existencia. Tiene buenos profesionales y ha logrado milagros humanos y sociales, pero no ha desarrollado aún una conciencia colectiva. Lorbeer dice en el documento que las empresas farmacéuticas le han dado la espalda a Dios”.

Pese a ello, se revisten de una ficticia aureola humanitaria:

“¿Por qué donó este fármaco? Te lo diré. Porque han producido uno mejor. Ya no vale la pena almacenar el viejo. Así que le regalan el viejo a África cuando le quedan seis meses de vida y obtienen unos cuantos millones de deducciones de impuestos a cambio de su generosidad. Además, se están ahorrando unos cuantos millones más en costes de almacenamiento y el coste de destruir los viejos fármacos que ya no pueden vender”.

Una historia demoledora que, nos tememos, quizás pueda repetirse mientras ciertos monopolios sigan traficando con lo único que nunca debería convertirse en negocio: la vida humana.

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Título comentado:

-El jardinero fiel. John le Carré, 2001. DeBolsillo, Random House Mondadori, Barcelona, 2003.

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