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Cómo crear un Estado Islámico: nada es verdadero, todo está permitido

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Los fedayines serán iniciados en un saber secreto: les enseñaré que el Corán es un libro enigmático que debe ser interpretado con la ayuda de cierta clave. Pero a los deyes, por encima de ellos, les enseñaremos que el Corán no encierra ningún secreto mencionable. Y si éstos se muestran dignos de acceder al último grado, les revelaremos el terrible principio que gobierna todo nuestro edificio: ¡nada es verdadero, todo está permitido…! Respecto de nosotros, que sujetamos los hilos de toda la maquinaria, guardaremos nuestros últimos pensamientos para nosotros mismos”.

Pocos días después de la matanza de París del 13 de noviembre de 2015, conviene recordar cómo se crea un Estado con el falaz adjetivo de “islámico” o “confesional”, sea cual sea la religión que utilice. Sí: utilizar es el verbo correcto. Porque cualquiera que ponga juntos estos dos términos, Estado+religión equis (islámica, católica, judía… me da lo mismo), tiene absolutamente claro que para conseguir el poder de un Estado, es más fácil utilizar una religión, a ser posible monoteísta. Lógico: es más sencillo ser califa (como se proclama el líder del Estado Islámico o Daesh) que presidente de Gobierno o de la República. El califa, líder a la vez político y religioso (como los habituales en otros vecinos del Daesh, que van de estados aliados de occidente pero son casi igual de medievales), sólo responde ante “su” dios; el presidente del Gobierno o de la República (me gusta ponerla con mayúscula como homenaje a la República por excelencia, la República Francesa) debe responder ante las urnas.

Cierto, también los gobiernos democráticos tienen que responder ante fuerzas no tan democráticas (como, en ocasiones, las de los mercados), pero nunca deben perder de vista a los ciudadanos. Pero un califa: ¡menudo chollo! Su ley está escrita en un libro (el Corán, la Biblia, la Torá o el Talmud…) cuya correcta interpretación y aplicación él mismo se atribuye en exclusiva. Un libro que utiliza a su antojo para redactar leyes terrenales (¿dijo algo Mahoma de que las mujeres no deben conducir automóviles?). Y esto, utilizar las cosas de Dios para meterse en las del Estado, lo prohibió alguno de esos mismos libros. ¿O no es cierto que Cristo dijo: “Dad al César lo que es del César… y a Dios lo que es de Dios”?

Vladimir Bartol (1903-1967), esloveno, filósofo, psicólogo, biólogo e historiador de las religiones, fue un escritor maldito por los regímenes totalitarios de su tiempo. Sus obras, como “Alamut” (escrita en esloveno en 1938 pero luego traducida a multitud de idiomas), fueron perseguidas por ser cantos a la libertad. Curiosamente, esta novela comenzó a ser escrita en París y su primera edición fue dedicada a Benito Mussolini. El autor se permitió esta sarcástica dedicatoria para hacer burla a todos los dictadores de su tiempo. Si Bartol hubiera escrito “Alamut” en este siglo o a finales del pasado, los radicales falsamente islámicos le hubieran perseguido como a Salman Rushdie.

EL HACHÍS, ARMA POLÍTICA
Alamut fue una inexpugnable ciudadela en las montañas al norte de Irán, donde Hassan Ibn Saba se convirtió en el líder de los ismaelitas nizaríes y creó la secta de los hashshashín, de donde deriva la palabra “asesinos”. Pero su origen etimológico es más, digamos, campestre: deriva de hashish, lo que ahora conocemos como hachís. Porque esta droga era la que utilizaba Hassan para adormecer a sus pupilos y hacer que despertaran en un jardín repleto de huríes, donde, merced a ese “milagro”, gozaban momentáneamente del Paraíso prometido por el Profeta. Luego, les volvía a drogar y, cuando despertaban, les enviaba a perpetrar algún asesinato político. Los fedayines partían encantados hacia el martirio, pues soñaban que así regresarían a ese paraíso que habían probado durante breves horas en los jardines secretos de Alamut. Era la forma de hacer su guerra santa contra el entonces poderoso Imperio Turco y contra las otras corrientes del Islam. Los nizaríes eran una rama de los ismaelitas, a su vez desgajados de los chiitas, minoritarios frente a los sunitas, corriente mayoritaria del Islam en la que se encuadran los líderes del Estado Islámico (y de casi todos los Estados igualmente islámicos de la zona, salvo el Irán chiita). Y ya vemos que estos supuestos líderes religiosos sunitas de Daesh igual ordenan asesinatos masivos en París que en barrios chiítas del Líbano (más de 40 muertos en un mercado de Beirut, un día antes de los 132 de la capital francesa), lo mismo que antes mandaron ametrallar una revista satírica también en la capital francesa. Siguen los pasos de sus colegas –y ahora rivales: no hay petróleo para todos– de Al Queda, tan aficionados a estrellar aviones en Nueva York o hacer estallar trenes en Madrid… En fin, lo de siempre desde que los falsos religiosos se empeñan en matar a todo el mundo para conquistar poder, o en matarse entre ellos por lo mismo, pero con la excusa de determinar quién era el auténtico sucesor de Mahoma y quién sabe interpretar mejor el Corán.

Vemos que esta técnica de enviar asesinos descerebrados por una u otra droga se inventó en el primer milenio de nuestra era: se cree que Hassan nació en torno al 1034, y murió en Alamut en el 1124, un siglo antes de que la fortaleza fuera conquistada y arrasada por los mongoles, quienes, por supuesto, quemaron también todos los libros escritos por Hassan. Así que, en realidad, sólo conocemos sus actos por las crónicas que sobre él escribieron sus numerosos enemigos. Con esas fuentes, y con su profundo conocimiento de las religiones, Vladimir Bartol escribió su fabulosa novela histórica… donde se narran tan brillantemente los fundamentos de este mecanismo diabólico: el líder, aspirante a califa y jefe de Estado, se vale de pobres ignorantes –a quienes droga con hachís o con promesas paradisiacas–, pero él sabe muy bien que “¡nada es verdadero, todo está permitido…!”.

GUERRA ECONÓMICA, NADA DE SANTA
Lo sabían Hassan y sus lugartenientes, pero no los fedayines, los pobres pringados que se lanzan al martirio en esa supuesta guerra santa. Que no es más que una guerra por el poder, porque quien controla el poder controla también las riquezas que están bajo el suelo (en este caso bajo las arenas) de cualquier Estado. Y ya he comentado, en esta misma bitácora, que lo que en realidad quieren los líderes del autodenominado Estado Islámico no es imponer la fe de Mahoma, sino lo mismo que quería Hassan: derrocar gobiernos (sobre todo gobiernos cercanos) para hacerse con el poder… y con las riquezas, en este caso, el oro negro (véase mi artículo sobre las guerras del petróleo: http://wp.me/p4F59e-4u). Y si, de paso, ganan una pasta en el mercado de futuros aprovechando antes que nadie los efectos del 11-S en las bolsas, mejor que mejor (véase, en este mismo blog, “Cómo el mundo cayó en la red”: http://wp.me/p4F59e-2L).

Todo el mundo sabe que estos nuevos asesinos se financian en los mercados, sobre todo en el del petróleo. Ya controlan amplias zonas productoras de Irak y Siria. Falta saber ahora qué intermediarios utilizan para colocar ese crudo en los mercados internacionales y conseguir así divisas con las que pagarse su particular estado. Porque el Islam y Dios (el que sea) les importan realmente poco.

Bartol lo expresa en palabras que pone en boca del propio Hassan. No sabemos si las dijo. Pero seguro que pensaba así:

“Ya no tenemos a nadie por encima de nosotros, salvo a Alá y su enigmático cielo. De ambos no sabemos casi nada y nunca sabremos nada más: es mejor pues cerrar para siempre el gran libro de las preguntas sin respuestas… Ahora quiero contentarme con este mundo tal como es. Su mediocridad me dicta la única conducta posible: inventar fábulas, lo más coloreadas posibles, que destinaremos a nuestros fieles hijos…”.

Con esta estrategia, Hassan redactó su particular constitución solemne para proclamar la independencia total frente al Estado ismaelita, y dictó a sus fieles que conquistaran fortalezas y territorios, porque…

“Una institución que quiera permanecer viva y firme no debe dejar de crecer jamás. Necesita estar siempre en constante movimiento y transformación, para poder conservar la agilidad de un cuerpo bien entrenado. He redactado un informe sobre las mejores plazas fuertes de nuestras comarcas (…). Conoces Siria [le dice a uno de sus lugartenientes]; sé que ya has visitado la fortaleza de Massiaf, ese otro Alamut (…). La confusión que reina en estos momentos en el país te permitirá llegar ante sus muros sin problemas (…). Massiaf caerá. Fundarás allí una escuela de fedayines sobre el modelo de Alamut”.

Siria, confusión en el país, escuelas de fedayines… Sucedió hace mil años y sucede de nuevo. Pero de religión, bien poco. Volvemos a los pensamientos de Hassan, en la pluma de Vladimir Bartol:

“No sabemos nada en firme. Por encima de nosotros las estrellas están mudas. Estamos reducidos a hipótesis y nos entregamos a ilusiones. ¡Qué aterrador es el dios que nos gobierna¡”.

Por tanto, bajo esas estrellas mudas, todo está permitido. Hay que conquistar el poder y formar un Estado. Como sea. Así, los califas y sus lugartenientes se construirán su particular paraíso (petrolero) en la tierra. El fedayín reclutado en una banlieue de París o Bruselas, o en un suburbio de Madrid o de Melilla, que se crea las fábulas y muera por un falso paraíso.

Nada es verdad. Y, menos que nada, que esto sea una guerra santa. Estamos ante una guerra económica, y punto. Como todas desde la de Troya.

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Título comentado:

-Alamut. Vladimir Bartol, 1938. Salvat Editores, Barcelona, 1994.

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El rey Lear: Shakespeare aconseja no repartir la herencia antes de tiempo

 

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Ingratitud, demonio con corazón de mármol,
más horrendo que el monstruo marino,
cuando te manifiestas en los hijos”.

Así se lamenta del desdichado rey Lear de su gran error: repartir su herencia en vida entre dos hijas que, nada más encontrarse en posesión de tan gran patrimonio, se revuelven contra su padre. En una de las grandes tragedias de Shakespeare –¿y cuál no lo es?–, el genial dramaturgo demuestra una vez más que, como buen inglés dotado de un innegable sentido práctico, los temas económicos carecen de secretos para él.

Ya vimos en esta bitácora que incluso los maravillosos sonetos amorosos de William Shakespeare están cargados de metáforas económicas y financieras, muchas de ellas tan precisas que bien valdrían para enriquecer los pobres discursos de algún ministro del ramo (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

Igual que es capaz de rimar economía con poesía y contarnos en verso la cotización del amor, Shakespeare se adentra, con “El rey Lear”, en un tema económico universal: los dramas familiares por las herencias repartidas antes de tiempo, es decir, donadas en vida. Desde la “Biblia” hasta los más recientes culebrones de la prensa salmón, esta cuestión ha generado mucha literatura.

AMENAZA FISCAL
Ahora que, en plena campaña electoral, los políticos se llenan la boca de propuestas económicas que no entienden, conviene repasar la trágica experiencia de este rey Lear que cae en la miseria y en la locura tras repartir, prematuramente, la herencia entre dos de sus hijas.

Algunos candidatos vuelven a hablar de recuperar los Impuestos de Patrimonio y de Sucesiones, esos que, si vuelven, nunca pagarán los ricos, los que mueven de verdad enormes patrimonios de verdad y jugosas herencias, sino sólo los de siempre, las clases medias. Ante tal amenaza tributaria, quizás alguien sienta la tentación de anticiparse y piense que conviene donar ahora, en vida, aprovechando que en muchas comunidades el Impuesto de Sucesiones y Donaciones todavía es casi cero para los herederos más cercanos.

¡Cuidado! Aunque alguien crea que, al final de su vida, ya puede repartir tranquilamente sus bienes entre sus amados hijos, nadie sabe lo que nos deparará el mañana. El del rey Lear no es el único caso de alguien que creía firmemente en el amor y fidelidad de sus descendientes, pero demasiado tarde comprende que se ha equivocado: al donar su herencia antes de morir descubre lo egoístas que, de verdad, eran sus hijas, quienes, cuando se sienten ricas y poderosas al heredar, primero marginan a su anciano padre y después incluso se alzan en armas contra sus pretensiones de recuperar el trono. De ahí que las lamentaciones de un Lear enloquecido por su gran error no tengan fin a lo largo de toda la tragedia:

“El usurero cuelga al que es ratero.
A través de las telas harapientas se ven los grandes vicios;
las togas y ropajes de piel todo lo ocultan. El pecado con oro se recubre,
y la fuerte lanza de la justicia se rompe inofensiva.
Vestidlo con harapos y el dardo de un pigmeo lo atravesará”.

Más claro, y actual, imposible: las riquezas impiden que la justicia actúe contra el usurero, contra el delincuente financiero. Pero claro, si un pobre vestido de harapos roba una gallina, como su “pecado” no lo recubren el oro, las togas y los ropajes de piel, está perdido. “El usurero cuelga al que es ratero” podría ser el lema sobre las puertas de las prisiones, tan poco frecuentadas por los financieros usureros que nos llevaron a la crisis, pero tan repletas de rateros harapientos.

Pero todo esto es aún más trágico cuando, como en el caso de Lear (y de algunas otras dinastías modernas habituales en la prensa rosa y en la salmón), son tus propios descendientes quienes, aprovechando las riquezas que les has donado antes de morir, se alzan contra ti, te humillan y te arrinconan.

De las tres hijas de Lear, son las dos mayores, Gonerill y Regan, quienes reciben la herencia en vida de su monarca y padre. Y lo consiguen poniendo en valor (“más, muchísimo más…”) el amor que procesan a su progenitor. Dice Gonerill:

“Señor, os amo más de lo que las palabras pueden expresar
Y más que a vista, espacio, libertad,
más, muchísimo más que lo estimado, lo precioso, lo raro (…);
os amo más allá de la forma de decir ‘muchísimo’”.

Y Regan, tan artera como su hermana, se suma a esta cuantificación del amor:

“Estoy hecha con los mismos metales que mi hermana
y en su medida me valoro. Mi corazón veraz
siente cómo ella expresa mi contrato de amor…”

“Contrato de amor”. Cómo si el amor se pudiera contratar y medir. Ante semejante alarde de codiciosa alabanza, la tercera hija, Cordelia, no se atreve a cuantificar su amor:

“Infeliz como soy, no consigo elevar
mi corazón hasta mis labios. Conforme a nuestro vínculo
os amo, Majestad, no más, no menos”.

“No más, no menos”. Cordelia no cuantifica, no pone medida a algo, por definición, inmensurable. Pero su padre monta en cólera frente a lo que, tras las exhibiciones verbales de las Regan y Gonerill, considera frialdad y desapego en su tercera hija. Y toma la decisión de desheredarla, en este diálogo implacable:

“LEAR: ¿Tan joven y tan dura?
CORDELIA: Tan joven, mi señor, y tan sincera.
LEAR: ¡Que la sinceridad sea, pues, vuestra dote (…),
renuncio a todo parentesco, afinidad
de sangre o cualquier otra paterna obligación
y os tendré siempre como extraña
para mi corazón y para mí”.

Y acto seguido, les da todo a sus otras dos hijas y a sus respectivos cónyuges, Albany y Cornwall:

“…unid a la dote de mis hijas mayores la de la tercera.
Que la case el orgullo que ella llama franqueza.
A ambos os invisto de mi autoridad,
de mi poder y de todos aquellos atributos
propios de la realeza. Nos, cada treinta días,
reservándonos a vuestro cargo un centenar de caballeros,
residiremos con vosotros, alternativamente.
Tan sólo retendremos el nombre y todo aquello
que comporta el ser rey; las rentas, el poder
y el gobierno de todo lo demás
sean vuestros, hijos míos; y, para confirmarlo,
dividid esta corona entre los dos”.

Cuánto se parece este reparto al que hoy día hacen muchos padres, que se conforman con retener lo mínimo e incluso se muestran dispuestos a vivir, por turnos, con cada uno de sus hijos y dependiendo de ellos. Y aquí es cuando comienzan muchos problemas: cuando ese padre amado se vuelve dependiente, no por necesidad, sino por decisión propia. Pronto, alguno de los hijos, que ya ha pillado su parte de la herencia, comienza a ver a su progenitor como un estorbo. Es justo lo que le pasa a Lear, a quienes sus hijas mayores arrinconan y hasta maltratan. Pero no desvelaré más de la trama, porque merece la pena ir descubriéndola poco a poco.

SENTENCIA EJEMPLAR
El error que, en ocasiones, supone donar en vida está de actualidad. Tanto, que acaba de merecer titulares de prensa como éste:

“El Supremo anula la donación a una hija por maltratar a sus padres”.

Y el subtítulo aclara aún más la cuestión:

“El tribunal permite retirar lo entregado a la mujer alegando ‘ingratitud’”

La noticia (tomada del “El País” de 23 de octubre de 2015) recuerda al drama del rey Lear: en 2005, unos padres donaron a su hija, ante notario, dos escrituras de propiedad y 309.000 euros. Pero tuvieron que acudir a los tribunales cuando, tiempo después, esa misma hija comenzó a maltratar, física y psicológicamente, a sus progenitores. A quienes no sólo debía la vida, sino también una generosa donación.

Como la vida ni se la podían ni se la querían quitar, los padres recurrieron a los tribunales para quitarle el dinero y los bienes que habían donado a la desagradecida. Y el Supremo considera probado que, a partir de 2008, tres años después de heredar antes de tiempo, se produjeron continuos episodios de “trato despectivo y humillante” de la hija hacia sus padres. Bofetones e injurias graves elevaron aún más el tono dramático de la disputa.

El Código Civil no permite revocar una donación por causa de maltrato, pero el Supremo ha interpretado que “el maltrato de obra o psicológico del destinatario, como conducta socialmente reprobable, reviste caracteres delictivos que resultan necesariamente ofensivos para el donante”.

Magnífica sentencia. Al conocerla, igual que al repasar “El rey Lear”, muchos potenciales donantes quizás se lo piensen. Y las desagradecidas Regan y Gonerill que hay en este mundo tal vez también entiendan que no han que morder la mano de quien es generoso contigo, máxime cuando es la misma persona que te ha dado la vida. Porque entonces, la Justicia pondrá las cosas (y las donaciones) en su sitio y, además, los vástagos infames no tendrán que oír de sus maltratados padres reproches como estos que Lear dirige a sus hijas por su codiciosa lujuria:

“Ni la puta, ni el fogoso caballo van a ello
con apetito más desenfrenado.
De cintura para abajo son centauros,
aunque mujeres por arriba.”

CUIDADO CON LOS USUREROS
Para terminar, un tema colateral en este drama, pero también de actualidad. La usura, cuestión presente en muchas otras obras de Shakespeare y tema central de alguna, como “El mercader de Venecia”, se merece aquí también serias invectivas. No sólo la ya citada (“el usurero cuelga al que es ratero”), sino esta otra, reflejada en un consejo que da Gloucester, un noble fiel a Lear:

“No pongas pie en burdeles, ni tu mano en la enagua, ni tu nombre en libro de usureros. Y desafía al demonio”.

“No hay trato con la trata” es el eslogan de la vigente campaña policial contra esa lacra del tráfico de seres humanos como objetos sexuales. Pero igual podría ser “no pongas pie en burdeles”.
No te endeudes más de la cuenta, nos aconsejará cualquier asesor financiero. Porque poner nuestro “nombre en libro de usureros” equivale a quedar a su merced.
Aunque el mejor consejo de todos es el último: desafiar al demonio, es decir, no callar ante injusticia o maldad alguna.
Que así sea.

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Título comentado:

-El rey Lear. William Shakespeare, 1608. Cátedra, Madrid, décima edición, 2010.

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Juego de Tronos (y 3): El Banco de Hierro que cambia de príncipes… cuando no pagan sus deudas

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“…El Banco de Hierro de Braavos tenía una reputación terrible a la hora de reclamar deudas. Cada una de las Nueve Ciudades Libres tenía su propio banco; algunas contaban con varios, que luchaban por cada moneda como perros por un hueso, pero el Banco de Hierro era más rico y poderoso que todos los demás juntos. Cuando los príncipes dejaban de pagar a los bancos menores, los banqueros arruinados vendían a sus esposas e hijos como esclavos y se cortaban las venas. Cuando dejaban de pagar al Banco de Hierro, nuevos príncipes aparecían de la nada y ocupaban su trono”.

Es la reflexión de John Snow, ya Lord del Muro, tras recibir la visita de un representante del Banco de Hierro y saber que los Lannister habían dejado de pagar sus deudas a tan poderosa entidad.

“Sin duda, los Lannister tenían sus razones para no saldar las deudas del rey Robert –sigue reflexionando Snow–, pero aun así era una estupidez”.

Las mejores referencias a esa especie de súper banco global, capaz de destronar a los príncipes que no pagaban (más o menos lo que pasa ahora con los Gobiernos díscolos), aparece en la quinta y, por ahora, última novela de la saga novelística  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). En ella aparecen las reflexiones más serias sobre algo tan importante como la deuda, que ya vimos en los dos artículos anteriores sobre estas grandes novelas fantásticas. Unas obras que destacan en su género porque, además de hablar de dragones, caballeros, princesas y batallas, nunca olvidan la economía que está detrás: de qué vive la gente, cómo se financian los reinos, de dónde sale el dinero, cómo se genera la inflación… qué pasa cuando no pagas tus deudas.

Ya hemos escrito sobre un destacado protagonista de esta saga, Petyr Baelish, alias Meñique (consejero de la moneda del reino), especie de superministro de Economía, al analizar la primera novela (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-1-inversion-en-burdeles-y-crisis-de-deuda/) y la segunda (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-2-como-fabricar-dinero-para-pagar-la-deuda-publica/) de las cinco que componen esta “Canción…”. Unas obras popularizadas por la brillante serie televisiva “Juego de Tronos” (que es en realidad el título de la primera novela), ganadora de un Globo de Oro y de 26 Premios Emmy (a los 14 que ya acumulaba se unieron otros 12 en la edición celebrada el 11 de septiembre de 2015).

Mientras ya se está en marcha la producción de la sexta temporada de la serie, el autor de la saga literaria, George R.R. Martín, se ha quedado, de momento, en cinco novelas. Él mismo reconoce que las últimas le han costado bastante más esfuerzo. Y se nota. Aunque en ningún momento pierde el pulso narrativo, lo cierto es que se percibe ya cierto cansancio del autor, sobre todo en la cuarta y la quinta entregas, aunque en ellas resurgen los temas económicos, que prácticamente habían desaparecido en la tercera. De ahí que resumamos en este artículo lo más financiero estas tres últimas novelas de la saga.

EL BANCO SIEMPRE GANA
La economía y las finanzas reaparecen cuando se descubre –tras abandonar Meñique su puesto de responsable de las finanzas de Desembarco del Rey– uno de los grandes errores de los Lannister, y sobre todo de la prepotente y odiosa reina Cersei: dejar de pagar las masivas deudas con el omnipotente Banco de Hierro. Es algo que comienza a percibir el Gnomo Tyrion, el listísimo enano que por un breve periodo (antes de caer en desgracia por ser falsamente acusado del envenenamiento de su sobrino, el estúpido y malvado rey Joffrey) ocupa el puesto de Meñique. De hecho, hay un diálogo –en el tercer capítulo de la tercera temporada de la serie televisiva, no en el libro– que refleja la preocupación de Tyrion ante el enorme endeudamiento que ha heredado de Meñique. El enano está revisando los libros de cuentas, en presencia de su guardaespaldas, el inquietante mercenario Bronn. El diálogo, para quien no tenga el DVD, se puede encontrar, en inglés, en el siguiente enlace de Youtube:  https://www.youtube.com/watch?v=02QgSGH5mQA. Lo reproducimos íntegro, ya que no tiene desperdicio y es una lección resumida sobre cómo funcionan los mercados de deuda:

Tyrion: Durante años he oído que el tal Meñique es un mago. Cuando la Corona necesita dinero, se frota las manos y… ¡puf!… montañas de oro.
Bronn: Deja que lo adivine: no es un mago.
T: No.
B: ¿Lo roba?
T: Peor: Lo pide prestado.
B: ¿Qué tiene de malo?
T: No podemos permitirnos devolverlo, eso tiene de malo. La Corona debe millones a mi padre…
B: Dado que es el culo de su nieto el que se sienta en el trono, supongo que condonará la deuda.
T: ¿Condonar la deuda? ¿Mi padre? Para ser un hombre de mundo, eres curiosamente ingenuo.
B: Nunca he pedido un préstamo, no tengo claras las reglas.
T: Bueno… El principio básico es: yo te presto dinero y, al cabo del tiempo acordado, me lo devuelves… con intereses.
B: ¿Y qué pasa si no lo hago?
T: Bueno, debes hacerlo.
B: ¿Y si no lo hago?
T: Por eso nunca te presto dinero. En cualquier caso, no es mi padre lo que me inquieta. Es el Banco de Hierro de Braavos. Les debemos decenas de millones. Si no logramos pagar los préstamos, el banco financiará a nuestros enemigos. De un modo u otro, ellos siempre recuperan su oro.

La charla termina cuando Bronn y Tyrion se sientan con el joven escudero del enano, que regresa satisfecho de la orgía a la que acababa de invitarle a su señor. Una orgía que, por cierto, le ha salido gratis (el escudero le devuelve a Tyrion la bolsa de monedas con que debía remunerar a las meretrices) merced a sus hasta entonces ignotas habilidades para satisfacer al sexo femenino.

Aunque Bronn, Tyrion y su escudero se sientan en torno a una jarra de vino para escuchar las hazañas sexuales del muchacho, lo cierto es que el Gnomo parece que bebe para olvidar las masivas deudas que acaba de encontrar en la contabilidad de Meñique. Igual que les gustaría emborracharse para olvidar a los ciudadanos de países tan endeudados como Grecia (o como España), tras asistir al efecto que están causando en sus vidas las masivas deudas contraídas por gobernantes irresponsables. Porque endeudarse, en algunos casos y salvando las distancias, sin duda puede parece mucho peor que robar, sobre todo cuando quien endeuda a su país es un político irresponsable, inepto y a menudo corrupto, pero quien tiene que pagar las deudas es el pueblo soberano… y robado, de facto, por ese mismo político aficionado a pedir prestado para financiar burbujas de crecimiento, espejismos de solvencia económica, que le permitan mantenerse en el poder (y en bastantes casos llevarse, de paso, unos cuantos sobres o unos cuantos “tres por cientos” para remunerar su corrupción).

Antes o después, las deudas hay que pagarlas. Sobre todo si se han contraído con ese omnipotente Banco de Hierro, auténtica metáfora de eso que se ha dado en llamar “los mercados”, implacables con las economías que se resisten a devolver lo que deben. Más pronto que tarde, el país que no paga tiene que cambiar, de príncipe como en “Juego de Tronos”, o de política económica, como hemos visto en la “Canción de hielo y… deuda” entonada por doquier desde que estalló la crisis financiera de 2007.

“Juego de Tronos” culmina con este tema de la deuda ese contenido económico tan magnífico como inquietante que impregna las cinco novelas… y que se podría resumir en el lema de Casa Stark que, además, da título al primer capítulo de la serie televisiva: “Winter is coming”. Es muy cierto que “se acerca el invierno”, no sólo en el calendario, sino también en la economía, porque la crisis aún nos mantendrá muy fríos durante bastante tiempo… entre otras cosas porque tenemos al frente gobernantes tan incompetentes, arrogantes y, a menudo, corruptos como la reina Cersei. Y algunos, incluso, sueñan independizarse, amenazan con dejar de pagar sus deudas (aunque pretenden que el Estado del que quieren irse siga pagando las pensiones de sus jubilados) e incluso desearían formar su propio Banco de Hierro… aunque fuera más bien platanero, por aquello de que lo que de verdad quieren es su particular paraíso fiscal (viajar a Andorra ya está muy mal visto y además te suelen pillar).

UN LECTOR VIVE MIL VIDAS
Pero como aún estamos en otoño y no quiero terminar esta serie de artículos dejando en el aire ese mensaje económico tan invernal, también romperé una lanza (nunca mejor dicho, aunque no sea envenenada como la del príncipe Oberyn) por los valores literarios que contienen estas cinco novelas. Unos valores que se resumen en un diálogo entre Jojen Reed y el joven y paralítico Bran Stark mientras avanzan hacia ese ignoto y helado norte “más allá del Muro”:

–“¿Te gustan los libros? –replicó Jojen.
–Algunos. Me gustan las historias de batallas. A mi hermana Sansa le gustan las de besos, pero a mí me parecen una bobada.
–Un lector vive mil vidas antes de morir –dijo Jojen–. Aquel que nunca lee vive solo una.”

 Tomemos nota y sigamos viviendo miles de vidas, como las que nos han hecho vivir las más de 4.900 páginas de estas cinco apasionantes novelas de la “Canción de hielo y fuego”.

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Títulos comentados (*):

-Tormenta de Espadas. Canción de Hielo y Fuego/3.George R.R. Martin, 2000. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Tercera edición, enero del 2014.
-Festín de Cuervos. Canción de Hielo y Fuego/4.George R.R. Martin, 2005. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Cuarta reimpresión, febrero del 2014.
-Danza de Dragones. Canción de Hielo y Fuego/5.George R.R. Martin, 2011. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2012. Segunda Reimpresión, noviembre del 2014.

(*) Tercera, cuarta y quinta novelas de la saga conocida por popularmente como “Juego de Tronos” (que es el título de la primera novela y de la serie televisiva de HBO que estrenó en abril de 2015 su quinta temporada).

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Juego de Tronos (2): Cómo fabricar dinero para pagar la deuda pública

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“En la actualidad, los ingresos de la corona eran diez veces más elevados que en tiempos de su agobiado predecesor… aunque las deudas de la corona también se habían incrementado. Petyr Baelish era un malabarista de primera.
Y también era muy inteligente. No se limitaba a recaudar el oro y dejarlo en la cámara del tesoro, oh, no. Pagaba las deudas del rey con promesas, y ponía el oro del rey a que rindiera. Compraba carromatos, tiendas, naves, casas… Compraba cereales cuando había cosechas abundantes, y vendía pan cuando comenzaba a escasear. Compraba lana en el norte, lino en el sur y encajes en Lys. Almacenaba telas, las movía, las teñía y las vendía. Los dragones de oro se apareaban y se multiplicaban. Meñique los prestaba y los recuperaba junto con sus crías”.

Un breve curso de finanzas en un solo párrafo, en el que vemos cómo mueve el dinero Petyr Baelish, alias Meñique (consejero de la moneda del reino). Una operativa idéntica a la de cualquier ministro de Economía actual: se endeuda, pide prestado y “paga las deudas con promesas”, mientras pone el oro del tesoro público en inversiones rentables. De ese modo, Baelish era…

“…capaz de frotar dos dragones de oro para que parieran un tercero”.

Es decir, consigue que el dinero (esos dragones de oro que ahora podrían ser euros o dólares) genere más dinero. Finanzas en estado puro, que no aprendemos en un sesudo manual, sino en la segunda entrega de la gran saga novelística  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948).

Ya hablamos de Meñique, esta especie de superministro de Economía, al analizar la primera de las seis novelas de esta “Canción…”, la titulada precisamente “Juego de Tronos” (http://economiaenlaliteratura.com/juego-de-tronos-1-inversion-en-burdeles-y-crisis-de-deuda/). Esa primera novela dio nombre a la brillante serie televisiva que todo el mundo conoce (ganadora de un Globo de Oro y de 14 Premios Emmy). Pero en la segunda entrega de la “Canción de hielo y fuego”, en la novela titulada “Choque de Reyes” –más de 900 páginas que se leen de un tirón– se profundiza en algunos de los temas económicos que tanto realismo dan a esta inmensa historia de aventuras de tono medieval. Un auténtico aluvión narrativo que nos recuerda a Tolkien, a las historias del rey Arturo y a los dramas familiares y dinásticos de Shakespeare, ese genio que fue capaz de utilizar metáforas económicas hasta en sus sonetos de amor (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

En su línea de describirnos siempre el contexto económico de estas apasionantes aventuras de guerreros, reyes, princesas, dragones y muertos vivientes, George R.R. Martin insiste en su segunda novela, “Choque de Reyes”, en el tema de las finanzas públicas. Si en la primera entrega, “Juego de Tronos”, nos cuenta cómo Meñique, este peculiar superministro de Economía, ayuda a generar una auténtica burbuja de la deuda en el reino de Desembarco del Rey, en esta segunda obra nos cuenta cómo llegó Baelish a encumbrarse tan alto. El curriculum vitae de Meñique –que haría las delicias de los más agresivos caza-talentos actuales– se parece al de algunos de los recientes “genios de las finanzas” que, a la vista de la crisis que nos liaron, no eran tan geniales. Una trayectoria profesional que, como tantas otras, reales o imaginarias, Petyr Baelish comenzó en puestos donde había que recaudar dinero para el Tesoro… y de paso para los fondos propios del recaudador:

“Hacía diez años, Jon Arryn [la mano del rey, especie de primer ministro] le había otorgado una sinecura menor en las aduanas, donde lord Petyr pronto se distinguió al conseguir recaudar tres veces más que cualquier otro recaudador del rey. Robert [el monarca] gastaba a manos llenas. Un hombre como Petyr Baelish, capaz de frotar dos dragones de oro para que parieran un tercero, resultaba de un valor inmenso para la mano del rey. A los tres años de llegar a la corte, ya era consejero de la moneda y miembro del Consejo Privado”.

SALIDO  DE LAS PÁGINAS DEL “FINANCIAL TIMES”
Pero cualquier hombre como este, capaz de hacer que las monedas de oro se reproduzcan, sabe bien lo importante que es rodearse de un equipo de fieles incondicionales, a quienes situar en los puestos claves (ya se sabe, presidencias de cajas de ahorros, de empresas públicas y/o privatizadas, etc.). Y Baelish se rodea de esos estómagos agradecidos, como narra la novela en un párrafo que podría estar en un capítulo de la historia del ascenso social de la nueva burguesía frente a la cada vez más incapaz nobleza:

“Y, mientras tanto, también fue situando a hombres que le eran leales. Los cuatro Guardianes de las Llaves [del Tesoro] eran suyos. Él mismo había nombrado al Contador Real y al Balanza Real, y también a los oficiales al mando de las tres cecas [controlar la acuñación de moneda es indispensable para tener autonomía en las decisiones económicas]. Nueve de cada diez capitanes de puerto, recaudadores de impuestos, agentes de aduanas, agentes textiles, cobradores, fabricantes de vinos… eran leales a Meñique. Se trataba de hombres en su mayoría de extracción popular: hijos de comerciantes, de señores menores, a veces incluso extranjeros… Pero, a juzgar por los resultados que obtenían, mucho más capacitados que sus predecesores de alta cuna”.

Un ejemplo de cómo un poder absoluto (igual que una mayoría absoluta de esas que tardaremos mucho tiempo en volver a ver en España tras las elecciones del 24 de mayo de 2015) puede concentrar en sus manos todos los puestos clave… del poder económico, claro, que es el que importa. Lo que no parecía importar –como analizábamos en el artículo anterior– era que toda esta concentración de poder económico en las manos de un solo hombre, y de su extensa red clientelar, estuviera ayudando a generar una burbuja financiera que, como veremos en próximos capítulos, acaba explotando. ¿Les suena? Parece que George R.R. Martin, periodista al fin y al cabo, se ha inspirado más en el “Financial Times” o en el “Wall Street Journal” que en las tradicionales novelas de caballeros andantes, princesas y dragones.

GUERRA E INFLACIÓN: ¿QUÉ ES MÁS CARO, UN POLLO O UN NOBLE?
Además de a la figura y a las prácticas financieras de Meñique, esta segunda entrega de la “Canción de hielo y fuego” dedica especial atención al tema de la inflación y otros problemas económicos generados por una guerra. Desembarco del Rey, la capital a punto de ser atacada por ejército enemigo, sufre los males típicos de cualquier asedio y su consecuente bloqueo comercial:

“Los mercados estaban llenos de hombres desastrados que vendían sus propiedades a cualquier precio… Pero no había granjeros que pregonaran sus productos. El precio de los pocos alimentos que vio [el enano Tyrion Lannister, en esos momentos mano del rey] era el triple que el año anterior”.

Una inflación anual del 300 por cien no está nada mal y recuerda a las altísimas tasas registradas en las peores crisis del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Una escalada de precios inevitablemente unida a un desabastecimiento de estilo casi “boliviarano” (sólo habría que cambiar a Meñique por Maduro para no notar la diferencia). Sigamos viendo los mercados a través de los ojos de Tyrion:

“–¡Ratas frescas! –anunciaba a gritos un vendedor ambulante que ofrecía ratas asadas en un espetón– ¡Ratas frescas!

Sin duda eran mejores que las ratas viejas y medio podridas. Pero lo más aterrador era que las ratas asadas tenían un aspecto más apetitoso que la mercancía que vendían los carniceros. En la calle de la Harina [una referencia clara del autor a la antigua organización de las ciudades en función de los gremios] vio guardias ante una de cada dos tiendas. Pensó que, en tiempos de escasez, hasta a los panaderos les resultaban más baratos los mercenarios que el pan”.

El negocio de la seguridad, ya se sabe, es uno de los que suele florecer cuando la crisis económica desemboca en una grave agitación social. Una seguridad que busca también el rey, que no duda en “comprar” la fidelidad de los señores feudales, como ilustra este diálogo entre Meñique y Tyrion, sin duda el personaje más sagaz e inteligente de toda la saga. El enano le pregunta a lord Petyr qué razones podrían dar a los nobles para que apoyaran al joven, estúpido y sanguinario rey Jeoffrey (sucesor de Robert). La respuesta de Meñique no podía ser otra:

–Razones de oro (…)
–Mi querido amigo Petyr, no me puedo cree que estéis proponiendo que compremos a estos poderosos señores y a estos nobles caballeros como si fueran pollos en venta del mercado.
–Se nota que no habéis visitado nuestros mercados últimamente (…). Estoy seguro de que os sería más fácil comprar un señor que un pollo”.

Otra lección de historia económica. Repartir castillos, honores y tierras siempre fue un recurso tradicional de los monarcas para comprar lealtades, procedimiento que en tiempos más recientes ha sido sustituido por el reparto de altos cargos, de puestos en consejos de administración y, por supuesto, de comisiones ilegales y de sobres con dinero negro. Lo cual –y volvemos a uno de los temas económicos centrales de esta saga– no hace más que inflar, inflar e inflar la gigantesca burbuja de la deuda. No se pierdan su estallido en el próximo artículo de esta serie.

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Título comentado:

-Choque de Reyes. Canción de Hielo y Fuego/2(*).George R.R. Martin, 1998. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Cuarta Reimpresión, febrero del 2014.
(*) Segunda novela de la saga conocida por popularmente como “Juego de Tronos” (que es el título de la primera novela y de la serie televisiva de HBO que estrenó en abril de 2015 su quinta temporada).

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Juego de Tronos (1): Inversión en burdeles y crisis de deuda

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Hoy en día, los burdeles son una inversión mucho más segura que los barcos. Las putas no suelen hundirse, y si las abordan los piratas, es previo pago de dinero contante y sonante”.

Este consejo para inversores, digno del mejor gestor de fondos, es sólo una de las muchas y acertadas referencias económicas que aparecen en la espectacular saga  “Canción de hielo y fuego”, del periodista y escritor norteamericano George R.R. Martin (Nueva Jersey, 1948). La recomendación la hace una especie de “superministro” de Economía –implicado además en provocar una gran burbuja de deuda– que aparece en la primera de las seis novelas de esta “Canción…”, la titulada precisamente “Juego de Tronos”.

El título de esta primera obra lo conocen millones de personas de todo el mundo, pues sirvió también para la espectacular serie televisiva de la HBO, sin duda a la altura de esta monumental novela río de tono medieval. Sus seis grandes tomos (en torno a 800 páginas cada uno) nos recuerdan a las historias artúricas, a Tolkien e incluso a los intensos dramas familiares y dinásticos del mismísimo William Shakespeare.

Pero las seis brillantes piezas de la “Canción de hielo y fuego” introducen un factor que apenas aparece ni en las crónicas del Rey Arturo ni en las más de mil quinientas páginas de “El Señor de los Anillos”. Con Tolkien no sabemos de dónde sale el dinero, quién paga a los soldados o siquiera qué comen los protagonistas (salvo ese pan élfico que parece no acabarse nunca). Sin embargo, aunque en “Juego de Tronos” tampoco faltan los elementos míticos, los dioses “antiguos y nuevos”, la magia, los lobos “huargos”, los dragones y hasta los muertos vivientes, es permanente la preocupación del autor por el contexto económico en que se desarrollan las aventuras.

Buena parte del éxito tanto de la serie televisiva como de las novelas de George R.R. Martin radica en su realismo: desterrados de su lenguaje los nocivos efectos de lo “políticamente correcto”, no se escatiman ni la sangre, ni el sexo, ni la suciedad, ni los sentimientos, ni, por supuesto, el oro, las deudas, los precios de los alimentos o de los mercenarios, el coste de mantener un castillo o un trono, o de contratar una flota de barcos para que Daenerys –esa bella princesa Targaryen, madre de dragones y liberadora de esclavos que ha enamorado a medio mundo–, resuelva su principal problema: tiene dragones, sí, pero no dinero para fletar barcos que crucen el mar Angosto camino de los Siete Reinos de Poniente.

GEOGRAFÍA ECONÓMICA
Esta constante presencia de la economía y las finanzas se aprecia hasta en la peculiar geografía de la “Canción de Hielo y Fuego”: el norte frío y desolado (¿Invernalia es Escocia o incluso Rusia?); los reinos centrales ricos (¿el refinado Altojardín es Francia o Italia? ¿Desembarco del Rey es Inglaterra o Alemania?); el sur exótico y soleado (¿Dorne es España y quizás por eso la quinta temporada, en la que ese reino gana protagonismo, se rodó en Andalucía?); las aún más exóticas ciudades libres y también ricas de Oriente y del mar de Jade (¿Arabia y, más allá, China y el sureste asiático?)… Por no hablar de las referencias históricas al mundo clásico perdido (¿Valyria es Roma?), algunas de ellas tan directas como ese Muro que separa los siete reinos del norte salvaje y helado, igual que el Muro de Adriano marcó la frontera británica entre el Imperio Romano y las inconquistables tierras norteñas de los pictos…

Es imposible no sentirse atrapado por el vigor de esta narración, entre otras cosas por ese realismo que nos hace tan próximos unos protagonistas que sufren, aman, odian, follan y cortan cabezas, manos y hasta pollas… Pero también gastan, se endeudan, mendigan, desfalcan y consumen. Y en eso esta saga literaria vuelve a recordarnos a Shakespeare, que sí metió economía en muchas de sus tragedias, como pronto veremos en este blog, e incluso en su poesía (http://economiaenlaliteratura.com/la-cotizacion-del-amor-en-shakespeare-o-como-rimar-economia-con-poesia/).

Precisamente en la obra del inglés aparecen también los barcos, una de las inversiones más clásicas desde la antigüedad. Esos buques necesarios para transportar ejércitos, pero sobre todo mercancías, siempre sometidos a los riesgos de la piratería y de las tempestades. Los barcos son el tema económico central de una tragedia de Shakespeare que incluso lleva el comercio en su título: “El mercader de Venecia”. Ese comerciante e inversor que “tiene toda su fortuna en el mar”, lo cual le hace caer en las garras del usurero judío que también pretende amputar algo, pues quiere cobrarse su deuda en carne.

LA “CALDERILLA” DE LA DEUDA PÚBLICA
Quien en “Juego de Tronos” –insisto, la primera novela de la serie– desaconseja invertir en barcos es sin duda el personaje más económico de toda la saga: Lord Petyr Baelish, apodado Meñique, consejero de la moneda de la casa Baratheon y de su capital, Desembarco del Rey. Este Meñique que prefiere invertir en burdeles antes que en navíos, actúa como un auténtico ministro de Economía que siempre consigue dinero para financiar las extravagancias y las continuas guerras de sus reyes.

Unos monarcas que, por supuesto, apenas se preocupan de dónde salen los fondos, la “calderilla” que financia su continuo juego de tronos:

“Te lo juro [le dice el rey Robert a su amigo Eddard Stark], sentarse en un trono es mil veces más duro que conquistarlo. La ley es un asunto tedioso, y contar calderilla, aún más”.

Eso le tocará al propio Stark cuando, una vez nombrado mano del rey (algo así como primer ministro), se enfrenta a los enormes gastos de un torneo con el que el monarca quiere festejar tal nombramiento. El adusto norteño se horroriza cuando lee, pormenorizados, los dispendios del torneo en dragones de oro, cuyo valor (por cómo lo usa el autor) podríamos comparar con el ducado de oro español del siglo XV, que valía 375 maravedís, frente a los 34 del real de plata. Contabilizados en lo que parece el dólar de la saga, los costes del torneo llegan a superar los 90.000 dragones de oro sólo en premios para los ganadores, a los que se suman los gastos en “cocineros, carpinteros, doncellas, juglares, malabaristas, bufones…”. El diálogo que sigue podría haberse desarrollado entre el presidente del Eurogrupo y el ministro griego de Economía:

“–¿Podrá cargar el tesoro con los gastos? –preguntó el gran maestre Pycelle [uno de los consejeros del Rey] a Meñique.
–¿A qué tesoro os referís? –replicó Meñique con una mueca–. No digáis tonterías, maestre. Sabéis tan bien como yo que las arcas llevan años vacías. Tendré que pedir prestado el dinero. Los Lannister serán generosos, no me cabe duda. Ya le debemos a lord Tywin más de tres millones de dragones; no importa que sean cien mil más.
–¿Estáis insinuando que la corona tiene deudas por valor de tres millones de piezas de oro –Ned [Stark] estaba atónito.
–La corona tiene deudas por más de seis millones, lord Stark. Los Lannister [¿por qué no los banqueros germanos?] son los principales acreedores, pero también hemos pedido crédito a los Tyrell [de la rica y afrancesada Altojardín], al Banco de Hierro de Braavos y a varias compañías financieras de Tyrosh [¿quizás equivalentes a ciertos bancos de inversión y fondos buitre norteamericanos?]”.

Los apuros financieros de Meñique son tales, que incluso pide dinero al clero:

“Últimamente he tenido que dirigirme a la Fe [una especie de Vaticano]. El septón supremo [equivalente al Papá o, mejor, al director del banco vaticano] regatea mejor que un pescadero de Dorne.
–Aerys Targaryen [el rey depuesto por Robert] dejó las arcas repletas. –Ned no daba crédito a sus oídos–. ¿Cómo habéis permitido que se llegara a esta situación?
–El consejero de la moneda consigue el dinero –replicó Meñique, encogiéndose de hombros–. El rey y la mano lo gastan”.

Una respuesta similar debieron dar muchos ministros de Economía cuando se descubrió, en la reciente crisis de la deuda europea, que sus Estados se habían endeudado muy por encima de sus posibilidades. Toda una lección de realismo que demuestra cómo todos los juegos, sobre todo los de tronos (léase los electorales), siempre cuestan dinero. Eddard Stark tiene que enfrentarse a ese endeudamiento cuyo coste final podría ser todo un reino:

“Robert y su Consejo de cobardes y aduladores dejarían el reino en la ruina si [Stark] no hacía nada. O peor aún, se lo venderían a los Lannister para pagar deudas”.

Una deuda hinchada por personajes como Meñique –muy habituales no sólo en las páginas de esta novela, sino también en las de la prensa económica–. Pero de cómo se convirtió lord Baelish en el auténtico brujo de las finanzas, en el gestor de una crisis que recuerda tanto a las actuales, hablaremos más extensamente en el próximo artículo. El tema merece mucha más atención porque las habilidades financieras de Meñique son muy parecidas a las demostradas por quienes inflaron la burbuja, se forraron con ella, nos arruinaron a todos y, pese a ello, siguen coleando por ahí, aunque quizás deberían haber sido desterrados al Muro (a dónde en “Juego de Tronos” envían a ladrones, asesinos, violadores y malos pagadores) o incluso condenados a que su cabeza decorara (siquiera simbólicamente) una pica enhiesta sobre alguna ruina inmobiliaria.

No se pierdan, pues, el próximo capítulo sobre “Juego de Tronos” en este blog. Porque –como se repite en la saga cada vez que aparece el lema de los Stark– …“winter is coming”. Aunque en nuestras economías, después de siete años de crisis, el invierno aún no se ha ido del todo, y podría volver.

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Título comentado:

-Juego de Tronos. Canción de Hielo y Fuego/1.George R.R. Martin, 1996. Ediciones Gigamesh, Barcelona, 2007. Quinta Reimpresión, enero del 2014.

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Corrupción para engrasar la maquinaria… y para conservar el poder

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Más dinero para sobornos y corrupción, argumentaba siempre la oposición a voz en grito. `Sin duda´, decía el Jefe sin tomárselo demasiado a pecho, `sin duda hay sobornos y corrupción. Pero sólo en la medida necesaria para que los engranajes giren sin chirriar. Y recordad esto: ninguna máquina inventada por el hombre ha funcionado nunca sin desperdiciar energía´”. 

El “Jefe” que alardea de una visión de la política a la que muchos de nuestros cargos electos se han acostumbrado durante demasiado tiempo, no es un presidente del Gobierno que mira hacia otro lado al descubrirse cómo se financia su partido (¡qué mala suerte, durante casi dos décadas todos los tesoreros han sido unos golfos y el líder sin enterarse!); tampoco es un ex presidente (o ex presidenta) de comunidad autónoma que afirma que no sabía nada, que ignoraba estar rodeado (o rodeada) de mangantes, los de los ERE, los de la “Gürtel” o los de la “Púnica”. Casos todos ellos en los que el de arriba (o la de arriba) se escudan en el “yo no lo sabía”, lo cual, por cierto, sería suficiente motivo para dimitir, porque un jefe que reconoce no enterarse de nada, o es tonto o es incompetente… o las dos cosas y, por tanto, cómplice del choriceo.

Por el contrario, este “Jefe” de nuestra cita sí se entera, pero tiene claro que el sistema funciona así. Una ausencia de hipocresía que sería de agradecer si no fuera porque muestra también una total falta de escrúpulos. Algo, en definitiva, muy actual, aunque el párrafo que encabeza este artículo fuera escrito nada menos que en 1946. El “Jefe” es el protagonista de “Todos los hombres del rey”, una gran novela norteamericana escrita por Robert Penn Warren (1905-1989) y ganadora del Premio Pulitzer. Una obra magistral, inmensa y que muchos recordarán porque ha inspirado dos películas también magníficas: la primera, titulada “El Político”, la dirigió Robert Rossen en 1949 y ganó tres Oscar un año después; la segunda, que mantiene el título de la novela, la rodó Steven Zaillin en 2006 con un impresionante elenco de actores: Jude Law, Kate Winslet, James Gandolfini y Anthoni Hopkins acompañaban a Sean Pean en uno de los mejores papeles de su carrera, el de Willie Talos, protagonista de la obra e inspirado en la figura de Huey Long, quien fuera un famoso, controvertido y populista gobernador de Louisiana.

Talos es ese “Jefe”, un político de pura raza, sólo interesado en el poder, que mantiene recurriendo a las armas de la corrupción y el chantaje. Pero es también un gran orador, un supuesto líder de los oprimidos, un demagogo… Un personaje que merece la pena recordar en este año 2015 cargado de citas electorales.

“Sin duda me rodean muchos mangantes [afirma Talos sin rubor]. Pero son demasiado cobardes para exponerse a mangar descaradamente. Porque no les quito ojo de encima. Y le entrego algo al estado. Claro que lo hago”.

Justo lo contrario de lo que ha pasado aquí: los mangantes han robado lo que han querido, nadie ha vigilado lo que hacían y el Estado no ha recibido nada a cambio, salvo agujeros presupuestarios y mala gestión. No se cumple lo que, el narrador de la novela, un colaborador del gobernador, define como…

“… la teoría de los costes históricos, por así decirlo. Todo cambio tiene un precio. Y hay que restar los costes de las ganancias. Era posible que en nuestro estado los cambios sólo pudieran hacerse de la manera como se hacían, y era innegable que el proceso aportaba algunos cambios. La teoría de la neutralidad moral de la historia, por así decirlo. El procedimiento, en cuanto tal, no es, moralmente, ni bueno ni malo. Podemos juzgar los resultados, pero no los procedimientos (…). Es posible que un hombre tenga que vender su alma para conseguir el poder de hacer el bien”.

Maquiavelismo puro y duro. Aunque ya vemos dónde nos ha llevado cuando muchos han vendido su alma pero no para conseguir “el poder de hacer el bien”, sino simplemente para llenar sus cuentas (y las de sus cómplices electos) en Suiza. Y quien aún no lo crea, que esté atento a la inminente (quieran o no) filtración de la famosa “lista de los 715”…, donde seguro que aparecen bastantes políticos más interesados en el dinero negro que en los ciudadanos.

Pero el protagonista de esta novela es de otra pasta. Le interesan otras cosas, como se ilustra en este diálogo, que sostiene con su madre un colaborador de Willie Talos:

“– (…) Hijo mío, no te dejes meter en ningún caso de corrupción… (…)
–He dicho que, si me interesara el dinero, sólo tendría que alargar la mano y coger diez mil dólares. Y no necesitaría corromperme. Únicamente, facilitar información. La información es dinero. Pero, como te he dicho, no me interesa el dinero (…). A Willie tampoco le interesa (…).
–¿Qué le interesa, pues?
–Le interesa Willie. Lisa y llanamente, Willie. Y cuando a alguien sólo le interesa, lisa y llanamente, su propia persona (…), todo el mundo dice de él que es un genio. Sólo a los tontainas como el señor Patton les interesa el dinero. A los grandes empresarios, los que consiguen amasar enormes fortunas, no les interesa el dinero. A Henry Ford no le interesa el dinero. A Henry Ford sólo le interesa Henry Ford. Por eso es un genio.”

DESENTERRAR LOS GATOS MUERTOS
Y ese genio, a quien sólo le interesa el poder, sí tiene claro que la corrupción, a la que él mismo recurre, puede ser utilizada para descabalgar a un opositor. Por eso le encarga a su colaborador que investigue los trapos sucios de otros políticos, en concreto de un juez que le hace frente. Y, dos veces a lo largo de la novela (páginas 97 y 275), Talos utiliza el mismo argumento:

“–Quizás no haya nada contra el Juez.
–El hombre es concebido en pecado y nace en medio de la corrupción, y pasa del pestazo de los pañales al hedor del sudario. Siempre hay algo.
Y me encargó que lo sacara a la luz, que desenterrara el cadáver del gato muerto…”

¿Les suena? ¿Cuántos políticos hay ahora mismo queriendo sacar a la luz los gatos muertos de los demás… aunque sean de su propio partido? ¿O, cambiando de tema, haciendo promesas demagógicas en plena campaña? Como esta, que un colaborador le aconseja proclamar al “Jefe”:

“–Les das demasiadas explicaciones. Diles solamente que vas a exprimir a los ricos, y olvídate del resto de tu programa de impuestos.
–Pero es que necesitamos un programa de impuestos equilibrado (…)
–Pero eso les importa un pito (…). ¡Joder, hazles reír, hazles llorar, hazles creer que eres tan débil como ellos y que también te equivocas, convéncelos de que eres Dios Todopoderoso! (…) Tu misión es ofrecerles algo que los saque de su marasmo y les haga recuperar las ganas de vivir”.

Toda una lección de comunicación política elevada a la máxima potencia de la demagogia. Es decir, algo que podemos encontrarnos cada día en los telediarios. Sobre todo en este año electoral, el mejor para volver a leer “Todos los hombres del rey”.

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Título comentado:

-Todos los hombres del rey. Robert Penn Warren, 1946. Segunda edición, restaurada, Editorial Anagrama, Barcelona, 2006.

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La cotización del amor en Shakespeare… o cómo rimar economía con poesía

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

Después de estos más de siete años de bíblicas vacas flacas, quien crea imposible que economía rime con poesía hará bien en deleitarse con este soneto:

“¡Adiós! Eres muy caro para poseerte;
tú tus cotizaciones bien al justo cuidas,
y tu cartera de valores te hace fuerte;
mis letras contra ti todas están vencidas.

Pues ¿cómo fuiste mío sino por tu aserto?
Y para esa riqueza mis méritos ¿dónde?
A ese don de hermosura nada en mí responde,
y así otra vez mi cuenta queda en descubierto.

Tú te me diste o sin saber aún tu tasa
o de mi precio, a quien lo dabas, confundido;
así aquel gran dispendio, por error salido,
hecho mejor balance, vuelve ya a la casa.”

 

¿Cotizaciones? ¿Cartera de valores? ¿Letras vencidas? ¿Caro para poseerte? ¿Tasa, precio y dispendio? ¿Balance?… ¿Estamos ante un poema de amor o ante la queja de un inversor por su opa fallida sobre una compañía de exagerado valor bursátil? ¿Quieren mejor prueba de cómo el lenguaje económico es capaz de penetrar también en la poesía, incluso en la amorosa, y hasta puede enriquecerla –nunca mejor dicho– al dotarla de imágenes de enorme fuerza expresiva? Recurrir a las metáforas económicas para hablar de un amor que sale caro parece fácil para el autor de este soneto… No en vano era un tal William Shakespeare (1564-1616).

El maestro de la literatura universal, el mismo que regaló al mundo obras de teatro con un contenido tan económico como “El mercader de Venecia”, también demostró en su poesía que, además de un genio de la pluma, era un hombre de su tiempo, buen conocedor de los temas financieros, contables y societarios. Como buen inglés, tendría un indudable sentido práctico. Sin olvidar que vivió en una época en la que Inglaterra ya comenzaba a extender su poder mercantil por todo el orbe.

El soneto citado tiene el número LXXXVII de la magnífica edición bilingüe de los “Sonetos de amor” de Shakespeare realizada por Agustín García Calvo para Anagrama. Y es, sin duda, uno de los poemas que mejor ilustra la capacidad del bardo de Stratford-upon-Avon para manejar el lenguaje económico con igual soltura que el amoroso, el trágico o el cómico. El propio García Calvo lo señala en el prólogo de su gran edición y traducción de estos hermosos sonetos:

“No dejará de hacerle meditar al discreto lector el notar que muchos de los momentos líricos más felices de los Sonetos (tómese, por ejemplo, el LXXXVII) se dan justamente allí donde el Amor se mezcla con las alusiones a la posesión, el trato comercial, los litigios, las leyes y las instituciones del Estado”.

Porque, en definitiva, todo amor tiene un coste… en ocasiones tan excesivo que descuadra cualquier balance vital. En el mismo prólogo, García Calvo subraya que entre las muchas contradicciones que Shakespeare refleja en sus sonetos amorosos (tiempo/amor, hombre/mujer, negrura/belleza, odio/piedad…), no podía faltar la económica y social:

“Ni tampoco esta pasión carnal de la contradicción metafísica del Amor ha cegado al poeta a la visión de la otra cara, digamos la social, económica o real, con que el Amor se instituye en nuestro mundo; (…) y, en efecto, abundan en los Sonetos los términos de comparación con los ámbitos comerciales y jurídicos…”

LA CONTABILIDAD DEL AMOR
García Calvo enumera los versos en los que, por ejemplo, aparecen términos de contabilidad, entre los que destacamos ­–además del soneto que encabeza este artículo–  el siguiente, extraído del número XXX:

“…y aun de pasados tuertos sé sentir afrenta
y con pesar de duelo en duelo calcular
de los llorados llantos la penosa cuenta,
que, como no pagada, vuélvola a pagar.”

 

O estos otros, del soneto número XLIV, en que insiste en los conceptos de saldos y cuentas amorosas:

“Contra ese tiempo (si ese tiempo se presenta)
en que mis faltas te he de ver fruncir el cejo,
cuando tu amor cerrado habrá su última cuenta,
viniendo el saldo a hacer por pericial consejo…”

 

Algunas de estas cuentas terminan en la inevitable bancarrota (como sucede en más de un divorcio ruinoso):

¿Y el vivir hoy que está Natura en bancarrota,
cuando el rubor mendiga de él sangre que fluya?
Pues Ella no otra hacienda tiene que la suya,
y ufana de mil rentas, vive de su cuota.

 

Aunque, para evitar estas quiebras, en ocasiones el amante hace una oferta “barata” y sin pedir más que un simple trueque amoroso, como en el soneto número CXXV:

“¿No he visto constructores sobre honor augusto
perderlo todo, y más, de tanto pagar rentas,
por guisos raros desdeñando el simple gusto,
tristes logreros, consumidos en sus cuentas?

No: déjame en tu corazón que sea atento,
y acepta tú mi ofrenda, libre aunque barata,
no envuelta con segundas, y sin más talento
que un mutuo ‘Yo por ti’ por todo trueque y trata.

 

AMANTE USURERO
Pero también hay amantes a quienes se tacha de usureros, por su incapacidad de compartir sus rentas con los demás, es decir, por encerrarse en sí mismos y despechar a sus pretendientes. Este tema de la usura es uno de los más repetidos en los sonetos, como por ejemplo en el IV:

“Pródiga gentileza, ¿a qué en tu sola fiesta
gastas todo el legado de tu cuerpo hermoso?
La manda de Natura nada da, que presta;
y, liberal, le presta a aquél que es generoso.

Así que, hermoso avaro, di, ¿por qué defraudas
la graciosa largueza que te da a que des?
Vano usurero, ¿a qué la suma que recaudas
usas, si ni aun vivir puedes del interés?”

 

Los reproches son aún mayores para quienes aparentan riqueza exterior pero por dentro se consumen ante la falta de amor, también por su avaricia para prodigarlo. Lo encontramos en el soneto número CXLVI, que sin duda permite incluso otras lecturas por lo hiriente de sus quejas:

“Pobre alma, centro de mi pecadora arcilla,
Ramera a quien rebeldes genios visten galas,
¿por qué por dentro mustia y de hambre tú amarilla,
mientras tu muro de tan claro lustre encalas?

¿Por qué, tan corto siendo el alquiler, tan grande
gasto haces enluciendo casa que se arruina?
¿Gusanos, herederos de este lujo, habrán de
tragar tu renta? ¿Ahí tu cuerpo se termina?

Vive pués, alma, a costa de tu siervo, y que éste
trajine por colmarte el almacén; aplica
horas viles vendiendo a rédito celeste;
hártate dentro, y no por fuera seas rica…”

 

Todo un canto a no encerrarse, a dejar que el amante “colme tu almacén”, te llene de amor, en vez de limitarte a aparentar una huera riqueza exterior. En la misma línea, otros versos (del soneto IX) reprochan al ser amado desperdiciar lo que ahora llamaríamos el “coste de oportunidad”, que se pierde por no usarlo:

“Ya ves: lo que en el mundo gasta un manirroto
sólo de sitio cambia: el mundo aún lo goza;
pero el derroche de hermosura tiene un coto:
que, con no usarlo, el usuario lo destroza.”

 

LA CRISIS DE LA DEUDA
Como ocurre en la economía real, las mayores crisis amorosas acaban con graves deudas pendientes, sin dudas necesitadas de rescate si queremos evitar la ruina del ser amado. Este tema aparece al menos en media docena de los sonetos amorosos de Shakespeare, aunque en uno de ellos, el CXVII, encontramos la descripción más brillante de las malas consecuencias que –también  aquí y no sólo en la gestión presupuestaria– se derivan de un excesivo endeudamiento:

“Acúsame de que he hecho desfalco en las rentas
de donde tu gran deuda liquidar debía;
que olvide convocar tu caro amor a cuentas,
a quien me obligan tantas letras día a día;

Que con extrañas almas tuve tratamientos
y di al tiempo derechos que caros compraste,
o que he izado las velas a todos los vientos
que iban, lejos de ti, a dar conmigo al traste.

En cuenta cárgame intenciones y descuido,
y sobre lo probado acumula sospecha;
a tiro pónme ya de tu ceño fruncido;
más no dispares contra mí tu airada flecha:

que mi apelación reza que cuanto hice fue
por probar la constancia de tu amor y fe”.

 

Mucho me temo que a este amante, pese a su disculpa y “apelación” final, acumular deudas por “izar los velas a todos los vientos” le supondría una dura cura de austeridad (o, como se dice coloquialmente, “dormir en el sofá”), pues seguro que su acreedora, quizás tan implacable como la mismísima Angela Merkel, le cobraría muy caro haberle puesto los cuernos. Una prueba más de que poesía, amor y economía no son conceptos tan irreconciliables como a priori pudiera parecer.

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Título comentado:

-Sonetos de amor. William Shakespeare. Edición y traducción de Agustín García Calvo. Compactos Anagrama, Sexta edición, Barcelona, 2002.

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El desmoronamiento que arrastró al mundo

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Básicamente, Wall Street (o ‘Gotham ­–como él lo llamaba–, el ano, el agujero negro del país que absorbe todo el dinero, el ojo de apocalipsis’) había fragmentado y reagrupado las hipotecadas tantas veces a través de la titulización y los bancos se habían saltado tantos procedimientos tratando de recuperar los préstamos tóxicos que no había institución capaz de determinar fidedignamente quién ostentaba los derechos sobre las viviendas”.

Espectacular descripción de la crisis de las hipotecas basuras (subprime en el lenguaje políticamente correcto) que estalló en Estados Unidos en 2007 y desencadenó el desmoronamiento del que todos, aún hoy día, somos víctimas. La descripción es de un abogado especializado en pleitos inmobiliarios, uno de los muchos personajes reales (algunos famosos, otros simples ciudadanos de a pie) que pueblan el libro ganador del National Book Award de 2013 (y de un montón de premios norteamericanos más):“El Desmoronamiento”, escrito por el periodista y escritor George Packer.

Aunque la norma de esta bitácora es bucear en la economía que esconden las grandes novelas y obras literarias, voy a saltármela (para eso están las normas) porque merece la pena hablar de una obra de no ficción, pero escrita con un vigor literario capaz de competir con algunas de las grandes novelas norteamericanas, como “Las uvas de la ira” de Steinbeck… que, por cierto, el propio Packer cita y que ya ha sido comentada en este blog (http://economiaenlaliteratura.com/la-gran-novela-de-la-gran-crisis/).

“El Desmoronamiento” es una impresionante obra coral que recorre, como reza su subtítulo, “Treinta años de declive americano”. Comienza en 1978, con las crisis industriales que convirtieron el “Cinturón del Acero” en el “Cinturón del Óxido” de la América profunda, y termina en 2012, cuando la crisis financiera seguía arrasándolo todo a su paso. El libro está protagonizado, entre otros muchos, por simples supervivientes como la familia Hartzell, que en Tampa, Florida –arquetipo de la ciudad machacada aún en 2012 por la crisis inmobiliaria–, se afanan por salir adelante como sea:

“Era el antepenúltimo día de agosto. Mientras los republicanos clausuraban su convención de 123 millones de dólares, a quince minutos de allí, a los Hartzell, tras haber pagado todas las facturas, les quedaban cinco dólares hasta septiembre.”

Pero por las páginas de este libro desfilan también visionarios millonarios de Silicon Valley, como Peter Thiel, raperos famosos como Jay-Z, políticos como el ultraconservador Newt Gingrich, asesores de la Casa Blanca como Jeff Connaughton, emprendedores que buscan una nueva economía verde, como Dean Price, activistas obreras como Tammy Thomas o incluso personajes tan populares como Oprah Winfrey, el general Colin Powell, el que fuera secretario del Tesoro Robert Rubin, o el multimillonario forjador de un imperio comercial, Sam Walton, quien…

“Era tan tacaño que redujo el nombre todo lo que pudo para que tuviera las menores letras posibles: la nueva tienda se llamó Wal-Mart. Prometía ‘precios bajos todos los días’”.

LA JERGA OPACA DE WALL STREET
En sus espectaculares semblanzas de los grandes protagonistas de la historia reciente de los Estados Unidos o de esa multitud de supervivientes –los auténticos protagonistas– que se afana a pie de calle, George Packer realiza un impresionante viaje literario sobre la cruda realidad que metió a este país –con su crisis industrial y de valores, unida a  su liberalización financiera, semilla y síntoma a la vez de la crisis subprime– en ese desmoronamiento. Estamos, y es bueno repetirlo, ante una obra de ficción escrita como una brillante novela que atrapa al lector y nos cuenta cómo comenzó todo lo que ahora, de un rincón a otro del planeta, seguimos padeciendo. Y muchos testimonios recogidos en esta obra ilustran que todo se inició con la derogación de la famosa Ley Glass-Steagall (se derribaron así las barreras entre banca comercial y banca de inversión) y continuó con la falta de valores que se instauró en el mercado financiero. Una crisis ética narrada a través de la experiencia de un alto ejecutivo de un banco estadounidense (uno de los pocos personajes del libro que prefiere mantener el anonimato… ¡por algo será!):

“… Kevin [nombre ficticio] se dio cuenta muy pronto de que la banca no era un asunto tan complicado. Wall Street usaba una jerga deliberadamente opaca para intimidar a los extraños, pero para tener éxito solo había que controlar un mínimo de matemáticas y saber mentir. Lo primero para las compraventas, lo segundo para negociar. Para alcanzar la cumbre tenías que ser un auténtico hijo de puta y acuchillar a unos cincuenta y siete compañeros: eso era lo único que los separaba de los diez siguientes puestos del escalafón”.

Con esta falta de normas (tanto legales como éticas), el estallido de la burbuja inmobiliaria se convierte en el epicentro de un terremoto de sobra conocido y analizado, pero al que este libro dedica páginas brillantes. Después de que, en diciembre de 2005, el precio medio por unidad habitacional tocara el techo de 322.000 dólares en uno de los mercados más sobrecalentados (Forida)…

“… En algún momento de finales de 2005 o principios de 2006, el mercado inmobiliario alcanzaba máximos vertiginosos, pero los especuladores perdieron la fe de un día para el otro. La confianza que mantenía Florida a flote se evaporó y la economía, suspendida e inmóvil en el aire, como el Coyote de los dibujos animados, miró hacia abajo y cayó en picado. Los precios hicieron lo que prestatarios, prestamistas, banqueros asiáticos en busca de beneficios del 8 por ciento, tertulianos histriónicos de la CNBC y Alan Greenspan [por entonces presidente de la Reserva Federal] creían imposible: comenzaron a bajar”.

FE EN EL PERIODISMO
Aunque no todo son tertulianos histriónicos e informadores interesados. También hubo algunos periodistas, como Mike Van Sickler, que lo vieron venir e investigaron a fondo la cadena especulativa, la especie de pirámide de Ponci en que se había convertido el sobrecalentado mercado inmobiliario. Este informador, pese a todas las dificultades que encontró en sus investigaciones, mantiene su fe en el periodismo de calidad y en su vital importancia para la sociedad:

“Hay que creer en algo (…). Yo no creo en Dios. Creo en esto. Creo en la posibilidad de que el hombre sea mejor cada día, de que como sociedad civilizada seamos mejores cada día. Y el periodismo es el engranaje de esa sociedad que nos ayuda a estar seguros de que las cosas funcionan”.

Porque, como se señala en el siguiente párrafo…

“Durante la mayor parte del siglo XX en Estados Unidos, las cosas habían funcionado como nunca antes en la historia de la humanidad. Aunque ya no fuera así y la mayoría de los estadounidenses no confiaran en los periodistas como él, ¿qué alternativa quedaba? ¿Quién si no iba a ganarse los oídos y la mirada del público? Los blogs políticos (…) no iban a los ayuntamientos, y Google y Facebook no hacían política en los gobiernos condales”.

LAS BURBUJAS Y EL HECHIZO DE LOS APARATITOS
Esta crítica al papel de las redes sociales se extiende a otros ámbitos tecnológicos y quien mejor la expresa es otro gran protagonista de esta obra: Peter Thiel, millonario de Silicon Valley que se hizo rico apostando por Facebook, Paypal y otros grandes nombres del sector. Thiel analiza así el periodo vivido entre 1982 (el fin de la recesión del gobierno Reagan) y el crak hipotecario de 2007:

“También se podía estudiar este tiempo como una sucesión de burbujas: la de los bonos, la tecnológica, la de la Bolsa, la de los mercados emergentes, la inmobiliaria… Una tras otra habían reventado, lo que demostraba que se trataba de soluciones temporales para problemas a largo plazo, quizás una manera de ocultar esos problemas, distracciones. Tanta burbuja y tanta gente persiguiendo burbujas efímeras al mismo tiempo dejaba claro que había algo fundamentalmente erróneo en cómo funcionaban las cosas”.

De hecho, al propio Thiel le parece que ese Silicon Valley que le ha hecho multimillonario supone, en realidad, un “parón tecnológico”:

“En comparación con el programa espacial Apolo o el avión supersónico, el teléfono inteligente parecía algo menor. En los cuarenta años anteriores a 1973 se produjeron gigantescos avances tecnológicos y los salarios se sextuplicaron. Desde entonces, los estadounidenses habían caído bajo el hechizo de los aparatitos, olvidando lo lejos que podía llegar el progreso”.

Porque, en opinión de Thiel, estas nuevas tecnologías no habían servido para lograr la utopía que se esperaba de ellas:

“Los coches, trenes y aviones no eran muchos mejores que en 1973. El precio cada vez más alto del petróleo y de los alimentos era un reflejo del total fracaso de las tecnologías energética y agrícola. Los ordenadores no habían creado puestos de trabajo suficientes para sostener a la clase media, no habían implicado avances revolucionarios en la fabricación ni en la productividad, no habían elevado el nivel de vida de todas la clases (…). Apple era ‘más que nada, innovación en diseño’. Twitter daría trabajo a quinientas personas durante la siguiente década, ‘pero ¿cuánto valor creará para la economía global?’ (…) Todas las empresas en las que había invertido [incluida Facebook] empleaban algo menos de mil quinientas personas en total”.

El resultado de todo ello es que…

“…la creación de mundos virtuales había sustituido a los avances en el mundo real. ‘Podría decirse que internet es, entre otras cosas, una herramienta de evasión –afirmaba Thiel– (…). Tenemos ante nosotros un mundo real en el que todo es complicado o ha dejado de funcionar, la política es una locura, es difícil elegir para los cargos a las personas apropiadas, el sistema no funciona. Y luego tenemos los mundos alternativos, en los que no hay cosas: solo ceros y unos en un ordenador que puedes reprogramar…”.

Una frase del propio inversor tecnológico resume esta frustración:

“Queríamos coches voladores y lo que hemos conseguido han sido ciento cuarenta caracteres”.

Y el desmoronamiento del mundo real nos ha llevado al punto en el que estamos, desde el que quizás tardemos décadas en recuperarnos… si es que lo conseguimos. A no ser que nos beneficiemos de lo que el entonces presidente de Google, Eric Schmidt, dijo en un congreso tecnológico celebrado en verano de 2012 y al que asistía Thiel. Según Schmidt…

“… la Ley de Moore, según la cual la potencia de los ordenadores se dobla cada dos años, seguiría siendo aplicable al menos otra década”.

La respuesta de Thiel fue contundente:

“Esa es la forma de ver las cosas de Google (…). Si pensamos en dentro de cuarenta años, la Ley de Moore será buena si uno es un ordenador. Pero la pregunta es: ¿hasta qué punto será buena para los seres humanos, cómo se traducirá en progreso económico para los seres humanos?”.

Si alguien que no sea un ordenador tiene la respuesta, por favor que no dude en ponerse en contacto conmigo para que lo cuente en esta bitácora digital.

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Título comentado:

-El Desmoronamiento.George Packer, 2013. Debate/Penguin Rancom House, Barcelona, 2014.

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Una economía sin niños no es economía

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

La historia, que interpreta el pasado para entender el futuro, es la disciplina menos gratificante para una especie moribunda”.

Y si la historia deja de tener sentido porque ya no hay futuro, menos sentido tiene aún la economía. La escritora británica Phyllis Dorothy James (1920/2014), conocida como P.D. James, nos narra en su novela “Hijos de hombres” un escenario demográfico de ficción pero que estremece, sobre todo mientras en algunos países, como el nuestro, se reduce la población: ¿Se imaginan un mundo en el que, de pronto, dejaran de nacer niños? ¿Cómo cambiarían la sociedad, la cultura, la política y, por supuesto, la economía?

Demografía y economía son dos disciplinas interrelacionadas. Todo el mundo está de acuerdo en que un excesivo crecimiento de la población es un serio problema económico para un país (que se lo digan a China y su polémica política del “hijo único”). Pero también es evidente lo contrario: un retroceso demográfico dificulta, e incluso puede llegar a frenar, el desarrollo económico.

Los últimos datos nos dicen que en España ya nace cada año menos gente de la que fallece. A esto se suma que el flujo migratorio se ha invertido (no sólo vienen menos inmigrantes, sino que muchos de ellos retornan a sus países de origen, al tiempo que cada vez más españoles, sobre todo jóvenes, emigran como en los años sesenta). El resultado es un retroceso demográfico que, aunque alivie la presión sobre el desempleo, reduce la demanda interna y puede convertirse en un lastre para la ya lenta recuperación económica.

Pero imaginen este factor llevado al extremo. Es lo que nos cuenta esta extraordinaria novela, escrita en 1992 y que tuvo en 2006 una versión cinematográfica bastante libre pero muy interesante, dirigida por Alfonso Cuarón y protagonizada por Clive Owen, Julianne Moore y Michael Caine. Todo comienza por lo que parece una simple crisis demográfica, quizás similar a la que ahora vivimos en algunos países:

Hubiéramos debido darnos por advertidos a comienzos de los años noventa. Ya en 1991, un informe de la Comunidad Europea señalaba un notable descenso en el número de niños nacidos en Europa: 8,2 millones en 1990, con disminuciones particularmente pronunciadas en los países católicos. Creíamos saber las razones, que el descenso era deliberado, consecuencia de actitudes más liberales respecto al control de natalidad y el aborto, el aplazamiento del embarazo por parte de las profesionales dedicadas a sus carreras, el deseo de un nivel de vida superior por parte de las familias”.

¿Les suena? La acción comienza el 1 de enero de 2021, justo al día en que fallece, a causa de una pelea en un bar, el último ser humano nacido en la Tierra. Muere a los 25 años, pues había nacido en 1995… el último año en que se registraron nacimientos en nuestro planeta. Como consecuencia de una inexplicable epidemia de esterilidad masculina cuyo fundamento científico es imposible de encontrar, no hay nacimientos desde 1995, bautizado como el año Omega. Por tanto, lo previsible es que la raza humana se haya extinguido, como mucho, en apenas un siglo, cuando ya hayan muerto todos los nacidos en 1995. Un profesor británico de historia (esa ciencia que deja de tener sentido), un hombre solitario en la cincuentena y que atropelló en un trágico accidente a su propia hija, nos narra cómo ha cambiado ese mundo que, sin hijos, pierde también la esperanza y el sentido de casi todo, incluida, por supuesto, la economía.

Después de Omega, cuando el país se sumió en la apatía, sin que nadie quisiera trabajar, con los servicios casi interrumpidos, la delincuencia incontrolable, toda esperanza y ambición perdidas para siempre, Inglaterra se convirtió en una fruta madura para que él la recogiera”.

Y ese “él” es un dictador, Xan, convertido en el “Guardián de Inglaterra”, que toma el control y ofrece a la población lo único que necesita:

Viven sin esperanza en un planeta moribundo. Lo único que quieren es seguridad, comodidad y placer. El Guardián de Inglaterra puede prometerles las dos primeras cosas, que ya es más de lo que la mayoría de los gobiernos extranjeros consigue hacer”.

Seguridad, comodidad y placer. Un trío poderoso, convincente y… peligroso. Porque en definitiva supone renunciar a lo que un protagonista de la novela define como lo que debería hacer un “gobierno solvente”:

–¿Qué entiende por un gobierno solvente? –preguntó Julian.
–Buen orden público, ausencia de corrupción entre los altos cargos, ausencia de miedo a la guerra y el crimen, una distribución razonablemente equitativa de la riqueza y los recursos, preocupación por la vida del individuo.
–En tal caso no tenemos un gobierno solvente –opinó Luke.
–Tal vez tengamos el mejor gobierno posible en las actuales circunstancias…”.

Seguro que todos votaríamos, en esta España electoral de 2015, a quién nos garantizara este programa de gobierno solvente, en el que además se cita expresamente que haya “ausencia de corrupción entre los altos cargos”. Pero quizás algunos votantes actuales quieran limitarse a aceptar seguridad y comodidad, a cambio de renunciar a todo lo demás. O sueñen incluso con otro concepto más económico de gobierno que aparece en esta novela: un “gobierno generoso”:

La generosidad [afirma el dictador Xan cuando le reprochan haber restringido la inmigración] es una virtud propia de los individuos, no de los gobiernos. Cuando los gobiernos son generosos, es siempre con el dinero de otros, la seguridad de otros, el futuro de otros”.

…Y generando el déficit y las deudas que tendremos que pagar otros, podríamos añadir para completar la reflexión. Seguridad y comodidad, pero nada de generosidad en un mundo sin esperanza.

IMPORTACIÓN DE JÓVENES
Porque no hay nada de generosidad en facilitar la inmigración, pues esa Inglaterra moribunda lo hace sólo para cubrir necesidades económicas básicas de una población cada vez más envejecida. Y para dejarlo más claro, se habla incluso de “importación de jóvenes”:

–¿Le parece justo que haya un edicto que prohíba emigrar a nuestros omegas [se llama así a los últimos nacidos, la generación de 1995]. Pero importamos omegas y jóvenes de los países más pobres para que hagan los trabajos sucios, limpien las alcantarillas, cuiden a los incontinentes y a los ancianos.
–Están ávidos por venir, supongo que porque encuentran una mayor calidad de vida (…).
–Vienen a comer (…). Luego, cuando se hacen viejos, el límite de edad son los sesenta años, ¿verdad?, los envían de vuelta tanto si quieren como si no”.

Esto también suena bastante actual. Sobre todo cuando, después de “importar” masivamente inmigrantes, ahora estamos “exportando” población que se marcha ante la falta de expectativas económicas. Pero el límite de edad no está ya en esos sesenta años en los que se supone que entras en la vejez (lo que multiplica los gastos públicos en pensiones y en esa sanidad cada vez más restrictiva para los inmigrantes), sino que ha bajado a menos de la mitad: son nuestros jóvenes los que se van, “tanto si quieren como si no”… huyendo del paro.

Quedarse sin jóvenes con capacidad de trabajar es el primer efecto económico evidente de una interrupción súbita de los nacimientos. Pero hay muchos otros. ¿Qué pasaría, por ejemplo, con el mercado inmobiliario? Directamente, desaparecería. El protagonista, que habita en solitario una gran casa de Oxford, lo explica así:

Esta estrecha casa de cinco pisos es demasiado grande para mí, naturalmente, pero con el actual descenso de la población no es muy probable que me critiquen por no compartir lo que me sobra. No hay estudiantes que reclamen a gritos una habitación de alquiler, ni jóvenes familias sin hogar que remuerdan la conciencia social de los más privilegiados”.

Además, el campo poco a poco se desertiza, ya que las autoridades animan a que la decreciente población se concentre en núcleos urbanos, donde es más fácil suministrar, con recursos cada vez más escasos, las necesidades básicas, pues…

…el Guardián había prometido mantener el suministro de luz y energía, a ser posible hasta el final”.

Entre esas necesidades básicas destaca una: la seguridad. Lo explica uno de los consejeros del Guardián de Inglaterra, para justificar la existencia de la Colonia Penal de Man, la isla donde se abandona a los delincuentes a su suerte, sin ningún tipo de sistema penitenciario, entre otras cosas porque no hay recursos ni personal para mantenerlo:

–En cuanto a lo de emplear un gobernador o funcionarios de prisiones que impongan el orden… ¿Dónde piensa encontrarlos? (…) El pueblo ya está harto de delincuentes y delincuencia (…) Se ha intentado de todo para curar la criminalidad del hombre (…). Ahora, desde Omega, el pueblo nos ha dicho ‘basta’. Sacerdotes, psiquiatras, criminólogos… Ninguno ha encontrado respuesta. Lo que nosotros garantizamos es la desaparición del miedo, de la escasez, del aburrimiento. Las restantes libertades carecen de sentido cuando no se está libre del miedo”.

UNA INDUSTRIA MONTADA EN TORNO AL DELINCUENTE
¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, se ha recurrido al miedo para recortar libertades? Simplificar el sistema penal, aislar a los delincuentes en una isla donde deben matarse entre ellos para subsistir, es una receta fácil y, además, barata, económica, como explica el propio Xan en este mismo diálogo:

Sin embargo, el antiguo sistema no estaba completamente desprovisto de ventajas, ¿verdad? La policía estaba bien pagada. Y a las clases medias les iba muy bien así: educadores, asistentes sociales, magistrados, jueces, funcionarios de justicia… Toda una provechosa industria montada en torno al delincuente. Tu profesión, Felicia, [se dirige a una consejera antigua jurista] era de las que más se beneficiaba, ejerciendo sus costosas funciones legales para conseguir que la gente fuese condenada de modo que sus colegas pudieran tener la satisfacción de trastocar el veredicto en los tribunales de apelación. En la actualidad, fomentar la delincuencia es un lujo que no podemos permitirnos, ni siquiera para proporcionar un confortable medio de vida a los liberales de clase media”.

La justicia, como tantos otros servicios públicos, convertida en un “lujo”. Otra de las estremecedoras paradojas de un mundo moribundo. Pero no la única. Desaparecen sectores productivos enteros (entre ellos, uno de los primeros, por razones obvias, el del juguete), es el fin de la ecología y de los esfuerzos por proteger la naturaleza (“¿Por qué conservar lo que iban a tener en abundancia?”) y, por supuesto, se termina la protección social para los ancianos dependientes: el gobierno fomenta suicidios colectivos –en apariencia voluntarios pero en realidad organizados por las fuerzas del orden– para eliminar a la población que ya no puede valerse por sí misma.

Este escenario social, política y económicamente apocalíptico, sufre un inesperado giro final, que no desvelaré. Y, sobre todo, nos hace reflexionar sobre la importancia de un adecuado equilibrio demográfico que no adelante en la historia del hombre la cita bíblica tomada para justificar el título de esta impresionante novela:

Señor, Tú has sido nuestro refugio, de una generación a otra. Antes de que existieran las montañas o fueran creados la tierra y el mundo: Tú eres Dios de lo perdurable y mundo sin fin. Tú vuelves al hombre a la destrucción; de nuevo dices: Venid de nuevo a mí, hijos de hombres. Pues un millar de años a tus ojos son como ayer, pues ves lo pasado como un vigía de la noche”.

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Título comentado:

-Hijos de hombres. P. D. James, 1992. Ediciones B, Barcelona, 1994.

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A falta de pan se derrochaban palabras

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

A decir verdad, la situación del país en aquel año de 1919 era la peor que habíamos atravesado jamás. Las fábricas cerraban, el paro aumentaba y los inmigrantes (…) fluían en negras oleadas a una ciudad que apenas podía dar de comer a sus hijos (…). Y, naturalmente, los sindicatos y las sociedades de resistencia habían vuelto a desencadenar una trágica marea de huelgas y atentados (…). Pero los políticos, si estaban intranquilos, lo disimulaban. Inflando el globo de la demagogia intentaban atraerse a los desgraciados a su campo con promesas tanto más sangrantes cuanto más generosas. A falta de pan se derrochaban palabras y las pobres gentes, sin otra cosa que hacer, se alimentaban de vanas esperanzas”.

Es la Barcelona de las huelgas revolucionarias y la crisis coincidente con el fin de la Primera Guerra Mundial. El marco en el que se desenvuelve la empresa Savolta, dedicada a la fabricación de armamento, cuyo desarrollo está trufado de corrupción, evasión fiscal, gansterismo empresarial… Leer su historia es como abrir cualquier periódico de hoy mismo. Aunque lo que más nos suena, lo que nos resulta más actual, es esa actitud demagógica de los políticos que “a falta de pan derrochaban palabras” con sus promesas “sangrantes” y “generosas”.

En este 2015 multi-electoral y aún en plena crisis económica (por más que algunos se afanen en vender optimismo), cobra especial relevancia la primera novela de Eduardo Mendoza, “La verdad sobre el caso Savolta”. Publicada en 1975 (el año en que murió Franco), está considerada un hito de la literatura española de la Transición. Aunque, como su autor reconocía recientemente, cuando la escribió… “¡claro que yo no sabía que estaba escribiendo novela de la Transición! Entre otras cosas ¡porque no sabía que iba a haber una Transición! Eso en 1971 no estaba ni en los sueños” (entrevista a Eduardo Mendoza realizada por Juan Cruz,“El País”, suplemento “Babelia” nº 1.207, de 10 de enero de 2015).

En cualquier caso, esta novela supuso un gran cambio para la narrativa española, que en aquellos años parecía arrinconada por el ensayo. Y lo supuso por muchas cosas, como sus continuos saltos en el tiempo, el recurso a intercalar la narración con supuestos documentos oficiales, artículos periodísticos, interrogatorios judiciales… Pero, además, su contenido económico es muy notable, tanto por las descripción que hace de la crisis de aquellos años –particularmente dura en una ciudad como Barcelona–, como por toda la trama en torno al auge y decadencia de una empresa fabricante de armamento que, por métodos corruptos e ilegales (que no desvelaré aquí para no destripar la historia), se sube al carro de la Primera Guerra Mundial.

EL SUBMUNDO DE LOS NEGOCIOS
El contenido económico y empresarial que Eduardo Mendoza incluye en su novela deriva de su propia experiencia profesional. Como señala en la entrevista ya citada, el azar le lleva a trabajar en el caso de Barcelona Traction, que en los años sesenta se ve en el Tribunal de la Haya. La empresa tiene que ver con la revolución industrial catalana de principios del XIX y Mendoza trabaja en el caso porque es abogado “y porque tengo el francés y el inglés bien sabidos. Y entonces tengo que entrar en los archivos de esa compañía. Así que tengo acceso a una historia del submundo de los negocios, de los trapicheos y el politiqueo de los primeros años del siglo XX en Cataluña; y eso pasa por la Primera Guerra Mundial, por el espionaje”.

Con una materia prima tomada directamente de la realidad, Mendoza construye ese “caso Savolta” mezcla de novela negra, historia empresarial y descarnada crónica política y social de una época de crisis. Nos la cuenta uno de los protagonistas de la novela, el periodista Domingo Pajarito de Soto:

Pues ¿qué sucedió sino que la prosperidad inmerecida de los logreros, los traficantes, los acaparadores, los falsificadores de mercaderías, los plutócratas en suma, produjeron un previsible y siempre mal recibido aumento de los precios que no se vio compensado con una justa y necesaria elevación de los salarios? Y así ocurrió lo que viene aconteciendo desde tiempo inmemorial: que los ricos fueron cada vez más ricos, y los pobres, más pobres y miserables cada vez.

Ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más pobres. ¿Les suena? En este ambiente, las críticas del cronista contra el grupo Savolta son tan agrias como la siguiente, en la que denuncia…

…la conducta incalificable y canallesca de cierto sector de nuestra industria; concretamente, de cierta empresa de renombre internacional que, lejos de ser semilla de los tiempos nuevos y colmena donde se forja el provenir del trabajo, el orden y la justicia, es tierra de cultivo para rufianes y caciques, los cuales, no contentos con explotar a los obreros por los medios más inhumanos e insólitos, rebajan su dignidad y los convierten en atemorizados títeres de sus caprichos tiránicos y feudales”.

Para acallar estas denuncias, publicadas en el periódico “La Voz de la Justicia”, la empresa recurre a un truco utilizado muchas veces, incluso en tiempos recientes: contratar al periodista crítico para que realice un informe sobre la compañía. No hace muchos años, en la Asociación de Periodistas de Información Económica (a la que pertenezco) se desarrolló una campaña contra los llamados “sobrecogedores”, es decir, informadores que escribían al dictado de intereses empresariales. Pese a esa campaña impulsada por los profesionales que queríamos mantener a toda costa la independencia y el prestigio, me temo que la práctica de coger sobres (tan de moda recientemente gracias a Bárcenas y sus amigos) nunca fue extirpada del todo. Pero el periodista de “La verdad sobre el caso Savolta” no se deja comprar y su relación con la empresa acaba de un modo que no desvelaré aquí. Como hacerlo sería destripar la novela, tampoco detallaré las delictivas prácticas a las que recurre la compañía. Sí les adelanto que son todo un manual de corrupción, fraude y supercherías varias.

LA BANCA SE PONE DE CULO
La banca tampoco se libra de críticas por su papel en momentos de crisis. Durante una divertida escena, en una fiesta de la alta sociedad catalana, industriales y banqueros se enfrentan en un diálogo cargado de mala leche:

Los industriales habían acorralado a un obeso y risueño banquero y descargaban sus iras en él.
–¡No me diga usted que los bancos no se han puesto de culo! –exclamaba uno de los industriales señalando al banquero con la punta de su cigarro.
–Actuamos con cautela, señor mío, con exquisita cautela –replicaba el banquero sin perder la sonrisa–. Tenga usted en cuenta que no manejamos dinero propio, sino ahorros ajenos, y que lo que en ustedes es valentía en nosotros sería fraudulenta temeridad.

Como la que, por cierto, desarrollaron muchas entidades financieras durante la reciente burbuja inmobiliaria, sin ir más lejos. Pero ante este argumento del banquero, técnicamente irreprochable, los industriales no se arrugan y vuelven a la carga:

–¡Puñetas! –bramaba el otro industrial, cuyo rostro se tornaba rojo y blanco con pasmosa prontitud–. Cuando las cosas van bien, ustedes se hinchan a ganar…
–¡Y a estrujar! –terció su compañero.
–… y cuando van torcidas, se vuelven de espaldas…
–¡De culo, de culo!
–… y se hacen los sordos. Arruinarán al país y aún pretenderán haberse comportado como buenos negociantes.
–Yo, señores, tengo mi sueldo, que no varía de mes en mes –respondió el banquero–. Si actuamos como lo hacemos no es por lucro personal. Administramos el dinero que nos han confiado.
–¡Puñetas! Especulan con la crisis.
–También sufrimos nuestras derrotas, no lo olviden ni me obliguen a recordar casos dramáticos.

Toda una lección, escrita en 1971 y publicada en 1975, que ilustra las complejas relaciones entre banca e industria. Algo que –como algunas de las malas prácticas de empresarios corruptos y políticos demagogos descritas por esta novela– no ha cambiado demasiado cuatro décadas y varias crisis después.

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Título comentado:

-La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza, 1975. Seix Barral, Barcelona, Duodécima impresión, junio 2014.

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