Las tecnológicas y el Síndrome del Falso Yogur Adictivo

Fotografía: © M.M.Capa

Imagínense una compañía alimentaria cuyo yogur lo consumen 2.200 millones de personas, un tercio de la población mundial. El producto es casi gratis (o al menos lo parece) y cada consumidor lo recibe con su sabor favorito. No pasaría nada si esa empresa pagara impuestos acordes con la dimensión de sus ventas y sus beneficios, contratara cada año a miles de personas para seguir creciendo y, además, su yogur fuera nutritivo y de calidad. Pero de pronto se descubre que esto no es así, sino que un tercio de los habitantes del planeta está bajo el Síndrome del Falso Yogur Adictivo, provocado por las llamadas BAADD.

 

La sigla BAADD la acuñó, en enero de 2018, la revista “The Economist”. En su opinión, los titanes tecnológicos Facebook, Google y Amazon son empresas BAADD, es decir “big, anti-competitive, addictive and destructive to democracy” (malas, anti-competitivas, adictivas y destructivas para la democracia).

Si las compañías componentes de este triunvirato económica y socialmente dictatorial se han ganado tan malsonante calificación de BAADD –que podríamos traducir libremente al castellano como “MAALAAS”– es por la plaga tóxica que, de un modo sigiloso pero implacable, han extendido sobre el planeta. Y esa plaga es la que acabo de bautizar como el Síndrome del Falso Yogur Adictivo.

Para ilustrar las causas y efectos de tal Síndrome, volvamos a la alegoría del yogur: una empresa gigante, más o menos del tamaño de Facebook, lleva su producto a unos 2.200 millones de seres humanos, aproximadamente un tercio de la población del planeta Tierra. Imaginemos que ese producto es un yogur que, en apariencia, no cuesta nada a los consumidores, quienes además en cada momento consumen el que les apetece, con gran variedad (también aparente) de sabores y texturas; el yogur gusta tanto que se hace imprescindible en cualquier dieta… Hasta aquí, todo correcto, salvo la incomodidad que a muchos supone depender de un cuasi monopolio de escala prácticamente planetaria. Pero ninguna autoridad de la competencia parece preocuparse.

Sin embargo, después de muchos años de crecimiento imparable, llegó para este titán del yogur un año decisivo: 2018. Es el ejercicio que, casualmente, califiqué hace ahora casi un año como “El Año Cero después de la Posverdad” (véase el número 34 de HISPATRADING, de abril-junio 2018).

OCHO DESCUBRIMIENTOS… O CONSTATACIONES

¿Qué ocurrió en este Año Cero para este y otros gigantes monopolísticos, los mismos que “The Economist” califica como BAADD? Pues que salieron a la luz varios descubrimientos o síntomas que antes sólo sospechábamos o, si los conocíamos, pocos nos atrevíamos a plantear abiertamente. Veámoslos uno a uno:

El primer descubrimiento (o más bien constatación) es que la citada empresa ni siquiera produce ese yogur, sino que sólo distribuye, bajo la forma de yogur, multitud de productos que no siempre son nutritivos ni alimenticios.

El segundo es que ese supuesto yogur en realidad lo fabrican los propios consumidores, quienes lo depositan gratis (o eso creen ellos) en la inmensa red (tan inmensa que se cita siempre con mayúsculas: La Red) para su consumo aparentemente gratis (o casi) por otros consumidores.

El tercero es que muchos de esos fabricantes que meten el supuesto yogur en la inmensa red cuasi monopolística ni siquiera son consumidores, sino otras empresas o intereses que además se valen de ignotos robots para producir tal sustancia en cantidades industriales (tan industriales que, cuando les viene bien, saturan con ella determinados mercados, hasta el punto de moverlos arriba o abajo, a izquierda o derecha, según les conviene a esos fabricantes robotizados y agitadores de tendencias).

El cuarto descubrimiento es que, en muchísimos casos, sobre todo en los de masivos efectos sobre el censo electoral (ese mismo que se puede mover de izquierda a derecha, etcétera), el yogur ni siquiera es yogur, sino un producto adictivo y tóxico que sirve para que los consumidores/votantes hagan cosas que generan para la empresa distribuidora ingentes beneficios, de los que se llevan una gran tajada (en forma muchas veces de réditos políticos) otras empresas, poderes o intereses que ni siquiera deberían dedicarse al negocio del yogur. Un negocio que, por cierto, el año pasado fue bautizado con esa horrible palabrota de posverdad (antes llamada simplemente mentira).

El quinto descubrimiento (o también constatación, porque todos los Ministerios de Hacienda lo saben aunque ninguno se atreva aún a combatirlo) es que ese supuesto fabricante de supuestos yogures que llegan a un tercio de la población mundial prácticamente no paga impuestos. O, si los paga, es dónde le apetece (y no en todas partes donde vende su yogur, lo que sería lo correcto), y además en un porcentaje ínfimo en comparación con sus ventas y beneficios de dimensión planetaria.

El sexto descubrimiento es que hay al menos otros dos fabricantes de cosas parecidas al falso yogur, que hacen más o menos lo mismo, aunque a otra estala y con otros productos igual de adictivos.

El séptimo es que este triunvirato monopolístico –y varios de sus congéneres–acumula ya tanto poder económico y político, que va a ser muy difícil controlarlo, por más que sus máximos responsables sean llamados a declarar en las más importantes sedes parlamentarias y decidan (como hizo Mark Zuckerberg, presidente de Facebook) que declaran sólo dónde y cómo les dé la gana, mientras sus corifeos hablan de que “no se puede poner puertas al campo” (quizás para que los lobos puedan circular con libertad entre las ovejas).

El octavo –y quizás más grave– descubrimiento es que ya se están constatando, en millones de consumidores, los efectos nocivos del Síndrome del Falso Yogur Adictivo. Esos efectos se identifican incluso con términos muy sencillos, pese a ser gravísimos entre las poblaciones afectadas: Brexit, Trump, el “procés”, Putin, los rohinyás… Como los cuatro primeros efectos del Síndrome han sido de sobra comentados, dedicaremos unas líneas sólo al último, al que afectó a la desdichada población musulmana habitante del oeste de Myanmar (antes Birmania). Los birmanos, que por supuesto apenas leen periódicos, tienen acceso masivo, pese a su extrema pobreza (o precisamente por ella), a Facebook, ya saben, uno de los fabricantes de yogur. De hecho, Facebook es su principal (y casi único) medio de comunicación en internet. Es decir, sólo se alimentan del yogur de nuestra historia. Esto tiene su lógica: para consumirlo, sólo les hace falta un teléfono móvil, que además usan para muchas más cosas. No tienen que comprar un periódico cada día, ni adquirir a plazos un televisor de plasma, ni dedicar mucho tiempo a la lectura y la reflexión. Los agitadores del racismo, como por ejemplo ciertos monjes radicales budistas, saben eso e inundaron Facebook de mensajes de odio contra los 1,2 millones de musulmanes rohinyás que vivían en Myanmar. Resultado: una auténtica limpieza étnica que provocó en 2018 el éxodo de 700.000 rohinyás a campos de refugiados de la vecina y pobrísima Bangladesh. Al referirse a este caso de tintes genocidas (más de 9.400 rohinyás han muerto, la mayoría de ellos asesinados), una investigadora de la ONU declaró en marzo de ese año que “Facebook se ha convertido en una bestia”. Y lo dijo mientras Zuckerberg declaraba (tras el escándalo de fuga de datos de casi noventa millones de usuarios de su red social) que Facebook tenía mecanismos eficaces para detectar y eliminar los mensajes de odio.

¿Y también las estupideces? Por volver a otro efecto del Síndrome del Yogur, hablemos de lo ocurrido en la menguante Gran Bretaña: “El Brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”. Lo dijo Christopher Wylie (véase “El País” de 27 de marzo de 2018), arrepentido ex cíber-cerebro de la firma inglesa, famosa por haber usado en sus campañas de manipulación los datos de casi noventa millones de usuarios de Facebook. Unas campañas que no sólo sirvieron para impulsar el Brexit, sino también el tramposo triunfo de Trump (uno de cuyos principales donantes electorales es, por cierto, socio de Cambridge).

Podríamos enumerar más descubrimientos, no sólo aparecidos hasta ahora, sino también algunos de los que pronto surgirán. Pero, de momento, los ocho citados parecen suficientes para ilustrar este Síndrome del Falso Yogur Adictivo.

¿LLEGARÁ A TIEMPO LA VACUNA?

Precisamente el caso de Cambridge Analytica (que tuvo que declararse en quiebra apenas dos meses después que estallara el escándalo del uso masivo de los datos de los usuarios de Facebook) fue el que hizo saltar las alarmas y provocó que todo el mundo descubriera el Síndrome. La gran pregunta ahora es: ¿llegará a tiempo una vacuna? O, mejor: ¿disponemos las democracias y las economías occidentales de recursos para elaborar esa vacuna? Me gustaría responder que sí, pero, por ahora, sólo me atrevo a enumerar algunos de estos anticuerpos, sin saber si serán suficientes.

El primer recurso está en el propio concepto de democracia. ¿Podemos permitir nuevos casos como el Brexit, Trump o el “procés”, en los que se condicione el voto de millones de ciudadanos, cuyos datos han sido fraudulentamente utilizados para provocar en ellos una intoxicación masiva con falso yogur adictivo? Ese yogur –ya saben, producido por gentes tan poco fiables como Putin y otros amigos de Trump y del Brexit– que acaba convertido en un enemigo de la propia democracia. “Libertad de expresión, no poner puertas al campo” y proclamas similares sueltan los corifeos de las BAADD. Pero no es cierto: claro que es posible limitar el alcance del yogur adictivo, de la posverdad ¿Acaso no han conseguido regímenes como el chino capar la potencia de las redes sociales en sus territorios? Cierto: ellos sí lo han hecho como arma de control político y atentando contra la libertad de expresión, pero las democracias también deberíamos hacerlo como instrumento de control democrático. ¿Cómo? Con tecnología. La misma que identifica tus gustos y tus preferencias en la Red para luego bombardearte con publicidad, o la que evita que se cuelguen de cualquier manera contenidos porno, puede usarse para detectar mensajes de odio o mentiras. Para ello, recurramos también a herramientas básicas del periodismo: una cosa es opinar (y aquí la libertad de expresión sí debe ser un valor intocable), pero otra cosa es difundir falsa información, eso que se llama ahora fake news o posverdad. Y eso es lo que provoca el odio: decir mentiras como que el otro (sea rohinyá, mejicano, judío, musulmán o español) te roba. Cierto que los medios tradicionales también mienten y manipulan, pero están sometidos a mayor control que las BAADD: primero, el de otros medios contrapuestos; segundo, el de las leyes, las constituciones y, en última instancia, los tribunales de justicia; tercero, el de los propios profesionales de los medios, que debemos actuar con ética y profesionalidad, conscientes de que somos parte del llamado Cuarto Poder de la democracia. ¿Podemos pretender que los titanes de la Red filtren la información falsa? Que se gasten dinero y recursos en hacerlo, igual que se los gastan los medios tradicionales, obligados a contratar periodistas que contrasten las informaciones antes de publicarlas. Pero, claro, eso es caro. Y ellas, las grandes tecnológicas, se declaran depositarias de un futuro económico construido a base de mayor productividad, bajos costes, casi nulas regulaciones y libertad de expresión (y de falsa información) aparentemente gratis para todos…

Por lo mismo, las BAADD se resisten a pagar los mismos impuestos que el resto de compañías. Así pueden competir mejor. Como compiten contra los hoteles las plataformas de alquiler de viviendas turísticas, o contra los taxistas las plataformas de coches de alquiler con conductor (por cierto, mi barrio está lleno de carísimos Teslas de estas plataformas… ¿Alguien me explica cuántos viajeros hay que transportar cada día para amortizar un coche que cuesta entre 86.000 y 149.000 euros?).  Menos costes, menos regulaciones y menos impuestos aumentan la competitividad, mientras la economía tradicional se fastidia y paga impuestos como la ley manda y se somete a todas las normas legales existentes. Este, meter a las BAADD en el mismo marco fiscal y regulatorio que el resto de empresas (que ya es bastante relajado en muchos casos), puede ser el otro gran anticuerpo para fabricar la vacuna: a nivel europeo ya se mueve la idea de una nueva fiscalidad sobre los gigantes tecnológicas, una fiscalidad real, sobre sus ventas y beneficios reales, abonada en cada territorio donde se generen, en vez de en el paraíso fiscal más conveniente. Hasta Trump por una vez ha dicho algo aceptable al afirmar que Amazon debe pagar más impuestos.

En democracia, las constituciones y las leyes están hechas para proteger a los ciudadanos de la temida ley del más fuerte, desastrosa tanto en lo político como en lo económico. Es la ley del más fuerte la que permite a Amazon explotar a sus empleados (que sólo hace poco han comenzado a alzar la voz) y competir con armas inalcanzables para el comercio tradicional; la que permite a Facebook usar indebidamente los datos de sus usuarios y además dejar que cualquier falsa noticia infecte a millones de personas; la que permite a Google decidir qué es o no es trascendente; la que permite a las grandes plataformas de falsa economía cooperativa actuar como auténticas multinacionales alérgicas a los impuestos, a las regulaciones y a los derechos de consumidores y trabajadores… Podríamos seguir así y casi ninguna gran tecnológica se libraría… ni siquiera esas cuyos empleados, sorprendentemente, conducen prohibitivos Teslas (y yo no he visto nunca un taxi tradicional de esta marca).

Se alegará que estas vacunas son aún más difíciles de aplicar fuera de los espacios democráticos. Correcto. ¿Cómo controlar falsas noticias vomitadas desde países sin control jurídico alguno? De nuevo, la solución es tecnológica: si no eres capaz, por ejemplo, de identificar a tus usuarios (igual que lo hace una compañía eléctrica o telefónica), no dejes que esos usuarios anónimos –posiblemente robots manipulados por radicales en un país sin Estado o en un Estado sin democracia– envíen nada fuera de sus fronteras. Y eso sí es posible. Sólo hay que invertir en ello, como se ha invertido en programas antivirus, por ejemplo. ¿Por qué los robots de Putin o de otros grandes manipuladores intervienen en la mayor parte de las campañas electorales europeas para favorecer posiciones ultranacionalistas, xenófobas o supremacistas? Porque los grandes de la Red no identifican bien a sus usuarios. No quieren ponerle puertas al campo… ni a los depredadores que lo recorren con libertad. ¿Por qué hay casos de cíber acoso sexual incluso a menores? Por lo mismo: porque un menor sí puede acceder de cualquier modo a la Red (y, por supuesto, caer en ella). ¿Qué pasaría si tuviera idénticas facilidades para conseguir un carnet de conducir, una licencia de caza mayor o incluso una ametralladora?

Las vacunas se llaman Democracia y Estado de Derecho. Usémoslas antes de que el falso yogur adictivo las destruya del todo.

 

Nota: Versión del artículo que publiqué en el número 35 de la revista trimestral digital HISPATRADING MAGAZINE (julio/septiembre 2018) http://www.hispatrading.com/es/

 

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2019, el año que nunca existió

Fotografía: © M.M.Capa

Planeta Mar, año 2020 d.C. (calendario humano). El peligroso espécimen Donald Trump inicia su segundo mandato como presidente de la mayor potencia de este mundo, aún absurdamente llamado Tierra por sus habitantes. El Reino Unido está a punto de dejar de serlo, ya que el fenómeno denominado Brexit ha provocado las independencias de Escocia e Irlanda del Norte, que han decidido sabiamente dejar de ser británicas para continuar siendo miembros de la Unión Europea (por cierto, uno de los mayores logros de la historia de la humanidad y una de sus escasas esperanzas de futuro). La subida de las aguas hace ya imposible caminar por Venecia y países enteros como Holanda se hunden cada vez más en el mar, mientras los humanos siguen sin aclararse sobre su futuro energético. Conclusión: solicito extracción inmediata para reiniciar la búsqueda de vida inteligente en otros mundos.

 

Tranquilos: quien escribe esto no es del todo alienígena (seguro que algo de ADN humano aún me queda), ni estamos ya en un casi apocalíptico año 2020 después de un 2019 que nunca existió. Pero sí que existe y ahora comienza, porque el inevitable devenir del tiempo destaca entre las muchas cosas que los humanos aún no pueden alterar. Así que este año nuevo 2019 quizás evite, al menos en parte, la aterradora distopía que acaban de leer y que les llevaría a escapar conmigo en mi nave espacial (que, por cierto, no es de gasolina, ni diésel, ni eléctrica, sino propulsada por vientos de iones; además, al contrario que el Arca de Noé, en ella no cabe una pareja por especie).

Pero antes de despegar hacia otros mundos, iniciemos una travesía más realista a través de este prometedor año nuevo.

El declive de Trump

Hace un año, por estas mismas fechas y en estas mismas páginas de HISPATRADING, decíamos que 2018 sería el año cero después de la postverdad y que estaría marcado por el principio del fin del nocivo Donald Trump. Y el triunfo del Partido Demócrata, al recuperar el control del Congreso en las elecciones de medio mandato del pasado 6 de noviembre, confirma esta tendencia. Aunque Trump aún se está librando del impeachment que se tiene tan merecido por ser un auténtico traidor a su país (la trama rusa y otros escándalos acabará estallándole en la cara), ahora está más cerca de él. Y si en 2019 los congresistas demócratas, e incluso algunos republicanos, no logran expulsar a este tipo de la Casa Blanca, será por poco y, en cualquier caso, quedará muy tocado de cara a las elecciones presidenciales de 2020.

Es verdad que cierto cerril electorado quizás siga votando contra sí mismo al volver a apostar por este tipo inmaduro e inmoral que está haciendo un agujero a las economías estadounidense y global. Y lo está haciendo sin, además, conseguir poner en marcha ninguna de sus promesas electorales: el estúpido eslogan America first ya ha demostrado ser un fraude, a medida que la influencia de Washington retrocede ante la de China, Rusia e incluso la Unión Europea; su intento de tumbar el Obamacare se ha quedado a medias y su rebaja fiscal a los ricos y a las sociedades (cuyo impuesto bajó del 35 al 21 por ciento) no ha conseguido aumentar las inversiones empresariales, sino, como ha señalado el Premio Nobel Paul Krugman (véase su artículo en “El País”, 18 de noviembre de 2018), ha servido para algo bien distinto: “Las multinacionales han utilizado los beneficios de la bajada de impuestos para recomprar acciones”. Se confirma así el hecho de que bajar impuestos a las sociedades no provoca automáticamente una expansión económica, mientras que subirlos tampoco provoca una recesión.

En cualquier caso, el impacto global de Donald Trump en la economía es absolutamente recesivo (algo paradójico, cuando él mismo se vende como hombre hecho a sí mismo y empresario de éxito… olvidando que es poco más que un rico heredero convertido en especulador). Las estúpidas guerras comerciales que ha desatado con casi el resto del mundo se han convertido en uno de los principales congeladores del crecimiento mundial: la OCDE anunció en noviembre que la economía global crecerá un 3,5 por ciento anual en 2019 y 2020, frente al 3,7 de 2018; su previsión para la eurozona es del 1,8 por ciento para 2019 y el 1,6 en 2020, frente al 1,9 de 2018. Y coincide con el FMI (que reduce el crecimiento USA al 2,3 por ciento en 2020, frente a las tasas actuales superiores al 3 por ciento) en que este enfriamiento se debe en buena parte a las guerras comerciales, sin olvidar los efectos de la subida de tipos por parte de la Reserva Federal americana (del 0,25 por ciento en 2015 al 2,25 actual) y de la menor oferta de liquidez por parte del Banco Central Europeo, que quizás acabe subiendo también sus tipos en el tercer trimestre de 2019. Otro informe del FMI acaba de alertar frente al fuerte crecimiento de los créditos apalancados, que vuelve a poner en riesgo el mercado financiero global, algo en lo que Donald Trump también ha cooperado, al congelar las moderadas reformas financieras iniciadas tras la crisis de Lehman.

Otro de los efectos más absurdos de la era Trump es que, pese a su decida apuesta por el gasto militar, el America first también es mentira en este ámbito: un panel de expertos elegidos por el Congreso USA (seis republicanos y seis demócratas) acaba de dictaminar que “la seguridad nacional de Estados Unidos está ahora en mayor peligro que en ningún momento de las pasadas décadas”, por culpa de “la disfuncionalidad política y las malas decisiones tomadas por ambos partidos políticos”. Y mientras, el comandante en jefe se entretiene enviando al ejército a las fronteras, junto a ese muro con el que aún sueña pero que, con los demócratas controlando el Congreso, quizás acabe convertido sólo en un inservible monumento virtual a la estupidez de su promotor.

La vacuna del Brexit

Entre las otras estupideces que comentábamos hace ahora un año figuraba, cómo no, el Brexit. Nuestro pronóstico era que 2018 lo convirtiera en el Regrexit, es decir, en una marcha atrás. No ha sido así, pero apenas por unos meses. Con la cantidad de mentiras que Theresa May ha soltado para intentar convencer a los británicos de que el llamado Brexit blando es la mejor solución posible, tenemos en 2019 la última oportunidad para que el Reino Unido convoque por fin el ansiado segundo referéndum y dé marcha atrás antes de que Escocia e Irlanda del Norte aceleren su ya anunciada marcha adelante hacia la independencia, para seguir siendo Unión Europea pese a la incompetencia de los políticos de Londres.

Porque ha quedado demostrado lo que también dijimos en estas páginas: que un Brexit blando redundará en un Reino Unido que pierde soberanía (al contrario de lo que prometían los mentirosos impulsores del no a Europa), sigue sujeto a las normas comunitarias durante mucho más tiempo del esperado pero sin voz ni voto en su definición, debe pagar una factura de 50.000 millones de euros, deja pendiente de un hilo los espinosos temas de la frontera irlandesa y del paraíso fiscal de Gibraltar (y sí, los documentos que ha logrado el Gobierno español sí tienen validez jurídica y dejan cualquier negociación futura en manos de Londres y Madrid, ya que Bruselas se quita de en medio, pues el Peñón ya no será un conflicto entre dos socios, sino entre un socio y un exsocio)… Por si todo esto fuera poco, como en el caso catalán, el Brexit ha generado un éxodo empresarial que quizás se acelere y que será difícil de revertir, incluso aunque llegara el Regrexit. Una profesional que acaba de volver de la City me confirma que los bancos continentales ya están repatriando profesionales a París, a Milán, a Madrid o a Fráncfort, y que en las entidades del Reino Unido no se contratan no británicos ni como becarios. M&G, la mayor gestora de fondos británica, anunció en noviembre que trasladaba la domiciliación de sus fondos (unos 34.000 millones de libras) desde Londres a Luxemburgo. Y es sólo un ejemplo entre muchos otros.

Porque si el Brexit duro es un auténtico suicidio para el Reino Des-Unido y su economía, el Brexit blando es una infección que puede prologarse años y dejar al país sumamente debilitado. “Nadie votó por ser más pobres”, rezaban algunas pancartas que leí el pasado mes de agosto en Londres. Y eran proclamas colgadas en las fachadas de empresas. Pero es así: seguir adelante con esta locura hará más pobres a los británicos, que incluso tendrán que cerrar empresas por falta de mano de obra inmigrante.

Pero aún nos queda la esperanza de este año nuevo: antes de que se culmine la salida británica el próximo 30 de marzo (con ese periodo transitorio que podría extenderse hasta el 1 de enero de 2021… ¡tres años de fiebre nada menos!), los británicos aún pueden dar marcha atrás. Y seguro que Europa aceptaría que retiraran la petición de salida. Porque, además, los 27 miembros de la Unión ya han sabido convertir el Brexit en una vacuna para cualquier otro país que sueñe con irse del club. Así que nada mejor que aplicársela también a la menguante Gran Bretaña antes de que su enfermedad se convierta en irreversible.

De Tierra a Mar

Porque además Europa y el mundo deberían poder olvidarse del inmaduro ignorante sentado en el Despacho Oval y de las mentiras del Brexit, para concentrarse en algo mucho más serio. Las autoridades medioambientales holandesas acaban de comprobar que los Países Bajos (por algo se llaman así) se hunden a un ritmo de cinco milímetros anuales y pueden ser medio metro más bajos que ahora dentro de cincuenta años. Al otro lado del continente, Venecia pronto será solo visitable en barca, como crecientes zonas de Europa cada vez que los cada vez más frecuentes y espectaculares fenómenos tormentosos sigan anegando sitios en los que antes casi nunca llovía ni el mar asaltaba los paseos marítimos o hasta los balcones de los edificios en primera línea de playa (como vimos hace poco en Canarias).

En efecto: pese a negacionistas como el famoso primo de Rajoy o como el propio Trump (y sus estúpidas políticas medioambientales mientras California se quema cada año un poco más y los huracanes arrasan una y otra vez las costas USA), el cambio climático es una realidad. La Comisión Europea acaba de fijar para el 2050 la fecha límite para acabar con la era de los combustibles fósiles y lograr que terminen las emisiones de efecto invernadero. Un reciente informe del Centro Común de Investigación (JRC en sus siglas inglesas, organismo asesor científico de la Unión Europea) subraya que la Unión Europea perderá a finales de este siglo un 1,9 por ciento de su PIB (es decir, una pérdida anual de 240.000 millones de euros) si el calentamiento global en esas fecha supera los tres grados centígrados.

Hay que acelerar, sin duda, en la lucha contra el cambio climático, pero buscando alternativas incluso más allá del coche eléctrico. Acabo de leer en un documentado informe que no hay litio suficiente en el mundo para fabricar las baterías que necesitaría un parque mundial de coches eléctricos (les copio el enlace para que no se lo pierdan: https://www.facebook.com/marcos.chaos/posts/10157314023859252). Así que habría que hacer menos propaganda política contra el diésel y la gasolina, conscientes de que llevará años, al menos hasta 2050, arrinconarlos del todo, pero sabiendo que la ciencia y la tecnología deben buscar alternativas no sólo eléctricas. La revista “Nature” acaba de publicar que un pequeño avión ha logrado volar sin hélices ni combustible, propulsado por lo que se llama vientos iónicos, gracias a un avance desarrollado por científicos del Instituto de Tecnología de Massachussets (el famoso MIT). Propulsión iónica, reactores de plasma antimateria o incluso aprovechamiento no contaminante de los combustibles fósiles… ¿Por qué no, cuando vemos que los vehículos actuales de gasóleo ya contaminan la mitad que los de hace unos años? ¿Quién que no fuera Julio Verne pudo soñar hace cien años con volar a la Luna o a Marte? Tenemos aún tiempo, al menos hasta 2050, pero 2019 sería un buen año para comenzar a tomárnoslo por fin en serio, porque si nos cargamos este planeta, creo que aún necesitaremos muchas décadas para encontrar otro Mar (perdón, otra Tierra) tan habitable y, pese a todo, tan maravilloso como éste.

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Negocios talibanes

Fotografía: © M.M.Capa

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“Merced a sus relaciones, puso en marcha empresas pequeñas que sirvieron de tapadera a sus inversiones paralelas, centradas sobre todo en el contrabando y el tráfico de drogas. Tras la llegada al poder de los talibanes moderó sus afanes pero no desmanteló sus circuitos. Renunció de buen grado a algunos autocares y a algunas chapuzas en provecho de la causa, contribuyó a su manera al esfuerzo bélico de los gamberros mesiánicos que luchaban contra sus excompañeros de armas y consiguió salvaguardar sus privilegios. Mirza sabe que a la fe de un menesteroso le cuesta resistirse a las ganancias fáciles; en consecuencia, unta a los nuevos amos del país y, de esa forma, vive tan ricamente en medio de la tormenta.”.

Ambientada en el Kabul de principios de siglo, cuando la brutalidad del régimen talibán impone su sangrienta visión de un Islam que parece cualquier cosa menos una religión, “Las golondrinas de Kabul” (novela publicada en francés en el año 2002) es sobre todo un alegado en defensa de esas mujeres que, desde siempre, son las principales víctimas de todo fanatismo religioso. Pero la obra de Yasmina Khadra va más allá y describe también los entresijos económicos de un poder talibán corrompido que lapida y ahorca mujeres o supuestos herejes mientras sus líderes se enriquecen… quizás porque como en realidad no creen en el Paraíso prometido por Mahoma, su principal empeño es construirse su particular paraíso en la tierra.

Yasmina Khadra es el pseudónimo femenino que el ex comandante del ejército argelino Mohamed Moulessehoul adoptó para, sin levantar sospechas, poder denunciar las injusticias de su país. Y, en esa misma línea, denuncia en “Las golondrinas de Kabul” la irracionalidad y los excesos de los talibanes.

¿GRAN BAZAR O ANTESALA DEL MÁS ALLÁ?

Las golondrinas son esas mujeres que, amortajadas en vida bajo sus burkas, son las principales víctimas de la brutalidad y la represión en ese Kabul que el autor llama “la antesala del más allá”. Una ciudad donde la especulación pasa por encima del sufrimiento de los ciudadanos:

“En Kabul, sobre todo en el mercado y en los bazares, el bullicio de las especulaciones podría ahogar el coro de las más cruentas batallas. Se subastan los fajos de billetes de banco, se hacen y deshacen fortunas al albur de un cambio de humor, la gente sólo tiene ojos para la ganancia y la inversión; en cuanto a las noticias del frente, se tienen en cuenta en sordina, como para meterles marcha a los negocios”.

En este putrefacto medio ambiente, la novela nos cuenta cómo Mirza Shah se ha convertido en próspero hombre de negocios, incluso bajo el brutal régimen talibán. Todo comenzó con la lucha contra los ocupantes soviéticos:

“Mirza Shah fue uno de los primeros militares que desertaron de su unidad para unirse a los muyahidines (…). Tras la retirada de las fuerzas soviéticas, le ofrecieron puestos de responsabilidad en la administración y no los aceptó. La política y el poder no le entusiasmaban. Merced a sus relaciones, puso en marcha empresas pequeñas que sirvieron de tapadera a sus inversiones paralelas, centradas sobre todo en el contrabando y el tráfico de drogas.”

Una prometedora carrera empresarial que incluso se aceleró cuando los fanáticos religiosos conquistaron el poder:

“La llegada al poder de los talibanes moderó sus afanes pero no desmanteló sus circuitos. Renunció de buen grado a algunos autocares y a algunas chapuzas en provecho de la causa, contribuyó a su manera al esfuerzo bélico de los gamberros mesiánicos que luchaban contra sus ex compañeros de armas y consiguió salvar sus privilegios”.

Porque Mirza conoce muy bien cuál es el punto débil de casi todo el mundo, incluso de los que sólo parecen pensar en su particular dogma fundamentalista:

“Mirza sabe que a la fe de un menesteroso le cuesta resistirse a las ganancias fáciles; en consecuencia, unta a los nuevos amos del país y, de esta forma, vive tan ricamente en medio de la tormenta”.

La historia de siempre: cuando más degenerado es un régimen político, mayores facilidades para los negociantes sin escrúpulos. Y no faltan quienes, como Qasim (otro protagonista de la novela), se esfuerzan por mostrar fulgor religioso a fin de conseguir prebendas:

“A Qasim le enciende los ojos un fulgor singular. Si no pierde ocasión alguna de acompañar a los desdichados hasta el pie del cadalso es, precisamente, para que los mulás se fijen en él (…). Algún día, a fuerza de perseverancia y entrega, acabará por conseguir que los que mandan lo nombren director de esa fortaleza, es decir, de la mayor penitenciaría del país. Podrá así integrarse en las filas de los notables y lanzarse al mundo de los negocios. Sólo entonces disfrutará del reposo del guerrero”.

Qasim lo tiene tan claro que incluso se ofrece a facilitarle las cosas a un amigo:

“Si tienes proyectos, hablaremos de ellos para buscar socios y poner manos a la obra enseguida. Montar un negocio no es nada del otro mundo. Un poco de imaginación, un asomo de motivación y ya está la locomotora en marcha. Si no tienes ni cinco, te adelantamos el dinero y, luego, nos lo devuelves.”

Así de fácil. De este contubernio entre fanatismo religioso y corrupción económica ya hemos tratado en esta bitácora digital (http://wp.me/p4F59e-5s). Mucha supuesta interpretación del Corán y del Islam, pero, al final, los negocios son los negocios. Y son más fáciles aún si, como ocurre con cualquier fundamentalismo que alcanza el poder, el control de las almas sólo busca el control del dinero.

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Título comentado:

-Las golondrinas de Kabul. Yasmina Khadra, 2002. Alianza Editorial, Madrid, 2006.

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La Rusia de los amigos de Putin (y 2): el asalto mafioso a la economía

Fotografía: © M.M.Capa

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“En una sociedad donde la combinación de burocracia esclerótica e incompetencia pura y dura ha hecho que se atasquen todos los engranajes, el mercado negro es el único lubricante. La URSS funcionó con ese lubricante a lo largo de toda su historia y dependió totalmente de él en los últimos diez años. A partir de 1991, la mafia, que ya controlaba el mercado negro, lo único que hizo fue salir del escondrijo para expandirse. Y desde luego que lo hizo, pasando rápidamente de las áreas de fraude organizado normales –alcohol, drogas, protección, prostitución– a todas las facetas de la vida. Lo más impresionante fue la rapidez y crueldad con que se llevó a cabo el virtual asalto de la economía”.

 “El grupo criminal en el círculo de Putin ha aprendido a manipularle”. Lo dice Mijaíl Jodorkovsky, magnate ruso exiliado en Gran Bretaña, en una entrevista publicada por el “EL PAÍS” el 21 de marzo. Esto fue sólo tres días después de que Vladímir Putin arrasara en las elecciones presidenciales y se asegurara que seguirá en el poder hasta 2024 (acumulará así sólo cinco años menos que los 29 que estuvo Stalin al frente de la URSS). Y todo ello, mientras arrecia la guerra diplomática occidental contra Moscú por el envenenamiento de un ex espía ruso y su hija en territorio británico. Y mientras vuelven a volar los misiles occidentales sobre el dictatorial régimen sirio que, con el apoyo de Putin, sigue gaseando y bombardeando a sus propios ciudadanos.

Que la mafia y otros círculos criminales sobrevuelen el poder político no es noticia. Pasa en casi todas partes. En el libro que acaba de publicar sobre Donald Trump, el ex director del FBI James Comey afirma que “estar con él me traía recuerdos de cuando era fiscal antimafia”. Pero en Rusia, esta simbiosis entre mafiosos y gobernantes es especialmente intensa y viene de antiguo. Lo comentamos en el anterior artículo de esta bitácora (http://wp.me/p4F59e-8r), dedicado a una interesante obra de Frederick Forsyth: “El Manifiesto Negro”. Escrita en 1996, la novela hace un ejercicio de política ficción y se ambienta en 1999 para narrar la historia de un xenófobo, racista y mafioso candidato a las presidenciales rusas del año siguiente. Las primeras que, por cierto, ganó Putin tras la dimisión de Boris Yeltsin.

En la novela no se cita a Putin en ningún momento, quizás porque en 1996 aún no era muy conocido, pese a su pasado en el KGB, que prolongó en el organismo que lo sucedió, el Servicio Federal de Seguridad, del que fue nombrado director en 1998. Pero sí aparecen en el libro de Forsyth otros inquietantes altos cargos de ambos servicios, por no hablar del aún más inquietante líder político populista: Igor Komároz, un sujeto que se presenta a las elecciones respaldado por ingentes capitales de origen mafioso y con un programa oculto nazi y supremacista (ese “Manifiesto Negro” que da título a la novela) que podrían firmar los mismísimos Adolf Hitler o Joseph Stalin.

Tras describir cómo la mafia se infiltró en la economía soviética durante los últimos años de la URSS (véase artículo anterior de este blog), “El Manifiesto Negro” cuenta cómo esa infiltración fue aún más intensa con el nacimiento de la nueva Rusia tras la caída del Muro de Berlín.

CONQUISTA EN TRES FASES

Ese “asalto de la economía” al que aludíamos al principio de este artículo, fue posible para la mafia gracias a tres factores muy bien descritos en la novela:

“El primero fue la capacidad para una violencia brutal e inmediata que la mafia rusa exhibía cuando sus planes se veían obstaculizados de alguna manera, una violencia que habría dejado en pañales a la Cosa Nostra norteamericana (…). El segundo fue la impotencia de la policía. Escasa de dinero y de plantilla, sin experiencia (…), la milicia no daba abasto. El tercero fue la endémica tradición rusa de corrupción”.

Y este último factor, el de la corrupción, fue alentado a su vez por un componente puramente económico:

“A ello contribuyó la inflación galopante que se desató en 1991 para consolidarse alrededor de 1995. Bajo el comunismo el tipo de cambio estaba en dos dólares americanos por rublo, cosa ridícula y artificial en términos de poder adquisitivo, pero vigente dentro de la URSS, donde el problema no era la falta de dinero sino de bienes. La inflación acabó con los ahorros y dejó en la pobreza a los trabajadores con salario fijo. Cuando la semanada de un policía urbano vale menos que los calcetines que lleva es difícil persuadirle de que no acepte un billete metido dentro de un carnet de conducir evidentemente falso”.

Con todo esto jugando a su favor, la mafia rusa penetró con rapidez en los negocios legítimos, hasta el punto de hacerse con el control del 40 por ciento del producto interior bruto:

“La Cosa Nostra americana tardó una generación en comprender que los negocios legítimos, conseguidos con las ganancias del chantaje, servían para incrementar las ganancias y blanquear el dinero. Los rusos lo comprendieron en sólo cinco años y en 1995 controlaban el 40 por ciento de la economía nacional (…). El problema era que se habían excedido. Hacia 1988, la codicia había resquebrajado la economía de la que vivían. En 1996 una parte de la riqueza rusa por valor de 50.000 millones de dólares, principalmente en oro, diamantes, metales preciosos, petróleo, gas y madera, estaba siendo robada y exportada ilegalmente. Las mercancías se compraban con rublos prácticamente desvalorizados, e incluso así a precios de liquidación, por los burócratas que controlaban los órganos del Estado, y se vendían en el extranjero a cambo de dólares. Algunos de estos dólares eran después reconvertidos en millones de rublos al objeto de seguir financiando sobornos y crímenes. El resto quedaba a buen recaudo en el extranjero”.

Frederick Forsyth dedica también páginas brillantes a narrar la penetración mafiosa en la banca: cómo se pasó del único banco de la época comunismo, el Narodny o Banco del Pueblo, hasta los más de 8.000 surgidos con la ebullición capitalista; cómo muchos de estos quebraron o simplemente se esfumaron con el dinero de los depositantes, hasta que a finales de los noventa no quedaron más que “unos cuatrocientos bancos más o menos fiables”; o cómo lograba mandar en ellos la mafia:

“La banca no era una ocupación segura. En diez años más de cuatrocientos banqueros habían sido asesinados, normalmente por no ceder por completo a las exigencias de los gánsteres de préstamos sin aval y otras formas de cooperación ilegal”.

LA POSVERDAD ANTES DE PUTIN

Y para dejar bien claro que no hay nada nuevo bajo el Sol, “El Manifiesto Negro” se ocupa detenidamente de eso que antes llamábamos mentira y que ahora se llama posverdad. Y demuestra que no hay que esperar a uno de sus principales impulsores recientes, el nuevo zar Putin, para encontrarla mucho antes en la política rusa. Boris Kuznetsov, el jefe de propaganda del partido ultraderechista de Komároz, sabe bien cómo manejar esa posverdad:

“Durante su estancia en Estados Unidos Kuznetsov había estudiado y quedado impresionado de cómo unas relaciones públicas llevadas con habilidad y competencia podían generar el apoyo de las masas incluso a las más estrepitosas tonterías (…). Kuznetsov veneraba el poder de la oratoria para persuadir, disuadir, convencer y por último vencer toda oposición. Que el mensaje fuera mentira era irrelevante. Como los políticos y los abogados, él era un hombre de palabras, convencido de que no existía problema que éstas no pudieran resolver”.

Se puede generar el apoyo de las masas a “las más estrepitosas tonterías” y es irrelevante que el mensaje sea mentira. ¿Les suena? Pues pueden leer más sobre esto en una novela como “El Manifiesto Negro”, escrita dos décadas antes del Brexit, de la llegada de Trump a la Casa Blanca, del nuevo zarismo rampante de Putin y de las fantasías carlistas que sueñan con una república burguesa independiente con capital itinerante (de Bruselas a Berlín, pasando por Soto del Real y Extremera).

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Título comentado:

-El Manifiesto Negro. Frederick Forsyth, 1996. Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1998.

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La Rusia de los amigos de Putin (1): ¿Quién dijo ‘tres per cent’? ¡Donde esté un 50 por ciento!

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Es el representante de la mafia moscovita. Fíjese en el trato que me ofreció: él y los suyos se llevan el cincuenta por ciento de todo. A cambio compran o falsifican todas las licencias, franquicias y papeles que yo pueda necesitar. Solucionan los problemas burocráticos a golpe de teléfono, garantizan que las entregas se hagan en el plazo previsto y no haya problemas con los obreros”.

Casi 100.000 millones de euros, muchos de ellos en manos de oligarcas rusos, se blanquean cada año en el Reino Unido, según datos de la Agencia Nacional contra el Crimen británica. Lo leo en “EL PAÍS” del 18 de marzo. Desde días antes se investiga el sospechoso envenenamiento de un ex espía ruso en ese Londres que hace tiempo llaman Londongrado, por el gran poder e influencia del dinero venido del Este. El envenenamiento, por supuesto, no ha provocado medida alguna contra estos capitales de origen oscuro, sino, por ahora, sólo una mini crisis estilo Guerra Fría (con expulsión mutua de diplomáticos por parte de Londres y Moscú).

Los británicos –cuyos equipos de fútbol, medios de comunicación y otras empresas reciben masivas inversiones de magnates rusos, por no hablar de las donaciones al Partido Conservador– no se atreven a ir más allá de estas tibias medidas diplomáticas, aunque consideran que quien está cazando ex espías es precisamente el gobierno de Londongrado, es decir, al de Vladímir Putin. El mismo Vladímir Putin que ese mismo domingo 18 de marzo arrasó en las elecciones presidenciales con un 76,5 por ciento de los votos. Un espectacular resultado del nuevo zar, después de inhabilitar al único opositor que podía hacerle sombra y en medio de acusaciones de pucherazo y multitud de irregularidades (de las que han advertido los organismos internacionales). Hasta se han visto en televisión imágenes de personas introduciendo un voto detrás de otro en las urnas, o al mismo individuo votando en varios colegios sucesivamente. ¡Así volvería a ganar aquí incluso Rajoy!

Tras la victoria por aplastamiento de Putin, casi ningún líder occidental (salvo su colega Trump) ha felicitado al hombre más longevo en el poder ruso después de Stalin: el dictador comunista estuvo 29 años al frente de la URSS, de 1924 a 1953; el nuevo zar de la posverdad llegó al poder en el año 2000 y, gracias a las elecciones del 18 de marzo, lo ocupará hasta 2024 (no hay que restar a esos 24 años los cuatro, entre 2008 y 2012 , en que el jefe de Estado fue su marioneta, Dmtri Medvedev, nombrado a dedo por el propio Putin).

Así es Rusia. Nada de porcentajes irrisorios. ¿Quién se conformaría con ganar las elecciones por lo justo, o incluso por menos y obligado a formar gobiernos de coalición, como la Merkel? Putin, desde luego, no. Y la corrupción rampante que se ha apoderado desde hace décadas de la economía rusa, mucho menos. ¿Qué es esa porquería del tres per cent de los catalanes convergentes (o como se llamen ahora)? Mejor un cincuenta por ciento y no hay más que hablar, como se relata en el primer párrafo de este artículo. Un párrafo que se escribió nada menos que en 1996 y en un libro en el que, mucho antes de que se hubiera inventado el término, ya se habla de la posverdad. Se trata de “El Manifiesto Negro”, una entretenidísima y muy bien documenta novela de espionaje (como casi todas las suyas) firmada por Frederick Forsyth.

UNAS ELECCIONES DE NOVELA

La obra está ambientada en la Rusia de 1999, cuando están a punto de celebrarse elecciones presidenciales. Se espera una arrolladora victoria de cierto líder populista. Pero, por casualidad, cae en manos occidentales un texto escrito, de su puño y letra, por ese mismo líder. En ese programa oculto, llamado el “Manifiesto Negro”, el político imparable (y respaldado por las poderosas mafias rusas) deja muy claras sus intenciones dictatoriales, ultra nacionalistas, xenófobas e incluso supremacistas, pues piensa hacer con minorías como los judíos barbaridades parecidas a las que hizo Hitler… o el propio Stalin. En torno a este “Manifiesto Negro” y a los intentos occidentales de desactivar políticamente a su autor, la novela desarrolla una trama muy bien narrada y, lo que más nos interesa aquí, muy bien documentada en sus aspectos no sólo políticos, sino también sociales y económicos.

Por cierto, por si aún no han caído en la coincidencia: la novela de Frederick Forsyth está ambientada en la Rusia de 1999 que tiene la vista puesta en las elecciones de enero del año siguiente. No voy a destripar el desenlace ni a descubrirles si el nazi populista, racista y mafioso de la novela llegó a triunfar o no en las urnas. Pero ya saben quién ganó, de verdad, las elecciones rusas del año 2000.

Y ahora vayamos a los fundamentos económicos de estas historias (de la real y de la novelada).

UNA MAFIA QUE FUNCIONA

El párrafo con que se inicia este artículo es lo que le dice, en un hotel de Moscú, un empresario canadiense a un espía occidental que se hace pasar por hombre de negocios. Al escuchar la comisión del 50 por ciento, el espía le dice al canadiense:

“–Supongo que le envió a hacer gárgaras [al representante de la mafia moscovita].

–De eso nada. No soy tan tonto. A la protección que ofrecen la llaman tener un ‘techo’. Sin techo no se va a ninguna parte. Básicamente porque si les dices que no, te dejan sin piernas. Te las cortan y listo”.

Para aclarar este peculiar escenario, Frederick Forsyth ofrece a continuación una historia abreviada de la mafia rusa:

“Desde hace siglos en Rusia ha existido un hampa criminal muy desarrollada. A diferencia de la mafia siciliana, no tenía una jerarquía unificada y jamás se exportaba fuera del país. Pero existía una gran hermandad entre sus cabecillas regionales y locales, y entre sus miembros, cuya lealtad quedaba simbolizada mediante tatuajes.”

Una estructura muy asentada con la que no pudo acabar ni el comunismo soviético:

“Stalin trató de acabar con el hampa mandado a millares de sus miembros a los campos de trabajo, pero sólo consiguió que los ‘zoks’ acabaran dirigiendo prácticamente los campos con la connivencia de sus guardianes, que preferían vivir en paz a que sus familias fueran perseguidas. En muchos casos los ‘vory v zakone’ (‘ladrones por derecho’, equivalentes a los padrinos de la mafia) llegaban a dirigir sus empresas desde los barracones del campo de trabajo”.

La simbiosis entre soviéticos y mafiosos pronto desbordó el ámbito de los campos de trabajo:

“Una de las ironías de la guerra fría es que el comunismo podría haberse derrumbado diez años antes de no ser por el hampa. Hasta los jefes de partido tuvieron que acabar pactando secretamente con ella. Por una razón muy simple: era lo único que funcionaba en la URSS con cierto grado de eficacia. Un director de fábrica que elaborara un producto vital podía encontrarse con que su maquinaria se paraba debido al fallo de una simple válvula. Si pasaba por los canales burocráticos podía estar de seis a doce meses sin una válvula nueva mientras toda la planta de producción permanecía inactiva. O podía contárselo a su cuñado que conocía a un hombre bien relacionado. La válvula llegaría en una semana. Luego el director de fábrica haría la vista gorda a la desaparición de un envío de chapa de acero, que iría a parar a otra fábrica cuya chapa de acero tardaba en llegar. Y como colofón los directores de las respectivas fábricas trucarían los libros para hacer ver que habían cumplido las ‘normas’”.

¿Qué ocurrió tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el consiguiente desmoronamiento del bloque soviético y de la propia URSS? Pues que la mafia fue aún más allá en la ocupación de las estructuras políticas y económicas de la nueva Rusia. Pero eso lo veremos en la siguiente entrega de esta bitácora. Lamento extenderme, pero no hay más remedio: Rusia, con sus más de 17 millones de kilómetros cuadrados (apenas un millón menos que Estados Unidos y Canadá juntos), es el país más extenso del mundo, sus líderes tienen una cierta tendencia a extender también más que ningunos otros sus periodos en el poder y, en consecuencia, lo que las mafias suponen para la economía rusa –y que también cuenta esta novela de Frederick Forsyth– tiene un alcance y unas dimensiones tales que necesitarán al menos otro artículo para terminar siquiera de esbozarlo.

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Título comentado:

-El Manifiesto Negro. Frederick Forsyth, 1996. Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1998.

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La intolerancia mata al ruiseñor

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“–Preferiría que disparaseis contra botes vacíos en el patio trasero, pero sé que perseguiréis a los pájaros. Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado.
Aquella vez fue la única vez que le oí decir que esta o aquella acción fuese pecado, y pregunté a la señorita Maudie al respecto.
–Tu padre tiene razón –me respondió–. Los ruiseñores sólo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones de maíz, no hacen nada más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor.”.

 No parece que haya mucha economía en este párrafo, aunque el trasfondo de la gran recesión sí late con fuerza en la obra a la que pertenece: Matar a un ruiseñor, escrita en 1960 por Harpper Lee. Con esta única novela (hasta 2017 no se publicó otra obra de esta autora), Lee se hizo un hueco en la cima de la literatura estadounidense. Mérito confirmado por el Premio Pulitzer que la novela ganó 1961 y que se ratificó un año después, cuando el director Robert Mulligan llevó la novela al cine y ganó dos Oscar: al mejor guión, obra de Horton Foote, y al mejor actor masculino, el siempre magnífico Gregory Peck en el papel de Atticus Finch (el abogado padre de la niña protagonista, a quien explica que es pecado matar a un ruiseñor).

Matar a un ruiseñor es quizás la novela que con más profundidad y, a la vez, calidad literaria, denuncia una de las peores lacras de todos los tiempos: la intolerancia. Ambientada en la Alabama de la gran crisis de 29, e inspirada en un conflicto racial acontecido en 1931, narra un opresivo ambiente de racismo. A través de la voz de una niña, nos cuenta cómo ese racismo y esa intolerancia matan al ruiseñor: sin apenas pruebas, se condena a un sospechoso de violación por el solo hecho de ser negro.

La intolerancia es el combustible que alimenta esas armas de destrucción masiva llamadas fundamentalismo religioso, racismo y nacionalismo, muchas veces interrelacionadas. Como ocurre, sobre todo, con la estrecha hermandad entre racismo y nacionalismo: cada vez que alguien añade a cualquier problema un adjetivo de carácter geográfico, como por ejemplo “el problema catalán”, “el problema español” o “el problema alemán”), siempre está marcando diferencias con el no catalán, el no español o el no alemán, como si las fronteras –geográficas o políticas– implicaran que los ciudadanos son, o deben ser, diferentes según estén a uno u otro lado de la raya. Y eso es mentira. Cualquiera que se empeña en defender las esencias inmutables de tal o cual raza, nacionalidad o religión, sabe que miente, pero lo hace porque no tiene otra cosa que ofrecer para convertirse en el jefe de la tribu. Lógico: si no crea antes conciencia de tribu, difícilmente llegará a ser su jefe.

Como los ruiseñores vuelan, no entienden de fronteras. Aunque, como pájaros inocentes que se limitan a cantar, personifiquen en la novela de Harper Lee ese papel de víctima que, en cualquier conflicto, siempre recae sobre el marginado por el fundamentalismo (el infiel), por el racismo (en este caso el negro) o por su primo hermano el nacionalismo (ya saben, el del otro lado de la raza pura: los judíos nos roban, los españoles nos roban, los inmigrantes nos roban, etc.).

Supongo que ahora comprenderán el motivo de que en este 2018, cuando esa bestia prehistórica del nacionalismo vuelve a rugir, escribo sobre esta magnífica novela. Pero también es cierto que esa intolerancia denunciada en Matar a un ruiseñor tiene raíces económicas casi siempre, cuando aparece algún politicucho populista y aprovechado que quiere sacar tajada haciendo desfilar a las masas detrás de una bandera, de un dogma o de un color de piel.

En la novela Matar a un ruiseñor, el trasfondo económico no es otro que la Gran Recesión de los años treinta, la misma que no sólo hizo rebrotar el racismo, sino también la peor versión vista hasta ahora del nazionalismo (por si alguien no se ha dado cuenta, que quede claro que el error ortográfico es deliberado).

CAMPESINOS POBRES, PROFESIONALES POBRES

Las uvas de la ira es, para mí, la Gran Novela de la Gran Recesión (http://wp.me/p4F59e-1n). Pero Matar a un ruiseñor aporta la magnífica descripción de esa sociedad pueblerina de Alabama, en el Profundo Sur, en la que los efectos de la crisis echan leña al fuego del racismo.

Los diálogos entre el abogado Atticus Finch y su hija Jean Louise nos cuentan la crisis en pocas líneas. Todo comienza cuando la niña descubre una carga de leña en el patio trasero, o un saco de nueces en las escaleras, o una caja de zarzaparrilla y acebo que le llega al letrado en Navidad. Atticus explica que es el único modo en que pueden pagar sus servicios muchos de sus humildes clientes, afectados de lleno por la depresión:

“Aquella primavera [nos cuenta Jean Louise], cuando encontramos un saco lleno de nabos, Atticus dijo que el señor Cunningham le había pagado con creces.

–¿Por qué te paga de este modo? –quise saber.

–Porque es del único modo en que puede pagarme. No tiene dinero.

–¿Nosotros somos pobres, Atticus?

Mi padre asintió con la cabeza.

–Ciertamente, lo somos (…).

–¿Tan pobres como los Cunningham?

–No exactamente. Los Cunningham son gente del campo, labradores, y la crisis les afecta más”.

 A continuación, llega la sencilla explicación –que muchos políticos aún no entienden– de cómo una crisis que comienzan golpeando a los más endeudados y desfavorecidos, a los mismos a quienes los gurús recetan “austeridad y contención salarial”, acaba extendiéndose a las clases medias (¿les suena?):

“Atticus decía que quienes tenían alguna profesión eran pobres porque los campesinos lo eran. Como el condado de Maycomb era agrícola, las monedas de cinco y de diez centavos llegaban con mucha dificultad a los bolsillos de médicos, dentistas y abogados”.

¿Y cuál es el origen de ese empobrecimiento que no respeta escalas sociales? El de siempre, el mismo de la crisis que aún nos sobrevuela:

“La amortización sólo representaba uno de los muchos males que sufría el señor Cunningham. Tenía sus campos hipotecados, y el poco dinero que reunía se lo llevaban los intereses. Por supuesto que hubiese podido conseguir un empleo del Gobierno, pero entonces habría tenido que abandonar sus campos, y él prefería pasar hambre para conservarlos y votar de acuerdo con su parecer”.

La explicación de Atticus entra en otro grave problema de las crisis en países que, como Estados Unidos, no gozan de una buena sanidad pública, ni siquiera ahora, en pleno siglo XXI y con el inmaduro, desequilibrado e incompetente Trump queriendo cargarse el Obamacare:

“Como los Cunningham no tenían dinero para costearse un abogado, nos pagaban con lo que podían.

–¿No sabíais que el doctor Reynolds trabaja en las mismas condiciones –decía Atticus–. A ciertas personas les cobra una medida de patatas por ayudar a un niño a venir al mundo”.

De este descalabro económico surge la receta de todos los populismos, los que en los años treinta nos trajeron el fascismo y el nazismo, o los que ahora nos han traído a Trump, al Brexit o al “procés”: levantar muros, alzar fronteras, echarle la culpa de todo al otro… Es decir, matar al ruiseñor.

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Título comentado:

-Matar a un ruiseñor. Harper Lee, 1960. Ediciones B, 8ª reimpresión, Barcelona, septiembre 2014.

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Los humanos ya no son necesarios

Fotografía: © M.M.Capa

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“–¿Y qué, te gusta trabajar de noche? –le preguntó.
–Esto funciona solo, yo simplemente lo vigilo. No se necesita a nadie.
–¿Qué fabrican aquí?
–Robots. Robots fabricados por robots. ¿Lo ves? Las personas no son necesarias.”

¿No les inquieta esta conversación? Ahora que tanto se habla de inteligencia artificial, del imparable desarrollo de los robots y de que incluso deberían pagar impuestos, no se pierdan el diálogo completo sobre el tema. No está en ningún ensayo o gran reportaje, sino en una magnífica novela, Bajo los montes de Kolima, del británico Lionel Davidson (1922-2009), considerado por muchos uno de los maestros del suspense (eso que por ahí llaman thriller). Publicada en 1994 pero editada por primera vez en castellano en septiembre de 2016, esta novela es una magnífica representante de su género. Sus más de 530 páginas se leen de un tirón y gustarán sobre todo a los amantes no sólo del suspense, sino también de las historias de acción y espionaje internacional.

Bajo los montes de Kolima narra las peripecias de un agente occidental, nacido en una tribu del norte de Canadá, que debe infiltrarse entre sus primos del norte de Siberia para investigar unos curiosos experimentos científicos, llevados tan en secreto que ni siquiera los desvelaré aquí. Si leen la novela, descubrirán que estos experimentos tienen también un componente económico y tecnológico de gran actualidad, pero no quiero comentar nada más sobre ellos para no destripar el desenlace de esta historia.

Además de sus grandes dosis de acción, espionaje y aventura, Bajo los montes de Kolima incluye unos cuantos temas de interés económico, como el funcionamiento de las rutas de transporte naval entre los puertos del sureste asiático, China, Japón y Siberia, la organización del trabajo y del transporte de mercancías en esos territorios del norte tan hostiles para el hombre y, lo que más me ha interesado, el magnífico diálogo sobre el futuro de un mundo en el que los humanos no son necesarios. Hablan el protagonista y un indígena siberiano, trabajador de una peculiar factoría:

¿FÁBRICA O VIDEOJUEGO?

“Igual que si estuviera viéndola a través de unas gafas de visión nocturna, ante él apareció la fábrica entera, profusamente iluminada e inmersa en una actividad frenética. Como si aquello fuera un videojuego, había un centenar de cosas moviéndose a la vez. Carretillas que recorrían los pasillos, avanzaban, se detenían y volvían a avanzar. Se movían siguiendo unas luces que había en el suelo. Unos brazos robóticos surgían de unas plataformas que había a los lados y con sus dedos robóticos subían y bajaban gesticulando en el aire. Cogían pernos, tornillos, brocas; tocaban, palpaban, volvían atrás para coger más, de vez en cuando lanzaban virutas y chispas”.

Esta descripción no sorprenderá mucho a quien trabaje, por ejemplo, en una cadena de montaje de automóviles. Con la única diferencia de que, al menos, estará ahí para sorprenderse, mientras que en la fábrica de la novela quien se sorprende es un observador externo, pues en la cadena no hay ni rastro de personas. El escenario lo describe el diálogo siguiente entre Porter, el protagonista, e Ichiko, el vigilante de la factoría, su único trabajador humano:

“–Ichiko, ¿qué es esto?
–El nuevo mundo, sin seres humanos. Los seres humanos ya no son necesarios.
–Me han dicho que estabas aquí. He ido al restaurante de Hanita.
–Hanita ha muerto. Ya no se la necesitaba. No se necesita a nadie (…).
–¿Y qué, te gusta trabajar de noche? –le preguntó.
–Esto funciona solo, yo simplemente lo vigilo. No se necesita a nadie.
–¿Qué fabrican aquí?
–Robots. Robots fabricados por robots. ¿Lo ves? Las personas no son necesarias (…).
Porter advirtió que las carretillas se habían detenido de pronto y que unas bombillas de la consola estaban parpadeando (…).
–Ichiko, ahí abajo ha pasado algo. ¿No tendrías que ir a ver?
–Ya se encargan los robots. Se ha roto un taladro y van a cambiarlo por otro. Se cuidan, se hacen de médicos. Son más inteligentes que nosotros (…).
–¿Es que no hay ningún operario?
–Unos pocos en el turno de día. Se dedican a afilar piezas y a retirar lo que ya se ha fabricado. Por la noche estamos los robots y yo solos”.

Una factoría que funciona veinticuatro horas al día, sin obreros, sólo con robots que fabrican robots y que hasta “se cuidan, se hacen de médicos”. Y, sobre todo, que “son más inteligentes que nosotros”.

La primera gran pregunta es: ¿Algún día esos robots serán tan inteligentes que saldrán a la calle a comprar las mismas cosas que ellos fabrican, a contratar hipotecas o incluso a votar? Lo cual lleva a otra pregunta aún más inquietante: ¿Por quién votarán? Sean cuales sean las respuestas, dan mucho miedo.

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Título comentado:
-Bajo los montes de Kolima. Lionel Davidson, 1994. Ediciones Salamandra, Barcelona, 2016 (tercera edición, febrero 2017).

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Fiscales de élite contra las ranas que infectan el Canal

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Nosotros enjuiciábamos a los culpables y a los ricos por sobornos y fraude”, dice un fiscal norteamericano miembro de “un cuerpo de élite”. ¡Qué envidia! ¡Un cuerpo de fiscales de élite para combatir la corrupción…! En España también lo tenemos. Lástima que al frente de la Fiscalía Anticorrupción el Gobierno haya nombrado a un amiguete afín al PP: un supuesto súper-fiscal sin experiencia alguna en el tema y que, además, acaba poner trabas a la investigación sobre las ranas que han infectado el Canal de Isabel II.

Lo cenagoso del tema, entre lo económico y lo jurídico, nos permite recurrir a “Presunto Inocente”, magnífica novela negra del subgénero judicial publicada en 1987. Fue un éxito de ventas no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Su autor, Scott Turow, sabía de lo que escribía, pues trabajó durante más de ocho años como fiscal federal y como ayudante del fiscal general de Chicago, para ser luego fichado por un prestigioso bufete de abogados. Sobre este libro y con idéntico título, Alan J. Pakula dirigió en 1990 una notable película protagonizada nada menos que por Harrison Ford.

“Presunto Inocente” encierra, en realidad, dos novelas en una: un apasionante thriller judicial y una profunda historia de amor. Las páginas de este segundo plano –el que describe las relaciones del fiscal protagonista con su mujer y con su amante, asesinada supuestamente por él mismo– son las más brillantes desde un punto de vista literario. Hay capítulos que podrían competir con las mejores novelas de amor de la historia. Pero aquí nos centraremos en la parte judicial.

Independientemente de la trama, lo que más atrae es la descripción del sistema fiscal americano, basado en dos puntales: el fiscal jefe es elegido por votación popular entre candidatos que avalen gran experiencia y formación, y el equipo a sus órdenes lo forma el propio fiscal jefe con los mejores profesionales posibles. Nada de que el Gobierno elija a un fiscal jefe afín, para que éste, a su vez, ponga al frente de la Fiscalía Anticorrupción a un jurista sin experiencia alguna en el tema.

Scott Turow describe la pugna entre dos destacados fiscales que optan por la jefatura. Uno de ellos, Raymond, el jefe del protagonista, muy experimentado sobre todo en los grandes delitos de corrupción, fraude, etc. El otro, Nico, sólo se ha dedicado a los delitos comunes. Al hablar de Raymond, el fiscal protagonista de la novela afirma:

“En la oficina del fiscal, ha habido siempre una especie de división cultural. Una barrera que acabó provocando la ruptura definitiva con Nico. Raymond escogió un cuerpo de élite; una serie de jóvenes abogados, con buenos expedientes de universidades que le gustaban. Y, tras un periodo de aprendizaje, los puso a trabajar en investigaciones especiales”.

Aquí ven el primer paso: abogados jóvenes con los mejores expedientes y a los que luego se forma en la propia fiscalía para afrontar los temas más complejos. ¿Cuál es el resultado? Nos lo cuenta el protagonista, ayudante de Raymond y, por tanto, al frente de ese equipo especial de fiscales:

“Nosotros enjuiciábamos a los culpables y a los ricos por soborno y fraude; nos embarcábamos en investigaciones largas y complejas; aprendimos a salir del paso en actuaciones contra abogados (…) capaces de discutir la interpretación de la ley con los propios jueces y matizar sus indicaciones a los jurados”.

Este equipo de élite es capaz de afrontar cualquier caso, sin que ningún poder, político o económico, se interponga. Y, por supuesto, combaten el crimen organizado, como el de la llamada banda de los Santos y su líder, un tal Harukan, que reinvertía sabiamente los beneficios de todas sus actividades ilícitas:

“Harukan tenía lo que, por carecer de un término más adecuado, debe denominarse la visión de reconocer los principios de la empresa capitalista y los beneficios que iban obteniendo se reinvertían, generalmente, en la adquisición de edificios casi en ruinas del North End en subastas municipales. Con el tiempo, los Santos llegaron a poseer manzanas enteras”.

Mafias del crimen organizado, inversiones y reinversiones inmobiliarias… ¡Qué actual suena todo! Salvo el hecho de que, aquí, el equipo de fiscales de élite esté pilotado por alguien que no parece interesado en hacer saltar más ranas. Con el resultado de que algunos políticos se encuentran frente al mismo dilema que se convierte en la clave de esta gran novela:

“¿Qué es peor? ¿Saber la verdad o encontrarla, decirla o ser creído?”

Pero en nuestra particular charca de corrupción, más de un líder (y más de una lideresa) se niega desde hace años a ver la verdad, aunque sepa bien dónde encontrarla. Y, claro, ya no nos creemos nada de lo que nos diga… pues sospechamos que también él (y ella) son habitantes de la ciénaga.

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Título comentado:

-Presunto Inocente. Scott Turow, 1987. Círculo de Lectores/Mondadori, Barcelona, 1990.

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Cómo cotizará la “posverdad” (antes llamada mentira)… hasta el impeachment

Las victorias del Brexit y de Trump marcan el principio de una nueva era: la de la “posverdad” (una palabrota que hasta ya recoge el prestigioso Diccionario de Oxford). Este modo estúpido de llamar a la mentira también cotiza en los mercados… y de qué manera. Y lo seguirá haciendo. Al menos hasta que al pinochosaurio recién llegado a la Casa Blanca se lo cargue el meteorito del impeachment que le lanzará su propio partido y hasta que Europa por fin reaccione y dé un giro a su política económica… para evitar que nuevos monstruos populistas se empeñen en levantar más muros y fronteras.

Trump PinochoAunque quede más fino en inglés, la “post-truht” o “posverdad” es un nuevo modo de llamar a la simple y burda mentira, por más que el Diccionario de Oxfort afirme que su significado ilustra “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y la creencia personal”.

¿Qué significa esta sesuda explicación? Muy fácil: que las creencias y las emociones personales pesan más que los hechos. Esto, desde luego, ha ocurrido siempre: nos mienten y nos lo creemos sin pensar, sin reflexionar, sin reparar en los “hechos objetivos”. Pero nunca antes como durante las campañas del Brexit y de Trump se han soltado tantas mentiras, algunas de ellas enormes y descaradas (como las decenas de datos económicos falsos o incluso afirmaciones como que Obama no era estadounidense o que el Papa Francisco apoyaba a Donald). Y nunca antes tantas mentiras han sido capaces de movilizar a los votantes más ignorantes que prescindían de los “hechos objetivos”, sencillamente porque ni se molestaban en buscarlos y, aunque los buscaran, no los encontrarían: para algo la era Thatcher (la antesala de la era de la “posverdad”) se esmeró en desmontar el Estado del Bienestar comenzando por el sistema educativo británico; al otro lado del charco, muchos de los casi sesenta millones de votantes de Trump (personas de raza blanca con más de 100.000 dólares de renta per cápita anual, apenas afectadas por la crisis y habitantes en zonas en las que casi no hay inmigrantes…) serían incapaces de situar en el mapamundi más de tres países: el suyo (aunque tal vez no entero), quizás -sólo quizás- Canadá, y, por supuesto, México (esa nación de delincuentes, narcos y violadores, según el intelectual y nuevo okupa antisistema de la Casa Blanca).

UNA RED DE MENTIRAS PARA ATRAPAR IGNORANTES…

El efecto de la mentira (dejaré ya de hablar de “posverdad”) ha sido además magnificado, especialmente en la campaña del multimillonario heredero neoyorquino, por el papel de los “nuevos medios”, que resultan ser tan mentirosos y amarillistas como los peores ejemplos del rancio periodismo de otros tiempos: Google y Facebook han señalado que tomarán medidas para evitar que las mentiras (generosamente pagadas como publicidad encubierta para aparecer en tales redes) vuelvan a infectar internet como lo han hecho durante la última campaña electoral americana. Twitter, por su parte, bloqueó (algo tarde: nueve días después del martes electoral) las cuentas de supremacistas blancos -es decir, los racistas de toda la vida- que apoyaron a Trump.

La proliferación de mentiras en la Red, para hacer caer en ella a los pececillos más ignorantes, es también posible debido al citado desmoronamiento de los sistemas educativos a ambos lados del Atlántico. Porque a menor educación, menor lectura de Prensa (eso que los esbirros de Trump llamaban “pres-titute” durante la campaña) ¿Cuántos lectores diarios de Prensa más o menos seria hay entre los votantes del Brexit y de Trump? ¿Tantos como entre las poblaciones de Nueva York o de Londres, que mayoritariamente votaron sin dejarse engañar por la oleada de patrañas en ambas consultas?

…Y PARA DISTORSIONAR LOS MERCADOS

Otro problema es que también los mercados, que lo descuentan todo, han sufrido el impacto de las mentiras masivas. Normal. Eso pasa siempre. Cualquier rumor o información falsa puede mover una cotización, un índice o una divisa. Los sistemas automáticos de trading están programados para reaccionar también a esas falsas informaciones. Y no olvidemos que el delito más perseguido en los mercados es precisamente el de información privilegiada (insider trading en inglés), porque cualquier información (sea verdadera o falsa) que alguien conozca ilegalmente antes que los demás, es una ventaja a la hora de operar. El problema es que, como ha ocurrido ahora, los mercados no supieran descontar antes de tiempo la oleada de mentiras descaradas que bombardeaban a los votantes. De ahí que, por culpa del Brexit y del sorprendente resultado electoral norteamericano, acciones, bonos y divisas vivieran jornadas de auténtico pánico, mayor cuanto mayores fueron los embustes.

Por suerte, aún hay tiempo para rectificar. Entre otras cosas, porque las mentiras que llevaron a los catetos anti europeos a votar por el Brexit, y las que llevaron a los ignorantes de la América profunda a votar por Trump, curiosamente, se neutralizan entre sí al generar una nueva política económica. Veamos por qué.

LA MENTIRA SE DEVORA A SÍ MISMA

Comencemos por el efecto económico a corto y medio plazo de las mentiras del multimillonario neoyorquino. Conviene recordar, antes que nada, que se trata de una persona con déficit de atención, dificultades de aprendizaje y bastante inculta (¿han visto algún libro en las imágenes de su versallesca y hortera residencia en la Torre Trump?). En fin, un pobre niño rico que lo ignora casi todo no sólo sobre los buenos modales, sino también sobre la política internacional y nacional, y que sabe de los negocios tanto como un chamarilero del Rastro, seguro que más ducho que él en el arte de la compraventa… y eso que a ningún comerciante del gran mercado madrileño le regaló su padre, como al joven Donald, un millón de dólares para especular en inmuebles y luego le dejó una inmensa herencia inmobiliaria. Sin olvidar que todo ello nace de su emprendedor abuelo, inmigrante alemán que comenzó a ganar mucho dinero en América al apostar por uno de los negocios más antiguos y seguros de la Historia: montar un burdel.

Con esta herencia y con este bagaje intelectual, tanto en lo económico como en lo político, no sorprende que Trump I el Pos-Verdadero (el primero de su proyecto de dinastía, pues ya ha metido a hijos y yernos en su equipo) no haga más que vomitar mentiras. Para comenzar, es lo más fácil para cualquier populista (como sus grandes amigos Farage, Le Pen o Putin). Y para continuar, lo hace sencillamente porque ignora la verdad, esos “hechos objetivos” tan fáciles de verificar por cualquiera que sepa leer y tenga un mínimo coeficiente intelectual.

¿Cuál será el resultado? Sencillamente, que defraudará a su electorado muy pronto, pues una cosa es decir mentiras y otra cosa convertirlas en “hechos objetivos”. ¿Alguien se cree a estas altura lo del muro pagado por los mexicanos? ¿O lo de expulsar de un plumazo a dos o tres millones -cifra harto imprecisa- de indocumentados delincuentes? ¿O lo de quitar de en medio a los políticos del “sistema”, en quienes no tienen más remedio que apoyarse Trump y sus herederos para encontrar alguien que sepa algo de algo, y no sólo mentir o soltar proclamas racistas y fascistas? ¿O lo de meter en la cárcel a Hillary Clinton? ¿O lo de terminar con el Estado Islámico en un mes, amén de purgar a los musulmanes de Estados Unidos? ¿O lo de llegar a una alianza estratégica con Rusia y reducir el papel de Estados Unidos en la OTAN?

Resulta evidente que estas trolas y muchas otras son de imposible aplicación. Y, de intentarlo, probablemente pongan a Trump en una situación delicada frente a unas cámaras dominadas por un Partido Republicano al que ya no podrá ningunear (salvo golpe de Estado, por supuesto) y, mucho menos, mentir (¡a Clinton le hicieron el impeachment por una  única mentira de carácter sexual!). Cualquier desliz del nuevo presidente le pondrá al borde otro impeachment, aunque lo más probable es que este mecanismo se le aplique por alguno de sus varios pleitos pendientes (sus delicadas relaciones con Putin, o algunas posibles escaramuzas fiscales, mercantiles y seguro que pronto también sexuales, dada su declarada afición a meter mano por doquier), o porque el magnate del ladrillo no sepa responder a esta otra pregunta: ¿Cómo va a compatibilizar sus negocios con su trabajo en el Despacho Oval? ¿Va a desentenderse de sus más de cien empresas repartidas por dieciocho países, quizás mediante la creación de un fideicomiso ciego, o va a seguir pilotándolas, en directo a través de sus hijos o su yerno, para caer pronto en incompatibilidades, como, quizás, proponer a China la rehabilitación de la Gran Muralla para convertirla en centro comercial de lujo? ¿Va a seguir cobrando sus sueldos, sus rentas y sus dividendos (esquivando impuestos) o va a vivir con el euro de salario anual que se ha auto impuesto como Presidente? Responder con nuevos embustes a todas estas interrogantes no le será fácil, ni siquiera en esta nueva era de la “posverdad”.

Pero la pregunta que más interesa a todo el mundo, y no sólo a los mercados, es esta otra: ¿Cuál será DE VERDAD su política económica?

¿SON POSIBLES LAS TRUMPANOMICS?

Porque, por lo visto y “mentido” hasta la fecha, las trumpanomics son criaturas tan fantástica como los animales mágicos de la nueva película de la saga Harry Potter (casualmente ambientada en Nueva York). De momento, el mago/bufón Donald ha dejado claras pocas cosas:

-Que quiere masivas inversiones en infraestructuras (si de algo sabe Trump es de construir cosas) que sin duda tensará el déficit público (aunque el magnate presidente espera que el capital privado arrime el hombro), aumentará en endeudamiento y presionará al alza sobre los tipos de interés, amén de estimular la demanda de mano de obra inmigrante (los blancos supremacistas ponen pocos ladrillos y, por ahora, no pueden enviar a trabajar a sus esclavos negros). La Reserva Federal ya le ha pedido explicaciones al millonario, porque una cosa es comenzar a subir los tipos poco a poco, como pretende su presidenta, Yanet Yellen (que estará en el cargo hasta 2018), y otra hacer que se disparen, inflamen la inflación y le den un frenazo al crecimiento estadounidense, aún no demasiado robusto.

-Que eliminará restricciones sobre las energías tradicionales (carbón y petróleo obtenido por fractura hidráulica o fracking), lo cual deja a la política energética en manos de lo que, en definitiva, decida la OPEP, que aún tiene gran capacidad para mover a su voluntad los precios de los hidrocarburos. Esto quizás acabe presionando a la baja sobre la cotización del crudo, lo cual comprometerá la rentabilidad del carísimo petróleo obtenido por fracking y provocará así un efecto bumerán contra este sector. Por no hablar de los nocivos efectos sobre el medio ambiente.

-Que, de un modo y otro, va a importunar a los indocumentados y a dificultar la inmigración, lo cual puede acabar generando tensiones salariales y, de nuevo, inflación: ¿qué pasaría si los once millones de indocumentados, o sólo una tercer parte de ellos, abandonaran de golpe Estados Unidos? ¿Se imaginan a los votantes de Trump -que, como muestran los análisis, no son mayoritariamente pobres y/o desempleados- trabajando de camareros, de albañiles o de señoras de la limpieza?

-Que liberalizará (¿más aún?) los mercados financieros, algo que quizás calme a Wall Street… aunque quizás no tanto, por los temores de que se repitan las malas prácticas que desencadenaron la crisis.

-Que no ratificará los grandes tratados comerciales (comenzando por el firmado por Obama con Asia), lo cual podría generar inflación y dificultades para las exportaciones estadounidenses… y para los propios negocios de Trump (y de muchos otros empresarios blancos de raza superior) en todo el mundo.

TRUMP, CONTRA EL BREXIT

Este último punto enlaza con el otro hito en la nueva era de la mentira (ya saben, ahora llamada “posverdad”): el Brexit.

Cuando millones de británicos se dejaron engañar para votar contra Europa, confiaban en que reforzarían sus lazos con su gran amigo americano… que meses después elige a un presidente proteccionista. Los engañados por Farage, Boris Johnson o la propia Theresa May (que era anti-Brexit ante de ser nombrada para gestionarlo) pensaban además que salir de Europa sería rápido, fácil, barato y sin perder los privilegios de ser europeos, pero ahora descubren que todo eso era mentira y que hasta sus Tribunales obligan a su Gobierno a pasarlo todo por el filtro de un Parlamento anti-Brexit, mientras que Bruselas dice que, mientras siga en la Unión Europea, la pequeña Gran Bretaña tendrá que continuar cumpliendo sus reglas y no podrá poner en marcha ninguna de las patrañas prometidas por los citados pinochos.

Además, y esto es el lado bueno de la nueva era, parece que Europa reacciona: nuestros cegatos y conservadores líderes se han dado cuenta de que si prosiguen con sus actuales políticas ultra liberales de austeridad, surgirán por doquier nuevos Trump o nuevos Farage, quizás el primero de ellos con apellido que da pena en la Francia de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Así que, aún tímidamente, comienzan a pensar que una nueva política económica y nuevo plan de inversiones (más potente que el anémico presentado por Juncker) no serían tan mala idea.

Moraleja: la nueva era de la mentira quizás sirva para evitar que prosperen en ella posdinosaurios tan rancios y fascistas (¿qué les parecen las imágenes de nazis made in USA brazo en alto para celebrar la victoria de Trump?) que nunca debieron salir de las vitrinas de los museos o de las pantallas de la Red para introducirse en las urnas y pisotear la democracia, la economía y los mercados. Con un poco de suerte, al bicho americano se lo llevará pronto el meteorito de un impeachment, mientras que la locura del Brexit y sus derivadas continentales quizás se ahoguen si Europa por fin cambia su rumbo económico y hace fluir las inversiones.

 

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El primer rescate bancario de la historia

Fotografía: © M.M.Capa

Fotografía: © M.M.Capa

“Las grandes acumulaciones de oro y plata hechas por Tiberio, que permanecían ociosas en el Tesoro, habían sido las responsables de la elevación de los tipos de interés, y se produjo un pánico financiero y los valores de la tierra cayeron a menos que nada. Eventualmente Tiberio se vio obligado a aliviar la situación prestando a los banqueros un millón de piezas de oro del dinero público, sin intereses, para pagar a los que solicitaban préstamos con la garantía de tierras.”.

En uno de sus frecuentes momentos de eso que ahora llaman posverdad y que antes llamábamos simplemente mentira, Rajoy afirmó en el Congreso que el rescate de bancos y cajas no nos iba a costar un solo euro a los españoles. Durante mucho tiempo, sus corifeos repitieron la misma trola. Como ya todo el mundo sabe, era efectivamente una posverdad que dilataría al máximo la nariz de Pinocho, una mentira quizás comparable a las muchas falacias que en estos tiempos tan absurdos sueltan especímenes como el Trump descendiente de inmigrantes, la Le Pen hija de su padre o los del Brexit hijos de la Gran Bretaña menguante.

Desvelado por fin el engaño y el milmillonario coste de rescatar cajas y bancos, es buen momento para recordar el que quizás fuera el primer rescate bancario de la historia. Y que se hizo como los más recientes: a costa del dinero público y sin cobrar intereses a los banqueros. Nos lo cuenta el gran Robert Graves (1895-1985) en su novela más popular, entre otras cosas a causa de una también magnífica serie de televisión: “Yo, Claudio”.  Precisamente gracias a este éxito de la BBC, muchos descubrimos cuánto se parece nuestro mundo al de los césares. La teleserie (que aún se puede conseguir en DVD) refleja muy bien la novela de la que procede, por no hablar de su calidad y de las brillantes interpretaciones de gente como Derek Jacobi (Claudio) o de ese inmenso actor que nos dejó el pasado 25 de enero, John Hurt (Calígula). Con tales ingredientes, está producción de 1976 sentó las bases de cómo había que hacer una gran serie televisiva de calidad.

TIPOS DE INTERÉS ABUSIVOS

El rescate bancario de Tiberio fue provocado precisamente por las malas prácticas de los propios rescatados. ¿Les suena? Robert Graves nos cuenta, a través de Claudio, cómo se desencadenó todo:

“Por esa época los delatores empezaron a acusar a los hombres de dinero de cobrar un interés superior al legal sobre los préstamos; lo único que se les permitía cobrar era el uno y medio por ciento. El reglamento respectivo había caído en desuso hacía tiempo, y muy pocos senadores eran inocentes de su violación. Pero Tiberio confirmó su validez”.

Sí, efectivamente, lo de las puertas giratorias no es un invento reciente: el Senado romano estaba lleno de banqueros y prestamistas que ni siquiera disimulaban su condición. Pero, claro, al ser acusados de cobrar intereses muy superiores al legal del uno y medio por ciento –un tipo, por cierto, bastante razonable y que indica que ya los romanos tenían muy claro cuál podía ser el precio real del dinero–, los banqueros se pusieron nerviosos. E hicieron lo primero que suelen hacer los banqueros cuando se ponen nerviosos: pedir al Gobierno de turno que cambie las leyes. Como entonces el gobierno era el emperador en persona, acudieron a él. Ya que Tiberio había confirmado que el tipo legal no podía superar el citado uno y medio por ciento…

“Una delegación (…) le rogó que se le concediese a todo el mundo un año y medio para adoptar sus finanzas personales de modo que concordasen con la letra de la ley, y Tiberio, como un gran favor, concedió el pedido”.

Hecha la ley, hecha la trampa. ¡Qué prácticos eran estos romanos! Pero los más prácticos de todos eran los banqueros. Por supuesto, no pensaban utilizar ese año y medio de moratoria para bajar sus tipos de interés hasta el uno y medio por ciento del tipo legal del dinero. No. Fueron mucho más expeditivos:

“El resultado fue que todas las deudas fueron reclamadas en el acto, cosa que provocó una gran escasez de dinero en efectivo. Las grandes acumulaciones de oro y plata hechas por Tiberio, que permanecían ociosas en el Tesoro, habían sido las responsables de la elevación de los tipos de interés, y se produjo un pánico financiero y los valores de la tierra cayeron a menos que nada. Eventualmente Tiberio se vio obligado a aliviar la situación prestando a los banqueros un millón de piezas de oro del dinero público, sin intereses, para pagar a los que solicitaban préstamos con la garantía de tierras.”

La mala gestión del dinero público (que el emperador tendía a considerar más bien privado, es decir, suyo) fue también responsable de esta crisis. Así que Tiberio no tuvo más remedio que aflojar la bolsa, pero para darles un millón de piezas de oro a los prestamistas, a los banqueros, pese a que las había rapiñado a todo romano que fuera susceptible de ser gravado con abundantes tasas e impuestos. Ese millón de piezas de oro era el único modo de que los prestamistas recuperaran su dinero, ya que el precio de las tierras (hipotecadas con esos tipos de interés abusivos) se hundió cuando todo el mundo intentó venderlas para devolver los préstamos. ¿Les suena? Un auténtico escándalo subprime a la romana.

DINERO PARA PAGAR A 22 LEGIONES

¿Era mucho un millón de piezas de oro? Debía serlo, pues el propio Graves, en una nota que abre la novela, aclara que…

“La `pieza de oro´ que se emplea aquí como unidad monetaria regular es el aureus latino, una moneda que vale 100 sestertii o veinticinco denarii de plata (`piezas de plata´). Se la puede comparar, aproximadamente, con una libra esterlina o cinco dólares norteamericanos de preguerra”.

Sería complejo calcular la cotización actual del áureo, los sestercios o los denarios, así como deflactar la inflación desde la época de los Césares para afinar más aún el resultado. Así que recurramos a un sistema más simple: saber lo que valían las cosas en aquella época. Tomemos un ejemplo de la propia novela “Yo Claudio”: ¿cuánto cobraba el funcionario del Estado más abundante en el Imperio, es decir, el legionario romano? Graves nos da este importante dato al recordar que el propio Augusto (antecesor de Tiberio) donó en su testamento “apenas cuatro meses de paga, tres piezas de oro por hombre” a sus abnegados legionarios. A partir de esta información, unas cuantas multiplicaciones nos permitirán deducir que con un millón de monedas de oro se podrían pagar durante un año los salarios de veintidós legiones de 5.000 o 6.000 hombres cada una (no tenían una cantidad fija de legionarios). Y el ejército imperial formado por Augusto en el año 30 A.C. –y heredado por su avaro y ambicioso sucesor– tenía veintiocho legiones. Así que sí, definitivamente, el rescate bancario realizado por Tiberio con el dinero público fue bastante caro.

Como los de ahora. Y hubo que esperar dos mil años para que alguien nos contara la verdad… en una novela.

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Título comentado:

-Yo, Claudio. Robert Graves, 1934. Biblioteca El Mundo, 2002.

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