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Syriza gana de chiripa… y demuestra que así no Podemos

Las propuestas populistas es lo que tienen: duran lo que dura la campaña electoral. Las otras también, es cierto. Pero es porque los partidos tradicionales y los gobiernos que sustentan han renunciado a un pensamiento económico propio. Rendidos al pensamiento económico único (y más bien austero de neuronas), se olvidan del auténtico compromiso europeo (que no sólo es el compromiso de pagar las deudas) y pierden elecciones que los nuevos partidos rompedores ganan de chiripa, como Syriza en Grecia. Pero estos últimos, carentes también de un pensamiento económico original (algunos ni siquiera han mostrado todavía programa y/o pensamiento económico alguno), comprueban pronto que su lema debería ser “así no Podemos, aunque queramos”, quizás porque los partidos emergentes tampoco saben bien lo que quieren.

En esta disyuntiva y, ante la falta de propuestas sólidas desde una u otra casta, los mercados (que no son un ente oscuro, sino señores que han prestado dinero y que disponen de excedentes para invertir) no están tranquilos, aunque se hayan calmado un poco tras el nuevo pacto entre Grecia y la Unión Europea. Porque la victoria de chiripa/Syriza/Tsipras en Grecia y su posterior bajada de pantalones (que no de corbata) ante la Merkel han dado cuatro meses de prórroga a la incertidumbre, pero los problemas seguirán ahí. O, más bien, el problema seguirá ahí. Porque el problema, el Gran Problema (así, con mayúsculas) no es Grecia –un pequeño país que apenas supone el dos por ciento de la economía comunitaria–, sino la probada incompetencia de la Unión Europea y de la Troika al completo para enfrentarse a la cuestión griega o a cualquier otra parecida que surja en el futuro. Y todo ello, mientras las recetas de austeridad siguen atenazando a Europa en un crecimiento ridículo y en una espiral deflacionaria, la peor combinación económica posible para los sufridos ciudadanos.

No hay más que ver las soluciones que proponen Merkel y sus socios más serviles (como Rajoy, sin ir más lejos), comprobar los efectos que han causado –en Grecia, por ejemplo, la destrucción del 25 por ciento de su PIB, algo parecido a lo que hubiera causado una guerra civil– y ratificar que, ante tales efectos, la única respuesta europea es más de lo mismo. Sí, ya sabemos que Syriza llegó al poder con un cuento irrealizable de economía ficción, pero ya hemos visto los resultados de dos rescates a puro golpe de austeridad. Pensar que con esa única receta encontraremos una solución es tan de economía ficción como las propuestas de los emergentes partidos tachados de populistas (como si no fuera también populista ganar elecciones prometiendo crear millones de puestos de trabajo, o no tocar las pensiones, la educación y la sanidad… ¿les suenan estas promesas, hechas muchos años antes de Podemos?). Machacar otro diez o quince por ciento de su PIB no va a ayudar a Grecia a salir del hoyo. Y esto Merkel lo sabe, pero como es tan populista que también confía en seguir ganando elecciones de chiripa, nunca se lo querrá decir a sus votantes, a quienes es más fácil seguir contándoles eso de que los del sur somos cigarras vagas y los del norte laboriosas hormigas. A lo mejor Merkel prefiere que se hunda también el gobierno de Tsipras, que haya nuevas elecciones y que vuelvan al poder los mismos que manipularon las cuentas del Estado griego, que dejaron al país enfangado en la corrupción y la economía negra… O quizás en Berlín prefieran que lleguen al gobierno heleno los simpáticos nazis de Aurora Dorada, deseosos (como los ultras franceses de Le Pen) de abandonar el euro y caminar aceleradamente hacia un tercermundismo en el que sea más fácil montar un régimen dictatorial en el que no haya que hacer más promesas electorales, porque tampoco habrá elecciones.

Seguir en el euro

Porque que Grecia abandonara el euro si no aceptaba las recetas europeas fue otro argumento esgrimido desde Alemania. No parecían importar a los dirigentes germanos los dramáticos efectos de salir del euro: un previsible desplome del 30 por ciento en la nueva moneda helena (fuera el dragma o un “euro B”), un nulo alivio de la deuda (que seguiría denominada en euros), un destrozo adicional en el poder adquisitivo de los ciudadanos, una sequía definitiva de los depósitos en euros que aún quedan en los bancos griegos y el surgimiento de un mercado negro (con tipos de cambio para el euro y el dólar muy alejados del tipo oficial de la nueva moneda) que agrandaría más aún una economía sumergida que se estima ya en el 25 por ciento del PIB griego. Sólo la semana previa al acuerdo final con los socios europeos (ratificado por los ministros de Finanzas de la eurozona el 24 de febrero), los griegos retiraron unos 3.000 millones de euros en depósitos, frente a 2.000 millones de la semana anterior, según cálculos de JP Morgan. En los dos primeros meses de 2015, han volado de los bancos griegos unos 25.000 millones de euros, el 15 por ciento del total del dinero depositado por los helenos en depósitos bancarios. Una cifra que deja en ridículo los 15.900 millones en vencimientos de deuda que Grecia debe afrontar hasta junio de 2015, o los 7.600 millones que están pendientes de entregar al país como parte del segundo programa de rescate. Recuerden que el rescate de Bankia (que sí, fue un rescate, pese a que Rajoy dijera en el debate sobre el Estado de la Nación que no había existido tal cosa) supuso 22.000 millones de euros, dinero suficiente, por ejemplo, para financiar las pensiones españolas por desempleo durante un año.

Estas cifras, para un estado cuya economía es similar en tamaño a la catalana (aunque con cuatro millones más de habitantes), ilustran de qué modo las recetas de austeridad siguen hundiendo a Grecia. Tsipras ha aceptado una nueva tanda de ajustes: medidas de ahorro en el 56 por ciento del gasto (a ver cómo lo consigue sin afectar a salarios ni pensiones), reducción de las prejubilaciones, lucha contra el fraude fiscal (realmente necesario en un país en el que evadir al fisco es un deporte nacional)… ¿Será esto suficiente? ¿Será siquiera posible? Por centrarnos sólo en el tema fiscal, digamos que la lucha contra el fraude recaudó en España más de 12.300 millones de euros en 2014, cantidad equivalente a un 1,2 por ciento del PIB. Pero el PIB griego es cinco veces más pequeño que el español y los recientes esfuerzos por aflorar dinero negro se han quedado en niveles de unos 500 millones de euros al año. Syriza anunció en su momento que recaudaría 11.000 millones de euros adicionales para financiar un plan de emergencia social. Misión imposible.

De momento, los ingresos fiscales griegos cayeron un 17 por ciento en enero de este año. Grecia está en recesión, por lo que difícilmente puede subir la recaudación fiscal. Las optimistas previsiones de la Comisión Europea esperan que el PIB heleno aumente un 2,5 por ciento en 2015 (tras haber retrocedido un 25 por ciento por efecto de la austeridad ligada a los rescates). Hasta el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker (un luxemburgués que debería abstenerse de abrir la boca sobre nada, y menos sobre impuestos, mientras su país siga siendo un paraíso fiscal dentro de la Unión Europea), reconocía el 18 de febrero que durante la gestión de los rescates “hemos pecado contra la dignidad de los ciudadanos en Grecia, en Portugal y, a menudo, en Irlanda”. Y se quedó tan ancho. No sólo no dimitió, sino que siguió –desde la Troika de la que forma parte–apretando a Grecia para que persista en los planes de austeridad y se olvide de las promesas de Syriza de no pagar la deuda, frenar las privatizaciones, etcétera, etcétera.

Plan de inversiones

¿Por qué Europa no se replantea esta estrategia de mantener la austeridad a toda costa? Para pagar su deuda, Grecia necesita dos cosas: más tiempo y una economía que crezca, no que mengüe trimestre a trimestre o que arroje crecimientos anémicos. Lo que Grecia necesita (y sus acreedores también) es un fuerte plan de inversiones europeas que renueve las estructuras económicas del país, que le saque del monocultivo del turismo (las exportaciones helenas retrocedieron un 2 por ciento el año pasado, pese a la depreciación del euro y al hundimiento de los salarios). Y, por supuesto, hay que alargar los plazos de la deuda (incluso convertir una parte en perpetua) y el Banco Central Europeo debe volver a canjear deuda griega por bonos europeos (algo que dejó de hacer el 10 de febrero, como medida presión frente al nuevo Gobierno de Syriza). Y, ya puestos, Europa debería poner de una vez en marcha los eurobonos, ya que si el capital es lo único que realmente está globalizado, también debería estarlo la deuda (a ver si los europeos del norte se enteran de que la deuda del sur también es responsabilidad suya, quieran que no, porque han sido corresponsables de ella prestando alegremente, entre otras cosas).

El euro y la Unión Europea necesitan un plan global para evitar que cada crisis, incluso de un minúsculo país como Grecia, no suponga un paso atrás y nuevos terremotos en los mercados. Y ese plan pasa por replantear los compromisos europeos. Porque Merkel y sus amigos insisten mucho en que hay que cumplir los compromisos de la deuda. ¿Pero qué pasa con los compromisos de la Carta Social Europea y de la Constitución Europea, ratificados por todos los parlamentos nacionales? Al violar sistemáticamente esos compromisos que claman por la igualdad de los europeos y por sus derechos políticos, pero también sociales y económicos, no sólo se está atentando contra la dignidad de los ciudadanos (como reconoció el hipócrita Juncker), sino contra una unidad de los pueblos europeos y de sus objetivos de paz, democracia y crecimiento estable. Que no lo olviden en los despachos de la Troika. Porque si no avanzamos, si no comenzamos a cumplir todos los compromisos europeos (y no sólo los de pagar la deuda), lo que nos espera no es tratar con partidos como Syriza, Podemos y demás (que serán populistas, pero demuestran ser también capaces de pensar, de dialogar y de explorar otras vías siempre democráticas), sino con Aurora Dorada, Le Pen o gentuza aún peor. ¿Es eso lo que quieren de verdad, por ejemplo, los alemanes, que deberían estar más vacunados que nadie contra el nazismo?

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