Monthly Archives: diciembre 2014

Cómo el mundo cayó en la red

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“–¿Ves, esto, problemas en camino?

–Sólo esta extraña sensación sobre internet, que se ha acabado, no me refiero a la burbuja tecnológica ni al 11 de septiembre, sino a algo fatal en su propia historia. Que ha estado ahí desde el principio. (…) Piénsalo bien, cada día hay más pringados pasivos y menos usuarios informados; los teclados y las pantallas se han convertido en puertas a sitios web donde sólo hay aquello que les interesa a los Administradores, para hacernos adictos: compras, juegos, guarradas para hacerte pajas, basura inacabable en ‘stream’…”.

 Se lo dice un experto en internet a Maxine, una investigadora neoyorquina especializada en pequeños delitos económicos y que se dedica a perseguir a estafadores de medio pelo. Es la protagonista de “Al límite”, la última novela del también neoyorquino Thomas Pynchon, considerado por algunos críticos el mejor novelista contemporáneo de los Estados Unidos (aunque en mi modesta opinión ese título correspondería a Richard Ford o a Paul Auster).

“Al límite” es una magnífica novela de intriga, cargada además de economía. La investigadora Maxine Tarnow, la típica judía progresista del Upper West Side, indaga en las cuentas de una curiosa empresa “puntocom”, superviviente al reciente estallido de la burbuja. Pero sus pesquisas se complican cuando comienzan a aparecer extraños personajes, desde mafiosos rusos a sicarios de organizaciones neoliberales, pasando por una gran variedad de blogueros y piratas informáticos. Maxine percibe que los movimientos financieros de esa empresa responden a una trama siniestra. Y en esto, la acción, que comienza en la primavera de 2001, llega hasta el 11-S de ese mismo año, cuando Estados Unidos sufrió los salvajes atentados.

UNA ECONOMÍA SIN PRINCIPIOS

Al margen de la compleja trama (que no voy a destripar), lo más atractivo de esta novela lo constituyen sus reflexiones sobre las empresas de internet y la multitud de corruptelas económicas que florecieron en su entorno, ligadas además a una nueva economía sin principios (la misma cuyos dañinos efectos aún estamos sufriendo):

“Cuando comencé en la profesión, ‘ser republicano’ no implicaba más que una codicia con principios. Organizabas todo para que tú y tus amigos salierais bien parados, te comportabas con profesionalidad y, sobre todo, ponías el trabajo y te llevabas el dinero después de haberlo ganado bien. Bien, pues me temo que el partido ha caído en una época oscura. Esta nueva generación…, es algo casi religioso. El milenio, los últimos días, ya no hace falta ser responsable con el futuro. Les han quitado un peso de encima. El niño Jesús maneja la cartera de valores de los asuntos terrenales y nadie le echa en cara su participación en la cuenta…”.

Se lo dice a Maxine el socio derechista de un destacado bufete de valores de la Sexta Avenida, un personaje tan original como todos los que pueblan esta novela y que disfrutarán mejor los lectores conocedores del escenario: esa ciudad de Nueva York y, sobre todo, esa Gran Manzana en la que, como se queja la protagonista, el famoso ex fiscal de Wall Street y en esos momentos alcalde, Rudolph Giuliani…

“…sus amigos urbanistas y las fuerzas de la corrección pequeñoburguesa han barrido la zona, disneyficándola y esterilizándola”.

NEGOCIOS CON EL 11-S

Maxine se refiere a un barrio concreto, pero lo que afirma es aplicable a todo la Gran Manzana, donde en aquellos tiempos no había aún masas de turistas haciéndose fotos con los policías en Times Square. Claro que tampoco había llegado aún el 11-S. Aunque estaba a punto. Y la novela no sólo cuenta el impacto de aquella brutalidad, sino que analiza también algunos curiosos movimientos previos en los mercados de valores: se los explica el marido de Maxine a sus hijos justo el domingo antes del trágico martes 11 de septiembre:

“–Esta es la Bolsa de Chicago, hacia finales de la semana pasada, ¿veis?, hubo un repentino y anormal aumento de opciones de venta de United Airlines. Miles de opciones de venta, pero muy pocas de compra. Pues bien, hoy sucede lo mismo con American Airlines.

–Una opción –dice Ziggy– ¿es como vender en corto?

–Sí, es cuando esperas que baje el precio de la acción. Y el volumen negociado se ha disparado, mucho, sextuplica el normal.

–¿Y sólo en esas dos líneas aéreas?

–Ajá. Raro. ¿Verdad?

–Información privilegiada –le parece a Ziggy.”

 Y en efecto la hubo. Ciertos grandes inversores, quizás incluso el propio Bin Laden y algunos de sus amigos, tomaron posiciones bajistas en el mercado de derivados, a la espera de que las acciones de las compañías aéreas se hundieran tras los atentados del 11-S. Como es lógico, acertaron y se forraron. Y no sólo con las líneas aéreas:

“–El jueves y el viernes [anterior al 11-S, como vuelve a explicar el marido de Maxine] también hubo ratios distorsionados de opciones de compraventa para Morgan Stanley, Merrill Lynch y un par más como ellas, todas inquilinas del Trade Center. Como investigadora de fraudes, ¿qué te sugiere? (…).

–Jugadores misteriosos que sabían qué iba a pasar. ¿Extranjeros, quizá?, ¿de los emiratos, por decir algo?”

La protagonista alude a un posible dinero de los Emiratos no por casualidad, sino porque sus investigaciones sobre las cuentas de la “puntocom” han descubierto las prácticas “hawala”, el informal sistema de transferencias de dinero usado tradicionalmente en el mundo árabe. Su funcionamiento se lo explican a Maxine de este modo:

“…es una forma de mover dinero por el mundo sin el código SWIFT ni tasas bancarias ni ninguno de los obstáculos que te ponen el Chase y los demás. Cien por cien fiable, tarda ocho horas como máximo. Sin rastro documental, sin regulaciones, sin vigilancia”.

Precisamente la “puntocom”, denominada hashslinggrz (así, con minúscula inicial, siguiendo las estúpidas reglas ortográficas de moda en internet), utiliza un “hawala”…

–(…) para sacar dinero del país.

–Y mandarlo al Golfo, mira tú. Ese ‘hawala’ en concreto tiene su sede en Dubái. Además (…) para llegar al lugar [de las bases de datos de la empresa] en que se ocultan los libros de hashslingrz, te hacen pasar por rutinas muy complejas escritas en ese, cómo llamarlo, ese extraño árabe (…). Todo está convirtiéndose en una película del desierto.”

PITUFEAR OPERACIONES

Y es sólo uno de los muchos procedimientos irregulares que Maxine va desvelando, como lo de hacer falsas facturas con empresas inexistentes, llevar contabilidades paralelas o dispersar las operaciones:

“Las operaciones se ‘pitufean’, que en nuestro argot quiere decir que se fraccionan y dispersan por todo el mundo a través de cuentas de transferencias radicadas en Nigeria, Yugoslavia y Azerbaiyán, hasta que el dinero acaba finalmente en un banco tenedor en los Emiratos, una sociedad instrumental registrada en la Zona Franca de Jebel Ali. Como la Aldea de los Pitufos, pero más mona”.

Es sólo una de las irregularidades financieras que aparecen en la novela, muchas de las cuales han sido también muy frecuentes en España (que se lo digan a los implicados en las tramas Gürtel y Púnica). En “Al Límite” se cuenta también el famoso escándalo Madoff, cuyas inversiones arrojaban un “bonito rendimiento medio, ¿dónde está el problema?”, pregunta un inversor y mafioso ruso a Maxine, quien responde:

“–Que no es medio. Es el mismo todos los meses (…).

–¿Le parece un poco anormal?

–¿En esta economía? Piénselo bien…, y más aún el año pasado, cuando el mercado tecnológico se hundió. No, tiene que ser una típica estafa Ponzi [el famoso timo piramidal, en el que se remunera a los primeros inversores no con los rendimientos de las inversiones, sino con el dinero que ponen los siguientes primos, como hicieron Maddoff o, en España, entidades como Afinsa] (…) Cualquier idiota, no se lo tome personalmente, lo vería. ¿Por qué no interviene la Comisión de Valores, o el fiscal del distrito o quien sea?”

Pero nadie lo vio ni intervino. O nadie quiso verlo ni intervenir hasta que no fue demasiado tarde. Era sólo el principio del cúmulo de irregularidades financieras que florecieron a comienzos de este siglo y cuyas consecuencias brutales se destaparon con la llamada “crisis subprime” de 2007, cuyos efectos aún estamos padeciendo. Es la otra gran lección económica de esta novela: igual que caímos en esa red de internet que nos tiene atrapados, nos dejamos enganchar en la gran estafa financiero global que desencadenó esta gran crisis económica de la que aún tardaremos mucho en salir.

Así que, tomen nota de lo que significa estar “Al límite”: entrar en una red, en cualquiera (social, cibernética, financiera…), implica el serio riesgo de que, antes o después, te pesquen como a un besugo.

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Título comentado:

-Al Límite. Thomas Pynchon, 2013. Tusquets Editores, Barcelona, 2014.

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Todos contra todos, en la nueva guerra del petróleo

¡Qué tiempos aquellos, cuando era fácil identificar a cada bando en las continuas guerras del petróleo! El oro negro ha sido un arma política desde que las potencias coloniales trazaron a su capricho las fronteras en Oriente Medio, esas mismas fronteras que están en el origen de casi todos los conflictos en la zona durante los últimos cien años. Pero en el siglo pasado, las llamadas “crisis del petróleo” tenían unos contendientes claros. El embargo de 1973 por la guerra árabe-israelí, la crisis iraní con el ascenso de Jomeini en 1979, la guerra de diez años entre Irán e Irak, las dos posteriores guerras del Golfo, rematadas con la desastrosa invasión de Irak… En todos esos conflictos, el petróleo se utilizaba con la misma contundencia que los carros de combate. Y el mercado reaccionaba siempre de un modo más o menos previsible.

A principios de los ochenta, en los peores momentos de la guerra Irán-Irak, cada vez que un misil caía sobre un barco en las aguas del Pérsico, los periódicos se llenaban de titulares del estilo de “Arde el Golfo”, “Los bombardeos disparan el precio del crudo” o “El oro negro sube por el temor al cierre del estrecho de Ormuz” (por donde salían dos tercios de la producción mundial de crudo). Me acuerdo bien, porque yo entonces, desde el diario “Cinco Días”, redacté muchos de esos titulares. El petróleo se había convertido en algo caro desde el embargo árabe de 1973: aquel año –también me acuerdo, aunque aún era un niño– no hubo luces navideñas en la Gran Vía madrileña. Y desde entonces comenzamos a llamar “oro negro” a un crudo en una permanente senda alcista que dejó grabado en la mente de todos un nuevo y perenne titular: “Crisis energética”. Todos comprendimos que estábamos consumiendo un bien escaso, que podía terminarse y que, además, procedía casi todo de debajo de unas arenas en las que los hombres están matándose unos a otros desde que Caín le partió la cabeza a Abel con la quijada de un asno.

¡Qué tiempos aquellos, cuando en las guerras del petróleo era más o menos fácil saber quién estaba en cada bando! Igual, por lo demás, que en las guerras tradicionales. Pero ahora todo ha cambiado: el barril de crudo ha caído por debajo de los 70 dólares, un precio no visto en los últimos cinco años. Se ha roto así una relativa estabilidad por encima de los 100 dólares (con picos como los 115 dólares que se registraban apenas hace unos meses, en junio de 2014) que parecía tener conformes a casi todos los agentes del mercado. Sin embargo, esos mismos agentes no saben ahora cómo reaccionar, no saben muy bien a qué se debe esta debilidad que amenaza con durar también bastante (pese a los pronósticos de aumento en la demanda a medio plazo)… No saben, en definitiva, de dónde llegan ahora los tiros, quién es el enemigo y quién está en nuestro bando, en el de los consumidores, o en el contrario.

Porque como en otros tiempos recientes (tan recientes como las últimas décadas del siglo XX), con un Oriente Medio sangrando por multitud de guerras lo lógico sería que el petróleo estuviera por las nubes. Ya vemos que el conflicto entre israelíes y palestinos sigue sin resolverse. La guerra en Siria se confunde con la de Irak mientras los locos del Estado Islámico (que, por cierto, también trafican con el petróleo) se empeñan en borrar la frontera entre ambos países. La fallida “Primavera Árabe” y la caída de alguna que otra dictadura (como la de Gadafi en Libia) han dejado un panorama incierto y de tensiones sin resolver ahí mismo, a la orilla sur del Mediterráneo. Irán sigue negociando con su programa nuclear. El yihadismo se alimenta de todo ello y es un factor de protagonismo creciente desde el 11-S. Tampoco ayuda que mucho más cerca, en Ucrania, una de las rutas energéticas vitales entre Rusia y Europa siga en guerra y con tensiones nacionalistas que recuerdan otra vez a la Guerra Fría. En estas circunstancias, de amenaza permanente sobre los suministros de crudo, lo lógico sería pensar en un petróleo tirando a caro. Pero no.

Cierto: Estados Unidos se está convirtiendo en el mayor productor mundial de crudo, gracias a la famosa técnica de la fractura hidráulica que ahora todo el mundo llama fracking pero que deberíamos conocer por su nombre original en latín, ruina montium, pues fueron los romanos quienes la inventaron para extraer minerales (como se ve, por ejemplo, en Las Médulas de León). Se explora y se encuentra cada vez más crudo en aguas profundas, en la costa atlántica de Brasil y Argentina, o incluso en el más cercano litoral de Canarias, frente a cuyas playas no sólo explora Repsol, sino también, unos pocos kilómetros más allá, otras petroleras que operan en aguas territoriales marroquíes (y por las que parecen preocuparse menos los movimientos ecologistas, aunque potencialmente sean casi igual de amenazantes para nuestras islas si hay vertidos descontrolados). Las energías limpias han ganado cuota de mercado. Las políticas de ahorro energético se imponen por doquier… Pero, ¿bastarían todos esos factores para mantener el petróleo tan abajo? ¿Cuáles son los verdaderos “enemigos” que hacen caer el precio del barril? Yo percibo básicamente dos: los propios productores tradicionales y, el más grave de todos, la crisis económica que amenaza con quedarse aún algunos años por aquí.

¿Qué ganan los productores tradicionales con el petróleo barato? Cierto que pierden ingresos (algo compensado sólo en parte por la apreciación del dólar), pero pueden reivindicar su papel de productor sin más problemas que unos largos conflictos que, en definitiva, nunca han llegado a interrumpir totalmente las exportaciones de crudo. En Arabia y sus alrededores (donde, por cierto, nunca sabremos de verdad cuánto petróleo hay, porque llevo décadas leyendo que se acaba y no es así) basta con hacer un agujero en el suelo para que por él salga crudo. Y eso es rentable incluso con el barril en torno a los 10 dólares, siete veces más barato que los ya bajos precios registrados a finales de noviembre y principios de diciembre de 2014. Sin embargo, un petróleo en el entorno de los 70 dólares no sólo supone un obstáculo para las inversiones en energías alternativas (ya hemos visto cómo se han hundido en Bolsa las empresas de renovables), sino que puede comprometer las masivas inversiones necesarias también para desarrollar aún más las explotaciones en aguas profundas y, por supuesto, la extracción mediante fractura hidráulica. No sorprende, por tanto, que los exportadores clásicos, los agrupados en torno a la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), no hagan especiales esfuerzos por reducir su producción y, así, estimular un poco los precios. Además, tampoco pueden arriesgarse: también sienten los efectos de la crisis y necesitan vender petróleo casi al precio que sea para mantener su alto ritmo de vida (en los emiratos del Golfo), sus regímenes siempre al borde de otra “Primavera Árabe” (como en el caso saudí), sus inevitablemente crecientes gastos militares (algo que afecta prácticamente a todos) o su carísimo –y a la postre ruinoso– populismo (cuyo mejor ejemplo es Venezuela, un gran productor que, paradójicamente, es la única economía latinoamericana en retroceso durante los últimos años).

En una situación similar estaría el tercer productor mundial, esa Rusia a la que Putin ha embarcado en una nueva fiebre nacionalista que, de momento, le está costando muy cara, con la fortísima devaluación del rublo incluida y la más que probable entrada en recesión en 2015. Y tampoco se puede arriesgar a decretar un embargo energético (de gas y petróleo) contra “el enemigo occidental”, porque si no vive del oro negro, tiene poco más de lo que vivir. Así que es poco probable que recorte producción de un modo significativo para estimular los precios.

El auténtico causante de estos precios bajos no está ni en las necesidades de unos productores que no pueden permitirse cerrar el grifo, ni en las nuevas técnicas extractivas, ni en el auge de las renovables. El auténtico enemigo del barril caro se llama crisis económica. Europa se enfría y en algunos de sus miembros soplan ya vientos de recesión, hasta el punto de que el Banco Central Europeo y las nuevas cabezas “pensantes” de Bruselas apuestan ya por políticas de estímulo (pese a la cerrazón germana en no gastarse ni un euro más de lo que ingresa); el inútil G-20 por lo menos acaba de hacer una declaración de principios al pactar más de 800 medidas contra el estancamiento económico (será, como siempre, un brindis al sol, pero algo es algo); y todo el mundo mira con inquietud a unos emergentes que ya apenas emergen, a una China que se enfría y a un Japón que vuelve a la recesión.

Con este panorama económico, el mercado de futuros, como siempre, marca tendencia en el precio del petróleo. Y la tendencia parece clara: si buena parte del mundo que aún tiraba de la economía (incluso la prepotente Alemania) se enfría, y la parte que no tiraba no sólo no despega sino que vuelve a asomarse al abismo de la recesión… ¿cómo va a subir el petróleo? Cierto, sus precios bajos nos ayudarán a los países consumidores… pero tenemos que tener también cuidado con el daño colateral que pueden causarnos: esa temida deflación que, combinada con la recesión, genera el peor escenario imaginable,  el mayor enemigo posible para cualquier economía. Se llama estanflación. Y luchar contra ella sería mucho más duro que enfrentarnos a otra guerra del petróleo.

 

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Los robot que mueven los mercados… y nos mueven a nosotros

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

 “Antes imaginábamos que los ordenadores, los robots, se encargarían de realizar los trabajos de baja categoría de nuestras vidas, que se pondrían delantales y se pasearían por ahí y serían nuestras sirvientas (…). De hecho lo que está ocurriendo es todo lo contrario. Tenemos gran cantidad de material humano sobrante, poco inteligente, apto para realizar esos trabajos sencillos de baja categoría, muchas veces con horarios muy prolongados y salarios muy bajos. En cambio, los humanos a los que están sustituyendo los ordenadores pertenecen a las clases instruidas: traductores, técnicos médicos, técnicos jurídicos, contables, operadores financieros”.

Son palabras del doctor Alex Hoffmann, una leyenda de la ciencia que ha creado un software avanzadísimo, el Vixal-4, capaz de detectar lo que de verdad mueve los mercados: el miedo. Basado en un potentísimo algoritmo, este auténtico robot de los mercados opera en ellos con tal agilidad y rapidez que permite al fondo de inversión creado por Hoffmann lograr espectaculares beneficios.

¿Ficción o realidad? Ambas cosas.

La ficción está en que Hoffmann es el protagonista de la novela “El índice del miedo”, del escritor británico Robert Harris (1957). Y su Vixal-4, capaz de ganar dinero con el miedo de los inversores, comienza a ser su pesadilla porque, de algún modo, adquiere vida propia. Harris construye una inteligentísima obra de intriga, Y lo hace, además, con todos los ingredientes que debe reunir una novela de éxito comercial. Estamos ante un auténtico súper ventas, pero de gran calidad narrativa y espléndidamente documentado.

La realidad radica en que, pese a que Harris nos cuenta una ficción, lo cierto es que estos robots que operan en los mercados existen de verdad. Hay quien los llama sistemas automáticos de trading, es decir, del tipo de operativa que más ágilmente responde a cualquier movimiento de los mercados, o incluso a cualquier información que pueda influir en los precios de los activos cotizados. Estos robots ya habitan entre nosotros desde hace mucho tiempo. Y mueven miles de millones del capital más ágil y agresivo. Casi siempre ganan y el pequeño inversor sólo puede aspirar a subirse a tiempo a una tendencia (e intentar aprovecharla) que los robots han detectado antes que nadie, o que incluso en la mayoría de los casos han desencadenado al disparar miles de órdenes de compra y/o de venta que mueven con brusquedad los precios.

De hecho, Harris demuestra un gran conocimiento de los mercados en su novela. Incluso el nombre de su peculiar Frankenstein tecnológico, Vixal-4, remite al índice Vix, utilizado para medir la volatilidad de las cotizaciones. Y la volatilidad, por decirlo de un modo sencillo, no es más que un modo de medir el miedo. El título de la novela lo dice todo.

Al margen de su atractiva trama, lo más brillante de esta obra lo constituyen sus reflexiones sobre la naturaleza humana y sus relaciones con las nuevas tecnologías. Y en estas relaciones, la novela otorga un papel central a la materia prima más codiciada por los inversores: la información. Volvemos a las reflexiones de Hoffmann:

“Los humanos todavía leemos a la misma velocidad a la que leía Aristóteles. El estudiante universitario medio norteamericano lee cuatrocientas cincuenta palabras por minuto. Los más inteligentes pueden llegar a las ochocientas. Eso equivale a unas dos páginas por minuto. Pero el año pasado IBM anunció que está construyendo un nuevo ordenador para el gobierno de Estados Unidos que puede realizar 20.000 billones de cálculos por segundo. La cantidad de información que nosotros, como especie, podemos absorber tiene un límite físico. Hemos llegado al tope. Pero la cantidad de información que puede absorber un ordenador no tiene límite”.

LENGUAJE, IMAGINACIÓN, PÁNICO…

Y esto nos lleva a otro tema. ¿Cómo manejamos los humanos la información? Con algo que, en opinión de este científico de ficción (compartida por muchos otros en la vida real), constituye uno de nuestros grandes logros pero también se convierte en una de nuestras mayores limitaciones: el lenguaje. Nos lo explica el propio Hoffmann:

“Y el lenguaje, la sustitución de objetos por palabras, plantea otro gran inconveniente a los humanos. El filósofo griego Epicteto lo reconoció hace dos mil años cuando escribió: `Lo que alerta y alarma al hombre no son las cosas, sino sus opiniones y fantasías sobre las cosas´. El lenguaje desató el poder de la imaginación, y con él llegaron el rumor, el pánico, el miedo. En cambio, los algoritmos no tienen imaginación. No les entra pánico. Y por eso son tan perfectamente apropiados para operar en los mercados financieros”.

Absolutamente cierto. De hecho, los expertos en trading insisten mucho en este tema: quien se inicie en este tipo de operativa lo primero que debe hacer es controlar sus emociones, dejarse guiar por una metodología y un sistema que, del modo más objetivo posible, le indique cuándo comprar o cuándo vender un activo. Dejarse arrastrar por las emociones, o por el miedo, eleva extraordinariamente el riesgo. Volvamos de nuevo a las palabras del científico protagonista de la novela:

“El miedo es, históricamente, la emoción más potente en la economía. ¿Recuerdan a Roosevelt durante la Gran Depresión? Es la cita más famosa de la historia de las finanzas: `Lo único que debemos temer es al miedo mismo´”.

Este poder del miedo como mecanismo que mueve los mercados y la economía se ha incrementado en los últimos tiempos, desde el 11-S, cuando los mercados volvieron a llenarse de mensajes de alarma, pánico, terror… Y ha convertido a un concepto económico como la “prima de riesgo” en algo absolutamente normal en cualquier conversación en un bar, en un taxi o en casa a la hora de la cena.

Esa mayor conciencia del riesgo (el miedo a un atentado, a una crisis financiera, a una epidemia mortal, a cualquier cosa…) ha aumentado la volatilidad en muchos momentos, hasta niveles nunca visto antes en los mercados. Pero a ese aumento de la volatilidad, a esa mayor sensación de riesgo, también ha contribuido la tecnología:

“El aumento de la volatilidad del mercado (…) es una función de la digitalización, que está exagerando los cambios de humor de los humanos mediante una difusión de información sin precedentes a través de internet”.

A este aumento de la volatilidad generado por la tecnología, se añade el riesgo que se materializa en este novela: que la propia tecnología adquiera vida propia y se convierta en el principal riesgo, como advierte un ingeniero de software y profesor de zoología de la Universidad de Oklahoma, Thomas S. Ray, un científico de verdad, no de ficción, citado por Hoffmann en la novela:

“(…) las entidades artificiales autónomas de desarrollo libre deberían ser consideradas potencialmente peligrosas para la vida orgánica, y deberían permanecer confinadas en algún tipo de instalación de contención, como mínimo hasta que lleguemos a comprender plenamente su verdadero potencial (…). La evolución sigue siendo un proceso interesado, y los intereses de organismos digitales confinados podrían entrar en conflicto con los nuestros”.

Y eso es precisamente lo que le ocurre a ese robot, a ese sistema operativo, Vixal-4, que, como el monstruo del doctor Frankenstein, se rebela contra su creador. Una rebelión materializada en el inquietante mensaje que aparece como salvapantallas de ese software inteligente:

“LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ EMPLEADOS
LA EMPRESA DEL FUTURO NO TENDRÁ DIRECTIVOS
LA EMPRESA DEL FUTURO SERÁ UNA ENTIDAD DIGITAL
LA EMPRESA DEL FUTURO ESTARÁ VIVA”

Alarmante. Como el hecho de pensar que hasta un simple teléfono móvil pueda parecer más inteligente que su propio usuario. Y lo es desde el momento en que le obliga a seguir unas pautas de comportamiento (en clara dependencia con el aluvión de aplicaciones para casi todo) que antes no seguía, a hacer cosas que antes no hacía porque no le aportaban nada. ¿Se lo aportan ahora? ¿Por qué nos hemos hecho tan dependientes de ciertas tecnologías? Evidentemente, para enriquecer a esas empresas del futuro. ¿Se resistirán pronto esas mismas empresas a tener empleados? ¿Lo fabricarán todo los robots? ¿Y podrán esas empresas prescindir de sus directivos, tomar decisiones en función de sistemas de análisis de mercado tan inteligentes, y peligrosos, como Vixal-4? De momento, esas mismas empresas (ya saben, Amazon, Google, Twitter, etc., etc.) ya han conseguido prescindir de algo que les estorba: el Estado y los impuestos. Les estorba a ellas, pero nos protege a los ciudadanos, ya que esos impuestos que esas “empresas del futuro” se están ahorrando, nos está convirtiendo a nosotros en “ciudadanos del pasado”, de antes del Estado del Bienestar, de antes de los derechos sociales… y en algunos sitios, incluso de antes de los Derechos Humanos. Pero, eso sí, perfecta y absolutamente digitalizados.

Hay que decirlo claro: nos están digitalizando para anularnos como especie pensante y libre. Y en muchos casos lo están consiguiendo (además de quedarse con nuestros impuestos). El índice del miedo se dispara a medida que el ser humano se convierte en mero consumidor de aplicaciones y chismes que dirigen su vida. Habrá que tomar medidas. A lo mejor, haciendo algo tan fácil como desconectar muchas cosas sin las que el hombre, como especie, ha sobrevivido desde hace miles de años. No queremos empresas del futuro. Queremos empresas del hombre… y para el hombre.

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Título comentado:

-El índice del miedo. Robert Harris, 2011. Grijalbo, Barcelona, 2012.

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