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¿Por qué se paga tanto por algo que crece en los árboles?

Fotografía: © M.M.Capa

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“Sin ellos [los norteamericanos], cualquier bobo con un camión viejo o una barca agujereada con motor fueraborda podría transportar drogas al norte. Y entonces el precio no compensaría el esfuerzo. Pero tal como están las cosas, hacen falta millones de dólares para mover las drogas, y en consonancia los precios son altísimos. Los norteamericanos se apoderan de un producto que crece literalmente en los árboles y lo transforman en una mercancía valiosa. Sin ellos, la cocaína y la marihuana serían como naranjas, y en lugar de ganar millones pasándolas de contrabando, yo ganaría unos pocos centavos trabajando como un negro en algún campo de California, recogiéndolas”. 

Pura ley de la oferta y la demanda, que además está en la raíz de la resistencia política a legalizar las drogas. La explica un narco mexicano, Adán Barrera, jefe del clan cuya historia nos cuenta “El poder del perro”. Considerada por la crítica el equivalente narco-mex de “El Padrino”, estamos ante la gran novela americana sobre el narcotráfico. Gracias a ésta y a otras obras de éxito, su autor, Don Winslow (Nueva York, 1953), vive ahora de la literatura, tras haber pasado por diversos trabajos en cine y televisión y ejercer oficios tan dispares como detective privado, repartidor de alimentos o guía de safaris.

Su novela no sólo es una joya del género negro –con una trama apasionante y con momentos de espeluznante violencia que hacen que las películas de Sam Peckinpah parezcan episodios de Bob Esponja–, sino sobre todo una espectacular y documentadísima descripción del recorrido que ha llevado al narcotráfico a convertirse en un enorme negocio. Un camino que comienza, como hemos visto al principio, en los árboles, pero que los grandes cárteles mexicanos supieron reconducir con habilidad. Dejaron de cultivar droga, pasaron de que las operaciones policiales quemaran sus campos de amapolas, el día que descubrieron que su gran activo no era el producto, sino otra materia prima de 3.185 kilómetros de longitud e imposible de quemar: su frontera con Estados Unidos, ese país cuyos habitantes pagan millones por algo que crece en los árboles, pero no en México, sino en Colombia y en muchos otros países de América del Sur. Los narcos se situaron así donde siempre se gana más dinero con menos riesgo: haciendo de intermediario entre la oferta y la demanda. Se limitan a tomar la droga de los productores, a pasarla por la frontera y a devolvérsela, ya en el mercado de destino, para que vuelvan a ser los colombianos los encargados de la distribución.

UN MÁSTER DE NEGOCIOS

“El poder del perro” desmenuza todo el proceso con la precisión de un máster de negocios. No falta casi nada en la descripción de esta imbatible estructura empresarial:

“–Queremos empresarios, no empleados –explicó Adán a Raúl–. Los empleados cuestan dinero, los empresarios ganan dinero.”

 La teoría se ilustra con los detalles prácticos y cuantitativos, como el esquema de comisiones:

“La nueva estructura creó un creciente grupo de hombres de negocios independientes, bien recompensados y muy motivados, que pagaban el doce por ciento de sus ganancias a los Barrera, y de buena gana. (…) Y dirigías tu propio negocio, corrías tus propios peligros, recibías tus propias recompensas”.

Ni más ni menos que en la mejor franquicia. Y todo, en buena parte, gracias a que los narcos mexicanos aprendieron muy bien las lecciones económicas que les llegaban de sus vecinos del norte:

“–El doce por ciento de muchos –había explicado Adán a Raún cuando propuso la drástica reducción de impuestos– sumará más que el treinta por ciento de unos pocos.

Había tenido en cuenta las lecciones de la Revolución Reagan. Podrían ganar más dinero bajando impuestos que elevándolos, porque los impuestos menores permitían que más empresarios se interesaran en el negocio, ganaran más dinero y pagaran más impuestos”.

Ni Milton Friedman lo hubiera explicado mejor. Pero la estructura del negocio va más allá de los “estímulos fiscales” al más puro estilo monetarista. Llega hasta los servicios financieros integrales, como los típicos en la mejor oferta de la banca de negocios:

“Los Barrera también ofrecían servicios financieros. Adán quería facilitar a la mayor cantidad de gente posible la incorporación al negocio, de modo que nunca había que adelantar el doce por ciento. No tenías que pagarlo hasta después de haber vendido la mercancía. Pero los Barrera daban un paso más: te ayudaban a blanquear el dinero (…). La tasa vigente por blanqueo de dinero era del 6,5 por ciento, pero los banqueros sobornados cedían a los Barrera un rapel del 5 por ciento más de cada dólar de cada cliente (…). Todo lo que ingresabas en sucio, te lo devolvían en limpio, al cabo de tres días laborables, menos el 6,5 por ciento”.

Y todo ello, por supuesto, con la ayuda de las últimas tecnologías:

“Todas sus comunicaciones [Adán] las realiza a través de la red, codificadas con una tecnología que ni siquiera los norteamericanos son capaces de descifrar. Envía órdenes a través de la red, consulta sus cuentas a través de la red, vende su producto a través de la red y le pagan a través de la red. Mueve su dinero en un abrir y cerrar de ojos electrónico, lo blanquea a una velocidad superior a la del sonido, literalmente, sin siquiera tocar un dólar o un peso. Puede, y lo hace, matar a través de la red. Teclea un mensaje y lo envía, y alguien abandona el mundo de los vivos”.

CÓMO COMPRAR Y VENDER UN PAÍS

Los políticos mexicanos entendieron perfectamente esta estructura de negocio y, a cambio de percibir su particular “impuesto” en forma de sobornos de los narcos, ¿qué hicieron?:

“Lo que hicieron, en los términos más sencillos posibles: vendieron el país a los narcotraficantes”.

Quienes hasta se beneficiaron del gran acuerdo comercial entre México y Estados Unidos, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN):

“La droga va al norte y el dinero al sur. Y ambas partes de este viaje de ida y vuelta son mucho más fáciles porque el TLCAN ha relajado la seguridad fronteriza, lo cual facilita, entre otras cosas, un flujo ininterrumpido de tráfico entre México y Estados Unidos. Y con él, un flujo ininterrumpido de droga”.

Y un flujo ininterrumpido de poder para los narcos, que no sólo imponen con violencia su ley (resumida por esta novela en dos palabras: “Plata o plomo”), sino que hasta son capaces de forzar una devaluación:

“El nuevo presidente mexicano juró su cargo el primero de diciembre de 1994. Aquel mismo día, dos agencias de corredores de bolsa controlados por la Federación [los narcos] empezaron a comprar `tesobonos´, bonos del gobierno. A la semana siguiente, los cárteles de la droga retiraron su capital del banco nacional mexicano, lo cual obligó al nuevo presidente a devaluar el peso en un cincuenta por ciento. Después, la Federación cobró sus `tesobonos´ y colapsó la economía mexicana.”

Tras provocar el caos en el mercado de deuda, los narcos actuaron como hubiera hecho cualquier inversor: refugiándose en el inmobiliario.

“Como autorregalo de Navidad, la Federación compró propiedades, negocios, bienes raíces y pesos, los enterró bajo un árbol y esperó.

El gobierno mexicano no tenía dinero para pagar los `tesobonos´ pendientes. De hecho, tenía una deuda de 50.000 millones de dólares. El capital huía del país más deprisa que los predicadores de una casa de putas asaltada por la policía.”

Ya conocemos que pasa siempre en estos casos:

“Faltaban días para que el país anunciara la bancarrota, cuando la caballería norteamericana acudió con 50.000 millones de dólares en préstamos para apuntalar la economía mexicana (…). El nuevo presidente mexicano tuvo que invitar, literalmente, a los señores de la droga a regresar al país con sus millones de narcodólares, con el fin de revitalizar la economía y poder pagar el préstamo. Y los narcos tenían ahora más miles de millones de dólares que antes de la `crisis del peso´, porque en el periodo de tiempo transcurrido entre el canje de los pesos por dólares y la llegada de la ayuda norteamericana, utilizaron los dólares para comprar pesos devaluados, que a su vez volvieron a subir cuando los mercados entregaron el enorme préstamo (…).”

¿A que suena muy actual? Ni el mejor tiburón de las finanzas internacionales lo haría mejor. Es una operación de manual, con un resultado de manual:

“Lo que, en síntesis, hizo la Federación fue comprar el país, volver a venderlo a un precio alto, comprarlo de nuevo a un precio bajo, reinvertir en él y ver crecer las inversiones”.

Pregunta para nota: ¿Cuántos países, sobre todo del sur (incluso del sur de Europa), se han comprado y vendido así? ¿Cuántas economías al borde la bancarrota han sufrido operaciones de rescate que, en definitiva, las ha hecho cambiar de amo? El poder del perro, de ese perro que muerde con fuerza y no suelta la presa. Y todo, por una porquería que crece en los árboles, pero que acaba manchándolo todo, incluso a nuestros hijos, a una generación diezmada por el poder del narco, que se ha introducido también con fuerza –y con la facilidad de llegar planeando sobre las olas– en nuestra economía. Pero eso lo veremos en el próximo artículo, donde todo es silencio…

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Título comentado:

-El poder del perro.Don Winslow, 2005. Random House Mondadori/Roja&Negra, Barcelona, 2009.

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Sexo y revolución industrial… o mexicana

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Fotografía: © M.M.Capa

“Sintió su pene elevándose contra ella con una fuerza silenciosa, deslumbrante y potente, y se entregó a él. Cedió con un estremecimiento como de agonía y se abrió por completo a él”.

Tranquilos, no han entrado por error en un blog erótico. Lo que acaban de leer es sólo uno de los muchos párrafos de un clásico de la literatura… Iba a escribir “erótica”. Pero no es correcto: “El amante de Lady Chatterley” es mucho más. La novela de David Herbert Lawrence (1885-1930) fue prohibida en la timorata Gran Bretaña de su época y vio la luz por primera vez en Florencia, en 1928. No se editaría en el Reino Unido hasta 1959, casi treinta años después de la muerte de su autor, un hombre de potente personalidad, crítico con el sistema y en continua búsqueda de otros mundos y otros modos, lo que le llevó a una especie de exilio voluntario que él mismo definió como su “peregrinación salvaje”: Australia, Italia, Ceilán, Estados Unidos, México, sur de Francia (donde falleció)… Lawrence apenas volvió a pisar Inglaterra salvo un par de veces.

Que era un escritor diferente, difícil de encajar en su época, se aprecia en pasajes como el que acaban de leer, que nos describen los encuentros entre Lady Chatterley (cuyo marido volvió parapléjico de la guerra) y su fogoso guardabosques. Los párrafos cargados de erotismo agitan toda la novela del mismo modo que, ante las arremetidas de su amante, la aristócrata sentía que “las profundidades se agitaban y removían en oleadas amplias e interminables”.

Pero esta extraordinaria novela está cargada también de economía. Igual que nos narra cómo una aristócrata cede a sus impulsos, nos relata cómo la vieja economía de la vieja Inglaterra se ha transformado ante los impulsos de la revolución industrial. El capítulo XI, por ejemplo, está repleto de agudas referencias a esta transformación:

“¡La Inglaterra de Shakespeare! No, era la Inglaterra de hoy (…). Aquella Inglaterra estaba produciendo una nueva raza humana, supersensitiva al dinero, a lo social y a lo político (…). Una Inglaterra eliminado a la otra. Las minas habían llevado la riqueza a los palacios. Ahora estaba acabando con ellos como antes habían acabado con las casas de campo. La Inglaterra industrial acaba con la Inglaterra agrícola (…). Y la continuidad no es orgánica, sino mecánica”.

Poco más adelante, en el mismo capítulo, un caballero amigo de la protagonista lanza una afirmación que podría ilustrar el eterno debate sobre el desarrollo sostenible:

“Quizás los mineros no sean tan decorativos como los ciervos, pero son mucho más productivos”.

La ruda transformación del país y de sus habitantes incluso se hace carne en una novela tan carnal como la de D.H. Lawrence:

“El hierro y el carbón habían carcomido profundamente los cuerpos y las almas de los hombres. ¡La fealdad hecha carne y además viva! [Los mineros eran]… Criaturas de otro mundo, partículas elementales de los elementos del carbón, como los metalúrgicos eran partículas elementales de los elementos del hierro. Hombres que no eran hombres, sino ánimas de carbón, hierro y arcilla (…) ¡El alma de la desintegración mineral!”

Antes de narrarnos la revolución industrial, el autor nos habla (en el capítulo VI) del auténtico nuevo elemento que la mueve, no sólo a ella, sino a todo lo demás. No es ni el carbón ni el acero, sino algo mucho más líquido:

“Dinero se necesita siempre. Dinero, éxito, la diosa bastarda…”

“¡La diosa bastarda! ¡Bien, si había que prostituirse, mejor hacerlo a una diosa sin vergüenza! Uno podía siempre despreciarla incluso en el acto de prostituirse a ella, y eso era bueno”.

“Simplemente para que el asunto siguiera funcionando mecánicamente hacía falta dinero (…). Hay que tener dinero. Realmente no hace falta ninguna otra cosa. ¡Así es la vida!”

 “¡Hacer dinero! ¡Hacerlo! De la nada. ¡Sacándolo del aire! ¡La última hazaña de la que podía uno enorgullecerse.”

¿No les suena esto a lo que ahora llamamos apalancamiento financiero, es decir, hacer dinero de la nada?

Aunque, para ver surgir algo de la nada, hay que acudir a otra obra de Lawrence, también capaz de describirnos como nadie otra revolución: la mexicana. Y lo hace sin renunciar a profundas dosis de sensualidad, encarnada en su protagonista:

“Para él Kate no era sino la respuesta a su llamada, la vaina para su espada, la nube para sus rayos, la tierra para su lluvia, el combustible para su fuego”.

Kate Leslei, viuda irlandesa de viaje por México, se encuentra atrapada entre dos hombres, un general postrevolucionario e indio, y un terrateniente de origen español. Ambos quieren resucitar a “La serpiente emplumada” (así se titula la novela de Lawrence), a los viejos dioses aztecas, para dar respuesta a lo que no ha podido responder la revolución. La protagonista acaba casada con el general y atrapada en un país y en una sensualidad que no entiende, aunque al final de la obra llega a pensar:

“Todo es sexo (…). ¡Y qué bello es el sexo cuando un hombre lo guarda sagrado y fuerte como llenando con él el mundo!”.

Está en el México de los años veinte, más de una década después la fuga del presidente Porfirio Díaz. Un país que busca una salida económica y social a la oleada de revoluciones. Fallidos intentos cuyo resultado nos resume un joven profesor universitario:

“Siendo mejicano hay que ser más mejicano que humano (…). En Méjico hay que odiar al capitalista porque si no no se puede vivir. Es imposible ser humano. Hay que ser socialista mejicano o capitalista mejicano, y por lo tanto odiar. No hay otra solución. Odiamos al capitalista porque arruina al país y al pueblo. Tenemos que odiarle a la fuerza”.

En ese odio y esa desesperanza…

“Los habitantes del pueblo vivían en continua zozobra temiendo sobre todo a los bandidos y a los bolcheviques. Los bandidos son ni más ni menos que individuos de pueblos perdidos que, sin dinero, sin trabajo y sin esperanza, se dedican a robar y algunas veces a matar, pero no por oficio (…). Los bolcheviques parece que nacen en los ferrocarriles. En dondequiera que se tienda la vía férrea y comienzan a pasar convoyes con compartimentos de primera y de segunda, nace el espíritu de animosidad y de rebelión que da origen a la protesta y al bolchevismo”.

Capitalismo, industrialización, bandidos, bolcheviques, desarrollismo…

“Así como antiguamente todo individuo soñaba con ser dueño de un caballo y de una espada, ahora aspiraban todos a tener un auto. Como antes las mujeres deseaban una casa y un palco en el teatro, ahora soñaban con una `máquina´. Y los pobres seguían el ejemplo de la clase media”.

 Pero todo en la novela remite al fatalismo impreso en los símbolos de los antiguos dioses, idéntico al que atrapa a Kate, “lo mismo que un pájaro que se siente enroscado con una serpiente”. Porque, como afirma Don Ramón, el cacique que sueña con convertirse en el dios Quetzalcóalt:

“Méjico libre es una utopía (…). El bolchevismo es también una utopía, y el capitalismo igual, y la libertad un cambio de cadenas”.

Casi un siglo después, tras incontables revoluciones, dictaduras, crisis económicas y décadas perdidas, la auténtica libertad para la Latinoamérica emergente ya no parece una utopía. ¿O sí? A lo mejor hay que preguntarles a los mejicanos que se alzan contra el poder de los cárteles de la droga, o a los brasileños que protestan contra los fastos del Mundial de Fútbol.

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Títulos comentados:

-El amante de Lady Chatterley. David Herbert Lawrence, 1928. Ediciones Orbis y RBA, Barcelona, 1982.

-La serpiente emplumada. David Herbert Lawrence, 1926. Editorial Losada, Buenos Aires, 1958.

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La Mafia, hija del sistema económico

Fotografía: © M.M.Capa

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¡Ma fia, ma fia! (¡mi hija, mi hija!), clamaba una desconsolada madre por las calles de Palermo el lunes de Pascua de 1282. Un soldado francés acababa de violar a su hija el mismo día en que la doncella se iba a casar. Bandas de sicilianos se lanzaron a la caza del gabacho. Miles de soldados franceses fueron masacrados en pocos días. Fue el primer gran suceso sangriento protagonizado por lo que, desde poco después, se conocería como Mafia.

Pero no era éste el objetivo de sus precursores, los llamados amici (amigos) o uomini rispettati (hombres respetables), que en realidad querían generar un Estado dentro del Estado, una estructura que el propio sistema económico podría llamar ma fia, mi hija.

“Los amici no eran reformistas. Ellos no buscaban derrocar al sistema (…). Habían aprendido a trabajar dentro del sistema, a explotarlo mientras el sistema explotaba a su vez al país”.

Nos lo explica Gay Talese en “Honrarás a tu padre”, un reportaje tan enorme (tanto por su grandeza como por sus más de 600 páginas) que acaba convirtiéndose en una novela real como la vida misma. ¿O acaso no es eso el llamado Nuevo Periodismo? Cuya fundación, por cierto, se atribuye a dos monstruos de la escritura norteamericana: el propio Gay Talese y su colega Tom Wolfe.

“Honrarás a tu padre” es la novela definitiva sobre la Mafia, porque es la historia definitiva sobre la Mafia. Una historia real, en la que Talese nos narra la vida y obras de un capo real, Bill Bonanno, último eslabón de una de las familias mafiosas más importantes de Estados Unidos. Con todos los respetos a la otra gran obra sobre la Mafia, “El Padrino”, de Mario Puzo (de quien hablaremos más adelante), el inmenso reportaje de Talese, escrito con el vigor y el estilo de la mejor novela, tiene la ventaja de que todo lo que se cuenta en él está arropado por el rigor del mejor periodismo, del que investiga en profundidad, acude a las fuentes directas, entrevista a los auténticos protagonistas, analiza los orígenes, documenta todos los datos… Es decir, de ese periodismo que, en esta acelerada era de medios on-line sin recursos y pilotados por eternos becarios, ya está amenazado de extinción.

La obra de Talese, publicada en 1971, fue llevada a la televisión en miniseries de la CBS y más tarde serviría de inspiración a la memorable “Los Soprano”. Porque nunca antes se había contado así, con tal rigor y profundidad, el funcionamiento de esa auténtica maquinaria económica que es la Mafia desde sus mismos orígenes en Sicilia:

“Durante siglos, la pobreza y las desgracias de su región fueron ignoradas por el gobierno de Sicilia, por el parlamento de Roma y por docenas de gobernantes extranjeros; así que finalmente [los Bonanno y los Magaddino, dos familias fundadoras de lo que después se conocería como Mafia] tomaron la ley en sus propias manos y la acomodaron a sus intereses, tal como habían visto que hacían los aristócratas”.

Fue el resultado inevitable de más de dos mil años de tumultuosa historia, que estos amici decidieron reconducir a su manera:

“No creían en la igualdad ante la ley; las leyes las redactaban los conquistadores. (…) La isla había sido gobernada por la ley griega, la ley romana, la ley musulmana, las leyes de los godos, los normandos, la Casa de Anjou, la Corona de Aragón; cada nueva flota de conquistadores traía nuevas leyes a la tierra, pero, sin importar quién fuera el autor de la ley, ésta siempre parecía favorecer al rico por encima del pobre (…). El gobierno oficial era con frecuencia el enemigo, los criminales solían ser héroes y los clanes familiares (…) eran reverenciados por sus conciudadanos. Aunque algunos de estos líderes eran vengativos y corruptos, se identificaban con la difícil situación de los pobres y a menudo compartían lo que les habían robado a los ricos…”.

Y, además, eran más fiables que las cambiantes y despóticas instituciones públicas:

“Su palabra casi siempre era de fiar y no traicionaban la confianza puesta en ellos”.

EL NEGOCIO MÁS LUCRATIVO DE ESTADOS UNIDOS

Con el tiempo, saltaron el gran charco y llegaron a Estados Unidos, donde los mafiosos seguían inspirados por los mismos principios que sus fundadores:

“…no querían que el sistema se derrumbara, porque de ser así, ellos caerían con él. Aunque reconocían que el gobierno tenía defectos y era hipócrita y poco democrático, y que la mayoría de los políticos y la policía participaban en la corrupción hasta cierto punto, la corrupción al menos era algo que se podía entender y con lo cual se podía tratar. Lo que más temían estos hombres y aquello de lo cual varios siglos de historia siciliana les había enseñado a desconfiar eran los reformistas y los cruzados”.

¿Les suena? Quien se asienta en la corrupción y en el reparto sistemático de sobres, lo que menos quiere es reformas, cambios en el sistema. Porque se enriquece con él hasta niveles difíciles de estimar:

“Según Nixon, los ingresos anuales [de la Mafia] por cuenta del juego ilegal estaban entre los veinte y los cincuenta mil millones de dólares –cifra que impresionó a Bill Bonanno, sobre todo por su falta de precisión–…”

Y eso sólo era una parte de sus negocios, en los años sesenta y setenta:

“Aunque el gobierno sostenía que el crimen organizado era el negocio más lucrativo de Estados Unidos, los expertos (…) no se podían poner de acuerdo (…). Sus cálculos iban desde los diez mil hasta los cuarenta mil millones de dólares anuales e incluso los informes más conservadores aceptaban que el crimen organizado producía más ganancias cada año que la suma de los ingresos de las compañías Unites States Stell, AT&T, General Motors, Estándar Oil of New Jersey, General Electric, Ford, IBM, Chrysler y RCA”.

Todo, a partir de familias sicilianas que se organizaron contra conquistadores cambiantes, corruptos y opresores. Aunque lo que Mario Puzo llama “la primera gran familia del crimen” no surgió en Sicilia, sino en Roma, y unos doscientos años después de ese trágico lunes de Pascua de 1282. El autor italiano nos lo cuenta en “Los Borgia”, su obra póstuma (publicada en 2001, dos años después de su fallecimiento):

“La Iglesia católica era una inmensa maquinaria que requería de innumerables engranajes para mantenerse en movimiento (…). La cámara apostólica, dirigida por el camarlengo, debía asumir el pago y el cobro de miles de facturas en ducados, florines y otras muchas monedas. El personal de la curia, que todos los años aumentaba en número, debía recibir un salario y había todo tipo de valiosos cargos eclesiásticos que vender e intercambiar, tanto de forma legítima como ilegítima”.

Este era el sistema en el que el Rodrigo Borgia (elegido papa en 1492, con el nombre de Alejandro VI) y su familia asentaron su particular estructura mafiosa, con gran protagonismo de sus dos famosos hijos: César y Lucrecia.

Por si alguien no se acuerda, Borgia es la italianización del apellido Borja, pues el célebre papa nació en una región española que en los últimos tiempos ha asistido a innumerables casos de caciquismo y corrupción… ligados incluso a una visita papal que dejó un reguero de millones entre determinadas “familias”. Nada nuevo bajo el sol:

“La Tierra se está degenerando en estos tiempos. Hay señales de que la civilización está llegando a su fin. El soborno y la corrupción abundan. Hay violencia por todas partes”.

Esta cita, recogida por cierto en “Honrarás a tu padre”, es absolutamente actual. El problema es que Gay Talese la toma de una inscripción asiria de 3.000 años antes de Cristo, 4.200 años antes de la Mafia y 4.500 años antes de los Borgia.

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Títulos comentados:

-Honrarás a tu padre. Gay Talese, 1971. Alfaguara, Madrid, 2011.

-Los Borgia. La primera gran familia del crimen. Mario Puzo (con la colaboración de Carol Gino), 2001. Planeta, Barcelona, 2001.

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La gran novela de la gran crisis

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Fotografía: © M.M.Capa

Crisis he visto muchas. Del petróleo (varias), de la deuda latinoamericana, de la libra, del Sistema Monetario Europeo, industriales, bancarias, asiáticas, rusas, subprime, del euro (las dos últimas encadenadas y que aún sufrimos)… Pero si alguien dice la Gran Crisis, o la Gran Depresión, todas las miradas se vuelven a la de 1929… que en tantas cosas se parece a la actual.

Novelas también he leído muchas. Y de autores norteamericanos, muchísimas. Si alguien convocara una votación para elegir La Gran Novela Norteamericana, la competencia sería muy dura. Pero seguro que entre las más votadas estaría una novela en concreto, la misma a la que yo votaría.

Novelas que hablan de la Gran Depresión, de la crisis del 29, también hay muchas. Sobre todo, por razones obvias, de autores estadounidenses. Pero si hubiera que elegir La Gran Novela Norteamericana sobre la Gran Depresión, casi seguro que la ganadora sería la misma de antes, esa a la que yo votaría entre mis favoritas al premio a La Gran Novela Norteamericana.

¿Necesitan más pistas? Aquí va la definitiva:

“La gente viene con redes para pescar en el río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con queroseno. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de la gente se refleja el fracaso; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, cogiendo peso, listas para la vendimia”.

 Estremecedor. Y actual. Dolorosamente actual.

John Steinbeck (1902-1968) tenía 27 años cuando se hundió Wall Street en 1929. Una década después recibió el Premio Pulitzer por “Las uvas de la ira”, una novela escrita en 1939 y que completaba su trilogía sobre la Gran Depresión (con “En dudosa batalla”, de 1936, y “De ratones y hombres”, de 1937). “Las uvas de la ira” lleva décadas en la listas de libros más vendidos de Estados Unidos y seguro que pesó mucho a la hora de otorgar a su autor el Premio Nobel de Literatura en 1962. En 1940, el gran John Ford ganó dos Oscar al llevar al celuloide esta novela, que merecería ser estudiada hasta la última línea no sólo en las facultades de Literatura, sino también, por supuesto, en las de Economía. De hecho, pocas novelas habrán provocado tantos análisis económicos como ésta.

Así que, mejor, bajemos a la tierra y disfrutemos (o más bien suframos) al leer cómo Steinbeck describe el éxodo de millones de norteamericanos desplazados del campo tras el estallido de una burbuja: la de los precios agrícolas que se infló tras la Primera Guerra Mundial. Los agricultores habían sembrado de trigo los pastizales, para responder a la gran demanda procedente de la Europa en guerra. Pero tras la contienda, la demanda se hundió y apareció uno de los peores monstruos para cualquier escenario económico: la deflación (eso que ahora parece no preocupar a Angela Merkel). Además, grandes tormentas de polvo (en 1934 y 1935) terminaron de arruinar el campo. Los campesinos se enfrentaron de pronto a tres enemigos: la citada deflación… a la que siguieron, cómo no, los bancos deseosos de cobrarse sus préstamos, y la mecanización traída por las grandes compañías que acabaron quedándose con las tierras.

Steinbeck nos cuenta en su novela la historia de una de las miles de familias forzadas a emigrar a California, donde esperaban sumarse a la vendimia y a otras labores agrícolas estacionales. Una migración en la que “los ojos de los hambrientos” que acumulan “una ira creciente” asisten, entre otras desgracias, a la destrucción de excedentes agrícolas para mantener los precios y la estabilidad del sistema financiero (que, como nos repiten desde Europa y desde el FMI, es lo primero y principal que hay que salvar cuando llega una gran crisis, faltaría más).

Pero eso, destruir excedentes, fue al final. Como hemos dicho, todo comenzó antes, con  la deflación. Y tras ella llegó el tractor, traído por las corporaciones que van quedándose con las tierras de agricultores arruinados:

“El sistema de arrendamiento ya no funciona. Un hombre con un tractor puede sustituir a doce o a catorce familias. Se le paga un sueldo y se queda uno con la cosecha [lo explica el agente enviado por una compañía para desahuciar a unos campesinos]. Lo tenemos que hacer. No nos gusta, pero el monstruo está enfermo. Algo le ha sucedido al monstruo”.

¿Cuál es ese “monstruo enfermo”? Precisamente, el tercero que citábamos junto a la deflación y la mecanización: la banca.

“Un hombre puede conservar la tierra si consigue comer y pagar la renta (…).

Sí, puede hacerlo hasta que un día pierde la cosecha y se ve obligado a pedir dinero prestado al banco.

Pero, entiendes, un banco o una compañía no lo pueden hacer porque esos bichos no respiran aire, no comen carne. Respiran beneficios, se alimentan de los intereses del dinero. Si no tienen esto, mueren (…).

El banco, el monstruo, necesita obtener beneficios continuamente. No puede esperar, morirá. No, la renta debe pagarse. El monstruo muere cuando deja de crecer. No puede dejar de crecer”.

¿Les suena? ¿Bancos –o cajas de ahorro– convertidos en monstruos enfermos porque ya no pueden alimentarse de los intereses del dinero, de esas rentas que los hipotecados ciudadanos o los híper-endeudados Estados ya no pueden pagar?

¿Qué ocurre después?: adiós a la libertad.

“Bueno, intente comprar la libertad. Por aquí decimos que un tipo tiene tanta libertad como su dinero le permite comprar”.

Pero es difícil ganar dinero cuando hay miles de personas peleando por conseguir trabajo en la vendimia de California o en cualquier otra tarea. Y más difícil aún cuando hay que competir con esclavos:

“La explotación de una finca pasó a ser industrial y los propietarios imitaron a Roma, aunque sin ser conscientes. Importaron esclavos, aunque no les dieron ese nombre: chinos, japoneses, mejicanos, filipinos. Se alimentan de arroz y judías, dijeron los hombres de negocios. No necesitan demasiado (…). Y si empiezan a espabilar, se les deporta”.

Resultado: la ira.

“Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar”.

Lo que decía al principio: Estremecedor. Doloroso. Actual.

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Título comentado:

-Las uvas de la ira. John Steinbeck, 1939. Cátedra. Madrid, 2013.

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