De Palmira a Inglaterra, una historia de amor 1.800 años antes del Brexit

“La más evocadora de todas es la historia de Barates (…). Se desconoce lo que le hizo viajar más de 6.000 kilómetros a través del mundo (probablemente, el trayecto más largo que nadie realizara en este libro).”.

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

El viaje de este sirio llamado Barates comenzó en Palmira y terminó cerca de la actual South Shields, una ciudad costera al noreste de Inglaterra. A muchos de los sirios que ahora huyen de la guerra les gustaría llegar tan lejos como Barates, tanto en su viaje como en su historia de amor, pues se casó con una hermosa damisela del norte de Londres. Pero a los actuales migrantes les va a ser cada vez más difícil repetir la historia de nuestro protagonista. Quizás, porque el viaje de este palmireno se produjo unos 1.800 años antes del Brexit, de la ceguera europea y del resurgimiento de los nacionalismos xenófobos (y permítanme esta redundancia, pues todos los nacionalismos son xenófobos y, como canta Jorge Drexler, “no hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido”).

Brexit, ceguera, nacionalismos… tres factores que, entre muchos otros, están levantando muros más altos e infranqueables que el que levantó el emperador Adriano muy cerca de la citada localidad inglesa. La diferencia es que ese muro separaba del bárbaro e incivilizado norte una auténtica unión europea que permitía que un ciudadano romano como el propio Adriano, nacido cerca de la actual Sevilla, llegara a emperador, o que otro originario de Palmira, como Barates, acabara trabajando y prosperando a 6.000 kilómetros de su lugar de nacimiento.

Aunque esta bitácora va de literatura y economía, de vez en cuando deja espacio a obras no estrictamente literarias, a condición de que estén escritas como las mejores novelas. Y eso es el último libro de la historiadora inglesa Mary Beard: “SPQR” es, como reza su subtítulo, “una historia de la antigua Roma”. No es “la Historia”, con mayúsculas. Es sólo “una historia”, pero tan maravillosamente narrada que incluso sorprenderá a quienes crean saberlo ya casi todo sobre la civilización romana.

Esta historia está cargada, evidentemente, de Historia, de Economía, de Sociología, pero todo ello narrado con una agilidad y un gusto por los detalles humanos y personales (como la vida de Barates) que permite leerla como una auténtica novela. No sorprende que su ya muy prestigiosa autora, Mary Beard, haya ganado el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2016.

CIUDADANOS DEL MUNDO
Los contenidos económicos de “SPQR” son muchos y enriquecedores. Pero me detendré sólo en los relacionados con ese mundo sin fronteras de hace 2.000 años, en el que eran normales cosas que hoy día nos parecen imposibles. La más importante de las cuales fue que cualquier persona ganara la ciudadanía romana (sin perder la suya propia) por el mero hecho de habitar dentro de las fronteras de ese imperio cuya extensión superó a la de la actual Unión Europea:

“En el año 212 d.C. [apenas cien años después de la construcción del Muro de Adriano], el emperador Caracalla decretó que todos los habitantes libres del Imperio Romano, donde quiera que habitasen, desde Escocia hasta Siria, eran ciudadanos romanos. Fue una decisión revolucionaria que eliminó de un plumazo la diferencia legal entre gobernantes y gobernados, y la culminación de un proceso que se había prolongado durante casi un milenio. Más de treinta millones de provincianos se convirtieron legalmente en romanos de la noche a la mañana. Fue una de las mayores concesiones de ciudadanía, si no la mayor, de la historia universal”.

Cierto que casi siempre Roma imponía su dominio mediante guerras crueles, aunque nunca tanto como las de ahora (¿hace falta recordar Hisoshima, los genocidios de Hitler o lo que está pasando en Siria?). Y también es verdad que muchos de los “romanizados” no querían tal ciudadanía. Sin embargo, ser romano te daba muchas ventajas, como también al Imperio que te convertía en ciudadano para que dejaras de ser enemigo. E incluso podías ser romano conservando tu ciudadanía anterior, como ya hizo Roma, mil años antes de Caracalla, cuando comenzó a extender su poder sobre la península itálica:

“A algunas comunidades de las amplias zonas del centro de Italia, los romanos extendieron su ciudadanía romana. A veces esto suponía plenos derechos y privilegios, entre ellos el derecho a votar o a presentarse a las elecciones romanas sin dejar de ser al mismo tiempo ciudadano de una ciudad local”.

Los romanos entendieron muy pronto la necesidad de integrar al otro: no sólo a la persona, sino también a su religión. Ningún panteón es más rico y variado que el romano, cuya tolerante visión de la religión sólo chocó con los monoteísmos judío y cristiano, y gracias a que el islámico aún no existía. Quien proclama que sólo su dios es el verdadero, rara vez acepta que ese mismo dios tenga otros nombres o se haya manifestado de diferentes formas en otros sitios. Pero los romanos, que aparte de ser tremendamente prácticos también sentían un profundo respeto por la religión, entendieron que ser tolerante con las creencias del otro es el primer paso para acercarse a él.

Esa amplitud de miras es la que echamos de menos ahora, en estos tiempos en los que el Brexit ha desplazado el Muro de Adriano unos 560 kilómetros al sur, hasta las orillas británicas del Canal de la Mancha; o en los que ese ignorante fascista y pésimo empresario llamado Donald Trump (por cierto, descendiente de inmigrantes) amenaza con construir un muro en los 3.185 kilómetros de frontera entre los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de México (que así se llama el país azteca); ese muro que, por cierto, según Obama sólo serviría para encerrar dentro de sí mismo a los EE.UU. del norte.

Con estos nuevos muros fruto de la xenofobia, la estupidez y los nacionalismos, no serían posibles historias de amor e integración como la que abría este artículo, la de Barates. No sabemos qué le hizo llegar tan lejos doscientos años después de Cristo, pero sí nos dejó constancia de lo que consiguió:

“Se desconoce lo que le hizo viajar más de 6.000 kilómetros a través del mundo (…). Puede que fuera el comercio, o quizás tuviera alguna relación con el ejército. Se asentó en Britania el tiempo suficiente para casarse con Regina (“Reina”), una ex esclava britana. A su muerte a los treinta años de edad, Barates le dedicó una lápida cerca del fuerte romano de Arbeia, en South Shields. En ella se describe a Regina que, como indica el epitafio, había nacido y se había criado justo al norte de Londres, como si fuera una majestuosa matrona palmirena”.

Y otra prueba de que la romanización de Barates no le hizo olvidar ni perder sus raíces, se descubre en los idiomas que utilizó en la lápida:

“Debajo del texto en latín, Barates hizo inscribir el nombre de su mujer en la lengua aramea de su tierra natal”.

Que tomen nota los palurdos xenófobos del Brexit: el inglés aún no existía, la lengua franca era el latín, pero los nuevos romanos, como Barates, aún conservaban su lengua y su cultura, pues la lápida encontrada al norte de Inglaterra es muy similar a las muchas descubiertas en la entonces ciudad romana de Palmira (antes de que otros radicales ignorantes, los del Daesh, la atacaran). Y, por cierto, aunque el latín del Imperio Romano sea ahora una lengua muerta (y en proceso de extinción total gracias a la fabulosa reforma educativa del PP), el arameo aún lo hablan 400.000 personas (de diversas religiones) en esos países de Oriente Medio eternamente castigados por guerras mucho más crueles que las de los romanos.

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Título comentado:

-SPQR. Una historia de la antigua Roma. Mary Beard, 2015. Crítica, Editorial Planeta, Barcelona, 2016.

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Desahucios, corrupción… y asesinato

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Este caso en realidad tiene que ver con el dinero. Con la oleada de desahucios que está teniendo lugar por todo el país. No estamos hablando de un simple acto de venganza. Estamos hablando del asesinato frío y premeditado de un hombre que amenazaba con revelar la corrupción existente entre los bancos y los agentes encargados de llevar a cabo sus desahucios. Todo lo que rodea este caso tiene que ver directamente con el dinero, con los que tienen el dinero y no están dispuestos a perderlo por nada del mundo… Aunque tengan que llegar al asesinato”.

Es el vibrante alegato de Mickey Haller, abogado defensor de una ciudadana acusada de asesinar a martillazos a un directivo del banco que había decidido su desahucio. El juicio constituye la trama de “El quinto testigo”, de Michael Connelly (Filadelfia, 1956). Es la última obra publicada en España por un autor de éxito en el género de la novela negra: Connelly ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo y sus libros han sido traducidos a cuarenta idiomas. Seguro que él ya no tiene hipotecas pendientes.

“El quinto testigo” presenta, sobre todo al principio, un claro fundamento económico: relata la crisis inmobiliaria y sus devastadores efectos sobre millones de ciudadanos desahuciados en Estados Unidos, merced a un sistema con más sombras que luces.

Por lo demás, la novela es básicamente la típica y entretenida trama judicial con los ingredientes habituales de asesinato poco claro, abogado defensor brillante, fiscal implacable, juez duro e imparcial, jurados más o menos manipulables, testigos fiables o contradictorios, pruebas confusas y un aluvión de sorpresas durante la investigación (sin olvidar la gran sorpresa final que, obviamente, no les desvelaré). Una muestra más de los relatos, novelados, cinematográficos o televisivos, que tantas veces nos han hecho envidiar el rápido y expeditivo sistema procesal norteamericano.

BANQUERO MUERTO A MARTILLAZOS

Haller, abogado especialista precisamente en frenar desahucios ilegales, debe volver a su antiguo oficio de penalista para defender a una de sus clientas, que estaba a punto de ser desahuciada. Una ciudadana que además se había convertido en una especie de Ada Colau, en una destacada activista contra los bancos y contra todo el entramado (muchas veces al borde de la legalidad) montado para quedarse con las viviendas de personas con problemas económicos.

El abogado defensor se esfuerza en buscar pruebas y testigos, mientras recurre a artimañas no demasiado éticas. Todo con el objetivo de que su clienta se libre de la acusación de matar a martillazos a un alto ejecutivo de un banco. Casualmente, el mismo directivo responsable de decidir el desahucio de la combativa ciudadana.

Antes de tener que volver a este caso penal, Haller se ganaba bien la vida defendiendo a los acosados por los bancos:

“Calculé que si lograba [que una clienta amenazada de desahucio] siquiera viviendo en la casa un año más, me sacaría un total de cuatro mil pavos (…). Lo más seguro era que no volviese a ver jamás a la señora Pena [la clienta]. Denunciaría en el juzgado la ejecución hipotecaria y daría todas las largas posibles al asunto. Seguramente no tendría ni que comparecer ante el juez”.

Y todo porque “el banco había jugado sucio” al no comprobar que la señora había recibido las pertinentes notificaciones:

“Aquel no era un barrio en el que los agentes judiciales pudieran campar a sus anchas. Lo que yo sospechaba era que las notificaciones habían acabado en la basura y que el agente de turno había mentido al respecto”.

Esta solía ser una línea habitual de defensa. Al parecer en Estados Unidos no funciona tan bien como en España lo más práctico cuando quieres asegurarte de que alguien recibe una notificación: un burofax con acuse de recibo. No lo duden: utilícenlo siempre que quieran asegurarse de que el destinatario recibe cualquier carta o notificación que le envíen. Se ahorrarán problemas legales por no notificar con certeza:

“Esa sería mi línea de defensa (…). Que el banco se había aprovechado de ella y había puesto en marcha la ejecución hipotecaria sin darle la oportunidad de abonar los pagos pendientes, y que el tribunal tenía que fallar en su contra por haber procedido de esta forma”.

DE LOS CRÍMENES, A LA BURBUJA INMOBILIARIA

La crisis económica culpable de estos desahucios poco claros es la misma que había llevado a Haller a dejar la rama penalista, para volcarse en la defensa de los acosados por los bancos:

“Los abogados penalistas casi no encontraban trabajo con la economía en horas bajas. La criminalidad, sin embargo, no tocaba fondo. En Los Ángeles, el crimen avanzaba siempre viento en popa fuera cual fuera la situación económica. Pero los clientes dispuestos a pagar eran cada vez más escasos (…). El único sector en expansión en el campo de la abogacía era la defensa contra las ejecuciones hipotecarias”.

El abogado siente además que está defendiendo a clientes que, en la mayoría de los casos…

“…no eran sino víctimas por partida doble: primero engatusados con el sueño americano de tener una casa en propiedad y alentados a firmar unas hipotecas que ni remotamente iban a poder pagar, y convertidos luego en víctimas de nuevo tras el estallido de la burbuja, cuando los prestamistas poco escrupulosos fueron a por ellos en el subsiguiente frenesí de ejecuciones hipotecarias. La mayoría de estos antaño orgullosos propietarios no tenían la menor oportunidad bajo la draconiana regulación de California. Un banco ni siquiera necesitaba una aprobación judicial para arrebatarle la casa a alguien. Los grandes genios de la economía consideraban que era lo mejor. Que la máquina tenía que seguir girando. Que cuanto antes tocara fondo la crisis, antes comenzaría la recuperación”.

Seguro que les suena. El estallido de la burbuja hipotecaria (generada por los propios bancos) y la receta para resolverla (que la paguen los ciudadanos) son muy parecidas en todas partes. La diferencia es que en Estados Unidos –para mayor indefensión de esas “víctimas por partida doble”– buena parte de la maquinaria de los desahucios ha sido privatizada. Esto permite que los bancos utilicen a empresas –en ocasiones de dudosa legalidad– que se encargan de todos los trámites en el acoso y derribo de las víctimas de la rapacidad bancaria. En el caso de asesinato, Haller centra su defensa en las oscuras relaciones entre el banquero muerto a martillazo y una de estas empresas buitres, llamada ALOFT:

“ALOFT era una especie de trituradora industrial, una compañía que presentaba y seguía todos los documentos requeridos a lo largo de un proceso de desahucio. Se trataba de una intermediaria que permitía que los banqueros y otros prestamistas no se mancharan las manos en el sucio negocio de arrebatarle su hogar a la gente. Las empresas como ALOFT hacían el trabajo sin necesidad de que el banco tuviera que mandar una sola carta al cliente que iba a ser desahuciado”.

Esta actividad de acosar a los potenciales desahuciados es aún más lucrativa que la de actuar en su defensa, como explica el protagonista a los miembros de su equipo:

“¿Tenéis idea de la cantidad de dinero que está ganando ALOFT? –pregunté–. Diría que esta compañía interviene en cerca de la tercera parte de nuestros casos. Sé que no es muy científico, pero si hacemos una extrapolación y suponemos que ALOFT lleva la tercera parte de todos los casos en el condado de Los Ángeles, estamos hablando de millones y millones en beneficios. Dicen que solo en California habrá tres millones de desahucios durante los próximos cinco años”.

            Espero sinceramente que, pese a todo este latrocinio organizado, no caigan en la tentación de resolver sus hipotecas a martillazos. La violencia no ayuda, sino todo lo contrario. Esta novela se lo dejará muy claro.

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Título comentado:

-El quinto testigo. Michael Connelly, 2011. RBA, Barcelona, 2015.

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Economía y religión (1): Cómo reclutar herejes entre los excluidos

Fotografía: © M.M.Capa

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“Las herejías son siempre expresión del hecho concreto de que existen excluidos. Si rascas un poco la superficie de la herejía, siempre aparecerá el leproso. Y lo único que se busca al luchar contra la herejía es asegurarse de que el leproso siga siendo tal. En cuanto a los leprosos, ¿qué quieres pedirles? ¿Que sean capaces de distinguir lo correcto y lo incorrecto que pueda haber en el dogma (…)? Estos son juegos para nosotros, que somos hombres de doctrina. Los simples tienen otros problemas. Y fíjate que nunca consiguen resolverlos. Por eso se convierten en herejes”.

Un término económico de tan rabiosa actualidad como “excluidos” aparece en la misma línea que “herejía”, un concepto ligado a la religión. Y ambos los relaciona un monje del siglo XIV, tiempo de abundantes herejías e incluso de un doble papado (en Roma y en Aviñón). Quien explica cómo los leprosos, los simples y los excluidos suelen ser tachados de herejes, porque son la carne de cañón de cualquier supuesto líder religioso que en realidad busque poder político y económico, es Guillermo de Baskerville: el franciscano-detective protagonista de “El nombre de la rosa”, la mejor novela de Umberto Eco.

Leí “El nombre de la rosa” hace más de treinta años, al principio de la mili y mientras intentaban, en vano, que aprendiera a desfilar bajo una bandera. El reciente fallecimiento de Umberto Eco, el 19 de febrero de 2016, me llevó a buscar de nuevo la obra, ya bastante amarillenta, en mi biblioteca. Su lectura volvió a atraparme como la primera vez. Y en esto, el 22 de marzo, estallaron las bombas yihadistas en Bruselas. Economía, religión y violencia volvían a formar esa trágica trinidad que, junto con la reivindicación de la risa y del conocimiento, es la auténtica protagonista de esta fabulosa novela. Una obra más actual que nunca en este siglo XXI cuyas convulsiones no envidian a las de hace setecientos años. Es el momento, pues, de iniciar una serie de artículos sobre economía y religión en la literatura.

“El nombre de la rosa” es un compendio de sabiduría sobre los libros, el conocimiento, las pasiones humanas y –lo que más nos interesa en esta bitácora digital– las perversiones económicas que ocultan todas las religiones. Ya saben lo que opino –y lo dije tras los atentados en París– de quien esgrime la guerra santa como un medio de movilizar fuerzas que en realidad no luchan por la fe, sino por sustancias mucho más oscuras, como el petróleo. Es algo parecido a lo que Umberto Eco expresó a través de su monje franciscano:

“Una guerra santa sigue siendo una guerra. Quizás por eso no deberían existir guerras santas”.

Y menos aún cuando, lejos de ser santas, en realidad son económicas, y llaman a combatir supuestas herejías, o a sumarse a ellas, por motivos nada santos:

“Y digo que muchas de esas herejías, independientemente de las doctrinas que defienden, tienen éxito entre los simples porque les sugieren la posibilidad de una vida distinta. Digo que en general los simples no saben mucho de doctrina (…). La vida de los simples (…) no está iluminada por el saber (…). Además, es una vida obsesionada por la enfermedad y la pobreza, y por la ignorancia (…). A menudo, para muchos de ellos, la adhesión a un grupo herético es sólo una manera como cualquier otra de gritar su desesperación. La casa del cardenal puede quemarse porque se desea perfeccionar la vida del clero, o bien porque se considera inexistente el infierno que éste predica. Pero siempre se quema porque existe el infierno en este mundo”. 

El infierno que existe en este mundo se llama exclusión. Es el centro de reclutamiento más fructífero para atrapar esos simples que, de nuevo según fray Guillermo, “son carne de matadero: se los utiliza cuando sirven para debilitar al poder enemigo, y se los sacrifica cuando no sirven”.

¿Dónde reclutan los del Daesh a sus fanáticos suicidas? ¿En Pozuelo de Alarcón, la ciudad española con mayor renta per cápita? No. Es más fácil hacerlo en los infiernos de la exclusión. En Ceuta, en Melilla, en Molenbeek o en esa Banlieu parisina que, como tantos otros guetos occidentales, nos hemos dejado en el furgón de cola del tren de la democracia, el desarrollo y la cultura en nuestra imperfecta Unión Europea… Ahí están los simples, los económicamente excluidos, los leprosos de nuestra economía unidireccional y de pensamiento único. Por eso ahí, los otros, también adictos a su propio pensamiento económico único, les engañan para combatir a la herejía del cristiano o infiel. O para sumarse a su particular herejía que pervierte el islam y en la que las cosas no suceden porque Alá lo quiere, sino porque lo quieren los nuevos señores feudales del petróleo. Que son exactamente iguales que los de antes y no muy diferentes de quienes estimulaban guerras de religiones en los tiempos de Guillermo de Baskerbille.

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Título comentado:

-El nombre de la rosa. Umberto Eco, 1980. Lumen, Barcelona, novena edición, octubre de 1984.

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LA CONFIANZA ES UNA BRISA

Fotografía: © M.M.Capa

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“Mantener la confianza es requisito de primer orden para seguir creciendo, mantenerla y no olvidar que, por imitación de una frase conocida del repertorio operístico, la fiducia è un venticelo”.

Mantener esa confianza que es un venticelo, una brisa. Es la conclusión del editorial del número extra de la revista “Economistas”, editada por el Colegio de Economistas de Madrid. Un mensaje tan directo como la hermosa imagen que ilustra la portada de esta edición especial titulada “España 2015. Un balance”. Porque ese sol que se atreve a salir entre cielos borrascosos es, de hecho, otro editorial que resume la principal conclusión de esta publicación: nuestra economía seguirá creciendo si la brisa de la confianza se mantiene y despeja tanto nubarrón.

Aunque el propósito de mi bitácora digital sea dar una peculiar visión de la economía –sobre todo a partir de las magníficas lecciones económicas que podemos encontrar en grandes obras de la literatura–, conviene de cuando en cuando leer textos, digamos, más ortodoxos. Y nada mejor que volcarse sobre publicaciones tan completas y densas como esta revista “Economistas” que, dirigida por el maestro Jaime Requeijo, nos ofrece una completísima visión de lo que ha hecho la economía española en el último ejercicio.

¿QUÉ PUEDE PASAR?

Además de recoger análisis desde muy diversos puntos de vista –lo cual enriquece el resultado global, pues evita que la publicación transite por la senda del pensamiento único–, este número extra incorpora una novedad importante respecto a ediciones anteriores: en sus más de doscientas páginas dedica una importante sección, tres osados artículos, a hacer lo que precisamente más se suele pedir a los economistas: no nos cuenten lo que ya ha pasado, dígannos lo que puede pasar.

He dicho “osado” porque, desde luego, es de mérito atreverse a esto y que la revista incorpore nada menos que veinte páginas a analizar las perspectivas de nuestra economía… siga brillando o no el sol de la confianza. Corriendo los tiempos que corren y siendo la de economista (junto con la de político, la de banquero y también la de periodista, sobre todo en su versión tertuliano-televisiva) una de las profesiones más denostadas, se agradece que los profesionales de la economía no sólo acepten asumir riesgos, sino que además los plasmen en artículos tan detallados.

Precisamente a la hora de hacer previsiones sobre la economía española, uno de los problemas destacados por el director de la publicación, Jaime Requeijo, es que aún no sabemos ni quién va a gobernar, ni con qué programa. No en vano, la revista se presentó el pasado 3 de marzo, justo en medio de las fallidas sesiones de investidura.

Pero Jaime Requeijo, a quien antes he llamado “maestro” precisamente por serlo de varias generaciones de estudiantes, sí se atreve a dar la receta para que los jóvenes superen uno de los mayores problemas existentes en España, el maldito y elevado desempleo juvenil. Recordó los tres valores que recomienda a sus alumnos de ADE: “El mundo ha cambiado tanto que, para asegurarse un buen empleo, hacen falta conocimiento, esfuerzo y movilidad”. Y sobre esto último precisó que las nuevas generaciones que llegan al mercado laboral deben ser capaces de “vivir en inglés”, para encontrar el empleo allá donde esté.

A la hora de las previsiones sobre la economía española, el análisis de la revista debe, también, mirar hacia fuera: “Si la eurozona crece en diez años solo el 1,5% anual, condicionará a España”, afirma Antonio Pulido. Federico Steinberg opina que “a la vista de los riesgos de la economía mundial, lo más probable es que en 2016 no se materialicen crisis importantes”.

Esperemos que este pronóstico sea acertado. Lo comprobaremos dentro de un año.

UN ANÁLISIS GLOBAL

Mientras tanto, saquemos conclusiones de dos de los factores destacados por Requeijo: el CONOCIMIENTO plasmado en esta revista, fruto del ESFUERZO de los 35 economistas que han participado en ella. El resultado es un análisis absolutamente global, de lo general a lo particular; de las grandes tendencias macroeconómicas, a detallados análisis sectoriales e incluso regionales (de la economía madrileña).

La revista comienza trazando un panorama general de la economía española, para la que Juan Velarde pronostica que tras crecer más del 3% en 2015, “puede seguir creciendo a ritmo similar en los próximos años”. Todo ello, en el entorno internacional descrito por Silvia Iranzo: “La economía mundial creció en 2015 a una tasa interanual moderada, del 3,1%, por debajo de la media de los últimos treinta años”.

En el análisis sectorial, Ana C. Mingorance y Rafael Pampillón pronostican: “Por sectores, España podría situarse entre las principales potencias económicas del mundo”. En esos sectores, tendría un gran peso el de la construcción, ya que, según José María Duelo, “existe un enorme déficit de dotación de infraestructuras en España”.

El siguiente capítulo se dedica al sector financiero español. Según Eduardo Pérez Asenjo, “tras su transformación, afronta con plenas garantías los retos que se avecinan”.

Al hablar de uno de los temas centrales del momento, esa “brisa” de la confianza, destaca el análisis del sector público y, particularmente, del endeudamiento: “El Tesoro se ha financiado en 2015 al menor coste de su historia”, subrayan Rosa María Sánchez-Yebra y Pablo de Ramón-Laca Clausen.

En el capítulo dedicado al empleo es donde aparecen las principales discrepancias. Lógico si se tiene en cuenta que es nuestra gran asignatura pendiente, frente a la que el análisis no consigue ser independiente. ¿Qué va a decirnos en su artículo la ministra del ramo, Fátima Báñez? Pues que “por primera vez España crea empleo indefinido desde el inicio de la recuperación”. A lo que el sindicalista Cándido Méndez responde, entre otras cosas, con el argumento de que “España sale de la recesión, no de la crisis”. Porque, desde luego, mostrarse optimista con un paro superior al 20 por ciento, y con perspectivas de que su reducción prosiga a un ritmo tan lento como el reciente, no da para fabricar muchos eslóganes electorales (que, por cierto, visto lo visto en las elecciones del 20-D, ni siquiera han servido para lograr una mayoría de gobierno).

Donde sí hay más razones para ser moderadamente optimista es en el panorama empresarial. Joaquín Maudos subraya que “las pymes españolas han realizado un importante esfuerzo de desapalancamiento”, mientras que, como destaca Domingo J. García Coto, “las empresas han aprovechado para reforzar sus recursos propios o diversificar su financiación ajena ampliando capital”.

Son apenas unas pinceladas de lo mucho que ofrece esta edición de “Economistas”. Un documento que merece la pena leer con calma y, por supuesto,  conservar en la biblioteca.

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Título comentado: -España 2015. Un balance. Revista “Economistas”. Colegio de Economistas de Madrid. Nº Extra 146/147. Mayo 2016 (edición presentada a los medios el 3 de marzo de 2016).

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El derrumbe inmobiliario y la recesión de Bush que se achaca a Obama

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Un Edward Medley [un viejo amigo a quien el autor intenta localizar] seguía residiendo en el número 28 de Hoving Road, cuatro puertas más abajo y en la acera de enfrente de mi antigua casa familiar estilo Tudor –demolida tiempo atrás para hacer sitio a la suntuosa mansión de algún ricacho–, que entonces abundaban en el paisaje urbano de Haddam, aunque ahora menos con el derrumbe del mercado inmobiliario y la recesión de Bush cuya culpa está cargando Obama”.

¿No suena familiar? Los radicales republicanos, el racista pijo listo Trump y los tontos de la Fiesta del Té (en español suena más claro lo inconsistentes que son) no dejan de achacar a Obama la culpabilidad de una crisis que él no sembró. Algo parecido nos pasa  en España, donde llevamos bastantes años escuchando lo de la “herencia recibida”. Pero, ¿quién infló el mercado inmobiliario como una burbuja, siguiendo la estela económica, entre otros, de su admirado colega tejano? ¿Quién fue el brillante gestor del “milagro español” que demasiado tarde descubrimos que habíamos pagado a plazos, carísimo y mientras los mismos que nos lo vendían henchían sus cajas B para seguir imperando en la política, corromper el país y, por supuesto, amasar dinero en paraísos fiscales mientras eran vicepresidentes económicos todopoderosos u honorables presidentes de la Generalidad (que nadie se queje de que lo pongo así, porque también escribo La Casa Blanca y no The White House)?

Tras el inevitable calentón (es que nos han vacilado mucho, ya lo saben), centrémonos en el texto que abre este artículo: es una de las selectas perlas económicas de la última novela de Richard Ford, en mi opinión quizás el mejor escritor americano vivo, en dura competencia con Paul Auster. En “Francamente, Frank”, Ford (Jackson, Missisippi, 1944) continúa su inmensa y corrosiva trilogía sobre la historia estadounidense desde mediados del siglo pasado. “El periodista deportivo” (1986), “El Día de la Independencia” (1995) y “Acción de Gracias” (2006) destripan la sociedad americana a través de los ojos del alter ego del autor: Frank Bascombe, novelista frustrado, periodista deportivo, agente inmobiliario, casado dos veces, con dos hijos y un tercero fallecido a la edad de nueve años, superviviente a un cáncer y permanentemente crítico frente a todo lo que ve a su alrededor.

En “Francamente, Frank”, el protagonista tiene ya sesenta y ocho años y vive relativamente feliz con su segunda esposa, mientras visita de cuando en cuando a la primera, enferma de Parkinson, asiste a la paulatina desaparición de algunos de sus conocidos y analiza los efectos de la crisis del ladrillo (está jubilado de su último oficio: agente inmobiliario). Un derrumbe acentuado en Nueva Jersey, donde reside, por los demoledores efectos del huracán Sandy, que en 2012 segó más de 150 vidas en la costa Este de EE.UU.,  arrancó de cuajo cientos de residencias de la costa y, con ellas, miles de ilusiones de sus propietarios.

EL ERROR DE LA SEGUNDA RESIDENCIA

Bascombe, que, por supuesto, vota a los demócratas, enmarca todo ello en la recesión de Bush heredada por Obama. Y le pone cifras microeconómicas: él, que ahora vive en el interior del estado, vendió su casa en primera línea de playa por más de dos millones de dólares; antes del huracán, al actual propietario le ofrecían tres millones, pero después de que el edificio saliera volando y acabara boca abajo sobre la arena, un especulador le ofrece por el solar 500.000 dólares con estos argumentos:

“Le compramos el terreno y nos llevamos las ruinas, pagando nosotros el transporte. Le extendemos un cheque en el acto. Porque usted va a seguir pagando impuestos por esta cabronada, con casa o sin ella. El seguro no va a pagar. Si vuelve a construir, la póliza se le pondrá por las nubes; suponiendo que alguna compañía quiera asegurarle. Y una vez que los putos lacayos de Obama publiquen una nueva cartografía de zonas inundables [donde, por cierto, dejaron construir los lacayos de Bush o, en España, los del tándem Aznar-Rato que, para su milagro económico, permitieron arrasar con ladrillos no sólo la costa], se encontrará en un sitio donde está prohibido construir. Si es que no se ha inundado otra vez. Aparte de que la jodida cosa tendrá que construirse sobre unos puñeteros pilotes. ¿Y a quién le gustaría esa especie de bodrio africano? Primera línea de playa. Vaya negocio de los cojones”.

La verdad es que, incluso antes del huracán, el estallido de la burbuja inmobiliaria impactó de lleno sobre todo en esa residencia costera construida con tanta alegría, tan pocos escrúpulos (tanto medioambientales como financieros) y, particularmente en España, con tanta corrupción cuyos efectos vemos todavía, un día sí y otro también, cada vez que otro político se suma a la lista de imputados o encarcelados. Y esto también lo explica, francamente, el agente inmobiliario jubilado Frank Bascombe cuando se refiere al “hecho de adquirir una segunda residencia”:

“La gente sabe que va a lamentar ese día incluso antes de firmar los papeles, pero lo hace de todos modos”.

Adquirir una segunda residencia ha sido un gran error para muchos, sobre todo si, para ello, tuvieron que endeudarse. Ahora que los precios se han hundido (incluso donde no han golpeado los huracanes), muchos se encuentran con una deuda tan grande como el montón de ladrillos invendible.

Pero lo peor es que, tiempo después del huracán, el protagonista de esta novela vuelve a detectar preocupantes síntomas de recalentamiento inmobiliario (algo que también les sonará a los españoles que comienzan a leer noticias de que los precios se reaniman, crecen el número de hipotecas, etc.). Bascombe lo tiene claro y lanza una severa advertencia:

“En Nueva Jersey ya casi hemos agotado los últimos dos millones y medio de hectáreas de terreno remotamente urbanizable. Estamos en camino de construirlos todos hacia mediados de siglo. Los impuestos sobre la propiedad tienen un tope, pero nadie quiere vender porque nadie quiere comprar. Todo lo cual hace que los precios se mantengan altos pero los valores bajos.”

Es decir, que el huracán Sandy pasó, pero no la amenaza de un nuevo derrumbe inmobiliario. Porque, además, como advierte nuestro protagonista, la historia se repite y el pensamiento único de que las políticas de austeridad lo arreglarán todo no se sostiene:

“La construcción de casas adosadas –famosa mala señal– continúa a ritmo acelerado frente al cementerio donde mi hijo Ralph Bascombe yace enterrado debajo de un tilo, recién arrancado por el huracán (…). Pero los ciudadanos de Haddam con quienes he hablado –no muchos, es cierto– parecen apuntarse al carro de la nueva austeridad, aunque prometa poner punto final a lo que una vez fue nuestra realidad. Con `pasar estrecheces´ y `apretarse un poco el cinturón´ parece que nos sintamos en armonía con el resto del bajón económico, que sabemos grave, aunque no tanto, aún no, aquí no (…). Está claro, sin embargo, que alguna herida ha dejado marcada nuestra psique. Y es un misterio cómo se borrará antes de que se asfalte la última hectárea urbanizable y no quede sitio adonde ir salvo muy lejos y hacia abajo.”

Cualquiera que haya leído antes a Richard Ford se tomará muy en serio estos comentarios. Porque no sólo es un brillante novelista, sino también un analista capaz de diseccionar con precisión la realidad de su país. No necesita para ello, como otros autores, grandes planteamientos corales o multitud de puntos de vista. Adopta uno, el de este protagonista que podría ser cualquiera de nosotros, con sus frustraciones y sus problemas, con una vida nada especial. Un hombre que, sin embargo, siempre se ha dirigido al lector francamente, no sólo en esta novela, sino desde aquella estremecedora titulada “El periodista deportivo” con la que Ford comenzó a sorprendernos allá por 1986. ¿Se acuerdan? Fue el año que España entró en lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea. Son muchos años de experiencia los que recogen las últimas palabras de Frank Bascombe/Richard Ford. Y son muchos años de saber narrar bien esa experiencia.

¿PARA QUÉ SIRVE TODO LO QUE SABEMOS?

Y en este tema, el de la narración, el de cómo nos cuentan lo que está pasando, el viejo Frank suelta una breve andanada contra las nuevas tecnologías que no tiene desperdicio, pues destapa cómo han colaborado al caos que ahora nos rodea:

Hay muchas cosas, en verdad, que me pasan en la vida y en la cabeza y que podría estar inclinado a `compartir´ con un amigo de las que no tengo nada que decir. Toda la información que recabamos y almacenamos sin cesar en el cerebro y en cuya futura utilidad confiamos…, ¿qué tenemos que ver con ella yo o cualquiera de nosotros? (…) Ni idea. Podría ponerlo en Facebook o en Twitter. Aunque, como dice Eddie Medley [un viejo conocido a quien va a visitar al saber que está sentenciado por el cáncer], todo el mundo lo sabe todo pero nadie sabe qué hacer con ello. No estoy en Facebook, por supuesto. Aunque sí lo están mis dos esposas”.

Todos lo sabemos todo… pero no sabemos qué hacer con ello. Hemos caído en la red (en sentido tanto literal como figurado) de pensar que la abundancia de información genera, por sí sola, conocimiento. Pero es mentira. Igual que Frank, se lo digo francamente.

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Título comentado:

-Francamente, Frank. Richard Ford, 2014. Editorial Anagrama, Barcelona, primera edición: noviembre 2015.

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Escritor, una profesión sin jefe

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Cuando se me planteó el problema de tener que escoger una manera de vivir, pensé: yo tengo que buscar una profesión sin jefe. Y me costaba trabajo. Pensaba en ser militar, y se me aparecían los generales déspotas, dándome órdenes estúpidas. Pensaba en ser cura, y enseguida surgían el obispo y el Papa. Si alguna vez pensé en ser funcionario, la idea del director me preocupaba… Sin jefe sólo existe el escritor”.

La cita es de Valle-Inclán, pero la tomo de “Aquí viven leones”, un maravilloso libro escrito por Fernando Savater y su mujer, Sara Torres (por desgracia, fallecida poco antes de la edición de esta obra). Un ensayo que se lee como una novela y que además es, como reza su subtítulo, un “Viaje a la guarida de los grandes escritores”.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un ensayo. Quizás me ha gustado mucho porque habla de literatura. Y porque es gozoso que te cuenten, con una prosa tan limpia, fluida y transparente, cómo vivían algunos de los grandes escritores. Y también, de qué vivían (y por eso este libro se gana un espacio en esta bitácora de economía y literatura).

Por si alguien no lo sabía, “Aquí viven leones” deja claro que la literatura no suele ser una actividad económicamente muy rentable. Entre los grandes literatos de que nos habla Savater, los menos vivían de sus obras; otros, los más, de fuentes diversas (de rentas familiares, de inversiones, del periodismo….); y no pocos, como el propio Valle-Inclán, en realidad malvivían. Porque tiene sus inconvenientes eso de que “sin jefe sólo existe el escritor”…

“Supongo que más adelante la experiencia de la vida ganada acumulando cuartillas le ayudó a relativizar esta afirmación tan optimista”.

Savater matiza el idealismo valleinclanesco, mientras nos recuerda cómo precisamente el genio gallego se las vio y se las deseó para vivir medio decentemente “sin jefe” pero también sin ingresos sólidos ganados a golpe de pluma.

EL QUE MANDA ES EL LECTOR

Bajo el romántico planteamiento de Valle-Inclán, la realidad del oficio de escritor es que tiene innumerables jefes: comenzando por su agente y su editor, figuras imprescindibles para llegar al mercado. Y cuyo papel hay que reivindicar en estos tiempos de la autoedición, en los que parece que el escenario se ha abierto a que todo el mundo publique lo que quiera y como quiera. Porque bajo ese impulso supuestamente democratizador de tan antiguo oficio, se oculta en ocasiones un “todo vale” que degenera en una ebullición de “cosas” difícilmente calificables como literatura.

El escritor compite así en un mundo en el que cualquiera se siente capaz de serlo. Hace poco el presidente de una importante organización incluso me dijo que a escribir se podía aprender consultando Google. Debería preguntarse si él iría a un médico que hubiera aprendido en la red todo lo relativo a las funciones del páncreas. Cierto: no matas a nadie si escribes mal, pero puedes hacer más feliz a mucha gente si lo haces bien.

En cualquier caso, por ser la escritura un oficio tan a menudo denostado, cualquiera se siente con autoridad sobre el pobre escritor, aunque en realidad sus principales jefes sean otros: los miles de lectores necesarios para que pueda comer de sus páginas. Algo que, como nos cuenta Savater en su ensayo, muy pocos consiguen.

ESFUERZO GANAPÁN

Valle-Inclán es quizás el prototipo de genio de la pluma que apenas fue capaz de vivir de ella, como demuestran las penurias que sufrió a lo largo de su vida. Pero no es el único. El mexicano Alfonso Reyes, que durante algunos años vivió de sus funciones como diplomático, también tuvo dificultades para rentabilizar su genio literario. Le ocurrió, como nos cuenta “Aquí viven leones”, cuando se instaló con su familia en un modesto piso madrileño:

“Adquirir los pocos muebles necesarios acaba con sus ahorros, y no tiene más remedio que ponerse a escribir no por placer artístico o impulso poético, sino como ganapán. Aunque no siempre esos apremios de la necesidad son desfavorables, pues a veces sirven para conseguir a la fuerza oficio y soltura, lo que nunca viene mal; hablo por experiencia propia. Alfonso traduce y colabora a salto de mata en diversas publicaciones de Europa y América. Aunque en lo material vive precariamente, goza de libertad y va conociendo gente y haciendo amistades entre la intelectualidad madrileña”.

El socorrido recurso al periodismo, a cobrar por modestas colaboraciones, ha constituido desde siempre una vía para que los escritores se ganen la vida. Y, además, como dice Savater, sirve para “conseguir a la fuerza oficio y soltura”. Una opinión que no compartía Valle-Inclán:

“La prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético”.

Así le responde, “altanero pero convencido”, a su amigo Manuel Bueno, quien consciente de que el genial gallego vive en la penuria con la renta de “quince duros mensuales que le llegan de Galicia, y no siempre”, intenta convencer a Valle-Inclán “de que debe dedicarse de verdad al periodismo”. 

Esa ha sido la salida para muchos escritores, aunque en estos tiempos se complique debido a las miserias que se pagan por las colaboraciones periodísticas (cuando se pagan). Otro malsano efecto provocado no sólo por la crisis de los medios, sino también por la ebullición de morralla on-line de escasa calidad.

EL SHAKESPEARE INVERSOR

Otros escritores, sin embargo, si lograron vivir de su genio. El paradigma es Shakespeare, quien no sólo era capaz de hacer rimar economía con poesía (http://wp.me/p4F59e-3W) o de obligarnos a reflexionar sobre temas económicos como las deudas (en “El mercader de Venecia”) o las herencias (en “El Rey Lear”, http://wp.me/p4F59e-5n).

El gran dramaturgo, prototipo de inglés práctico, sí fue muy capaz de rentabilizar su arte, como nos cuenta “Aquí viven leones”:

“A diferencia de otras compañías cuyos miembros son pagados por un patrón que así les obliga a fidelidad, los Comediantes de Lord Chambelán se organizan en forma de cooperativa: seis actores principales, entre los que están Shakespeare, William Kempe y Richard Burbage, se asocian como accionistas para financiar y repartirse los beneficios de las obras que montan. Sólo tienen que pagar un alquiler a James Burbage por el uso de su sala, y por lo demás son totalmente independientes y gozan de la mayor libertad artística posible en la época”.

Shakespeare lograba así el sueño de todo autor: no sólo vivir de su trabajo, sino gozar de suficiente independencia económica para escribir con absoluta independencia creativa:

“Esta forma de organizarse fue un buen negocio y Will ya no cambiará nunca de compañía, algo bastante raro por entonces. Para reforzar su posición en el grupo no bastaban sus dotes de actor, que al parecer eran mediocres, y se comprometió a escribir dos obras dramáticas por año (…). Así, se convierte en el dramaturgo más buscado de su época y también en el de mejores resultados comerciales, algo que, según parece no le era ni mucho menos independiente”.

Está claro que el genio de Stratford-upon-Avon no sólo escribía por impulso artístico, sino también para ganar dinero. Un dinero que, por cierto, invertía después con buen criterio, como señala Savater:

“Está documentado que Shakespeare tenía un indudable afán de riqueza, centrado en invertir en bienes inmobiliarios y en terrenos. No era complaciente con sus vecinos, con los que pleiteaba a menudo, y se mostraba implacable con sus deudores. Sabía rentabilizar económicamente su poesía (el conde de Southampton el pagó mil libras por los poemas que le dedicó) pero sobre todo su actividad teatral, lo que le permitió comprar tierras y casas en su localidad natal, Stratford, de donde veinticinco años antes salió pobre y casi huyendo para regresar convertido en una de las mayores fortunas de la villa”.

LA QUIEBRA DE FLAUBERT

No tuvieron tanto tino o suerte con sus inversiones otros autores de los que nos habla este libro, como Gustave Flaubert, quien cuando, después de mucho tiempo trabajando y reflexionando sobre ella, se dispone a iniciar la escritura propiamente dicha de su obra “Bouvard y Pécuchet”

“… recibe un inesperado golpe financiero. El marido de su sobrina incurre en una quiebra escandalosa, que arrastra consigo al desastre las inversiones que Flaubert había hecho en la empresa familiar para ayudarles. Tiene que vender su propiedad en Deauville, pero ni siquiera eso basta para enjugar el déficit”.

Semejante contratiempo financiero condiciona la actividad del autor francés:

“Hasta entonces el escritor había podido vivir modesta pero confortablemente de sus rentas, pero ahora se encuentra a la intemperie. Este revés le deja temporalmente demasiado abatido para continuar una obra de tan ambiciosa envergadura como `Bouvard y Pécuchet´, pero no tanto como para dejar de escribir, que sería en su caso como renunciar a respirar o a vivir”.

Es el consuelo que nos queda a quienes intentamos vivir de la pluma. Aunque sea difícil, seguimos escribiendo para continuar respirando. Porque, como dice el autor de “Aquí viven leones”…

“Escritores (…), los hay de muchas clases. Porque se puede escribir para conseguir la fama o para ganar dinero, para apaciguar fantasmas interiores (…) o para propagarlos (…), para denunciar abusos políticos, o para corregir defectos morales (…). Pero hay un tipo de escritor, quizás el más raro y sugestivo de todos, para el que escribir no es un medio de conseguir algo sino un fin en sí mismo, la finalidad irremediable y única de la vida (…). Nada en la vida le sirve para justificar su escritura, sino que es ésta la que justifica su vida, convertida en simple requisito para poder escribir”.

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Título comentado:

-Aquí viven leones. Fernando Savater & Sara Torres, 2015. Debate (Penguin Random House), Barcelona, 2015.

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Fumanchú, disfrazado de periodista económico, culpable del hundimiento bursátil chino y mundial

¡Qué no cunda el pánico! Las bolsas chinas y del resto del mundo no se desplomaron en agosto y septiembre (un primer susto que no ha dejado de repetirse hasta ahora) por culpa de los malos datos económicos del gigante asiático, ni por su burbuja financiera, ni por el peculiar intervencionismo de Pekín en unos mercados mal regulados, ni por su burda manipulación del yuán… (unos factores que han empeorado desde entonces). Nada de eso. Todo fue culpa del malvado Fumanchú, quien, hábilmente disfrazado de periodista económico, se inventó falsas informaciones que causaron el crak. Por suerte, tan nefasto personaje ya está detenido y ha confesado sus crímenes. 

La Bolsa española sufrió hace tres décadas una curiosa plaga: la de los sobrecogedores. Se denominaba así a ciertos especímenes no porque dieran miedo y sobrecogieran por lo feos que eran o por las pésimas crónicas bursátiles que publicaban, sino porque estaban acostumbrados a “coger sobres” de determinadas empresas cotizadas. A cambio de ese “sobre” (concepto económico revitalizado en los últimos tiempos gracias a Bárcenas, la Gürtel, la Púnica, el 3 por ciento trincado por el partido de Artur Mas o por los del PP valenciano, etc., etc.), estos falsos periodistas dejaban caer en sus artículos, columnas e incluso noticias determinadas falsas informaciones que intoxicaban a los inversores y movían las cotizaciones… siempre a favor, lógicamente, de quien había rellenado el sobre con un fajo de billetes verdes (eran tiempos de la peseta, ya saben).

Estamos hablando de años en los que aún no había ni Ley del Mercado de Valores, ni CNMV, ni Ibex, ni Sistema Continuo; eran tiempos en los que la Bolsa de Madrid estaba llena de agentes y barandilleros. Se llamaba así a los inversores que acudían al parqué y, desde la barandilla que lo rodea, daban sus órdenes a voces y comentaban todo lo que ocurría en el mercado. El barandillero es, por cierto, otra especie que pasa al olvido, pues la rectora de Bolsas y Mercados Españoles cerró, desde el verano de 2015, el acceso a la docena de nostálgicos jubilados que aún se movían por allí para recordar otros tiempos y pasar la mañana rodeados del lujoso ambiente del parqué, pese a que las operaciones ahora se realicen en el infinito ciberespacio.

En aquellos años, en un mercado estrecho, escasamente regulado y con muy pocos valores, era relativamente fácil que un rumor, sobre todo si se plasmaba en los periódicos de otra forma (opinión, supuesto análisis, noticia interesada, etc.), pudiera mover los precios. De hecho, alguno de estos sobrecogedores expertos en redactar al dictado de la voz de sus amos fueron invitados a dejar sus redacciones, so pena de ser puestos en manos de las autoridades cuando se descubrió que escribían no para informar, sino para mover los precios y llevarse su comisión metida en un sobre. Incluso intervino en el tema, muy acertadamente, la Asociación de Periodistas de Información Económica (APIE), el único club que ha tenido la osadía de admitirme entre sus dignos miembros y que me ha hecho incumplir lo que dictó uno de mis maestros, Groucho Marx: “Nunca formaré parte de un club que me admita como socio”. La APIE promulgó un código ético, expulsó a algunos de estos temidos sobrecogedores y determinó estrictas normas para que sólo engrosaran sus filas periodistas económicos de verdad.

Todo este rollo nostálgico viene a cuenta de que el régimen chino encarceló el verano pasado a un colega: el periodista Wang Xialou, reportero de la revista financiera Caijing, que dio con sus huesos en la cárcel y admitió ­–en unas declaraciones televisadas el 31 de agosto al más puro estilo maoista– las serias acusaciones de “inventarse y distribuir información falsa” sobre los mercados de valores y de ser, por tanto, uno de los culpables del desplome bursátil de agosto y principios de septiembre (y eso que publicó su sospechosa información el 20 de julio, siete días antes del primer susto de la bolsa china este verano). El batacazo fue considerable no sólo en las bolsas chinas, sino también en las del resto del mundo. Sólo en agosto, los mercados europeos sufrieron la mayor caída desde mayo de 2012, cuando, en plena crisis de la eurozona, más de cinco billones de euros escaparon de la renta variable mundial. Y ya ven  como comienza 2016, coincidiendo, por cierto con el Año Nuevo Chino, el Año del Mono Rojo (a lo mejor es por el color de las pérdidas que arrasan las bolsas de todo el mundo en este terremoto con epicentro en Pekín).

Resulta que, después de investigar a los brókers, de buscar responsables y conspiradores por todas partes, el gobierno chino encontró otro culpable: ese pobre periodista que, seguro, ni siquiera es tal, sino un títere de Fumanchú, o el mismísimo Fumanchú disfrazado, dispuesto, como siempre, a dominar el mundo. Y, para ello, nada mejor que dominar la materia prima más preciada: la información.

 

Mejor un robot que un periodista

¡Pobre e ingenuo Fumanchú! No sabe nada ni de sobrecogedores, ni de medios de comunicación. Por supuesto que los mercados se manipulan desde los medios de comunicación y, sobre todo, desde ese maremágnum sin fondo que llamamos, así, en mayúsculas, la Red (quizás porque hemos caído todos dentro como pececillos indefensos). Pero… ¡usar a un pobre periodista económico! Lo que debería haber hecho el malvado oriental es contratar los servicios de uno de esos implacables robots, sin sentimientos ni emociones, capaces de mover los mercados con infinita más rapidez y contundencia que un simple periodista. Si no lo creen, lean estas tres citas, extraídas de la estupenda novela “El índice del miedo”, de Robert Harris:

“El lenguaje desató el poder de la imaginación, y con él llegaron el rumor, el pánico, el miedo. En cambio, los algoritmos no tienen imaginación. No les entra pánico. Y por eso son tan perfectamente apropiados para operar en los mercados financieros”.

“El aumento de la volatilidad del mercado (…) es una función de la digitalización, que está exagerando los cambios de humor de los humanos mediante una difusión de información sin precedentes a través de internet”.

“(…) las entidades artificiales autónomas de desarrollo libre deberían ser consideradas potencialmente peligrosas para la vida orgánica, y deberían permanecer confinadas en algún tipo de instalación de contención, como mínimo hasta que lleguemos a comprender plenamente su verdadero potencial (…). La evolución sigue siendo un proceso interesado, y los intereses de organismos digitales confinados podrían entrar en conflicto con los nuestros”.

Fumanchú no debería haber usado a un periodista, sino a uno de los robots como el que Harris describe en su novela, un algoritmo diseñado como sistema de trading pero que adquiere vida propia, comienza a tomar sus propias decisiones e incluso –como el monstruo de Frankenstein– se rebela contra su propio creador (puede leer más sobre este tema en  http://economiaenlaliteratura.com/los-robot-que-mueven-los-mercados-y-nos-mueven-a-nosotros/).

Aunque, en realidad, no le hacía falta utilizar uno de estos especímenes cibernéticos. Los robots ya estaban actuando incluso antes de que el periodista detenido publicara algo al respecto. Porque, mientras muchos llevaban buena parte del año distraídos mirando a la enésima mini-crisis griega, era en China y, en general, en las economías emergentes, donde se estaba cocinando el siguiente crak.

China hace lo que quiere… y así nos va

Pero al margen de la multidud de indicadores de enfriamiento económico en el gigante asiático y en otras economías emergentes (ahora en inmersión), y al margen también del impacto producido en los mercados por culpa del desplome del petróleo, el auténtico problema con China es otro: que sus autoridades hacen lo que les da la gana y nosotros miramos hacia otra parte para caerles simpáticos y que nos compren el Edificio España, el Atlético de Madrid y si pudiera ser, por favor, el aeropuerto de Ciudad Real, el de Castellón o ese macro-puerto carísimo que han construido en Coruña y que no sirve más que para criar percebes porque parece que está mal diseñado para que atraquen en él grandes navíos y encima, como todo, está saliendo infinitamente más caro de lo presupuestado… Total, ¿no han comprado ya los chinos el emblemático puerto del Pireo?

Las bolsas chinas han llegado a tener noventa millones de pequeños accionistas, cantidad espeluznante incluso para tales mercados, sobre todo si se compara con los ochenta millones de población de Alemania o los también ochenta millones que tiene el mayor partido político del mundo… el Partido Comunista Chino, por supuesto, donde tardas diez años en ser admitido, pues son también algo marxistas (de Groucho, no de Karl) y no te dejan entrar hasta que no demuestras durante una década tu pureza ideológica, que te habilita para formar parte de una élite que reina sobre la política, la economía y, faltaría más, sobre las finanzas chinas. Al ser del partido (y entramos ahora a una de las raíces del problema), se te abren todas las puertas, te conviertes en “el puto amo” (y disculpen tan castiza expresión) de cualquier cosa a la que te acerques. Y esto, siendo China uno de los países más corruptos del mundo, es el no va más.

Por eso, detener periodistas, brókers, directivos del mercado y demás posibles conspiradores supuestamente empeñados en hacer caer las bolsas (doscientas detenciones reconoció el Gobierno desde el primer desplome bursátil, del 27 de julio, hasta mediados de septiembre de ese año) nunca va  a ser la solución ni el modo de regular mejor el mercado.

Como explicaba el Nobel Paul Krugman en un artículo publicado el 16 de agosto (“Las torpezas bursátiles de Pekín”, suplemento Negocios del diario El País), “los líderes de China siguen suponiendo que pueden dar órdenes a los mercados y decirles los precios que deben alcanzar. Pero las cosas no funcionan así”.

De ahí que se empeñen en lanzar campañas para animar las cotizaciones (que habían subido un 150 por ciento desde principios de 2014, en una clara burbuja que antes o después explotaría), anunciar compras masivas de acciones con fondos públicos, acusar de operaciones especulativas a los operadores, poner coto a las operaciones en corto plazo, intervenir burdamente en el mercado de divisas con una devaluación del 4 por ciento en el yuan dictada por decreto en pleno verano… Y todo ello, mientras su crecimiento económico se aleja de las tasas de dos dígitos necesaria para seguir creando empleo y mantener un cierto orden social, se enfrían los indicadores de producción industrial, caen las exportaciones por el frenazo de sus principales socios (sobre todo la Unión Europea) y el Partido Comunista Chino (que de comunista tiene tanto como de seguidor de ninguno de los dos Marx, ni Karl ni Groucho) sigue manteniendo una estructura de poder absolutista, un absoluto desprecio de los derechos laborales (algún famoso empresario español dijo no hace mucho que aquí deberíamos trabajar como los chinos, supongo que para pagarnos como a los chinos y tratarnos como a los chinos), un nulo interés por la defensa del medio ambiente y una generalizada corrupción que llena de Ferraris los garajes de los “hijos del Partido”. ¿Qué importa que explote una fábrica en medio de una ciudad de diez millones de habitantes, mueran más de cien personas y se genere una nube tóxica? ¿Detienen a un montón de funcionarios corruptos y empresarios corruptores? Menos mal, porque la catástrofe del 12 de agosto en Tianjin ya era la explosión fabril número 26 en lo que iba de año en China.

Mientras, los 168 millones de trabajadores chinos comienzan a tener ideas propias, a movilizarse… Y eso que no saben que su economía dedica un elevado porcentaje a la inversión y uno muy bajo al consumo, con lo cual está repartiendo muy mal los frutos del crecimiento. Por no hablar del intervencionismo y, de nuevo, de la corrupción que florece por doquier.

China sigue haciendo, en definitiva, lo que le da la gana en lo político, lo social, lo laboral, lo medioambiental… Pero los mercados, equipados de potentes e inteligentes robots, ya lo saben y actúan en consecuencia. Lo malo es que, al disparar órdenes de vender masivamente unos activos bursátiles chinos sobrevalorados, arrastran a los del resto del mundo, pues no olvidemos que el PIB del gigante asiático supone el 15 por ciento del mundial. Y, mientras, los gobernantes pseudocomunistas y pseudomarxistas de Pekín siguen persiguiendo a la sombra de Fumanchú… o disparando contra el de siempre, contra el pobre mensajero. Y es que los periodistas, antes o después, siempre tenemos la culpa de todo lo que contamos. Porque de lo que no contamos… mejor no hablar.

 

 

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Cómo crear un Estado Islámico: nada es verdadero, todo está permitido

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Los fedayines serán iniciados en un saber secreto: les enseñaré que el Corán es un libro enigmático que debe ser interpretado con la ayuda de cierta clave. Pero a los deyes, por encima de ellos, les enseñaremos que el Corán no encierra ningún secreto mencionable. Y si éstos se muestran dignos de acceder al último grado, les revelaremos el terrible principio que gobierna todo nuestro edificio: ¡nada es verdadero, todo está permitido…! Respecto de nosotros, que sujetamos los hilos de toda la maquinaria, guardaremos nuestros últimos pensamientos para nosotros mismos”.

Pocos días después de la matanza de París del 13 de noviembre de 2015, conviene recordar cómo se crea un Estado con el falaz adjetivo de “islámico” o “confesional”, sea cual sea la religión que utilice. Sí: utilizar es el verbo correcto. Porque cualquiera que ponga juntos estos dos términos, Estado+religión equis (islámica, católica, judía… me da lo mismo), tiene absolutamente claro que para conseguir el poder de un Estado, es más fácil utilizar una religión, a ser posible monoteísta. Lógico: es más sencillo ser califa (como se proclama el líder del Estado Islámico o Daesh) que presidente de Gobierno o de la República. El califa, líder a la vez político y religioso (como los habituales en otros vecinos del Daesh, que van de estados aliados de occidente pero son casi igual de medievales), sólo responde ante “su” dios; el presidente del Gobierno o de la República (me gusta ponerla con mayúscula como homenaje a la República por excelencia, la República Francesa) debe responder ante las urnas.

Cierto, también los gobiernos democráticos tienen que responder ante fuerzas no tan democráticas (como, en ocasiones, las de los mercados), pero nunca deben perder de vista a los ciudadanos. Pero un califa: ¡menudo chollo! Su ley está escrita en un libro (el Corán, la Biblia, la Torá o el Talmud…) cuya correcta interpretación y aplicación él mismo se atribuye en exclusiva. Un libro que utiliza a su antojo para redactar leyes terrenales (¿dijo algo Mahoma de que las mujeres no deben conducir automóviles?). Y esto, utilizar las cosas de Dios para meterse en las del Estado, lo prohibió alguno de esos mismos libros. ¿O no es cierto que Cristo dijo: “Dad al César lo que es del César… y a Dios lo que es de Dios”?

Vladimir Bartol (1903-1967), esloveno, filósofo, psicólogo, biólogo e historiador de las religiones, fue un escritor maldito por los regímenes totalitarios de su tiempo. Sus obras, como “Alamut” (escrita en esloveno en 1938 pero luego traducida a multitud de idiomas), fueron perseguidas por ser cantos a la libertad. Curiosamente, esta novela comenzó a ser escrita en París y su primera edición fue dedicada a Benito Mussolini. El autor se permitió esta sarcástica dedicatoria para hacer burla a todos los dictadores de su tiempo. Si Bartol hubiera escrito “Alamut” en este siglo o a finales del pasado, los radicales falsamente islámicos le hubieran perseguido como a Salman Rushdie.

EL HACHÍS, ARMA POLÍTICA
Alamut fue una inexpugnable ciudadela en las montañas al norte de Irán, donde Hassan Ibn Saba se convirtió en el líder de los ismaelitas nizaríes y creó la secta de los hashshashín, de donde deriva la palabra “asesinos”. Pero su origen etimológico es más, digamos, campestre: deriva de hashish, lo que ahora conocemos como hachís. Porque esta droga era la que utilizaba Hassan para adormecer a sus pupilos y hacer que despertaran en un jardín repleto de huríes, donde, merced a ese “milagro”, gozaban momentáneamente del Paraíso prometido por el Profeta. Luego, les volvía a drogar y, cuando despertaban, les enviaba a perpetrar algún asesinato político. Los fedayines partían encantados hacia el martirio, pues soñaban que así regresarían a ese paraíso que habían probado durante breves horas en los jardines secretos de Alamut. Era la forma de hacer su guerra santa contra el entonces poderoso Imperio Turco y contra las otras corrientes del Islam. Los nizaríes eran una rama de los ismaelitas, a su vez desgajados de los chiitas, minoritarios frente a los sunitas, corriente mayoritaria del Islam en la que se encuadran los líderes del Estado Islámico (y de casi todos los Estados igualmente islámicos de la zona, salvo el Irán chiita). Y ya vemos que estos supuestos líderes religiosos sunitas de Daesh igual ordenan asesinatos masivos en París que en barrios chiítas del Líbano (más de 40 muertos en un mercado de Beirut, un día antes de los 132 de la capital francesa), lo mismo que antes mandaron ametrallar una revista satírica también en la capital francesa. Siguen los pasos de sus colegas –y ahora rivales: no hay petróleo para todos– de Al Queda, tan aficionados a estrellar aviones en Nueva York o hacer estallar trenes en Madrid… En fin, lo de siempre desde que los falsos religiosos se empeñan en matar a todo el mundo para conquistar poder, o en matarse entre ellos por lo mismo, pero con la excusa de determinar quién era el auténtico sucesor de Mahoma y quién sabe interpretar mejor el Corán.

Vemos que esta técnica de enviar asesinos descerebrados por una u otra droga se inventó en el primer milenio de nuestra era: se cree que Hassan nació en torno al 1034, y murió en Alamut en el 1124, un siglo antes de que la fortaleza fuera conquistada y arrasada por los mongoles, quienes, por supuesto, quemaron también todos los libros escritos por Hassan. Así que, en realidad, sólo conocemos sus actos por las crónicas que sobre él escribieron sus numerosos enemigos. Con esas fuentes, y con su profundo conocimiento de las religiones, Vladimir Bartol escribió su fabulosa novela histórica… donde se narran tan brillantemente los fundamentos de este mecanismo diabólico: el líder, aspirante a califa y jefe de Estado, se vale de pobres ignorantes –a quienes droga con hachís o con promesas paradisiacas–, pero él sabe muy bien que “¡nada es verdadero, todo está permitido…!”.

GUERRA ECONÓMICA, NADA DE SANTA
Lo sabían Hassan y sus lugartenientes, pero no los fedayines, los pobres pringados que se lanzan al martirio en esa supuesta guerra santa. Que no es más que una guerra por el poder, porque quien controla el poder controla también las riquezas que están bajo el suelo (en este caso bajo las arenas) de cualquier Estado. Y ya he comentado, en esta misma bitácora, que lo que en realidad quieren los líderes del autodenominado Estado Islámico no es imponer la fe de Mahoma, sino lo mismo que quería Hassan: derrocar gobiernos (sobre todo gobiernos cercanos) para hacerse con el poder… y con las riquezas, en este caso, el oro negro (véase mi artículo sobre las guerras del petróleo: http://wp.me/p4F59e-4u). Y si, de paso, ganan una pasta en el mercado de futuros aprovechando antes que nadie los efectos del 11-S en las bolsas, mejor que mejor (véase, en este mismo blog, “Cómo el mundo cayó en la red”: http://wp.me/p4F59e-2L).

Todo el mundo sabe que estos nuevos asesinos se financian en los mercados, sobre todo en el del petróleo. Ya controlan amplias zonas productoras de Irak y Siria. Falta saber ahora qué intermediarios utilizan para colocar ese crudo en los mercados internacionales y conseguir así divisas con las que pagarse su particular estado. Porque el Islam y Dios (el que sea) les importan realmente poco.

Bartol lo expresa en palabras que pone en boca del propio Hassan. No sabemos si las dijo. Pero seguro que pensaba así:

“Ya no tenemos a nadie por encima de nosotros, salvo a Alá y su enigmático cielo. De ambos no sabemos casi nada y nunca sabremos nada más: es mejor pues cerrar para siempre el gran libro de las preguntas sin respuestas… Ahora quiero contentarme con este mundo tal como es. Su mediocridad me dicta la única conducta posible: inventar fábulas, lo más coloreadas posibles, que destinaremos a nuestros fieles hijos…”.

Con esta estrategia, Hassan redactó su particular constitución solemne para proclamar la independencia total frente al Estado ismaelita, y dictó a sus fieles que conquistaran fortalezas y territorios, porque…

“Una institución que quiera permanecer viva y firme no debe dejar de crecer jamás. Necesita estar siempre en constante movimiento y transformación, para poder conservar la agilidad de un cuerpo bien entrenado. He redactado un informe sobre las mejores plazas fuertes de nuestras comarcas (…). Conoces Siria [le dice a uno de sus lugartenientes]; sé que ya has visitado la fortaleza de Massiaf, ese otro Alamut (…). La confusión que reina en estos momentos en el país te permitirá llegar ante sus muros sin problemas (…). Massiaf caerá. Fundarás allí una escuela de fedayines sobre el modelo de Alamut”.

Siria, confusión en el país, escuelas de fedayines… Sucedió hace mil años y sucede de nuevo. Pero de religión, bien poco. Volvemos a los pensamientos de Hassan, en la pluma de Vladimir Bartol:

“No sabemos nada en firme. Por encima de nosotros las estrellas están mudas. Estamos reducidos a hipótesis y nos entregamos a ilusiones. ¡Qué aterrador es el dios que nos gobierna¡”.

Por tanto, bajo esas estrellas mudas, todo está permitido. Hay que conquistar el poder y formar un Estado. Como sea. Así, los califas y sus lugartenientes se construirán su particular paraíso (petrolero) en la tierra. El fedayín reclutado en una banlieue de París o Bruselas, o en un suburbio de Madrid o de Melilla, que se crea las fábulas y muera por un falso paraíso.

Nada es verdad. Y, menos que nada, que esto sea una guerra santa. Estamos ante una guerra económica, y punto. Como todas desde la de Troya.

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Título comentado:

-Alamut. Vladimir Bartol, 1938. Salvat Editores, Barcelona, 1994.

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El rey Lear: Shakespeare aconseja no repartir la herencia antes de tiempo

 

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Ingratitud, demonio con corazón de mármol,
más horrendo que el monstruo marino,
cuando te manifiestas en los hijos”.

Así se lamenta del desdichado rey Lear de su gran error: repartir su herencia en vida entre dos hijas que, nada más encontrarse en posesión de tan gran patrimonio, se revuelven contra su padre. En una de las grandes tragedias de Shakespeare –¿y cuál no lo es?–, el genial dramaturgo demuestra una vez más que, como buen inglés dotado de un innegable sentido práctico, los temas económicos carecen de secretos para él.

Ya vimos en esta bitácora que incluso los maravillosos sonetos amorosos de William Shakespeare están cargados de metáforas económicas y financieras, muchas de ellas tan precisas que bien valdrían para enriquecer los pobres discursos de algún ministro del ramo (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

Igual que es capaz de rimar economía con poesía y contarnos en verso la cotización del amor, Shakespeare se adentra, con “El rey Lear”, en un tema económico universal: los dramas familiares por las herencias repartidas antes de tiempo, es decir, donadas en vida. Desde la “Biblia” hasta los más recientes culebrones de la prensa salmón, esta cuestión ha generado mucha literatura.

AMENAZA FISCAL
Ahora que, en plena campaña electoral, los políticos se llenan la boca de propuestas económicas que no entienden, conviene repasar la trágica experiencia de este rey Lear que cae en la miseria y en la locura tras repartir, prematuramente, la herencia entre dos de sus hijas.

Algunos candidatos vuelven a hablar de recuperar los Impuestos de Patrimonio y de Sucesiones, esos que, si vuelven, nunca pagarán los ricos, los que mueven de verdad enormes patrimonios de verdad y jugosas herencias, sino sólo los de siempre, las clases medias. Ante tal amenaza tributaria, quizás alguien sienta la tentación de anticiparse y piense que conviene donar ahora, en vida, aprovechando que en muchas comunidades el Impuesto de Sucesiones y Donaciones todavía es casi cero para los herederos más cercanos.

¡Cuidado! Aunque alguien crea que, al final de su vida, ya puede repartir tranquilamente sus bienes entre sus amados hijos, nadie sabe lo que nos deparará el mañana. El del rey Lear no es el único caso de alguien que creía firmemente en el amor y fidelidad de sus descendientes, pero demasiado tarde comprende que se ha equivocado: al donar su herencia antes de morir descubre lo egoístas que, de verdad, eran sus hijas, quienes, cuando se sienten ricas y poderosas al heredar, primero marginan a su anciano padre y después incluso se alzan en armas contra sus pretensiones de recuperar el trono. De ahí que las lamentaciones de un Lear enloquecido por su gran error no tengan fin a lo largo de toda la tragedia:

“El usurero cuelga al que es ratero.
A través de las telas harapientas se ven los grandes vicios;
las togas y ropajes de piel todo lo ocultan. El pecado con oro se recubre,
y la fuerte lanza de la justicia se rompe inofensiva.
Vestidlo con harapos y el dardo de un pigmeo lo atravesará”.

Más claro, y actual, imposible: las riquezas impiden que la justicia actúe contra el usurero, contra el delincuente financiero. Pero claro, si un pobre vestido de harapos roba una gallina, como su “pecado” no lo recubren el oro, las togas y los ropajes de piel, está perdido. “El usurero cuelga al que es ratero” podría ser el lema sobre las puertas de las prisiones, tan poco frecuentadas por los financieros usureros que nos llevaron a la crisis, pero tan repletas de rateros harapientos.

Pero todo esto es aún más trágico cuando, como en el caso de Lear (y de algunas otras dinastías modernas habituales en la prensa rosa y en la salmón), son tus propios descendientes quienes, aprovechando las riquezas que les has donado antes de morir, se alzan contra ti, te humillan y te arrinconan.

De las tres hijas de Lear, son las dos mayores, Gonerill y Regan, quienes reciben la herencia en vida de su monarca y padre. Y lo consiguen poniendo en valor (“más, muchísimo más…”) el amor que procesan a su progenitor. Dice Gonerill:

“Señor, os amo más de lo que las palabras pueden expresar
Y más que a vista, espacio, libertad,
más, muchísimo más que lo estimado, lo precioso, lo raro (…);
os amo más allá de la forma de decir ‘muchísimo’”.

Y Regan, tan artera como su hermana, se suma a esta cuantificación del amor:

“Estoy hecha con los mismos metales que mi hermana
y en su medida me valoro. Mi corazón veraz
siente cómo ella expresa mi contrato de amor…”

“Contrato de amor”. Cómo si el amor se pudiera contratar y medir. Ante semejante alarde de codiciosa alabanza, la tercera hija, Cordelia, no se atreve a cuantificar su amor:

“Infeliz como soy, no consigo elevar
mi corazón hasta mis labios. Conforme a nuestro vínculo
os amo, Majestad, no más, no menos”.

“No más, no menos”. Cordelia no cuantifica, no pone medida a algo, por definición, inmensurable. Pero su padre monta en cólera frente a lo que, tras las exhibiciones verbales de las Regan y Gonerill, considera frialdad y desapego en su tercera hija. Y toma la decisión de desheredarla, en este diálogo implacable:

“LEAR: ¿Tan joven y tan dura?
CORDELIA: Tan joven, mi señor, y tan sincera.
LEAR: ¡Que la sinceridad sea, pues, vuestra dote (…),
renuncio a todo parentesco, afinidad
de sangre o cualquier otra paterna obligación
y os tendré siempre como extraña
para mi corazón y para mí”.

Y acto seguido, les da todo a sus otras dos hijas y a sus respectivos cónyuges, Albany y Cornwall:

“…unid a la dote de mis hijas mayores la de la tercera.
Que la case el orgullo que ella llama franqueza.
A ambos os invisto de mi autoridad,
de mi poder y de todos aquellos atributos
propios de la realeza. Nos, cada treinta días,
reservándonos a vuestro cargo un centenar de caballeros,
residiremos con vosotros, alternativamente.
Tan sólo retendremos el nombre y todo aquello
que comporta el ser rey; las rentas, el poder
y el gobierno de todo lo demás
sean vuestros, hijos míos; y, para confirmarlo,
dividid esta corona entre los dos”.

Cuánto se parece este reparto al que hoy día hacen muchos padres, que se conforman con retener lo mínimo e incluso se muestran dispuestos a vivir, por turnos, con cada uno de sus hijos y dependiendo de ellos. Y aquí es cuando comienzan muchos problemas: cuando ese padre amado se vuelve dependiente, no por necesidad, sino por decisión propia. Pronto, alguno de los hijos, que ya ha pillado su parte de la herencia, comienza a ver a su progenitor como un estorbo. Es justo lo que le pasa a Lear, a quienes sus hijas mayores arrinconan y hasta maltratan. Pero no desvelaré más de la trama, porque merece la pena ir descubriéndola poco a poco.

SENTENCIA EJEMPLAR
El error que, en ocasiones, supone donar en vida está de actualidad. Tanto, que acaba de merecer titulares de prensa como éste:

“El Supremo anula la donación a una hija por maltratar a sus padres”.

Y el subtítulo aclara aún más la cuestión:

“El tribunal permite retirar lo entregado a la mujer alegando ‘ingratitud’”

La noticia (tomada del “El País” de 23 de octubre de 2015) recuerda al drama del rey Lear: en 2005, unos padres donaron a su hija, ante notario, dos escrituras de propiedad y 309.000 euros. Pero tuvieron que acudir a los tribunales cuando, tiempo después, esa misma hija comenzó a maltratar, física y psicológicamente, a sus progenitores. A quienes no sólo debía la vida, sino también una generosa donación.

Como la vida ni se la podían ni se la querían quitar, los padres recurrieron a los tribunales para quitarle el dinero y los bienes que habían donado a la desagradecida. Y el Supremo considera probado que, a partir de 2008, tres años después de heredar antes de tiempo, se produjeron continuos episodios de “trato despectivo y humillante” de la hija hacia sus padres. Bofetones e injurias graves elevaron aún más el tono dramático de la disputa.

El Código Civil no permite revocar una donación por causa de maltrato, pero el Supremo ha interpretado que “el maltrato de obra o psicológico del destinatario, como conducta socialmente reprobable, reviste caracteres delictivos que resultan necesariamente ofensivos para el donante”.

Magnífica sentencia. Al conocerla, igual que al repasar “El rey Lear”, muchos potenciales donantes quizás se lo piensen. Y las desagradecidas Regan y Gonerill que hay en este mundo tal vez también entiendan que no han que morder la mano de quien es generoso contigo, máxime cuando es la misma persona que te ha dado la vida. Porque entonces, la Justicia pondrá las cosas (y las donaciones) en su sitio y, además, los vástagos infames no tendrán que oír de sus maltratados padres reproches como estos que Lear dirige a sus hijas por su codiciosa lujuria:

“Ni la puta, ni el fogoso caballo van a ello
con apetito más desenfrenado.
De cintura para abajo son centauros,
aunque mujeres por arriba.”

CUIDADO CON LOS USUREROS
Para terminar, un tema colateral en este drama, pero también de actualidad. La usura, cuestión presente en muchas otras obras de Shakespeare y tema central de alguna, como “El mercader de Venecia”, se merece aquí también serias invectivas. No sólo la ya citada (“el usurero cuelga al que es ratero”), sino esta otra, reflejada en un consejo que da Gloucester, un noble fiel a Lear:

“No pongas pie en burdeles, ni tu mano en la enagua, ni tu nombre en libro de usureros. Y desafía al demonio”.

“No hay trato con la trata” es el eslogan de la vigente campaña policial contra esa lacra del tráfico de seres humanos como objetos sexuales. Pero igual podría ser “no pongas pie en burdeles”.
No te endeudes más de la cuenta, nos aconsejará cualquier asesor financiero. Porque poner nuestro “nombre en libro de usureros” equivale a quedar a su merced.
Aunque el mejor consejo de todos es el último: desafiar al demonio, es decir, no callar ante injusticia o maldad alguna.
Que así sea.

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Título comentado:

-El rey Lear. William Shakespeare, 1608. Cátedra, Madrid, décima edición, 2010.

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Juego de Tronos (y 3): El Banco de Hierro que cambia de príncipes… cuando no pagan sus deudas

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“…El Banco de Hierro de Braavos tenía una reputación terrible a la hora de reclamar deudas. Cada una de las Nueve Ciudades Libres tenía su propio banco; algunas contaban con varios, que luchaban por cada moneda como perros por un hueso, pero el Banco de Hierro era más rico y poderoso que todos los demás juntos. Cuando los príncipes dejaban de pagar a los bancos menores, los banqueros arruinados vendían a sus esposas e hijos como esclavos y se cortaban las venas. Cuando dejaban de pagar al Banco de Hierro, nuevos príncipes aparecían de la nada y ocupaban su trono”.

Es la reflexión de John Snow, ya Lord del Muro, tras recibir la visita de un representante del Banco de Hierro y saber que los Lannister habían dejado de pagar sus deudas a tan poderosa entidad.

“Sin duda, los Lannister tenían sus razones para no saldar las deudas del rey Robert –sigue reflexionando Snow–, pero aun así era una estupidez”.

Las mejores referencias a esa especie de súper banco global, capaz de destronar a los príncipes que no pagaban (más o menos lo que pasa ahora con los Gobiernos díscolos), aparece en la quinta y, por ahora, última novela de la saga novelística  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). En ella aparecen las reflexiones más serias sobre algo tan importante como la deuda, que ya vimos en los dos artículos anteriores sobre estas grandes novelas fantásticas. Unas obras que destacan en su género porque, además de hablar de dragones, caballeros, princesas y batallas, nunca olvidan la economía que está detrás: de qué vive la gente, cómo se financian los reinos, de dónde sale el dinero, cómo se genera la inflación… qué pasa cuando no pagas tus deudas.

Ya hemos escrito sobre un destacado protagonista de esta saga, Petyr Baelish, alias Meñique (consejero de la moneda del reino), especie de superministro de Economía, al analizar la primera novela (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-1-inversion-en-burdeles-y-crisis-de-deuda/) y la segunda (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-2-como-fabricar-dinero-para-pagar-la-deuda-publica/) de las cinco que componen esta “Canción…”. Unas obras popularizadas por la brillante serie televisiva “Juego de Tronos” (que es en realidad el título de la primera novela), ganadora de un Globo de Oro y de 26 Premios Emmy (a los 14 que ya acumulaba se unieron otros 12 en la edición celebrada el 11 de septiembre de 2015).

Mientras ya se está en marcha la producción de la sexta temporada de la serie, el autor de la saga literaria, George R.R. Martín, se ha quedado, de momento, en cinco novelas. Él mismo reconoce que las últimas le han costado bastante más esfuerzo. Y se nota. Aunque en ningún momento pierde el pulso narrativo, lo cierto es que se percibe ya cierto cansancio del autor, sobre todo en la cuarta y la quinta entregas, aunque en ellas resurgen los temas económicos, que prácticamente habían desaparecido en la tercera. De ahí que resumamos en este artículo lo más financiero estas tres últimas novelas de la saga.

EL BANCO SIEMPRE GANA
La economía y las finanzas reaparecen cuando se descubre –tras abandonar Meñique su puesto de responsable de las finanzas de Desembarco del Rey– uno de los grandes errores de los Lannister, y sobre todo de la prepotente y odiosa reina Cersei: dejar de pagar las masivas deudas con el omnipotente Banco de Hierro. Es algo que comienza a percibir el Gnomo Tyrion, el listísimo enano que por un breve periodo (antes de caer en desgracia por ser falsamente acusado del envenenamiento de su sobrino, el estúpido y malvado rey Joffrey) ocupa el puesto de Meñique. De hecho, hay un diálogo –en el tercer capítulo de la tercera temporada de la serie televisiva, no en el libro– que refleja la preocupación de Tyrion ante el enorme endeudamiento que ha heredado de Meñique. El enano está revisando los libros de cuentas, en presencia de su guardaespaldas, el inquietante mercenario Bronn. El diálogo, para quien no tenga el DVD, se puede encontrar, en inglés, en el siguiente enlace de Youtube:  https://www.youtube.com/watch?v=02QgSGH5mQA. Lo reproducimos íntegro, ya que no tiene desperdicio y es una lección resumida sobre cómo funcionan los mercados de deuda:

Tyrion: Durante años he oído que el tal Meñique es un mago. Cuando la Corona necesita dinero, se frota las manos y… ¡puf!… montañas de oro.
Bronn: Deja que lo adivine: no es un mago.
T: No.
B: ¿Lo roba?
T: Peor: Lo pide prestado.
B: ¿Qué tiene de malo?
T: No podemos permitirnos devolverlo, eso tiene de malo. La Corona debe millones a mi padre…
B: Dado que es el culo de su nieto el que se sienta en el trono, supongo que condonará la deuda.
T: ¿Condonar la deuda? ¿Mi padre? Para ser un hombre de mundo, eres curiosamente ingenuo.
B: Nunca he pedido un préstamo, no tengo claras las reglas.
T: Bueno… El principio básico es: yo te presto dinero y, al cabo del tiempo acordado, me lo devuelves… con intereses.
B: ¿Y qué pasa si no lo hago?
T: Bueno, debes hacerlo.
B: ¿Y si no lo hago?
T: Por eso nunca te presto dinero. En cualquier caso, no es mi padre lo que me inquieta. Es el Banco de Hierro de Braavos. Les debemos decenas de millones. Si no logramos pagar los préstamos, el banco financiará a nuestros enemigos. De un modo u otro, ellos siempre recuperan su oro.

La charla termina cuando Bronn y Tyrion se sientan con el joven escudero del enano, que regresa satisfecho de la orgía a la que acababa de invitarle a su señor. Una orgía que, por cierto, le ha salido gratis (el escudero le devuelve a Tyrion la bolsa de monedas con que debía remunerar a las meretrices) merced a sus hasta entonces ignotas habilidades para satisfacer al sexo femenino.

Aunque Bronn, Tyrion y su escudero se sientan en torno a una jarra de vino para escuchar las hazañas sexuales del muchacho, lo cierto es que el Gnomo parece que bebe para olvidar las masivas deudas que acaba de encontrar en la contabilidad de Meñique. Igual que les gustaría emborracharse para olvidar a los ciudadanos de países tan endeudados como Grecia (o como España), tras asistir al efecto que están causando en sus vidas las masivas deudas contraídas por gobernantes irresponsables. Porque endeudarse, en algunos casos y salvando las distancias, sin duda puede parece mucho peor que robar, sobre todo cuando quien endeuda a su país es un político irresponsable, inepto y a menudo corrupto, pero quien tiene que pagar las deudas es el pueblo soberano… y robado, de facto, por ese mismo político aficionado a pedir prestado para financiar burbujas de crecimiento, espejismos de solvencia económica, que le permitan mantenerse en el poder (y en bastantes casos llevarse, de paso, unos cuantos sobres o unos cuantos “tres por cientos” para remunerar su corrupción).

Antes o después, las deudas hay que pagarlas. Sobre todo si se han contraído con ese omnipotente Banco de Hierro, auténtica metáfora de eso que se ha dado en llamar “los mercados”, implacables con las economías que se resisten a devolver lo que deben. Más pronto que tarde, el país que no paga tiene que cambiar, de príncipe como en “Juego de Tronos”, o de política económica, como hemos visto en la “Canción de hielo y… deuda” entonada por doquier desde que estalló la crisis financiera de 2007.

“Juego de Tronos” culmina con este tema de la deuda ese contenido económico tan magnífico como inquietante que impregna las cinco novelas… y que se podría resumir en el lema de Casa Stark que, además, da título al primer capítulo de la serie televisiva: “Winter is coming”. Es muy cierto que “se acerca el invierno”, no sólo en el calendario, sino también en la economía, porque la crisis aún nos mantendrá muy fríos durante bastante tiempo… entre otras cosas porque tenemos al frente gobernantes tan incompetentes, arrogantes y, a menudo, corruptos como la reina Cersei. Y algunos, incluso, sueñan independizarse, amenazan con dejar de pagar sus deudas (aunque pretenden que el Estado del que quieren irse siga pagando las pensiones de sus jubilados) e incluso desearían formar su propio Banco de Hierro… aunque fuera más bien platanero, por aquello de que lo que de verdad quieren es su particular paraíso fiscal (viajar a Andorra ya está muy mal visto y además te suelen pillar).

UN LECTOR VIVE MIL VIDAS
Pero como aún estamos en otoño y no quiero terminar esta serie de artículos dejando en el aire ese mensaje económico tan invernal, también romperé una lanza (nunca mejor dicho, aunque no sea envenenada como la del príncipe Oberyn) por los valores literarios que contienen estas cinco novelas. Unos valores que se resumen en un diálogo entre Jojen Reed y el joven y paralítico Bran Stark mientras avanzan hacia ese ignoto y helado norte “más allá del Muro”:

–“¿Te gustan los libros? –replicó Jojen.
–Algunos. Me gustan las historias de batallas. A mi hermana Sansa le gustan las de besos, pero a mí me parecen una bobada.
–Un lector vive mil vidas antes de morir –dijo Jojen–. Aquel que nunca lee vive solo una.”

 Tomemos nota y sigamos viviendo miles de vidas, como las que nos han hecho vivir las más de 4.900 páginas de estas cinco apasionantes novelas de la “Canción de hielo y fuego”.

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Títulos comentados (*):

-Tormenta de Espadas. Canción de Hielo y Fuego/3.George R.R. Martin, 2000. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Tercera edición, enero del 2014.
-Festín de Cuervos. Canción de Hielo y Fuego/4.George R.R. Martin, 2005. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Cuarta reimpresión, febrero del 2014.
-Danza de Dragones. Canción de Hielo y Fuego/5.George R.R. Martin, 2011. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2012. Segunda Reimpresión, noviembre del 2014.

(*) Tercera, cuarta y quinta novelas de la saga conocida por popularmente como “Juego de Tronos” (que es el título de la primera novela y de la serie televisiva de HBO que estrenó en abril de 2015 su quinta temporada).

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