El desmoronamiento que arrastró al mundo

Fotografía: © M.M.Capa

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“Básicamente, Wall Street (o ‘Gotham ­–como él lo llamaba–, el ano, el agujero negro del país que absorbe todo el dinero, el ojo de apocalipsis’) había fragmentado y reagrupado las hipotecadas tantas veces a través de la titulización y los bancos se habían saltado tantos procedimientos tratando de recuperar los préstamos tóxicos que no había institución capaz de determinar fidedignamente quién ostentaba los derechos sobre las viviendas”.

Espectacular descripción de la crisis de las hipotecas basuras (subprime en el lenguaje políticamente correcto) que estalló en Estados Unidos en 2007 y desencadenó el desmoronamiento del que todos, aún hoy día, somos víctimas. La descripción es de un abogado especializado en pleitos inmobiliarios, uno de los muchos personajes reales (algunos famosos, otros simples ciudadanos de a pie) que pueblan el libro ganador del National Book Award de 2013 (y de un montón de premios norteamericanos más):“El Desmoronamiento”, escrito por el periodista y escritor George Packer.

Aunque la norma de esta bitácora es bucear en la economía que esconden las grandes novelas y obras literarias, voy a saltármela (para eso están las normas) porque merece la pena hablar de una obra de no ficción, pero escrita con un vigor literario capaz de competir con algunas de las grandes novelas norteamericanas, como “Las uvas de la ira” de Steinbeck… que, por cierto, el propio Packer cita y que ya ha sido comentada en este blog (http://economiaenlaliteratura.com/la-gran-novela-de-la-gran-crisis/).

“El Desmoronamiento” es una impresionante obra coral que recorre, como reza su subtítulo, “Treinta años de declive americano”. Comienza en 1978, con las crisis industriales que convirtieron el “Cinturón del Acero” en el “Cinturón del Óxido” de la América profunda, y termina en 2012, cuando la crisis financiera seguía arrasándolo todo a su paso. El libro está protagonizado, entre otros muchos, por simples supervivientes como la familia Hartzell, que en Tampa, Florida –arquetipo de la ciudad machacada aún en 2012 por la crisis inmobiliaria–, se afanan por salir adelante como sea:

“Era el antepenúltimo día de agosto. Mientras los republicanos clausuraban su convención de 123 millones de dólares, a quince minutos de allí, a los Hartzell, tras haber pagado todas las facturas, les quedaban cinco dólares hasta septiembre.”

Pero por las páginas de este libro desfilan también visionarios millonarios de Silicon Valley, como Peter Thiel, raperos famosos como Jay-Z, políticos como el ultraconservador Newt Gingrich, asesores de la Casa Blanca como Jeff Connaughton, emprendedores que buscan una nueva economía verde, como Dean Price, activistas obreras como Tammy Thomas o incluso personajes tan populares como Oprah Winfrey, el general Colin Powell, el que fuera secretario del Tesoro Robert Rubin, o el multimillonario forjador de un imperio comercial, Sam Walton, quien…

“Era tan tacaño que redujo el nombre todo lo que pudo para que tuviera las menores letras posibles: la nueva tienda se llamó Wal-Mart. Prometía ‘precios bajos todos los días’”.

LA JERGA OPACA DE WALL STREET
En sus espectaculares semblanzas de los grandes protagonistas de la historia reciente de los Estados Unidos o de esa multitud de supervivientes –los auténticos protagonistas– que se afana a pie de calle, George Packer realiza un impresionante viaje literario sobre la cruda realidad que metió a este país –con su crisis industrial y de valores, unida a  su liberalización financiera, semilla y síntoma a la vez de la crisis subprime– en ese desmoronamiento. Estamos, y es bueno repetirlo, ante una obra de ficción escrita como una brillante novela que atrapa al lector y nos cuenta cómo comenzó todo lo que ahora, de un rincón a otro del planeta, seguimos padeciendo. Y muchos testimonios recogidos en esta obra ilustran que todo se inició con la derogación de la famosa Ley Glass-Steagall (se derribaron así las barreras entre banca comercial y banca de inversión) y continuó con la falta de valores que se instauró en el mercado financiero. Una crisis ética narrada a través de la experiencia de un alto ejecutivo de un banco estadounidense (uno de los pocos personajes del libro que prefiere mantener el anonimato… ¡por algo será!):

“… Kevin [nombre ficticio] se dio cuenta muy pronto de que la banca no era un asunto tan complicado. Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños, pero para tener éxito solo había que controlar un mínimo de matemáticas y saber mentir. Lo primero para las compraventas, lo segundo para negociar. Para alcanzar la cumbre tenías que ser un auténtico hijo de puta y acuchillar a unos cincuenta y siete compañeros: eso era lo único que los separaba de los diez siguientes puestos del escalafón”.

Con esta falta de normas (tanto legales como éticas), el estallido de la burbuja inmobiliaria se convierte en el epicentro de un terremoto de sobra conocido y analizado, pero al que este libro dedica páginas brillantes. Después de que, en diciembre de 2005, el precio medio por unidad habitacional tocara el techo de 322.000 dólares en uno de los mercados más sobrecalentados (Forida)…

“… En algún momento de finales de 2005 o principios de 2006, el mercado inmobiliario alcanzaba máximos vertiginosos, pero los especuladores perdieron la fe de un día para el otro. La confianza que mantenía Florida a flote se evaporó y la economía, suspendida e inmóvil en el aire, como el Coyote de los dibujos animados, miró hacia abajo y cayó en picado. Los precios hicieron lo que prestatarios, prestamistas, banqueros asiáticos en busca de beneficios del 8 por ciento, tertulianos histriónicos de la CNBC y Alan Greenspan [por entonces presidente de la Reserva Federal] creían imposible: comenzaron a bajar”.

FE EN EL PERIODISMO
Aunque no todo son tertulianos histriónicos e informadores interesados. También hubo algunos periodistas, como Mike Van Sickler, que lo vieron venir e investigaron a fondo la cadena especulativa, la especie de pirámide de Ponci en que se había convertido el sobrecalentado mercado inmobiliario. Este informador, pese a todas las dificultades que encontró en sus investigaciones, mantiene su fe en el periodismo de calidad y en su vital importancia para la sociedad:

“Hay que creer en algo (…). Yo no creo en Dios. Creo en esto. Creo en la posibilidad de que el hombre sea mejor cada día, de que como sociedad civilizada seamos mejores cada día. Y el periodismo es el engranaje de esa sociedad que nos ayuda a estar seguros de que las cosas funcionan”.

Porque, como se señala en el siguiente párrafo…

“Durante la mayor parte del siglo XX en Estados Unidos, las cosas habían funcionado como nunca antes en la historia de la humanidad. Aunque ya no fuera así y la mayoría de los estadounidenses no confiaran en los periodistas como él, ¿qué alternativa quedaba? ¿Quién si no iba a ganarse los oídos y la mirada del público? Los blogs políticos (…) no iban a los ayuntamientos, y Google y Facebook no hacían política en los gobiernos condales”.

LAS BURBUJAS Y EL HECHIZO DE LOS APARATITOS
Esta crítica al papel de las redes sociales se extiende a otros ámbitos tecnológicos y quien mejor la expresa es otro gran protagonista de esta obra: Peter Thiel, millonario de Silicon Valley que se hizo rico apostando por Facebook, Paypal y otros grandes nombres del sector. Thiel analiza así el periodo vivido entre 1982 (el fin de la recesión del gobierno Reagan) y el crak hipotecario de 2007:

“También se podía estudiar este tiempo como una sucesión de burbujas: la de los bonos, la tecnológica, la de la Bolsa, la de los mercados emergentes, la inmobiliaria… Una tras otra habían reventado, lo que demostraba que se trataba de soluciones temporales para problemas a largo plazo, quizás una manera de ocultar esos problemas, distracciones. Tanta burbuja y tanta gente persiguiendo burbujas efímeras al mismo tiempo dejaba claro que había algo fundamentalmente erróneo en cómo funcionaban las cosas”.

De hecho, al propio Thiel le parece que ese Silicon Valley que le ha hecho multimillonario supone, en realidad, un “parón tecnológico”:

“En comparación con el programa espacial Apolo o el avión supersónico, el teléfono inteligente parecía algo menor. En los cuarenta años anteriores a 1973 se produjeron gigantescos avances tecnológicos y los salarios se sextuplicaron. Desde entonces, los estadounidenses habían caído bajo el hechizo de los aparatitos, olvidando lo lejos que podía llegar el progreso”.

Porque, en opinión de Thiel, estas nuevas tecnologías no habían servido para lograr la utopía que se esperaba de ellas:

“Los coches, trenes y aviones no eran muchos mejores que en 1973. El precio cada vez más alto del petróleo y de los alimentos era un reflejo del total fracaso de las tecnologías energética y agrícola. Los ordenadores no habían creado puestos de trabajo suficientes para sostener a la clase media, no habían implicado avances revolucionarios en la fabricación ni en la productividad, no habían elevado el nivel de vida de todas la clases (…). Apple era ‘más que nada, innovación en diseño’. Twitter daría trabajo a quinientas personas durante la siguiente década, ‘pero ¿cuánto valor creará para la economía global?’ (…) Todas las empresas en las que había invertido [incluida Facebook] empleaban algo menos de mil quinientas personas en total”.

El resultado de todo ello es que…

“…la creación de mundos virtuales había sustituido a los avances en el mundo real. ‘Podría decirse que internet es, entre otras cosas, una herramienta de evasión –afirmaba Thiel– (…). Tenemos ante nosotros un mundo real en el que todo es complicado o ha dejado de funcionar, la política es una locura, es difícil elegir para los cargos a las personas apropiadas, el sistema no funciona. Y luego tenemos los mundos alternativos, en los que no hay cosas: solo ceros y unos en un ordenador que puedes reprogramar…”.

Una frase del propio inversor tecnológico resume esta frustración:

“Queríamos coches voladores y lo que hemos conseguido han sido ciento cuarenta caracteres”.

Y el desmoronamiento del mundo real nos ha llevado al punto en el que estamos, desde el que quizás tardemos décadas en recuperarnos… si es que lo conseguimos. A no ser que nos beneficiemos de lo que el entonces presidente de Google, Eric Schmidt, dijo en un congreso tecnológico celebrado en verano de 2012 y al que asistía Thiel. Según Schmidt…

“… la Ley de Moore, según la cual la potencia de los ordenadores se dobla cada dos años, seguiría siendo aplicable al menos otra década”.

La respuesta de Thiel fue contundente:

“Esa es la forma de ver las cosas de Google (…). Si pensamos en dentro de cuarenta años, la Ley de Moore será buena si uno es un ordenador. Pero la pregunta es: ¿hasta qué punto será buena para los seres humanos, cómo se traducirá en progreso económico para los seres humanos?”.

Si alguien que no sea un ordenador tiene la respuesta, por favor que no dude en ponerse en contacto conmigo para que lo cuente en esta bitácora digital.

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Título comentado:

-El Desmoronamiento.George Packer, 2013. Debate/Penguin Rancom House, Barcelona, 2014.

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Una economía sin niños no es economía

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

La historia, que interpreta el pasado para entender el futuro, es la disciplina menos gratificante para una especie moribunda”.

Y si la historia deja de tener sentido porque ya no hay futuro, menos sentido tiene aún la economía. La escritora británica Phyllis Dorothy James (1920/2014), conocida como P.D. James, nos narra en su novela “Hijos de hombres” un escenario demográfico de ficción pero que estremece, sobre todo mientras en algunos países, como el nuestro, se reduce la población: ¿Se imaginan un mundo en el que, de pronto, dejaran de nacer niños? ¿Cómo cambiarían la sociedad, la cultura, la política y, por supuesto, la economía?

Demografía y economía son dos disciplinas interrelacionadas. Todo el mundo está de acuerdo en que un excesivo crecimiento de la población es un serio problema económico para un país (que se lo digan a China y su polémica política del “hijo único”). Pero también es evidente lo contrario: un retroceso demográfico dificulta, e incluso puede llegar a frenar, el desarrollo económico.

Los últimos datos nos dicen que en España ya nace cada año menos gente de la que fallece. A esto se suma que el flujo migratorio se ha invertido (no sólo vienen menos inmigrantes, sino que muchos de ellos retornan a sus países de origen, al tiempo que cada vez más españoles, sobre todo jóvenes, emigran como en los años sesenta). El resultado es un retroceso demográfico que, aunque alivie la presión sobre el desempleo, reduce la demanda interna y puede convertirse en un lastre para la ya lenta recuperación económica.

Pero imaginen este factor llevado al extremo. Es lo que nos cuenta esta extraordinaria novela, escrita en 1992 y que tuvo en 2006 una versión cinematográfica bastante libre pero muy interesante, dirigida por Alfonso Cuarón y protagonizada por Clive Owen, Julianne Moore y Michael Caine. Todo comienza por lo que parece una simple crisis demográfica, quizás similar a la que ahora vivimos en algunos países:

Hubiéramos debido darnos por advertidos a comienzos de los años noventa. Ya en 1991, un informe de la Comunidad Europea señalaba un notable descenso en el número de niños nacidos en Europa: 8,2 millones en 1990, con disminuciones particularmente pronunciadas en los países católicos. Creíamos saber las razones, que el descenso era deliberado, consecuencia de actitudes más liberales respecto al control de natalidad y el aborto, el aplazamiento del embarazo por parte de las profesionales dedicadas a sus carreras, el deseo de un nivel de vida superior por parte de las familias”.

¿Les suena? La acción comienza el 1 de enero de 2021, justo al día en que fallece, a causa de una pelea en un bar, el último ser humano nacido en la Tierra. Muere a los 25 años, pues había nacido en 1995… el último año en que se registraron nacimientos en nuestro planeta. Como consecuencia de una inexplicable epidemia de esterilidad masculina cuyo fundamento científico es imposible de encontrar, no hay nacimientos desde 1995, bautizado como el año Omega. Por tanto, lo previsible es que la raza humana se haya extinguido, como mucho, en apenas un siglo, cuando ya hayan muerto todos los nacidos en 1995. Un profesor británico de historia (esa ciencia que deja de tener sentido), un hombre solitario en la cincuentena y que atropelló en un trágico accidente a su propia hija, nos narra cómo ha cambiado ese mundo que, sin hijos, pierde también la esperanza y el sentido de casi todo, incluida, por supuesto, la economía.

Después de Omega, cuando el país se sumió en la apatía, sin que nadie quisiera trabajar, con los servicios casi interrumpidos, la delincuencia incontrolable, toda esperanza y ambición perdidas para siempre, Inglaterra se convirtió en una fruta madura para que él la recogiera”.

Y ese “él” es un dictador, Xan, convertido en el “Guardián de Inglaterra”, que toma el control y ofrece a la población lo único que necesita:

Viven sin esperanza en un planeta moribundo. Lo único que quieren es seguridad, comodidad y placer. El Guardián de Inglaterra puede prometerles las dos primeras cosas, que ya es más de lo que la mayoría de los gobiernos extranjeros consigue hacer”.

Seguridad, comodidad y placer. Un trío poderoso, convincente y… peligroso. Porque en definitiva supone renunciar a lo que un protagonista de la novela define como lo que debería hacer un “gobierno solvente”:

–¿Qué entiende por un gobierno solvente? –preguntó Julian.
–Buen orden público, ausencia de corrupción entre los altos cargos, ausencia de miedo a la guerra y el crimen, una distribución razonablemente equitativa de la riqueza y los recursos, preocupación por la vida del individuo.
–En tal caso no tenemos un gobierno solvente –opinó Luke.
–Tal vez tengamos el mejor gobierno posible en las actuales circunstancias…”.

Seguro que todos votaríamos, en esta España electoral de 2015, a quién nos garantizara este programa de gobierno solvente, en el que además se cita expresamente que haya “ausencia de corrupción entre los altos cargos”. Pero quizás algunos votantes actuales quieran limitarse a aceptar seguridad y comodidad, a cambio de renunciar a todo lo demás. O sueñen incluso con otro concepto más económico de gobierno que aparece en esta novela: un “gobierno generoso”:

La generosidad [afirma el dictador Xan cuando le reprochan haber restringido la inmigración] es una virtud propia de los individuos, no de los gobiernos. Cuando los gobiernos son generosos, es siempre con el dinero de otros, la seguridad de otros, el futuro de otros”.

…Y generando el déficit y las deudas que tendremos que pagar otros, podríamos añadir para completar la reflexión. Seguridad y comodidad, pero nada de generosidad en un mundo sin esperanza.

IMPORTACIÓN DE JÓVENES
Porque no hay nada de generosidad en facilitar la inmigración, pues esa Inglaterra moribunda lo hace sólo para cubrir necesidades económicas básicas de una población cada vez más envejecida. Y para dejarlo más claro, se habla incluso de “importación de jóvenes”:

–¿Le parece justo que haya un edicto que prohíba emigrar a nuestros omegas [se llama así a los últimos nacidos, la generación de 1995]. Pero importamos omegas y jóvenes de los países más pobres para que hagan los trabajos sucios, limpien las alcantarillas, cuiden a los incontinentes y a los ancianos.
–Están ávidos por venir, supongo que porque encuentran una mayor calidad de vida (…).
–Vienen a comer (…). Luego, cuando se hacen viejos, el límite de edad son los sesenta años, ¿verdad?, los envían de vuelta tanto si quieren como si no”.

Esto también suena bastante actual. Sobre todo cuando, después de “importar” masivamente inmigrantes, ahora estamos “exportando” población que se marcha ante la falta de expectativas económicas. Pero el límite de edad no está ya en esos sesenta años en los que se supone que entras en la vejez (lo que multiplica los gastos públicos en pensiones y en esa sanidad cada vez más restrictiva para los inmigrantes), sino que ha bajado a menos de la mitad: son nuestros jóvenes los que se van, “tanto si quieren como si no”… huyendo del paro.

Quedarse sin jóvenes con capacidad de trabajar es el primer efecto económico evidente de una interrupción súbita de los nacimientos. Pero hay muchos otros. ¿Qué pasaría, por ejemplo, con el mercado inmobiliario? Directamente, desaparecería. El protagonista, que habita en solitario una gran casa de Oxford, lo explica así:

Esta estrecha casa de cinco pisos es demasiado grande para mí, naturalmente, pero con el actual descenso de la población no es muy probable que me critiquen por no compartir lo que me sobra. No hay estudiantes que reclamen a gritos una habitación de alquiler, ni jóvenes familias sin hogar que remuerdan la conciencia social de los más privilegiados”.

Además, el campo poco a poco se desertiza, ya que las autoridades animan a que la decreciente población se concentre en núcleos urbanos, donde es más fácil suministrar, con recursos cada vez más escasos, las necesidades básicas, pues…

…el Guardián había prometido mantener el suministro de luz y energía, a ser posible hasta el final”.

Entre esas necesidades básicas destaca una: la seguridad. Lo explica uno de los consejeros del Guardián de Inglaterra, para justificar la existencia de la Colonia Penal de Man, la isla donde se abandona a los delincuentes a su suerte, sin ningún tipo de sistema penitenciario, entre otras cosas porque no hay recursos ni personal para mantenerlo:

–En cuanto a lo de emplear un gobernador o funcionarios de prisiones que impongan el orden… ¿Dónde piensa encontrarlos? (…) El pueblo ya está harto de delincuentes y delincuencia (…) Se ha intentado de todo para curar la criminalidad del hombre (…). Ahora, desde Omega, el pueblo nos ha dicho ‘basta’. Sacerdotes, psiquiatras, criminólogos… Ninguno ha encontrado respuesta. Lo que nosotros garantizamos es la desaparición del miedo, de la escasez, del aburrimiento. Las restantes libertades carecen de sentido cuando no se está libre del miedo”.

UNA INDUSTRIA MONTADA EN TORNO AL DELINCUENTE
¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, se ha recurrido al miedo para recortar libertades? Simplificar el sistema penal, aislar a los delincuentes en una isla donde deben matarse entre ellos para subsistir, es una receta fácil y, además, barata, económica, como explica el propio Xan en este mismo diálogo:

Sin embargo, el antiguo sistema no estaba completamente desprovisto de ventajas, ¿verdad? La policía estaba bien pagada. Y a las clases medias les iba muy bien así: educadores, asistentes sociales, magistrados, jueces, funcionarios de justicia… Toda una provechosa industria montada en torno al delincuente. Tu profesión, Felicia, [se dirige a una consejera antigua jurista] era de las que más se beneficiaba, ejerciendo sus costosas funciones legales para conseguir que la gente fuese condenada de modo que sus colegas pudieran tener la satisfacción de trastocar el veredicto en los tribunales de apelación. En la actualidad, fomentar la delincuencia es un lujo que no podemos permitirnos, ni siquiera para proporcionar un confortable medio de vida a los liberales de clase media”.

La justicia, como tantos otros servicios públicos, convertida en un “lujo”. Otra de las estremecedoras paradojas de un mundo moribundo. Pero no la única. Desaparecen sectores productivos enteros (entre ellos, uno de los primeros, por razones obvias, el del juguete), es el fin de la ecología y de los esfuerzos por proteger la naturaleza (“¿Por qué conservar lo que iban a tener en abundancia?”) y, por supuesto, se termina la protección social para los ancianos dependientes: el gobierno fomenta suicidios colectivos –en apariencia voluntarios pero en realidad organizados por las fuerzas del orden– para eliminar a la población que ya no puede valerse por sí misma.

Este escenario social, política y económicamente apocalíptico, sufre un inesperado giro final, que no desvelaré. Y, sobre todo, nos hace reflexionar sobre la importancia de un adecuado equilibrio demográfico que no adelante en la historia del hombre la cita bíblica tomada para justificar el título de esta impresionante novela:

Señor, Tú has sido nuestro refugio, de una generación a otra. Antes de que existieran las montañas o fueran creados la tierra y el mundo: Tú eres Dios de lo perdurable y mundo sin fin. Tú vuelves al hombre a la destrucción; de nuevo dices: Venid de nuevo a mí, hijos de hombres. Pues un millar de años a tus ojos son como ayer, pues ves lo pasado como un vigía de la noche”.

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Título comentado:

-Hijos de hombres. P. D. James, 1992. Ediciones B, Barcelona, 1994.

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A falta de pan se derrochaban palabras

Fotografía: © M.M.Capa

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A decir verdad, la situación del país en aquel año de 1919 era la peor que habíamos atravesado jamás. Las fábricas cerraban, el paro aumentaba y los inmigrantes (…) fluían en negras oleadas a una ciudad que apenas podía dar de comer a sus hijos (…). Y, naturalmente, los sindicatos y las sociedades de resistencia habían vuelto a desencadenar una trágica marea de huelgas y atentados (…). Pero los políticos, si estaban intranquilos, lo disimulaban. Inflando el globo de la demagogia intentaban atraerse a los desgraciados a su campo con promesas tanto más sangrantes cuanto más generosas. A falta de pan se derrochaban palabras y las pobres gentes, sin otra cosa que hacer, se alimentaban de vanas esperanzas”.

Es la Barcelona de las huelgas revolucionarias y la crisis coincidente con el fin de la Primera Guerra Mundial. El marco en el que se desenvuelve la empresa Savolta, dedicada a la fabricación de armamento, cuyo desarrollo está trufado de corrupción, evasión fiscal, gansterismo empresarial… Leer su historia es como abrir cualquier periódico de hoy mismo. Aunque lo que más nos suena, lo que nos resulta más actual, es esa actitud demagógica de los políticos que “a falta de pan derrochaban palabras” con sus promesas “sangrantes” y “generosas”.

En este 2015 multi-electoral y aún en plena crisis económica (por más que algunos se afanen en vender optimismo), cobra especial relevancia la primera novela de Eduardo Mendoza, “La verdad sobre el caso Savolta”. Publicada en 1975 (el año en que murió Franco), está considerada un hito de la literatura española de la Transición. Aunque, como su autor reconocía recientemente, cuando la escribió… “¡claro que yo no sabía que estaba escribiendo novela de la Transición! Entre otras cosas ¡porque no sabía que iba a haber una Transición! Eso en 1971 no estaba ni en los sueños” (entrevista a Eduardo Mendoza realizada por Juan Cruz,“El País”, suplemento “Babelia” nº 1.207, de 10 de enero de 2015).

En cualquier caso, esta novela supuso un gran cambio para la narrativa española, que en aquellos años parecía arrinconada por el ensayo. Y lo supuso por muchas cosas, como sus continuos saltos en el tiempo, el recurso a intercalar la narración con supuestos documentos oficiales, artículos periodísticos, interrogatorios judiciales… Pero, además, su contenido económico es muy notable, tanto por las descripción que hace de la crisis de aquellos años –particularmente dura en una ciudad como Barcelona–, como por toda la trama en torno al auge y decadencia de una empresa fabricante de armamento que, por métodos corruptos e ilegales (que no desvelaré aquí para no destripar la historia), se sube al carro de la Primera Guerra Mundial.

EL SUBMUNDO DE LOS NEGOCIOS
El contenido económico y empresarial que Eduardo Mendoza incluye en su novela deriva de su propia experiencia profesional. Como señala en la entrevista ya citada, el azar le lleva a trabajar en el caso de Barcelona Traction, que en los años sesenta se ve en el Tribunal de la Haya. La empresa tiene que ver con la revolución industrial catalana de principios del XIX y Mendoza trabaja en el caso porque es abogado “y porque tengo el francés y el inglés bien sabidos. Y entonces tengo que entrar en los archivos de esa compañía. Así que tengo acceso a una historia del submundo de los negocios, de los trapicheos y el politiqueo de los primeros años del siglo XX en Cataluña; y eso pasa por la Primera Guerra Mundial, por el espionaje”.

Con una materia prima tomada directamente de la realidad, Mendoza construye ese “caso Savolta” mezcla de novela negra, historia empresarial y descarnada crónica política y social de una época de crisis. Nos la cuenta uno de los protagonistas de la novela, el periodista Domingo Pajarito de Soto:

Pues ¿qué sucedió sino que la prosperidad inmerecida de los logreros, los traficantes, los acaparadores, los falsificadores de mercaderías, los plutócratas en suma, produjeron un previsible y siempre mal recibido aumento de los precios que no se vio compensado con una justa y necesaria elevación de los salarios? Y así ocurrió lo que viene aconteciendo desde tiempo inmemorial: que los ricos fueron cada vez más ricos, y los pobres, más pobres y miserables cada vez.

Ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más pobres. ¿Les suena? En este ambiente, las críticas del cronista contra el grupo Savolta son tan agrias como la siguiente, en la que denuncia…

…la conducta incalificable y canallesca de cierto sector de nuestra industria; concretamente, de cierta empresa de renombre internacional que, lejos de ser semilla de los tiempos nuevos y colmena donde se forja el provenir del trabajo, el orden y la justicia, es tierra de cultivo para rufianes y caciques, los cuales, no contentos con explotar a los obreros por los medios más inhumanos e insólitos, rebajan su dignidad y los convierten en atemorizados títeres de sus caprichos tiránicos y feudales”.

Para acallar estas denuncias, publicadas en el periódico “La Voz de la Justicia”, la empresa recurre a un truco utilizado muchas veces, incluso en tiempos recientes: contratar al periodista crítico para que realice un informe sobre la compañía. No hace muchos años, en la Asociación de Periodistas de Información Económica (a la que pertenezco) se desarrolló una campaña contra los llamados “sobrecogedores”, es decir, informadores que escribían al dictado de intereses empresariales. Pese a esa campaña impulsada por los profesionales que queríamos mantener a toda costa la independencia y el prestigio, me temo que la práctica de coger sobres (tan de moda recientemente gracias a Bárcenas y sus amigos) nunca fue extirpada del todo. Pero el periodista de “La verdad sobre el caso Savolta” no se deja comprar y su relación con la empresa acaba de un modo que no desvelaré aquí. Como hacerlo sería destripar la novela, tampoco detallaré las delictivas prácticas a las que recurre la compañía. Sí les adelanto que son todo un manual de corrupción, fraude y supercherías varias.

LA BANCA SE PONE DE CULO
La banca tampoco se libra de críticas por su papel en momentos de crisis. Durante una divertida escena, en una fiesta de la alta sociedad catalana, industriales y banqueros se enfrentan en un diálogo cargado de mala leche:

Los industriales habían acorralado a un obeso y risueño banquero y descargaban sus iras en él.
–¡No me diga usted que los bancos no se han puesto de culo! –exclamaba uno de los industriales señalando al banquero con la punta de su cigarro.
–Actuamos con cautela, señor mío, con exquisita cautela –replicaba el banquero sin perder la sonrisa–. Tenga usted en cuenta que no manejamos dinero propio, sino ahorros ajenos, y que lo que en ustedes es valentía en nosotros sería fraudulenta temeridad.

Como la que, por cierto, desarrollaron muchas entidades financieras durante la reciente burbuja inmobiliaria, sin ir más lejos. Pero ante este argumento del banquero, técnicamente irreprochable, los industriales no se arrugan y vuelven a la carga:

–¡Puñetas! –bramaba el otro industrial, cuyo rostro se tornaba rojo y blanco con pasmosa prontitud–. Cuando las cosas van bien, ustedes se hinchan a ganar…
–¡Y a estrujar! –terció su compañero.
–… y cuando van torcidas, se vuelven de espaldas…
–¡De culo, de culo!
–… y se hacen los sordos. Arruinarán al país y aún pretenderán haberse comportado como buenos negociantes.
–Yo, señores, tengo mi sueldo, que no varía de mes en mes –respondió el banquero–. Si actuamos como lo hacemos no es por lucro personal. Administramos el dinero que nos han confiado.
–¡Puñetas! Especulan con la crisis.
–También sufrimos nuestras derrotas, no lo olviden ni me obliguen a recordar casos dramáticos.

Toda una lección, escrita en 1971 y publicada en 1975, que ilustra las complejas relaciones entre banca e industria. Algo que –como algunas de las malas prácticas de empresarios corruptos y políticos demagogos descritas por esta novela– no ha cambiado demasiado cuatro décadas y varias crisis después.

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Título comentado:

-La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza, 1975. Seix Barral, Barcelona, Duodécima impresión, junio 2014.

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Syriza gana de chiripa… y demuestra que así no Podemos

Las propuestas populistas es lo que tienen: duran lo que dura la campaña electoral. Las otras también, es cierto. Pero es porque los partidos tradicionales y los gobiernos que sustentan han renunciado a un pensamiento económico propio. Rendidos al pensamiento económico único (y más bien austero de neuronas), se olvidan del auténtico compromiso europeo (que no sólo es el compromiso de pagar las deudas) y pierden elecciones que los nuevos partidos rompedores ganan de chiripa, como Syriza en Grecia. Pero estos últimos, carentes también de un pensamiento económico original (algunos ni siquiera han mostrado todavía programa y/o pensamiento económico alguno), comprueban pronto que su lema debería ser “así no Podemos, aunque queramos”, quizás porque los partidos emergentes tampoco saben bien lo que quieren.

En esta disyuntiva y, ante la falta de propuestas sólidas desde una u otra casta, los mercados (que no son un ente oscuro, sino señores que han prestado dinero y que disponen de excedentes para invertir) no están tranquilos, aunque se hayan calmado un poco tras el nuevo pacto entre Grecia y la Unión Europea. Porque la victoria de chiripa/Syriza/Tsipras en Grecia y su posterior bajada de pantalones (que no de corbata) ante la Merkel han dado cuatro meses de prórroga a la incertidumbre, pero los problemas seguirán ahí. O, más bien, el problema seguirá ahí. Porque el problema, el Gran Problema (así, con mayúsculas) no es Grecia –un pequeño país que apenas supone el dos por ciento de la economía comunitaria–, sino la probada incompetencia de la Unión Europea y de la Troika al completo para enfrentarse a la cuestión griega o a cualquier otra parecida que surja en el futuro. Y todo ello, mientras las recetas de austeridad siguen atenazando a Europa en un crecimiento ridículo y en una espiral deflacionaria, la peor combinación económica posible para los sufridos ciudadanos.

No hay más que ver las soluciones que proponen Merkel y sus socios más serviles (como Rajoy, sin ir más lejos), comprobar los efectos que han causado –en Grecia, por ejemplo, la destrucción del 25 por ciento de su PIB, algo parecido a lo que hubiera causado una guerra civil– y ratificar que, ante tales efectos, la única respuesta europea es más de lo mismo. Sí, ya sabemos que Syriza llegó al poder con un cuento irrealizable de economía ficción, pero ya hemos visto los resultados de dos rescates a puro golpe de austeridad. Pensar que con esa única receta encontraremos una solución es tan de economía ficción como las propuestas de los emergentes partidos tachados de populistas (como si no fuera también populista ganar elecciones prometiendo crear millones de puestos de trabajo, o no tocar las pensiones, la educación y la sanidad… ¿les suenan estas promesas, hechas muchos años antes de Podemos?). Machacar otro diez o quince por ciento de su PIB no va a ayudar a Grecia a salir del hoyo. Y esto Merkel lo sabe, pero como es tan populista que también confía en seguir ganando elecciones de chiripa, nunca se lo querrá decir a sus votantes, a quienes es más fácil seguir contándoles eso de que los del sur somos cigarras vagas y los del norte laboriosas hormigas. A lo mejor Merkel prefiere que se hunda también el gobierno de Tsipras, que haya nuevas elecciones y que vuelvan al poder los mismos que manipularon las cuentas del Estado griego, que dejaron al país enfangado en la corrupción y la economía negra… O quizás en Berlín prefieran que lleguen al gobierno heleno los simpáticos nazis de Aurora Dorada, deseosos (como los ultras franceses de Le Pen) de abandonar el euro y caminar aceleradamente hacia un tercermundismo en el que sea más fácil montar un régimen dictatorial en el que no haya que hacer más promesas electorales, porque tampoco habrá elecciones.

Seguir en el euro

Porque que Grecia abandonara el euro si no aceptaba las recetas europeas fue otro argumento esgrimido desde Alemania. No parecían importar a los dirigentes germanos los dramáticos efectos de salir del euro: un previsible desplome del 30 por ciento en la nueva moneda helena (fuera el dragma o un “euro B”), un nulo alivio de la deuda (que seguiría denominada en euros), un destrozo adicional en el poder adquisitivo de los ciudadanos, una sequía definitiva de los depósitos en euros que aún quedan en los bancos griegos y el surgimiento de un mercado negro (con tipos de cambio para el euro y el dólar muy alejados del tipo oficial de la nueva moneda) que agrandaría más aún una economía sumergida que se estima ya en el 25 por ciento del PIB griego. Sólo la semana previa al acuerdo final con los socios europeos (ratificado por los ministros de Finanzas de la eurozona el 24 de febrero), los griegos retiraron unos 3.000 millones de euros en depósitos, frente a 2.000 millones de la semana anterior, según cálculos de JP Morgan. En los dos primeros meses de 2015, han volado de los bancos griegos unos 25.000 millones de euros, el 15 por ciento del total del dinero depositado por los helenos en depósitos bancarios. Una cifra que deja en ridículo los 15.900 millones en vencimientos de deuda que Grecia debe afrontar hasta junio de 2015, o los 7.600 millones que están pendientes de entregar al país como parte del segundo programa de rescate. Recuerden que el rescate de Bankia (que sí, fue un rescate, pese a que Rajoy dijera en el debate sobre el Estado de la Nación que no había existido tal cosa) supuso 22.000 millones de euros, dinero suficiente, por ejemplo, para financiar las pensiones españolas por desempleo durante un año.

Estas cifras, para un estado cuya economía es similar en tamaño a la catalana (aunque con cuatro millones más de habitantes), ilustran de qué modo las recetas de austeridad siguen hundiendo a Grecia. Tsipras ha aceptado una nueva tanda de ajustes: medidas de ahorro en el 56 por ciento del gasto (a ver cómo lo consigue sin afectar a salarios ni pensiones), reducción de las prejubilaciones, lucha contra el fraude fiscal (realmente necesario en un país en el que evadir al fisco es un deporte nacional)… ¿Será esto suficiente? ¿Será siquiera posible? Por centrarnos sólo en el tema fiscal, digamos que la lucha contra el fraude recaudó en España más de 12.300 millones de euros en 2014, cantidad equivalente a un 1,2 por ciento del PIB. Pero el PIB griego es cinco veces más pequeño que el español y los recientes esfuerzos por aflorar dinero negro se han quedado en niveles de unos 500 millones de euros al año. Syriza anunció en su momento que recaudaría 11.000 millones de euros adicionales para financiar un plan de emergencia social. Misión imposible.

De momento, los ingresos fiscales griegos cayeron un 17 por ciento en enero de este año. Grecia está en recesión, por lo que difícilmente puede subir la recaudación fiscal. Las optimistas previsiones de la Comisión Europea esperan que el PIB heleno aumente un 2,5 por ciento en 2015 (tras haber retrocedido un 25 por ciento por efecto de la austeridad ligada a los rescates). Hasta el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker (un luxemburgués que debería abstenerse de abrir la boca sobre nada, y menos sobre impuestos, mientras su país siga siendo un paraíso fiscal dentro de la Unión Europea), reconocía el 18 de febrero que durante la gestión de los rescates “hemos pecado contra la dignidad de los ciudadanos en Grecia, en Portugal y, a menudo, en Irlanda”. Y se quedó tan ancho. No sólo no dimitió, sino que siguió –desde la Troika de la que forma parte–apretando a Grecia para que persista en los planes de austeridad y se olvide de las promesas de Syriza de no pagar la deuda, frenar las privatizaciones, etcétera, etcétera.

Plan de inversiones

¿Por qué Europa no se replantea esta estrategia de mantener la austeridad a toda costa? Para pagar su deuda, Grecia necesita dos cosas: más tiempo y una economía que crezca, no que mengüe trimestre a trimestre o que arroje crecimientos anémicos. Lo que Grecia necesita (y sus acreedores también) es un fuerte plan de inversiones europeas que renueve las estructuras económicas del país, que le saque del monocultivo del turismo (las exportaciones helenas retrocedieron un 2 por ciento el año pasado, pese a la depreciación del euro y al hundimiento de los salarios). Y, por supuesto, hay que alargar los plazos de la deuda (incluso convertir una parte en perpetua) y el Banco Central Europeo debe volver a canjear deuda griega por bonos europeos (algo que dejó de hacer el 10 de febrero, como medida presión frente al nuevo Gobierno de Syriza). Y, ya puestos, Europa debería poner de una vez en marcha los eurobonos, ya que si el capital es lo único que realmente está globalizado, también debería estarlo la deuda (a ver si los europeos del norte se enteran de que la deuda del sur también es responsabilidad suya, quieran que no, porque han sido corresponsables de ella prestando alegremente, entre otras cosas).

El euro y la Unión Europea necesitan un plan global para evitar que cada crisis, incluso de un minúsculo país como Grecia, no suponga un paso atrás y nuevos terremotos en los mercados. Y ese plan pasa por replantear los compromisos europeos. Porque Merkel y sus amigos insisten mucho en que hay que cumplir los compromisos de la deuda. ¿Pero qué pasa con los compromisos de la Carta Social Europea y de la Constitución Europea, ratificados por todos los parlamentos nacionales? Al violar sistemáticamente esos compromisos que claman por la igualdad de los europeos y por sus derechos políticos, pero también sociales y económicos, no sólo se está atentando contra la dignidad de los ciudadanos (como reconoció el hipócrita Juncker), sino contra una unidad de los pueblos europeos y de sus objetivos de paz, democracia y crecimiento estable. Que no lo olviden en los despachos de la Troika. Porque si no avanzamos, si no comenzamos a cumplir todos los compromisos europeos (y no sólo los de pagar la deuda), lo que nos espera no es tratar con partidos como Syriza, Podemos y demás (que serán populistas, pero demuestran ser también capaces de pensar, de dialogar y de explorar otras vías siempre democráticas), sino con Aurora Dorada, Le Pen o gentuza aún peor. ¿Es eso lo que quieren de verdad, por ejemplo, los alemanes, que deberían estar más vacunados que nadie contra el nazismo?

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Un monopolio amoral que cuesta vidas humanas

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Las píldoras de este recipiente cuestan veinte dólares americanos cada una en Nairobi, seis en Nueva York y dieciocho en Manila. Cualquier día de éstos, la India empezará a fabricar la versión genérica y la misma píldora costará sesenta centavos. No me hables de los costes de investigación y desarrollo. Los chicos de las farmacéuticas los amortizaron hace diez años y para empezar una gran parte de su dinero viene de los gobiernos, así que todo eso que dicen son chorradas. Lo que tenemos aquí es un monopolio amoral que cada día cuesta vidas humanas”.

En medio de la polémica sobre el coste de los medicamentos contra la hepatitis C, de la incapacidad del Gobierno español para utilizarlos para salvar miles de vidas, y mientras de cuando en cuando aparecen en los medios noticias escandalosas sobre el tráfico ilegal de fármacos, conviene releer “El jardinero fiel”, escrita en 2001 por el maestro John le Carré. Como otras obras de este gran autor comentadas en esta bitácora (http://economiaenlaliteratura.com/la-guerra-fria-economica/), esta novela narra una apasionante intriga que sirve de marco para describir las prácticas de lo que uno de sus protagonistas considera el sector empresarial al que pertenece…

“… la pandilla de sinvergüenzas más herméticos, taimados, falsos e hipócritas que he tenido el dudoso placer de echarme a la cara”.

La novela narra el asesinato de una mujer inglesa y de un médico africano que, desde una ONG, investigan un escándalo con medicamentos en África. Justin, el marido de la fallecida y amante de la jardinería (de ahí el título), se empeña en investigar el caso y en desenmascarar a los culpables: “la pandilla de sinvergüenzas” del sector farmacéutico y un buen grupo de corruptos que se mueven a su alrededor.

La novela llegó al cine dos años después de su publicación, en una magnífica película del mismo título dirigida por Fernando Meirelles y protagonizada por Ralph Fiennes y Rachel Weisz. La versión cinematográfica sigue puntualmente la novela y refleja a la perfección todas las malas prácticas de ciertas farmacéuticas en el continente negro, un mercado que describe así otro protagonista:

“Todo el mundo sabe que África es el cubo de la basura al que van a parar los fármacos de Occidente”.

Y lo ratifica un “arrepentido” que trabajó en una farmacéutica:

“En su confesión, Lorbeer asegura que mientras trabajaba par KVH obtuvo la validación de la Dypraxa por medio de halagos y sobornos. Describe cómo compró a funcionarios de Sanidad, aceleró ensayos clínicos, compró registros de medicamentos y licencias de importación, untó todas las manos burocráticas de la cadena de gobierno”.

Precisamente es ese medicamente el que está causando víctimas entre la población africana que lo consume porque la empresa fabricante lo ha introducido saltándose algunos requisitos. Otro protagonista cita al arrepentido:

“La industria farmacéutica moderna sólo tiene setenta y cinco años de existencia. Tiene buenos profesionales y ha logrado milagros humanos y sociales, pero no ha desarrollado aún una conciencia colectiva. Lorbeer dice en el documento que las empresas farmacéuticas le han dado la espalda a Dios”.

Pese a ello, se revisten de una ficticia aureola humanitaria:

“¿Por qué donó este fármaco? Te lo diré. Porque han producido uno mejor. Ya no vale la pena almacenar el viejo. Así que le regalan el viejo a África cuando le quedan seis meses de vida y obtienen unos cuantos millones de deducciones de impuestos a cambio de su generosidad. Además, se están ahorrando unos cuantos millones más en costes de almacenamiento y el coste de destruir los viejos fármacos que ya no pueden vender”.

Una historia demoledora que, nos tememos, quizás pueda repetirse mientras ciertos monopolios sigan traficando con lo único que nunca debería convertirse en negocio: la vida humana.

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Título comentado:

-El jardinero fiel. John le Carré, 2001. DeBolsillo, Random House Mondadori, Barcelona, 2003.

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Los mangurrinos de la crisis, verso a verso

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

Vive Dios que me asombra la grandeza
de este Arsenio Escolar y su escritura,
golpes en verso de singular bravura,
contra quienes sin rastro de vergüenza
nos esquilman cual rayo que no cesa.

 

Ni Mariano ni Aguirre, ni ZP ni Aznar,
ni el Rey, ni Cospedal, ni la Botella,
ni Blesa, ni la Mato, ni Felipe,
ni Guindos, ni Montoro, ni Pujol,
que aquí ni Dios se salva de la quema,
de la acerada pluma que apuñala
tanto inútil, corrupto, vago y ánsar,
pues más bien patos y ánades parecen
los que Arsenio despluma con su daga,
rebosante, como el título proclama,
de “Arsénico sin compasión,
radiografía (en verso)
de la actualidad de España”.

 

Si Quevedo saliera de su tumba,
llevando de la mano a Góngora y Zorrilla,
pasmáranse los tres de la osadía
de quien desde la prensa y la poesía
transforma en hilarante regocijo
el cúmulo sin fin de tonterías
de quienes aliñaron esta crisis
con tal torrente de burdas tropelías.

 

Yo me quito el sombrero y, cual Cyrano,
mi pobre pluma saluda a la del genio
que convierte los versos en espada
para batirse con ella en mil entuertos.

 

Liberalismo hipócrita, sobornos,
fiscales amnistías para amigos,
ristras de chorizadas financieras,
Noos y Bárcenas, cajas requebradas,
ninguna de las recientes patochadas
se libra de tan ácida mirada
que con arsénico feroz hace limpieza
y proclama con rimas desatadas
que ya está bien coño, ¡voto a bríos!,
de soportar a tanto mangurrino.

 

Discúlpeme el lector lo malsonante
de estos inevitables exabruptos,
pero es que leer a Arsenio ha despertado
la necesidad de unirme a su voz fiera
y pedir que, de una vez y con premura,
tomemos la Justicia por bandera.

 

Mas ya me callo, pues, en mi demasía,
me olvido de que esta bitácora modesta
debe loar a los maestros que la economía
nos enseñan con brío y pluma diestra.

 

Sin más les dejo el gozo y el disfrute
de una florida muestra del alarde
de convertir en poesía lo que muchos
son incapaces de explicar porque no saben
que antes de largar hay que enterarse,
pensar, reflexionar y, sobre todo,
no comulgar con ruedas de molino,
esas mismas que mucho nos trituran.

 

A desmontar liberalismo de diseño,
Escolar le dedica un buen empeño
con aqueste mandoble anti-Esperanza,
que, cual todos los siguientes del maestro,
subrayaremos en “cursiva entre comillas”:

 

“Te proclamas liberal,
denuncias mamandurrias,
mas todas tus bebendurrias
son en despacho oficial.

Proclamas en tu ideario
que lo público es chinchurria,
pero toda tu vidurria
vas cobrando del erario.

Desde pequeña canturrias
pidiendo menos Estado,
mas como tú no has llegado
a Moncloa… pues tu amurrias.”

 

En diálogo fiscal con don Cristóbal,
implacable Montoro de la renta,
quéjase un defraudador de aquesta guisa
y amnistía recibe por respuesta:

 

“-Me rindo y canto, sí… Pues mi tesoro
ayudome LB a llevarlo a Suiza…
-¡Detente, que mejor estás callado!

-¿Es que algo dije mal, señor Montoro?
-Si es el Cabrón quien todo te organiza…
¡es que eres de los nuestros! ¡Amnistiado!”

 

Reaparece el Cabrón en otros versos,
pronunciados sin tino por Mariano:

 

“Lo admito; me he equivocado
y a Luis durante estos meses
le he mandado esemeeses,
pero pillar no he pillado.”

 

No nos creemos mucho la disculpa,
pues Gurtel, Noos y otras mandangas
nunca cesan de arruinar la fiesta,
por más que con confetis se disfrace
y el PP a Sepúlveda despida, pagando,
por si acaso, pasta cierta:

 

“Casi me da un patatús
al saber lo de tu pasta.
¡Pillas, pillo! ¡Ya te basta
para otro Jaguar, Jesús!

Si algo sobra, juega al mus
ve a Suiza con Ana un rato;
con confeti y boato,

haced fiestas, comuniones,
cuchipandas y excursiones
de aquí Pillo y aquí Mato.”

 

Despidieron también a quien más pesa,
amigo de pupitre, ese tal Blesa,
mas de poco sirvió pues otro igual
llegó apenas pasó siquiera un Rato.
Contra el primero de ellos, escaldado,
un cachorro de Aznar ansí proclama:

 

“-¡Lo tuyo es impresentable!
Con los pelos que ha dejado
mi padre por tu tinglado!
¡Eres bobo y miserable!

A la Espe y a sus caspas
les das la Ceca y la Meca.
A tu sobrina, hipoteca.
Y a mi papi, ni unas raspas.(…)

Los Aznar y la cuadrilla
cambiaron de cortijero
mas ni mejoró el granero
ni se volvió la tortilla.

El cortijo acabó mal.
No salió de aquellos lodos.
Con otros lo fusionaron
pero ni aun así evitaron
burlar su suerte fatal.
Lo pagamos entre todos.”

 

Y como dijo el Tenorio,
puede Arsenio proclamar
“yo a los palacios subí”…
y encontreme infanta allí,
que se ganó unas coplillas
con quevedesco homenaje:

 

“Engrandece por igual
al noble y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Y es tanta su majestad
que hasta los palacios sube,
y a Cristina, esa querube,
sorbe seso y voluntad,
y a Iñaki, en su probidad,
lo convierte en mandadero,
poderoso caballero
es don Dinero.”

 

Escolar con su poesía
no para de destripar
a quien tanto lo merece
por nuestra patria esquilmar.

 

Mas yo me detengo aquí,
pues no quiero más contar
de este libro sin igual
que recomiendo adquirir.
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Título comentado:

-Arsénico sin compasión. Una radiografía (en verso) de la actualidad española. Arsenio Escolar, 2014. Ediciones Península, Barcelona, 2014.

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Grandes pechos para alimentar el crecimiento chino

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“¿Son realmente las mujeres una cosa maravillosa? Tal vez lo sean. Sí, definitivamente las mujeres son una cosa maravillosa, pero dicho esto, hay que añadir que en realidad no son ‘una cosa’”.

Mao decía que las mujeres sujetan la mitad del cielo. Pero seguramente han sujetado sobre sus caderas y han alimentado con sus pechos un porcentaje mucho mayor del espectacular crecimiento económico de China y de su radical transformación durante todo el siglo XX. La magnífica novela “Grandes pechos amplias caderas”, de Mo Yan (Premio Nobel de Literatura 2012), narra la inmensa mutación china desde la Rebelión de los Bóxer de 1900 a los años finales de Mao, el gran impulso que cambió radicalmente la inercia económica y social de un país milenario para transformar China en lo que acabará siendo en pocos años: la mayor economía del planeta.

Y uno de los mayores cambios es el que recoge el mensaje central de esta gran novela: las mujeres “en realidad no son ‘una cosa’”, aunque durante milenios hayan sido tratadas como cosas, no sólo en China sino en muchos otros sitios… y hasta ahora mismo (ahí están los asesinos locos de Boco Haram o del Estado Islámico, secuestradores de féminas para convertirlas en esclavas ignorantes).

Nos encontramos ante una novela sorprendente e inmensa, tanto por su calidad por su extensión de 836 páginas (y, por cierto, magníficamente editada en español por Kailas Editorial, como el resto de las principales obras de Mo Yan). El Premio Nobel chino nos engancha con su prosa desde las primeras páginas y nos arrastra sin respiro, con un lenguaje tan vivo como sus personajes, tan directo como los hechos –casi siempre tristes– que azotan su existencia, tan intenso como los sentimientos que agitan sus conciencias y tan luminoso como los rayos de esperanza que, de cuando en cuando, les ayudan a seguir viviendo pese a las continuas recaídas. Colabora a este permanente fluir de las páginas la perenne presencia de una implacable naturaleza que con sus inundaciones, sus nevadas y sus tormentas condiciona una y otra vez la vida de una remota y atrasada provincia china.

Pero, sobre todo, el autor se mete en la piel de una familia entera, la de Madre (así, con las mayúsculas que se merece), Shangguan Lu, joven virgen con los pies vendados según la tradición que, por el súbito cambio de costumbres, ya no está destinada a casarse con un alto funcionario de la decadente dinastía Qing, sino con el hijo estéril de un herrero. Pero cae sobre ella la culpa de no tener descendencia, por lo que se ve obligada a acostarse con unos y con otros en busca del ansiado varón, el bien “económico” más preciado por una familia china (incluso ahora). Pero antes de alumbrar a su ansiado hijo (el mimado y débil Jintong, lactante hasta la adolescencia y eternamente obsesionado por los pechos femeninos), Shangguan Lu tiene nada menos que ocho hijas. Y estas ocho hermanas, con sus diversos matrimonios y peripecias, sirven de hilo conductor para que el propio Jintong nos narré, siempre con un pueril e inocente asombro, la impresionante transformación social que, imparable como el Río de los Dragones que atraviesa su provincia, saca a China del feudalismo para, pasando por el comunismo y la famosa Revolución Cultural, llevarla hasta las mismísimas puertas de su peculiar capitalismo actual. Son ellas, las ocho hermanas, así como otras mujeres en torno a la misma familia, las que representan los principales papeles protagonistas en la mutación de China: casadas con bandoleros, con comunistas o con contrarrevolucionarios, convertidas en prostitutas, en altas funcionarias o en brillantes empresarias… Y siempre volviendo a encontrarse, antes o después, con esa Madre de grandes pechos y amplias caderas y con ese hermano mamoncete a quien todas miman.

REFORMAS AGRARIAS

Como todo se desarrolla en una atrasada región agrícola, dominada secularmente por una dinastía de terratenientes, la mayor parte de las referencias económicas de esta novela aluden a las continuas reformas agrarias comunistas que buscan transformar el país, y que comienzan con lo que se atribuye a un alto dignatario que un día aparece en la aldea:

“Se decía que se trataba de un famoso reformista agrario a quien se atribuía la invención de un eslogan muy conocido en la zona de Wei del Norte, en Shandong: ‘Matar a un campesino rico es mejor que matar a un conejo silvestre’”.

Y así, a base de reformas y contrarreformas, de revolución y contrarrevolución, se va transformando la provincia. Todo comienza con la lucha contra los terratenientes:

“Comían rollitos hechos de harina blanca, pero nunca trabajaron en un campo de trigo. Vestían con ropa de seda, pero nunca criaron un gusano de seda. Se emborrachaban todos los días, pero nunca destilaron ni una gota de alcohol. Convecinos [clama la revolucionaria Pandi, una de las ocho hijas de Madre], estos ricos terratenientes se han estado alimentando con vuestra sangre, vuestro sudor y nuestras lágrimas. Redistribuir su tierra y su riqueza no es más que recuperar lo que es, en justicia, nuestro”.

Pero como alguna otra hija acaba casada con descendientes contrarrevolucionarios de esos mismos terratenientes, la vida de la familia es un continuo pasar de la desgracia, cuando es castigada por las autoridades comunistas, a la rehabilitación, cuando es una de las hermanas (o de sus otros parientes) quien llega al cambiante poder político. Lo ilustra bien este diálogo entre dos personajes secundarios:

“–El Partido Comunista no olvidará su propia historia, así que te recomiendo que tengas cuidado.

–¿Cuidado con qué?         

–Con una segunda serie de reformas agrarias (…).

–Adelante, llevad a cabo vuestra reforma (…). Todo lo que gano me lo gasto en mí mismo, en comer, en beber y en pasármelo bien, ya que la verdadera reforma es imposible. ¡No me verás llevando la vida que llevaba el tonto de mi anciano abuelo! Trabajó como un perro, deseando no tener que comer ni que cagar para ahorrar lo suficiente para comprarse unas pocas hectáreas de tierra improductiva. Después llegó la reforma agraria y ¡chas!, lo clasificaron como terrateniente, lo llevaron al puente y vuestra gente le pegó un balazo en la cabeza (…). Yo no pienso ahorrar nada de dinero, me lo voy a comer todo. Y después, cuando se lleve a cabo vuestra segunda serie de reformas agrarias, seguiré siendo un auténtico campesino pobre”.

Pero la última reforma va en la línea de la mutación hacia ese capitalismo comunista que se ha impuesto en el gigante asiático. Y es la vuelta a la propiedad privada. La explica Papagayo Han, nieto de Madre convertido en próspero empresario ya en los años ochenta:

“–Han cambiado un montón de cosas en estos últimos quince años –dijo Papagayo–. La Comuna Popular se desmanteló y se parceló la tierra. Después se montaron granjas privadas. De este modo, todo el mundo tiene comida sobre la mesa y ropas en el armario.”

La mutación económica se acelera y ya en los años noventa la región se ha convertido en un emporio textil:

“El negocio iba viento en popa en ‘Unicornio: Todo un mundo de sujetadores’. La ciudad estaba creciendo a toda velocidad, y se construyó otro puente sobre el Río de los Dragones. El lugar donde en otros tiempos estuviera la Granja del Río de los Dragones ahora era el emplazamiento de un par de enormes fábricas de tejidos de algodón, una fábrica de fibras químicas y una de fibras sintéticas. Toda esta zona era famosa por su industria textil”.

Los grandes pechos por fin tienen sujetadores modernos que ayuden a la liberación femenina. Una prueba más de otra característica que impregna la novela: un gran, aunque con frecuencia trágico, sentido del humor. Como los clásicos de la literatura (nunca falta un bufón en las obras de Shakespeare o de los autores españoles del Siglo de Oro), Mo Yan entreteje con maestría los hilos de la tragedia y los de la comedia.

LA OMNIPRESENTE CORRUPCIÓN

Pero hay algo que, como el inmutable fluir del Río de los Dragones, apenas ha cambiado en este siglo de mutación acelerada de la economía y la sociedad china (y de muchas otras): la corrupción. Tras escupirle en la cara a un comandante del ejército nacionalista en los años de la invasión nipona, un anciano le increpa:

“–Aquel que roba anzuelos es un ladrón. Pero el que roba una nación es un noble. Combatid contra Japón, decís, combatid contra Japón, ¡pero sólo os dedicáis al libertinaje y la corrupción!”

Algo que no cambia, sino que incluso se acelera, no sólo en la época comunista –donde el novelista nos narra el continuo ir y venir de altos cargos que obran a su antojo hasta que caen en desgracia–, sino también en la de la larga marcha hacia el capitalismo. Veamos de nuevo un comentario del empresario Papagayo Han, gerente de una peculiar granja ornitológica:

“Cada cosa que hacemos cuesta dinero, y para que la Reserva Ornitológica Oriental prospere necesitamos un montón. ¡No ochenta, ni cien mil, ni doscientos o trescientos mil, sino millones, decenas de millones! Y para conseguirlos necesitamos el apoyo del gobierno. Necesitamos préstamos bancarios, y los bancos son propiedad del gobierno. Los directores de los bancos hacen lo que se la antoja a la alcaldesa, y ¿a quién escucha la alcaldesa? (…) ¡A ti! ¡A ti te escucha!”.

Quiere convencer a su tío, Jintong, para que interceda ante una antigua mentora. Otra empresaria, de la industria del reciclado (quien por cierto recuerda a alguna de las más recientes grandes fortunas chinas), afirma sin rubor:

“Ocho de cada diez personas que tienen algo para vender son ladrones. Yo compro cualquier cosa que se use en la obra. Tengo barras para soldar, herramientas en sus envoltorios originales, varillas de acero. No rechazo nada. Lo compro todo al precio de chatarra y después me doy la vuelta y lo vendo como si fuera nuevo, y de ahí salen mis ganancias. Sé que todo esto desaparecerá en cualquier momento, y por eso empleo la mitad del dinero que gano en darles de comer a esos cabrones que hay ahí abajo [sus trabajadores] y me gasto la otra mitad en lo que yo quiera”.

La mujer, Vieja Li, cuyo único y enorme pecho tiene obsesionado desde siempre a Jintong, convierte al narrador en su amante y en un directivo de su empresa que…

“…se hizo un maestro en las artes de organizar recepciones, dar sobornos y evadir impuestos”.

Todo cambia, pero hay algo que siempre sigue igual. Incluso en esta China milenaria que en poco más de un siglo ha pasado del retrógrado feudalismo al también retrógrado capitalismo salvaje.

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Título comentado:

-Grandes pechos amplias caderas. Mo Yan, 1996. Kailas Editorial, Madrid, 2013.

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Cómo el mundo cayó en la red

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“–¿Ves, esto, problemas en camino?

–Sólo esta extraña sensación sobre internet, que se ha acabado, no me refiero a la burbuja tecnológica ni al 11 de septiembre, sino a algo fatal en su propia historia. Que ha estado ahí desde el principio. (…) Piénsalo bien, cada día hay más pringados pasivos y menos usuarios informados; los teclados y las pantallas se han convertido en puertas a sitios web donde sólo hay aquello que les interesa a los Administradores, para hacernos adictos: compras, juegos, guarradas para hacerte pajas, basura inacabable en ‘stream’…”.

 Se lo dice un experto en internet a Maxine, una investigadora neoyorquina especializada en pequeños delitos económicos y que se dedica a perseguir a estafadores de medio pelo. Es la protagonista de “Al límite”, la última novela del también neoyorquino Thomas Pynchon, considerado por algunos críticos el mejor novelista contemporáneo de los Estados Unidos (aunque en mi modesta opinión ese título correspondería a Richard Ford o a Paul Auster).

“Al límite” es una magnífica novela de intriga, cargada además de economía. La investigadora Maxine Tarnow, la típica judía progresista del Upper West Side, indaga en las cuentas de una curiosa empresa “puntocom”, superviviente al reciente estallido de la burbuja. Pero sus pesquisas se complican cuando comienzan a aparecer extraños personajes, desde mafiosos rusos a sicarios de organizaciones neoliberales, pasando por una gran variedad de blogueros y piratas informáticos. Maxine percibe que los movimientos financieros de esa empresa responden a una trama siniestra. Y en esto, la acción, que comienza en la primavera de 2001, llega hasta el 11-S de ese mismo año, cuando Estados Unidos sufrió los salvajes atentados.

UNA ECONOMÍA SIN PRINCIPIOS

Al margen de la compleja trama (que no voy a destripar), lo más atractivo de esta novela lo constituyen sus reflexiones sobre las empresas de internet y la multitud de corruptelas económicas que florecieron en su entorno, ligadas además a una nueva economía sin principios (la misma cuyos dañinos efectos aún estamos sufriendo):

“Cuando comencé en la profesión, ‘ser republicano’ no implicaba más que una codicia con principios. Organizabas todo para que tú y tus amigos salierais bien parados, te comportabas con profesionalidad y, sobre todo, ponías el trabajo y te llevabas el dinero después de haberlo ganado bien. Bien, pues me temo que el partido ha caído en una época oscura. Esta nueva generación…, es algo casi religioso. El milenio, los últimos días, ya no hace falta ser responsable con el futuro. Les han quitado un peso de encima. El niño Jesús maneja la cartera de valores de los asuntos terrenales y nadie le echa en cara su participación en la cuenta…”.

Se lo dice a Maxine el socio derechista de un destacado bufete de valores de la Sexta Avenida, un personaje tan original como todos los que pueblan esta novela y que disfrutarán mejor los lectores conocedores del escenario: esa ciudad de Nueva York y, sobre todo, esa Gran Manzana en la que, como se queja la protagonista, el famoso ex fiscal de Wall Street y en esos momentos alcalde, Rudolph Giuliani…

“…sus amigos urbanistas y las fuerzas de la corrección pequeñoburguesa han barrido la zona, disneyficándola y esterilizándola”.

NEGOCIOS CON EL 11-S

Maxine se refiere a un barrio concreto, pero lo que afirma es aplicable a todo la Gran Manzana, donde en aquellos tiempos no había aún masas de turistas haciéndose fotos con los policías en Times Square. Claro que tampoco había llegado aún el 11-S. Aunque estaba a punto. Y la novela no sólo cuenta el impacto de aquella brutalidad, sino que analiza también algunos curiosos movimientos previos en los mercados de valores: se los explica el marido de Maxine a sus hijos justo el domingo antes del trágico martes 11 de septiembre:

“–Esta es la Bolsa de Chicago, hacia finales de la semana pasada, ¿veis?, hubo un repentino y anormal aumento de opciones de venta de United Airlines. Miles de opciones de venta, pero muy pocas de compra. Pues bien, hoy sucede lo mismo con American Airlines.

–Una opción –dice Ziggy– ¿es como vender en corto?

–Sí, es cuando esperas que baje el precio de la acción. Y el volumen negociado se ha disparado, mucho, sextuplica el normal.

–¿Y sólo en esas dos líneas aéreas?

–Ajá. Raro. ¿Verdad?

–Información privilegiada –le parece a Ziggy.”

 Y en efecto la hubo. Ciertos grandes inversores, quizás incluso el propio Bin Laden y algunos de sus amigos, tomaron posiciones bajistas en el mercado de derivados, a la espera de que las acciones de las compañías aéreas se hundieran tras los atentados del 11-S. Como es lógico, acertaron y se forraron. Y no sólo con las líneas aéreas:

“–El jueves y el viernes [anterior al 11-S, como vuelve a explicar el marido de Maxine] también hubo ratios distorsionados de opciones de compraventa para Morgan Stanley, Merrill Lynch y un par más como ellas, todas inquilinas del Trade Center. Como investigadora de fraudes, ¿qué te sugiere? (…).

–Jugadores misteriosos que sabían qué iba a pasar. ¿Extranjeros, quizá?, ¿de los emiratos, por decir algo?”

La protagonista alude a un posible dinero de los Emiratos no por casualidad, sino porque sus investigaciones sobre las cuentas de la “puntocom” han descubierto las prácticas “hawala”, el informal sistema de transferencias de dinero usado tradicionalmente en el mundo árabe. Su funcionamiento se lo explican a Maxine de este modo:

“…es una forma de mover dinero por el mundo sin el código SWIFT ni tasas bancarias ni ninguno de los obstáculos que te ponen el Chase y los demás. Cien por cien fiable, tarda ocho horas como máximo. Sin rastro documental, sin regulaciones, sin vigilancia”.

Precisamente la “puntocom”, denominada hashslinggrz (así, con minúscula inicial, siguiendo las estúpidas reglas ortográficas de moda en internet), utiliza un “hawala”…

–(…) para sacar dinero del país.

–Y mandarlo al Golfo, mira tú. Ese ‘hawala’ en concreto tiene su sede en Dubái. Además (…) para llegar al lugar [de las bases de datos de la empresa] en que se ocultan los libros de hashslingrz, te hacen pasar por rutinas muy complejas escritas en ese, cómo llamarlo, ese extraño árabe (…). Todo está convirtiéndose en una película del desierto.”

PITUFEAR OPERACIONES

Y es sólo uno de los muchos procedimientos irregulares que Maxine va desvelando, como lo de hacer falsas facturas con empresas inexistentes, llevar contabilidades paralelas o dispersar las operaciones:

“Las operaciones se ‘pitufean’, que en nuestro argot quiere decir que se fraccionan y dispersan por todo el mundo a través de cuentas de transferencias radicadas en Nigeria, Yugoslavia y Azerbaiyán, hasta que el dinero acaba finalmente en un banco tenedor en los Emiratos, una sociedad instrumental registrada en la Zona Franca de Jebel Ali. Como la Aldea de los Pitufos, pero más mona”.

Es sólo una de las irregularidades financieras que aparecen en la novela, muchas de las cuales han sido también muy frecuentes en España (que se lo digan a los implicados en las tramas Gürtel y Púnica). En “Al Límite” se cuenta también el famoso escándalo Madoff, cuyas inversiones arrojaban un “bonito rendimiento medio, ¿dónde está el problema?”, pregunta un inversor y mafioso ruso a Maxine, quien responde:

“–Que no es medio. Es el mismo todos los meses (…).

–¿Le parece un poco anormal?

–¿En esta economía? Piénselo bien…, y más aún el año pasado, cuando el mercado tecnológico se hundió. No, tiene que ser una típica estafa Ponzi [el famoso timo piramidal, en el que se remunera a los primeros inversores no con los rendimientos de las inversiones, sino con el dinero que ponen los siguientes primos, como hicieron Maddoff o, en España, entidades como Afinsa] (…) Cualquier idiota, no se lo tome personalmente, lo vería. ¿Por qué no interviene la Comisión de Valores, o el fiscal del distrito o quien sea?”

Pero nadie lo vio ni intervino. O nadie quiso verlo ni intervenir hasta que no fue demasiado tarde. Era sólo el principio del cúmulo de irregularidades financieras que florecieron a comienzos de este siglo y cuyas consecuencias brutales se destaparon con la llamada “crisis subprime” de 2007, cuyos efectos aún estamos padeciendo. Es la otra gran lección económica de esta novela: igual que caímos en esa red de internet que nos tiene atrapados, nos dejamos enganchar en la gran estafa financiero global que desencadenó esta gran crisis económica de la que aún tardaremos mucho en salir.

Así que, tomen nota de lo que significa estar “Al límite”: entrar en una red, en cualquiera (social, cibernética, financiera…), implica el serio riesgo de que, antes o después, te pesquen como a un besugo.

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Título comentado:

-Al Límite. Thomas Pynchon, 2013. Tusquets Editores, Barcelona, 2014.

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Todos contra todos, en la nueva guerra del petróleo

¡Qué tiempos aquellos, cuando era fácil identificar a cada bando en las continuas guerras del petróleo! El oro negro ha sido un arma política desde que las potencias coloniales trazaron a su capricho las fronteras en Oriente Medio, esas mismas fronteras que están en el origen de casi todos los conflictos en la zona durante los últimos cien años. Pero en el siglo pasado, las llamadas “crisis del petróleo” tenían unos contendientes claros. El embargo de 1973 por la guerra árabe-israelí, la crisis iraní con el ascenso de Jomeini en 1979, la guerra de diez años entre Irán e Irak, las dos posteriores guerras del Golfo, rematadas con la desastrosa invasión de Irak… En todos esos conflictos, el petróleo se utilizaba con la misma contundencia que los carros de combate. Y el mercado reaccionaba siempre de un modo más o menos previsible.

A principios de los ochenta, en los peores momentos de la guerra Irán-Irak, cada vez que un misil caía sobre un barco en las aguas del Pérsico, los periódicos se llenaban de titulares del estilo de “Arde el Golfo”, “Los bombardeos disparan el precio del crudo” o “El oro negro sube por el temor al cierre del estrecho de Ormuz” (por donde salían dos tercios de la producción mundial de crudo). Me acuerdo bien, porque yo entonces, desde el diario “Cinco Días”, redacté muchos de esos titulares. El petróleo se había convertido en algo caro desde el embargo árabe de 1973: aquel año –también me acuerdo, aunque aún era un niño– no hubo luces navideñas en la Gran Vía madrileña. Y desde entonces comenzamos a llamar “oro negro” a un crudo en una permanente senda alcista que dejó grabado en la mente de todos un nuevo y perenne titular: “Crisis energética”. Todos comprendimos que estábamos consumiendo un bien escaso, que podía terminarse y que, además, procedía casi todo de debajo de unas arenas en las que los hombres están matándose unos a otros desde que Caín le partió la cabeza a Abel con la quijada de un asno.

¡Qué tiempos aquellos, cuando en las guerras del petróleo era más o menos fácil saber quién estaba en cada bando! Igual, por lo demás, que en las guerras tradicionales. Pero ahora todo ha cambiado: el barril de crudo ha caído por debajo de los 70 dólares, un precio no visto en los últimos cinco años. Se ha roto así una relativa estabilidad por encima de los 100 dólares (con picos como los 115 dólares que se registraban apenas hace unos meses, en junio de 2014) que parecía tener conformes a casi todos los agentes del mercado. Sin embargo, esos mismos agentes no saben ahora cómo reaccionar, no saben muy bien a qué se debe esta debilidad que amenaza con durar también bastante (pese a los pronósticos de aumento en la demanda a medio plazo)… No saben, en definitiva, de dónde llegan ahora los tiros, quién es el enemigo y quién está en nuestro bando, en el de los consumidores, o en el contrario.

Porque como en otros tiempos recientes (tan recientes como las últimas décadas del siglo XX), con un Oriente Medio sangrando por multitud de guerras lo lógico sería que el petróleo estuviera por las nubes. Ya vemos que el conflicto entre israelíes y palestinos sigue sin resolverse. La guerra en Siria se confunde con la de Irak mientras los locos del Estado Islámico (que, por cierto, también trafican con el petróleo) se empeñan en borrar la frontera entre ambos países. La fallida “Primavera Árabe” y la caída de alguna que otra dictadura (como la de Gadafi en Libia) han dejado un panorama incierto y de tensiones sin resolver ahí mismo, a la orilla sur del Mediterráneo. Irán sigue negociando con su programa nuclear. El yihadismo se alimenta de todo ello y es un factor de protagonismo creciente desde el 11-S. Tampoco ayuda que mucho más cerca, en Ucrania, una de las rutas energéticas vitales entre Rusia y Europa siga en guerra y con tensiones nacionalistas que recuerdan otra vez a la Guerra Fría. En estas circunstancias, de amenaza permanente sobre los suministros de crudo, lo lógico sería pensar en un petróleo tirando a caro. Pero no.

Cierto: Estados Unidos se está convirtiendo en el mayor productor mundial de crudo, gracias a la famosa técnica de la fractura hidráulica que ahora todo el mundo llama fracking pero que deberíamos conocer por su nombre original en latín, ruina montium, pues fueron los romanos quienes la inventaron para extraer minerales (como se ve, por ejemplo, en Las Médulas de León). Se explora y se encuentra cada vez más crudo en aguas profundas, en la costa atlántica de Brasil y Argentina, o incluso en el más cercano litoral de Canarias, frente a cuyas playas no sólo explora Repsol, sino también, unos pocos kilómetros más allá, otras petroleras que operan en aguas territoriales marroquíes (y por las que parecen preocuparse menos los movimientos ecologistas, aunque potencialmente sean casi igual de amenazantes para nuestras islas si hay vertidos descontrolados). Las energías limpias han ganado cuota de mercado. Las políticas de ahorro energético se imponen por doquier… Pero, ¿bastarían todos esos factores para mantener el petróleo tan abajo? ¿Cuáles son los verdaderos “enemigos” que hacen caer el precio del barril? Yo percibo básicamente dos: los propios productores tradicionales y, el más grave de todos, la crisis económica que amenaza con quedarse aún algunos años por aquí.

¿Qué ganan los productores tradicionales con el petróleo barato? Cierto que pierden ingresos (algo compensado sólo en parte por la apreciación del dólar), pero pueden reivindicar su papel de productor sin más problemas que unos largos conflictos que, en definitiva, nunca han llegado a interrumpir totalmente las exportaciones de crudo. En Arabia y sus alrededores (donde, por cierto, nunca sabremos de verdad cuánto petróleo hay, porque llevo décadas leyendo que se acaba y no es así) basta con hacer un agujero en el suelo para que por él salga crudo. Y eso es rentable incluso con el barril en torno a los 10 dólares, siete veces más barato que los ya bajos precios registrados a finales de noviembre y principios de diciembre de 2014. Sin embargo, un petróleo en el entorno de los 70 dólares no sólo supone un obstáculo para las inversiones en energías alternativas (ya hemos visto cómo se han hundido en Bolsa las empresas de renovables), sino que puede comprometer las masivas inversiones necesarias también para desarrollar aún más las explotaciones en aguas profundas y, por supuesto, la extracción mediante fractura hidráulica. No sorprende, por tanto, que los exportadores clásicos, los agrupados en torno a la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), no hagan especiales esfuerzos por reducir su producción y, así, estimular un poco los precios. Además, tampoco pueden arriesgarse: también sienten los efectos de la crisis y necesitan vender petróleo casi al precio que sea para mantener su alto ritmo de vida (en los emiratos del Golfo), sus regímenes siempre al borde de otra “Primavera Árabe” (como en el caso saudí), sus inevitablemente crecientes gastos militares (algo que afecta prácticamente a todos) o su carísimo –y a la postre ruinoso– populismo (cuyo mejor ejemplo es Venezuela, un gran productor que, paradójicamente, es la única economía latinoamericana en retroceso durante los últimos años).

En una situación similar estaría el tercer productor mundial, esa Rusia a la que Putin ha embarcado en una nueva fiebre nacionalista que, de momento, le está costando muy cara, con la fortísima devaluación del rublo incluida y la más que probable entrada en recesión en 2015. Y tampoco se puede arriesgar a decretar un embargo energético (de gas y petróleo) contra “el enemigo occidental”, porque si no vive del oro negro, tiene poco más de lo que vivir. Así que es poco probable que recorte producción de un modo significativo para estimular los precios.

El auténtico causante de estos precios bajos no está ni en las necesidades de unos productores que no pueden permitirse cerrar el grifo, ni en las nuevas técnicas extractivas, ni en el auge de las renovables. El auténtico enemigo del barril caro se llama crisis económica. Europa se enfría y en algunos de sus miembros soplan ya vientos de recesión, hasta el punto de que el Banco Central Europeo y las nuevas cabezas “pensantes” de Bruselas apuestan ya por políticas de estímulo (pese a la cerrazón germana en no gastarse ni un euro más de lo que ingresa); el inútil G-20 por lo menos acaba de hacer una declaración de principios al pactar más de 800 medidas contra el estancamiento económico (será, como siempre, un brindis al sol, pero algo es algo); y todo el mundo mira con inquietud a unos emergentes que ya apenas emergen, a una China que se enfría y a un Japón que vuelve a la recesión.

Con este panorama económico, el mercado de futuros, como siempre, marca tendencia en el precio del petróleo. Y la tendencia parece clara: si buena parte del mundo que aún tiraba de la economía (incluso la prepotente Alemania) se enfría, y la parte que no tiraba no sólo no despega sino que vuelve a asomarse al abismo de la recesión… ¿cómo va a subir el petróleo? Cierto, sus precios bajos nos ayudarán a los países consumidores… pero tenemos que tener también cuidado con el daño colateral que pueden causarnos: esa temida deflación que, combinada con la recesión, genera el peor escenario imaginable,  el mayor enemigo posible para cualquier economía. Se llama estanflación. Y luchar contra ella sería mucho más duro que enfrentarnos a otra guerra del petróleo.

 

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Los robot que mueven los mercados… y nos mueven a nosotros

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

 “Antes imaginábamos que los ordenadores, los robots, se encargarían de realizar los trabajos de baja categoría de nuestras vidas, que se pondrían delantales y se pasearían por ahí y serían nuestras sirvientas (…). De hecho lo que está ocurriendo es todo lo contrario. Tenemos gran cantidad de material humano sobrante, poco inteligente, apto para realizar esos trabajos sencillos de baja categoría, muchas veces con horarios muy prolongados y salarios muy bajos. En cambio, los humanos a los que están sustituyendo los ordenadores pertenecen a las clases instruidas: traductores, técnicos médicos, técnicos jurídicos, contables, operadores financieros”.

Son palabras del doctor Alex Hoffmann, una leyenda de la ciencia que ha creado un software avanzadísimo, el Vixal-4, capaz de detectar lo que de verdad mueve los mercados: el miedo. Basado en un potentísimo algoritmo, este auténtico robot de los mercados opera en ellos con tal agilidad y rapidez que permite al fondo de inversión creado por Hoffmann lograr espectaculares beneficios.

¿Ficción o realidad? Ambas cosas.

La ficción está en que Hoffmann es el protagonista de la novela “El índice del miedo”, del escritor británico Robert Harris (1957). Y su Vixal-4, capaz de ganar dinero con el miedo de los inversores, comienza a ser su pesadilla porque, de algún modo, adquiere vida propia. Harris construye una inteligentísima obra de intriga, Y lo hace, además, con todos los ingredientes que debe reunir una novela de éxito comercial. Estamos ante un auténtico súper ventas, pero de gran calidad narrativa y espléndidamente documentado.

La realidad radica en que, pese a que Harris nos cuenta una ficción, lo cierto es que estos robots que operan en los mercados existen de verdad. Hay quien los llama sistemas automáticos de trading, es decir, del tipo de operativa que más ágilmente responde a cualquier movimiento de los mercados, o incluso a cualquier información que pueda influir en los precios de los activos cotizados. Estos robots ya habitan entre nosotros desde hace mucho tiempo. Y mueven miles de millones del capital más ágil y agresivo. Casi siempre ganan y el pequeño inversor sólo puede aspirar a subirse a tiempo a una tendencia (e intentar aprovecharla) que los robots han detectado antes que nadie, o que incluso en la mayoría de los casos han desencadenado al disparar miles de órdenes de compra y/o de venta que mueven con brusquedad los precios.

De hecho, Harris demuestra un gran conocimiento de los mercados en su novela. Incluso el nombre de su peculiar Frankenstein tecnológico, Vixal-4, remite al índice Vix, utilizado para medir la volatilidad de las cotizaciones. Y la volatilidad, por decirlo de un modo sencillo, no es más que un modo de medir el miedo. El título de la novela lo dice todo.

Al margen de su atractiva trama, lo más brillante de esta obra lo constituyen sus reflexiones sobre la naturaleza humana y sus relaciones con las nuevas tecnologías. Y en estas relaciones, la novela otorga un papel central a la materia prima más codiciada por los inversores: la información. Volvemos a las reflexiones de Hoffmann:

“Los humanos todavía leemos a la misma velocidad a la que leía Aristóteles. El estudiante universitario medio norteamericano lee cuatrocientas cincuenta palabras por minuto. Los más inteligentes pueden llegar a las ochocientas. Eso equivale a unas dos páginas por minuto. Pero el año pasado IBM anunció que está construyendo un nuevo ordenador para el gobierno de Estados Unidos que puede realizar 20.000 billones de cálculos por segundo. La cantidad de información que nosotros, como especie, podemos absorber tiene un límite físico. Hemos llegado al tope. Pero la cantidad de información que puede absorber un ordenador no tiene límite”.

LENGUAJE, IMAGINACIÓN, PÁNICO…

Y esto nos lleva a otro tema. ¿Cómo manejamos los humanos la información? Con algo que, en opinión de este científico de ficción (compartida por muchos otros en la vida real), constituye uno de nuestros grandes logros pero también se convierte en una de nuestras mayores limitaciones: el lenguaje. Nos lo explica el propio Hoffmann:

“Y el lenguaje, la sustitución de objetos por palabras, plantea otro gran inconveniente a los humanos. El filósofo griego Epicteto lo reconoció hace dos mil años cuando escribió: `Lo que alerta y alarma al hombre no son las cosas, sino sus opiniones y fantasías sobre las cosas´. El lenguaje desató el poder de la imaginación, y con él llegaron el rumor, el pánico, el miedo. En cambio, los algoritmos no tienen imaginación. No les entra pánico. Y por eso son tan perfectamente apropiados para operar en los mercados financieros”.

Absolutamente cierto. De hecho, los expertos en trading insisten mucho en este tema: quien se inicie en este tipo de operativa lo primero que debe hacer es controlar sus emociones, dejarse guiar por una metodología y un sistema que, del modo más objetivo posible, le indique cuándo comprar o cuándo vender un activo. Dejarse arrastrar por las emociones, o por el miedo, eleva extraordinariamente el riesgo. Volvamos de nuevo a las palabras del científico protagonista de la novela:

“El miedo es, históricamente, la emoción más potente en la economía. ¿Recuerdan a Roosevelt durante la Gran Depresión? Es la cita más famosa de la historia de las finanzas: `Lo único que debemos temer es al miedo mismo´”.

Este poder del miedo como mecanismo que mueve los mercados y la economía se ha incrementado en los últimos tiempos, desde el 11-S, cuando los mercados volvieron a llenarse de mensajes de alarma, pánico, terror… Y ha convertido a un concepto económico como la “prima de riesgo” en algo absolutamente normal en cualquier conversación en un bar, en un taxi o en casa a la hora de la cena.

Esa mayor conciencia del riesgo (el miedo a un atentado, a una crisis financiera, a una epidemia mortal, a cualquier cosa…) ha aumentado la volatilidad en muchos momentos, hasta niveles nunca visto antes en los mercados. Pero a ese aumento de la volatilidad, a esa mayor sensación de riesgo, también ha contribuido la tecnología:

“El aumento de la volatilidad del mercado (…) es una función de la digitalización, que está exagerando los cambios de humor de los humanos mediante una difusión de información sin precedentes a través de internet”.

A este aumento de la volatilidad generado por la tecnología, se añade el riesgo que se materializa en este novela: que la propia tecnología adquiera vida propia y se convierta en el principal riesgo, como advierte un ingeniero de software y profesor de zoología de la Universidad de Oklahoma, Thomas S. Ray, un científico de verdad, no de ficción, citado por Hoffmann en la novela:

“(…) las entidades artificiales autónomas de desarrollo libre deberían ser consideradas potencialmente peligrosas para la vida orgánica, y deberían permanecer confinadas en algún tipo de instalación de contención, como mínimo hasta que lleguemos a comprender plenamente su verdadero potencial (…). La evolución sigue siendo un proceso interesado, y los intereses de organismos digitales confinados podrían entrar en conflicto con los nuestros”.

Y eso es precisamente lo que le ocurre a ese robot, a ese sistema operativo, Vixal-4, que, como el monstruo del doctor Frankenstein, se rebela contra su creador. Una rebelión materializada en el inquietante mensaje que aparece como salvapantallas de ese software inteligente:

“LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ EMPLEADOS
LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ DIRECTIVOS
LA EMPRESA DEL FUTURO SERÁ UNA ENTIDAD DIGITAL
LA EMPRESA DEL FUTURO ESTARÁ VIVA”

Alarmante. Como el hecho de pensar que hasta un simple teléfono móvil pueda parecer más inteligente que su propio usuario. Y lo es desde el momento en que le obliga a seguir unas pautas de comportamiento (en clara dependencia con el aluvión de aplicaciones para casi todo) que antes no seguía, a hacer cosas que antes no hacía porque no le aportaban nada. ¿Se lo aportan ahora? ¿Por qué nos hemos hecho tan dependientes de ciertas tecnologías? Evidentemente, para enriquecer a esas empresas del futuro. ¿Se resistirán pronto esas mismas empresas a tener empleados? ¿Lo fabricarán todo los robots? ¿Y podrán esas empresas prescindir de sus directivos, tomar decisiones en función de sistemas de análisis de mercado tan inteligentes, y peligrosos, como Vixal-4? De momento, esas mismas empresas (ya saben, Amazon, Google, Twitter, etc., etc.) ya han conseguido prescindir de algo que les estorba: el Estado y los impuestos. Les estorba a ellas, pero nos protege a los ciudadanos, ya que esos impuestos que esas “empresas del futuro” se están ahorrando, nos está convirtiendo a nosotros en “ciudadanos del pasado”, de antes del Estado del Bienestar, de antes de los derechos sociales… y en algunos sitios, incluso de antes de los Derechos Humanos. Pero, eso sí, perfecta y absolutamente digitalizados.

Hay que decirlo claro: nos están digitalizando para anularnos como especie pensante y libre. Y en muchos casos lo están consiguiendo (además de quedarse con nuestros impuestos). El índice del miedo se dispara a medida que el ser humano se convierte en mero consumidor de aplicaciones y chismes que dirigen su vida. Habrá que tomar medidas. A lo mejor, haciendo algo tan fácil como desconectar muchas cosas sin las que el hombre, como especie, ha sobrevivido desde hace miles de años. No queremos empresas del futuro. Queremos empresas del hombre… y para el hombre.

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Título comentado:

-El índice del miedo. Robert Harris, 2011. Grijalbo, Barcelona, 2012.

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