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El rey Lear: Shakespeare aconseja no repartir la herencia antes de tiempo

 

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Ingratitud, demonio con corazón de mármol,
más horrendo que el monstruo marino,
cuando te manifiestas en los hijos”.

Así se lamenta del desdichado rey Lear de su gran error: repartir su herencia en vida entre dos hijas que, nada más encontrarse en posesión de tan gran patrimonio, se revuelven contra su padre. En una de las grandes tragedias de Shakespeare –¿y cuál no lo es?–, el genial dramaturgo demuestra una vez más que, como buen inglés dotado de un innegable sentido práctico, los temas económicos carecen de secretos para él.

Ya vimos en esta bitácora que incluso los maravillosos sonetos amorosos de William Shakespeare están cargados de metáforas económicas y financieras, muchas de ellas tan precisas que bien valdrían para enriquecer los pobres discursos de algún ministro del ramo (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

Igual que es capaz de rimar economía con poesía y contarnos en verso la cotización del amor, Shakespeare se adentra, con “El rey Lear”, en un tema económico universal: los dramas familiares por las herencias repartidas antes de tiempo, es decir, donadas en vida. Desde la “Biblia” hasta los más recientes culebrones de la prensa salmón, esta cuestión ha generado mucha literatura.

AMENAZA FISCAL
Ahora que, en plena campaña electoral, los políticos se llenan la boca de propuestas económicas que no entienden, conviene repasar la trágica experiencia de este rey Lear que cae en la miseria y en la locura tras repartir, prematuramente, la herencia entre dos de sus hijas.

Algunos candidatos vuelven a hablar de recuperar los Impuestos de Patrimonio y de Sucesiones, esos que, si vuelven, nunca pagarán los ricos, los que mueven de verdad enormes patrimonios de verdad y jugosas herencias, sino sólo los de siempre, las clases medias. Ante tal amenaza tributaria, quizás alguien sienta la tentación de anticiparse y piense que conviene donar ahora, en vida, aprovechando que en muchas comunidades el Impuesto de Sucesiones y Donaciones todavía es casi cero para los herederos más cercanos.

¡Cuidado! Aunque alguien crea que, al final de su vida, ya puede repartir tranquilamente sus bienes entre sus amados hijos, nadie sabe lo que nos deparará el mañana. El del rey Lear no es el único caso de alguien que creía firmemente en el amor y fidelidad de sus descendientes, pero demasiado tarde comprende que se ha equivocado: al donar su herencia antes de morir descubre lo egoístas que, de verdad, eran sus hijas, quienes, cuando se sienten ricas y poderosas al heredar, primero marginan a su anciano padre y después incluso se alzan en armas contra sus pretensiones de recuperar el trono. De ahí que las lamentaciones de un Lear enloquecido por su gran error no tengan fin a lo largo de toda la tragedia:

“El usurero cuelga al que es ratero.
A través de las telas harapientas se ven los grandes vicios;
las togas y ropajes de piel todo lo ocultan. El pecado con oro se recubre,
y la fuerte lanza de la justicia se rompe inofensiva.
Vestidlo con harapos y el dardo de un pigmeo lo atravesará”.

Más claro, y actual, imposible: las riquezas impiden que la justicia actúe contra el usurero, contra el delincuente financiero. Pero claro, si un pobre vestido de harapos roba una gallina, como su “pecado” no lo recubren el oro, las togas y los ropajes de piel, está perdido. “El usurero cuelga al que es ratero” podría ser el lema sobre las puertas de las prisiones, tan poco frecuentadas por los financieros usureros que nos llevaron a la crisis, pero tan repletas de rateros harapientos.

Pero todo esto es aún más trágico cuando, como en el caso de Lear (y de algunas otras dinastías modernas habituales en la prensa rosa y en la salmón), son tus propios descendientes quienes, aprovechando las riquezas que les has donado antes de morir, se alzan contra ti, te humillan y te arrinconan.

De las tres hijas de Lear, son las dos mayores, Gonerill y Regan, quienes reciben la herencia en vida de su monarca y padre. Y lo consiguen poniendo en valor (“más, muchísimo más…”) el amor que procesan a su progenitor. Dice Gonerill:

“Señor, os amo más de lo que las palabras pueden expresar
Y más que a vista, espacio, libertad,
más, muchísimo más que lo estimado, lo precioso, lo raro (…);
os amo más allá de la forma de decir ‘muchísimo’”.

Y Regan, tan artera como su hermana, se suma a esta cuantificación del amor:

“Estoy hecha con los mismos metales que mi hermana
y en su medida me valoro. Mi corazón veraz
siente cómo ella expresa mi contrato de amor…”

“Contrato de amor”. Cómo si el amor se pudiera contratar y medir. Ante semejante alarde de codiciosa alabanza, la tercera hija, Cordelia, no se atreve a cuantificar su amor:

“Infeliz como soy, no consigo elevar
mi corazón hasta mis labios. Conforme a nuestro vínculo
os amo, Majestad, no más, no menos”.

“No más, no menos”. Cordelia no cuantifica, no pone medida a algo, por definición, inmensurable. Pero su padre monta en cólera frente a lo que, tras las exhibiciones verbales de las Regan y Gonerill, considera frialdad y desapego en su tercera hija. Y toma la decisión de desheredarla, en este diálogo implacable:

“LEAR: ¿Tan joven y tan dura?
CORDELIA: Tan joven, mi señor, y tan sincera.
LEAR: ¡Que la sinceridad sea, pues, vuestra dote (…),
renuncio a todo parentesco, afinidad
de sangre o cualquier otra paterna obligación
y os tendré siempre como extraña
para mi corazón y para mí”.

Y acto seguido, les da todo a sus otras dos hijas y a sus respectivos cónyuges, Albany y Cornwall:

“…unid a la dote de mis hijas mayores la de la tercera.
Que la case el orgullo que ella llama franqueza.
A ambos os invisto de mi autoridad,
de mi poder y de todos aquellos atributos
propios de la realeza. Nos, cada treinta días,
reservándonos a vuestro cargo un centenar de caballeros,
residiremos con vosotros, alternativamente.
Tan sólo retendremos el nombre y todo aquello
que comporta el ser rey; las rentas, el poder
y el gobierno de todo lo demás
sean vuestros, hijos míos; y, para confirmarlo,
dividid esta corona entre los dos”.

Cuánto se parece este reparto al que hoy día hacen muchos padres, que se conforman con retener lo mínimo e incluso se muestran dispuestos a vivir, por turnos, con cada uno de sus hijos y dependiendo de ellos. Y aquí es cuando comienzan muchos problemas: cuando ese padre amado se vuelve dependiente, no por necesidad, sino por decisión propia. Pronto, alguno de los hijos, que ya ha pillado su parte de la herencia, comienza a ver a su progenitor como un estorbo. Es justo lo que le pasa a Lear, a quienes sus hijas mayores arrinconan y hasta maltratan. Pero no desvelaré más de la trama, porque merece la pena ir descubriéndola poco a poco.

SENTENCIA EJEMPLAR
El error que, en ocasiones, supone donar en vida está de actualidad. Tanto, que acaba de merecer titulares de prensa como éste:

“El Supremo anula la donación a una hija por maltratar a sus padres”.

Y el subtítulo aclara aún más la cuestión:

“El tribunal permite retirar lo entregado a la mujer alegando ‘ingratitud’”

La noticia (tomada del “El País” de 23 de octubre de 2015) recuerda al drama del rey Lear: en 2005, unos padres donaron a su hija, ante notario, dos escrituras de propiedad y 309.000 euros. Pero tuvieron que acudir a los tribunales cuando, tiempo después, esa misma hija comenzó a maltratar, física y psicológicamente, a sus progenitores. A quienes no sólo debía la vida, sino también una generosa donación.

Como la vida ni se la podían ni se la querían quitar, los padres recurrieron a los tribunales para quitarle el dinero y los bienes que habían donado a la desagradecida. Y el Supremo considera probado que, a partir de 2008, tres años después de heredar antes de tiempo, se produjeron continuos episodios de “trato despectivo y humillante” de la hija hacia sus padres. Bofetones e injurias graves elevaron aún más el tono dramático de la disputa.

El Código Civil no permite revocar una donación por causa de maltrato, pero el Supremo ha interpretado que “el maltrato de obra o psicológico del destinatario, como conducta socialmente reprobable, reviste caracteres delictivos que resultan necesariamente ofensivos para el donante”.

Magnífica sentencia. Al conocerla, igual que al repasar “El rey Lear”, muchos potenciales donantes quizás se lo piensen. Y las desagradecidas Regan y Gonerill que hay en este mundo tal vez también entiendan que no han que morder la mano de quien es generoso contigo, máxime cuando es la misma persona que te ha dado la vida. Porque entonces, la Justicia pondrá las cosas (y las donaciones) en su sitio y, además, los vástagos infames no tendrán que oír de sus maltratados padres reproches como estos que Lear dirige a sus hijas por su codiciosa lujuria:

“Ni la puta, ni el fogoso caballo van a ello
con apetito más desenfrenado.
De cintura para abajo son centauros,
aunque mujeres por arriba.”

CUIDADO CON LOS USUREROS
Para terminar, un tema colateral en este drama, pero también de actualidad. La usura, cuestión presente en muchas otras obras de Shakespeare y tema central de alguna, como “El mercader de Venecia”, se merece aquí también serias invectivas. No sólo la ya citada (“el usurero cuelga al que es ratero”), sino esta otra, reflejada en un consejo que da Gloucester, un noble fiel a Lear:

“No pongas pie en burdeles, ni tu mano en la enagua, ni tu nombre en libro de usureros. Y desafía al demonio”.

“No hay trato con la trata” es el eslogan de la vigente campaña policial contra esa lacra del tráfico de seres humanos como objetos sexuales. Pero igual podría ser “no pongas pie en burdeles”.
No te endeudes más de la cuenta, nos aconsejará cualquier asesor financiero. Porque poner nuestro “nombre en libro de usureros” equivale a quedar a su merced.
Aunque el mejor consejo de todos es el último: desafiar al demonio, es decir, no callar ante injusticia o maldad alguna.
Que así sea.

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Título comentado:

-El rey Lear. William Shakespeare, 1608. Cátedra, Madrid, décima edición, 2010.

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Juego de Tronos (1): Inversión en burdeles y crisis de deuda

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Hoy en día, los burdeles son una inversión mucho más segura que los barcos. Las putas no suelen hundirse, y si las abordan los piratas, es previo pago de dinero contante y sonante”.

Este consejo para inversores, digno del mejor gestor de fondos, es sólo una de las muchas y acertadas referencias económicas que aparecen en la espectacular saga  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). La recomendación la hace una especie de “superministro” de Economía –implicado además en provocar una gran burbuja de deuda– que aparece en la primera de las seis novelas de esta “Canción…”, la titulada precisamente “Juego de Tronos”.

El título de esta primera obra lo conocen millones de personas de todo el mundo, pues sirvió también para la espectacular serie televisiva de la HBO, sin duda a la altura de esta monumental novela río de tono medieval. Sus seis grandes tomos (en torno a 800 páginas cada uno) nos recuerdan a las historias artúricas, a Tolkien e incluso a los intensos dramas familiares y dinásticos del mismísimo William Shakespeare.

Pero las seis brillantes piezas de la “Canción de hielo y fuego” introducen un factor que apenas aparece ni en las crónicas del Rey Arturo ni en las más de mil quinientas páginas de “El Señor de los Anillos”. Con Tolkien no sabemos de dónde sale el dinero, quién paga a los soldados o siquiera qué comen los protagonistas (salvo ese pan élfico que parece no acabarse nunca). Sin embargo, aunque en “Juego de Tronos” tampoco faltan los elementos míticos, los dioses “antiguos y nuevos”, la magia, los lobos “huargos”, los dragones y hasta los muertos vivientes, es permanente la preocupación del autor por el contexto económico en que se desarrollan las aventuras.

Buena parte del éxito tanto de la serie televisiva como de las novelas de George R.R. Martin radica en su realismo: desterrados de su lenguaje los nocivos efectos de lo “políticamente correcto”, no se escatiman ni la sangre, ni el sexo, ni la suciedad, ni los sentimientos, ni, por supuesto, el oro, las deudas, los precios de los alimentos o de los mercenarios, el coste de mantener un castillo o un trono, o de contratar una flota de barcos para que Daenerys –esa bella princesa Targaryen, madre de dragones y liberadora de esclavos que ha enamorado a medio mundo–, resuelva su principal problema: tiene dragones, sí, pero no dinero para fletar barcos que crucen el mar Angosto camino de los Siete Reinos de Poniente.

GEOGRAFÍA ECONÓMICA
Esta constante presencia de la economía y las finanzas se aprecia hasta en la peculiar geografía de la “Canción de Hielo y Fuego”: el norte frío y desolado (¿Invernalia es Escocia o incluso Rusia?); los reinos centrales ricos (¿el refinado Altojardín es Francia o Italia? ¿Desembarco del Rey es Inglaterra o Alemania?); el sur exótico y soleado (¿Dorne es España y quizás por eso la quinta temporada, en la que ese reino gana protagonismo, se rodó en Andalucía?); las aún más exóticas ciudades libres y también ricas de Oriente y del mar de Jade (¿Arabia y, más allá, China y el sureste asiático?)… Por no hablar de las referencias históricas al mundo clásico perdido (¿Valyria es Roma?), algunas de ellas tan directas como ese Muro que separa los siete reinos del norte salvaje y helado, igual que el Muro de Adriano marcó la frontera británica entre el Imperio Romano y las inconquistables tierras norteñas de los pictos…

Es imposible no sentirse atrapado por el vigor de esta narración, entre otras cosas por ese realismo que nos hace tan próximos unos protagonistas que sufren, aman, odian, follan y cortan cabezas, manos y hasta pollas… Pero también gastan, se endeudan, mendigan, desfalcan y consumen. Y en eso esta saga literaria vuelve a recordarnos a Shakespeare, que sí metió economía en muchas de sus tragedias, como pronto veremos en este blog, e incluso en su poesía (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

Precisamente en la obra del inglés aparecen también los barcos, una de las inversiones más clásicas desde la antigüedad. Esos buques necesarios para transportar ejércitos, pero sobre todo mercancías, siempre sometidos a los riesgos de la piratería y de las tempestades. Los barcos son el tema económico central de una tragedia de Shakespeare que incluso lleva el comercio en su título: “El mercader de Venecia”. Ese comerciante e inversor que “tiene toda su fortuna en el mar”, lo cual le hace caer en las garras del usurero judío que también pretende amputar algo, pues quiere cobrarse su deuda en carne.

LA “CALDERILLA” DE LA DEUDA PÚBLICA
Quien en “Juego de Tronos” –insisto, la primera novela de la serie– desaconseja invertir en barcos es sin duda el personaje más económico de toda la saga: Lord Petyr Baelish, apodado Meñique, consejero de la moneda de la casa Baratheon y de su capital, Desembarco del Rey. Este Meñique que prefiere invertir en burdeles antes que en navíos, actúa como un auténtico ministro de Economía que siempre consigue dinero para financiar las extravagancias y las continuas guerras de sus reyes.

Unos monarcas que, por supuesto, apenas se preocupan de dónde salen los fondos, la “calderilla” que financia su continuo juego de tronos:

“Te lo juro [le dice el rey Robert a su amigo Eddard Stark], sentarse en un trono es mil veces más duro que conquistarlo. La ley es un asunto tedioso, y contar calderilla, aún más”.

Eso le tocará al propio Stark cuando, una vez nombrado mano del rey (algo así como primer ministro), se enfrenta a los enormes gastos de un torneo con el que el monarca quiere festejar tal nombramiento. El adusto norteño se horroriza cuando lee, pormenorizados, los dispendios del torneo en dragones de oro, cuyo valor (por cómo lo usa el autor) podríamos comparar con el ducado de oro español del siglo XV, que valía 375 maravedís, frente a los 34 del real de plata. Contabilizados en lo que parece el dólar de la saga, los costes del torneo llegan a superar los 90.000 dragones de oro sólo en premios para los ganadores, a los que se suman los gastos en “cocineros, carpinteros, doncellas, juglares, malabaristas, bufones…”. El diálogo que sigue podría haberse desarrollado entre el presidente del Eurogrupo y el ministro griego de Economía:

“–¿Podrá cargar el tesoro con los gastos? –preguntó el gran maestre Pycelle [uno de los consejeros del Rey] a Meñique.
–¿A qué tesoro os referís? –replicó Meñique con una mueca–. No digáis tonterías, maestre. Sabéis tan bien como yo que las arcas llevan años vacías. Tendré que pedir prestado el dinero. Los Lannister serán generosos, no me cabe duda. Ya le debemos a lord Tywin más de tres millones de dragones; no importa que sean cien mil más.
–¿Estáis insinuando que la corona tiene deudas por valor de tres millones de piezas de oro –Ned [Stark] estaba atónito.
–La corona tiene deudas por más de seis millones, lord Stark. Los Lannister [¿por qué no los banqueros germanos?] son los principales acreedores, pero también hemos pedido crédito a los Tyrell [de la rica y afrancesada Altojardín], al Banco de Hierro de Braavos y a varias compañías financieras de Tyrosh [¿quizás equivalentes a ciertos bancos de inversión y fondos buitre norteamericanos?]”.

Los apuros financieros de Meñique son tales, que incluso pide dinero al clero:

“Últimamente he tenido que dirigirme a la Fe [una especie de Vaticano]. El septón supremo [equivalente al Papá o, mejor, al director del banco vaticano] regatea mejor que un pescadero de Dorne.
–Aerys Targaryen [el rey depuesto por Robert] dejó las arcas repletas. –Ned no daba crédito a sus oídos–. ¿Cómo habéis permitido que se llegara a esta situación?
–El consejero de la moneda consigue el dinero –replicó Meñique, encogiéndose de hombros–. El rey y la mano lo gastan”.

Una respuesta similar debieron dar muchos ministros de Economía cuando se descubrió, en la reciente crisis de la deuda europea, que sus Estados se habían endeudado muy por encima de sus posibilidades. Toda una lección de realismo que demuestra cómo todos los juegos, sobre todo los de tronos (léase los electorales), siempre cuestan dinero. Eddard Stark tiene que enfrentarse a ese endeudamiento cuyo coste final podría ser todo un reino:

“Robert y su Consejo de cobardes y aduladores dejarían el reino en la ruina si [Stark] no hacía nada. O peor aún, se lo venderían a los Lannister para pagar deudas”.

Una deuda hinchada por personajes como Meñique –muy habituales no sólo en las páginas de esta novela, sino también en las de la prensa económica–. Pero de cómo se convirtió lord Baelish en el auténtico brujo de las finanzas, en el gestor de una crisis que recuerda tanto a las actuales, hablaremos más extensamente en el próximo artículo. El tema merece mucha más atención porque las habilidades financieras de Meñique son muy parecidas a las demostradas por quienes inflaron la burbuja, se forraron con ella, nos arruinaron a todos y, pese a ello, siguen coleando por ahí, aunque quizás deberían haber sido desterrados al Muro (a dónde en “Juego de Tronos” envían a ladrones, asesinos, violadores y malos pagadores) o incluso condenados a que su cabeza decorara (siquiera simbólicamente) una pica enhiesta sobre alguna ruina inmobiliaria.

No se pierdan, pues, el próximo capítulo sobre “Juego de Tronos” en este blog. Porque –como se repite en la saga cada vez que aparece el lema de los Stark– …“winter is coming”. Aunque en nuestras economías, después de siete años de crisis, el invierno aún no se ha ido del todo, y podría volver.

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Título comentado:

-Juego de Tronos. Canción de Hielo y Fuego/1.George R.R. Martin, 1996. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Quinta Reimpresión, enero del 2014.

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