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La reforma laboral del Imperio Romano

Fotografía: © M.M.Capa

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“Dudo que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre. Soy capaz de imaginar formas de servidumbre peores que las nuestras, por más insidiosas, (…) que se logre transformar a los hombres en máquinas estúpidas y satisfechas, creídas de su libertad en pleno sometimiento…”.

¿Le hemos cambiado el nombre a la esclavitud que practicaban los romanos? ¿Ha adoptado ahora la trágica forma de esas macro-factorías inhumanas, como la que hace un año se hundió en Bangladés para convertirse en tumba de 1.127 personas? ¿O se manifiesta en esos secuestros de centenares de niñas nigerianas que parecen un episodio de otra estúpida –como todas– guerra de religiones, pero no son más que parte de dos negocios siniestros, la trata de personas y el tráfico de órganos? ¿O no parecen esclavos de las miserias del siglo XXI los africanos que se ahogan frente a Lampedusa o se quedan colgados de la valla de Melilla? ¿O, sin irnos tan “lejos”, no abundan los hombres convertidos en “máquinas estúpidas y satisfechas, creídas en su libertar en pleno sometimiento…”?Sometimiento –esa es la palabra clave–, pero no a un amo, sino a una precariedad laboral que, a medida que se extiende, nos aleja de la auténtica libertad.

Parece que sí. Que la esclavitud simplemente ha cambiado de nombre, como nos anticipó quién fue emperador romano entre 117 y 138 d.C.. No consta, por supuesto, que las palabras que abren este artículo fueran del gran Adriano, aunque las pone en su boca su no menos grande biógrafa. La escritora belga Marguerite Yourcenar (1903-1987), la primera mujer elegida miembro de la Academia Francesa, nos regaló en sus “Memorias de Adriano” no sólo una extraordinaria novela histórica, sino también una joya literaria que nos demuestra hasta qué punto ciencias como la historia, la política y, por supuesto, la economía pueden adoptar formas de auténtica poesía. ¿O no es poesía oír al emperador decirnos, ya enfermo, “aún no estoy tan débil como ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza”?

Las reflexiones que Yourcenar pone en boca de Adriano bien pudieron ser pronunciadas por el emperador si analizamos sus esfuerzos por regular la esclavitud. Fue, en cierto modo, la primera gran reforma laboral de la historia, pues en aquellos tiempos la mano de obra “pesada” o “intensiva” estaba formada básicamente por esclavos sin derechos. Hasta que Adriano comprendió que también la clase social más desfavorecida necesitaba cierta protección.

Nos lo cuenta otro clásico, esta vez de la historia, pero cuya obra lleva más de doscientos años alojada también en el Olimpo de la gran literatura:

“A través de los edictos de Adriano y los Antoninos, la protección de las leyes se amplió al sector más despreciable de la humanidad. La jurisdicción sobre la vida y la muerte de los esclavos, poder ejercido y abusado (…) durante mucho tiempo, fue arrebatada de las manos privadas y reservada únicamente a los magistrados (…). En virtud de una demanda justa por un trato intolerable, el esclavo ofendido obtenía su liberación o un amo menos cruel”.

Esta “desprivatización” de la esclavitud, esta gran reforma que supuso poner su regulación en manos de los magistrados, la relata el más importante historiador británico: Edward Gibbon (1737-1794), intelectual, erudito, parlamentario y autor de ese monumento de la historia y de la literatura titulado “Decadencia y caída del Imperio Romano”. Una obra cuya calidad literaria deslumbró a Borges, que tiene capítulos premonitorios de lo que ocurriría después a otros imperios, y que incluso fue puesta por la Iglesia Católica en el índice de libros prohibidos (sobre todo por contar el carácter sectario de ese primer cristianismo, frente a la tolerancia romana a todas las religiones).

Gibbon nos recuerda que durante el mandato de Adriano y sus sucesores, los Antoninos, en un largo periodo de 43 años de paz, “la justicia regulaba sus conductas”. De ahí que entre las principales reformas de Adriano estuviera regular ese primer mercado común europeo en el que, precisamente, una de las mercancías más comerciadas eran los esclavos.

Pero esa no fue la única reforma laboral de Adriano y sus sucesores, que apostaron también por un sector que, aún hoy día, está entre los líderes mundiales pese a la crisis económica:

“…el lujo –nos cuenta Gibbon– (…) parece ser el único medio que puede corregir la desigualdad distribución de la propiedad. El menestral diligente y el artista diestro, que no han obtenido ningún reparto en la división de la tierra, reciben una tasa voluntaria de los terratenientes (…). Las provincias [del Imperio] pronto habrían agotado sus riquezas si las manufacturas y el comercio del lujo no les hubiera devuelto poco a poco a los súbditos diligentes las cantidades que se les exigían por las armas y la autoridad de Roma”.

Adriano no fue sólo un liberalizador, a su manera, del comercio, sino que también supo intervenir, con todo su poder imperial, donde la economía necesitaba sus correcciones. Y, en este punto, recurrimos de nuevo a la extrema destreza literaria de Marguerite Yourcenar, quien pone en boca del emperador alguno de sus logros:

“Se necesitan leyes más rigurosas para reducir el número de los intermediarios que pululan en nuestras ciudades (…). Una distribución juiciosa de los graneros del Estado ayuda a contener la escandalosa inflación de los precios en épocas de carestía, pero yo contaba sobre todo con la organización de los productores mismos (…). Uno de mis días más hermosos fue aquel en que convencí a un grupo de marineros del Archipiélago de que se asociaran formando una corporación y que trataran directamente con los vendedores de las ciudades. Jamás me sentí más útil como príncipe”.

Nos encontramos nada menos que con el primer impulso a las pymes y a los autónomos, esos pescadores a quienes el propio emperador anima a organizarse para no estar sometidos a intermediarios y especuladores.

¿No añoramos ahora príncipes, responsables de la gestión pública, alimentados por ese mismo impulso de sentirse útiles, en vez de por la lamentable combinación de mala gestión y prácticas depredadoras tan habitual en los últimos tiempos?

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Títulos comentados:

-Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar, 1974. Salvat Editores, Barcelona, 1994.

-Decadencia y caída del Imperio Romano. Volumen I. Edward Gibbon, 1776. Ediciones Atalanta, Gerona, 2012.

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Dinero negro en la novela negra

Fotografía: © M.M.Capa

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Todo escritor de novela negra sueña con ser Raymond Chandler. Y el que diga lo contrario, miente. Pero Raymond Chandler sólo hay uno o, todo lo más, dos, si ponemos casi a su altura a Dashiel Hammett.

No busquen más. Hay muchos otros escritores de gran calidad en este género, incluidos unos cuantos en la incesante avalancha nórdica y no pocos españoles. Pero si quieren beber de las fuentes originales, deleitarse con los auténticos clásicos aún insuperables, comiencen por Raymond Chandler. Si, además, pueden conseguir la magnífica edición de toda, repito, toda, su obra en español (“Todo Marlowe”, un auténtico alarde editorial de RBA), tendrán garantizado disfrutar sin parar de sus 1.391 páginas… que se hacen cortas, porque es un delirio leer una tras otra y sin respiro las siete monumentales novelas de Chandler (desde la primera, “El sueño eterno”, de 1939, hasta la última, “Playback”, de 1959) y, de propina, sus dos relatos cortos (“El confidente” y “El lápiz”). Es uno de los libros con que más he gozado en la vida… y eso que la lista de mis preferidos es tan larga que necesitaría un buen velero para llevármelos todos a una isla desierta.

Llevo demasiado tiempo escribiendo, así que es momento de pasar la palabra al maestro Chandler y a algunas de las más contundentes ideas escritas sobre algo tan oscuro como sus novelas: el dinero negro.

Para comenzar, ya en “El sueño eterno”, su primera novela, Chandler nos dice algo que forma parte de los propios genes de esta bitácora digital. El detective por excelencia, el mismísimo Philip Marlowe, afirma sobre una historia que acaban de contarle:

“Poseía la austera sencillez de la ficción en lugar de la retorcida complejidad de la realidad”.

 Tras esta declaración de intenciones –con la ficción se puede contar mejor la realidad–, las novelas de Chandler nos sorprenden con auténticas perlas… negras, por supuesto. Veamos una selección tomada de una de sus obras más incisivas al desvelar ese lado negro de la economía: “El largo adiós”. En ella, un magnate de la prensa le explica a Marlowe cómo funciona el sistema:

 “El pueblo elige, pero la maquinaria del partido nomina, y las maquinarias de partido, para ser eficaces, necesitan mucho dinero. Alguien se lo tiene que dar, y ese alguien, ya sea individuo, grupo financiero, sindicato o cualquier otra cosa espera cierta consideración a cambio”.

 ¿A qué les suena esta crítica justo ahora, cuando en España asistimos al espectáculo de partidos financiados sin transparencia, a golpe de sobre y gestionados con “contabilidad B”? Pero sigamos oyendo al personaje de la novela:

“Hay algo muy peculiar acerca del dinero (…). En grandes cantidades tiende a adquirir vida propia, incluso conciencia propia. El poder del dinero resulta muy difícil de controlar (…). El crecimiento de las poblaciones, el enorme costo de las guerras, las presiones incesantes de una fiscalidad insoportable… Todas esas cosas hacen al hombre más y más venal. El hombre corriente está cansado y asustado y un hombre cansado y asustado no está en condiciones de permitirse ideales. Necesita comprar alimentos para su familia.”

Toda una definición del sistema económico, del pasado, pero también del presente y del futuro. El mismo magnate prosigue así su relato:

“En esta época nuestra hemos visto un deterioro escandaloso tanto de la moral pública como de la privada. De personas cuya vida está constantemente sujeta a la falta de calidad, no cabe esperar calidad. No se puede tener calidad con producción en masa. No se la desea porque dura demasiado. De manera que se echa mano del diseño, que es una estafa comercial destinada a producir una obsolescencia artificial.”

La novela que incluye estas líneas fue publicada en 1953. Está claro que las cosas no han cambiado demasiado desde entonces. Y, si lo han hecho, quizás ha sido a peor. Y eso que el escenario ya era bastante malo entonces, como relata el propio Marlowe en la misma novela:

“Tenemos mafias y sindicatos del crimen y asesinos a sueldo porque tenemos políticos corruptos y a sus secuaces en el ayuntamiento y en la asamblea legislativa. El delito no es una enfermedad, es un síntoma (…). Somos un pueblo grande, primitivo, rico y desenfrenado y la delincuencia organizada es el precio que pagamos por la organización. Vamos a tenerla mucho tiempo. La delincuencia organizada no es más que el lado sucio del poder adquisitivo del dólar.”

Demoledor, actual… ¿Qué más se puede decir? Quizás buscar referencias mucho más atrás en la historia. Y las encontramos en el otro clásico citado. Dashiell Hammett nos retrata en su primera novela, “Cosecha roja” (publicada en 1929), al típico magnate norteamericano, fundador de ciudades y absolutista controlador de su economía y su política, que se confunden en una misma cosa. La novela transcurre en una ciudad minera de Montana, Personville, a quienes las malas lenguas llaman Poisonville (ciudad ponzoñosa):

“Durante cuarenta años, Elihu Willson, el Viejo, padre del que había muerto aquella noche, fue el dueño de Personville, el corazón, alma, piel y entrañas. Era presidente y accionista mayoritario de la Personville Mining Corporation, así como del First National Bank, propietario del Morning Herald y del Evening Herald, los únicos periódicos de la ciudad, y copropietario al menos de todas las demás empresas de alguna importancia. Aparte de estos bienes, era propietario de un senador de Estados Unidos, de un par de diputados, del gobernador, del alcalde y de la mayor parte de los diputados del Estado. Elihu Willsson era Personville y casi todo el Estado”.

¿A que les sigue sonando? Este estadio primitivo del capitalismo salvaje, el abono (no el único, pero sí el más maloliente) sobre el que se construyeron los Estados Unidos, es ahora bastante frecuente en economías que apenas comenzaron a saborear las formas más tóxicas de ese mismo capitalismo hace muy pocos años, concretamente desde que en 1989 se desplomó el Muro de Berlín y todo el bloque soviético se desmembró, al tiempo que los antiguos caciques políticos se reconvertían aceleradamente en caciques económicos y acumulaban todo el poder empresarial… Lo vemos también en economías emergentes asiáticas y latinoamericanas, e incluso en algunas otras democracias recientes, como la nuestra (con apenas un cuarto de siglo de vida, frente a los doscientos años de la norteamericana). No es tan rato encontrar en nuestro país casos similares a los del viejo Elihu Willsson, sobre todo si escarbamos en algunas Comunidades Autónomas en las que ciertos fulanos han ejercido poderes omnipotentes en la esfera pública, a base de mezclarla peligrosamente con la privada… Al menos hasta que la crisis ha hecho bajar la liquidez y ha ocurrido lo mismo que sucede cuando se seca un pantano: que aparecen las ruinas de los pueblos… o, como en casos muy recientes y cercanos, de los aeropuertos abandonados y sin aviones.

Ruinas negras, dinero negro, novela negra.

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Títulos comentados:

-Todo Marlowe. Raymond Chandler (recoge toda su obra, publicada entre 1939 y 1959). RBA, Barcelona, 2010 (segunda edición).

-Cosecha roja. Dashiell Hammett (1929). El País/Serie Negra, Barcelona, 2004.

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Para despertar del sueño americano, viajemos a Marte

Fotografía: © M.M.Capa

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“La polución acortaba el horizonte, pero se podían ver los tejados (…). Casas pintadas de colores pastel, antenas de televisión que desfiguraban la silueta de los edificios. Con frecuencia aparecía un relámpago azul celeste, una piscina. El horizonte era plano, salvo por algunas construcciones apiñadas en torno a un centro comercial. Aquella era la meca del sueño americano, lo que todo el mundo quería. Un mundo de mujeres jóvenes y esbeltas –a base de dietas–, con pantalones cortos y camisetas de tirantes con la espalda descubierta, que conducían vehículos familiares de 400 caballos, rumbo a supermercados con aire acondicionado y música ambiental. Un mundo de canguros y cultura condensada en clubes de lectura de `los mejores libros de la historia´. Una vida de barbacoas junto a la piscina y cines al aire libre abiertos todo el año. Aquello no era para mí. A la mierda los seguros de salud y de vida. Querían vivir sin salir del útero. A mí me hacía sentir más vivo jugar sin reglas, contra la sociedad, y estaba dispuesto a jugar hasta el final”.

Esta visión del “sueño americano” la escribió un inquietante sujeto que se pasó gran parte de su vida entrando y saliendo de la cárcel y que incluso llegó a figurar en la lista de los diez fugitivos más buscados por el FBI. Edward Bunker (1933-2005) fue sin duda un escritor atípico, autor de seis novelas, guionista de cine (candidato a los Oscar por su guión de El tren del infierno) y actor ocasional (¿se acuerdan del Señor Azul, Mr. Blue, de Reservoir Dogs?).

El párrafo que acaban de leer describe una panorámica del valle de San Fernando, en Los Ángeles (ciudad natal de Bunker), desde la autopista que lo atraviesa. Pertenece a la primera novela de este autor, “No hay bestia tan feroz” (1973), que narra el duro retorno a la sociedad de un hombre que se ha pasado ocho años en la cárcel. Está considerada una de las grandes novelas americanas sobre el mundo criminal, así que no busquen en ella más economía que esa brillante y gráfica descripción de “la meca del sueño americano, lo que todo el mundo quería”… y que ahora quieren también los nuevos ricos chinos, rusos o brasileños, atraídos por mundo en el que “el horizonte era plano” y todos “querían vivir sin salir del útero”. Aunque tal vez haya en este libro alguna lección económica más, como la que subyace en toda la novela, la permanente pugna entre manos fuertes y manos débiles, como dicen en los mercados, aunque Bunker recurre a un símil más biológico:

“La compasión era algo poco común en mí [nos dice el protagonista]. Sólo la sentía por los más allegados. Normalmente buscaba en los demás sus debilidades, los contemplaba como presas, como enemigos, aunque no necesariamente con odio. El león no odia a la gacela; le es indiferente”.

¿Cómo superar este mundo sin compasión, de pugna permanente entre leones y gacelas, de búsqueda continua del superficial goce de centro comercial, “cultura condensada” y “vehículos familiares de 400 caballos”? ¿Qué solución le damos a esta encrucijada consumista que nos ha llevado hasta donde nos ha llevado y que, a la vista de la escasez de ideas imperante, nos puede llevar todavía más atrás de donde partimos?

La solución, no sólo económica sino también cultural, quizás no esté en la Tierra. Así que, para encontrarla, viajemos a Marte…

“–¿Por qué lo hizo? [le pregunta el capitán de una nave terrícola invasora a uno de sus tripulantes, Spender, que se ha pasado el bando de los marcianos].

Tranquilamente Spender dejó el arma en el suelo.

–Porque he visto que los marcianos tenían algo que nosotros nunca soñamos tener. Se detuvieron donde nosotros debíamos habernos detenido hace un siglo. He paseado por sus ciudades y comprendo a esta gente y me gustaría llamarlos mis antepasados”.

Demasiado tarde. Esta historia fue escrita en los años cuarenta del siglo pasado, pero, como toda ciencia ficción que se precie, está ambientada en un mundo futuro: junio de 2001. ¿Deberíamos, como dice el rebelde Spender, “habernos detenido hace un siglo”, a principios de ese siglo XX que nos trajo dos guerras mundiales, la bomba atómica, la globalización, la autodestrucción del capitalismo, las máquinas futuristas que ni siquiera soñó el autor de esta historia? ¿Quizás hubiéramos podido parar, de haber conocido antes cómo eran nuestros “antepasados” marcianos? O podríamos habernos detenido justo después de la Segunda Guerra Mundial, cuando un escritor visionario nos contó cómo eran esos marcianos a los que deberíamos parecernos: en 1949, Ray Bradbury llegó a Nueva York con una colección de relatos que narran la colonización futura, entre 1999 y 2006, del planeta Marte, invadido por una humanidad que huye de la Tierra arrasada. Acabó publicándolos unidos, con el título “Crónicas Marcianas”, una de las cumbres de la ciencia ficción y, por qué no decirlo, de la poesía. “¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima?”, escribió Jorge Luis Borges en el prólogo de la primera edición en español, en 1954. Estas fantasías tocaron al escritor argentino y a millones de lectores más porque son poesía, como lo demuestra el siguiente texto, resumen de la filosofía marciana, tan alejada de la terrícola:

“Los marcianos sabían cómo unir el arte y la vida. El arte fue siempre algo extraño entre nosotros. Lo guardamos en el cuarto del loco de la familia, o lo tomamos en dosis dominicales, tal vez mezclado con religión. Bueno, estos marcianos tenían arte, y religión y todo”.

Un modo de vida amenazado por la implacable colonización de los terrícolas, siempre en busca de nuevos recursos tras la invasión:

“–Luego vendrán los otros grandes intereses. Los hombres de las minas, los hombres del turismo –continuó Spender– (…) Estoy solo contra todos los granujas codiciosos y opresores que habitan la Tierra. Vendrán a arrojar aquí sus cochinas bombas atómicas, en busca de bases para nuevas guerras. ¿No les basta haber arruinado un planeta y tienen que arruinar otro más? (…) Esos fatuos charlatanes”.

La (mala) suerte está echada y Marte parece condenado, igual que su civilización, que sí había sabido encontrar el camino del desarrollo sostenible, como nos sigue explicando este rebelde:

“–Sabían cómo vivir con la naturaleza, y cómo entenderla. No trataron de ser sólo hombres y no animales (…).

Los marcianos descubrieron el secreto de la vida entre los animales. El animal no discute la vida, vive. No tiene otra razón de vivir que la vida (…).

Me parece que los marcianos eran bastante ingenuos [le dice el capitán].

Sólo cuando les convenía. Renunciaron a empeñarse en destruirlo todo, humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues en verdad la ciencia no es más que la investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro. No permitieron que la ciencia aplastara la belleza.

Ya casi al final de sus “Crónicas marcianas”, Ray Bradbury nos obsequia con otra magnífica premonición, que pone en boca de un desengañado colonizador de Marte:

– (…) La ciencia se nos adelantó demasiado, con demasiada rapidez, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, preocupándose por las máquinas más que por el modo de dominar las máquinas. Las guerras crecieron y crecieron y por último acabaron con la Tierra.

Podía ser el principio del guión de la película Terminator; o también, si cambiamos el concepto “maraña mecánica” por el de “word wide web”  y si sustituimos “artefactos, helicópteros, cohetes” por “smartphones, tabletas e interfaces cerebro-ordenador”, la descripción de un mundo en el que la tecnología ciertamente genera crecimiento económico, pero de un modo caótico, mal repartido y, a la postre, incontrolable. Las personas de mi generación sobrevivimos cuarenta años sin Internet, pero, como todo el mundo, ahora nos horrorizamos cuando un gurú tecnológico prevé que, antes o después, la Red se desplomará, y caerá sobre nosotros, atrapándonos como pececillos desorientados, y después no habrá más que un retorno a un pasado remoto del que nos costará décadas salir, sobre todo a quienes no sean leones, sino gacelas. O eso, o volar a Marte, no en busca de sus riquezas, sino de su filosofía marciana.

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Títulos comentados:

-No hay bestia tan feroz. Edward Bunker, 1973. Sajalín Editores, Barcelona, 2009.

-Crónicas Marcianas. Ray Bradbury, 1949. Ediciones Minotauro, Barcelona, 2008.

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Una joya del mejor escritor de la generación de Faulkner

Fotografía: © M.M.Capa

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“Una oleada de energía ruinosa y destructiva se había estancado en su interior. Habían despilfarrado fabulosas sumas en calles inútiles y puentes, habían derribado los antiguos edificios públicos, el juzgado y el ayuntamiento, para levantar otros nuevos de quince plantas de alto y lo bastante grandes para satisfacer las necesidades de una ciudad de un millón de habitantes; habían aplanado las colinas y perforado montañas construyendo magníficos túneles pavimentados (…). Era algo loco, exasperante, ruinoso. Habían derrochado las ganancias de toda una vida para hipotecar las de toda una generación venidera; se habían arruinado a sí mismos, a sus hijos, a su ciudad y nada podía detenerlos.”

Esta crónica absolutamente periodística podría estar firmada hoy mismo y aparecer en cualquier medio de comunicación, asalmonado o no, digital o de papel. Su actualidad es tan rabiosa que duele, como esa “energía ruinosa y destructiva” que en los últimos años ha “derrochado las ganancias de toda una vida para hipotecar las de toda una generación venidera”.

Pero no. No está escrita en estos mismos instantes, ni firmada por un periodista económico, un indignado o un analista con visión suficientemente lúcida y pluma suficientemente ágil como para reflejar, negro sobre blanco y con tal crudeza, lo que nos ha pasado, en este país y en otros muchos, en tiempos tan recientes. Quien firma estas líneas nació en 1900, falleció en 1938 y fue calificado por William Faulkner como el mejor escritor de su generación. Una generación a la que pertenecían el propio Faulkner y novelistas como Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald o Sinclair Lewis, quien al recibir su Premio Nobel de literatura citó a este autor desconocido aún hoy día para muchos: Thomas Wolfe.

El mejor escritor de la mejor generación de escritores norteamericanos hasta la fecha… con permiso de otro Wolfe (Tom), de Richard Ford, de Gay Talese, de Paul Auster y de tantos otros genios literarios de la actual y brillantísima generación de autores made in USA. El mejor en una generación de gigantes. Nada más y nada menos. Ese es Thomas Wolfe, de quien el año pasado se editó en España su obra “Especulación” (Editorial Periférica), una pequeña gran novela (91 páginas) publicada por primera vez en 1938, el mismo año en que Wolfe fallecía de tuberculosis en Baltimore.

Estremece leer ahora una historia escrita en la resaca de la gran crisis de los años veinte, un derrumbe económico que recuerda tanto al que vivimos en los últimos siete años. Y una de las mayores coincidencias entre ambas crisis es esa enorme burbuja de inmobiliaria que contempla el protagonista de “Especulación” cuando vuelve a su pueblo del sur de Estados Unidos después de largos años de ausencia:

“Por primera vez fue testigo del increíble espectáculo de una población entera en estado de embriaguez: (…) embriagados  con una intoxicación potentísima (…) que los elevaba constantemente a nuevas alturas de una exuberancia inquieta y atropellada”.

 ¿Se acuerdan de esta peculiar palabra, exuberancia, la misma que se convirtió en un término común en la economía desde que en 1996 la empleó el entonces presidente de la Reserva Federal americana, Alan Greenspan, para hablar del calentamiento en las cotizaciones de todo tipo de activos, sobre todo de los financieros? Una exuberancia que, merced al excesivo abaratamiento del dinero iniciado tras el 11-S, llegaría más tarde al sector inmobiliario y pondría la semilla de la gran crisis actual. Idéntica a la que narra Wolfe de un modo tan gráfico como descarnado:

“Y no parecía haber más que una sola regla, una ley preponderante e infalible: comprar, siempre comprar, pagar cualquier precio que se pidiera y vender de nuevo a los dos días al precio que uno decidiera fijar”.

¿A que les suena? Lo vimos en este país durante aquellos años, a principios de siglo, en los que los inmuebles subían a tasas del 15, del 16 o del 17 por ciento anual. “El ladrillo nunca cae”, proclamaban los interesados, cuando, y volvemos a citar a Thomas Wolfe…

“… los promotores inmobiliarios estaban por todas partes (…). Podía vérseles en los porches de las casas desplegando planos y folletos mientras vociferaban incentivos y promesas de repentina riqueza en los oídos de las ancianas sordas. Todos eran presa de caza para ellos: el cojo, el tullido y el ciego, los veteranos de la Guerra Civil o sus decrépitas viudas, y también los chicos y las chicas de las escuelas, los camioneros negros, los ascensoristas, los vendedores de soda, los limpiabotas. Todos invertían en el negocio inmobiliario y cualquiera se consideraba un `promotor´…”

Era el sur de los Estados Unidos en los locos años veinte, pero podría ser la Valencia del siglo XXI, la de los aeropuertos sin aviones, la costa enladrillada y las grandes obras faraónicas (no olviden esta palabra) que se tardará generaciones en pagar. Una fiebre que alcanzaba a todos, como aquí alcanzó después esa otra infección colateral generada por ciertos bancos y cajas para ayudar a tapar el agujero: no hay más que ver las manifestaciones de preferentistas para comprobar que un producto (las participaciones preferentes) diseñado para grandes inversores muy cualificados, se distribuyó sin escrúpulos entre ciudadanos sin conocimientos financieros porque el único objetivo era vender y vender, incluso a “decrépitas viudas”, para ayudar a que la caja de ahorros de turno tapara en parte el agujero que en sus cuentas había provocado la exuberancia inmobiliaria.

Esta maravillosa novela de Wolfe, que es también una gran narración sobre el desarraigo de su protagonista (“Lo único que sabía era que los años corren como el agua y que un buen día los hombres vuelven a casa”.) nos demuestra que la historia se repite. Y que se repetirá. La locura especulativa volverá, no lo duden. Ya la están notando, sin ir muy lejos, en el mercado inmobiliario británico, particularmente en el de Londres, por cuyas calles, como comprobé hace unos días, circulan más Ferraris, Lamborghinis y Bentleys que por ninguna otra parte del mundo, con excepción quizás de Puerto Banús.

Especulación. Una palabra que parece inscrita en los genes del ser humano. Porque si ahora asistimos a su última manifestación y esta novela de Wolfe nos recuerda uno de sus grandes precedentes, no hay más que rebobinar en la historia para encontrar la primera burbuja inmobiliaria de la que existe constancia escrita. Nos la cuenta el primer historiador y, a su modo, periodista, pues siempre buscaba las fuentes originales de información. Documentándose para su gran libro, que sería la primera obra extensa de la prosa griega, este fino observador viajó por Egipto unos 450 años antes del nacimiento de Cristo para descubrir que las primeras exuberancias inmobiliarias aparecieron, muchas décadas antes, en la tierra de los faraones:

“Viéndose ya falto de dinero, llegó [el faraón] Quéope a tal extremo de avaricia y bajeza que en público lupanar prostituyó a una hija con orden de exigir en recompensa de su torpe y vil entrega cierta suma (…); cumplió la hija tan bien con lo que su padre tan mal la mandó que (…) quiso dejar un monumento de su propia infamia, pidiendo a cada uno de sus amantes que le costeara una piedra para su edificio; y, en efecto, decían que con las piedras regaladas se había construido una de las tres pirámides…”.

 Un faraón especulando hasta con su hija para construirse una pirámide. Nos lo cuenta Herodoto de Halicarnaso en “Los Nueve libros de la Historia”.Fue la primera burbuja inmobiliaria de la historia. La primera gran especulación. Tan faraónica como todas las posteriores.

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Títulos comentados:

-Especulación. Thomas Wolfe, 1938. Periférica, Cáceres, 2013.

-Los nueve libros de la Historia. Herodoto de Halicarnaso, siglo V antes de Cristo. Biblioteca Edaf, Madrid, 1989.

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