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Juego de Tronos (y 3): El Banco de Hierro que cambia de príncipes… cuando no pagan sus deudas

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“…El Banco de Hierro de Braavos tenía una reputación terrible a la hora de reclamar deudas. Cada una de las Nueve Ciudades Libres tenía su propio banco; algunas contaban con varios, que luchaban por cada moneda como perros por un hueso, pero el Banco de Hierro era más rico y poderoso que todos los demás juntos. Cuando los príncipes dejaban de pagar a los bancos menores, los banqueros arruinados vendían a sus esposas e hijos como esclavos y se cortaban las venas. Cuando dejaban de pagar al Banco de Hierro, nuevos príncipes aparecían de la nada y ocupaban su trono”.

Es la reflexión de John Snow, ya Lord del Muro, tras recibir la visita de un representante del Banco de Hierro y saber que los Lannister habían dejado de pagar sus deudas a tan poderosa entidad.

“Sin duda, los Lannister tenían sus razones para no saldar las deudas del rey Robert –sigue reflexionando Snow–, pero aun así era una estupidez”.

Las mejores referencias a esa especie de súper banco global, capaz de destronar a los príncipes que no pagaban (más o menos lo que pasa ahora con los Gobiernos díscolos), aparece en la quinta y, por ahora, última novela de la saga novelística  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). En ella aparecen las reflexiones más serias sobre algo tan importante como la deuda, que ya vimos en los dos artículos anteriores sobre estas grandes novelas fantásticas. Unas obras que destacan en su género porque, además de hablar de dragones, caballeros, princesas y batallas, nunca olvidan la economía que está detrás: de qué vive la gente, cómo se financian los reinos, de dónde sale el dinero, cómo se genera la inflación… qué pasa cuando no pagas tus deudas.

Ya hemos escrito sobre un destacado protagonista de esta saga, Petyr Baelish, alias Meñique (consejero de la moneda del reino), especie de superministro de Economía, al analizar la primera novela (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-1-inversion-en-burdeles-y-crisis-de-deuda/) y la segunda (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-2-como-fabricar-dinero-para-pagar-la-deuda-publica/) de las cinco que componen esta “Canción…”. Unas obras popularizadas por la brillante serie televisiva “Juego de Tronos” (que es en realidad el título de la primera novela), ganadora de un Globo de Oro y de 26 Premios Emmy (a los 14 que ya acumulaba se unieron otros 12 en la edición celebrada el 11 de septiembre de 2015).

Mientras ya se está en marcha la producción de la sexta temporada de la serie, el autor de la saga literaria, George R.R. Martín, se ha quedado, de momento, en cinco novelas. Él mismo reconoce que las últimas le han costado bastante más esfuerzo. Y se nota. Aunque en ningún momento pierde el pulso narrativo, lo cierto es que se percibe ya cierto cansancio del autor, sobre todo en la cuarta y la quinta entregas, aunque en ellas resurgen los temas económicos, que prácticamente habían desaparecido en la tercera. De ahí que resumamos en este artículo lo más financiero estas tres últimas novelas de la saga.

EL BANCO SIEMPRE GANA
La economía y las finanzas reaparecen cuando se descubre –tras abandonar Meñique su puesto de responsable de las finanzas de Desembarco del Rey– uno de los grandes errores de los Lannister, y sobre todo de la prepotente y odiosa reina Cersei: dejar de pagar las masivas deudas con el omnipotente Banco de Hierro. Es algo que comienza a percibir el Gnomo Tyrion, el listísimo enano que por un breve periodo (antes de caer en desgracia por ser falsamente acusado del envenenamiento de su sobrino, el estúpido y malvado rey Joffrey) ocupa el puesto de Meñique. De hecho, hay un diálogo –en el tercer capítulo de la tercera temporada de la serie televisiva, no en el libro– que refleja la preocupación de Tyrion ante el enorme endeudamiento que ha heredado de Meñique. El enano está revisando los libros de cuentas, en presencia de su guardaespaldas, el inquietante mercenario Bronn. El diálogo, para quien no tenga el DVD, se puede encontrar, en inglés, en el siguiente enlace de Youtube:  https://www.youtube.com/watch?v=02QgSGH5mQA. Lo reproducimos íntegro, ya que no tiene desperdicio y es una lección resumida sobre cómo funcionan los mercados de deuda:

Tyrion: Durante años he oído que el tal Meñique es un mago. Cuando la Corona necesita dinero, se frota las manos y… ¡puf!… montañas de oro.
Bronn: Deja que lo adivine: no es un mago.
T: No.
B: ¿Lo roba?
T: Peor: Lo pide prestado.
B: ¿Qué tiene de malo?
T: No podemos permitirnos devolverlo, eso tiene de malo. La Corona debe millones a mi padre…
B: Dado que es el culo de su nieto el que se sienta en el trono, supongo que condonará la deuda.
T: ¿Condonar la deuda? ¿Mi padre? Para ser un hombre de mundo, eres curiosamente ingenuo.
B: Nunca he pedido un préstamo, no tengo claras las reglas.
T: Bueno… El principio básico es: yo te presto dinero y, al cabo del tiempo acordado, me lo devuelves… con intereses.
B: ¿Y qué pasa si no lo hago?
T: Bueno, debes hacerlo.
B: ¿Y si no lo hago?
T: Por eso nunca te presto dinero. En cualquier caso, no es mi padre lo que me inquieta. Es el Banco de Hierro de Braavos. Les debemos decenas de millones. Si no logramos pagar los préstamos, el banco financiará a nuestros enemigos. De un modo u otro, ellos siempre recuperan su oro.

La charla termina cuando Bronn y Tyrion se sientan con el joven escudero del enano, que regresa satisfecho de la orgía a la que acababa de invitarle a su señor. Una orgía que, por cierto, le ha salido gratis (el escudero le devuelve a Tyrion la bolsa de monedas con que debía remunerar a las meretrices) merced a sus hasta entonces ignotas habilidades para satisfacer al sexo femenino.

Aunque Bronn, Tyrion y su escudero se sientan en torno a una jarra de vino para escuchar las hazañas sexuales del muchacho, lo cierto es que el Gnomo parece que bebe para olvidar las masivas deudas que acaba de encontrar en la contabilidad de Meñique. Igual que les gustaría emborracharse para olvidar a los ciudadanos de países tan endeudados como Grecia (o como España), tras asistir al efecto que están causando en sus vidas las masivas deudas contraídas por gobernantes irresponsables. Porque endeudarse, en algunos casos y salvando las distancias, sin duda puede parece mucho peor que robar, sobre todo cuando quien endeuda a su país es un político irresponsable, inepto y a menudo corrupto, pero quien tiene que pagar las deudas es el pueblo soberano… y robado, de facto, por ese mismo político aficionado a pedir prestado para financiar burbujas de crecimiento, espejismos de solvencia económica, que le permitan mantenerse en el poder (y en bastantes casos llevarse, de paso, unos cuantos sobres o unos cuantos “tres por cientos” para remunerar su corrupción).

Antes o después, las deudas hay que pagarlas. Sobre todo si se han contraído con ese omnipotente Banco de Hierro, auténtica metáfora de eso que se ha dado en llamar “los mercados”, implacables con las economías que se resisten a devolver lo que deben. Más pronto que tarde, el país que no paga tiene que cambiar, de príncipe como en “Juego de Tronos”, o de política económica, como hemos visto en la “Canción de hielo y… deuda” entonada por doquier desde que estalló la crisis financiera de 2007.

“Juego de Tronos” culmina con este tema de la deuda ese contenido económico tan magnífico como inquietante que impregna las cinco novelas… y que se podría resumir en el lema de Casa Stark que, además, da título al primer capítulo de la serie televisiva: “Winter is coming”. Es muy cierto que “se acerca el invierno”, no sólo en el calendario, sino también en la economía, porque la crisis aún nos mantendrá muy fríos durante bastante tiempo… entre otras cosas porque tenemos al frente gobernantes tan incompetentes, arrogantes y, a menudo, corruptos como la reina Cersei. Y algunos, incluso, sueñan independizarse, amenazan con dejar de pagar sus deudas (aunque pretenden que el Estado del que quieren irse siga pagando las pensiones de sus jubilados) e incluso desearían formar su propio Banco de Hierro… aunque fuera más bien platanero, por aquello de que lo que de verdad quieren es su particular paraíso fiscal (viajar a Andorra ya está muy mal visto y además te suelen pillar).

UN LECTOR VIVE MIL VIDAS
Pero como aún estamos en otoño y no quiero terminar esta serie de artículos dejando en el aire ese mensaje económico tan invernal, también romperé una lanza (nunca mejor dicho, aunque no sea envenenada como la del príncipe Oberyn) por los valores literarios que contienen estas cinco novelas. Unos valores que se resumen en un diálogo entre Jojen Reed y el joven y paralítico Bran Stark mientras avanzan hacia ese ignoto y helado norte “más allá del Muro”:

–“¿Te gustan los libros? –replicó Jojen.
–Algunos. Me gustan las historias de batallas. A mi hermana Sansa le gustan las de besos, pero a mí me parecen una bobada.
–Un lector vive mil vidas antes de morir –dijo Jojen–. Aquel que nunca lee vive solo una.”

 Tomemos nota y sigamos viviendo miles de vidas, como las que nos han hecho vivir las más de 4.900 páginas de estas cinco apasionantes novelas de la “Canción de hielo y fuego”.

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Títulos comentados (*):

-Tormenta de Espadas. Canción de Hielo y Fuego/3.George R.R. Martin, 2000. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Tercera edición, enero del 2014.
-Festín de Cuervos. Canción de Hielo y Fuego/4.George R.R. Martin, 2005. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Cuarta reimpresión, febrero del 2014.
-Danza de Dragones. Canción de Hielo y Fuego/5.George R.R. Martin, 2011. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2012. Segunda Reimpresión, noviembre del 2014.

(*) Tercera, cuarta y quinta novelas de la saga conocida por popularmente como “Juego de Tronos” (que es el título de la primera novela y de la serie televisiva de HBO que estrenó en abril de 2015 su quinta temporada).

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A falta de pan se derrochaban palabras

Fotografía: © M.M.Capa

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A decir verdad, la situación del país en aquel año de 1919 era la peor que habíamos atravesado jamás. Las fábricas cerraban, el paro aumentaba y los inmigrantes (…) fluían en negras oleadas a una ciudad que apenas podía dar de comer a sus hijos (…). Y, naturalmente, los sindicatos y las sociedades de resistencia habían vuelto a desencadenar una trágica marea de huelgas y atentados (…). Pero los políticos, si estaban intranquilos, lo disimulaban. Inflando el globo de la demagogia intentaban atraerse a los desgraciados a su campo con promesas tanto más sangrantes cuanto más generosas. A falta de pan se derrochaban palabras y las pobres gentes, sin otra cosa que hacer, se alimentaban de vanas esperanzas”.

Es la Barcelona de las huelgas revolucionarias y la crisis coincidente con el fin de la Primera Guerra Mundial. El marco en el que se desenvuelve la empresa Savolta, dedicada a la fabricación de armamento, cuyo desarrollo está trufado de corrupción, evasión fiscal, gansterismo empresarial… Leer su historia es como abrir cualquier periódico de hoy mismo. Aunque lo que más nos suena, lo que nos resulta más actual, es esa actitud demagógica de los políticos que “a falta de pan derrochaban palabras” con sus promesas “sangrantes” y “generosas”.

En este 2015 multi-electoral y aún en plena crisis económica (por más que algunos se afanen en vender optimismo), cobra especial relevancia la primera novela de Eduardo Mendoza, “La verdad sobre el caso Savolta”. Publicada en 1975 (el año en que murió Franco), está considerada un hito de la literatura española de la Transición. Aunque, como su autor reconocía recientemente, cuando la escribió… “¡claro que yo no sabía que estaba escribiendo novela de la Transición! Entre otras cosas ¡porque no sabía que iba a haber una Transición! Eso en 1971 no estaba ni en los sueños” (entrevista a Eduardo Mendoza realizada por Juan Cruz,“El País”, suplemento “Babelia” nº 1.207, de 10 de enero de 2015).

En cualquier caso, esta novela supuso un gran cambio para la narrativa española, que en aquellos años parecía arrinconada por el ensayo. Y lo supuso por muchas cosas, como sus continuos saltos en el tiempo, el recurso a intercalar la narración con supuestos documentos oficiales, artículos periodísticos, interrogatorios judiciales… Pero, además, su contenido económico es muy notable, tanto por las descripción que hace de la crisis de aquellos años –particularmente dura en una ciudad como Barcelona–, como por toda la trama en torno al auge y decadencia de una empresa fabricante de armamento que, por métodos corruptos e ilegales (que no desvelaré aquí para no destripar la historia), se sube al carro de la Primera Guerra Mundial.

EL SUBMUNDO DE LOS NEGOCIOS
El contenido económico y empresarial que Eduardo Mendoza incluye en su novela deriva de su propia experiencia profesional. Como señala en la entrevista ya citada, el azar le lleva a trabajar en el caso de Barcelona Traction, que en los años sesenta se ve en el Tribunal de la Haya. La empresa tiene que ver con la revolución industrial catalana de principios del XIX y Mendoza trabaja en el caso porque es abogado “y porque tengo el francés y el inglés bien sabidos. Y entonces tengo que entrar en los archivos de esa compañía. Así que tengo acceso a una historia del submundo de los negocios, de los trapicheos y el politiqueo de los primeros años del siglo XX en Cataluña; y eso pasa por la Primera Guerra Mundial, por el espionaje”.

Con una materia prima tomada directamente de la realidad, Mendoza construye ese “caso Savolta” mezcla de novela negra, historia empresarial y descarnada crónica política y social de una época de crisis. Nos la cuenta uno de los protagonistas de la novela, el periodista Domingo Pajarito de Soto:

Pues ¿qué sucedió sino que la prosperidad inmerecida de los logreros, los traficantes, los acaparadores, los falsificadores de mercaderías, los plutócratas en suma, produjeron un previsible y siempre mal recibido aumento de los precios que no se vio compensado con una justa y necesaria elevación de los salarios? Y así ocurrió lo que viene aconteciendo desde tiempo inmemorial: que los ricos fueron cada vez más ricos, y los pobres, más pobres y miserables cada vez.

Ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más pobres. ¿Les suena? En este ambiente, las críticas del cronista contra el grupo Savolta son tan agrias como la siguiente, en la que denuncia…

…la conducta incalificable y canallesca de cierto sector de nuestra industria; concretamente, de cierta empresa de renombre internacional que, lejos de ser semilla de los tiempos nuevos y colmena donde se forja el provenir del trabajo, el orden y la justicia, es tierra de cultivo para rufianes y caciques, los cuales, no contentos con explotar a los obreros por los medios más inhumanos e insólitos, rebajan su dignidad y los convierten en atemorizados títeres de sus caprichos tiránicos y feudales”.

Para acallar estas denuncias, publicadas en el periódico “La Voz de la Justicia”, la empresa recurre a un truco utilizado muchas veces, incluso en tiempos recientes: contratar al periodista crítico para que realice un informe sobre la compañía. No hace muchos años, en la Asociación de Periodistas de Información Económica (a la que pertenezco) se desarrolló una campaña contra los llamados “sobrecogedores”, es decir, informadores que escribían al dictado de intereses empresariales. Pese a esa campaña impulsada por los profesionales que queríamos mantener a toda costa la independencia y el prestigio, me temo que la práctica de coger sobres (tan de moda recientemente gracias a Bárcenas y sus amigos) nunca fue extirpada del todo. Pero el periodista de “La verdad sobre el caso Savolta” no se deja comprar y su relación con la empresa acaba de un modo que no desvelaré aquí. Como hacerlo sería destripar la novela, tampoco detallaré las delictivas prácticas a las que recurre la compañía. Sí les adelanto que son todo un manual de corrupción, fraude y supercherías varias.

LA BANCA SE PONE DE CULO
La banca tampoco se libra de críticas por su papel en momentos de crisis. Durante una divertida escena, en una fiesta de la alta sociedad catalana, industriales y banqueros se enfrentan en un diálogo cargado de mala leche:

Los industriales habían acorralado a un obeso y risueño banquero y descargaban sus iras en él.
–¡No me diga usted que los bancos no se han puesto de culo! –exclamaba uno de los industriales señalando al banquero con la punta de su cigarro.
–Actuamos con cautela, señor mío, con exquisita cautela –replicaba el banquero sin perder la sonrisa–. Tenga usted en cuenta que no manejamos dinero propio, sino ahorros ajenos, y que lo que en ustedes es valentía en nosotros sería fraudulenta temeridad.

Como la que, por cierto, desarrollaron muchas entidades financieras durante la reciente burbuja inmobiliaria, sin ir más lejos. Pero ante este argumento del banquero, técnicamente irreprochable, los industriales no se arrugan y vuelven a la carga:

–¡Puñetas! –bramaba el otro industrial, cuyo rostro se tornaba rojo y blanco con pasmosa prontitud–. Cuando las cosas van bien, ustedes se hinchan a ganar…
–¡Y a estrujar! –terció su compañero.
–… y cuando van torcidas, se vuelven de espaldas…
–¡De culo, de culo!
–… y se hacen los sordos. Arruinarán al país y aún pretenderán haberse comportado como buenos negociantes.
–Yo, señores, tengo mi sueldo, que no varía de mes en mes –respondió el banquero–. Si actuamos como lo hacemos no es por lucro personal. Administramos el dinero que nos han confiado.
–¡Puñetas! Especulan con la crisis.
–También sufrimos nuestras derrotas, no lo olviden ni me obliguen a recordar casos dramáticos.

Toda una lección, escrita en 1971 y publicada en 1975, que ilustra las complejas relaciones entre banca e industria. Algo que –como algunas de las malas prácticas de empresarios corruptos y políticos demagogos descritas por esta novela– no ha cambiado demasiado cuatro décadas y varias crisis después.

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Título comentado:

-La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza, 1975. Seix Barral, Barcelona, Duodécima impresión, junio 2014.

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Un catalán como vosotros…

Fotografía: © M.M.Capa

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“La perderé, no puede ser, no es para mí, la perderé antes de que me deis tiempo a ser un catalán como vosotros ¡cabrones!”.

Es la agria reflexión de Manolo, un pobre inmigrante, xarnego o murciano (dos apelativos sinónimos aplicado a todos los que llegaban a Cataluña desde otras partes de España), cuando contempla a esa hermosa Teresa, hija ideal de la burguesía barcelonesa, a quien quiere conquistar. Su historia la escribió uno de los mayores novelistas españoles vivos, el maestro catalán y español (mal que les pese a muchos… de ambos bandos nacionalistas) Juan Marsé. Su “Últimas tardes con Teresa” es (junto a su especie de continuación “La oscura historia de la prima Montse”) una pieza indispensable de la literatura contemporánea en castellano. Una obra que nos cuenta el crisol social y económico de esa Cataluña de postguerra y desarrollismo. Una novela que merece la pena releer ahora, cuando sólo quieren votar sobre esa Cataluña los nacidos a un lado de una raya, sin que a los demás se nos deje opinar, aunque muchos sintamos, como Juan Marsé, que Barcelona es tan nuestra (como París, Londres o Nueva York) como de quienes se consideran “catalanes pata negra” por sus genes o, más frecuentemente, por su dinero y condición social.

Porque el decimonónico y trasnochado independentismo/nacionalismo (germen de los mayores desastres de la historia reciente: cuando faltan ideas lo más fácil es sacar las banderas… y tras ellas los uniformes, para uniformar a todos los individuos y conseguir eso que se llama “identidad nacional”) no es, en el fondo, más que una manipulación pilotada por las clases dirigentes en busca de su particular paraíso que –como no puede ser de modo en estos tiempos– es sobre todo un paraíso fiscal. Y esto no es aplicable sólo a Cataluña, sino prácticamente a todos los que en estos tiempos, en que deberíamos seguir soñando en la vieja utopía de en un mundo sin fronteras, continúan empeñados en trazarlas por todas partes, apoyadas en distinciones genéticas, raciales, culturales, económicas o incluso las más tontas: las históricas. ¿Qué tengo que ver yo, ciudadano del mundo del siglo XXI, con una guerra dinástica de 1714, con un golpe de Estado fascista, con un bombardeo nazi o con quejas de que éste o aquel gobierno perjudican a una u a otra comunidad autónoma? Lo que tengo que hacer es implicarme en la mejora de la sociedad, de toda, no sólo de la atrapada por una frontera más o menos artificial. Y, para ello, entre otras muchas cosas, intentaré elegir buenos gobernantes, los menos posibles (¿de verdad necesita un país diecisiete parlamentos y el planeta Tierra casi 200 Estados que se creen “independientes”?), para exigirles que se dediquen a gobernar, no a desfilar.

Tras empeñarme en hacer amigos nacionalistas con esta digresión personalísima y alejada un poco del propósito de esta bitácora digital, volvamos a las bellas e ilustrativas páginas de “Últimas tardes con Teresa”. Veamos cómo describen no sólo la diferencia, básicamente económica y social, entre xarnegos y catalanes, sino también el nacimiento de esa clase progresista, ilustrada y, por supuesto, catalanista, que está en el germen de quienes ahora se han dejado arrastrar por el independentismo:

“Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayunos con natillas; esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino, sombras tabernarias presumiblemente puteadas por el Régimen a causa de su pasado progresista”.

FARSANTES, VÍCTIMAS, IMBÉCILES…

¡Pobres señoritos ricos, que quieren enfrentarse al franquismo rampante! ¡Cuánto tuvieron que sufrir! Lo cual no evitó que recibieran luego, no sólo un lugar privilegiado en la naciente democracia, sino también, por supuesto, una buena herencia paterna… de esas que en treinta años no da tiempo a declarar al fisco y que además se confunde de mala manera con otros extraños ingresos familiares. Pero la historia sigue su curso y pone a cada cual en su sitio:

“Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda”.

Duras palabras de Juan Marsé para definir a toda una clase social, esa que –no sólo en Cataluña– al final lo único que quiere es defender sus privilegios, ganar otra vez las elecciones, ya sea paseándose con aire despistado por la Gran Muralla china, ya sea montando una campaña político-propagandística para una votación que todo el mundo sabía que no se celebraría y que era sólo un truco para conseguir más de lo mismo: más poder, más dinero y, sobre todo, más paraíso fiscal… para algunos. Pero, como medita la burguesita y universitaria Tesera, a quien desea el murciano Manolo, hay gente con otros problemas, con problemas de verdad:

“¿Debería recordarles [a sus amigos catalanes, burgueses y estudiantes] que el chico era un obrero, es decir, una persona que no está para alardes dialécticos, un hombre con otros problemas”.

Son problemas de subsistencia, de integración, que sufren las personas como Manolo, mientras a su alrededor florece la riqueza, que Juan Marsé disecciona en dos tipos, la que se ve y la que no se ve:

“Pero lo que más abunda son turistas: éstos son los ricos que se ven, piensa él [el xarnego, mientras va a la playa sobre una moto robada para encontrarse con Teresa], los que a veces incluso pueden tocarse (…); los que aún permiten, no sin fastidio por su parte, que los arrebatados indígenas llegados en bandadas [a las playas] los fines de semana, en trenes y motos, envuelvan con miserables miradas de perros callejeros sus nobles cuerpos soleados y su envidiable suerte en la vida”.

Nada que ver con los otros ricos, con los autóctonos, los padres de donde surge esa futura élite política de “señoritos de mierda”:

“Pero hay otros aún más ricos, los que apenas se dejan ver, los verdaderamente inaccesibles. De ellos se podría decir que no existen si no fuese porque algunas veces han sido vistos en lugares públicos. En sus raras visitas al pueblo sonríen con desinterés mirando a las parejas: se ve que están habituados a la felicidad, que sus pasiones están en otra parte (…): Entre ellos, ciertos hombres maduros impresionan muy particularmente al borrascoso motorista. No son ni turistas ni indígenas: viven en Villas de recreo, que tampoco apenas se ven, rodeados de jardines y pinares, entre silencios y rumorosas frondosidades de ocio, nos miran sin vernos, sus ojos están podridos de dinero y su poderosa mente marcada con viejas cicatrices de raudos negocios. Igual que gánsteres retirados, reposan impunemente al borde de piscinas muy particulares (…), junto a campos de tenis donde juegan muchachas que podrían ser sus hijas…”

De este modo captaba Manolo, cada verano…

“…el áureo prestigio del dinero que se esparce por las parcelas más privadas de la costa mediterránea como una miel dorada (…), un abandono corporal y una ternura desapasionada que ya no expresaban –felices ellos, los ricos– ninguna pena por todo aquello que nunca ha de alcanzarse en esta vida, por todo aquello que nunca ha de realizarse”.

RICATÓLICOS

Son los mismos, “felices ellos, los ricos”, que se arropan de un modo tan conveniente en la religión, la misma que ha estado en los genes fundacionales de muchos partidos nacionalistas, catalanes, como Convergencia i Unio, o españoles, como el PP, los mismos que ahora no saben qué hacer para salir del lío en que se han metido. Marsé describe a los “ricatólicos” de la burguesía catalana (que podría ser también la burguesía de cualquier otro lugar de España) al hablar de los Claramunt, los padres de la protagonista de “La oscura historia de la prima Montse”:

“Tanto ella como su marido, pese a estar llenos de buena voluntad, carecen totalmente del verdadero sentido del mal, cosa nada extraña, por paradójico que parezca, en esta clase de ricatólicos. Los Claramunt siempre han tenido una idea mítica del mal y una rara habilidad para actualizar esa idea: como en ciertos curas afables, su blanda percepción se tuerce y termina allí donde el verdadero mal tiene instaladas sus poderosas raíces”.

El “verdadero mal”, quizás ese que la madre de Montse, devota católica volcada en la presidencia de una junta diocesana desde la que, poco a poco, descubre lo que de verdad pasa más allá de los muros de la parroquia:

“… esa admirable mujer para quien la caridad hasta ahora sólo había sido un medio de satisfacer una santa indignación o una nerviosa inconsciencia, y así poder penetrar un poco en eso que su mente sencilla comienza a comprender y a temer: los problemas sociales, las podridas raíces de este frondoso árbol de la vida nacional, los jornales del hambre, el desempleo, etc. Se entretiene consultando un importante trabajo exhaustivo realizado por parroquias y que revela (…) que sólo en nuestra ciudad hay miles y miles de familias que viven en condiciones infrahumanas”.

Pese a estar escrito en 1970, hace 44 años, suena muy actual esto de “los jornales del hambre, el desempleo…”. Sin olvidar tampoco las duras condiciones de esa inmensa clase social, alejada de las preocupaciones burguesas, y que Marsé describe, de nuevo, en ese sitio más allá de las piscinas de los ricos y al que todo el mundo acude: la playa.

“Es un mundo chillón y superpoblado que se cuece al sol. Son los detritos industriales del emprendedor `seny´ condal, la servidumbre tranviaria y fabril y el peonaje foráneo que impone su fea desnudez en una reducida zona libre de sucia arena y turbias olas donde flotan residuos de comidas y de coitos degradados, un mundo abigarrado y violento y feísimo que ella [Montse] había rehuido hasta hoy y dentro del cual no es fácil mantenerse limpio ni guardar una postura digna durante mucho rato. Imposible no embrutecerse aquí –pensaría Montse–, hay una amenaza de contagio”.

¿Qué hacer para evitar ese contagio? ¿Cómo negarse a afrontar los “auténticos problemas” de quienes no han tenido la suerte de nacer “señoritos de mierda”? Pues con el truco de siempre: sacando las banderas para que eso llamado “pueblo” se ponga a desfilar, disciplinadamente, tras ellas, con el reclamo de ir a votar por algo que nadie les ha explicado de verdad.

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Títulos comentados:

-Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé, 1966. Debolsillo, Barcelona, 2005.

-La oscura historia de la prima Montse. Juan Marsé, 1970. Lumen, Barcelona, 2009.

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